domingo, 16 de agosto de 2020

El que canta reza 2 veces XIV: Hola, Dios

¿Cómo te despiertas por las mañanas? Puede ser con un despertador de esos que hacen “Riiiiiiinnnnnnng”, con uno que haga “pip-pip-pip” o con uno que tenga sintonizada la radio. O puede que tengas conectado el despertador en el móvil y suenen pajaritos o una campana suave, o que ni siquiera tengas despertador y te pongas la alarma en el reloj digital de toda la vida. O más de toda la vida que ningún otro sistema: que te tenga que despertar tu madre.
Una vez despertado, que no siempre es sinónimo de despierto, ¿cuál es tu actitud? ¿Estás de buen humor o tirando a enfurruñado? ¿Se te puede hablar o eres de los que mejor no? ¿Eres persona o te mueves como un zombie por la casa hasta que te tomas un café humeante y bien cargado?
Generalmente yo me levanto con una sonrisa. Nadie puede dar fe de ello porque mi marido siempre se levanta antes que yo y como estoy sola y a oscuras no tengo testigos. Pero sí, suelo levantarme con una sonrisa ¡y no vivo en un musical!
¿Por qué hago cosas tan raras? Porque al despertarme cada mañana constato que estoy viva, que Dios me ha regalado un día nuevo para llenarlo de cosas buenas y bien hechas. O por lo menos para que lo intente.
Es posible que el día que tengo por delante me depare alguna tarea o gestión que no me apetezca nada, que toque ir a Hacienda o que tenga que llevar a uno de mis hijos al médico y tengamos hache hacer todo un viaje de 1 hora en Metro con 2 transbordos.
También podría ser que por la tarde tuviera mi deseada reunión de Emaús, con la adoración eucarística y la reunión con mis hermanas servidoras, que aunque también está a 1 hora de Metro con transbordo se lleva mucho mejor.
O que hubiera quedado con una amiga para charlar y tomarnos un café, o que vaya a ir de rebajas o a hacer la compra.
O podría ser un día normal y corriente sin gestiones fuera de casa, un día tranquilo y rutinario en el que no hay nada especial en el programa.
En cualquier caso procuro que mi primer pensamiento sea: “Gracias, Dios, buenos días”, porque a veces al acostarme tengo el pensamiento fugaz de que tal vez no me despierte por la mañana. No en plan lúgubre ni tétrico sino con la naturalidad de que Dios disponga que ya es la hora. Y recuerdo una oración que he escuchado en muchas películas americanas y que siempre me enternece: 
Now I lay me down to sleep
I pray Thee, Lord, my soul to keep.
If I should die before I wake
I pray Thee, Lord, my soul to take.
If I should live to future days
I pray Thee, Lord, to guide my ways.

Pierde mucho en la traducción pero es más o menos esto:
Ahora que me acuesto a dormir te ruego, Señor, que guardes mi alma.
Si muero antes de despertar te ruego, Señor, que tomes mi alma.
Si vivo días futuros te ruego, Señor, que guíes mis pasos. Amén.

Parecen muchas cosas para un pensamiento fugaz pero créeme, ¡es posible!
Y me levanto con una sonrisa y con un “Hola Dios, buenos días” porque se despliegan ante mí 24 horas nuevecitas, a estrenar, para llenarlas con mi trabajo, con el cuidado a mi familia, con mis encuentros con el Señor, con el paseíto hasta la iglesia que disfruto mucho porque me encanta andar, con los ratos de lectura o de ver una película que también disfruto mucho, o con las risas que me echo escuchando la radio mientras plancho.
Cada día es igual pero totalmente nuevo para mí, en mi vida no hay “Días de la Marmota”. ¿Recuerdas esa película, Atrapado en el tiempo? El tipo revivía una y otra vez el mismo día como algo pesadísimo, si bien iba aprendiendo de una vez a otra y procuraba evitar las cosas desagradables, como meter el pie en los charcos.
Bueno, para mí no hay días de la marmota y si los hay los encuentro agradables porque soy una persona tranquila y hogareña a la que le encanta estar en casa y hacer sus cosas tranquilamente.
Pero es que además soy hija de Dios, soy la niña de sus ojos –igual que tú- y Él me regala un nuevo día para que lo disfrute. Y yo se lo agradezco porque soy consciente de ese regalo y porque adoro vivir, y porque tengo otra oportunidad para mejorar como persona, para acercarme más a Él, para comulgar, para decirle cuánto le quiero y dejarme amar por Él; una oportunidad más de querer con locura a mi familia, de cuidarles, de reírme con ellos; una oportunidad más de tratar bien a la gente con la que me voy a cruzar, de ser amable y servicial, de disfrutar del cielo azul o del olor de la lluvia.
Pienso que los hijos de Dios no tenemos días de la marmota, ¿qué opinas tú?
HOLA, DIOS (BROTES DE OLIVO)
Hola, Dios, estoy aquí.
Gracias te doy por darme la vida.
Hazla nueva todos los días.
Buenos días, mi Señor.
Canta y camina, Aleteia



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