
El trabajo, los buenos hábitos, cuidar las relaciones, la oración, mantener el orden en casa... todo requiere una cierta dosis de autocontrol. El problema es que lo que resulta más fácil y agradable suele estar al alcance de la mano.
¿Ir a hacer ejercicio? En la tele está pasando un episodio de una serie. ¿Una pila de ropa para doblar? Una notificación en el móvil, seguro que es algo importante o interesante. ¿Preparar un batido de frutas saludable? Y justo al lado hay un paquete de galletas apenas empezado… Todo requiere esfuerzo de voluntad y, al cabo de un rato, ya estamos hartos. Perdemos el autocontrol.
La propia palabra "autocontrol" se asocia, para muchas personas, con alguien rígido, carente de espontaneidad y que se vigila constantemente a sí mismo. Con esfuerzo y coacción.
A veces, efectivamente, somos capaces de hacer algo solo gracias a la fuerza de voluntad y a apretar los dientes. El problema es que no se puede funcionar así durante mucho tiempo. El verdadero autocontrol consiste más bien en otra cosa. Se trata de elegir acciones acordes con lo que es importante para nosotros, y de organizar la vida cotidiana de tal manera que resulte más fácil llevar a cabo esas decisiones.
Arquitectura del comportamiento

Existe una regla sencilla: lo que tenemos a mano nos influye más que lo que está lejos. Por lo tanto, podemos facilitarnos la toma de buenas decisiones alejando físicamente de nosotros las cosas perjudiciales. Por lo general, es más fácil cambiar la situación que cambiarnos a nosotros mismos. Por eso vale la pena fijarse en nuestro entorno y pensar si nos ayuda a hacer lo que queremos.
A veces basta con un pequeño cambio. Ir al gimnasio directamente desde el trabajo, antes de que surja la tentación de volver a casa y tumbarse en el sofá. Poner una alarma en el móvil que nos recuerde que hay que empezar una tarea. Retirar del alcance de la mano las cosas que distraen, engordan o tientan en exceso. Esos pequeños detalles pueden reducir significativamente la necesidad de estar constantemente "vigilándonos".
Presta atención a cómo te hablas a ti mismo
Cuando intentamos ser disciplinados, es fácil caer en un monólogo interior lleno de críticas: "otra vez te ha salido mal", "¿por qué eres tan débil?". Esa forma de pensar suele empeorar la situación.
A veces resulta más útil recordar por qué ese asunto es importante para nosotros. O una frase breve que nos dé ánimos: "Ya has hecho cosas difíciles en la vida, también podrás con esto", "Esto pasará. Después estarás orgulloso de ti mismo". Hay quien escribe frases así y las deja en un lugar donde las vea a menudo. Es un simple recordatorio de por qué se están esforzando.
En lugar de centrarte en lo que no quieres hacer, haz otra cosa
Cambiar los hábitos rara vez consiste simplemente en dejar de hacer algo. Sobre todo porque entra en juego la regla de los "elefantes rosas". Tarea para los próximos 15 segundos: no pienses en elefantes rosas.
¿Lo has conseguido? No. Enseguida han empezado a trotar por nuestra cabeza manadas de elefantes rosas. Solo porque hemos empezado a centrarnos en no pensar en ellos.
En lugar de pensar en lo que no quiero hacer, es mucho más eficaz introducir otra acción en su lugar. Quien quiera reaccionar con más calma ante los comportamientos irritantes de los niños, puede adoptar una regla sencilla: antes de responder con enfado, me beberé un vaso de agua. Ese momento de pausa basta para que la reacción sea más tranquila.
Si tengo tendencia a picar entre horas, puedo deshacerme de todos los aperitivos poco saludables y, en su lugar, abastecerme, por ejemplo, de fruta pequeña y trocitos de verdura. Seguiré picando, pero de forma más saludable.
Y lo que es importante: hay que pensar en la actividad sustitutiva con antelación, para no tener que tomar decisiones en el calor del momento.
Bogna Białecka, Aleteia
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