Queremos llevar el amor del Hijo de Dios a todos los hombres. Ha permitido que le abran el Corazón con una lanza para que esté abierto para todos. Que el Corazón de Jesús nos ayude a ser sus testigos. Para ello invocamos la ayuda de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús.
Nadie quiere sufrir, pero cuando se presenta la enfermedad pareciera imposible dar gracias a Dios por la desgracia de perder la salud, sin embargo, se puede
La salud es el bien más preciado que puede poseer el ser humano. Con ella, todo puede alcanzarse porque el cuerpo está en óptimas condiciones para luchar y lograr sus objetivos, por eso, cuando llega la enfermedad puede ser menos que imposible que alguien en su sano juicio dé gracias a Dios por ella.
Sin embargo, se puede y tiene una razón muy profunda que nos conviene entender para cuando llegue el momento.
Una oportunidad divina
En la actualidad, la ciencia busca la manera de evitar el sufrimiento a toda costa. Los cuidados paliativos buscan que el enfermo no sienta dolor. Por supuesto, Dios no quiere que el hombre sufra, por eso Jesús curaba a los enfermos. Además, la ciencia ha sido un remedio maravilloso para mitigar los efectos de las enfermedades graves.
Pero también debemos considerar que, cuando llega la enfermedad y la persona la acepta como parte del plan divino para su salvación, obtiene una enorme oportunidad de hacer el bien a través de sus padecimientos.
Basta con recordar que muchos grandes santos y místicos pasaron parte de sus vidas en medio de sufrimientos y dolores corporales.
Dice el Catecismo de la Iglesia católica:
"[La enfermedad] Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él" (CEC 1501).
Unirnos a su pasión
El plan original de Dios era que el hombre y la mujer no murieran, por lo tanto, la enfermedad es solo una consecuencia del pecado (CEC 1505).
Así es que no es un castigo de Dios. El cuerpo se deteriora y va perdiendo fuerza. Y si le agregamos la edad, entenderemos que es parte del fin natural de la persona.
Pero para quien tiene fe y cree en las promesas del Señor, entiende que es la oportunidad propicia para unirse a su pasión, como leemos en el Catecismo:
"Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora" (CEC 1505).
En el dolor y la enfermedad, es posible agradecer a Dios por permitirnos adelantar algo de nuestro purgatorio en vida, además, podemos ofrecer nuestros padecimientos por alguna intención especial.
Que Dios nos ayude a aceptar las enfermedades y tener paciencia en los sufrimientos.
Esta es la historia de Mónica, que al ver el sufrimiento y peligro de una bebé, decidió adoptarla a pesar de ser soltera y no conocer el compromiso y retos que esto implicaba
Mónica nació en la CDMX, pero desde pequeña migró a Querétaro. Es enfermera, egresada de la UAQ y graduada con el mejor promedio de su generación.
Inmediatamente después de su graduación, decidió servir en la sierra queretana, en las periferias existenciales, donde la pobreza y el abandono con las enfermedades causan estragos y heridas en la sociedad.
Motivada por un pasado con aspiración a la vida religiosa con las Misioneras de la Caridad y enamorada del ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta se dedicó con pasión a los más necesitados y a los más pobres a quienes también apapachar dándoles amor y ternura.
Es así como después de servir a los pobres en la sierra de Querétaro, llegó a servir en hospitales y en un refugio donde comenzó una historia de amor con una bebé recién nacida.
Vocación materna y un refugio
Mónica canalizó su don de servicio como enfermera en un refugio para mujeres víctimas de violencia extrema. En ese lugar, conoció a una bebé llamada Yesenia de 4 meses con graves problemas de salud (neumonía), a quien tuvo que darle atenciones especiales para salvaguardar la vida de la bebé.
El vínculo que se formó con la bebé y ella fue tan profundo, que cuando la madre biológica decidió irse del refugio, Mónica no dudó en tomar la decisión más importante de su vida.
A pesar de que sus compañeros la tildaron de "loca", Mónica se mantuvo firme en su propósito: adoptar a la niña. Pues Mónica siempre había tenido la inquietud de ser mamá y consideraba que tenía la vocación materna.
Courtesy of Mónica
A partir de ese momento, inició una batalla legal y emocional para convertirse en madre soltera. A lo largo del proceso, se enfrentó a la abuela biológica de la niña, quien buscaba monetizar la situación.
Mónica, fue asesorada legalmente hasta lograr la custodia de la niña para así poder continuar con los cuidados de Yesenia que aún se encontraba delicada de salud.
Batalla por el amor de una hija
Mónica cuenta que adoptó a Yesenia cuando la pequeña tenía apenas 9 meses, después de que la madre biológica la entregara en adopción voluntaria. Sin embargo, un año y medio después de vivir felices juntas, la mamá biológica se arrepintió de su decisión y solicitó la custodia de la niña.
"Fue un momento de mucho miedo y angustia, pero sabía en mi corazón que no podía perder a mi hija", relata Mónica.
El caso llegó a los tribunales, donde una jueza convocó a ambas partes a una audiencia. Con lágrimas en los ojos, Mónica le rogó a la jueza que no le quitara a su hija, presentando pruebas de los gastos y el amor que le había dado durante los últimos meses.
En un acto de profunda sinceridad, Mónica se dirigió directamente a la madre biológica: "Le dije a la mamá de Yesenia que nuestra hija no merecía pasar por eso y que yo ya la consideraba mi hija y ella me consideraba ya su madre".
Este momento de la audiencia se convirtió en un punto de inflexión. La mamá de Yesenia, conmovida por el ruego de Mónica y el bienestar de la niña, tomó la inesperada decisión de ratificar la adopción y renunciar a la custodia.
La sentencia del juez fue clara y definitiva: la adopción sería plena, y solo cuando la niña fuera mayor de edad, podría buscar a su familia biológica. Para Mónica, este fue un milagro y un claro testimonio de la mano de Dios.
La consagración y el milagro del nombre
Uno de los momentos más impactantes de su historia se dio con el cambio de nombre de la niña.
Mónica relata que la madre biológica de la niña le pidió no cambiarle el nombre, como una de las condiciones para darla en adopción, pero Mónica había comprobado, en una visita a su hogar, lo disfuncional de la familia y como vivían en el desorden, oscuridad, la pobreza y suciedad.
Courtesy of Mónica
Pero además observó que le daban culto a la “Santa Muerte” y eso le preocupaba mucho porque se sabe que los seguidores de la Santa Muerte consagran a sus hijos a esa deidad.
Mónica además se enteró de la violencia extrema que había sufrido su madre biológica con peligro de muerte a manos de su pareja y padre biológico de Yesenia; la violencia y el culto a la muerte tenían una relación peligrosa y lamentable en donde peligraban las vidas de las involucradas.
Un sacerdote le sugirió cambiarle el nombre y bautizarla inmediatamente con el nombre de María, para su consagración y protección de la Madre de Dios. Esto rompería con el vínculo e influencia del mal en su vida pasada en la cual había sido consagrada.
Además decidieron que también se llamaría “Inés” en honor a la Madre Teresa de Calcuta, nombre de pila de la santa y Misionera de la Caridad y de quien Mónica es muy devota.
Los expertos y abogados también recomendaron el cambio de nombre para que la niña pudiera escribir su propia historia sin las ataduras de su pasado.
El día del bautismo, la niña tuvo una fiebre inexplicable, lo que Mónica interpretó como un ataque espiritual. A pesar de esto, la niña fue bautizada, aunque aún sufre secuelas emocionales y psicológicas de su infancia.
La paternidad de Dios
La fe de Mónica ha sido el pilar de su vida, y ha sido testigo de cómo las bendiciones y providencia de Dios se han multiplicado en su vida y la de su hija.
Courtesy of Mónica
"La paternidad de Dios ha llenado mi vida de milagros", comenta Mónica. Su hija, María Inés, ahora tiene 9 años, es monaguilla y sirve cada domingo en el altar. Ella sabe toda su historia y mantiene una conexión muy fuerte con Mónica, a quien define como "el amor de mi vida".
Mónica concluye su entrevista con un mensaje de esperanza, afirmando que su historia es un testimonio de cómo el amor de Dios se sigue multiplicando en el mundo a pesar de la pobreza y el abandono en algunos.
*Los nombres han sido cambiados por seguridad de la adoptante y adoptado a petición de la entrevistada.