sábado, 1 de agosto de 2026

Orbiting: un nuevo comportamiento en las redes sociales

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¿Alguien cortó el contacto contigo, pero sigue pendiente de tus publicaciones en redes sociales? Esto es "Orbiting" la tendencia que afecta tu tranquilidad mental 

¿Es posible estar presente y ausente al mismo tiempo en la vida de alguien? En la era digital, sí. El Orbiting ocurre cuando un individuo decide cortar el contacto directo con una persona, pero no se pierde ni una sola de sus publicaciones en redes sociales. Ni te habla, ni te deja ir: simplemente "órbita" a tu alrededor. Este hábito, aparentemente inofensivo, genera una constante confusión emocional. ¿Qué busca realmente quien observa desde la sombra sin atreverse a habitar una relación de verdad?

La periodista Anna Iovine fue quién bautizó dicha acción, mencionando que el Orbiting es el primo del Ghosting, si bien en este término la persona se desaparece manteniendo un contacto cero, en el Orbiting la persona se mantiene cerca para mirar, pero lejos para conversar. 

¿Qué hay detrás de orbitar en la vida del otro?

redes sociales

 "Quieres mantener a alguien en la mesa o no quieres descartarlo por completo", así lo explicó Taylor Lorenz, añadiendo que esta es una forma en la que "quizás quiera enviar un mensaje directo, pero sin entablar una conversación activamente". Generando incertidumbre para quien resulta "orbitado".

Qué otros signos tiene este fenómeno

1Ve tu contenido pero nunca te escribe

Quizá esta persona es una de las primeras en observar tus historias y esta es una forma silenciosa de estar aparentemente en tu vida, pero sin conversar contigo.  

2Reaparece con una reacción repentinamente

Cuando crees haber concluido el vínculo con esa persona, de pronto reaparece con un like en alguna de tus publicaciones, despertando nuevamente la incertidumbre y la confusión. 

3El único lazo son interacciones digitales

La interacción se queda meramente en lo digital, sin pasar a formar un lazo real. No hay conversaciones presenciales, ni contacto fuera de redes sociales.

¿Qué hacer si alguien te hace Orbiting?

Los expertos recomiendan bloquear, silenciar o dejar de seguir a la persona, cuando se trata de un vínculo roto (como un noviazgo o una amistad). Aclaran que no es un acto de despecho, sino un acto de cuidado personal y salud mental. 

La verdadera libertad relacional consiste en rodearnos de personas que elijan estar en nuestra vida de forma plena. Invitar a soltar el control de la red para ganar paz en la vida real.

Karen Hutch, Aleteia

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A los 73 años, José comienza el proyecto más hermoso

Crédito: José Agustín González Contreras

Ordonné prêtre à 72 ans, José Agustín prouve qu'il n'est jamais trop tard pour répondre à Dieu

José Agustín González Contreras, de 73 años, fue ordenado sacerdote en España tras una vida dedicada a la arquitectura. En una entrevista con Aleteia, cuenta esta trayectoria inesperada que nos recuerda que nunca es demasiado tarde para responder al llamado de Dios

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Durante décadas construyó casas; ahora construye almas. Ordenado sacerdote el 27 de noviembre de 2025 en Córdoba, España, el chileno José Agustín González Contreras esperó más de 70 años antes de responder plenamente al llamado del Padre. Una vocación que maduró pacientemente a lo largo de una vida marcada por el trabajo, el duelo, el servicio y una profunda fidelidad a Dios.

"Para Dios, nunca es demasiado tarde"

"Para Dios, nunca es demasiado tarde. Él llama en cualquier momento de la vida. No existe una vocación tardía; simplemente, Dios tiene su momento para cada uno". Estas son las palabras de José Agustín, cuya historia es un hermoso ejemplo de ello. De hecho, para el padre José Agustín, ordenado a los 73 años, estas palabras no son una mera fórmula, sino el resumen de toda una vida.

Nacido en Chile en una familia católica, José Agustín creció al ritmo de la vida parroquial. Desde muy temprana edad se involucró en el movimiento scout y participó activamente en las actividades de su Iglesia. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, eligió un camino completamente diferente: el de la arquitectura. Una profesión que lo apasionaba y en la que se realizó rápidamente.

Así, tras varios años de trabajo en Venezuela, fundó su propia empresa de construcción, sin imaginar que Dios lo llamaría, algún día, a construir de otra manera. "Diseñaba los edificios y los construía yo mismo. Todo iba a una velocidad increíble. Dios me bendecía constantemente y nunca me faltó trabajo", recuerda el religioso con emoción.

"Ya no construía para los hombres, sino para Dios"

El verdadero punto de inflexión se produjo en 2004, cuando a José Agustín se le encomendó la restauración del seminario de la diócesis de San Bernardo, en Chile. Al finalizar la obra, el obispo le propuso convertirse en arquitecto diocesano. Sin saberlo, esta nueva responsabilidad transformaría su vida. "Me di cuenta de que ya no construía la casa de tal o cual persona… Construía la casa de Dios. Sentía que algo estaba pasando dentro de mí, que Dios me pedía algo más", cuenta este hombre de setenta años.

Poco a poco, esa intuición fue creciendo. Al ingresar al Instituto del Verbo Encarnado, José Agustín aceptó seguir los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Una experiencia decisiva que le sirvió como una verdadera revelación en 2008. "Fue un impacto. A medida que avanzaban los ejercicios, comprendí que Dios tenía un plan para mí, un plan que había estado oculto durante mucho tiempo. Simplemente me decía: 'Abre los ojos´". Quien a los 65 años creía que su vida estaba ya trazada, comprende que el Señor lo llama ahora a una misión completamente diferente.

"El día más hermoso de mi vida"

José Agustín fue ordenado sacerdote el 27 de noviembre de 2025 en Córdoba, España.   José Agustín González Contreras

Sin embargo, a pesar de esta nueva certeza, el arquitecto no ingresa de inmediato a la vida religiosa. Si bien la llamada de Dios ya es clara, José Agustín considera que primero le espera otra misión. Su padre, gravemente enfermo, lo necesita. Por lo tanto, el futuro sacerdote decide posponer su compromiso para permanecer a su lado.

Una decisión que vive como una respuesta tanto al Evangelio como a su vocación. "Había comprendido el plan de Dios, pero pensaba que, ante todo, debía cuidar de mi papá por caridad. Lo acompañé durante ocho años, hasta su último aliento".

Al día siguiente del funeral de su papá, José Agustín llama a su director espiritual. "Simplemente le dije: Estoy listo". Esta vez, ya nada detenía al futuro sacerdote. Unos meses más tarde, en 2015, se fue de Chile a Italia y comenzó su formación. Rodeado de jóvenes seminaristas procedentes de unos veinte países, descubrió una vida cotidiana exigente para la que muchos pensaban que no estaba lo suficientemente preparado debido a su edad.

Aunque algunos se preguntan si podrá seguir el ritmo de sus compañeros, José Agustín está lejos de quedarse atrás. "¡Al final, eran ellos los que tenían dificultades para seguir mi ritmo! Dios me ha dado una energía increíble", cuenta el chileno con una sonrisa.

"Como arquitecto, construía con piedras. Ahora, Dios me llama a construir su Reino con almas".

Después de tantos años de discernimiento, espera y preparación, el día de su ordenación marca la culminación de un largo camino. El nuevo sacerdote habla de una alegría difícil de describir, impulsada por la certeza de haber respondido por fin al llamado de Dios.

"Fue el día más hermoso de mi vida. Me sentí totalmente entregado a las manos de Dios. Hoy tengo 73 años y me siento lleno de energía para cumplir la misión que Él me confía", confiesa el sacerdote antes de agregar: "Como arquitecto, construía con piedras. Ahora, Dios me llama a construir su Reino con almas".

Laura Marchais, Aleteia

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miércoles, 29 de julio de 2026

Cómo enseñar a nuestros hijos la verdadera solidaridad

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Educar a nuestros hijos en la verdadera solidaridad exige superar la pantalla, ejercitar el ejemplo en casa y cambiar la lástima por una empatía real

Nuestros hijos han nacido dentro de un mundo de extensas redes sociales. Una noticia cruza el planeta en segundos, el dolor de una familia aparece en una pantalla y una tragedia lejana se vuelve imagen, comentario o tendencia. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, quizá nunca había sido tan fácil dejar de ser sensibles y empáticos.

Más allá de la hiperconexión

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La encíclica Magnífica Humanitas habla de una "solidaridad de hecho": nuestras vidas ya están entrelazadas por la economía, la tecnología, la cultura y las comunicaciones. Lo que ocurre en un lugar termina afectando a muchos otros. 

Pero esa inevitable cercanía, todavía no es una verdadera solidaridad. Para que lo sea, debe convertirse en una decisión consciente: reconocer que no somos simples espectadores de la vida ajena, sino personas ligadas unas con otras. Esto es enseñar a nuestros hijos la verdadera solidaridad

Esta enseñanza es especialmente urgente para nuestros hijos. La pantalla puede acercar caras y, al mismo tiempo, levantar un muro invisible. Vemos al otro, pero no escuchamos su respiración; leemos su historia, pero no sentimos su tristeza; reaccionamos con una cierta indiferencia  y seguimos adelante.

Aprender a ver con el corazón

Por eso, educar en la solidaridad significa enseñar a mirar de nuevo. Mirar sin prisa y con sensibilidad. Notar al compañero que está solo, al amigo que necesita ser escuchado, al familiar que está agotado, al vecino que atraviesa una dificultad. La empatía comienza cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos y hacemos un espacio interior para preguntarnos qué pueden estar sintiendo los demás.

Nuestros hijos no aprenderán esto mediante largos sermones, sino observando cómo vivimos. Aprenderán la sensibilidad cuando nos vean escuchar sin interrumpir, tratar con respeto a quien nos sirve, acercarnos al enfermo, detenernos ante quien necesita ayuda y evitar la burla contra quien es diferente. La solidaridad se aprende en esos pequeños detalles que parecen gotas, pero que lentamente formarán un río.

La familia la primera escuela de empatía

También se cultiva dentro del hogar. Cuando un hijo aprende a reconocer el cansancio de su madre, la preocupación de su padre o la tristeza silenciosa de una hermana, comienza a salir de sí mismo. La familia puede ser la primera escuela de la empatía solidaria, ese lugar donde descubrimos que amar no consiste solamente en recibir cuidados, sino también en aprender a cuidar.

Es necesario explicarles que ser solidario no es sentir lástima. La lástima se observa desde arriba; la empatía se coloca al lado. La verdadera solidaridad no reduce al otro a su necesidad, sino que reconoce su dignidad. No pregunta solamente: "¿Qué puedo darle?", sino también: "¿Qué puedo comprender?", "¿cómo puedo acompañarlo?", "¿en qué parte de sus problemas puedo ayudar a resolverlo?".

El valor del bien, sin espectáculo

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Vivimos en una época que premia la exhibición. A veces parece más importante mostrar una buena acción que realizarla en silencio. Por eso conviene enseñar a nuestros hijos que la bondad no necesita un escenario. Hay actos de amor que no se publican, abrazos que no se fotografían y ayudas que no buscan reconocimiento. Allí, precisamente, la solidaridad recupera su pureza.

Ser sensibles con los demás no significa vivir abrumados por todo el dolor del mundo. Significa no tener un corazón frío. No podemos resolver cada problema, pero siempre podemos evitar la indiferencia. Podemos escuchar, incluir, consolar, compartir, defender y acompañar. Especialmente a los más débiles, a los que son más vulnerables, a los torpes y marginados. En fin, es estar atentos a los que nos pueden necesitar.

El ejemplo de los padres

Transmitimos lo importante de ser sensibles con las grandes causas de nuestro tiempo, como el cuidado del planeta o no discriminar a los inmigrantes y descalificar a los extranjeros. Son tiempos de vivir la caridad con sensibilidad y empatía y somos los papás los que la enseñamos primero con el ejemplo. 

Guillermo Dellamary, Aleteia

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