Estas dos frases son una de esas afirmaciones que parecen evidentes para quien las pronuncia y que suelen dejar a los padres sin demasiadas ganas de defenderse. Quizá porque, en parte, es verdad. Aquí hay algunas verdades que llegan a ocurrir en la familia cuando los hijos crecen.
La crianza en el tiempo

Los años pasan. Los padres cambian. Aprenden. Se equivocan. Descubren que algunas batallas merecen la pena y otras no. Los padres primerizos rara vez tienen tiempo para preguntarse qué es realmente importante. Educan muchas veces con la urgencia del que está aprendiendo mientras camina.
Pero también es verdad otra cosa: cada momento de una familia necesita cosas diferentes. No es igual educar a un niño de cinco años que a un adolescente. No es igual una casa llena de hijos pequeños que una en la que algunos ya han hecho las maletas y han comenzado su propia vida.
Y ahí aparece una situación de la que hablamos poco, porque suele ocurrir que cuando los hijos mayores ya viven fuera: todavía quedan hermanos pequeños en casa.
Entonces los que se fueron vuelven los fines de semana, en vacaciones o en celebraciones familiares. Siguen sintiendo aquella casa como propia, porque lo es. Pero ya no del mismo modo. Y esa diferencia, si no se entiende, puede generar muchos conflictos.
Cuando los hijos crecen
Es muy fácil comportarse como una madrastra cuando no es tu hijo. Es muy fácil corregir cuando la responsabilidad última la tienen otros. Es muy fácil señalar lo que se está haciendo mal cuando uno no está sosteniendo el día a día de esa casa.
Los hijos que ya se han marchado siguen perteneciendo a la familia y siempre será así. Pero necesitan volver con una conciencia nueva. Aunque aquella siga siendo su casa, ya tienen un hogar distinto. Han salido de la política interior de la familia para habitar una especie de política exterior afectuosa y cercana.
Especialmente en las familias numerosas, esta frontera puede volverse difusa. Uno corrige una cosa. Otro añade una observación. Un tercero explica cómo habría que hacerlo. Al final, el hermano pequeño recibe tres o cuatro correcciones sobre el mismo asunto en una sola tarde.
Y lo que nace no es el deseo de mejorar. Nace el rebote. La necesidad de defenderse. Ese pequeño subidón de soberbia que aparece cuando uno siente que todo el mundo le está diciendo cómo tiene que vivir.
Pentecostés en la familia
Por eso, esta etapa merece una reflexión propia. Ahora que acabamos de pasar Pentecostés, los apóstoles pueden enseñarnos algo. Ellos eran hombres distintos, con temperamentos distintos, llamados a una misma misión. Seguramente tenían motivos para corregirse unos a otros, para discutir estrategias o para recordar quién había entendido mejor las palabras del Maestro.
La unión con María en el hogar
Antes de salir al mundo, los encontramos reunidos junto a María. Y ahí está la clave. Porque todo es más fácil cuando pasa por el corazón de María. Las madres y los padres que viven esta etapa, los hijos pequeños que todavía crecen bajo su techo, los hijos mayores que habitan ese territorio intermedio entre quedarse y marcharse...Todos necesitamos aprender a pasar nuestras palabras por el corazón de María antes de pronunciarlas.
Preguntarnos si esa corrección ayuda o solo descarga una impaciencia. Si ese consejo ha sido pedido o simplemente queremos tener razón. Si estamos construyendo comunión o defendiendo nuestro pequeño reino.
Las familias necesitan autoridad. Pero también necesitan delicadeza. Y hay momentos en los que el mayor acto de amor no consiste en decir una cosa más, sino en guardar silencio, sonreír y confiar en que la gracia para educar sigue estando donde Dios la puso: en los padres.
Mar Dorrio, Aleteia
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