martes, 23 de junio de 2026

Vínculos familiares dañados, ¿cómo reconstruirlos con amor?

vínculos rotos en familia

Cuando hay una ruptura con un familiar, pareja o amistad, nos suele mostrar no solo el daño que nos hicieron, sino también ver el que nosotros hemos causado

En las crisis de las relaciones humanas casi siempre llegamos cargando nuestro propio expediente interior. Recordamos lo que nos dijeron, lo que nos hicieron, lo que nos dolió, lo que sentimos como abandono, traición o injusticia. Cada quien entra al conflicto con sus heridas bajo el brazo, como si llevara pruebas ante un tribunal invisible. Y es comprensible, cuando se rompen los vínculos familiares.

Vínculos rotos

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Cuando el vínculo se rompe, no sólo termina una relación; se fractura una forma de imaginar el futuro, una casa emocional, una historia compartida. Por eso necesitamos hablar, explicar, desahogarnos, poner palabras donde antes sólo había nudos en la garganta. Pero hay un paso más difícil y más sanador: no sólo expresar lo que nos hicieron, sino preguntarnos con humildad qué le hicimos nosotros también.

Por lo general las parejas en crisis ocurre que: uno dice "yo sufrí mucho", y el otro responde "pero tú también me hiciste daño". Entonces aparece la tentación de dividir la historia en víctimas y culpables, inocentes y verdugos. Cada uno quiere demostrar que fue quien más amó, quien más soportó, quien menos falló.

El amor no se sana en un tribunal

Se sana en la conciencia. Muchas personas, incluso con absoluta sinceridad, dicen: "yo no le hice nada", "yo me porté bien". Y quizá no mienten; simplemente no ven su parte. Porque en las rupturas también existen zonas ciegas.

A veces no dañamos por maldad abierta, sino por miedo, por defensa, por orgullo herido, por no saber qué hacer con nuestro propio dolor. Pero el hecho de no haberlo visto no significa que no haya sucedido ni dejado huella. 

"El dolor que sufrimos no nos vuelve automáticamente inocentes del dolor que causamos". 

Esta frase puede incomodar, pero también puede liberar. Porque mientras nos aferremos a la idea de que sólo fuimos víctimas, no podremos revisar nuestra parte de responsabilidad. Y sin responsabilidad no hay crecimiento verdadero. Puede haber queja, resentimiento o una versión muy bien contada de nuestra historia culpando a los demás de lo que nos hicieron; pero no habrá purificación interior.

El ego vs. la herida

Cuando una ex pareja, un hijo, un hermano o alguien cercano nos dice: “esto que hiciste me lastimó”, la primera reacción suele ser defendernos. Queremos aclarar, corregir, negar, justificar. El ego se levanta como abogado de emergencia.

Sin embargo, a veces lo más sabio no es contestar de inmediato, sino escuchar. No para aceptar todo como verdad absoluta, ni para permitir abusos, ni para confundir humildad con sometimiento. Hay situaciones donde es necesario poner límites claros. Pero escuchar sin defendernos puede abrir una puerta que el orgullo mantenía cerrada.

La escucha activa

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Escuchar no significa decir: "tienes razón en todo". Significa decir interiormente: "quiero entender qué dolor quedó en ti". Pedir perdón no significa destruirse, sino reconocer que nuestros actos pudieron tener consecuencias. Y aceptar nuestros errores no nos vuelve menos dignos; nos vuelve más humanos.

En la vida espiritual, esto es fundamental. Muchas veces pedimos a Dios que nos dé paz, pero no siempre estamos dispuestos a que nos muestre la verdad que necesitamos mirar. Queremos luz para sentirnos consolados, pero la luz también revela la basura de la casa interior.

El poder de la humildad

La humildad no consiste en despreciarnos por el daño que hicimos. Consiste en dejar de esconderlo para que Dios pueda sanarlo. Tal vez la verdadera sanación no empieza cuando el otro admite todo lo que nos hizo, sino cuando nosotros dejamos de huir de lo que también les hicimos.

La casa interior se limpia para que entre más luz. Y a veces esa limpieza comienza con una frase sencilla, difícil y profundamente liberadora: "Perdón. Ahora veo mejor el daño que te pude causar. No solo el que tu me hiciste".

Guillermo Dellamary, Aleteia

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Santo Tomás Moro, un modelo a seguir de político cristiano

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Santo Tomás Moro fue un gran político y un excelente cristiano que prefirió la muerte antes que traicionar su fe, por eso es un modelo para los políticos de hoy

Aveces se tiene la idea de que los políticos son personas controvertidas, pues, desafortunadamente, muchas veces se les relaciona con la corrupción. Sin embargo, para poder participar en esa esfera de la vida pública se requiere de una gran vocación de servicio. Además, por su responsabilidad, requieren de integrar la oración y pedir ayuda del Cielo, por eso la Iglesia los ha puesto bajo el patronazgo de Santo Tomás Moro para que tengan como modelo a un político cristiano. Conozcamos un poco de su vida.

Su carrera de Leyes

Tomás Moro nació en Londres, Inglaterra, el 7 de febrero de 1478. Su madre se llamó Agnes Graunger. Su padre, sir John Moro, estaba dedicado a las leyes. Fue mayordomo de un colegio de abogados de Londres, jurista y juez de la curia real.

Después de estudiar gramática, entró en el palacio de Lambeth como paje del cardenal John Morton, arzobispo de Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra.

Debido a la gran estima del cardenal Morton hacia el joven Tomás, que tenía 14 años, sugiere su ingreso al Canterbury College de Oxford, donde estudió dos años doctrina escolástica y retórica.

Después, por insistencia de su padre, en 1494 estudió leyes en el colegio donde él había trabajado. En 1496 comenzó a ejercer la abogacía en los tribunales. Además de su lengua nativa, hablaba francés y latín.

Laico con vida religiosa

En 1501 se hizo miembro de la Tercera Orden Franciscana y hasta 1504 vivió como laico en un convento cartujo, dedicado al estudio religioso. Hizo traducciones de distintas obras, incluyendo una biografía de Giovanni Pico della Mirandola que marcó definitivamente el curso de su vida. Mas adelante escribiría su libro Utopía y haría una defensa de la supremacía papal.

En 1504 volvió a su profesión jurídica y fue nombrado miembro del Parlamento, pero nunca olvidó de hacer penitencia, pues toda su vida llevó un cilicio en la pierna y ocasionalmente se flagelaba.

Matrimonios y vida política

Para 1505, contrajo matrimonio con Jane Colt, con quien tuvo a sus hijos Margaret, Elizabeth, Cicely y John. Ejercía la abogacía, fue juez y profesor de derecho. Era pensionado y mayordomo de la escuela Lincoln's Inn -como su padre-, dictaba conferencias, escribía poemas y hacía gestiones para grandes compañías de Londres y Amberes.

En 1509 escribió poemas para la coronación del rey Enrique VIII, motivo por el que nació una amistad entre ambos.

Su esposa Jane falleció en 1511. Luego se casó con Alice Middleton, viuda, siete años mayor que él y que tenía una hija.

Cargos públicos

En 1510 fue nombrado miembro del Parlamento y vicesheriff de Londres.

Su brillante carrera, gracias a sus conocimientos y tacto diplomático, le ganaron condecoraciones, títulos y respeto de todos, incluyendo al rey Enrique VIII, que le tenía mucha estima.

En 1521 recibió el título de caballero y fue designado vicecanciller del Tesoro. En 1529 fue nombrado Lord Canciller, el primer laico después de varios siglos.

Fidelidad y muerte

Sin embargo, las cosas comenzaron a ir mal cuando en 1530 se negó a firmar la carta de nobles y prelados donde solicitaban al papa la anulación del matrimonio de Enrique con Catalina de Aragón, lo que le valió la enemistad del rey.

En 1532 renunció a su cargo de canciller y en 1534 se negó a firmar el Acta de Supremacía, que significaba repudiar al Papa y reconocer al rey como jefe de la Iglesia de Inglaterra, por lo que fue encarcelado el 17 de abril del mismo año y finalmente, decapitado el 6 de julio de 1535.

Mónica Muñoz, Aleteia

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