
Queremos llevar el amor del Hijo de Dios a todos los hombres. Ha permitido que le abran el Corazón con una lanza para que esté abierto para todos. Que el Corazón de Jesús nos ayude a ser sus testigos. Para ello invocamos la ayuda de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús.
La Jornada Mundial de la Juventud de Seúl 2027 empieza el 3 de agosto. Un año antes se presentan sus himnos. Hay un primer himno de estilo muy clásico, sinfónico y repetitivo, con algunos fraseados clásicos del Extremo Oriente.
Y este es el segundo himno. Usa más batería sin llegar a ser pop. El videoclip muestra más santuarios, monumentos y lugares emblemáticos ligados a los mártires católicos de Corea o a los horrores de las guerras.
"Confiad, yo he vencido al mundo", es su lema, basado en las palabras de Jesús en Juan 16, 33 después de avisar de que habrá persecuciones. Insiste en el tema de la esperanza y la fuerza a pesar de la oscuridad y las pruebas.
ReL
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“Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda”

“Tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente” (Marcos 6,41).
Este Evangelio contiene un detalle que pasa desapercibido pero es importante. Jesús parte los panes pero no se los da a la gente, se los da a los apóstoles para que ellos lo hagan. Fíjate que ellos no multiplican el pan.
No lo inventan. No lo mejoran. No lo adaptan. Lo reciben partido de las manos de Cristo y lo entregan. Ya está. Esto es una imagen de lo que es el sacerdocio. el sacerdocio. Nosotros no hemos de alimentar a la Iglesia con lo que nos parece sino con lo que Cristo nos entrega ya partido: su Palabra, sus sacramentos, su doctrina.
No podemos enseñar lo que se nos ocurre en cada momento, o lo que creemos aunque sea contrario a las enseñanzas de Jesús. La palabra no es nuestra, se nos presta, somos su altavoz. Un sacerdote está para repartir lo que ha recibido, no para inventar cosas nuevas ni para proyectar sobre sus fieles teorías basadas en sus heridas y conflictos no resueltos.
Todos conocemos ejemplos. Se da muy a menudo. Cuando un cura predica una “pastoral” que contradice lo que la Iglesia enseña no está repartiendo el pan de Cristo sino el suyo propio. Sin embargo al hacerlo está utilizando un púlpito que la Iglesia le ha dado, se está aprovechando de ella. Si no fuera porque es sacerdote nadie le haría caso.
Es una de las tentaciones que tenemos los sacerdotes: creernos los dueños del pan. El día que enseñamos “nuestra” verdad en vez de la de Cristo, nos desacreditamos, dejamos de ser apóstoles fieles al depósito recibido. Y como siempre tendremos alguien que nos alabe y felicite nos creeremos soberbiamente que tenemos razón mientras toda la Iglesia está equivocada y lo ha estado durante siglos.
“El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) repara mis fuerzas” (Salmo 23). No somos nosotros quienes reparamos a nadie. Es Él quien nos conduce, nos alimenta y nos repara. Es a este Buen Pastor a quien tenemos que presentar a los fieles, no a nosotros y nuestras “bondades” de creernos mejores y más modernos que otros pastores por predicar cosas contrarias y de fácil aplauso.
El sacerdote más fiel no es el más original. Es el que tiene coraje y se atreve a repartir un pan que no es suyo sino de Jesús. Y tiene claro que no estamos para predicarnos a nosotros mismos sino solo a Él. Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda.
Francisco Javier Bronchalo, ReL
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Incluso donde parece que todo gira en torno al cuerpo, el Evangelio invita a cuidar el corazón.

El juego sencillo en la orilla se vuelve reflejo de algo más profundo: un modo de estar juntos donde el cuerpo se disfruta sin dejar de honrar la dignidad de cada uno.
En el 8 de agosto, Jesús se encuentra con un padre que le suplica por su hijo epiléptico, que “muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua” (Mt 17, 15). Los discípulos no han logrado ayudar, y el Señor les reprocha su poca fe antes de curar al muchacho. Después les dice: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza… nada os sería imposible” (Mt 17, 20). En pleno verano, esa escena parece hablar también de hijos que “caen” en ambientes que queman o arrastran, y de padres que miran la playa con mezcla de alegría y preocupación. La fe pequeña pero real puede transformar también ese lugar.
El padre de Mateo 17 no niega la realidad: su hijo está en peligro, se expone sin control al fuego y al agua. Se acerca a Jesús, se arrodilla, pide piedad. La respuesta del Señor no es una técnica, sino una llamada a la fe que actúa. No se trata de miedo, sino de confianza que busca la salvación concreta de una persona.
En la playa, muchas familias perciben riesgos distintos, pero reales: exposición excesiva del cuerpo, modos de vestir que banalizan la intimidad, grupos que normalizan miradas y comentarios que hieren. También ahí la fe se ve probada; no basta con lamentarse, hace falta una confianza en Cristo que inspire modos nuevos de estar, educar y acompañar.
La memoria de santo Domingo de Guzmán presenta a un sacerdote que no se conformó con ver errores desde lejos. Entró en ambientes difíciles, dialogó, predicó, fundó una orden al servicio de la verdad. Su radicalidad evangelizadora no se traducía en condenas superficiales, sino en dedicación paciente para que las personas conocieran el rostro auténtico de Cristo.
Su ejemplo sugiere un estilo para la presencia cristiana en la playa: no huir de todo, no escandalizarse por sistema, pero tampoco dejarse arrastrar. Estar allí con una fe que ama la verdad sobre el cuerpo y la sexualidad, y que respeta profundamente a las personas. El criterio no es la moda cambiante, sino la dignidad que Dios ha dado a cada uno.
El pudor cristiano mira al cuerpo como algo bueno y llamado a la gloria, no como algo sucio. Precisamente por eso lo protege de convertirse en objeto. En la playa, el pudor se traduce en decisiones sobre cómo me muestro y cómo miro.
Vivir el pudor en clave positiva significa cuidar el propio cuerpo para que no quede reducido a escaparate, evitar actitudes que busquen provocar o llamar la atención como si el valor personal dependiera sólo de la piel visible. También implica enseñar a los más jóvenes que hay una belleza que no se mide únicamente por centímetros de tela, sino por el respeto con que se trata a sí mismos y a los demás.
Todo esto puede vivirse con normalidad: familias que disfrutan del agua y del sol, que se visten de manera sencilla y adecuada, que evitan exageraciones y que explican, con calma, por qué ciertos límites tienen sentido. No hace falta discursos largos; la coherencia cotidiana habla por sí sola.
Jesús enseña en otro momento que lo que mancha al hombre procede del corazón (Mt 15, 11). En la playa, eso se manifiesta en la mirada. No es lo que entra por los ojos lo que decide todo, sino lo que hacemos con eso dentro de nosotros. Se puede mirar con respeto o con ánimo de poseer.
La mirada limpia reconoce en cada cuerpo una historia, un rostro, una familia. Renuncia a utilizar al otro como objeto de deseo, de comparación o de burla. Orienta los ojos con sencillez: evitar fijarse donde sabe que va a alimentar fantasías o juicios, no participar en chistes que rebajan, no comentar el físico de otros como si fueran cosas.
La fe “como un grano de mostaza” (Mt 17, 20) puede concretarse en pequeños movimientos interiores: desviar la mirada, elevar un breve pensamiento a Dios por esa persona, recordar que Cristo dio la vida también por ella y que merece ser vista con ojos limpios. Son gestos discretos, pero van modelando el corazón.
El cuerpo es lugar de presencia de Dios, templo del Espíritu (cf. 1 Co 6, 19, aunque no esté en las lecturas del día). Cuidarlo en la playa forma parte de la fe: evitar excesos de sol, de alcohol, de riesgos innecesarios es una manera de honrar el don recibido.
El respeto al cuerpo ajeno incluye aspectos muy concretos: no invadir espacios con ruido desmedido, no dejar basura, no sacar fotos que puedan humillar o exponer a otros sin su consentimiento, no organizar juegos o bromas que pongan en situación incómoda a quien no desea estar ahí. La caridad se mide también en estos detalles.
Una presencia cristiana puede traducirse en cosas tan sencillas como recoger lo que otros dejan, ayudar a alguien que lo necesita, ofrecer un gesto amable a quien está solo, o intervenir con serenidad si se ve una humillación evidente. No hace falta identificación visible para que el Evangelio se note.
Con santo Domingo delante, la fe en la playa no se vive escondiendo todo signo cristiano, ni levantando dedo acusador. Se puede hacer el signo de la cruz antes de entrar en el agua, rezar un misterio del rosario paseando por la orilla, proponer en familia una breve acción de gracias al final del día, hablar naturalmente de Dios en una conversación. Y se puede hacer sin convertir la arena en púlpito, sin despreciar a quienes viven de otro modo.
La clave está en llevar al Señor también allí: dejar que inspire cómo se habla, qué se calla, qué se evita, qué se propone. El Evangelio recuerda que la falta de fe tiene consecuencias concretas —los discípulos no pudieron ayudar al muchacho (Mt 17, 16)—, y que la fe, aunque pequeña, abre posibilidades. Llevar la fe a la playa es confiar en que Cristo quiere entrar en este fragmento de verano, no sólo en la iglesia.
Si al terminar agosto descubrimos que nuestra forma de estar en la playa se ha hecho un poco más respetuosa, más limpia, más consciente de la dignidad propia y ajena, probablemente haya habido ahí un pequeño milagro de ese “grano de mostaza” del que habla Jesús. Y, sin grandes gestos, habremos dejado que el Señor nos enseñe a ver y a vivir mejor incluso donde parecía que todo se reducía al cuerpo.
Luis Javier Moxó Soto, ReL
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Medir el cariño de la pareja según nuestras reglas causa distanciamiento. De ahí surge la necesidad de aprender a reconocer las mil formas en que el amor se manifiesta
Uno de los errores más frecuentes en la vida de pareja
consiste en creer que el amor solo es verdadero cuando se expresa de la forma
en que nosotros lo esperamos. Sin darnos cuenta, vamos construyendo un pequeño
reglamento interior: si me ama, recordará mi cumpleaños; si me ama, me dirá
palabras cariñosas; si me ama, me acompañará a donde yo quiera; si me ama,
tendrá ciertos detalles, ciertas atenciones, ciertos gestos que, para mí,
significan amor.
La trampa de las expectativas universales
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El problema comienza cuando convertimos esas expectativas en
una medida universal. Entonces dejamos de mirar lo que el otro sí hace y
comenzamos a contabilizar únicamente lo que no hizo. El amor se vuelve examen,
la convivencia se convierte en tribunal y la pareja termina defendiendo su
afecto como si tuviera que presentar pruebas ante un juez.
Ella puede pensar: "Si olvida una fecha importante, si
no me regala algo, si no me dice que me ama, entonces no me ama". Él puede
sentir: "Si no aprecia mi esfuerzo, si no me prepara algo con cariño, si
no agradece lo que aporto o no reconoce lo que hago, entonces tampoco me
ama". Ambos pueden estar amándose y, al mismo tiempo, sentirse
profundamente decepcionados. No porque falte amor, sino porque cada uno espera
recibirlo en el idioma que conoce.
Los diferentes lenguajes del afecto
Pero el amor tiene muchos lenguajes. Algunas personas aman
con palabras; otras, con el silencio de la fidelidad. Unas demuestran su afecto
con regalos; otras, resolviendo dificultades. Hay quien abraza, quien acompaña,
quien cuida, quien escucha, quien trabaja, quien permanece. Hay amores que son
como campanas y se escuchan a lo lejos; otros son como raíces, casi invisibles,
pero sostienen el árbol entero.
Aprender a amar también significa aprender a descubrir la
manera particular en que el otro nos ama. No se trata de renunciar a expresar
lo que necesitamos ni de aceptar indiferencias, desprecios o malos tratos. El
amor verdadero jamás exige que confundamos abandono con libertad o
desconsideración con autenticidad. Pero una cosa es pedir afecto con honestidad
y otra muy distinta imponer al otro la obligación de amarnos conforme a nuestro
propio criterio.
La madurez de abrazar la diferencia
PeopleImages | Shutterstock
Cuando decimos: "Si no haces esto, no me amas",
muchas veces no estamos hablando del amor del otro, sino de nuestra propia
expectativa. Estamos diciendo: "No me amas como yo quiero". Y esa
diferencia es enorme, porque el amor no es una coreografía en la que el otro
debe aprender todos nuestros pasos para no equivocarse. Es más bien un
encuentro entre dos libertades, dos historias, dos sensibilidades y dos formas
distintas de entregar el corazón.
La madurez en la pareja comienza cuando dejamos de perseguir
una demostración perfecta y aprendemos a reconocer las pequeñas señales que
antes ignorábamos. Tal vez no dijo la frase esperada, pero estuvo presente. Tal
vez no compró el regalo, pero cuidó de nosotros. Tal vez no respondió como
imaginábamos, pero permaneció cerca cuando más lo necesitábamos.
El amor no es un contrato de equivalencias exactas, sino una
disposición para reconocer el bien que el otro nos entrega. Amar es también
agradecer esa forma irrepetible con la que alguien elige hacernos el bien. No
todo amor se parece al nuestro. No todo cariño toma la forma de nuestras
expectativas. Y, sin embargo, puede ser sincero, profundo y constante.
Quizá una de las mayores pruebas de amor consiste
precisamente en dejar al otro ser quien es. Reconocer su estilo, recibir su
modo y comprender que el amor no siempre llega vestido como lo soñamos. A veces
entra sin ceremonia, se sienta a nuestro lado y, en silencio, nos acompaña
durante toda la vida. Porque el verdadero amor es incondicional y no admite
expectativas personales y mucho menos juzga el modo de amar.
Guillermo Dellamary, Aleteia
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La escritora franco-española publica su primer libro, una carta de gratitud a la madre biológica que la entregó en adopción.

Beatriz Muñoz Estrada-Maurin publica un testimonio personal sobre la maternidad que ha vivido y conocido en circunstancias singulares.
Beatriz Muñoz Estrada-Maurin es traductora desde hace más de quince años, madre de seis hijos y, según sus propias palabras, siempre será “una niña abandonada” frente a la madre que nunca ha conocido.
Un año después de morir su madre adoptiva -y tres años después de la de su padre adoptivo- escribió de un tirón, en apenas uno o dos meses, Para ti, mamá desconocida (Fonte-Monte Carmelo), un libro que es ante todo un “gracias”: gracias por la vida que otra mujer (su madre biológica) decidió no interrumpir, y gracias a la familia que la acogió después.
En esta entrevista con Religión en Libertad, la autora repasa el origen del libro, el porqué de su título y lo que ha aprendido sobre el valor de toda vida, “deseada” o no.
-Escribí este libro de un tirón, en apenas uno o dos meses, exactamente un año después de que falleciera mi madre. Mi padre nos había dejado tres años antes. Ese “gracias” lo llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, sin saber muy bien en qué se convertiría. Al final se convirtió en un libro.
![Beatriz Muñoz Estrada-Maurin ha escrito 'Para ti, mamá desconocida' con prefacio de la Madre Anne, priora de la abadía cisterciense francesa de Nuestra Señora de las Nieves [Notre-Dame des Neiges].](https://imagenes.religionenlibertad.com/files/vertical_image_mobile/uploads/2026/08/04/6a7228258c152.jpeg)
Beatriz Muñoz Estrada-Maurin ha escrito 'Para ti, mamá desconocida' con prefacio de la Madre Anne, priora de la abadía cisterciense francesa de Nuestra Señora de las Nieves [Notre-Dame des Neiges].EDITORIAL MONTE CARMELO
»En paralelo a esas pérdidas, ese “gracias” se ha ido alimentando también del dolor que siento cada vez que veo cómo nuestra sociedad afirma, sin ninguna conciencia, que las vidas que ya están de camino en el seno de una madre no tienen valor alguno. Eso me entristece profundamente. Mi ramo de gracias hunde ahí sus raíces: “deseada” o no, mi vida no contaba menos que las demás, y tuve la suerte de nacer de un vientre y en una época capaces de acogerme.
-Aquí respondo quizá a la pregunta de qué deseo transmitir, o qué le diría a una mujer que se plantea tener ese niño: lo único que deseo transmitir es mi experiencia del valor de una vida, y de ningún modo un juicio. Yo no soy nadie para juzgar a nadie; por eso era importante para mí dejar claro que esto no es un manifiesto.
»La vida puede ser tremendamente dolorosa, a veces se nos escapa sin remedio: ¿cómo me atrevería yo a juzgar los actos de los demás? Tengo suficiente con los míos. Lo que deseo, porque es la parte que me ha tocado, es dar gracias y gritar a pleno pulmón que la vida es un precioso regalo, y que darla es un don inconmensurable.
-Ese título es ya de por sí una historia. Creo, o así lo interpreto hoy, que ese “gracias” se convirtió en ramo entre las manos de una niña pequeña. A pesar de ser hoy una mujer adulta -todavía en la cuarentena, madre de seis hijos-, frente a esa madre desconocida siempre seré una niña abandonada. Por eso ese ramo, que no necesita palabras.
»Me han preguntado mucho por qué juntar ese “mamá” tan íntimo y cercano con ese “desconocida”: ¿no podría haber escrito “madre”? Pues no. Porque a esa mujer que me dio la vida la llevo en mis propias entrañas, y ahí permanecerá siempre, en un sitio que es solo suyo, sin robarle espacio a la madre que compartió conmigo las alegrías y las penas de la vida.
»En el título de la edición española ha desaparecido el ramo [bouquet] respecto a la edición original francesa, pero es solo una impresión, porque está ahí desde las primeras páginas. Cuando preparábamos la edición española, un amigo me dijo que los mejores títulos eran los breves, y a mi editor le gustó la idea [Para ti, mamá desconocida vs Pequeño ramo para una mamá desconocida].
-No. Me he sentido muy serena. Era como si cada palabra encontrara por fin su sitio, y con cada palabra, cada emoción. No me ha dolido escribir: los dolores estaban ahí antes que las palabras. Al contrario, creo que al ponerlos por escrito esos sufrimientos pudieron por fin quedarse quietos y respirar serenamente. Cuando uno escribe, encontrar la palabra que transmite exactamente lo que se siente procura una gran felicidad.
»Esto ya lo había sentido traduciendo, porque llevo más de quince años traduciendo libros. Pero cuando lo que traduces es lo que llevas dentro, la sensación de libertad y de satisfacción es muchísimo mayor. De hecho, este mes se publica en Francia mi segundo libro -el primero fue este-, que es más bien un ensayo. Y ya estoy metida en otra historia, con varias más pendientes.
-Creo que los momentos en los que imagino las preguntas de mi madre biológica. Porque en el fondo todo eso son conjeturas mías. Conjeturas legítimas, porque todos necesitamos conjeturar en esas zonas oscuras de nuestra vida: sin nadie que nos cuente qué ocurrió, necesitamos contárnoslo nosotros mismos. Pero he sentido mucho pudor al hacerlo, porque no quería imponer a mi madre biológica mi interpretación de una historia que compartimos sin compartirla.
»Otro momento que me ha dejado huella fue cuando surgió esa página en blanco con tan solo tres puntos suspensivos. Fue algo que llegó con la naturalidad de un dolor que ha encontrado la paz. Fue muy fuerte, y también impactó a mis hijos.
»Por todo ello agradezco mucho a mis editores la publicación de este libro y a ti, Daniel, tu apoyo a su difusión, pues mi gran deseo es que llegue a manos de mi madre biológica.
-Soy una mujer, esposa y madre, cristiana. Esa última coma puedes quitarla o ponerla, el resultado será siempre el mismo. En el libro no hablo abiertamente de mi fe, porque me parece que ese “gracias” se puede oír con oídos de todo tipo, creyentes o no. De hecho, una prima mía del alma, con quien comparto muchas risas y penas pero no mi fe, me decía hace poco que le había emocionado mucho leer el libro.
»Pero que no hable de mi fe no quiere decir que no respire en cada una de esas palabras. Porque ese camino no lo he recorrido sola.
-Me siento incapaz de hacer el resumen del camino que he andado. Me quedo con lo que ha escrito la madre Anne: mi libro es un canto a la vida, el canto de una voz que pudo no resonar nunca y que, sin embargo, se salvó de ese silencio.
»Siento que es mi deber cantar también por aquellos que no tuvieron, y que no tienen, voz para hacerlo.
-Evidentemente, he ido encontrando mis propias respuestas, y estoy convencida de que el hecho de ser madre me ha ayudado muchísimo. Seguiré buscando y profundizando, el camino continúa. La historia de mi hijo adoptado también ha sido muy importante en todo esto.
Daniel Alcocer, ReL
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Paolo y Chiara
Envejecer no solo significa sumar años, también implica
despedirse de personas, capacidades y etapas. Por eso, hablar de ello ayuda a
vivirlo con esperanza<br>
A medida que crecemos y nos hacemos mayores, vamos
enfrentando pérdidas silenciosas que se convierten en un duelo del que casi
nadie habla. La psicología explica que el duelo es la respuesta natural ante
cualquier pérdida significativa. Y pocas etapas concentran tantas pérdidas como
la vejez. No todas son dramáticas ni ocurren de golpe; muchas llegan poco a
poco y, precisamente por eso, pasan desapercibidas.
Sin embargo, todas ellas dejan una huella emocional: aceptar
que el cuerpo ya no responde igual, despedirse de una profesión tras la
jubilación, ver partir a amigos de toda la vida, ver a los hijos crecer e irse
del hogar; pero sobre todo, asumir que algunos sueños ya no podrán realizarse.
Nombrar estas pérdidas no significa vivir sin esperanza. Al
contrario, este es el primer paso para descubrir que cada etapa de la vida
tiene un valor propio y una misión que ofrecer.
Las pérdidas invisibles de la vejez
No todas las pérdidas tienen el mismo peso, pero todas
merecen ser reconocidas, pues en ocasiones, las que más se guardan son las que
suelen tener un gran peso con el tiempo.
Es importante recalcar que no se trata de lamentarse por
envejecer, sino de comprender que adaptarse también implica despedirse de
versiones antiguas para abrazar los aspectos únicos y favorables que la nueva
etapa traerá.
¿Por qué estas pérdidas duelen tanto?
Porque tienen un impacto en la identidad: "¿Quién soy
ahora que ya no trabajo?"
Porque tienen un impacto en la autonomía: "¿Qué
pasa cuando necesito ayuda para hacer cosas que antes hacía solo?"
Porque tienen un impacto en las relaciones: "Cada
despedida cambia mi forma de estar en el mundo."
El gerontólogo Gene D. Cohen, autor del libro The Mature Mind,
describió esta transición como un aspecto positivo en la vida de los adultos
mayores, desmintiendo la idea de que la vejez es solo una etapa de pérdidas.
Estos son tres grandes fases del desarrollo en adultos mayores según
investigaciones de Cohen:
1Las fases de desarrollo son aún más grandes
En su libro, explicó que el cerebro continúa desarrollándose
durante la vejez. El médico especialista habla de la plasticidad cerebral y
sostiene que el cerebro maduro no funciona peor, sino de una manera distinta;
de modo que pueden resolver problemas cotidianos con más serenidad que una
persona joven.
2La creatividad aumenta
El especialista destaca que muchos adultos mayores potencian
su creatividad después de los 60 años, encontrando nuevos pasatiempos, no
porque antes no pudieran hacerlo, sino porque ahora cuentan con más tiempo y
una mirada diferente sobre la vida. Por ejemplo, Miguel Ángel, quien trabajó en algunos
de sus proyectos más importantes en una edad avanzada para su época.
3Envejecer también implica nuevas posibilidades
Esta es una nueva etapa donde aparecen capacidades como:
mejor equilibrio emocional, mejor juicio, mayor perspectiva y más
libertad.
Envejecer implica despedirse de muchas cosas que con el paso
del tiempo quedan atrás. Sin embargo, ninguna de estas pérdidas agota el valor
de una vida. Los tanatólogos nos recuerdan que cada etapa puede
convertirse en un tiempo de amor, sabiduría y esperanza. Quizá el verdadero
desafío no sea evitar las pérdidas, sino descubrir que, aun cuando cambian
muchas cosas, nunca dejamos de ser valiosos a los ojos de Dios.
Karen Hutch, Aleteia
Vea también Mi fe de anciano