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viernes, 7 de agosto de 2026

El duelo silencioso de hacerse mayor y envejecer


adulto mayor

Envejecer no solo significa sumar años, también implica despedirse de personas, capacidades y etapas. Por eso, hablar de ello ayuda a vivirlo con esperanza<br>


A medida que crecemos y nos hacemos mayores, vamos enfrentando pérdidas silenciosas que se convierten en un duelo del que casi nadie habla. La psicología explica que el duelo es la respuesta natural ante cualquier pérdida significativa. Y pocas etapas concentran tantas pérdidas como la vejez. No todas son dramáticas ni ocurren de golpe; muchas llegan poco a poco y, precisamente por eso, pasan desapercibidas.

Sin embargo, todas ellas dejan una huella emocional: aceptar que el cuerpo ya no responde igual, despedirse de una profesión tras la jubilación, ver partir a amigos de toda la vida, ver a los hijos crecer e irse del hogar; pero sobre todo, asumir que algunos sueños ya no podrán realizarse.

Nombrar estas pérdidas no significa vivir sin esperanza. Al contrario, este es el primer paso para descubrir que cada etapa de la vida tiene un valor propio y una misión que ofrecer.

Las pérdidas invisibles de la vejez

adulto mayor

No todas las pérdidas tienen el mismo peso, pero todas merecen ser reconocidas, pues en ocasiones, las que más se guardan son las que suelen tener un gran peso con el tiempo. 

Es importante recalcar que no se trata de lamentarse por envejecer, sino de comprender que adaptarse también implica despedirse de versiones antiguas para abrazar los aspectos únicos y favorables que la nueva etapa traerá. 

¿Por qué estas pérdidas duelen tanto?

Porque tienen un impacto en la identidad: "¿Quién soy ahora que ya no trabajo?"

Porque tienen un impacto en la autonomía: "¿Qué pasa cuando necesito ayuda para hacer cosas que antes hacía solo?"

Porque tienen un impacto en las relaciones: "Cada despedida cambia mi forma de estar en el mundo."

El gerontólogo Gene D. Cohen, autor del libro The Mature Mind, describió esta transición como un aspecto positivo en la vida de los adultos mayores, desmintiendo la idea de que la vejez es solo una etapa de pérdidas. Estos son tres grandes fases del desarrollo en adultos mayores según investigaciones de Cohen:

1Las fases de desarrollo son aún más grandes

En su libro, explicó que el cerebro continúa desarrollándose durante la vejez. El médico especialista habla de la plasticidad cerebral y sostiene que el cerebro maduro no funciona peor, sino de una manera distinta; de modo que pueden resolver problemas cotidianos con más serenidad que una persona joven.

2La creatividad aumenta

duelo de adulto mayor

El especialista destaca que muchos adultos mayores potencian su creatividad después de los 60 años, encontrando nuevos pasatiempos, no porque antes no pudieran hacerlo, sino porque ahora cuentan con más tiempo y una mirada diferente sobre la vida. Por ejemplo, Miguel Ángel, quien trabajó en algunos de sus proyectos más importantes en una edad avanzada para su época. 

3Envejecer también implica nuevas posibilidades

Esta es una nueva etapa donde aparecen capacidades como: mejor equilibrio emocional, mejor juicio, mayor perspectiva y más libertad. 

Envejecer implica despedirse de muchas cosas que con el paso del tiempo quedan atrás. Sin embargo, ninguna de estas pérdidas agota el valor de una vida. Los tanatólogos nos recuerdan que cada etapa puede convertirse en un tiempo de amor, sabiduría y esperanza. Quizá el verdadero desafío no sea evitar las pérdidas, sino descubrir que, aun cuando cambian muchas cosas, nunca dejamos de ser valiosos a los ojos de Dios. 

Karen Hutch, Aleteia

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miércoles, 19 de julio de 2023

Tus roles ocultos: ¿en qué etapa te encuentras?

Adult with child

¿Eres consciente del rol que desempeñas en la vida? Debemos ser honestos al hablar de nosotros mismos y tener la intención de mejorar aquello lo que estamos fallando...

La maduración de las personas pasa por distintas fases que quedan en nuestro recuerdo: infancia, adolescencia, vida adulta y vejez. Sin embargo, a veces se produce un estancamiento en alguna de estas etapas vitales (generalmente en la infancia y en la adolescencia), produciendo en la persona actitudes que no son acordes a su momento evolutivo actual.

Las personas sanas, que han ido superando cada etapa y recogiendo el aprendizaje para las siguientes fases de su desarrollo, se permiten actitudes de etapas anteriores. Esto no implica falta de madurez; al contrario, es una expresión de salud emocional: los adultos también pueden jugar como niños en determinadas circunstancias.

El desarrollo vital queda reflejado en nuestra personalidad por medio de tres roles bien diferenciados, a los cuales acudimos inconscientemente para adaptarnos a cada situación:

1. Paternal: representa el aspecto moral de la personalidad. Se desarrolla a partir de los mensajes recibidos de parte de nuestros padres. Su característica principal es el deber. Cuando hemos adoptado este rol tendemos a proteger a los demás, dirigir al grupo, actuar de forma inflexible, criticar, regañar a otros, prohibir, acusar, etc.

2. Adulto: se forma a partir del conjunto de experiencias de la persona y de la evaluación e interpretación de estas. Está centrado en decir convenientemente. Nos ubicamos en este rol cuando tomamos decisiones a partir de nuestros aprendizajes, cuando estamos abiertos a la escucha de la opinión de otros u organizamos planes de acción para conseguir objetivos. El adulto interno trata de dar el valor justo a las cosas y es esencialmente responsable y reflexivo.

3. Niño: este rol existe desde el inicio y a partir de él se van acumulando respuestas instintivas y emocionales. Se focaliza en el querer. Entre sus rasgos más característicos se encuentran la emotividad potenciada, el capricho irracional, la impulsividad, demanda de afecto, exigencia de ser visto (egocentrismo), miedos excesivos (a estar solo, a tomar decisiones), rabietas y dependencia, entre otros.

Aceptación, adaptación y perdón

Los tres se encuentran en todas las personas en mayor o menor medida. Suponen un recurso adaptativo útil que no desgasta emocionalmente si se realiza desde el consciente. Por ejemplo: cuando un adulto juega con un niño utiliza recursos infantiles (que adquirió durante su propia infancia) para adaptarse a esta situación.

Sin embargo, si esta adaptación es inconsciente y ocurre por un estancamiento en la maduración (por ejemplo, con rabietas de niño pequeño en el trabajo) desgasta a la persona y a su entorno.

Si te encuentras en un rol que no es adecuado para tu edad, es momento de poner un alto, analizar tus comportamientos con los demás y darte cuenta de a qué aspectos de tu persona necesitan mejorar.

Aunque cueste, debemos ser capaces de reunir las fuerzas y sabiduría suficientes para saber cuándo un período está finalizado y debemos despedirnos de él, con todo lo que eso conlleva a nivel emocional. Además de evaluar lo vivido, también es importante recordar el esfuerzo realizado durante la etapa pasada y aprender de los errores que hemos cometido, algo que nos beneficiará mucho en el futuro. 

Es importante tomar en cuenta que para superar con éxito las etapas finalizadas debemos perdonarnos a nosotros mismos y evitar reprocharnos cosas del pasado. Esto se consigue aceptando todo lo sucedido y no culpándonos de aquellas cosas que han ido mal.

Un nuevo comienzo

Ahora bien, al cerrar una etapa es importante establecer nuevos objetivos en nuestra vida, ya que es necesario contar con alicientes y motivaciones nuevas que orienten nuestra mirada hacia lo que está por venir.

Para tomar conciencia de tus roles a lo largo del día, puede ser muy útil hacer una lista de las personas con las que más te relacionas y preguntarte en qué rol te sitúas con cada una de ellas: padre (consejero, autoritario, moralista), adulto (decidido, asertivo, independiente) o niño (caprichoso, demandante, impulsivo, juguetón).


María del Castillo - Mia Schroeder, Aleteia

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3 pasos para acabar con la inmadurez emocional

SADNESS         

Cambiar de actitud para crecer en el amor

En una relación afectiva inmadura, la persona no es capaz de tomar las riendas de su propia vida, se siente insegura, carece de iniciativa y autonomía, tiene la sensación de no poder valerse por sí misma y no ser capaz de tomar sus propias decisiones o hacerse cargo de sus propias responsabilidades. Las relaciones donde predomina el temor al puesto del amor no pueden ser positivas ni sanas.

¿Por qué nos puede pasar esto en nuestras relaciones afectivas?

Actualmente aún se debate si la dependencia emocional es una característica disfuncional de la personalidad o un trastorno psicológico. De hecho, no hay mención al fenómeno en el DSM-5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) ni tampoco en la CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades 10º).

Una de las hipótesis más aceptadas considera que estas personas se formaron esquemas desadaptativos sobre sí mismos y sobre la interacción con los demás a causa de relaciones afectivas insatisfactorias durante etapas tempranas de la vida. Los esquemas constituyen nuestra forma de entender o interpretar el mundo (“nuestras gafas para verlo”) y se aprenden a través de experiencias de la infancia.

Los esquemas se activan sin que nos demos cuenta y determinan de forma nçotable cómo sentimos y cómo nos comportamos.

¿Se puede madurar un estado de infantilismo emocional?

1. Un primer paso importante es que la persona tome conciencia y comprenda con plena claridad su problema y responda a estas cuestiones:

  • qué le ocurre
  • por qué motivo
  • cuándo y con qué personas se originó el autoconcepto negativo sobre sí mismo y su baja autoestima
  • en qué consisten sus pautas de interacción disfuncionales
  • por qué las mantiene, etc.

Esta información puede tener en sí misma el efecto de empezar a producir una cierta mejoría.

2. Un cambio de actitud es imprescindible para acabar con las interacciones disfuncionales. Conviene empezar por las relaciones más fáciles: amigos, compañeros de trabajo…  Y, poco a poco, abordar este cambio en las relaciones más complejas como la familia o la pareja. Por ejemplo, con la pareja hay que apostar por  reducir la necesidad de posesión en exclusividad o la alta demanda de escucha por parte del otro.

En este sentido es necesario un entrenamiento en empatía, ya que la persona inmadura emocionalmente puede por ejemplo pasar horas hablando sobre sus problemas sin pararse a pensar en cómo estará la persona que tiene a su lado mientras escucha. La parte más importante tiene siempre que ver con la forma de relacionarse con la pareja.

3. Fortalecer la autoestima delapersona. De forma indirecta, si la persona ha conseguido mejorar sus habilidades sociales y ha logrado iniciar con éxito una relación sentimental más equilibrada, estas circunstancias ya actúan como nutrientes para una mejor autoestima externa, que es algo que no venía funcionando.

No obstante, lo más importante es que persona aprenda a quererse y a valorarse por lo que es, cosa que probablemente no hicieron en el pasado quienes le rodeaban. Con una mayor madurez afectiva se podrá desarrollar una amor cada vez más verdadero y estable, cualidades que son esenciales para la estabilidad en las relaciones afectivas y para la sana vida en familia.

Javier Fiz Pérez, Aleteia






















sábado, 13 de mayo de 2023

¿A qué edad se es más feliz? Ya hay respuesta científica

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Un estudio de Harvard ha monitorizado todos los años de vida de 724 jóvenes desde 1938 hasta hoy. Por fin ha sacado sus conclusiones y desvela, con datos en la mano, cuándo las personas son más felices: a partir de los 60 años

Calidad en las relaciones. La investigación asegura que «todo el mundo puede dar giros positivos a su vida» y que lo que marca «una buena vida» es la calidad de las relaciones. Por tanto, el estudio aprecia que la felicidad no está tanto en el tener, entendido como riqueza o acumulación de bienes, sino en un aspecto más social, más de relacionarse con el otro.

Uno de los directores del estudio, el psiquiatra Robert Waldingner, con el psicólogo Marc Schulz, aseguran que «vivir rodeado de relaciones cariñosas protege nuestro cuerpo y mente».

Certeza de la muerte

Los autores del estudio creen que es un elemento fundamental el hecho de que las personas mayores son plenamente conscientes de que la vida pasa, se va agotando, y la muerte se acerca:

«Creemos que es porque tenemos el sentido de los límites de la vida y de que la muerte es algo real y eso nos hace más felices, porque cambiamos nuestras vidas. Nos quitamos obligaciones de encima, amistades que no nos hacen felices o reuniones que no nos gustan».

La vida, lo que queda de ella a esas edades, se vuelve mucho más selectiva, escogiendo lo que más enriquece a cada uno para disfrutar y aprovecharla con lo que más llena al individuo. Waldingner lo resume así: «Somos emocionalmente más sabios y esa sabiduría nos hace florecer».

El peligro de la soledad

Si la calidad de las relaciones es el gran argumento para la felicidad, la soledad se convierte en uno de los mayores peligros.

Su peligro también es físico, porque favorece que las enfermedades se desarrollen con mayor rapidez, a edad más temprana y con mayor impacto.

Compartir la enfermedad –dicen- ayuda a encontrar el equilibrio:

«Cuando me puedo quejar con otra persona puedo sentir que el cuerpo recupera su equilibrio; la persona sola no puede calmarlo, mientras que la que tiene relaciones sí».

¿Cuál es la receta de la felicidad?

Si bien el estudio apunta algunas conclusiones, como la necesidad de relaciones de calidad, evitar la soledad no deseada, primar lo positivo sobre lo negativo… no da una receta infalible de cómo lograr la felicidad.

La razón es que «no existe la vida perfecta«.

Ni siquiera cuando se tiende a mirar al prójimo y se envidia su vida: «Es muy posible creer que las otras personas tienen vidas perfectas y que somos los únicos que no la tenemos, y eso no es verdad», dice el director del estudio.

Pero sí hay un consejo, que sirve de nexo común entre quienes en el estudio han resultado ser más felices: las relaciones.

Los autores del estudio recomiendan practicar “la buena forma social” y cuidar las relaciones de forma activa:

«Todos nosotros estamos conectados a todo el mundo y necesitamos de los otros».

Por sexos, el estudio revela que este aspecto está más acentuado en las mujeres, independientemente de la generación a la que pertenezcan.

En sus 80 años de investigación, han constatado que ellas entienden mejor la importancia de mantener las relaciones que los hombres. Ellos habitualmente no trabajan en mantenerlas. 

El dinero no da la felicidad

El estudio, realizado en Estados Unidos, sitúa en 75.000 dólares anuales la cantidad que aporta bienestar a las personas. Pero no hay que confundir bienestar con felicidad. Ciertamente, los psiquiatras del estudio insisten en que el dinero es importante porque cubren las necesidades de la vida, pero «una vez tenido ese dinero, tener 70 millones más no aumentan la felicidad», dice Waldinger.

En una sociedad capitalista, en la que nos bombardean con necesidades y productos que debemos cubrir, la experiencia con las personas que han servido de base para este trabajo constata que cubrir esas ‘necesidades’ no aumenta la felicidad. «Sabemos que comprar experiencias nos hace más felices y durante más tiempo que comprar cosas», apostillan.

Metodología

Se trata de la primera investigación de toda una vida, a través de varias generaciones. En 1938 comenzó la investigación escogiendo a 724 jóvenes a los que han hecho un seguimiento hasta hoy. Para ello, han hecho miles de entrevistas, se han recopilado tubos de ensayo con su sangre, datos sobre la salud física y mental e incluso donaciones de algunos cerebros. Todo ello se ha plasmado ahora en el libro ‘Una buena vida’ (Planeta).

La intención es seguir ahora con más estudios en esta línea. El equipo profesional recoge ahora datos con los hijos de los primeros entrevistados.

Benito Rodríguez, Aleteia 

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miércoles, 9 de febrero de 2022

Soltera a mis cuarenta y más, me siento infeliz

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Diálogos de consultorio

—Me siento muy deprimida, pues con poco más de cuarenta años, no me he casado y muchos de mis proyectos relacionados con ello han quedado solo en sueños, contaba en consultoría una mujer de agradable presencia y evidente baja autoestima. 

Estos años, he andado con el corazón en la mano con la esperanza de que algún príncipe azul, ya no tan primaveral, aparezca a la vuelta de la esquina, y más de una vez he aceptado relacionarme con la persona equivocada. Luego me di cuenta de que sería peor el remedio que la enfermedad.

—La verdad es que se encuentra en una excelente edad para ya no cometer errores, aprendiendo a vivir a plenitud, y la mejor forma de lograrlo, es enfrentándose con la verdad de sí misma, de manera que su condición de soltera pueda asumirla de una forma diferente y positiva, intervine con actitud convencida.

—Eso me suena a lo que he escuchado en pláticas de autosuperación y leído en ciertos libros, donde se recomienda hacer y dejar de hacer tales y cuales cosas, para encontrarse con el amor y el éxito, pero todo han sido pamplinas.

—Pasa que no hay recetas mágicas para ello, sino que se trata fundamentalmente de purificar el corazón.

¿Dónde está la diferencia?

—Explíqueme, por favor, la diferencia entre lo que me quiere decir y lo que he leído y escuchado de los gurús del éxito sentimental.

—Bien, imagine que usted es un poco miope y desea aprender a pintar paisajes. Entonces lo que procede, antes que nada, es adaptarse lentes con una buena graduación que le permita apreciar lo mejor posible relieves, colores, detalles…   

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Aceptar nuestra realidad es un primer paso para ser felices.

En este caso “adaptarse lentes” significa mejorar nuestra humanidad aprendiendo a ser antes que tener, saber, hacer.

Para lograrlo se debe aceptar nuestra realidad en lo bueno y en lo malo para, con firme determinación, adherirnos a lo que más vale la pena, y de esa forma mejorar la relación con nosotros mismos.

Así, podremos lograr una coherencia desde nuestra intimidad: siendo más sinceros, más generosos, más honestos, serviciales, humildes, etc., etc. Virtudes que están directamente relacionadas con el amor y el respeto al prójimo, y hacen amable a la persona.

—Bueno yo me he aferrado a la ilusión de tener una pareja, y pienso que es lo normal, también que eso no me ha evitado ser una buena persona.  

—Es verdad, solo que eso no la está dejando ser plenamente, por lo que es necesario plantearse, si siendo un arraigado deseo, este se ha convertido en una idea fija que abarca todo el plano de su vida, sin dejar espacio a otros aspectos importantes. Tanto que le resta autoestima y seguridad en sus relaciones, por actuar con afectaciones, que precisamente puede anular la posibilidad de un feliz encuentro.

 —Eso me suena a resignación.

—Resignación no es la palabra, hablo de la actitud de provocar que otras cosas que valen la pena sucedan en su vida, para ser feliz, independientemente de su condición de soltera.

—Sí, es verdad, no puedo ser plenamente feliz, por eso la he consultado.  

¿Cuál es la clave?

—Y… con esos lentes en mi humanidad, ¿cuál es la realidad más importante que debo ver en el paisaje de mi vida?

Tanto el varón como la mujer en cuanto personas tienen en sí una naturaleza completa, lo que significa que no obtienen algo que les falte en su humanidad por el solo hecho de casarse.

—Que tanto el varón como la mujer en cuanto personas tienen en sí una naturaleza completa, lo que significa que no obtienen algo que les falte en su humanidad por el solo hecho de casarse.  Por lo tanto, uno y otro, viviendo en soltería y conforme a su dignidad del ser persona pueden ser perfecto hombre y perfecta mujer.  

Hablamos de una plenitud en el ser para dar y recibir afecto desprendido, teniendo consciencia de que amar no obliga a ser amado, y que, por lo tanto, no se debe coaccionar en busca de una correspondencia obligada.

Un ser por el que se es verdaderamente libre de y para los demás, digno de ser amado.

Mi consultante comenzó a adquirir otra perspectiva de su soltería.

Por Orfa Astorga de Lira

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martes, 9 de noviembre de 2021

El amor y el paso del tiempo en el matrimonio


Historias de consultorio. La ayuda mutua es clave para ser unión en las obras y en el ser. Con el tiempo, va tomando formas diferentes

Nuestros hijos han crecido y volado con sus fuertes alas, por lo que es nuestra casa un nido vacío. Es por eso que mi esposo, en cuanto sale de su oficina, se viene directamente a la casa para hacerme compañía. Yo, por lo general, lo espero frente a la ventana para verlo llegar, como hace ya tantos años.

A veces lo hago reflexionando sobre mis hijos y sus matrimonios.

Les he contado que cuando nos casamos, éramos muy jóvenes, y en nuestro enamoramiento, tuvimos la felicísima y peregrina idea de que habíamos encontrado el amor tan de golpe como entero, como quien se saca la lotería y le entregan todo el dinero junto.

Por supuesto que no era así.

Lejos estábamos de agotar su fuente, pues el amor conyugal en su verdad y bondad reclama de suyo todo el futuro para dar renuevos a través de la ayuda mutua, uno de los fines del matrimonio.

La unión de amor en las obras

Por esa ayuda realizamos juntos muchos planes e ilusiones, como comprar nuestra casa, formar un patrimonio, procrear y educar a nuestros hijos… Por supuesto que la complementariedad del ser persona como varón y como mujer, obraba maravillas.

Por el amor conyugal aprendimos a armonizar nuestras diferentes cualidades, como la objetividad, emotividad, atención a los detalles, capacidad de planear, ser intuitivo y más… siendo muy felices en ese mutuo intercambio de dones.

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«La ayuda mutua, hasta entonces, había sido unirnos en las obras…»

Sin embargo, era una etapa en la que, ante ciertas diferencias, solíamos discutir y perder la paz, la más de las veces por cosas ordinarias que simplemente pasaban, sin dejar poso en nuestras almas. Una etapa en la que habíamos visto a matrimonios de amigos sucumbir sin saber cómo ni cuándo, su amor se había enfermado de muerte.

Y sentimos inquietud.

La unión de amor en el ser

Tales desacuerdos finalmente hicieron una dura crisis, que a Dios gracias generó vida, ya que la ayuda mutua, que hasta entonces había sido para unirnos en las obras, penetró en nuestras intimidades en un cauce ancho y profundo, que se tradujo en la capacidad de comprendernos, corregirnos, animarnos, perdonarnos… y en un humilde recomenzar entre los dos.

Un camino en el que yo trataba de responder a las nobles expectativas que sobre mí proyectaba mi esposo, y viceversa.

Lo que queremos que nunca ocurra

Actitudes que brotaban como un principio de vida de nuestra unión conyugal, por lo que descubrimos que podíamos encontrar e incorporar en todo aquello que “nos pasaba”, aquello que “nunca pasaría”, como un pegamento que daba solidez a nuestro amor.

Descubrimos así nuestra unión en el ser.

«El amor se hace cada vez más profundo…».

Una unión indisolublemente fiel y fecunda, que existe y existirá siempre fuera del tiempo en que han de envejecer nuestros cuerpos y caducarán los medios materiales por los que tanto nos afanamos. Un tiempo en el que nos amaremos cada vez más en un horizonte sin límites, con la certeza de que la muerte nos separará solo temporalmente.

Por la ayuda mutua, los esposos deben discernir sobre aquellos bienes imperecederos y su realización en lo ordinario de su vida y, de esa manera, vencer el tiempo de las pruebas, desde el propio tiempo del amor.

Un tiempo con sabor de eternidad.

Por Orfa Astorga de Lira, Aleteia


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miércoles, 16 de junio de 2021

Historias de matrimonios: Cuando llega la crisis de los 40

 

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Más que una crisis matrimonial, estamos ante una crisis personal con mayor incidencia en los hombres entre 38 y 45 años

Hace semanas hablábamos de cómo las crisis personales afectan a nuestro matrimonio. Pues bien, la famosa crisis de los cuarenta es un ejemplo de cómo puede llegar a arrasar con nuestra relación.

En el Instituto Coincidir atendemos a matrimonios en los que su verdadera crisis matrimonial viene derivada de una crisis personal.

El perfil suele ser bastante común, hombre de entre 38 y 45 años, en pleno auge de su carrera profesional, casado, con hijos; mujer trabajadora, generalmente con una jornada reducida para atender al cuidado de los hijos, o habiendo renunciado a su carrera profesional por acompañar a su marido en su desarrollo profesional y atender de manera absoluta al cuidado de su familia.

Normalmente suele ocurrir que de repente el hombre siente que su casa se le hace pequeña, que tiene otras ambiciones; que su mujer se ha quedado atrás en el desarrollo profesional y que hay compañeras de trabajo que son capaces de desarrollar de manera brillante su carrera en el mundo laboral.

Si a esto le unimos las largas jornadas de trabajo, reuniones on line, viajes ( ahora menos, aunque siempre se pueden encontrar excusas) el cóctel está servido.

Desconexión emocional

El hombre llega a casa ( o sale de la habitación donde teletrabaja) después de un largo día de reuniones y problemas que resolver ( incluidas interrupciones de los niños, llantos, etc..). Su mujer está cansada tras haber pasado un día lidiando no sólo en el trabajo, sino con los niños, por lo que casi ni se hablan ya que ella ( o los dos) están o bien organizando tareas pendientes,  acostando niños, mirando redes sociales,  viendo alguna serie, etc.

Él está eufórico y a la vez cansado, tendría ganas de compartir con su mujer su día, pero ve que ella está a otra cosa y no le va a entender, porque verdaderamente quien sí le entiende es esa compañera de trabajo con la que comparte proyecto. 

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Donde había pasión ahora hay reproches; donde había admiración ahora hay enfado; y donde había cuidado personal y romanticismo ahora hay bandejas con comida para calentar y poco arreglo personal, pocas ganas de hablar y mucho menos de discutir. Nos vamos distanciando.

– ¿Qué ha ocurrido, porqué hemos llegado a esto? nos preguntan.

Quizás por no haber hablado entre nosotros o no haber priorizado el verdadero sentido de nuestras vidas, quizás por no haber entendido al otro en sus necesidades, quizás por no haber sabido leer entre líneas lo que el otro necesitaba, quizás…hay tantos quizás.

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Lo que está claro es que nuestro proyecto de vida se puede trastocar de la noche a la mañana por un error de cálculo, por una confidencia de más con esa compañera de trabajo. Por ese chatear más de la cuenta con un cliente o proveedor, jefe o empleado a tu cargo, lo que empieza como algo inocente puede convertirse en tu gran error si cambias el foco de tu mirada, tu matrimonio.

Llegado ese caso, las personas que atraviesan esta crisis se replantean sus cargas familiares, ( rutina en pareja y exceso de responsabilidades) y su proyección profesional, se cuestionan qué están haciendo con su vida.

No quieren pasarse el resto de su vida hipotecados a una familia que no les da el placer que le proporciona una buena comida de trabajo para celebrar un éxito profesional, o un viaje en buenos hoteles, ( ausencia de nuevos estímulos) o un no tener que dar cuenta de lo que uno hace en cada momento.

He llegado a escuchar a hombres en esta situación que “ahora lo que me importa soy yo, disfrutar y hacer todo aquello que no he podido hacer desde que me he casado. Tengo derecho a ser feliz sin nadie que me lo impida”.

Inmadurez personal

Como dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia

“Se ha vuelto frecuente que, cuando uno siente que no recibe lo que desea, o que no se cumple lo que soñaba, eso parece ser suficiente para dar fin a un matrimonio. Así no habrá matrimonio que dure.” (no.237)  “A veces, para decidir que todo acabó basta una insatisfacción, una ausencia en un momento en− que se necesitaba al otro, un orgullo herido o un temor difuso.” (no.237)  “Hay situaciones propias de la inevitable fragilidad humana, a las cuales se otorga una carga− emotiva demasiado grande. Por ejemplo, la sensación de no ser completamente correspondido, los celos, las diferencias que surjan entre los dos, el atractivo que despiertan otras personas, los nuevos intereses que tienden a apoderarse del corazón, los cambios físicos del cónyuge, y tantas otras cosas que, más que atentados contra el amor, son oportunidades que invitan a recrearlo una vez más.” (no.237)”

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Desde luego vista así la vida familiar, humanamente puede resultar hasta atractivo el otro lado de la moneda, aunque suponga romper con todas las ataduras y compromisos adquiridos en nuestro proyecto de vida en común.

Pero esto se debe a una circunstancia pasajera, a un momento de duda por una cuestión de crecimiento personal o de inmadurez personal, derivado de una inseguridad personal, aislamiento y autoestima baja. 

El verdadero sentido de la vida

En Amoris Laetitia se recoge expresamente esta circunstancia:

“El hecho es que a veces las personas necesitan realizar a los cuarenta años una maduración atrasada que debería haberse logrado al final de la adolescencia. A veces se ama con un amor egocéntrico propio del niño, fijado en una etapa donde la realidad se distorsiona y se vive el capricho de que todo gire en torno al propio yo. Es un amor insaciable, que grita o llora cuando no tiene lo que desea.” (no.239)

Saber valorar lo que tenemos entre manos, el sentido del compromiso familiar y matrimonial, es el elemento clave para salir fortalecido de este momento de crisis.

El sentido de mi vida me lo da AMAR y el amor se manifiesta en acciones, no sólo en sentimiento.

El amor mal entendido genera mucho sufrimiento, a veces es consecuencia de una gran inmadurez personal.  

Descubrir tu legado

Por eso es necesario ante una situación así, pararse y pensar qué tenemos entre manos, qué está pasando y hacia dónde vamos.

Desarrollar habilidades para generar una buena comunicación en pareja es clave para poder entender lo que está sucediendo en el corazón de la persona y sólo así poder acompañarla en esta crisis de maduración personal, que bien enfocada será una crisis de crecimiento y de fortalecimiento a nivel no sólo personal sino matrimonial y familiar. 

Les dejo un pequeño ejercicio inspirado en las enseñanzas de John Gottman para reflexionar  individualmente y posteriormente compartirlo con nuestro espos@:

¿CUAL ES TU LEGADO?

1.-Imagina que el médico te acaba de decir que solo te quedan 6 meses de vida. ¿Cómo elegirías pasar ese tiempo?

 2.-Imagina que abres el periódico el día después de tu muerte y ves tu propia esquela. ¿Qué te gustaría que dijera la esquela?

 3.- ¿Qué te gustaría que tu pareja pensara de la vida que han llevado? ¿Cómo te gustaría que te recordara?… ¿Qué legado te gustaría dejar?.:

Mercedes Honrubia García de la Noceda,Aleteia

Vea también     La Fidelidad Matrimonial (para una lectura personalista del amor en el matrimonio)








































































domingo, 19 de enero de 2020

13 puntos para saber si tu pareja está preparada para casarse

La madurez es clave para el matrimonio.
¿Cómo puedo saber si él o ella están preparados?
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La madurez es clave para el matrimonio. ¿Cómo puedo saber si él o ella están preparados?



La idea de casarse es un paso importante en la pareja. Significa que hay una voluntad de estar unido a la otra persona y de que compartir la vida juntos.
Sin embargo, ese planteamiento necesita que haya madurez real para que el matrimonio funcione.
¿Cómo saber que mi novio o novia están preparados para casarse? El doctor Fernando Sarráis, psiquiatra, es autor del nuevo libro “Familia en armonía” y en él apunta 13 claves para que la pareja pueda considerar que está lista para emprender el vuelo en el matrimonio.

Las dos cualidades de la persona madura

La clave de esa preparación se llama madurez. Según Sarráis, a una persona madura se la distingue por dos cualidades:
  1. Capacidad para conocer con sinceridad la realidad propia y del entorno.
  2. Capacidad de controlar las propias funciones psíquicas (percepción, memoria, imaginación, afectividad y pensamiento) y controlar la propia conducta.
El rasgo principal que define a una persona inmadura es, en cambio, “el predominio de la afectividad sobre las demás funciones psíquicas y, en consecuencia, sobre el comportamiento de la persona”.
Por ejemplo, sería un planteamiento inmaduro:
  • querer casarse porque el día de la boda es un sueño.
  • querer casarse con una mujer porque es muy guapa y eso supondría un triunfo social.
  • querer casarse pero dejar abierta la puerta a las relaciones sexuales fuera del matrimonio.
  • querer casarse pero no estar dispuesto a tener hijos.
  • querer casarse por los deseos abrumadores de ser madre por encima del amor al hombre que sería el padre.

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No es cuestión de edad ni de recursos económicos: casarse requiere madurez.

¿Cómo sé que mi novio o novia es una persona madura para casarse?

Estos son 13 puntos que retratan a la persona madura y que conviene observar antes de dar el sí para siempre. Mira si tu pareja los cumple:

SINCERIDAD

VALENTÍA

CONSTANCIA Y PERSEVERANCIA (FIDELIDAD)

LABORIOSIDAD, ORDEN Y PUNTUALIDAD (DILIGENCIA)


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La valentía y el optimismo son dos cualidades necesarias para el matrimonio.

MEDIDA Y MODERACIÓN EN SU ACTUACIÓN (TEMPLANZA)

ALEGRÍA, OPTIMISMO Y ESTABILIDAD DE ÁNIMO (AFECTIVIDAD POSITIVA)

TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN Y BUENA CAPACIDAD DE SUFRIMIENTO (RESILIENCIA)


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Shutterstock | Emotions studio
¿Tu pareja es dialogante? ¿Sabe pedir perdón?

CAPACIDAD DE DIÁLOGO Y COMUNICACIÓN ÍNTIMA Y AFECTUOSA (CONFIANZA)

CAPACIDAD PARA PERDONAR A LOS DEMÁS Y A SÍ MISMA, Y PARA PEDIR PERDÓN (HUMILDAD)

HABITUAL INTERÉS Y AMOR POR LOS DEMÁS Y POR LAS COSAS BUENAS DEL MUNDO (EXTROVERSIÓN)


COUPLE
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El equilibrio psicológico es básico para emprender la vida juntos en el matrimonio.

ACTITUD HABITUAL DE AYUDA DESINTERESADA (ALTRUISMO)

SERENIDAD, CALMA Y SEGURIDAD EN SÍ MISMA (EQUILIBRIO PSICOLÓGICO)

TOLERANCIA Y CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN A LOS CAMBIOS (FLEXIBILIDAD MENTAL)

Dolors Massot, Aleteia