Las cosas recibidas se mezclan con nosotros hasta que resulta difícil distinguir qué parte de lo que somos empezó en otra persona.

Hay cosas que nos enseñaron antes de que supiéramos que las estábamos aprendiendo
Hay una frase que decimos con mucha naturalidad cuando alguien nos ofrece ayuda: "No hace falta, ya me arreglo". No solemos pensar demasiado en ella, pero contiene una idea bastante poderosa: que arreglárnoslas solos es una forma de dignidad y que necesitar a otra persona nos coloca, aunque sea durante un momento, en una posición menos libre. Por eso hay quien prefiere pagar de más, devolver un favor inmediatamente o rechazar una ayuda que realmente necesita antes que quedarse con la sensación de deber algo.
El problema es que, si miramos nuestra vida con un poco de atención, descubrimos que casi nada de lo importante lo hemos conseguido solos. La manera en que hablamos la aprendimos de otras personas. Lo que sabemos hacer nos lo enseñaron. Nuestra forma de entender el bien y el mal está hecha también de conversaciones, ejemplos, correcciones y oportunidades que llegaron antes de que pudiéramos decidir qué hacer con ellas. Incluso aquello que consideramos más nuestro —nuestro criterio, nuestro carácter, nuestra fe— tiene una historia anterior a nosotros.
Pensemos en una abuela que enseña a su nieta a rezar. Para la niña es una oración que repite sin comprender demasiado. La abuela tampoco sabe qué será de aquellas palabras. No sabe si su nieta seguirá creyendo, si algún día dejará de rezar, si las repetirá cuando sea mayor. Y, sin embargo, puede ocurrir que muchos años después esa mujer se encuentre sola en una iglesia y vuelva a decir exactamente las mismas palabras que aprendió de aquella abuela. Para entonces, quizá la abuela ya no esté.
Hay algo desconcertante en esas herencias que recibimos sin firmar nada.
Una profesora dedica horas a una alumna y nunca sabrá qué hizo aquella alumna con lo aprendido. Un amigo permanece al lado de otro durante una enfermedad y quizá, años después, el segundo utilice aquella misma paciencia con alguien cuyo nombre el primero jamás llegará a conocer. Una madre entrega durante décadas cosas tan pequeñas que apenas parecen entregas: tiempo, atención, noches, dinero, renuncias. Casi nunca hay una escena en la que todo eso se reconozca. La vida sigue y las cosas recibidas se mezclan con nosotros hasta que resulta difícil distinguir qué parte de lo que somos empezó en otra persona.
Tal vez por eso nos cuesta tanto hablar de deuda. Una deuda económica tiene una cifra y una fecha. Una deuda de amor no tiene ninguna de las dos. No podemos devolverle a una madre su infancia, ni a un profesor las tardes que pasó enseñándonos, ni a una amiga aquella noche concreta en la que decidió quedarse. Si intentáramos compensarlo todo, acabaríamos descubriendo que llevamos una vida entera intentando pagar algo que nunca podrá convertirse en una cuenta.
Y quizá sea precisamente ahí donde el cristianismo tenga algo que decirnos. La gracia no es un premio. Es anterior al mérito. Antes de que hagamos nada, hemos recibido la vida; antes de poder responder a Dios, hemos sido amadas por Él. La Eucaristía, que significa acción de gracias, contiene de algún modo esa mirada: reconocer que no todo empezó con nuestro esfuerzo y que hay cosas esenciales que no podemos atribuirnos.
Esto también explica por qué la autosuficiencia, llevada hasta el final, tiene algo de triste. Una persona puede llegar a no necesitar nada de nadie y, sin embargo, descubrir que ha construido su independencia sobre innumerables cosas que recibió de otras personas. Somos mucho menos originarias de lo que nos gusta pensar.
Y quizá lo verdaderamente difícil no sea aceptar que debemos algo, sino aceptar que nunca podremos saber exactamente cuánto. Hay personas a las que creemos deberles una cosa concreta y, con los años, descubrimos que nos dejaron mucho más: una forma de mirar, una confianza, una palabra que apareció en el momento preciso. Otras ni siquiera sabrán que forman parte de nuestra historia. Algunas habrán muerto. Otras habrán olvidado.
La vida tiene esa injusticia extraña: quienes más han contribuido a hacer posible lo que somos no siempre están presentes cuando llegamos a serlo.
Y quizá por eso me parece que la gratitud tiene menos que ver con estar continuamente dando las gracias que con aceptar una verdad que a nuestro orgullo le cuesta bastante: no somos del todo nuestros. Hay en nosotros voces que aprendimos, gestos que copiamos, convicciones que alguien despertó, heridas que alguien ayudó a cerrar y una fe que, si la tenemos, llegó también a través de personas concretas. No podemos separar limpiamente lo que hicimos de lo que recibimos.
Tal vez crecer consista, en parte, en dejar de intentar hacerlo.
Matilde Latorre de Silva, ReL
Vea también Testimonios de Fe y Conversión
No hay comentarios:
Publicar un comentario