miércoles, 2 de septiembre de 2026

Defender la fe verdadera

No parecen ser pocos los que han cedido ante la prédica de un cristianismo "light".

Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales.

Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales.

Tras la celebración del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica entró en una profunda crisis doctrinal y espiritual. Durante los pontificados de San Juan Pablo II y Benedicto XVI, las aguas empezaron a volver a su cauce. Pero bajo el papado de Francisco, rebrotaron ciertos errores condenados por sus predecesores, y se sumó alguno nuevo. 

¿Cuáles son los signos más preocupantes de la crisis actual? El afán por adaptar la Iglesia al mundo, desviando la atención de lo espiritual, hacia lo material: de Dios, hacia el hombre. ¿Por qué es tan grave esta "mundanización" de la Iglesia? Chesterton lo explica cuando dice que "la Iglesia Católica es la única cosa que salva al hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su época". Si la Iglesia se vuelve hija de su época, el hombre pierde la tabla de salvación que le permite elevarse por encima de la materia. 

El sentido sobrenatural, parece estarse perdiendo sin mayor oposición de algunos de los que tienen la responsabilidad de custodiar el Magisterio. Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales con el objetivo de adaptar la Iglesia al mundo, en lugar de iluminar el mundo con la doctrina de Cristo. Se han colado, primero por una rendija, y luego por las puertas y ventanas que se han abierto desde dentro, toda clase de errores y horrores doctrinales "neomodernistas". La sustitución de la ley natural como fundamento de los institutos pontificias creados para defender la vida, el matrimonio y la familia, por una "moral de situación", es un claro ejemplo de ello. 

Esta crisis se ha visto agravada por la cobardía, la ambigüedad y el silencio cómplice ante tantos y tan graves atropellos, de algunos obispos y cardenales. Salvo notables excepciones como las del Cardenal Robert Sarah, el Cardenal Raymond Burke, el Cardenal Gerhard Müller y algunos otros, no parecen ser pocos los que han cedido ante la prédica de un cristianismo "light" en lo doctrinal, en lo espiritual, en lo moral y en lo litúrgico. 

Los efectos de esta crisis están a la vista en la liturgia y en los sacramentos. La desacralización del culto, a veces rayana en la irreverencia, suele ser consecuencia de la poca o nula de fe de algunos clérigos en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía. No es raro que algunos presenten el Santo Sacrificio del Altar como una mera cena o asamblea. En las redes es fácil constatar que los sacrilegios, están a la orden del día. 

Los más afectados por esta crisis, son los niños y los jóvenes. A los niños, se niega o se les retrasa el bautismo, y cuando se les prepara para la primera comunión, no es infrecuente que sus catecismos contengan serios errores u omisiones. A los jóvenes se les invita a participar en iniciativas sociales –que a veces pueden ser muy buenas-, pero apenas se les habla de Dios: en muchos casos se les presenta la fe como una cuestión sentimental, y la moral se rebaja… "¡para no espantarlos!". 

¿Qué ocurre con aquellos católicos –sacerdotes, religiosos y laicos- que procuran permanecer fieles al Magisterio, a la ortodoxia católica? A menudo, son tachados de "extremistas", "fundamentalistas" o "integristas" dentro de la propia Iglesia. Algunos, han sufrido el desprecio y la cancelación por parte de una jerarquía que tiende a alabar o con suerte a cerrar los ojos ante las acciones de los apóstatas y herejes que escandalizan a las almas sencillas. A veces la libertad, parece existir sólo para quienes se apartan del Magisterio, pero no para quienes quieren permanecer fieles a él. 

¿Qué hacer ante tanta confusión, ambigüedad, errores doctrinales, herejías y sacrilegios? Ante todo, agradecer al Señor que confió nosotros para dar la batalla por la verdad, con caridad, claridad, parresía y buen humor. En segundo lugar, pedirle que nos ayude transmitir la inmensa alegría de sabernos hijos de Dios, elegidos por él para librar las batallitas diarias de esta guerra que Él ya ganó. La alegría, fundada en la fe, es algo que los enemigos de la Iglesia jamás nos podrán quitar. El Señor nos ordenó ser sal y luz para el mundo. Ello implica nadar contracorriente, rezar mucho, formarnos mejor, y disponernos a defender heroica y virilmente la sana doctrina del Magisterio de siempre. Porque solo si procuramos vivir según las auténticas enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, podremos ayudar a salvar las almas de quienes nos rodean… y la nuestra propia. 

 Álvaro Fernández Texeira Nunes, ReL

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