domingo, 27 de septiembre de 2026

León XIV ante Macron: la pregunta incómoda que el Papa puso sobre la mesa en el Elíseo

El Papa recuperó a Georges Bernanos y su “Paraíso de las Máquinas” para advertir de una tentación muy contemporánea: que el hombre termine poniendo su confianza en aquello que él mismo ha creado.

El Papa León XIV y el presidente de la República francesa Emmanuel Macron, en la bienvenida institucional del Pontífice al país.

El Papa León XIV y el presidente de la República francesa Emmanuel Macron, en la bienvenida institucional del Pontífice al país.


    Hay lugares en los que una palabra pesa más que en otros. Y quizá por eso resultó especialmente significativo escuchar a León XIV hablar de la persona en el Elíseo, delante de Emmanuel Macron y en el corazón de una República que ha hecho de la laicidad uno de los pilares de su identidad.

    El Papa no llegó allí para discutir con Francia sobre su pasado. Tampoco para pedirle que volviera a ser la Francia católica de otros siglos. Habló de sus raíces, de su tradición intelectual y cristiana, de esa historia que también ha contribuido a formar la idea europea de dignidad y de derechos. Pero lo hizo para llevar la conversación hasta el presente: qué queda de todo aquello cuando la sociedad cambia y aparecen problemas que hace apenas unos años ni siquiera sabíamos cómo nombrar.

    La cuestión de la persona atraviesa entonces buena parte de su intervención. Y ahí el discurso adquiere un tono particularmente reconocible para quien lo escucha desde la fe. León XIV no entiende la dignidad como algo que se concede en función de las capacidades, de la utilidad o del lugar que cada uno ocupa. La persona está antes que todo eso.

    No es una idea menor cuando se habla de ciencia y tecnología. El Papa recuperó a Georges Bernanos y su “Paraíso de las Máquinas” para advertir de una tentación muy contemporánea: que el hombre termine poniendo su confianza en aquello que él mismo ha creado. No se trata de tener miedo al progreso, sino de no confundir lo posible con lo bueno.

    Y quizá ahí esté una de las preguntas más interesantes que dejó el discurso. Hemos aprendido a hacer cosas extraordinarias. Pero seguimos teniendo que decidir qué merece la pena hacer.

    León XIV llevó esa misma mirada al debate sobre la vida. Habló de manipulación genética, gestación subrogada, compra de órganos y muerte programada, y defendió el derecho a la vida como fundamento de los demás derechos. Es una posición inequívocamente católica y el Papa no intentó disimularlo. En un escenario político como el Elíseo, esa claridad también forma parte del mensaje.

    Con la laicidad hizo algo distinto. No la presentó como un obstáculo, ni reclamó para la Iglesia un espacio de poder que Francia ha decidido separar del Estado. Habló de una “justa laicidad”, capaz de permitir que las comunidades religiosas participen en la conversación pública y contribuyan al bien común.

    Ahí, quizá, estaba el verdadero diálogo del Elíseo. No en buscar que Macron y el Papa pensaran igual, sino en comprobar que todavía es posible hablar desde convicciones diferentes sin tener que esconderlas.

    Macron representa la República francesa. León XIV habla desde una fe que ya no ocupa en Francia el lugar de antaño. Pero ambos se encontraron ante una cuestión que desborda a la política y también a la religión: qué clase de sociedad queremos construir.

    El Papa dejó su respuesta bastante clara. Cuando todo cambia —la ciencia, la tecnología, la política, incluso la manera de entender la vida— hay algo que no debería convertirse en una variable más: la persona.

    Y quizá esa sea la razón por la que un discurso pronunciado en el Elíseo terminó sonando, en algunos momentos, menos a política que a una pregunta de conciencia.

    Matilde Latorre de Silva, ReL

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