¿De verdad quiero que sean otras personas las que me dicten cómo debo sentirme y comportarme? ¿Y no dice Nuestro Señor algo sobre amar incluso a nuestros enemigos?
Amenos que te hayas convertido en un ermitaño, probablemente
te relacionas con todo tipo de personas a lo largo del día. Algunas de ellas
son maleducadas. Está el conductor que se pega al coche de delante y se niega a
ceder el paso para incorporarse, la persona con síndrome del protagonista que
camina justo por el centro del carril bici y no se aparta para dejar paso a los
ciclistas que vienen en sentido contrario, el camarero malhumorado de la
cafetería, el compañero de trabajo que siempre tiene algo crítico que decir, el
amigo que pone los ojos en blanco constantemente, el familiar que da sermones a
todo el mundo en cada reunión familiar… y la lista sigue y sigue. Estamos
rodeados de mala educación y falta ser amable.
Desencadenantes
Si es cierto que la grosería surge de las dinámicas de
poder, ya sean percibidas o reales, esta reflexión nos permite plantearnos cuál
sería la mejor forma de reaccionar cuando nos convertimos en el blanco de esa
actitud. Por ello, te mostraremos algunos pasos que puedes seguir para
responder de una manera más saludable y no desde el enojo.
1No lo tomes personal
En primer lugar, está claro que la grosería no siempre es
algo personal. Es posible que las personas ni siquiera se den cuenta de que
están siendo groseras. Quizá hayan tenido un mal día y estén distraídas. Quizá
estén ansiosas e inseguras, por lo que proyectan y transfieren emociones
descontroladas. Están intentando recuperar su sensación de poder y control, lo
que significa que sus acciones tienen mucho más que ver con ellas mismas que
con la persona a la que están tratando con grosería. Si te sirve, puedes
pregutarte qué debilidad oculta está intentando proteger.
2Mantener la calma y responder amable
En segundo lugar, salvar las apariencias no es lo más
importante. Aunque la grosería no siempre sea algo personal, sigue siendo una
afirmación inconsciente de poder por parte de quien la ejerce. Esta suposición
subyacente es, sin duda, personal. Cuando esto nos ocurre, nuestro primer
instinto es defendernos y demostrar que nadie puede aprovecharse de nosotros.
Respondemos con brusquedad e intentamos bajarle los humos al otro. Dejando
claro que estamos al mismo nivel. Aceptar sin más un comportamiento grosero
dirigido hacia nosotros, es un vergonzoso signo de debilidad.
Las dinámicas de poder no son lo que creemos que son.
Quienes tienen confianza en sí mismos y se sienten seguros no tienen por qué
ser groseros. Más bien al contrario. Las personas seguras de sí mismas se
comportan con amabilidad, consideración y tacto. No intentan avergonzar a los
demás ni sacarles partido. Son discretamente compasivas y no se precipitan a la
hora de discutir. Muestran moderación y humildad. Esa es la verdadera fuerza.
Podemos seguir el principio que John Henry Newman expone en
su libro "La idea de una universidad". El objetivo es no causar nunca
dolor, escribe, y debemos evitar avergonzar a los demás. En cambio, hay que
hacer que todos se sientan a gusto y cómodos, incluso aquellos que son
groseros. Así es como devolvemos amabilidad ante la grosería y seguimos
manteniendo la confianza en nosotros mismos.
5
formas de amabilidad sencillas de difundir todos los días
3Toma el control de tus emociones
Por último, recuerda que tenemos el control sobre nuestras
reacciones. Si seguimos el consejo de Newman, debemos mantener el autocontrol.
A menudo oigo a gente afirmar que "devuelve la misma energía" a
quienes interactúan con ella, con lo que creo que quieren decir que, si alguien
es amable, ellos también lo serán, pero si alguien es grosero, ellos también lo
serán a su vez. Parece un enfoque razonable, pero no resiste un análisis más
profundo. ¿De verdad quiero que sean otras personas las que dicten mis sentimientos
y mi comportamiento? ¿Y no dice Nuestro Señor algo sobre amar incluso a
nuestros enemigos?
Protagonistas, no meros reactores
No podemos limitarnos a reaccionar. No, nosotros somos los
protagonistas. Somos nosotros quienes decidimos cómo actuar y qué vamos a
decir. Ese es el verdadero poder. Debemos esforzarnos cada día por ser amables,
educados y pacientes. Ese es el objetivo, independientemente de si las personas
con las que interactúas son amables, educadas y pacientes o si son egocéntricas
y groseras.
Si fallas un día, puedes volver a empezar, hasta conseguir
dominar tus emociones. Empieza poco a poco. Haz caso omiso de los incidentes
menores. Haz una pausa para controlar tus emociones antes de responder.
Practica la paciencia y agradece que los demás sean pacientes contigo. Si
tienes que tratar con alguien que se ha mostrado grosero en el pasado,
preparate con antelación y recuerda cómo quieres comportarme.
Newman tiene una oración al respecto muy inspiradora. Dice,
en parte: "Tengo mi misión. Soy un eslabón de una cadena, un vínculo de
unión entre las personas. Él no me ha creado en vano. Haré el bien; haré Su
obra". Es una oración estupenda para recordar cada día que debemos ser el
tipo de cambio que deseamos ver en el mundo. Cada día es una oportunidad para
no caer en la grosería, sino, por el contrario, para esforzarnos por actuar con
elegancia, perdón y bondad inquebrantable.
Michael Rennier, Alteria
Vea también Formación de los estados de ánimo
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