viernes, 11 de septiembre de 2026

Cómo actuar con alguien que se porta mal contigo

¿De verdad quiero que sean otras personas las que me dicten cómo debo sentirme y comportarme? ¿Y no dice Nuestro Señor algo sobre amar incluso a nuestros enemigos?

Amenos que te hayas convertido en un ermitaño, probablemente te relacionas con todo tipo de personas a lo largo del día. Algunas de ellas son maleducadas. Está el conductor que se pega al coche de delante y se niega a ceder el paso para incorporarse, la persona con síndrome del protagonista que camina justo por el centro del carril bici y no se aparta para dejar paso a los ciclistas que vienen en sentido contrario, el camarero malhumorado de la cafetería, el compañero de trabajo que siempre tiene algo crítico que decir, el amigo que pone los ojos en blanco constantemente, el familiar que da sermones a todo el mundo en cada reunión familiar… y la lista sigue y sigue. Estamos rodeados de mala educación y falta ser amable.

Desencadenantes

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Si es cierto que la grosería surge de las dinámicas de poder, ya sean percibidas o reales, esta reflexión nos permite plantearnos cuál sería la mejor forma de reaccionar cuando nos convertimos en el blanco de esa actitud. Por ello, te mostraremos algunos pasos que puedes seguir para responder de una manera más saludable y no desde el enojo.

1No lo tomes personal

En primer lugar, está claro que la grosería no siempre es algo personal. Es posible que las personas ni siquiera se den cuenta de que están siendo groseras. Quizá hayan tenido un mal día y estén distraídas. Quizá estén ansiosas e inseguras, por lo que proyectan y transfieren emociones descontroladas. Están intentando recuperar su sensación de poder y control, lo que significa que sus acciones tienen mucho más que ver con ellas mismas que con la persona a la que están tratando con grosería. Si te sirve, puedes pregutarte qué debilidad oculta está intentando proteger.

2Mantener la calma y responder amable

En segundo lugar, salvar las apariencias no es lo más importante. Aunque la grosería no siempre sea algo personal, sigue siendo una afirmación inconsciente de poder por parte de quien la ejerce. Esta suposición subyacente es, sin duda, personal. Cuando esto nos ocurre, nuestro primer instinto es defendernos y demostrar que nadie puede aprovecharse de nosotros. Respondemos con brusquedad e intentamos bajarle los humos al otro. Dejando claro que estamos al mismo nivel. Aceptar sin más un comportamiento grosero dirigido hacia nosotros, es un vergonzoso signo de debilidad.

Las dinámicas de poder no son lo que creemos que son. Quienes tienen confianza en sí mismos y se sienten seguros no tienen por qué ser groseros. Más bien al contrario. Las personas seguras de sí mismas se comportan con amabilidad, consideración y tacto. No intentan avergonzar a los demás ni sacarles partido. Son discretamente compasivas y no se precipitan a la hora de discutir. Muestran moderación y humildad. Esa es la verdadera fuerza.

Podemos seguir el principio que John Henry Newman expone en su libro "La idea de una universidad". El objetivo es no causar nunca dolor, escribe, y debemos evitar avergonzar a los demás. En cambio, hay que hacer que todos se sientan a gusto y cómodos, incluso aquellos que son groseros. Así es como devolvemos amabilidad ante la grosería y seguimos manteniendo la confianza en nosotros mismos.

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3Toma el control de tus emociones

Por último, recuerda que tenemos el control sobre nuestras reacciones. Si seguimos el consejo de Newman, debemos mantener el autocontrol. A menudo oigo a gente afirmar que "devuelve la misma energía" a quienes interactúan con ella, con lo que creo que quieren decir que, si alguien es amable, ellos también lo serán, pero si alguien es grosero, ellos también lo serán a su vez. Parece un enfoque razonable, pero no resiste un análisis más profundo. ¿De verdad quiero que sean otras personas las que dicten mis sentimientos y mi comportamiento? ¿Y no dice Nuestro Señor algo sobre amar incluso a nuestros enemigos?

Protagonistas, no meros reactores

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No podemos limitarnos a reaccionar. No, nosotros somos los protagonistas. Somos nosotros quienes decidimos cómo actuar y qué vamos a decir. Ese es el verdadero poder. Debemos esforzarnos cada día por ser amables, educados y pacientes. Ese es el objetivo, independientemente de si las personas con las que interactúas son amables, educadas y pacientes o si son egocéntricas y groseras.

Si fallas un día, puedes volver a empezar, hasta conseguir dominar tus emociones. Empieza poco a poco. Haz caso omiso de los incidentes menores. Haz una pausa para controlar tus emociones antes de responder. Practica la paciencia y agradece que los demás sean pacientes contigo. Si tienes que tratar con alguien que se ha mostrado grosero en el pasado, preparate con antelación y recuerda cómo quieres comportarme.

Newman tiene una oración al respecto muy inspiradora. Dice, en parte: "Tengo mi misión. Soy un eslabón de una cadena, un vínculo de unión entre las personas. Él no me ha creado en vano. Haré el bien; haré Su obra". Es una oración estupenda para recordar cada día que debemos ser el tipo de cambio que deseamos ver en el mundo. Cada día es una oportunidad para no caer en la grosería, sino, por el contrario, para esforzarnos por actuar con elegancia, perdón y bondad inquebrantable.

Michael Rennier, Alteria

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