Quizá la clave para descubrir qué es lo que verdaderamente nos sacia esté en aprender a distinguir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos deseos<br>
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Parece una cuestión pequeña, casi de matiz. Sin embargo,
puede cambiarlo todo. El cardenal Carlo Caffarra insistía mucho
en esta idea en sus charlas, escritos y homilías, especialmente cuando hablaba
a los jóvenes. Les proponía una pregunta sencilla: eso que deseas, ¿son deseos
penúltimos o últimos?
¿Todos los deseos que tenemos apuntan al mismo sitio?
Entre los penúltimos deseos puede estar querer salir de
fiesta, ir a una discoteca, divertirse, evadirse, sentir el subidón de una
noche, comprar algo que nos apetece o acumular experiencias que nos hagan
sentir vivos durante unas horas. No son necesariamente cosas malas. El problema
aparece cuando confundimos esos deseos con los últimos, cuando les pedimos que
hagan un trabajo para el que no han sido diseñados.
Un penúltimo deseo nos proporciona placer. Un último deseo
nos proporciona felicidad. La diferencia se entiende enseguida cuando nos
hacemos una pregunta muy sencilla: ¿querrías que esto durase para siempre?
A nadie le gustaría pasar toda la vida en una discoteca. Ni
siquiera a quien disfruta muchísimo bailando. Nadie querría que una noche de
fiesta se prolongase durante años. El placer necesita terminar para poder
volver a ser buscado.
Pero sí queremos que dure para siempre aquello que de verdad
amamos. Queremos encontrar una persona a la que amar y por la que ser amados.
Queremos una familia. Queremos pertenecer a algún lugar. Queremos que nuestra
vida tenga un sentido que no se esfume cuando se apagan las luces.
Principio
y fundamento: una ruta para vida con sentido
Una sociedad guiada por el sentir
Ahí está la diferencia. Y quizá aquí empieza uno de los
grandes problemas de nuestro tiempo: hemos convertido los penúltimos deseos en
últimos.
Una sociedad entera se empeña en convencernos de que lo
importante es sentir. Sentir más, sentir antes, sentirlo todo. Una noche más
intensa. Un viaje más espectacular. Una compra que nos haga ilusión. Una
relación que nos haga vibrar. Un cuerpo que nos haga sentir deseables. Un móvil
que nos haga sentir que no nos estamos quedando atrás.
Los fuegos artificiales brillan muchísimo, pero duran muy
poco. Y mientras perseguimos el siguiente destello, dejamos de preguntarnos qué
estamos buscando de verdad.
Caffarra utilizaba una expresión especialmente gráfica:
estamos decapitando nuestros verdaderos deseos para alimentar los penúltimos. Y
quizá eso explique buena parte de la insatisfacción que vemos alrededor.
Porque el corazón humano no se conforma con el placer
Podemos darle entretenimiento, consumo, sexo, viajes,
fiesta, pantallas y experiencias. Podemos llenar cada minuto del día para que
no tenga ocasión de preguntarse nada. Podemos incluso conseguir que nuestros
hijos aprendan muy pronto a identificar lo que quieren comprar, pero no
necesariamente a preguntarse qué quieren ser. Y, aun así, seguirá faltando
algo.
Porque los penúltimos deseos tienen una trampa: prometen
mucho y duran poco. Nos dan placer y después nos dejan otra vez con hambre.
Alcanzar la verdadera plenitud
Tal vez por eso necesitamos recuperar una pregunta esencial
que resulta tremendamente actual: ¿esto que estoy persiguiendo me hará feliz o
simplemente me hará disfrutar un rato?
No se trata de renunciar a la fiesta, al descanso, a las
cosas bonitas o a los pequeños placeres de la vida. Se trata de poner cada cosa
en su sitio. De no pedirle a una noche de fiesta lo que solo puede darte una
vida compartida. De no pedirle a una compra lo que solo puede darte un sentido.
De no pedirle al placer lo que solo puede darte el amor.
Quizá discernir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos
deseos sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
Porque cuando confundimos los dos, podemos pasarnos la vida
consiguiendo exactamente aquello que creíamos querer y descubriendo, una y otra
vez, que no era eso lo que necesitabamos.
Mar Dorrio, Aleteia
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