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sábado, 17 de julio de 2021

6 santos que encontraron la santidad en el aislamiento forzado

 

ISOLATION SAINTS


A veces Dios permite situaciones indeseadas como un confinamiento para construir nuestra santidad

Mientras medio mundo sigue en casa para intentar parar la propagación de la Covid-19, muchos se sienten abrumados por la constante presencia de otras personas –compañeros de piso y miembros de la familia que ya no se dispersan diariamente.

Otros están solos en casa, echando de menos la interacción de la vida real y pensando cómo van a continuar en el aislamiento causado por el distanciamiento social.

Para esos que se están sintiendo terriblemente solos, puede ayudar fijarse en los santos.

No solo en los santos que eligieron una vida ermitaña (aunque son una legión) sino en aquellos que fueron obligados a llevar una vida de solitud y encontraron la santidad en una vida que ellos no habrían elegido.

San Pacomio el Grande (290-346)

Nació de padres paganos en Egipto; después de su conversión, Pacomio planeó convertirse en ermitaño al igual que los santos de su época. Pero mientras estaba en el desierto, oyó una llamada a vivir en comunidad. El fruto de su tiempo en soledad fue la fundación del monacato cristiano. Aunque los cristianos habían vivido previamente en uniones sueltas de ermitaños, cada uno vivía una vida solitaria. Pacomio escribió una norma para la convivencia en común, sentando así las bases del monaquismo cristiano –y lo hizo desde la incomodidad de la soledad. Para cuando murió, Pacomio había fundado por lo menos ocho comunidades, con cientos (sino miles) de monjes y monjas.

San Patricio (siglo V dC)

No era, según su propio criterio, muy cristiano antes de ser esclavizado en Irlanda. Pero en las largas horas de soledad cuando miraba el rebaño de su Maestro, la angustia y sufrimiento de Patricio le llevaron a una profunda santidad. Más que residir en su sufrimiento, Patricio empezó a meditar sobre la bondad de Dios. Después de su huida de la esclavitud, fue ordenado sacerdote y enviado de nuevo a Irlanda, convirtiéndose en un obispo y un misionero incomparable. La Irlanda católica le debe su fe a un hombre joven que fue obligado al aislamiento y salió de él santo.

Santa Alicia de Schaerbeek (1220-1250)

Era conocida por su inteligencia y piedad incluso desde que era pequeña. Ella se pudo volver profundamente santa mientras vivía una vida ordinaria como hermana laica cisterciense en la Bélgica moderna. Pero cuando era adolescente, la vivaracha y social chica contrajo lepra, una enfermedad que era considerada tan contagiosa que Alicia fue obligada a retirarse de su comunidad y vivir aislada. Durante el resto de su vida, encontró consuelo en la Eucaristía, a pesar de perder la vista y más tarde quedar paralizada. Aunque ya no podía disfrutar de la vida social del convento, fue consolada por las visiones del mismo Jesús, quien le enseñó a sufrir bien en su soledad.

Beato Juan de Vallombrosa (1310 – 1395)

Era un monje benedictino italiano, un erudito cuya investigación sobre lo oculto se salió de control. Pronto, se le involucró en la nigromancia y otros tipos de magia negra. Cuando fue descubierto, el beato Juan no estaba arrepentido; fue recluido en la prisión del monasterio durante años. Era justo el castigo que necesitaba. Cuando fue liberado, pidió seguir como ermitaño en su celda, diciendo “he aprendido en este largo y oscuro encarcelamiento que no hay nada mejor, no hay nada más santo, que la soledad: en soledad intento seguir aprendiendo cosas divinas e ir más alto”

Beata Julia Rodzinska (1899)

Fue una hermana dominica polaca, una profesora que dirigía un orfanato, muy querida por sus cargos. Pero la orden y el orfanato fueron disueltos por los soviéticos, y cuando los nazis los invadieron, Julia fue arrestada y sentenciada a confinamiento en soledad. Durante un año, vivió sola en una pequeña celda estrecha hecha de cemento convertida en una prisión monástica. Cuando la Madre Julia fue trasladada a un campo de concentración no había perdido su fe, sino que la había fortalecido en su soledad, permitiéndola liderar a otras mujeres en la oración (particularmente el rosario) y servir los presos judíos que fueron abandonados durante un brote de tifus. La Madre Julia murió tras contagiarse de esa misma enfermedad mientras servía.

Venerable Francis-Xavier Nguyễn Văn Thuận (1928-2002)

Nació en una familia católica en Vietnam. Fue ordenado sacerdote poco después de que empezara la guerra de Vietnam, y más tarde se convirtió en obispo. Seis días antes de que Saigón cayera en manos del ejército comunista, el arzobispo Văn Thuận fue nombrado obispo coadjutor de Saigón. Fue arrestado y estuvo 13 años en un campo reeducador comunista, nueve de ellos en confinamiento solitario. Mientras estaba en prisión, escribió mensajes de esperanza en pequeños trozos de papel y los hizo pasar clandestinamente a los fieles, que luego pasaban de igual manera vino para que así él pudiese celebrar la misa. Usaba sus manos como cáliz con tres gotas de vino y una de agua en cada celebración. Sus escritos han sido recopilados y publicados, un tremendo testimonio del trabajo que Dios puede hacer en nosotros mientras estamos en soledad. Después de su liberación, el cardenal Văn Thuận fue exiliado y murió en Roma.

Meg Hunter-Kilmer, Aleteia 

Vea también       Consagración de nuestros fracasos








































miércoles, 13 de mayo de 2020

¿Sabes realmente motivar a tu hijo?

En la vida diaria, los niños necesitan sentirse estimulados y respaldados. Para ello, nada mejor que darles ánimos, pero la motivación no debería confundirse con simples elogios o recompensas. Descubrid aquí qué actitudes fomentar y cuáles evitar para motivar bien a vuestros hijos.

MOM,SON,PRAISE

Son muchos los niños que están cansados y hartos de tras semanas de confinamiento y lo expresan de mil maneras: con rabietas, llanto, apatía, tristeza, desobediencia…
Frente a la dificultad actual (y de siempre) que supone la tarea de educar a los niños, los padres necesitan motivación y ánimo para aguantar en el tiempo y no tirar la toalla. Cosas olvidadas, resultados decepcionantes, egoísmo, discusiones… Las ocasiones son numerosas y no menos banales.
En cuanto a los niños, mantener la motivación cuando los contadores están a cero es un desafío cotidiano. Ellos también necesitan ánimos. Sin motivación, no hay fidelidad en el trabajo ni el deporte ni en la música. Sin motivación, la vida es solo una posibilidad, una promesa no realizada.
Animar y motivar a sus hijos debería figurar entre las prioridades de los padres, debería formar parte de su comportamiento habitual. Los niños se dejarían de esta manera convencer para hacer aquello que sus padres les proponen para mejorar cada día un poco en su aprendizaje. Solo que la “actitud positiva” no está en el ADN de todo el mundo. Es la famosa historia del vaso medio vacío, del “puede hacerse mejor” en todas las circunstancias.
Motivar es abandonar el marco referencial del adulto para adoptar el del niño
A menudo, los padres son más propensos a señalar las carencias que a valorar el recorrido ya logrado. “Tenemos la idea de que para obtener un resultado hay que mantener la presión”, confiesa Madeleine, madre de cuatro chicos.
Aunque algunos niños resisten bien cierta presión, con otros se corre el riesgo de que no den su mejor versión ante la insatisfacción crónica de los padres. ¿Para qué esforzarse en hacerlo mejor cuando los padres nunca están satisfechos?
Sin embargo, la motivación no está en la autosatisfacción de los padres (“Querido, estoy muy orgullosa de tu trabajo, estoy encantada”) y no depende únicamente de los resultados obtenidos. Motivar es abandonar el marco referencial del adulto para adoptar el del niño. Motivar es reconocer más el recorrido realizado, el progreso logrado y el orgullo del niño por haber dado lo mejor de sí mismo.

La fina línea exigente de una auténtica motivación

Con mucha frecuencia, los padres juzgan los resultados de sus hijos bajo la luz de sus propias ambiciones. Aceptar al niño tal y como es, ayudarle a construirse a partir de sus propios esfuerzos, a desarrollar una confianza sana en sí mismo, una autoestima justa de su ser: esta es la fina línea exigente de una auténtica motivación.
Esto no tiene nada que ver con la competición a cualquier precio y la lucha de los egos. Al contrario, hay que desconfiar de la audacia y la arrogancia que señalan una fragilidad. La falta de confianza en uno mismo se enmascara fácilmente detrás de una actitud muy dominante, incluso beligerante.
No hay que equivocarse: cuando se hace caso omiso de las habilidades y gustos de un niño, el espíritu de competición solo puede conducir a una amarga y baja autoestima. La motivación tranquiliza, pone en movimiento y acerca al niño a sí mismo.
Anne Gavini, Edifa - Aleteia



domingo, 19 de abril de 2020

La Comunión Espiritual, gran «hallazgo» del confinamiento, explicada por el teólogo Pablo Cervera


a Comunión Espiritual, gran «hallazgo» del confinamiento, explicada por el teólogo Pablo Cervera

La Comunión Espiritual es el gran "descubrimiento" del confinamiento por la pandemia. Una mayoría de católicos se ven imposibilitados para comulgar sacramentalmente, y eso está relanzando una devoción que puede practicarse siempre: ahora, cuando no hay misas públicas, pero también cuando reabran las iglesias y se normalice el culto.
El sacerdote y teólogo Pablo Cervera, colaborador de ReL, ha escrito un artículo sobre la Comunión Espiritual que se publicará en el próximo número de Magnificat, la publicación litúrgica cuya edición española dirige. Por cortesía del autor, reproducimos a continuación un amplio extracto.
Pablo Cervera, doctor en Teología por la Gregoriana, ex director de la BAC y director de la edición española del Magnificat, en la presentación de una de sus obras.
La Comunión Espiritual
«El que cree en la Eucaristía cree en todo el Credo». Esta frase del santo Obispo de los Sagrarios Abandonados, D. Manuel González, encierra, entre otras muchas, esta gran intuición: Cristo muerto y resucitado vivo, entregado en la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia, de la vida de cada creyente. El Concilio Vaticano II afirmó que la Eucaristía es «el centro y culmen de la vida de la Iglesia». Por eso es una cuestión «de vida o muerte». Con razón los mártires de Abisinia en la persecución de Diocleciano proclamaban, al dejárseles sin celebrar la Eucaristía el día del Señor: «Sine Dominico non possumus [No podemos vivir sin el Día del Señor]».
La Eucaristía es un regalo, un don, no un merecimiento. Esta perspectiva nos puede ayudar cuando consideramos las circunstancias por las que no es posible recibir la Sagrada Comunión. Sucede que no siempre podemos acceder a la Eucaristía de modo sacramental, bien porque no estamos en gracia de Dios (en pecado mortal), bien porque no hayamos cumplido el ayuno preceptivo previo de una hora, bien porque nuestra situación de vida no concuerde con la vida que debemos vivir como bautizados.
Luego, hay situaciones en las que no podemos recibir la Comunión sin que sea nuestra culpa. Por ejemplo, puede ser que no podamos recibir los sacramentos por estar enfermos, o por vivir en una zona alejada en la que los sacramentos no se celebran con regularidad. Algún viaje de emergencia u otra complicación extraordinaria podría también limitar nuestro acceso a la Eucaristía.
Por último, puede haber circunstancias calamitosas como en tiempos de guerra o peste (nuestra pandemia sería el caso), en que los católicos tienen prohibido asistir a Misa y no pueden recibir la Sagrada Comunión ni fuera de la Misa, a menos que se reciba como Viático (en peligro de muerte).
En todas estas situaciones de privación Cristo está en medio de nosotros: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). La ausencia de sacramentos (signos sensibles portadores de la gracia) no significa ausencia de gracia: «La gracia no está sometida a los sacramentos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1275). Ciertamente los sacramentos son los medios ordinarios de acceso a la gracia, a la vida de Cristo muerto y resucitado. [...] En situaciones de impedimento para acceder a la Sagrada Comunión tenemos un «remedio» a nuestro alcance: hacer un acto de comunión espiritual.
La comunión espiritual es un acto de fe y de amor, un acto de devoción personal cuando las circunstancias que sean no impidan recibir la Sagrada Comunión. Evidentemente la ley de la encarnación de nuestra fe requiere el sacramento como signo sensible, corporal, de la gracia. Ahora bien en la imposibilidad de recibirlo, podemos elevar el corazón a Dios, en deseo hondo, deseando imitar el modo en que la Virgen y los santos acogieron a Jesús.
Para esto no hay establecidas fórmulas rituales. Es un deseo personal eucarístico en una circunstancia de imposibilidad y aquí puede entrar toda la «creatividad» espiritual personal para abrir el alma a que Dios entre con su gracia. Aunque, en este caso, no sea de manera sacramental. La actuación de gracia no se ata solo a los sacramentos.
La obligación del precepto dominical y la recepción de la Eucaristía
Hay que advertir que la obligación de asistir a Misa los domingos y la recepción de la Sagrada Comunión son dos cosas diferentes. Ya hemos dicho que no todos pueden siempre acercarse a la Comunión en la celebración sacramental de la Eucaristía por motivos varios.
La recepción habitual de la Comunión es algo relativamente reciente, desde que el Papa San Pío X (pontificado 1903-1914) exhortó a la comunión frecuente. Durante muchos siglos la comunión no era algo «regular». Incluso los santos nos eran asiduos a la comunión. San Luis Rey de Francia la recibía seis veces al año. Hoy en día los católicos tenemos prescrito por la ley de la Iglesia comulgar al menos una vez al año, en el período de Pascua (es el llamado precepto pascual). Esto no impide que la Iglesia anime a participar con frecuencia del banquete eucarístico: «La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la Sagrada Comunión cuando participan en la celebración de la Eucaristía» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1417).
De todo ello se deduce que la obligación de participar en la Misa (precepto dominical que recurre una 60 veces al año) no está supeditada a la de recibir la comunión (estrictamente una vez al año, con la recomendación de hacerlo siempre que se pueda).
La comunión es un acto eclesial
Normalmente no recibimos la Comunión cuando no podemos asistir a Misa (siempre existe la posibilidad, en el caso de los enfermos sobre todo, de comulgar fuera de la misa). [...] En la Misa... nos unimos a toda la Iglesia, de ahí que se nombre en la plegaria eucarística al Papa y al Obispo de la diócesis. La eucaristía inserta a los bautizados en la máxima expresión de la vida eclesial: la Santa Misa. Resulta impresionante volver a escuchar lo que San Agustín decía a sus fieles: Cuando comulgáis y decís ¡Amén! (no solo es que asentís a la realidad del cuerpo de Cristo que comulgáis), sino que decís amén al Cuerpo eclesial de Cristo, que es vuestro propio misterio. La Comunión no es algo estrictamente individual o devocionista, sino que implica toda esta carga eclesial del sacramento. Más aún, la Comunión nos lleva al ofrecimiento total de la vida que es la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Aunque no pueda hacer ya «nada» en mi existencia (enfermedad, dependencia…) siempre quedará el ofrecimiento.
Cada vez que se ofrece la Eucaristía al Padre, por lo tanto, se ofrece el Cuerpo de Jesucristo y se ofrece con él la Iglesia Cuerpo Cristo. De ese ofrecimiento se benefician incluso los no asistentes porque redunda en toda la vida y misión de los miembros de la Iglesia terrestre, pero también purgante. Aquí es donde, ante la imposibilidad de acudir al sacramento eucarístico podemos unirnos místicamente (espiritualmente) al sacrificio de Cristo mediante la comunión espiritual. No estamos abandonados ni por Dios ni por la Iglesia, por graves que sean las circunstancias de guerra, peste o pandemia.
Siguiendo el ejemplo de los santos: hacer la comunión espiritual
A lo largo de los siglos muchos santos nos testimonian cómo hicieron y vivieron la realización de la comunión espiritual. Siguiendo sus huellas podemos imitarlos hoy. Espigo solo algunos ejemplos.
Santa Teresa de Jesús fomentaba esta práctica: «Cuando no puedan comulgar ni oír Misa, pueden comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho. Es mucho lo que se imprime el amor así del Señor».
San Juan María Vianney, el Cura de Ars decía: «Cada vez que sientas que tu amor por Dios se está enfriando, rápidamente haz una comunión espiritual. Cuando no podamos ir a la iglesia, recurramos al tabernáculo; ninguna pared nos podrá apartar de Dios».
San Pío de Pietrelcina, incluso celebrando diariamente la Misa, decía:  «Cada mañana antes de unirme a Él en el Santísimo Sacramento, siento que mi corazón es atraído por una fuerza superior. Siento tanta sed y hambre antes de recibirlo que es una maravilla que no me muera de ansiedad. Mi sed y mi hambre no disminuyen después de haberlo recibido en la comunión, sino que aumentan. Cuando termino la misa, me quedo con Jesús para darle gracias».
Las fórmulas
Como se ha dicho más arriba no hay un ritual para la comunión espiritual. Sí será bueno buscar previamente el perdón con un acto de contrición, y si se tuviera conciencia de pecado mortal, hacer una confesión sacramental lo antes posible.
La comunión espiritual implica tres condiciones:
1) Expresar nuestra fe (Credo) y de modo particular en la presencia real de Cristo en la Eucaristía;
2) Expresar el deseo inmediato de estar unidos sacramentalmente con Cristo en la Eucaristía; y
3) Expresar nuestro deseo de permanecer unidos con Cristo y disfrutar los frutos que se nos proporciona la recepción sacramental de la Eucaristía.
Hemos dicho que la Iglesia no tiene rituales establecidos para la comunión espiritual. Eso no quita que muchos santos nos ofrecen ricas fórmulas que forman parte del tesoro de la Iglesia para todos. 
Entre las más conocidas y populares está la comunión espiritual de San Alfonso Ligorio. Solía decir el santo: «La comunión espiritual consiste en el deseo de recibir a Jesús Sacramentado y en darle un amoroso abrazo, como si ya lo hubiéramos recibido». Esta era su fórmula:
«Creo, Jesús mío, que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar.
Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma.
Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado,
ven al menos espiritualmente a mi corazón.
(Se hace una pausa en silencio para adoración).
Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti.
No permitas, Señor, que jamás me separe de ti. Amén».
Otra fórmula muy sencilla y muy extendida es:
 «Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza,
humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre;
con el espíritu y fervor de los santos».
Eucaristía en la vida y vida eucaristizada
Aunque sacramentalmente no haya sido posible la recepción del Señor, al hacer la comunión espiritual nos comprometemos a vivir eucarísticamente. Ya sea la Santa Misa como el deseo de Eucaristía en la comunión espiritual deben llevarnos a ser Eucaristía en la vida diaria. [...]
Siempre, también en cuarentena, aunque no podamos «hacer» nada, sí cabe el ofrecimiento que brota de la comunión eucarística sacramental o espiritual. Esta es la dimensión litúrgica de toda nuestra existencia que no queda reducida a la dimensión ritual, sino que brota y se despliega desde ella. De otra manera sería imposible.
ReL
Una oración muy difundida
Alma de cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame.  Pasión de Cristo, confórtame. Oh buen Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo defiéndeme. En la hora de mi muerte llámame, y mándame a ir a Ti para que con los santos yo te alabe por los siglos de los siglos. Amén



Padres confinados, pero unidos en la tormenta

El estrés ambiental, que genera mucho estrés en los niños, requiere ante todo que los cónyuges estén especialmente unidos entre ellos. El autocontrol de los altos mandos asegura la paz de todo el barco. Y los cónyuges son ambos los capitanes de este buque que es la familia, sobre todo cuando el crucero se convierte en una travesía en plena tempestad

COUPLE TALKING

Los esposos no se asemejan, pero se complementan. Cada uno tiene su toque personal como padre o madre: cuando uno es más pedagógico con los estudiantes en casa, el otro quizás fomente más momentos de juegos y reuniones simpáticas.
Uno tal vez sepa privilegiar la relación de confianza, mientras que el otro cónyuge sabrá reunir a todo el mundo en torno a una oración familiar o un proyecto en el jardín.
La cocina puede beneficiarse también de los talentos de ambos esposos: uno se implica en la elaboración de los menús, las compras o la preparación de las comidas, el otro se puede encargar de la limpieza, la decoración o la animación.
Ser padre significa ser uno mismo, un vínculo de comunicación con el otro. La confianza con el otro es clave. La unidad no está tanto en el acuerdo como en saber soltar lastre cuando haga falta, y la misericordia hacia quien no lo esté pasando muy bien.

Unirse en lo esencial

En cambio, la diferencia no impide la unidad, que en sí misma genera la paz. Cuatro comentarios en este tiempo especial. Primero, para unirse, hay que empezar por escucharse (todos tenemos dos orejas y una sola boca) antes de querer realizar demasiado rápido un deseo.
De ahí la necesidad de dialogar regularmente. Luego, es importante definir bien, entre los cónyuges primero, el equilibrio experto de la familia entre el seguimiento escolar, los momentos de juego, la relación de diálogo entre dos, los momentos de oración, el ejercicio físico…
También, hay que tener en mente que la creatividad funciona mucho mejor con dos cabezas que con una. “¡Qué bueno! ¡No se me había ocurrido esa idea!”, podríamos exclamar. Por último, en una época en la que las pantallas se han convertido en algo omnipresente, para el trabajo tanto como para el ocio, es necesario dar ejemplo haciendo un uso estrictamente necesario (el que deja lugar a los demás).
¡Ánimo! ¡María y José estuvieron confinados en Nazaret durante 30 años! Reinaba entonces en su familia una sólida colaboración entre los padres: “Tu padre y yo”, decía María a Jesús al dirigirse a él. Y José cumplía con su misión: “Tomó de noche al niño y a su madre”. Jesús ocupaba un lugar central entre los dos, pero en la dependencia y la obediencia absoluta. Su unidad fue crucial en medio de las muchas dificultades por las que pasaron.
P. Michel Martin-Prével, cb, Aleteia

Vea también  La vida espiritual de los esposos - S. Juan Pablo II

lunes, 13 de abril de 2020

¿Qué estás aprendiendo con el confinamiento?

El aislamiento aviva el ingenio, el ahorro y la salud
Estar en casa es otra cosa
Estar en casa es otra cosa
Este confinamiento está siendo muy duro y no vemos aún el final del túnel, pero también están pasando cosas muy significativas. El jolgorio de la calle o las caminatas por los parques y el campo son imposibles.  Pasear, ir de tiendas, comer aquí, beber unas cañas allí… parece que es cosa del pasado.
Los niños ya no piden golosinas porque no toca, ni pueden jugar a fútbol o baloncesto.  ¿Qué está pasando?
La típica vida abierta, bulliciosa, mediterránea de un país como el nuestro ha quedado ciertamente estrangulada. Y estos primeros días de luz y temperatura primaverales aún nos lo hacen todo más difícil: ya no caminamos ni picoteamos ni charlamos en las terrazas. No: permanecemos en casa sin salir. Y, ¡oh, sorpresa!, gastamos mucho menos.
Y en casa, con tanto tiempo por delante, agudizamos el ingenio y descubrimos tareas, juegos, guisos y pasteles que nos señalan que ya no hace falta ir tirando el dinero pues nos hemos vuelto muy apañados.
¡Estamos ahorrando! Y cuidando nuestra vivienda, nuestro dulce hogar. Estamos ordenando y reutilizando la casa como nunca porque tenemos un tiempo del que nunca habíamos dispuesto.

MÁS AUSTEROS.


Somos más austeros o por lo menos sabemos que podemos serlo.  También es verdad que algún día nos pilla Amazon en el portátil y nos regalamos un capricho. Pero la tónica es darles a muchas cosas que tenemos en casa un nuevo uso, una nueva cara, una nueva imagen. Y además nos movemos, ejercitamos cuando no cuidamos nuestra salud en la gimnasia y la cocina.

LA LIMPIEZA Y EL ORDEN.

Estamos limpiando rincones que parece que los hayamos descubierto por primera vez. Y como tenemos tiempo nos entretenemos en profundizar en aquel armario que olía mal pero que en realidad necesitaba un oreo.
Las estanterías parecían rotas, pero hemos aplicado el sentido común y las hemos equilibrado con unas alcayatas.
Y además toda aquella ropa que parecía inútil la hemos lavado y ordenado y hemos descubierto que algo había que tirar, pero también que teníamos unas toallas y unas prendas de verano magníficas que creíamos extraviadas.
Y en esta tónica hemos descubierto libros que se merecen un repaso y otros no leídos que nos parecen interesantísimos. Y juegos de mesa y hasta artilugios de cocina muy útiles.

ARREGLAR, REPARAR Y RECOMPONER.

No sé si seremos tan buenos fontaneros en el futuro, tras la pandemia, como en estas semanas de confinamiento, pero hemos puesto la cabeza en asuntos que antes relegábamos como excesivamente manuales.
Sin embargo, ahora hemos arreglado unas gotas de agua en unas tuberías debajo del fregadero y nos las hemos ingeniado para cambiar unas cuantas bombillas de alta duración y rendimiento que suponen contaminar menos y ahorrar electricidad.

ALIGERAR, REUTILIZAR, REORDENAR.

También hemos hecho limpieza y hemos tirado cosas inútiles y hemos conseguido nuevos espacios. Hemos movido muebles y hemos alegrado habitaciones que parecían destartaladas simplemente colocando una lámpara aquí y desprendiéndonos de una antigua impresora que no funcionaba y un taburete con el que siempre nos tropezábamos en todas partes.
Pues esa habitación con un edredón distinto y unos visillos que han pasado por la lavadora luce como los chorros del oro. Esa habitación que nos pedía redecorarla por completo ha adquirido un nuevo encanto.

NUEVOS PLATOS, NUEVOS GUISOS, NUEVOS POSTRES.

Nos hemos enterado de que la harina desaparece del súper a la velocidad del rayo (¡no solo el papel higiénico!). La repostería nos está encandilando de nuevo: galletas, pasteles.
Pero no solo la repostería: hemos desempolvado aquel libro de recetas y ensayamos nuevos platos fáciles y económicos que están dando alas a nuestras habilidades culinarias hasta hora inéditas.
No todo es depender siempre de los alimentos ultraprocesados (¡tan poco sanos con su plus secreto de azúcar y grasa!) sino que se trata también de recuperar recetas de la abuela de siempre más fáciles y baratas. Y tan sabrosas. Y digo de la abuela pues ella misma nos las dicta a través de WhatsApp. Mejores dietas, más salud.

LAVAR LA ROPA CON MÁS CRITERIO Y OPTIMIZAR EL CIRCUITO DE LAVADO, PLANCHADO, Y REGRESO A LOS ARMARIOS.

Sin las prisas de siempre leemos las instrucciones y gastamos menos jabón, el imprescindible, a la temperatura adecuada, el tiempo preciso, distribuyendo la ropa de color y la ropa blanca con criterio.
El circuito de lavado mejora pues doblamos la ropa recién sacada de la lavadora, la distribuimos mejor, y los calcetines no pierden su pareja ni las camisas blancas se han mezclado con los manteles.
La familia colabora pues recoge sus prendas en un lugar conocido (a veces la mesa del comedor) y cada uno se espabila en su armario. Más ahorro.

MENOS SALIDAS Y MUCHA DIVERSIÓN.

Quizá hay hogares muy deprimidos por motivos muy razonables, pero hay otros que se han reinventado las rutinas y se lo pasan de miedo. Las sobremesas se alargan y las ideas se acumulan.
Los juegos de mesa han salido de sus cajas y las pinturas han hecho acto de presencia. Y las manualidades. No sólo leemos más, sino que jugamos más, pintamos más, y hacemos más vida familiar.
También trasteamos mucho con el móvil, pero elegimos mejor las películas y las series que vemos todos juntos. ¡Sí, juntos! Puede que en algún hogar este exceso de vida familiar haya disparado todas las alarmas, pero en otras familias sus miembros se han reído como en mucho tiempo.
“Antes nos divertían y pagábamos y ahora hemos aprendido a entretenernos a nosotros mismos con nuestro propio sentido del humor y la fórmula a veces se convierte en una cascada de carcajadas”. Más ahorro.

GIMNASIA, ZUMBA, BAILES, ACTIVIDAD FÍSICA.

Este apartado no lo comento casi pues lo vemos a diario en la tele. Qué ingenio para desplegar nuestras energías corriendo y bailando por la casa, o ante el YouTube de la tele que nos dirige el baile, o la tabla de ejercicios. Y eso con buena música.
No nos vamos a la disco sobretodo porque la disco está en casa. Algunos ya saben cómo desentumecer los músculos y ponerse en forma.
No tengo nada contra los gimnasios, pero algunos posibles clientes se están espabilando por su cuenta. ¡Y todo esto va de miedo para unos niños que están creciendo y que no deben ser tan sedentarios! Salud para todos.

MUCHAS FAMILIAS SE HAN REDESCUBIERTO COMO FAMILIAS.

Se conocen mejor, se han aclarado asuntos y se han trabado nuevos lazos que por algunos malos entendidos estaban enquistados. Muchos niños están felices pues sus padres juegan con ellos. 
Ignasi de Bofarulli, Aleteia




sábado, 11 de abril de 2020

Coronavirus, Pascua y transmisión de la fe: la realidad diaria de una familia numerosa y cristiana

Confinada, la familia Solana Rodríguez de Vera, cuenta cómo Dios actúa en su día a día

Los Solana Rodríguez de Vera muestran el día a día normal de su familia durante estos días
Los Solana Rodríguez de Vera muestran el día a día normal de su familia durante estos días 

La familia Solana Rodríguez de Vera es una más de las millones que en las últimas semanas están confinadas en sus casas debido al coronavirus. José (37 años) y María (36) tienen cinco hijos, Santiago (8 años), Carmen (6), Inmaculada (5), Antonio (3) y Pilar (2), y en apenas un mes llegará un nuevo miembro de la familia tras un nuevo embarazo muy complicado, pues en el último tanto madre como hija pudieron haber perdido la vida.
Esta familia perteneciente a la parroquia de Santiago y San Juan Bautista de Madrid vive su fe en el Camino Neocatecumenal y llevan días preparando con los niños esta Semana Santa y el Triduo Pascual explicándoles desde su propia experiencia de vida en la que Dios es lo más importante de su existencia.
En esta entrevista con Religión en Libertad, este matrimonio explica cómo están viviendo este confinamiento como familia numerosa, las ventajas de vivirlo así aunque mucha gente les compadece por tener tantos niños y también cómo desde la fe todos dan sentido a esta situación que vive a España:
-¿Cómo estáis viviendo el confinamiento una familia tan grande y con un embarazo avanzado?
- De puertas hacia fuera sabemos de primera mano por el testimonio de hermanos sanitarios, la gravedad de esta enfermedad, estamos en contacto con personas muy cercanas que han caído enfermas o que han perdido seres queridos, conocemos el sufrimiento de la impotencia de quienes ven morir a sus familiares sin poder acompañarles y tantos otros dramas como la soledad que la sociedad está viviendo. Ante todo esto nos unimos en oración a toda la familia de la humanidad que vivimos juntos esta pandemia.
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La familia Solana Rodríguez de Vera reza cada día el Rosario en familia en este confinamiento y además estos días lo hacen online unidos a otras de su comunidad 
Responder esta pregunta en cambio es enfocar la mirada dentro de casa y la lectura es muy diferente. Por el confinamiento estamos todos juntos 24 horas, rezamos juntos, desayunamos juntos, comemos juntos, cenamos juntos, jugamos juntos, nos enfadamos, discutimos, nos reconciliamos… Vivimos y la vida es el arma más potente contra la muerte que rodea en este caso al Covid 19. Estamos viviendo el confinamiento agradecidos a Dios por la familia y todo lo que nos ha regalado.
- Pero seguro que muchos os preguntarán cómo lo hacéis.
- Así es, parecen incluso compadecerse pensando que nuestra situación es más complicada por ser una familia grande y ¡es todo lo contrario! Nosotros rezamos por los que están solos que es el verdadero drama del confinamiento.
María sale de cuentas de nuestro sexto hijo el 31 de mayo y a pesar de las incomodidades propias del final del embarazo estar todos juntos es una bendición, podemos atenderla y permitir que descanse todo lo que una casa como esta permite el descanso (risas).
Gracias al prisma del confinamiento en casa, hemos hecho una lectura optimista de la sociedad ante este acontecimiento: antes del aislamiento teníamos sobre la mesa la ley de la eutanasia, ahora lloramos por nuestros fallecidos, antes del aislamiento los encuentros con vecinos en el ascensor eran incómodos, ahora buscamos espacios para entrar en contacto a través de balcones o patios interiores. Antes del aislamiento buscábamos aislamiento, con esta situación de confinamiento buscamos el contacto con las personas.
Ha sido ensalzado el valor de la vida, aplaudimos a los que velan por protegerla y defenderla, descubrimos que la vida es en tanto en cuanto se comparte con los demás y se lucha por ella. Nosotros en casa, en familia lo llevamos bien porque lo vivimos juntos en oración donde está Cristo quién nos mantiene unidos y contentos.
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- Con el padre teletrabajando y la madre con un embarazo muy avanzado y de riesgo, más cinco niños con el mayor con menos de nueve años, ¿cómo os organizáis en el día a día para no morir en el intento?
- Lo mejor es contar un día tal y como es. Por la mañana yo (José) me levanto y me pongo a trabajar. Soy profesor de Secundaria y hay que preparar apuntes, explicaciones, presentaciones, vídeos, audios, recursos, tareas… Los niños se van levantando y van al salón en “silencio” a jugar a algo “tranquilo” para que María y los pequeños puedan “descansar” un poco por la mañana.  Cuando todos están en pie es hora punta, en ese momento yo hago mi parón. Desayunamos todos juntos. Santiago y Carmen, los dos mayores, recogen la mesa del desayuno y a excepción de Pilar, la más pequeña, todos suben a vestirse, hacer las camas y recoger las habitaciones, mientras María y yo empezamos el día rezando juntos laudes, la oración que propone la Iglesia para comenzar bien el día. Esta es la teoría y lo que realmente ocurre, aunque en honor a la verdad siempre poniendo orden, dando instrucciones, los niños se pelean, no obedecen siempre, hay regañinas, hay castigos, llantos, perdones… Rezamos no como monjes trapenses sino como padres de familia numerosa, con constantes interrupciones, ‘me ha dicho, me ha quitado, me ha pegado, no me deja, buahhh…’. Pero estamos seguros que Dios suple nuestras carencias y acepta nuestra oración precaria y le agrada. 
Terminada la oración yo tengo que seguir trabajando frente al ordenador y si lo puedo hacer es porque sobre María recae el peso del verdadero trabajo: organiza la tarea a mayores y pequeños mientras prepara la comida y se pelea con la casa. Una vez más esto no es ideal, la música de fondo es: 'niño obedece, mamá no me dejan en paz, papá qué significa enmarca'. En todos los vídeos y audios que preparo para mis alumnos sale algún niño de fondo… Todo nuevamente con la normalidad propia de una familia numerosa.
El siguiente parón es para comer, que es maravilloso, porque lo hacemos todos juntos con el follón que corresponde a una familia numerosa. Los mayores recogen la mesa, los pequeños y María se echan la siesta y yo subo a seguir trabajando, hasta las 17:30-18:00 cuando desconecto para pasar la tarde en familia. Las tardes en familia son un ejercicio de la creatividad: hacemos pulseras, collares, acuarelas, bailamos, hacemos ejercicio físico, alguna película, sacamos todos los juegos, los volvemos a guardar, nos tiramos al suelo, hacemos combates… Y de nuevo todo con la normalidad propia de una familia numerosa.
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A las 19:15 nos juntamos por vídeo conferencia con otras familias de la parroquia y rezamos el rosario online todos juntos, no como trapenses, sino como familia: Dios te salve María, 'niño no cojas eso', llena eres de gracia, 'quieres sentarte bien…'. Con la normalidad propia de una familia numerosa. Después del rosario duchas, pijamas, cenas y a la cama. Damos gracias a Dios, rezamos por los enfermos, oraciones espontáneas y por fin a dormir.
- Y cuándo los niños están dormidos…
-Entonces llega nuestro momento de matrimonio esencial y maravilloso donde compartimos la lucha del día, cenamos, vemos una serie…
No morimos en el intento porque en nuestra casa en medio de todo: trabajos, comidas, juegos… está Dios, o tratamos de que Dios presida cada momento, o mejor dicho que nos organice cada momento, parón para laudes, parón para rosario en familia, inicio y final del día agradeciendo y pidiendo a Dios consuelo y auxilio… No como monjes trapenses, insisto, sino entremezclando la normalidad de la vida de una familia numerosa, y esta vida estoy seguro, es oración permanente, que nos sostiene y fortalece.
- ¿Cómo os estáis preparando estos días para el Triduo Pascual y cómo lo están haciendo los niños?
-Es difícil no haberse preparado para el Triduo Pascual con esta cuarentena que no por casualidad ha coincidido con la Cuaresma. Ayuno, limosna y oración son las armas que propone la Iglesia en este tiempo y son las que hemos intentado empuñar adaptadas a este tiempo de confinamiento. A parte de nuestras oraciones normales, con los niños rezamos el Rosario en familia, como te comentamos antes, y en estos últimos días les transmitimos la alegría de la llegada de la Pascua, con las catequesis de las cuatro noches (la creación, el sacrificio de Abraham, la salida de Egipto y la resurrección de Jesucristo) que se narra en la Vigilia Pascual, el Vía Crucis adaptado y vivido online con otros niños de la comunidad, laudes online con toda la parroquia, ensayamos los cantos de la celebración de la Pascua… En definitiva prácticas en las que ellos se sienten protagonistas de la Fiesta que estamos esperando celebrar todo el año como centro de la vida del cristiano.
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- Y a lo largo del resto del año, ¿cómo vive la fe vuestra familia y se la transmitís a vuestros hijos?
-Como aportación te diría que todos los domingos del año, día consagrado al Señor, hacemos una pequeña celebración doméstica, con el rezo de laudes en familia. Cantamos los salmos, abrimos la biblia leyendo una Palabra y tratamos de explicársela aterrizada en nuestras vidas. Ellos tienen la palabra para expresar lo que sienten, sus preocupaciones… y es un momento de reconciliación, donde afloran los conflictos que han podido surgir durante la semana. Esto parece muy ideal, pero puedes imaginarte cómo transcurre la celebración: ‘No tires del mantel, no soples la vela, cállate y escucha, ahora habla papá,  siéntate bien, no pegues a tu hermano…’. Vamos, lo normal en una familia numerosa.
Es muy importante que descubramos todos, los padres y los hijos, que la belleza de la celebración no está en la perfección del orden, en la armonía y la paz del silencio y la escucha, sino en que Cristo ha vencido la muerte, nos ama por encima de nuestros pecados y nos ha abierto el cielo. Por encima de todo, aunque sea caótico (unos días más que otros) se celebra y la celebración continúa por muy mal que se porten o por más impaciencia que mostremos ese día, porque la familia es el lugar donde uno aprende a sentirse amado por ser quién es.
- ¿De dónde sacáis como matrimonio esta fuerza y este alimento para poder fiaros del Señor?
- Toda la entrevista está llena de referencias a compartir la vida, a vivir los unos por los otros, para dar sentido a la existencia. Pues la fe tampoco se puede vivir en soledad. Nosotros vivimos la fe en una comunidad neocatecumenal, en la que la Eucaristía es el centro, el motor que da impulso, que sostiene nuestro matrimonio y nuestra vida. Tenemos también semanalmente una celebración entorno a la Palabra y una convivencia mensual con los hermanos con los que compartimos la fe. Nos sostenemos unos a otros, rezamos unos por otros… nos queremos.
Esta pregunta que planteas nos la hizo la Iglesia, hace 10 años, el día que nos casamos ¿estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos y educarlos según la ley de Cristo y su Iglesia? Respondimos que sí, siendo que esto no es posible para nadie en sus propias fuerzas. Hace falta tener fe y para tener fe hay que recibirla como un don, hay que vivirla y debe ser acompañada, como hacemos entre los hermanos de la comunidad, los catequistas y los sacerdotes que administran los sacramentos.
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Cuando alguien nos pregunta: '¿cómo podéis? Yo tengo solo dos y no puedo con ellos'. Yo siempre les digo que tenía la sensación de no poder con uno y luego con dos y luego con tres y así sucesivamente hasta la fecha. Ciertamente no se pueden dar motivos humanos. No nos fiamos nosotros solos, sino como miembros de un pueblo, estamos literalmente rodeados de familias numerosas en medio de esta sociedad actual que mencionas. Es Dios mismo quien ha pensado esta familia para nosotros y como dice San Pablo: ‘Él que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la llevará a término’. Esta es nuestra fe.
- En el último parto todo fue muy complicado, donde la vida de María y de vuestra hija pequeña corrió peligro. Este también tiene sus complicaciones y el próximo mes llega a término: ¿cómo lo vivís dadas además las circunstancias de los hospitales con el virus?
-Cuando nació Pilar de forma prematura a María le practicaron una cesárea de urgencia por desprendimiento de placenta. En un momento me encontré solo con mi mujer en el quirófano sin saber si volvería a verla. Es lo más duro que he vivido jamás. En esa soledad en plena noche no sabía qué hacer, me levantaba, me sentaba comenzaba una oración, no sabía qué rezar y lo único que me salía del corazón era: ‘Señor que yo no puedo solo, que si me has dado esta familia la necesito a mi lado para sacarla adelante, Señor, no te la lleves, que no sé hacer coletas’, oraciones sencillas de la vida cotidiana. No sé el tiempo que transcurrió hasta que una doctora, mi ángel de la guarda, salió para informarme de la situación. Tenía una hija de 1200 gramos en una incubadora en la UCI con citomegalovirus congénito y mi mujer estaba en quirófano recibiendo por transfusión un litro de sangre.
Puede parecer una situación dramática, pero yo tenía el corazón lleno de alegría, estaban vivas y yo me sentía caminando por encima de la muerte. Cómo respuesta a mi oración en el hospital, leyendo un día el Génesis cuando Dios habla a Adán y le dice te doy a Eva como ayuda, entendí en primera persona que la ayuda que Adán recibe es ayuda para vivir, de la misma manera que yo he recibido a María como ayuda para vivir. Porque la vida si no se comparte no se entiende, no se vive. Lo que hemos dicho en la primera pregunta y que la sociedad está experimentando este tiempo de aislamiento.
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Después de un mes ingresados en el hospital nos mandaron a casa. Pilar seguía un tratamiento antiviral que le producía neutropenia severa, tenía el sistema inmunológico muy vulnerable y no debía coger ninguna infección ¿Cómo se hace eso en una casa con otros cuatro niños cada dos por tres con bronquilotis, otitis, faringitis…itis? Pues tuvimos que pasar nuestro propio confinamiento autoimpuesto. Pilar estaba en una habitación aislada y cada vez que lloraba entraba en su cuarto, me desinfectaba, me cambiaba de ropa, la atendía y al salir me volvía a cambiar para evitar cualquier contagio…
Tenemos la experiencia de que en todo este tiempo nos sostuvo la oración de mucha gente, especialmente de nuestra comunidad neocatecumenal en la que vivimos nuestra fe. Este acontecimiento que aparentemente era de muerte lo afrontamos con ánimo y alegría, lo recordamos con cariño por la certeza de haber visto el paso de Dios en nuestra vida.
Es por eso que, aunque en este nuevo embarazo María tiene placenta previa y le harán una cesárea programada, la experiencia vivida nos ayuda a no caer en la angustia. Te mentiría si no te dijese que estamos preocupados, pero la realidad es que el nacimiento de Pilar, ha sido un sello de actuación de Dios en nuestro matrimonio, en nuestra familia y si Dios acontece todo se llena de sentido. Lo vivimos con el miedo natural humano, pero confiados en Su Providencia.
Javier Lozano / ReL

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