El Papa nos pide rezar especialmente este mes «para que las comunidades cristianas, en especial aquellas que son perseguidas, sientan la cercanía de Cristo y tengan sus derechos reconocidos».
Queremos llevar el amor del Hijo de Dios a todos los hombres. Ha permitido que le abran el Corazón con una lanza para que esté abierto para todos. Que el Corazón de Jesús nos ayude a ser sus testigos. Para ello invocamos la ayuda de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús.
jueves, 7 de marzo de 2019
Go Go God: jóvenes católicos con una nueva y musical evangelización en las redes

¿Te gustan los musicales? ¿Las películas? ¿Te imaginas si todas las canciones de las películas más famosas de Hollywood tratasen de Cristo? Pues con Go Go God esto es posible.
“Go Go God-una nueva evangelización” es un grupo de jóvenes católicos que hablan de Dios adaptando videos musicales famosos dándoles un mensaje cristiano.
“Es un proyecto que nace por amor al arte y principalmente amor a Dios”, indicó Alfredo Martínez, director de esta iniciativa en una entrevista a ChurchPop.
Fue en la Pascua del 2017 cuando, gracias a una charla acerca de la evangelización a través de las redes sociales, Alexis Tanguma, director musical del proyecto, y Alfredo Martínez, tuvieron la idea de crear este grupo.
La primera producción realizada fue en julio del 2017, donde tomaron la icónica introducción de la película La La Land y le dieron un giro cristiano enfocando la alegría de tener un nuevo día para vivirlo con Dios:
“Cualquiera puede unirse al Proyecto de Go Go God, todos son bienvenidos, no importa qué talento tengan. Nosotros les buscaremos un lugar para evangelizar juntos”, indicó Martínez.
Su última producción fue “Go Go God – Grease”, con un cover de la canción “Summer Nights”, que fue el soundtrack de una de las escenas más famosas de la historia del cine. Solo que en esta ocasión, el amor de los jóvenes le pertenecía a Cristo.
Pueden encontrarlos y comunicarse con ellos tanto por Facebook, como Instagram o Twitter, asimismo se pueden ver todos sus video en su canal de Youtube.
“Nuestro sueño es, algún día, poder abrir una Jornada Mundial de la Juventud”, concluyó Alfredo Martínez.
ChurchPOP
¿Quieres cometer menos errores en la vida? Entonces crece en la virtud de la prudencia
En la universidad tenía un profesor que le encantaba decir que el sentido común era el menos común de los sentidos. Me reía cada vez que lo decía porque me parecía curioso como algo que debía ser precisamente común a todos parecía por el contrario ser una virtud sumamente escasa. Con el tiempo constaté dos cosas: no era una frase original suya, y lamentablemente tenía razón.
Hoy pienso que junto al sentido común hay otra virtud muy relacionada y que también resulta difícil de encontrar: la prudencia. Incluso peor porque, a diferencia del sentido común,a veces miramos a la prudencia con cierta desconfianza, nos suena a miedo y a cortarnos las alas. A veces me da la impresión de que cuando los papás le piden a sus hijos que sean prudentes es más motivados por el miedo que por la virtud, y quizás con el tiempo esa es la sensación que ha quedado: es bueno ser prudente… pero no tanto porque te impide volar.
En la tradición cristiana la prudencia aparece como una de las virtudes más importantes. El Catecismo nos la recuerda como una de las cuatro virtudes cardinales. Nos ayuda a «discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (n. 1806).
¿Por qué es tan importante la virtud de la prudencia?
Con mucha frecuencia creemos que la vida cristiana es una receta que si la aplicamos metódicamente conseguiremos el fruto deseado. Sería mucho más fácil si el camino estuviese claramente delineado, como un manual paso a paso, donde bastaría seguir instrucciones que no dan espacio a error para construir una vida santa. Nada más lejos de la realidad.
El gran arte de la vida está en cómo aplicar los principios del Evangelio a nuestra vida particular, y ahí no hay receta que se aplique a todos los seres humanos. No hay santo que no haya sido prudente. San Juan Pablo II decía que la prudencia «viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección del hombre mismo». El gran riesgo del imprudente es no saber hallar el camino de la santidad, y por tanto la tristeza de la lejanía de Dios al recorrer senderos errados. Usualmente se distinguen tres momentos en el proceso de ser prudente, y resulta muy útil conocer cada etapa:
1. Ver: recoger información.
2. Juzgar: evaluar la información a la luz de la conciencia formada y los principios morales.
3. Actuar: Tomar la decisión y ejecutarla.
2. Juzgar: evaluar la información a la luz de la conciencia formada y los principios morales.
3. Actuar: Tomar la decisión y ejecutarla.
¿Qué podemos hacer para crecer en esta virtud? Estos son 6 consejos que puedes seguir:
1. Como toda virtud, pedirla

No menospreciemos esto tan importante. La prudencia aparece en la Sagrada Escritura muchísimas veces, y pedirle a Dios que nos ayude a crecer en ella es importantísimo.
2. Informarse… y sobre todo conocerse a uno mismo

Todo aquello que nos ayuda a conocer la realidad es fundamental. No se pueden tomar decisiones sabias y
prudentes si no nos informamos sobre lo que es necesario para decidir. De modo especial: ¡Qué importante es conocerse a uno mismo! Quien no se conoce en serio, a fondo, difícilmente crecerá en la prudencia necesaria para alcanzar la santidad. Observar bien la realidad, saber distinguir lo que es importante de lo que no, no dejar que las pasiones nublen la visión… todo ello ayuda.
prudentes si no nos informamos sobre lo que es necesario para decidir. De modo especial: ¡Qué importante es conocerse a uno mismo! Quien no se conoce en serio, a fondo, difícilmente crecerá en la prudencia necesaria para alcanzar la santidad. Observar bien la realidad, saber distinguir lo que es importante de lo que no, no dejar que las pasiones nublen la visión… todo ello ayuda.
3. Pedir opinión a quienes nos pueden ayudar (no que decidan por nosotros)…

Y estar dispuesto a acogerla. Jesús nunca dijo que había que recorrer la vida solo. A nuestro alrededor, si sabemos buscar, encontraremos gente con experiencia. Una advertencia: muchas veces pedimos opinión buscando que el otro nos diga qué hacer. Obviamente no se trata de eso. Tampoco pedir opinión solo por cumplir la formalidad. Estemos dispuestos a escuchar, y a cambiar de decisión si nos aconsejan bien.
4. Tener vida de gracia

Parte fundamental del proceso que nos lleva a ser prudentes es saber «juzgar» bien la realidad. Es decir, ser capaces de verla con criterios evangélicos. Todos tenemos una «regla» o medida con que medimos las cosas.
Como en cualquier juicio, tenemos una serie de criterios que nos permiten leer los hechos. La vida de gracia, intentar ver hasta donde nos es posible la realidad con una visión sobrenatural, nos permitirá tener esos criterios evangélicos que nos ayudan a ser prudentes y nos permiten escuchar nuestra conciencia y los principios morales que Dios ha sembrado en nuestro interior.
Como en cualquier juicio, tenemos una serie de criterios que nos permiten leer los hechos. La vida de gracia, intentar ver hasta donde nos es posible la realidad con una visión sobrenatural, nos permitirá tener esos criterios evangélicos que nos ayudan a ser prudentes y nos permiten escuchar nuestra conciencia y los principios morales que Dios ha sembrado en nuestro interior.
5. Aprender de nuestros errores… y de los de otros

Los seres humanos tenemos una gran capacidad para repetir los mismos errores. Muy rápidamente pasa la sensación horrible del mal (esa que nos lleva a decir «esto nunca lo volveré a hacer») y terminamos por caer en la misma situación. La memoria del error es sana consejera, no para hundirnos en la desesperanza, sino para darnos fuerza en momentos de debilidad. Al mismo tiempo, aprendamos también de los errores que otros cometen para no cometerlos también. No digamos: «yo nunca seré así». Tampoco: «como tal persona puede haber hecho esto o lo otro». Ni condenemos. Aprendamos sin enjuiciar a los demás.
6. Fortalecer la voluntad

De nada nos sirve tener toda la información necesaria, poseer los criterios correctos para evaluarla, si luego no tenemos la fuerza de decisión para ejecutarla. Quizás nos ha pasado más de una vez que sabemos exactamente qué camino recorrer, pero nos fallan las fuerzas. Todo lo que nos ayude a fortalecer la voluntad nos ayudará a ser personas prudentes.
Kenneth Pierce, catholic-link
miércoles, 6 de marzo de 2019
Venezuela: “Ayudé a salvar muchas vidas, pero la de mi hija fue imposible”
Carla Vallenilla falleció debido a la falta de medicamentos, insumos y personal calificado en uno de los hospitales más importantes del país, por eso su madre, que es enfermera, clama por la ayuda humanitaria para los venezolanos

Fotos: Cortesía Xiomara
La enfermera Xiomara Vallenila denuncia la muerte de su hija Karla de 32 años el 6-Oct 2018, por falta de medicamentos e insumos
Xiomara Vallenilla Ortiz es una enfermera y abogada venezolana. Su refugio en Dios, y la lucha social que vive con ahínco, le han impedido que los arañazos sufridos durante los últimos 20 años, le ganen para el desánimo y la desesperanza. El último golpe lo recibió el 6 de octubre de 2018, cuando su hija Carla Vallenilla, de 32 años y madre de dos niñas, falleció como consecuencia de los daños neurológicos por hipoxia cerebral, en el hospital “Domingo Luciani”, un centro de referencia nacional que funciona en Caracas.
La joven mujer sufría de lupus, enfermedad inmunológica que le fue diagnosticada en 2015. Vallenilla Ortiz aseguró que en agosto de 2018, su hija se complicó con neumonía; se sumó la falta de medicamentos, personal especializado y equipos técnicos, que posteriormente le produjeron su muerte.
“El hospital carecía de medicamentos y los quipos necesarios”, dijo Xiomara en una asamblea de Voluntarios X Venezuela a la que se incorporó para trabajar por la ayuda humanitaria que llegaría el 23 de febrero, y que estaría destinada a más de 300.000 pacientes crónicos en situación vulnerable.
“Mi hija falleció hace cuatro meses en el hospital Domingo Luciani. Eso me partió el alma porque después que, como trabajadora de la salud, ayudé a salvar muchas vidas durante 25 años de servicio, la vida de mi hija fue imposible de salvar”, ratificó en conversación con Aleteia.
Contó que la odisea de su hija Carla comenzó, prácticamente, desde el mismo momento en que fue diagnosticada, recibiendo tratamiento con esteroides a los cuales era alérgica. Presentó reacciones adversas que fueron tratadas a su vez con quimioterapia y siguiendo un control con diferentes médicos.
La enfermera inició una campaña en las redes sociales para poder comprar Solumedrol, un fármaco escaso y muy costoso en Venezuela. “Este medicamento la aísla de la realidad por la reacción alérgica que sufre y al no poder encontrar las quimioterapias necesarias para combatirla”, afirmó.
Luego comenzaron a suministrarle Plaquinol, que la misma Xiomara le enviaba desde el extranjero. En 2018 tenía una buena reserva de este tratamiento pero su hija Carla se mostró solidaria con otros pacientes a quienes se les hacía imposible conseguirlos. “Contando con una reserva mínima, mi hija sufrió una infección respiratoria que obligó a su hospitalización en el Domingo Luciani”, señaló la profesional de enfermería.
RAP: ¿Xiomara por qué salió usted de Venezuela?
“Desde el año 2011, ante el desmejoramiento de las condiciones laborales y sanitarias del sector público de la salud, participé en varias protestas junto a mis compañeros del Domingo Luciani y otros centros de Venezuela. Para entonces ya percibíamos el deterioro en los hospitales y creíamos que una manera de exigirle al Gobierno que les prestara atención era protestando. Además, nuestro salario era y sigue siendo de los más bajos. Yo como profesional de la salud me sentía orgullosa de este hospital que es Tipo IV y junto a varios compañeros dimos la vida por este centro. Me siento lucianista”.
RAP: ¿Realizaron acciones concretas durante esas protestas?
“Sí. En abril de 2011, participamos en una huelga de hambre frente a la embajada de Brasil para llamar la atención acerca de nuestras exigencias; se entregaron documentos en varios organismos y se realizaron varias ruedas de prensa para denunciar la situación. Para ese momento la ministra de salud era Eugenia Sader. Simultáneamente en todo el país se sumaron los colegas de otros estados a la huelga de hambre. En mi caso, hice huelga de sangre, es decir, realicé la extracción de mi propia sangre para mostrar que estábamos dispuestos a ir más allá de la simple protesta. En esa ocasión sufrí una descompensación y tuve que ser retirada de la protesta y hospitalizada”.
“Estas acciones me afianzaron la buena relación con mis compañeros de trabajo, pero también me llevó a ser mal vista por las autoridades sanitarias. Creamos una asociación civil para proveer de alimentos a mis compañeros pero debido a la crisis la idea no fructificó. Además, lo que recibía de salario ya no me alcanzaba para nada y me obligó a salir del país en 2016. Primero viví en Suiza y luego en España, desde donde ayudaba a mis hijas y nietas. Regresé en agosto de 2018. Quise venir a buscar a mi hija Carla y a mis nietas para llevarlas a España porque conseguí una ayuda humanitaria de un organismo internacional para poder salvarla. Sin embargo, mientras llegaba a Venezuela, Carla había sido internada en el Domingo Luciani”.
RAP: ¿Qué sensación le dio regresar a su lugar de trabajo y ver que su hija era atendida en medio de condiciones tan críticas?
“Sentí mucho dolor e impotencia. Yo, como profesional de la salud, me sentía orgullosa de este hospital que es Tipo IV, es decir, uno de los que se supone está entre los más excelentes del país. Ahora lo encuentro en el piso y me consigo que no hay personal porque todos han emigrado. Además, el régimen de Nicolás Maduro incorporó a los MIC (Médicos Integrales Comunitarios), personas que ni siquiera saben manejar un parámetro de ventilación mecánica; que no están preparados ni formados para atender casos de salud”.
“Mi hija Carla presentó un paro respiratorio y ni siquiera sabían practicarle un RCP (Reanimación Cardio Pulmonar). Sin embargo, debido a que yo estaba allí pude hacerlo. Nadie la quería entubar hasta que hizo un daño neurológico por una hipoxia cerebral. Pasó a reanimación, un servicio donde faltan médicos, insumos, equipos y donde mueren muchas personas porque en ese lugar donde se trabaja con las uñas. Luego fue reingresada a terapia intensiva donde le quitaron todas las indicaciones y los cuidados. Entonces comenzó a desmejorarse nuevamente. Allí estuvo hasta el 6 de octubre cuando muere”.
RAP: ¿Usted hizo la denuncia? ¿Qué hará ahora cuando su hija puede considerarse una víctima más de esta crisis humanitaria?
“Sí. Presenté la denuncia ante el director del hospital. Pero con la situación de mi hija vi muchas cosas que me reservo de comentar públicamente para exponerlas ante instancias de los derechos humanos. Son cosas que no debieron pasar. ¿Cómo es posible que en el caso de mi hija haya tenido que comprar sangre para reponerle la hemoglobina que le llegó a 6 y no se conseguía en el Banco de Sangre del hospital? ¿Cómo es posible que haya recorrido varios bancos de sangre para conseguirla? ¿Por qué una bolsa de sangre cuesta 50 dólares? ¿Cómo hacen las personas que no tienen dinero para comprar medicamentos a precios internacionales?”.
“Por supuesto que decidí quedarme a luchar por mi país, para ser voluntaria y llegar a todos los ciudadanos que nos necesitan en esta emergencia humanitaria. En Venezuela hay muchos pacientes con altos niveles de desnutrición, con tensión alta y diabetes; que han sufrido accidente cerebro vascular, incapacitados en sus viviendas. Pacientes que no tienen pañales desechables y se están muriendo de mengua sin medicamentos y sin insumos porque en Venezuela no hay nada. Realmente, ver morir en la emergencia a muchos pacientes por falta de medicamentos es muy duro”.
Como cierre de esta entrevista, Xiomara Vallenilla Ortiz comentó que ella es, además, sobreviviente de la tragedia ocurrida en el estado Vargas, en diciembre de 1999. Está convencida que “con la fe puesta en Dios todopoderoso y con el esfuerzo personal, los malos momentos se van superando”. “¡Bendito sea Dios!”, dijimos tras escuchar su historia y cerrar esta conversación con Aleteia.
Ramón Antonio Pérez/Aleteia Venezuela
Consejos de San Pedro Crisólogo: Ejercicios de la Cuaresma - la limosna, la oración, el ayuno
Hermanos míos, hoy empezamos el gran viaje de la Cuaresma. Por lo tanto llevemos en nuestro barco todas nuestras provisiones de comida y bebida, colocando sobre el casco misericordia abundante que necesitaremos. Porque nuestro ayuno tiene hambre, nuestro ayuno tiene sed, sino se nutre de bondad, sino se sacia de misericordia. Nuestro ayuno tiene frío, nuestro ayuno falla, si la cabellera de la limosna no lo cubre, si el vestido de la compasión no lo envuelve.
Hermanos, lo que es la primavera para la tierra, la misericordia es para el ayuno: el viento suave de la primavera hace florecer todos los brotes de las llanuras; la misericordia del ayuno siembra nuestras semillas hasta la floración, estas dan fruto hasta la recolecta celestial. Lo que es el aceite para la lámpara, la bondad es para el ayuno.
Como la materia grasa del aceite mantiene encendida la luz de la lámpara y, también con un pequeño alimento, la hace brillar para consuelo de todos en la noche, así también la bondad hace resplandecer el ayuno: desprende rayos hasta que alcanza el pleno esplendor de la continencia. Lo que es el sol para el día, la limosna es para el ayuno: el esplendor del sol aumenta la plenitud del día, disipa la oscuridad de la noche; la limosna acompaña el ayuno santificando la santidad y, gracias a la luz de la bondad, purifica de nuestros deseos todo lo que podría ser mortífero. En una palabra, lo que es el cuerpo para el alma, la generosidad es para el ayuno: cuando el alma se retira del cuerpo, le ocasiona la muerte; si la generosidad se aleja del ayuno, es su muerte.
San Pedro Crisólogo (c. 406-450)
obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia
Sermón 8; CCL 24, 59; PL 52, 208
jueves, 28 de febrero de 2019
ANTICONCEPTIVOS: POR QUÉ NO SON LÍCITOS
La serie de HM Televisión sobre la encíclica Humanae Vitae aborda en este capítulo la cuestión que dio origen a la encíclica: la ilicitud de los medios artificiales de control de la natalidad. Pincha aquí para ver los capítulos anteriores.
Cómo deshacerte de los deseos de venganza
Es difícil retener la mano que busca vengarse…

Hoy Jesús me pide algo que me parece imposible, que ame al que me odia: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada”.
Me pide amar, hacer el bien, bendecir y orar. Me parece todo tan complicado… Me pide que haga todo eso pensando en quien me odia y no me quiere, en quien desea mi propio mal, en quien me ignora. Quiere que desee su bien.
Tal vez es necesario que aprenda a perdonar el mal causado. Si no lo hago así, es imposible amar bien. Y querer al que no me quiere.

David era perseguido por el rey Saúl. De forma injusta es rechazado. Se siente herido y huye porque teme perder la vida. Y parece que Dios le pone en bandeja la venganza, la salvación: “Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe”.
Puede acabar con esa persecución injusta. Puede obtener la venganza soñada. Puede vencer al que le ha herido. Puede ser rey. Saúl se había convertido en su enemigo. ¿No le ponía Dios en su mano la venganza?
Dios no desea la venganza. Pero el hombre sí. La venganza es el deseo de resarcirme del daño recibido.
He sido herido y mi corazón clama venganza. Quiere herir al que me ha herido. Así suele ser en la vida. Si he recibido un daño, quiero que el que me lo ha causado sufra algo peor incluso.
La ley de talión exigía un castigo proporcional al crimen cometido. Es el primer límite impuesto a la venganza. Porque esta podía no ser proporcional al mal recibido.
Jesús va más allá. No sólo quiere que la venganza sea proporcional. Simplemente no quiere que haya venganza.
El corazón cristiano no cree en la venganza. Cree en hacer el bien, no el mal. Y la venganza me habla de crueldad, maldad, odio, rabia. El corazón herido quiere venganza.
Jesús nunca se vengó de los que querían su mal. Devolvió bienes a cambio de males. Amor al ser odiado.

Hoy miro mi corazón herido. ¿Tengo enemigos? Pienso en mi vida. No, no tengo enemigos. Es mi primera respuesta.
¿Alguien me ha hecho el mal? ¿Alguien ha deseado mi mal? Pienso en mi historia. ¿Todos hablan bien de mí? No. Pero tal vez tampoco me odian. ¿Quién entra en la categoría de enemigo? Puede que no encuentre a nadie que quiera mi mal.
¿Yo deseo el mal de alguien? Pienso en mis heridas. Me han causado daño. Algunos sin intención. Otros intencionadamente.
¿He sentido en mi corazón alguna vez el deseo de venganza? Se han reído de mí. Me han criticado por mis palabras. Han juzgado mis actos. Me siento dolido. Brota el rencor del alma.
A veces me creo que no tengo nada que perdonar. Me equivoco. Siempre hay algo. Alguna herida o desprecio. Esperaba más o algo distinto. Mis expectativas no se vieron satisfechas.
Comenta el papa Francisco: “Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras ‘certezas’: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas”.
Surge el odio porque amenazan mi seguridad. Me siento atacado a menudo sin serlo. Yo espero más. No entiendo las decisiones de los otros. O simplemente no las comparto. Surge la ira, la rabia, el deseo de venganza.
¡Cuánto daño me hace odiar! Guardo un rencor profundo. Tengo la herida tapada para que no duela. Y me creo que ha desaparecido.
Pero súbitamente, al recordar lo que un día sucedió, vuelve el mismo sentimiento de rabia. Quiero que sufra aquel que no me quiere. ¿Cómo puede pedirme Jesús que lo ame?
“Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen”.
Veo una montaña ante mis ojos. Olvidar me cuesta mucho. Perdonar me parece imposible. Bendecir está lejos de mi alcance. Desear su bien. Amar. Todo demasiado duro. No me siento capaz.
¿De dónde procede el perdón? De Dios. Sólo Él puede darme lo que necesito.
Quiero un corazón puro y virgen que no busque la venganza ni el mal de nadie. Un corazón que no guarde rencor de forma permanente.
¿Cómo se cambia el propio corazón? Estoy muy lejos de bendecir. Tantas veces maldigo. Estoy lejos de amar bien al que me odia. Como mucho lo aparto de mi vida para no recordar cada día cuánto odio tengo dentro de mí.
Necesito purificar mi corazón. Haciendo el bien al que no me ha querido. Amando al que me ha despreciado. Bendiciendo. Hablando bien de él.
Vivo pensando en lo que los demás hacen. Vivo deseando lo que no tengo. Y surge el odio dentro de mí. El odio me hace daño. Me envenena.
Hacer el bien, hablar bien, bendecir. Todo eso me llena de luz, de alegría, de paz. Dejar de hacer el mal que está ante mis ojos.
Es difícil retener la mano que busca vengarse. Echo marcha atrás. Guardo mi puñal. Dejo de causar daño. Guardo silencio.
No necesito herir. Es innecesario. No me sana, no me libera, no me llena de esperanza. Todo lo contrario. El mal deseado y realizado llena mi alma de odio y rencor. Mi enemigo sigue siéndolo. Es fuerte esta palabra.
Pienso en las personas que no me buscan, en aquellos a los que no les intereso. No son mis enemigos. Pero no los amo.
Pienso en los que hablan mal de mí. Tampoco los odio. No son los más cercanos. Pero no deseo su mal. Su rencor es de ellos. Igual que su odio. No es mi rencor, no es mi odio. No me pertenece.
Yo quiero amar siempre. Y no quiero estar lastrado por el peso del odio. No viene de Dios.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia
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