martes, 13 de octubre de 2026

¿Rezas mal? Pues tu pobre oración es fundamental para llevar a muchas almas del Purgatorio al Cielo

A veces podemos pensar que para ayudar a las almas del Purgatorio hace falta saber rezar muchas oraciones.

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    Cuando José tenía más o menos 7 años, un profesor de su colegio le contó que, por cada Acordaos que rezara a la Virgen María, un alma del Purgatorio subía al Cielo. Sin hacer demasiados cálculos y con una fe que le sobrepasaba, dedicó a partir de entonces y durante años, los diez minutos escasos del recreo de las mañanas al rezo vertiginoso de decenas de esas imploraciones. Por cada oración, un alma. Cuantas más oraciones, más almas. Claro y simple. Así lo veía José. 

    Muchísimos años después, una persona muy versada en Teología, le dio la pésima noticia de que eso no era así y José le preguntó qué creía él, como teólogo, que la Virgen hizo con esos miles de Acordaos rezados por un niño con tanta fe. Ambos se quedaron callados, pero el silencio de José, ya cincuentón, se tiñó de tristeza, pero por poco tiempo… 

    Los años fueron pasando y, gracias a buenos y santos sacerdotes, verdaderos maestros espirituales y al ejemplo de gente buena que Dios puso su lado, José fue conociendo y adentrándose en nuevas formas de oración propias de adultos, como la meditación y la contemplación. También fue entendiendo y experimentando cómo Dios le hablaba a través de palabras dichas por otros, de hechos que acontecían en su vida y, cómo no, a través de la maravillosa creación del Señor. 

    Sé que todo esto que he contado hasta ahora no es nada excepcional. Muchos de los que estéis leyendo este artículo os sentiréis identificados con José, pero aquí viene lo excepcional: esa semilla que el Señor puso en el alma del pequeño José fue germinando sin él darse cuenta y, la afirmación tan poco delicada del teólogo, hizo que la llamada que tuvo de niño de rezar por las almas del Purgatorio aflorara y llenara su alma y se interesara ardientemente en cómo poder ayudarlas y así aprendió muchas cosas que compartimos someramente: 

    • A veces podemos pensar que para ayudar a las almas del Purgatorio hace falta saber rezar muchas oraciones, conocer bien la doctrina o tener una gran vida espiritual. Sin embargo, la enseñanza de la iglesia Católica nos muestra que cualquier cristiano puede ofrecer a Dios sus oraciones, sacrificios y buenas obras por los difuntos. El Purgatorio es la purificación final de quienes mueren en la amistad de Dios, pero todavía necesitan ser purificados antes de entrar plenamente en la alegría del Cielo. Por eso, nuestras oraciones pueden convertirse en una verdadera obra de misericordia. 
    • No importa tanto que nuestra oración sea larga o complicada, sino que sea hecha con fe, humildad y amor. Podemos rezar un Padrenuestro, un Avemaría, un Rosario, asistir a Misa, ofrecer una pequeña mortificación, hacer una obra de caridad o simplemente decir: «Jesús, por tu misericordia, ten compasión de las almas del Purgatorio». La Iglesia enseña expresamente que podemos ayudar a los difuntos mediante la oración, especialmente mediante el sacrificio de la Eucaristía, y también mediante las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia. 
    • En esta misión podemos sentirnos acompañados por la Virgen María. No es María quien salva por sí misma a las almas, pues la salvación procede de Jesucristo, pero podemos pedirle que interceda por ellas ante su Hijo. Hay una arraigada tradición de muchos siglos unida al escapulario y a la Virgen del Carmen y plasmada en arte sacro (como el cuadro de Goya que reproducimos en el artículo) donde se reconoce a la Virgen María, Madre de la Misericordia, consolando a las almas del Purgatorio y elevando muchas al Cielo. 
    • Por eso, aunque pensemos que no sabemos rezar bien, nunca deberíamos pensar que nuestra oración es inútil. Una oración sencilla, un Avemaría rezado con amor, una Misa ofrecida por los difuntos o un pequeño sacrificio ofrecido a Dios pueden ser una expresión verdadera de caridad. Podemos pedir a la Virgen María que nos enseñe a amar a las almas del Purgatorio y que presente nuestras pobres oraciones ante Jesucristo. Quizá nuestra oración sea pequeña a nuestros ojos, pero puede convertirse, en las manos de Dios, en un acto de amor por alguien que espera llegar a la plenitud del Cielo. 

    La vida de algunos santos contiene testimonios especialmente llamativos sobre esta realidad. Uno de los más conocidos es el del Padre Pío. Según el relato conservado, una noche se le apareció un hombre que dijo llamarse Pietro Di Mauro y afirmó haber muerto en un incendio en el convento en 1908. El alma le pidió a Padre Pío que ofreciera por él la Santa Misa. Posteriormente, según este relato, se comprobó en los registros la existencia del hombre y las circunstancias de su muerte. También se cuenta que otra alma, perteneciente a un religioso que había sido novicio en aquel convento, se presentó ante Padre Pío y le pidió ayuda porque se encontraba en el Purgatorio. El mensaje que aparece repetidamente en estos relatos es muy sencillo: las almas pedían oración, Misas y ayuda espiritual. 

    Pero además de con el padre Pío, José tuvo la enorme suerte de toparse con Santa Gertrudis la Grande, una monja benedictina del siglo XIII, precursora de las devociones por la Divina Misericordia y por las almas del Purgatorio. En sus escritos y en las narraciones sobre sus experiencias espirituales aparecen numerosas escenas en las que contempla a las almas beneficiándose del ofrecimiento de sus oraciones por ellas. A Santa Gertrudis se atribuye además esta conocida oración: 

    «Padre Eterno, yo te ofrezco la Preciosísima Sangre de tu Divino Hijo, Jesús, en unión con todas las Misas celebradas hoy en todo el mundo, por todas las santas almas del Purgatorio, por los pecadores de todas partes, por los pecadores de la Iglesia universal, por los de mi propia casa y por los de mi familia. Amén.» 

    Esta oración se ha difundido tradicionalmente con la afirmación de que cada vez que se reza, libera a mil almas del Purgatorio. Aunque esto no forma parte de la doctrina oficial de la Iglesia, José la reza junto a su esposa y a sus hijos después de cada santa Misa con la certeza de que esa oración, al igual que los Acordaos que rezaba de niño, conmueven profundamente el corazón de nuestra Madre y cuenta con la certeza de que se encargará de interceder ante su Hijo.

    Gonzalo de Alvear, ReL

    Vea también    El Respirar del Alma
    en el Espíritu Santo





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