viernes, 16 de octubre de 2026

Ni el éxito ni el prestigio de Harvard: un profesor explica qué le hace realmente feliz

Arthur C. Brooks, converso, nieto de misioneros y casado con una barcelonesa, sitúa la fe como el primero de los cuatro pilares de una vida feliz. Y, a diferencia de tantos gurús del bienestar, se aplica la receta en su propia agenda.

Arthur Brooks es profesor en la Universidad de Harvard (Boston) desde 2019. Antes dirigió un prestigioso think tank en Washington.

Arthur Brooks es profesor en la Universidad de Harvard (Boston) desde 2019. Antes dirigió un prestigioso think tank en Washington.


    Arthur C. Brooks, catedrático en Harvard y uno de los grandes referentes internacionales de la ciencia de la felicidad, lo ha vuelto a decir hace apenas unas semanas en español y sin rodeos. En el pódcast Aladetres, recogido posteriormente por ABC, sostuvo que «los cuatro hábitos que más pesan en una vida feliz son la fe, la familia, la amistad y el trabajo, y de los cuatro el primero es la fe». 

    Y se definió así, con una claridad que suena casi incómoda en una época donde la felicidad se vende sin Dios de por medio: «Yo soy católico, la cosa más importante de mi vida». Lo demás, dijo, como comer brócoli, son detalles marginales.

    Pero quien quiera conocer de verdad a Brooks tiene que ir más allá del titular. En una larga entrevista con Outreach Magazine, dirigida a pastores evangélicos, el profesor se desnuda bastante más. Habla de sus horarios, de su familia, de sus propias tristezas, de lo que los datos dicen sobre los hombres de Iglesia. Y el retrato que sale es el de un científico que mide la felicidad con encuestas y la busca, cada mañana, de rodillas.

    Nieto de misioneros, converso en Guadalupe

    Brooks nació en Seattle en 1964 en una familia protestante con la misión en la sangre. Según cuenta en un perfil biográfico de Nuestro Tiempo, su abuelo fue misionero entre los navajos y la rama materna lo fue entre los zulúes. En 1980, siendo un adolescente, vivió lo que él mismo ha descrito como una «experiencia mística» en el santuario de la Virgen de Guadalupe, en México, y se convirtió al catolicismo.

    Lo que vino después parece un guion de cine, todavía según ese mismo perfil. Dejó la universidad a los 19 para tocar la trompa, conoció en un festival de música en Francia a una joven barcelonesa, Ester Munt, con la que no compartía idioma, y acabó dejando su trabajo en Nueva York para seguirla a Barcelona, donde tocaba en una orquesta.

    De ahí su español fluido, con un acento a medio camino entre Seattle y Cataluña. Ester y Arthur llevan casados 34 años (según la entrevista de Outreach), y él mismo lo resume con una ironía que no necesita traducción: «Si hubiera dependido del amor como sentimiento, el matrimonio le habría durado 34 minutos».

    De su abuelo heredó también una manera de entender su trabajo. En la entrevista de Outreach, se presenta como «un misionero» y repite lo que siempre le dijeron en casa: el misionero no tiene que llevar a nadie hasta la pila bautismal, solo mantener la puerta entreabierta para que el Espíritu Santo la eche abajo. 

    «Mi trabajo es dejar la puerta entreabierta para que alguien cuestione su increencia», explica en Outreach. Su papel es conseguir que la gente se pregunte qué hace ese científico raro yendo a la iglesia todos los días.

    Porque va. Según relata en la entrevista, su jornada empieza antes del amanecer: de 4:45 a 5:45 hace ejercicio y a las 6:30 está en misa con su mujer, casi todos los días. A los pastores les recomienda explícitamente la hora santa, que considera «más importante que tu ejercicio cada día». 

    Ese hombre que da unas 150 conferencias al año, además de sus clases, lo sabe perfectamente: se vaciaría por dentro si no se pusiera primero su propia mascarilla de oxígeno, como en los aviones.

    El olor del pavo

    Brooks distingue entre la alegría como emoción pura (una señal del cerebro que nos avisa de una oportunidad) y la felicidad propiamente dicha. Su imagen es de las que se quedan: la alegría es el olor del pavo; la felicidad es el pavo. Y el pavo tiene tres ingredientes: disfrute, satisfacción y sentido.

    Ahí aparece el dato que más le preocupa a Brooks cuando trabaja con clérigos. Cuando pide a sacerdotes y pastores que se pongan nota del uno al diez en estos tres aspectos, según cuenta en Outreach, «aprueban con holgura en satisfacción y en sentido, pero suspenden en disfrute, con un tres». 

    Muchos cristianos, sostiene, se sienten culpables por disfrutar porque confunden disfrute con placer. El placer lo comparte uno con su perro o con una ardilla; el disfrute es otra cosa. Su fórmula en Outreach es: placer más personas más memoria igual a disfrute. Y lo considera un regalo de Dios.

    La prueba para saber si algo se está torciendo es sencilla, según explica: si da placer, puede crear adicción y si se hace a solas, probablemente se está haciendo mal. Cuando Brook recomienda que el clérigo no esté solo en sus momentos de ocio, no habla de paranoia, sino de protección. 

    «Las personas de mi profesión pasan mucho tiempo solas, lo que las tienta con el placer, no con el disfrute. Y el resultado es que tratan de cortarlo de sus vidas», advierte en Outreach.

    Siguiendo a santo Tomás de Aquino, Brooks recuerda que los ídolos que nos distraen de Dios son cuatro: dinero, poder, placer y honor. El pastor obsesionado con contar asistentes y presupuestos, advierte, está adorando el prestigio. 

    Quizá Dios quiere para él una comunidad pequeña y muy viva. Quizá su tarea es cambiar una sola alma. Y eso, insiste, sigue siendo un logro. Puede que el mayor.

    Cuando presidía el American Enterprise Institute, un influyente laboratorio de ideas de Washington, vivió obsesionado con recaudar fondos. Investigando sobre la generosidad, cuenta en Outreach, descubrió que lo que de verdad hace feliz no es firmar cheques, sino cambiar la vida concreta de una persona concreta. 

    Se lo comentó a su mujer, que tiene estudios de teología, y ella le respondió que, ya puestos, adoptaran un bebé. Lo hicieron. «Fue lo más que cambió nuestras vidas», resume en la entrevista.

    «Hazlo igualmente»

    Lo más desarmante de este profesor de la felicidad es que admite no ser precisamente un hombre alegre de serie. Reconoce que tiene emociones negativas muy intensas y que precisamente por eso estudia la felicidad. 

    «Tengo muy alto el afecto negativo. Tengo emociones muy intensas. Esa es la razón por la que estudio la felicidad», dice. Y esa vulnerabilidad es la que pide a los pastores.

    Para los momentos de sequedad recurre a san Ignacio de Loyola y a su doctrina sobre la desolación. Al predicador que pregunta desde el púlpito si siente la presencia de Cristo mientras por dentro no siente nada, Brooks transmite el consejo del fundador de los jesuitas: muy bien, hazlo igualmente. «Sentir la distancia de Dios no convierte a nadie en un fraude, sino en un ser humano», explica. 

    La fe, como el matrimonio, no es una sensación sino un compromiso. «Hazlo igualmente. Siente el miedo, siente el dolor, siente el sufrimiento, y alaba a Jesucristo como tu Señor y Salvador, a pesar de tus sentimientos. Así es como lo superas», afirma. 

    El otro gran peligro del que habla en la entrevista es la soledad. Los líderes, explica, suelen tener muchos amigos de conveniencia y muy pocos amigos de verdad. El demonio, asegura con una mezcla de humor y seriedad, «es bueno en su trabajo» y trabaja aislando a los líderes. 

    Por eso insiste en que todo pastor necesita a alguien que le pida cuentas a diario. «Si yo fuera el Maligno, ya sé a quién atacaría primero: a los que suben al púlpito».

    A los pastores jóvenes les deja un único mensaje en la entrevista: no tengan miedo de su sufrimiento. Los líderes sufren más que los demás, asegura en Outreach, «y tengo los datos para demostrarlo». Que eso no significa que algo vaya mal en su vocación, sino que están plenamente vivos.

    Que un catedrático de Harvard se presente como misionero en una época en que la felicidad se vende a plazos y sin Dios de por medio tiene algo de pequeña revolución. Brooks no promete una vida sin cruces. Promete algo más modesto y, por eso mismo, más creíble: que el camino más previsible hacia la felicidad pasa por un banco de iglesia a las seis y media de la mañana.

    ReL

    Vea también    Mi fe de adulto




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