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miércoles, 20 de marzo de 2024

El demonio le indicó dónde estaba su enemigo para que fuera a matarlo... pero Dios se lo impidió


Jorge Reyes Tinoco
"Me puse a pensar cómo es que había encontrado su casa, cómo es que di las vueltas correctas en las calles correctas para llegar a donde él vivía (...). Supe que había sido el diablo, porque se daba cuenta de que me estaba perdiendo", confiesa Jorge.

Jorge Alfredo Reyes Tinoco nació en 1988 en la ciudad de Moroleón, estado de Guanajuato, México. De niño convivía en la calle con los de su barrio, a quienes admiraba. "Yo la primera vez que probé un cigarro fue a los 8 años, la primera vez que probé una cerveza fue a los 9, la primera vez que vi cocaína fue a los 10, y la primera vez que me emborraché fue a los 11", recuerda.

En México no llegó a ingerir drogas, pues "me daba mucho miedo". Pero sí inhalaba alguna vez con sus amigos thinner y pegamento. "Incluso ahora, de grande, me gusta mucho el aroma cuando pintan con alguna lata de aerosol; no sé si será porque me recuerda a mi infancia".

¿Qué lleva a un chico a buscar una familia paralela?

La hermandad que imperaba con sus amigos del vecindario era lo que hacía tan atractiva esa vida para Jorge: "Si comía uno, comíamos todos; si robábamos, era para que todos comiéramos. No nos dábamos cuenta de que éramos pobres, no nos dábamos cuenta de que había necesidad, porque siempre estábamos para apoyarnos entre nosotros".

Ahora bien, ¿por qué a Jorge le llenaba más esa familia que la suya propia? Responde: "Lo descubrí años después: era el abandono que yo sentía de mi familia desde una temprana edad, pues yo soy el mayor de mis hermanos; tengo dos hermanas después de mí, y luego un hermano menor, que ya falleció".

Jorge Reyes'Si comía uno, comíamos todos; si robábamos, era para que todos comiéramos', confiesa.

"Cuando nació la primera de mis hermanas, yo andaba con ella para todos lados. Luego nació mi segunda hermana, y las dos niñas se apegaron, y a mí, como varón, me hicieron a un lado. Yo sentí que en la familia le daban más amor a ellas que a mí, y me sentí orillado". "Y ahí fue donde yo encontré familia en los 'compas' del barrio. Mi trauma psicológico desde los 5 años —continúa— ha sido el abandono. En cambio, en esos 'marihuanos', en lo más bajo del mundo, es donde encontré mi hogar".

En busca de asilo

Cuando Jorge era un adolescente de 13 años de edad le gustaba pelear. "Empecé a estudiar la Secundaria, y ahí había unos chavos que me hacían bullying, y, mientras los demás alumnos de primer grado sí se dejaban, yo no me dejaba".

"Los agresores eran como de segundo o tercer grado, y todos les tenían miedo, pero yo no. Si ellos me hacían algo, yo se lo devolvía. Entonces el problema se tornó tan grave que comenzaron a llevar navajas a la escuela".

Ahí Jorge se dio cuenta de que su vida estaba en peligro: lo seguían, lo acorralaban y llegaban a amenazarlo con las armas dentro de la misma escuela. "Así que saqué la excusa de que quería ir a conocer Estados Unidos".

Como tenía visa, pidió a su familia permiso para irse allá a estudiar, y una tía que vivía en Chicago le ofreció asilo. Después su padre decidió que toda la familia se mudara a dicho lugar, estableciéndose todos finalmente en la ciudad de Joliet, cercana a Chicago.

Jorge ReyesJorge Reyes, a la izquierda, junto a sus nuevos amigos de la Iglesia.

Un encuentro inesperado con el racismo

"Cuando llegamos a Joliet —confiesa Jorge— me encontré con el racismo de los propios mexicanos. Fue la primera vez que me llamaron 'mojado', 'frijolero', 'bracero'. En la escuela tenía mucho conflicto con los mexicoamericanos".

Tristemente, desde que vivía en México había experimentado rechazos racistas, por lo cual "durante un tiempo sí odiaba a mi propia raza". En su misma patria las muchachas llegaban a decirle: "Estás muy guapo pero estás muy prieto (de piel morena)".

En cambio, entre las estadounidenses, fueran rubias o morenas, "las muchachas se me quedaban mirando y me decían que está bonito mi color de piel". Gracias a esto, Jorge fue sanando en ese aspecto: "He pasado de odiarme por mi color de piel a empezar a quererme".

En el mundo de las pandillas

Al principio no se interesó por el mundo de las pandillas. Sólo años después "me empecé a involucrar por aburrimiento. Nunca me metí de fondo. Hay chavos que lo tomaban como una opción de vida, y otros lo hacían por necesidad, pero yo lo hacía porque no tenía nada que hacer".

Cuenta Jorge: "En ese tiempo, si traías tu gorra para un lado, indicaba que era de una pandilla. Si la traías para el otro lado, pues eras de otra pandilla. Si tus colores eran rojo y negro pertenecías a tal pandilla, negro y azul a otra, o café y negro, o negro y amarillo. Se escuchaba mucho de eso".

Cuando ingresó en la escuela secundaria, se mudó con su familia a otro vecindario. "En el primer vecindario la pandilla de ahí usaba rojo y negro. A donde me mudé, que es donde actualmente vivo, el color es negro con azul, y la mayoría de sus miembros son afroamericanos".

Y con ellos encontró Jorge "una nueva zona de confort". Tanto, que él adoptó su forma de vestir, el tipo de joyas que ellos usan, su música, etc. "Ellos me enseñaron a hablar inglés. Me adoptaron, creo que en parte por mi color de piel, pues soy muy moreno".

Las drogas en su vida

También fue en la escuela secundaria cuando Jorge comenzó a consumir marihuana. "Yo era bien 'marihuano' cuando tenía entre 15 y 18 años", confiesa.

La cocaína, en cambio, "sólo la probé una vez, y no me gustó porque sacó al Jorge con el que siempre he peleado, sacó a un monstruo, a un ogro. Me puse súper violento".

Jorge ReyesJorge Reyes conoció a su mujer de un modo realmente sorprendente. 

Adicto al sexo

Al paso de los años Jorge tuvo una novia mexicoamericana, la cual se enteró de que Jorge, por un reto que ella misma había suscitado, la había engañado con numerosas mujeres.

Jorge reconoce que ya se había convertido en un adicto al sexo, y explica la causa: "Honestamente es porque yo tenía muchos problemas de autoestima. Especialmente con aquella novia me hice muy inseguro de mí mismo. Y al andar con esas mujeres yo buscaba llenar mi autoestima".

"Algunas de ellas me decían: '¿Por qué no dejas a tu pareja y mejor andas conmigo?', y yo contestaba: 'Contigo me siento a gusto, y si yo estoy aquí es porque tú me das algo que ella no me está dando, pero al final del día la amo'".

Dios le hizo una invitación 

"Me entró el miedo —dice Jorge— porque mi novia también tenía un historial de andar en pandillas y de hacer cosas locas, y temí que me mandara golpear, o que me quemara mi automóvil. Así que yo me quise esconder". 

"Por esos días un amigo me invitó a un retiro de hombres, donde conocería más de Dios, y yo al principio contesté que no, que no era para mí, que no me interesaba saber de Dios". 

"Pero, cuando iban manejando mi auto, escuché una vocecita que me dijo: '¿No me vas a regalar un fin de semana, Yo que te he dado tantas cosas?', y le contesté: 'Vamos a hacer algo: voy al retiro, pero primero voy a una noche de parranda'".

Así que Jorge planeó ir a divertirse el jueves, pues ya tenía entradas para asistir a un partido nocturno de los Cubs de Chicago, y asistiría al retiro la tarde del viernes y el sábado y domingo completos. Pero el jueves en la mañana, cuando Jorge estaba en su trabajo, le llamó su amigo para rectificar: "Oye, me equivoqué: el retiro empieza hoy a las 4 de la tarde".

Jorge mintió: "Entonces no voy a poder ir, porque voy a trabajar hoy jueves toda la noche, hasta las 2 de la mañana". Mas la vocecita que él había escuchado antes le volvió a hablar: "Regálame todo el fin de semana". Y Jorge de nuevo puso una condición: "Si les digo en el trabajo que me quiero tomar esos días libres y no se oponen, entonces voy".

Y aunque era requisito pedir permisos con dos semanas de anticipación, su supervisora le dio el permiso sin ningún problema. "Yo, como buscaba pretextos para no ir, hasta me enojé; pero ella me dijo que cuando un buen trabajador quiere un tiempo libre es por algo".

El retiro que cambiaría su vida

Así que Jorge fue al retiro, organizado por el movimiento Encuentros de Resurrección. "Éramos como 60 caballeros. Ahí es como una montaña rusa de emociones. En la primera noche, 10 de los 60 empezaron a llorar, y yo me asusté bastante. Pero el sábado en la tarde ya también a mí me tocó chillar como a ellos; de los 60, unos 40 estábamos llorando". "

En esa dinámica sacaron al Santísimo, y hasta este día es el más grande que yo haya visto. Parecía un sol y, en el momento en que lo acomodaron, yo sentí como si se me hubieran subido 2 personas a los hombros. Así estuve unos 10 minutos y luego me senté, pero entonces sentí como el peso de 4 personas sobre mí; y yo me resistía hasta que algo me dijo: '¡Dobla rodilla, dobla rodilla!'. Y yo todavía me decía: '¡No, no, yo no doblo nada!'".

"Estuve peleando como 15 o 20 minutos con esa vocecita que me pedía doblar rodilla, hasta que me cansé y lo hice. Y en el mismo momento en que mis rodillas tocaron el piso, sentí cómo esa armadura que yo cargaba desde los 5 años se me rompía, y que la voz me decía: '¡Jorge, esa armadura ya no la necesitas!'. Y empecé a llorar como nunca había llorado en mi vida". 

"De ahí en adelante sentí el amor de Dios. Conocí a un Cristo de perdón, de amor. Las personas me preguntan cómo sé que fue algo real, y les cuento que yo antes hacía 'meditación' y me alineaba los chakras, y que con eso sientes una energía que viene a tu cuerpo. Cuando sentí la energía de Dios fue como cuando hacía 'meditación', pero multiplicado como por mil veces o hasta más. Era una energía tan fuerte, tan hermosa que dije: '¡Uauh, Dios de verdad existe y me está sanando este corazón roto que he cargado toda mi vida!'".

De ahí en adelante Jorge comenzó a hacer cambios en su vida. Para empezar, acudió al sacramento de la Confesión.

A punto de cometer un crimen

Tras el retiro, Jorge trató de enfocarse más en Dios, y atraer a su novia hacia el camino de Cristo. "Pero yo aún estaba en una batalla interna, pues sabía lo que tenía que hacer, y estaba peleando con el otro Jorge, al que le gustaba hacer las cosas que no están bien".

A los meses de iniciado su camino de conversión, empezaron los rumores en el trabajo de Jorge acerca de que su novia le estaba siéndole infiel con un compañero de la misma empresa. Él decidió no guiarse por rumores sino preguntar directamente al presunto involucrado, enviándole un par de mensajes por redes sociales y llamándolo por teléfono.

Pero Jorge no obtuvo respuesta; en cambio, su oponente dijo a todos que no le importaba Jorge y que no tenía miedo de él. Y, en un momento en que ambos se cruzaron en un cambio de turno, el compañero sólo le dirigió una sonrisa burlona. "Eso me causó tanto enojo —dice Jorge—, que cuando me tocó trabajar en un mismo turno que él, hasta dejé mi máquina para ir a hablarle, pero él se subió a un montacargas y huyó".

Entonces Jorge decidió lastimar a ese muchacho: "Puse un destornillador en mi bolsillo. Tomé mis llaves y me las coloqué en el puño, entre los dedos. Pensé atacarlo con ambas cosas".

Pero su oponente vio aquello, y fue a buscar al personal de seguridad, el cual lo ayudó a marcharse en su automóvil sin que Jorge lo supiera. "Yo no me di cuenta hasta que mi novia me dijo que él ya estaba en su vehículo. Así que salí corriendo al estacionamiento a buscarlo". Y no lo encontró. "Me quedé pensando: '¿Cómo voy a hacer ahora, si no sé dónde vive él?'".

Jorge Reyes'Y en el mismo momento en que mis rodillas tocaron el piso, sentí cómo esa armadura que yo cargaba desde los 5 años se me rompía'.

"Yo le digo a los chavos en mi testimonio que, así como Dios te habla, también el diablo te habla. Porque algo dentro de mí me decía: 'Da una vuelta aquí, da otra acá, luego una para acá', y así es como llegué a la casa de él. Miré su auto, sus placas, los detalles que tenía el coche, y así supe que era el suyo y que vivía en ese lugar". 

Él tenía unos perros Pit Bull grandes, y yo le tengo pavor a los perros grandes, pero mi enojo era tan grande que no me importó y toqué a su puerta mientras los perros ladraban. Abrió la puerta, me miró, se asustó y cerró". "Yo seguí tocando mientras le gritaba: '¡Abre! ¿No que no tienes miedo de mí? ¡Abre, pues!'. Y, como no salía, se me vino a la mente esta idea: '¿Y si le quemo la casa?'. El demonio me hablaba: '¡Quémale la casa, tienes razón!'".

La intervención divina

"En ese momento el coche que yo traía no era propio sino rentado, porque hacía como 2 semanas que me había accidentado. Y estaba buscando en él mi cartera y no la encontré, así que no tenía cómo comprar nada".

Jorge decidió llamar por teléfono a los compañeros de su vieja pandilla para que lo ayudaran a realizar su plan malvado. Les dijo: "Vamos a hacer una barbacoa", y ellos dijeron que sí. Pero cuando le preguntaron dónde estaba, Dios intervino haciendo que la llamada se cortara, y Jorge se dio cuenta de que su teléfono celular estaba "muerto". Intentó cargar la batería pero no traía cargador porque el auto no era suyo.

Entonces siguió tocando la puerta de la casa, aún con intención de golpear a su compañero de trabajo. "Estuve haciendo eso como una hora, hasta que me puse a pensar que tenía dos opciones: sacarle la gasolina al carro (para quemar la casa), pero entonces no tendría modo de llegar a mi hogar porque traía muy poco combustible. O usar esa poca gasolina para manejar hasta mi domicilio". "

Entonces me resigné y me fui a mi casa. De la de él a la mía se hacían entre 40 y 50 minutos. Y en esa manejada me puse a pensar cómo es que había encontrado su casa, cómo es que di las vueltas correctas en las calles correctas para llegar a donde él vivía, sin yo saber que él vivía ahí. ¿Qué había sido eso que me había dicho por dónde me debía ir y dónde dar vuelta?".

"Supe que había sido el diablo, porque se daba cuenta de que me estaba perdiendo, pues yo estaba comenzando a seguir a Dios, yo amaba a Dios. Y empecé a llorar porque recapacité y me dije: '¡Qué babosada estuve a punto de hacer!'. Iba a lastimar a una persona, y yo no sabía si sus hijos estaban ahí o no, así que pude lastimar a niños, cuando para mí hay una regla dorada: si hay un problema con una persona mayor y trae a un niño, ahí se acaba el asunto".

"Entonces empecé a llorar más porque, según yo, le había dado mi vida Dios y, en cambio, había estado a punto de hacer algo terrible".

Una llamada del trabajo

Jorge estaba por llegar a su casa cuando sonó su teléfono, ese mismo que rato antes estaba "muerto". Era un superior de su trabajo quien le llamaba, y le informó que ya sabía lo que había ocurrido, y que tendrían una reunión para discutir su futuro en la compañía.

"Yo llevaba como 5 años en esa compañía: empecé empacando latas hasta convertirme en uno de los operadores más grandes. Y me dije que todo mi esfuerzo de años se me iba a ir".

El primer año es el más difícil

Analizando lo que ha vivido, hoy Jorge asegura: "El primer año de la conversión es el más difícil". Por ejemplo, en su caso personal, los días jueves "asistía a la reunión de Perseverancia", pero al salir de ahí "me iba a beber o a un strip club a ver a las muchachas". 

"Todos en la Iglesia me decían que tenía que cambiar y hacer tal o cual cosa. Pero una señora escuchó y me dijo: 'No les hagas caso. Si no quieres cambiar por ti, no cambies. Tú sigue emborrachándote, tú sigue con mujeres, tu continúa viendo a strippers. Pero, así como vas a seguir haciendo esas cosas malas, vas a seguir yendo también al Santísimo, a la Misa y haciendo los Rosarios, vas a continuar asistiendo a las Perseverancias. Y vas a ver que tú mismo te vas a retirar de tus cosas malas'".

Jorge Reyes Jorge tuvo gemelas y vive una vida libre de adicciones junto a su mujer.

"Pues hice como ella me dijo. Y me acuerdo que un martes estaba en el strip club con mis compas, tomando una cerveza y mirando a una chica bailar y aventándole dinero. Y de repente me entró una incomodidad tan fea que me dije: '¿Qué estoy haciendo aquí? ¡Yo aquí no pertenezco!'. Me sentí sucio. Me levanté sin decirle nada a nadie". 

"Manejando hacia mi casa me acordé de lo que me había dicho aquella señora. Y me di cuenta de que estaba dejando mis cochinadas, no porque alguien me indicara que las dejara, sino porque Dios me estaba dando la Gracia para poder salir de todo eso".

El último paso

A pesar de todo, Jorge seguía con aquella relación tóxica que sostenía con su novia. Constantemente rompían y se volvían a reconciliar. "Era una adicción", reconoce.

Jorge esperaba que al menos el día de su cumpleaños lo llamara por teléfono o le enviara un mensaje de felicitación, aunque días antes habían peleado. Pero no ocurrió así, y él se fue solo a un bar. Luego un amigo lo invitó a su casa para beberse unas copas a fin de celebrar el cumpleaños, pero Jorge no estaba feliz, y de la casa de su amigo regresó llorando a su propio hogar, y empezó a renegar ante Dios; le dijo:

"¿Para qué me quitaste la armadura de mi corazón? Antes nada me afectaba, nada me hacía llorar, y ahora de todo chillo, ando muy emocional. ¡Yo sé que la regué, pero no me merezco tanto sufrimiento! O al menos eso es lo que pienso. Yo Te amo, Dios, pero sabes que no soy un hipócrita. Si Tú quieres que siga predicando sobre Ti, y qué tan hermoso eres, y qué tan lindo eres, no quiero seguir viviendo así. ¡No sé qué es la felicidad! Nunca la he conocido, pero yo simplemente quiero ser feliz, sea lo que sea y cueste lo que cueste. Sé que la persona con la que estoy no es buena para mí, pero no la puedo dejar".

Cuenta Jorge que al otro día su novia lo llamó, le dijo que, si se hubiera portado bien, ella lo habría felicitado por su cumpleaños y lo hubiera invitado a salir, pero "no te lo mereces". Él fue a verla a su casa y le dijo: "Sólo te pido que me abraces por mi cumpleaños, es todo". Entonces ella lo hizo por compromiso, sin ganas.

Fue entonces cuando él empezó a preguntarse: "¿Por qué estoy aquí? ¿Qué estoy haciendo aquí?", y luego le dijo a ella: "Ésta es la última vez que voy a estar en este lugar". Y se fue, rompiendo definitivamente aquella relación tóxica.

Y Dios le escogió una esposa

Jorge se sentía solo y triste; lleno de tatuajes, pensaba que tampoco encajaba con los demás en los diversos eventos religiosos a los que él asistía buscando ayudar a otros a encontrar a Dios.

Compró una pequeña estatua de Jesucristo, la cual llevaba siempre con él para acordarse de que Dios siempre estaba a su lado. Y este mismo ejercicio lo comenzaría a practicar con su grupo de niños, que no sentían que Dios los acompañara. "Yo le decía a alguno: 'Esta semana Te lo llevas tú, llévalo a donde tú quieras y, cuando te sientas solo, abrázalo y platica con Él, pues Dios está ahí contigo''.

Y, en otro retiro, Jorge conoció a quien sería su esposa. Sin embargo, "ella no me llamaba la atención. Me parecía muy fresilla (superficial)", cuenta.

Iba a organizarse un retiro en Nashville, y el grupo eclesiástico al que pertenecían iba a ayudar en él. Luego ella le contaría: "Yo no había pensado ir a ese retiro, pero una señora que acababa de llegar de Tierra Santa me dijo que, si había algún retiro, entonces que yo asistiera porque ahí iba a conocer a mi futuro esposo. Dios le había dado una visión de verme de blanco, casándome".

Por su parte, Jorge dice: "En la última noche del retiro habíamos hecho una fogata, y estábamos todos ahí adorando al Espíritu Santo, y en esa reunión ella compartió su testimonio. De repente, esa vocecita que tantas veces me había hablado, me dijo: 'Quiero que vayas con ella y le digas lo que te voy a decir'. Y yo pregunté: '¿Qué le digo?', y la vocecita me contestó: 'Que no sabes por qué, pero que tú la necesitas en tu vida'. Yo dije: '¡Pero ella va a creer que estoy loco o 'marihuano'!', mas la voz me insistió: 'Tú sólo dile lo que Te estoy diciendo'".

"Pero no quise, y dije que no iría, mas la vocecita me indicó: 'Mírate tu mano', y yo obedecí y me vi un tatuaje que tengo, que es una Cruz; y me dijo: '¿Te acuerdas de la promesa que hiciste cuanto te tatuaste eso?', y contesté que sí, que 'iba a ir a donde Tú me mandaras, aunque yo no quisiera, y que Te iba a seguir aunque no quisiera, y no Te iba a cuestionar'. Me dijo: 'Entonces ve y háblale'". 

"Me le acerqué y le dije a ella: 'Vas a pensar que estoy loco, que estoy tomado o que estoy drogado, pero no estoy nada de eso. Dios me acaba de decir que quiere que te diga esto'". 

"Ella se quedó sorprendida porque yo no le había hablando nunca desde que nos habíamos conocido. Y dije: 'Dice Dios que no sé por qué, pero que te necesito en mi vida'. Me preguntó: '¿Qué significa?'. Contesté: 'No lo sé. Dios no me platica todo el plan, nada más me da partes del rompecabezas, y yo estoy como loco averiguando qué es lo que quiere decir; así que nomás te paso el recado'".

Jorge confiesa: "Al momento en que le dije eso, no sé por qué pero me sentí muy atraído hacia ella. Dijo que tenía frío, y fui corriendo a mi cuarto por mi chaqueta y se la di, para que así se quedara platicando conmigo. Y cuando finalmente nos retiramos, me di cuenta de que muchos chavos estaban interesado en ella, y pensé que yo no tendría oportunidad". 

"Pero en el regreso de Nashville a Chicago estuvimos conversando, y ya cuando llegamos, que eran las 10:30 de la noche, me pidieron que yo la llevara a su casa, y mientras conducía mi auto le conté mi historia. Ella me preguntó por qué le estaba contando todo eso, y le dije que era para que supiera quién soy yo, mi pasado, y lo que estaba luchando por cambiar, y así tener la oportunidad de entablar una amistad si así ella lo quería".

"Le conté que mi relación pasada había comenzado con una mentira, y que cuando me enteré de la verdad, dolía mucho, pero que yo ya tenía sentimientos hacia esa persona, 'y yo no quiero ponerte en ese mismo predicamento; por eso te doy la opción desde ahorita, si quieres conocerme, o bien decirme que no, no hay problema'".

Desde entonces sus conversaciones eran por Facebook. Luego Jorge la invitó a tomar un café, y le propuso que fueran a Chicago de fiesta, pero ella le dijo que tenía un horario de llegada a casa, así que él la llevó. Jorge se quedó en el dilema de ir solo a Chicago, o bien retornar a su propio hogar, en Joliet, y se decidió por esto último. Ella se comunicó con él y le preguntó si ya iba para Chicago, a lo que Jorge le contestó: "No, voy para mi casa. Si tú estás en tu casa yo no tengo necesidad de estar en la calle". Al colgar, Jorge finalmente entendió lo que Dios le quiso indicar cuando le dijo: "Tú la necesitas a ella".

Boda en tiempos de covid, y un sueño profético

Si bien ella estaba muy interesada en Jorge, al mismo tiempo sentía el llamado a la vida consagrada; así que, a pocas semanas de comenzar a ser novios, le dijo a Jorge: "Antes de que tú entraras en mi vida, yo ya estaba en el proceso de discernimiento para ser monja. Tengo que ir a Egipto por un mes para ver si la vida religiosa es para mí".

Fue un mes difícil, pues estando ella en otro país, sólo se comunicaban brevemente. Le confesaría a Jorge más adelante: "¿Sabes por qué casi no hablaba contigo? Porque lloraba después de que colgábamos, porque yo me sentía culpable de escoger mejor a un hombre que a Dios".

La madre superiora le explicó que decirle "sí" a un hombre no era malo, porque el matrimonio también es una vocación; que lo malo sería que ella tomara la decisión incorrecta, y que donde ella se sintiera en casa, donde ella sintiera paz, es a donde pertenecía. Y ella le dijo a Jorge: "Me estresaba en Egipto, me estresaba con las personas con las que estaba. En cambio, cuando hablaba contigo, me quitabas ese estrés. Y ahí es donde yo entendí que mi hogar es estar contigo, que mi llamado es estar contigo".

Después de 2 años de noviazgo se casaron, y ya tienen 3 de matrimonio. Dice Jorge: "Nos casamos cuando empezó lo del covid; ya teníamos reservado un lugar, y de repente nos avisaron que todo se cerraba. Entonces dijimos: 'O nos casamos para complacer a Dios, o nos casamos para complacer al mundo y tener una fiesta'". 

"Así que sí nos casamos, porque al final del día lo importante era estar en Gracia de Dios, y no importaba si sólo nuestra familia más cercana nos acompañaba. Para mí hasta fue más bonito, más íntimo". 

"En la boda mi suegra nos dijo: 'Dios tiene una sorpresa para ustedes, una sorpresa que les va a gustar'. Yo siempre quise que mi primera cría fuera una mujercita, y mis cuñadas comenzaron a tener sueños y nos decían: 'Van a tener gemelos'. Yo preguntaba: '¿Cómo lo saben?', y una me contestaba: 'Porque a cada rato sueño a una niñas, y les miro los zapatitos y son de marca Jordan, y nadie más de la familia usa Jordan sino tú. Por eso sé que son tuyas'". 

Puedes escuchar aquí el testimonio de Jorge. 

"Dicho y hecho, en diciembre, para mi cumpleaños, mi esposa, que ya sabía que estaba embarazada, me dio la noticia de que había ido a que le hicieran un ultrasonido, y que descubrieron que eran dos bebés. Luego mi suegra me dijo que ésa era la sorpresa que Dios tenía para nosotros, y que también tenía un mensaje: 'Todo va a salir bien con esas niñas"'. Y así fue.

Jesús V. Picón, ReL

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domingo, 13 de agosto de 2023

En el matrimonio, perdonar trae el bien a muchas vidas

 

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Puede que los beneficios del perdón no sean obvios cuando estás enfadado o resentido, pero el acto de perdonar trae el bien a muchas vidas

Las discusiones, las tensiones y los enfrentamientos son inevitables en un matrimonio. Pero la tradición cristiana ofrece un tesoro inestimable: el perdón.

Dios, que es misericordioso, nos invita a perdonar a nuestro prójimo, y en un matrimonio, nuestro primer prójimo es nuestro cónyuge. «Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo», exhorta San Pablo (Ef, 4-26). Por eso, en los cursos de preparación al matrimonio se nos aconseja, por ejemplo, que no nos vayamos a dormir enfadados.

Por desgracia, eso no siempre es posible. El perdón es un proceso que, dependiendo de la profundidad de la herida, puede ser largo y doloroso. Incluso cuando el perdón no se da inmediatamente, el mero deseo de perdonar es algo bueno.

El punto de partida está, en palabras de San Ignacio de Loyola, en «el deseo del deseo de perdonar». Cesar las hostilidades, seguir dándose los buenos días y desear continuar juntos el camino ya significa que estamos en la senda del perdón.

Hacer las paces no significa necesariamente olvidar el sufrimiento o la injusticia del pasado, sino permitir que una relación vuelva a su cauce y siga adelante.

El perdón es un camino de vida. Negarse a perdonar conduce al resentimiento, a la ira e incluso al odio. Es más, perdonar tiene innumerables beneficios, que se comparten al menos de cuatro maneras. El Padre Patrick Langue, sacerdote jesuita de la diócesis de Versalles (Francia), identifica cuatro personas o grupos de personas que se benefician del perdón.

1EL PERDÓN ES BUENO PARA QUIEN LO DA

El perdón es, en definitiva, una forma de cuidar de nosotros mismos. De hecho, según algunos estudios, el perdón tiene un impacto positivo en nuestra salud. Permanecer en conflicto mantiene las tensiones internas, y nuestro cuerpo se resiente por ello.

«No perdonar es hacerse daño a uno mismo», dice el padre Langue. «En lugar de curar el daño que nos ha hecho nuestro cónyuge, lo perpetuamos, rascamos la herida y la infectamos». Para él, «nos corresponde limitar el mal causado, reducirlo, aniquilarlo. Eso nos libera del dolor».

2EL PERDÓN ES BUENO PARA EL OTRO CÓNYUGE

El perdón engendra perdón. Hay algo contagioso en el perdón. ¿Quién no ha experimentado esta reciprocidad? A veces basta con pedir perdón humilde y sinceramente a nuestro cónyuge para que él se dé cuenta de su parte de responsabilidad y pida perdón también. «El perdón que ofrezco les permite pedirme perdón a mí. Podrán liberarse del mal, y crecerá su deseo de hacer el bien», señala el P. Langue. «Es una de las formas más fuertes de decirles que les quiero».

3EL PERDÓN ES BUENO PARA LA PAREJA

«El perdón es una gracia para la pareja», afirma el sacerdote jesuita. «Cada acto de perdón es un tesoro para el «nosotros» conyugal», porque el perdón permite que el matrimonio perdure. El perdón es quizá el elemento más importante para garantizar que el amor perdure. «Solo el perdón puede evitar que el amor se desvanezca como los colores que se destiñen al sol», y «solo el perdón puede asegurar un futuro para los que están unidos por el sacramento del matrimonio», dice el P. Langue.

4EL PERDÓN ES BUENO PARA LOS NIÑOS

El perdón entre un padre y una madre es un regalo maravilloso para sus hijos. En primer lugar, sirve de ejemplo. Demuestra que sí, que el perdón es posible, y no, que no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario. Además, se restablece la paz en la pareja y, por tanto, en toda la familia, y los hijos se sienten mucho mejor por ello. «El perdón expresado entre los padres alimenta su paz interior (la de los hijos), exorciza sus ansiedades, establece firmemente su esperanza en la durabilidad de la familia y les enseña a perdonar».

«Si quieres ser feliz un solo día, véngate; si quieres ser feliz siempre, perdona», solía decir el famoso predicador francés P. Lacordaire. Pero la felicidad no se gana de una vez por todas. Como los seres humanos somos imperfectos por naturaleza, sin duda tendremos que perdonar muchas veces a lo largo de nuestra vida matrimonial.

La buena noticia es que cuanto más entrenado esté nuestro corazón para perdonar, más fácil nos resultará hacerlo. Esto exige otra forma de vigilancia: no abusar nunca del perdón de nuestro cónyuge, lo que, para el P. Langue, equivale a una «profanación del amor».

Mathilde De Robien, Aleteia


12 pasos para aprender a perdonar

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Un camino tanto psicológico como espiritual...

¡Dejad de empeñaros en querer perdonar! Y sin embargo… “¡Perdona a tu hermano!”. Muchos padres repiten esta orden cuando sus hijos se pelean, con la creencia de que el perdón se da por petición, incluso en pleno conflicto.

Tal vez lo hayas vivido cuando eras pequeño, cuando te veías forzado, hirviendo en tu interior de rabia o humillación, a murmurar con la boca pequeña las palabras “te perdono”, con tal de sentir que se relajaba la mano de tu padre apretando tu brazo y luego poder ir a tu cuarto a expresar a solas tu pena e incomprensión.

Tus padres se equivocaban, el perdón depende únicamente de nuestra voluntad de perdonar. El perdón tampoco impide la justicia ni exige el arrepentimiento del agresor, tampoco borrará lo sucedido ni te dará una superioridad moral.

La cuestión es, ¿cómo perdonar, en pareja o en familia, las pequeñas ofensas o las grandes heridas, e incluso lo impensable, como el adulterio o el deceso de un hijo?

Jean Monbourquette, psicólogo canadiense, nos marca la ruta con un camino interior de 12 etapas desarrolladas en Cómo perdonar: perdonar para sanar, sanar para perdonar, de la editorial Sal Terrae.

El autor propone un camino espiritual y psicológico que requiere que busquemos en nuestra alma aquello que somos incapaces de realizar solos.

Las condiciones previas al perdón son:

  1. La elección de no vengarse y poner fin a la ofensa. No hay necesidad de continuar sufriendo, tú eres responsable de restaurar tu propia dignidad y rechazar la condición de víctima. Vengarte, ya sea a través de pequeñas alusiones o con un contraataque directo, no serviría más que para alimentar tu rencor, retrasar la paz, como una herida cuya cicatrización evitaras voluntariamente.

La curación psicológica es la fase emocional de tu camino:

  1. Reconocer tu herida y tu pobreza. Tu sufrimiento puede ser una mezcla de vergüenza y humillación, y aceptarlos te evita que se disfracen de ira o negación.
  2. Compartir tu herida con alguien. Encuentra en tu entorno una persona que te ayude a verbalizar tus emociones, a tomar perspectiva y sentirte comprendido.
  3. Identificar bien tu pérdida para hacerle el duelo. ¡No le quites importancia! Las heridas no son comparables, el sufrimiento de cada uno es único. Identificar la herida permite entenderla mejor sin negarla ni dejarse abrumar. ¿Qué fibra sensible de tu interior ha tocado esta ofensa?
  4. Acepta tu ira y tus ganas de venganza. Eres… ¡normal! Admite tu ira para evitar que se proyecte contra otra persona o contra ti mismo, y encuentra válvulas de escape saludables, como el deporte.
  5. Perdónate a ti mismo.¿Te sorprende? Sin embargo, corres el riesgo de querer parecer demasiado vulnerable, confiado, paciente… Pide la gracia de encontrar la compasión por ti mismo.
  6. Comprender al ofensor, puede ser posible después de un tiempo de trabajo de curación en tu herida y te ayudará a diferenciar el acto de la persona.
  7. Encuentra un sentido a la ofensa, por difícil que pueda parecer. Cada una de las heridas, una vez sanadas, puede convertirse en una oportunidad para crecer. Pregúntate por ejemplo qué has descubierto sobre ti mismo, tus límites o fragilidades, qué recursos nuevos puedes identificar, en qué van a cambiar las relaciones con los demás.

Por último viene la etapa de perdón integral, que hace un llamamiento a todos tus recursos espirituales.

  1. Siéntete digno de perdón y perdonado. Realiza la experiencia de dejarte amar de manera incondicional, por una fuente de Amor que te sobrepasa y que podrías llamar Dios si eres creyente. En esta certidumbre de ser amado y con la gran fuerza interior que procura, podrás continuar tu camino del perdón.
  2. Deja de empeñarte en querer perdonar. Tu perdón es más grande que tú, requiere más generosidad que la puramente humana. Pide esa fuerza a Dios.
  3. Ábrete a la gracia de perdonar, ¡permite que Dios actúe en tu interior!
  4. Decide si terminar la relación o renovarla. Este perdón te permite reencontrar tu libertad en la relación. Valora si es posible recuperar la relación entre los dos, aunque a veces es necesario ponerle fin. De todas formas, tu perspectiva sobre ti mismo y sobre el ofensor habrá cambiado profundamente, aunque no haya reconciliación o tu ofensor haya fallecido.

Aunque sea algo espiritual, el perdón no es una cuestión de religión. Su valor curativo está demostrado: disminuye la ansiedad, alivia la depresión, calma los arrebatos de ira y aumenta la autoestima.

Cassandra, a quien abandonó su marido dejándola sola con dos hijos de corta edad, cayó en una depresión. Hoy puede dar testimonio del recorrido de perdón que ha finalizado: el perdón que se ha dado a sí misma y el perdón que ha dado a su marido le han permitido redescubrir una nueva fuerza vital en ella y quitarse la pesada losa de sus espaldas; ha dejado de menospreciarse.

Y ahora, tú también, para ser libre, ¡perdona!

Bénédicte de Dinechin , Aleteia 

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domingo, 10 de julio de 2022

Cómo liberarse del rencor hacia los demás

 

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Solo hay una manera de borrar realmente la enfermedad espiritual del resentimiento, dice el cardenal Matteo Zuppi.

Solo hay una manera de borrar realmente el rencor que albergamos hacia otras personas. El cardenal Matteo Zuppi, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Italiana , considerado por muchos “papable” (buen candidato a ser Papa), explica este “remedio” en su libro Guarire le malattie del cuore (“Curar el enfermedades del corazón”).

El resentimiento, dice el cardenal Zuppi, es una de las enfermedades espirituales que nosotros mismos cultivamos con esmero, por contraproducente que sea. 

De hecho, ciega nuestra visión, tanto que no podemos ver nada más que el mal que sentimos que hemos sufrido (que a veces existe solo en nuestra propia imaginación).

Esta “enfermedad del corazón” es como un maremoto del mal, que lo sumerge todo y del cual es muy difícil liberarse. 

Creemos que la injusticia que hemos sufrido justifica nuestros sentimientos negativos. Si no se elimina, esta semilla del mal seguirá creciendo en nuestros corazones.

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Zuppi da consejos sobre cómo curar “enfermedades” espirituales.

Una enfermedad espiritual a largo plazo 

El rencor, añade el presidente de los obispos italianos, a menudo se arraiga sin consecuencias inmediatas, permitiéndonos sentirnos bien con nosotros mismos; nos decimos a nosotros mismos que no odiamos a la persona, simplemente la evitamos. “No tengo nada contra él, pero no quiero verlo ni hablar con él”, decimos. “Solo dejé de saludarle”.

Difícil de arrancar

No es fácil deshacerse del resentimiento, dice el cardenal Zuppi. Y no es en modo alguno automático, porque renunciar a nuestros rencores parece implicar violencia hacia nosotros mismos. Hacerlo requiere mucha perseverancia. 

El resentimiento acecha en las insatisfacciones de nuestro corazón y se arraiga fácilmente. 

Por eso también debemos perdonar sin reservas y sin condicionarlo a la conducta o compensación del ofensor. Y perdonar no implica buscar primero la justicia. 

Un ejercicio que requiere esfuerzo

De hecho, ¡solo el perdón puede realmente ayudar a encontrar justicia! El resentimiento acecha en los miedos, en el sentido de la injusticia sufrida e incluso en el apego trivial a las propias convicciones. 

Perdonar, precisamente por esto, es un ejercicio y requiere esfuerzo, para que poco a poco lo que al principio parecía imposible se haga fácil. 

¡Vale la pena perdonar! Sólo el perdón nos libra del mal que hemos sufrido: este es el único remedio posible para vencer el resentimiento.

El Papa: El migrante es una persona y no un número, tiene sentimientos y anhelos
La única forma de perdonar es amar sin reservas.

La “receta” de Jesús

Setenta veces siete es la medida infinita del perdón indicada por Jesús, liberándonos de cálculos y limitaciones. 

La única forma en que siempre podemos perdonar es si amamos, porque solo el amor rechaza todas las medidas y límites, como un padre o una madre que siempre acoge a sus hijos. 

El amor cubre todas las cosas, cree todas las cosas, soporta todas las cosas. Todo. Por eso también Jesús recomienda perdonar “de corazón” (Mt 18,35).

Las cosas a evitar

El perdón, entonces, enfatiza el cardenal Zuppi, nunca es un asunto abstracto, sino que siempre está muy relacionado con cómo vivimos toda nuestra vida. 

Si no escuchamos a Jesús, si no nos dejamos amar por él y si no lo amamos, si rezamos poco, si vivimos egocéntricos, sin duda será más difícil optar por el perdón, y terminaremos convirtiéndonos en víctimas del resentimiento. 

La “memoria sabia” del mal

La retrospectiva, en cambio, purificada por el perdón, nos ayudará a tener un recuerdo sabio del mal que hemos sufrido o causado, para combatirlo con mayor eficacia y saber reconocerlo, pero sin entrar en el peligroso laberinto del rencor. 

Seremos felices con el don inmerecido del perdón que, cuanto más lo demos a los demás, más sabremos recibir para nosotros.

Gelsomino del Guercio, Aleteia 

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miércoles, 23 de septiembre de 2020

¿Qué hacer cuando mi corazón se resiste a perdonar?


PRZEBACZENIE

Tendría que pasar por alto la ofensa, pero me cuesta mucho. No logro perdonar tan fácilmente. No sé si es mi orgullo o esa herida que tanto me duele.  

Hoy Jesús me pide que perdone siempre. No siete veces, sino siempre. No algunas veces, sino siempre de nuevo. El perdón es una gracia de Dios que tengo que suplicar.
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». ¿Aunque mi hermano sea reincidente en el daño? ¿Es eso posible? Perdonar al mismo por lo mismo.
Mi corazón se resiste al perdón como una fiera salvaje a entrar en el redil. Llevo cuentas del mal. No quiero perdonar porque no quiere mi alma excusar al que tanto daño me ha hecho. ¿Y si la ofensa ha sido porque yo esperaba más de él? Puede ser que la culpa sea mía por esperar lo que no debía. Puse en él expectativas imposibles.
Siempre recuerdo ese dicho: «No le pidas peras al olmo». Tal vez lo hice y sufrí, por no recibir lo que esperaba. Entonces no hay solución y duele aún más el daño. Porque no tiene arreglo. Porque lo que yo creía que era de una forma a lo mejor es de otra. No me aman tanto como yo amo.
El amor es asimétrico, no puedo olvidarlo. Una de las partes siempre ama más que la otra. A veces puedo ser yo el que ama más. Otras es el otro el que más me ama. No quiero buscar el equilibrio perfecto, no existe.
Pero duele ver que no me buscan tanto como yo los busco. No desean estar conmigo tanto como yo lo deseo. Entonces sufro porque la realidad no se adapta a mis sueños. ¿Es culpa mía? ¿Es culpa de los otros? Tal vez sería más feliz si no me sintiera herido de esa forma al dejarme llevar por mis expectativas.
Ese daño que experimento me hace perder la paz. Pero no tiene sentido sufrir por lo que no puedo cambiar. No puedo obligar a nadie a que me quiera más. Pero aún así el daño permanece en mi corazón. ¿Puedo perdonarlo? No es sencillo. La decepción, la indignación, la impotencia llenan el alma.
También puede ser que me hayan hecho daño a sabiendas, con maldad, con críticas y juicios, difamándome. Me han hecho daño porque no me aman, no me quieren, me tienen envidia o simplemente no soy importante para el que me ha herido. He sido víctima por sus actos llenos de rabia, odio o indiferencia. Es más difícil aún el perdón. Pienso que no se lo merece. Y mi alma se llena de ira y quiero la venganza. No quiero exculpar sus actos malvados.
Pero hoy escucho: «Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. No guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa».
Estas palabras me desconciertan. La ira y el deseo de venganza me matan por dentro. Tendría que pasar por alto la ofensa, pero me cuesta mucho. No logro perdonar tan fácilmente. No sé si es mi orgullo o esa herida que tanto me duele. Es verdad que deseo la paz que trae consigo el perdón, pero no es tan sencillo perdonar.
El perdón me libera de la cárcel de sufrimiento en el que vivo por mi rencor. Cuando mi corazón no olvida y la rabia vuelve a surgir muy dentro cada vez que recuerdo lo ocurrido. Acaricio mi piel herida y sufro. No me basta que me pidan perdón de rodillas, una y mil veces.
No acepto perdonar porque me siento mejor así, creo que así el que me ofende está más atado a mí, pero no es verdad. Se me olvida lo más importante, cuando perdono lo hago por egoísmo, por mí mismo. Porque yo necesito liberarme de la prisión del rencor. Necesito tener paz y no vivir atormentado.
Pero a veces parece que lo que deseo es la misma muerte del que me ha herido y roto la vida. Quiero que sufra lo que yo he sufrido, pero eso no es posible. Yo también causo daño a otros. Yo no soy tan inocente. Y si no lo veo es que estoy ciego. Soy torpe y no logro ver las consecuencias de mis actos. Y si yo no perdono a mi prójimo, ¿qué queda para mí?
Mi corazón se resiste al perdón de forma inmadura. Me gustaría poseer un corazón nuevo que sepa perdonar al que me hiere. Me falta mucho amor en el alma. Me cuesta perdonar al que repite el daño una y otra vez. Un reincidente en el mal no merece perdón.
Tengo claro que sólo el perdón me sana por dentro y me libera de todas mis cadenas. El perdón humilde. El perdón que es don de Dios.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia

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viernes, 26 de abril de 2019

Cómo dejar de juzgar

Me gustaría tener una mirada noble que sepa descubrir la verdad de las cosas
alejándome de mis prejuicios y rigideces



Creo que en ocasiones me quedo en la superficie de las cosas. No voy al fondo. A veces me veo juzgando al mundo. Al que no piensa como yo. Al que no vota al mismo partido político. Al que vive de otra forma. Lo juzgo y lo condeno. Me dan ganas de matarlo. Como a Jesús en esta Semana Santa.
Me gustaría comprender más a Jesús. En ocasiones no entiendo sus planes, ni acepto sus deseos. Me veo confuso en medio de mi vida tratando de descifrar lo que quiere de mí. Me quedo en la apariencia de las cosas que pasan. En la superficie.
No veo los corazones. Pero me quedo en los rostros que me disgustan, y en las apariencias que me hablan de trasgresiones que no deseo.
Me cuesta mirar más hondo. Más dentro. Creo que me falta fe. Pero una fe verdadera, encarnada, hecha vida. Una fe práctica que me lleve a tomar decisiones sabias.
La fe tiene que hacerse carne para poder ser yo rostro visible de Jesús en medio de los hombres. Quizá esa sea la conversión de la que tanto hablo.
Se me llena la boca de esta palabra y a veces no llega al corazón. Es como si todo se quedara en palabras y no en hechos. En pensamientos y no en vida. No realizo lo que digo. No aplico lo que predican mis palabras.
Me gustaría tener un corazón más capaz de percibir la vida, los procesos interiores, lo que no es evidente mirando solo con los ojos.
Me gustaría tener una mirada noble que sepa descubrir la verdad de las cosas alejándome de mis prejuicios y rigideces.
Me gustaría tener un corazón que no estalle en violencia cada vez que me llevan la contraria o critican mis palabras y mis actos. Un corazón pacífico que sepa construir puentes en lugar de murallas.
Como decía hace poco el papa Francisco: “Quien levanta un muro acaba prisionero del muro que construyó. Es una ley universal. La alternativa son los puentes, levantar puentes”.
Necesito acabar con esos muros que crean distancias y protegen mi alma. Necesito levantar puentes que me lleven al corazón del hermano. Arriesgando la vida.
Quiero un corazón limpio que no interprete los actos quedándome en la superficie. Quiero ir al sentido más profundo de todo lo que sucede.
Un corazón generoso que no pretenda buscar siempre el propio deseo y satisfacer sus ansias. Un corazón de niño para poder trepar a las alturas dejando atrás el peso de mi cuerpo.
Un corazón dócil para obedecer sirviendo, y servir sonriendo la vida que Dios pone en mis manos.
Me gustaría soñar más grande, más alto, sin vivir ceñido a lanorma que parece como una especie de estrechamiento de mis ansias.
Sosteniendo en vilo sobre la tierra el deseo más hondo de infinito que tengo dentro. Sin claudicar por miedo. Sin guardar con recelo.
Me gustaría acariciar entre mis dedos la vocación sagrada que Dios me ha confiado. Sabiendo que soy barro y cielo al mismo tiempo. Alma y cuerpo.
Desentrañando con mis manos sucias esos deseos sagrados que leo en la carne. Sin pretender saberlo todo.
Me gustaría saber bien qué decir en cada momento. Lo que hay que hacer allí donde me pone Dios para transformar el tiempo en un grito infinito que llegue a tantas almas que solo sueñan con tocar el cielo.
Tendré que abrirme más para dejar entrar a Dios dentro de mi alma. Destruir los muros que he construido. Con miedo, con pudor. Para protegerme del mundo y quizás, al mismo tiempo, de Dios mismo, a quien digo amar y tantas veces temo.
Sólo sé que no se pueden conciliar en mí la ira y el amor tierno. No se pueden conciliar la rabia y el amor hacia los hermanos.
No se pueden conciliar la guerra y la paz dentro de mi alma. O reina una o reina otra. O tengo ira o tengo paz. O vivo con rencor o he perdonado por dentro. No hay más alternativas.
Solamente hay un camino y una dirección en la que avanzo. O desciendo hacia la ira. O asciendo hacia el perdón. O amo en lo profundo. O albergo odios que me hacen rencoroso y distante con aquellos que no piensan como yo, o hacen las cosas de forma diferente.
No se pueden conciliar en mí el amor a un Padre que me quiere con locura y el odio sin misericordia hacia aquellos que no son de mi agrado.
¡Cómo voy a llegar al altar reconciliado, cuando dentro de mí albergo rencores que no me hablan de reconciliación!
¡Cómo puedo decir que he perdonado cuando la rabia brota en mi corazón casi sin darme cuenta! Y me veo sintiendo el mismo odio que sentí cuando fui herido hace ya tanto tiempo.
Convertirme significa pedir perdón con un corazón contrito y humillado. Con un corazón que anhela la reconciliación perfecta que solo Dios podrá darme.
Convertirme significa dejar de lado el odio y tomar el amor, torpemente, entre mis manos. Construir puentes y no muros. Sembrar la paz y no la guerra.

Carlos Padilla Esteban, Aleteia



























jueves, 28 de febrero de 2019

Cómo deshacerte de los deseos de venganza

Es difícil retener la mano que busca vengarse…

ANGRY FIRST

Hoy Jesús me pide algo que me parece imposible, que ame al que me odia: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada”.
Me pide amar, hacer el bien, bendecir y orar. Me parece todo tan complicado… Me pide que haga todo eso pensando en quien me odia y no me quiere, en quien desea mi propio mal, en quien me ignora. Quiere que desee su bien.
Tal vez es necesario que aprenda a perdonar el mal causado. Si no lo hago así, es imposible amar bien. Y querer al que no me quiere.

Jerzy Górecki

David era perseguido por el rey Saúl. De forma injusta es rechazado. Se siente herido y huye porque teme perder la vida. Y parece que Dios le pone en bandeja la venganza, la salvación: “Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe”.
Puede acabar con esa persecución injusta. Puede obtener la venganza soñada. Puede vencer al que le ha herido. Puede ser rey. Saúl se había convertido en su enemigo. ¿No le ponía Dios en su mano la venganza?
Dios no desea la venganza. Pero el hombre sí. La venganza es el deseo de resarcirme del daño recibido.
He sido herido y mi corazón clama venganza. Quiere herir al que me ha herido. Así suele ser en la vida. Si he recibido un daño, quiero que el que me lo ha causado sufra algo peor incluso.
La ley de talión exigía un castigo proporcional al crimen cometido. Es el primer límite impuesto a la venganza. Porque esta podía no ser proporcional al mal recibido.
Jesús va más allá. No sólo quiere que la venganza sea proporcional. Simplemente no quiere que haya venganza.
El corazón cristiano no cree en la venganza. Cree en hacer el bien, no el mal. Y la venganza me habla de crueldad, maldad, odio, rabia. El corazón herido quiere venganza.
Jesús nunca se vengó de los que querían su mal. Devolvió bienes a cambio de males. Amor al ser odiado.

HANDS,FRIENDSHIP,SUPPORT
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Hoy miro mi corazón herido. ¿Tengo enemigos? Pienso en mi vida. No, no tengo enemigos. Es mi primera respuesta.
¿Alguien me ha hecho el mal? ¿Alguien ha deseado mi mal? Pienso en mi historia. ¿Todos hablan bien de mí? No. Pero tal vez tampoco me odian. ¿Quién entra en la categoría de enemigo? Puede que no encuentre a nadie que quiera mi mal.
¿Yo deseo el mal de alguien? Pienso en mis heridas. Me han causado daño. Algunos sin intención. Otros intencionadamente.
¿He sentido en mi corazón alguna vez el deseo de venganza? Se han reído de mí. Me han criticado por mis palabras. Han juzgado mis actos. Me siento dolido. Brota el rencor del alma.
A veces me creo que no tengo nada que perdonar. Me equivoco. Siempre hay algo. Alguna herida o desprecio. Esperaba más o algo distinto. Mis expectativas no se vieron satisfechas.
Comenta el papa Francisco: “Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras ‘certezas’: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas”.
Surge el odio porque amenazan mi seguridad. Me siento atacado a menudo sin serlo. Yo espero más. No entiendo las decisiones de los otros. O simplemente no las comparto. Surge la ira, la rabia, el deseo de venganza.
¡Cuánto daño me hace odiar! Guardo un rencor profundo. Tengo la herida tapada para que no duela. Y me creo que ha desaparecido.
Pero súbitamente, al recordar lo que un día sucedió, vuelve el mismo sentimiento de rabia. Quiero que sufra aquel que no me quiere. ¿Cómo puede pedirme Jesús que lo ame?
“Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen”.
Veo una montaña ante mis ojos. Olvidar me cuesta mucho. Perdonar me parece imposible. Bendecir está lejos de mi alcance. Desear su bien. Amar. Todo demasiado duro. No me siento capaz.
¿De dónde procede el perdón? De Dios. Sólo Él puede darme lo que necesito.
Quiero un corazón puro y virgen que no busque la venganza ni el mal de nadie. Un corazón que no guarde rencor de forma permanente.
¿Cómo se cambia el propio corazón? Estoy muy lejos de bendecir. Tantas veces maldigo. Estoy lejos de amar bien al que me odia. Como mucho lo aparto de mi vida para no recordar cada día cuánto odio tengo dentro de mí.
Necesito purificar mi corazón. Haciendo el bien al que no me ha querido. Amando al que me ha despreciado. Bendiciendo. Hablando bien de él.
Vivo pensando en lo que los demás hacen. Vivo deseando lo que no tengo. Y surge el odio dentro de mí. El odio me hace daño. Me envenena.
Hacer el bien, hablar bien, bendecir. Todo eso me llena de luz, de alegría, de paz. Dejar de hacer el mal que está ante mis ojos. 
Es difícil retener la mano que busca vengarse. Echo marcha atrás. Guardo mi puñal. Dejo de causar daño. Guardo silencio.
No necesito herir. Es innecesario. No me sana, no me libera, no me llena de esperanza. Todo lo contrario. El mal deseado y realizado llena mi alma de odio y rencor. Mi enemigo sigue siéndolo. Es fuerte esta palabra.
Pienso en las personas que no me buscan, en aquellos a los que no les intereso. No son mis enemigos. Pero no los amo.
Pienso en los que hablan mal de mí. Tampoco los odio. No son los más cercanos. Pero no deseo su mal. Su rencor es de ellos. Igual que su odio. No es mi rencor, no es mi odio. No me pertenece.
Yo quiero amar siempre. Y no quiero estar lastrado por el peso del odio. No viene de Dios. 

Carlos Padilla Esteban, Aleteia