jueves, 15 de marzo de 2018

¿Cuándo acudir a un consejero matrimonial?

Acudir una buena consejería matrimonial en una buena opción para resolver conflictos y fortalecer tu relación de pareja. ¿Conoces al Doctor Fisch?

“Cuando tu relación esté pasando por un momento marchito, seco y frío no es tiempo de tirarla, es tiempo de cuidarla y protegerla tal como lo harías con esa plantita que te fascina y que se está secando. La tomas entre tus manos y aunque no sientas deseos de hacerlo remueves la tierra, quitas las hojas secas y cualquier cizaña que la pueda dañar. Con paciencia la riegas y le añades abono -tantas veces como sea necesario- porque tienes la certeza de que muy pronto volverá a florecer”. Este es el papel del consejero matrimonial, ayudarte a que tu relación vuelva a florecer.
Todos los matrimonios en algún momento han vivido algún tipo de crisis. Y eso es maravilloso porque es la señal de que “algo” se está rompiendo, desacomodando en su relación, además de ser una invitación para hacer mejoras y crecer como pareja.
Lo que sí me parece por demás peligroso es que son pocas las parejas que salen a pedir ayuda. Sobre todo, es a los varones a quienes más les cuesta hacerlo.
Desafortunadamente aún existe un pensamiento machista de que “a mí nadie me tiene que decir lo que tengo que hacer”. O están esos otros matrimonios que aún les pesan esos prejuicios del famoso “qué dirán” o sienten vergüenza y mejor se quedan callados observando y sufriendo como se les derrumba el matrimonio con tal de que nadie se entere. De verdad, no hay nada más noble ni nada que haga más grande a una persona que cuando pide ayuda al sentirse pequeño y vulnerable.


Invertir en el matrimonio

Me he topado con otro fenómeno extraño y lo comparto. Muchas parejas no han caído en cuenta de cuánto gastan en demoler su relación, en destruir su matrimonio. Sí, también crecer separados como pareja cuesta y mucho, no solo dinero. Pero cuando se trata de invertir dinero, de destinar recursos para mejorar o salvar su matrimonio -y por ende la familia- les duele el alma hacerlo, casi nunca hay dinero para eso.
¡Busquen ayuda!
Un consejero matrimonial les ayudará a trabajar y resolver problemas en sus vida y su relación, además de proporcionarles herramientas prácticas para procesar, entre otros asuntos, el perdón, para reconocer sus emociones, para conocerse más como pareja, para mejorar su comunicación y que reconozcan los patrones que les están impidiendo tener un diálogo efectivo y afectivo, etc.
El consejero, al ser un agente activo e imparcial les ayudará a definir sus problemas y a determinar los objetivos a los que se tienen que dirigir y cómo.

¿A quién elegir como consejero matrimonial?

Investiga. Encuentra a uno que apueste por tu matrimonio, al que le duela pronunciar la palabra “divorcio”, que busque la unión frente a la división. En definitiva, busca a quien el concepto de matrimonio y sus valores vayan alineados con los tuyos.
En esta búsqueda es importante conocer al profesional, saber qué estudios posee e incluso su estilo y filosofía de vida. Quizá te parezca exagerado y pienses qué más te da su “estilo de vida”, pero créeme que tiene mucho que ver contigo porque en sus manos estás poniendo lo más valioso de tu vida: tu matrimonio y, por ende, tu familia.
Ahora bien, ¿podemos garantizar que nuestro matrimonio se salvará si acudimos a un consejero? Es una pregunta algo compleja. Si y no.
En mi experiencia como profesional he visto como un alto número de los matrimonios que reciben consejería matrimonial secular acaban separándose o divorciándose porque les falta una ayuda extra, la espiritual. Sin embargo, según he podido comprobar, las que apuestan por escoger un consejero que cree en el sacramento del matrimonio tienen más posibilidades de rescatarse porque saben que, además de la fuerza y la voluntad humanas,  cuentan con la gracia que no es otra cosa que la ayuda sobrenatural de Dios. Y es que cuando humanamente parece imposible perdonar o sanar, Cristo es quien puede hacerlo todo de nuevo.
Luz Ivonne Ream, aleteia






miércoles, 14 de marzo de 2018

Síntomas y tratamiento de la dependencia a juegos de azar

Al contemplar por qué la gente juega, es importante entender que generalmente no siempre es fácil identificar las causas específicas que desarrollen la dependencia a juegos de azar.

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La repetición de este tipo de comportamiento fomenta la formación del mal hábito o vicio. En algunos casos se puede incluso hipnotizar disfuncionalidades relacionadas con la salud mental si se padecen al menos tres de los siguientes síntomas:
  • Adicción a seguir apostando y cada vez con más dinero.
  • Apuesta dinero que no debería pues lo necesita para cubrir necesidades básicas.
  • Intenta siempre recuperar la “inversión”, sigue jugando para recuperar todo lo perdido porque cree que ahora su suerte ha cambiado.
  • Pérdida de control, no puede parar de jugar y apostar.
  • Comete acciones ilegales o hace lo que sea para conseguir dinero para seguir jugando.
  • Pone en riesgo relaciones importantes, ya que su prioridad es siempre jugar y apostar.
  • No disfruta las apuestas que realiza pues su objetivo es ganar dinero.
  • Tiende a negar que tiene un problema cuando sus familiares y amigos tratan de ayudarlo.
  • Tiene tendencias suicidas debido a las deudas que ha obtenido apostando.

Primeros pasos para superar la ludopatía

Existen una gran variedad de tratamientos para el juego patológico que incluyen el consejo, los grupos de autoayuda y la medicación psiquiátrica. Se ha visto que un enfoque, la terapia congitivo-conductual reduce los síntomas y las urgencias relacionadas con el juego.
Este tipo de terapia se centra en la identificación de los procesos mentales relacionados con el juego, las distorsiones cognitivas y del ánimo que incrementan la vulnerabilidad al juego incontrolado.
Además, esta terapia utilizan técnicas de adquisición de competencias orientadas a la prevención de las recaídas, asertividad y rechazo del juego, resolución de problemas y refuerzo de las actividades e intereses inconsistentes con el juego.
En cambio, cuando la dinámica propia de la adicción está ya avanzada, se debe buscar una clínica para enfermedades de la adicción.
Cuando se presenta además un conjunto de adicciones, por ejemplo al alcohol o a las drogas, lo mejor es tomar un tratamiento de desintoxicación en una clínica psiquiátrica.
Habitualmente, parte de la terapia es un acuerdo para contrarrestar por completo la abstinencia del juego. No alcanza una simple reducción del juego. Sobre todo se manifiesta la abstinencia total a causa de la problemática que avanza claramente y por la que el adicto realmente necesita el objeto de su adicción.
 Como en todos los casos de desviación de comportamientos y vicios, el mejor remedio es la prevención. Evitar las ocasiones es siempre una estrategia eficaz, pero lo es más aún contar con el apoyo y la educación familiar desde los primeros anos de vida para descubrir y apreciar los verdaderos valores de la vida. 
 Javier Fiz Pérez, aleteia





martes, 13 de marzo de 2018

Acercarse al sacramento de la Penitencia

preparación al sacramento de la confesión

La Cua­res­ma es un tiem­po pro­pi­cio para la con­ver­sión de vida a Dios y para de­jar­se re­con­ci­liar con Dios. Como en el caso del hijo pró­di­go, Dios está es­pe­ran­do siem­pre a que re­gre­se­mos a la casa del Pa­dre, sale a nues­tro en­cuen­tro y nos ofre­ce el abra­zo del per­dón amo­ro­so me­dian­te la Igle­sia en el sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia. Quien co­no­ce la pro­fun­di­dad del amor de Cris­to y de la mi­se­ri­cor­dia del Pa­dre, sien­te la in­su­fi­cien­cia de sus res­pues­tas, el do­lor por la pro­pia in­fi­de­li­dad al amor de Dios y la ur­gen­cia de con­for­mar­se cada vez más con la ca­ri­dad de Cris­to.

Para ha­cer una bue­na con­fe­sión y re­ci­bir con fru­to el Sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia, se re­quie­ren al­gu­nas con­di­cio­nes:

1) Exa­men de con­cien­cia. An­tes de con­fe­sar­se, el pe­ni­ten­te ha de pre­pa­rar­se ante todo con la ora­ción com­pa­ran­do su vida con el ejem­plo y los man­da­mien­tos de Cris­to y pi­dien­do a Dios el per­dón de sus pe­ca­dos. El exa­men de con­cien­cia ha de ha­cer­se con ac­ti­tud de dis­cer­ni­mien­to; no se tra­ta de una an­sio­sa in­tros­pec­ción si­co­ló­gi­ca, sino de una con­fron­ta­ción sin­ce­ra y se­re­na con la ley mo­ral in­te­rior, con las nor­mas evan­gé­li­cas pro­pues­tas por la Igle­sia, con el mis­mo Cris­to Je­sús, nues­tro maes­tro y mo­de­lo de vida, y con el Pa­dre ce­les­tial que nos lla­ma al bien y a la per­fec­ción. To­dos he­mos de exa­mi­nar nues­tra con­cien­cia an­tes de acer­car­nos al con­fe­sor. No lo hará igual el niño que el adul­to o el ca­sa­do que la per­so­na con­sa­gra­da a Dios con los vo­tos. To­dos so­mos pe­ca­do­res y ten­dre­mos que de­di­car un tiem­po, el ne­ce­sa­rio, al exa­men de con­cien­cia.

2) Do­lor de los pe­ca­dos. Este es el acto esen­cial de la pe­ni­ten­cia por par­te de quien se con­fie­sa. Su­po­ne “un re­cha­zo cla­ro y de­ci­di­do del pe­ca­do co­me­ti­do jun­to con el pro­pó­si­to de no vol­ver a co­me­ter­lo por el amor que se tie­ne a Dios y que re­na­ce con el arre­pen­ti­mien­to” (Reconciliatio et Paenitentia, 31, III). De esta con­tri­ción del co­ra­zón de­pen­de la ver­dad de la pe­ni­ten­cia. El re­cha­zo cla­ro y de­ci­di­do del pe­ca­do no es la im­po­si­bi­li­dad de vol­ver a pe­car, sino la vo­lun­tad fir­me y de­ci­di­da de no vol­ver a ha­cer­lo por­que se está arre­pen­ti­do, se tie­ne ver­da­de­ro do­lor por los pe­ca­dos co­me­ti­dos y se re­cha­zan. Es la fir­me vo­lun­tad de no vol­ver a co­me­ter­los y el do­lor por ha­ber­lo he­cho, sa­be­do­res de que con el pe­ca­do mar­gi­na­mos a Dios, no co­rres­pon­de­mos a su amor.

3) Con­fe­sión de los pe­ca­dos. Para re­ci­bir con fru­to el re­me­dio que nos apor­ta el sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia, el fiel debe con­fe­sar to­dos y cada uno de los pe­ca­dos gra­ves que re­cuer­de des­pués de ha­ber exa­mi­na­do su con­cien­cia. Ade­más es tam­bién muy útil con­fe­sar­se de los pe­ca­dos ve­nia­les. En efec­to, no se tra­ta de una mera re­pe­ti­ción ri­tual ni de un cier­to ejer­ci­cio si­co­ló­gi­co, sino de un cons­tan­te em­pe­ño en per­fec­cio­nar la gra­cia del Bau­tis­mo, que hace que de tal for­ma nos va­ya­mos con­for­man­do con­ti­nua­men­te a la muer­te de Cris­to, que lle­gue a ma­ni­fes­tar­se tam­bién en no­so­tros la vida de Je­sús (cf. Ri­tual 7). Acu­sar los pe­ca­dos pro­pios es exi­gi­do ante todo por la ne­ce­si­dad de que el pe­ca­dor sea co­no­ci­do por el con­fe­sor, el cual debe va­lo­rar tan­to la gra­ve­dad de los pe­ca­dos como el arre­pen­ti­mien­to del pe­ni­ten­te y debe co­no­cer el es­ta­do del en­fer­mo para ayu­dar­lo y cu­rar­lo. Todo el sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia se en­tien­de y co­bra pleno sen­ti­do des­de la ca­ri­dad teo­lo­gal. Des­cu­brir el pro­pio in­te­rior, so­bre todo cuan­do se tra­ta de mi­se­rias per­so­na­les, del pro­pio pe­ca­do, cau­sa ru­bor. Pero se tor­na ‘am­bien­te fa­mi­liar’ cuan­do, al amor que Dios nos brin­da, co­rres­pon­de­mos dán­do­le por amor nues­tras mi­se­rias. Para ello es ne­ce­sa­rio ver a Cris­to en el sa­cer­do­te.

4) La ab­so­lu­ción de los pe­ca­dos. Es el con­fe­sor quien, en nom­bre de Cris­to y por su po­der, úni­ca­men­te pue­de per­do­nar los pe­ca­dos. “La ab­so­lu­ción que el sa­cer­do­te, mi­nis­tro del per­dón -aun­que él mis­mo sea pe­ca­dor-, con­ce­de al pe­ni­ten­te, es el signo efi­caz de la in­ter­ven­ción del Pa­dre en cada ab­so­lu­ción y de la Re­su­rrec­ción, tras la muer­te es­pi­ri­tual, que se re­nue­va cada vez que se ce­le­bra el sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia. So­la­men­te la fe pue­de ase­gu­rar que en aquel mo­men­to todo pe­ca­do es per­do­na­do y bo­rra­do por el mis­te­rio de la in­ter­ven­ción del Sal­va­dor” (Juan Pa­blo II).

5) Sa­tis­fac­ción o cum­plir la pe­ni­ten­cia. No es la mul­ta que hay que pa­gar por ha­ber in­frin­gi­do la ley, ni el pre­cio que se paga por el pe­ca­do ab­suel­to y el per­dón re­ci­bi­do, ni ex­pia­ción por la cul­pa co­me­ti­da. La pe­ni­ten­cia es mues­tra del com­pro­mi­so per­so­nal que el cris­tiano asu­me ante Dios de co­men­zar una exis­ten­cia nue­va y de que quie­re unir su obra de pe­ni­ten­cia a la Pa­sión de Cris­to que le ha ob­te­ni­do el per­dón.

Acer­qué­mo­nos de­bi­da­men­te pre­pa­ra­dos a la con­fe­sión. Es un en­cuen­tro ex­cep­cio­nal con Cris­to, que nos ofre­ce el per­dón di­vino por me­dio de sus mi­nis­tros.

Por Monseñor Casimiro López Llorente que es el obispo de Segorbe-Castellón.


lunes, 12 de marzo de 2018

10 cosas que tienes que hacer antes de morir

Una santa monja falleció el mes pasado, la sabiduría que nos dejó es digna de meditación y memoria

SISTER MARIA CARITAS NOTES
Nunca olvidaré el momento en que conocí a sor Caritas. Su salud se había estado resintiendo y acababa de mudarse a Boston para la última fase de su vida.
Un día, andaba por el vestíbulo cuando me percaté de una hermana anciana a unos 15 metros de mí. A medida que caminaba hacia ella, abrió los brazos como para envolverme en su fino cerco. Pensé: “Está claro que esta hermana me confunde con otra persona. No la conozco”.
Pero sor Caritas no se había confundido. Estaba llena de alegría por ver a una joven hermana. Me abrazó, me miró a los ojos y empezó a acribillarme a preguntas. Nunca olvidaré su bienvenida. De hecho, puedo decir con total sinceridad que nunca antes un desconocido me había recibido con tantísimo amor.

Cortesía de las Hermanas de San Pablo

La hermana María Caritas, FSP, falleció el 1 febrero. No era famosa ni reconocida. Vivió una vida oculta, sobre todo en estos últimos años en Boston. Previamente estuvo instalada en Toronto y tenía familia cercana en la zona.
Le resultó muy difícil cuando le pidieron que se mudara a Boston por su salud. Sin embargo, al final, aunque le costara la mudanza, sor Caritas se rindió a la voluntad de Dios.
Sor Caritas siempre fue una persona de carácter fuerte. Sor Anne Flanagan escribió sobre ella en un artículo reciente: “Se crió en Sicilia, con un carácter tan fuerte y decidido como el de su apellido: ¡Forte!”.
Angelica Forte nació en Italia, tercera hija de unos padres amorosos a quienes habían aconsejado que la abortara. En vez de eso, sus padres rezaron novena tras novena y Angelica nació sana. Su familia la calificó de “bebé milagro”.
De joven, sor Caritas tuvo muchos pretendientes. De hecho, cuando decidió entrar en el convento, su madre la llevó a un sacerdote y le pidió que la convenciera para casarse con un joven especialmente apropiado.
La joven Angelica, que había intentado explicar a su madre que su corazón ya pertenecía a Jesús, finalmente se puso de pie y plantó ambas manos en el escritorio del sacerdote. “¡Padre! ─exclamó─ ¡Diga a mi madre que si tanto le gusta ese joven, puede quedárselo!”.
Sor Caritas conservó su espíritu aguerrido y hermoso a lo largo de su tiempo en la vida religiosa. Fue misionera en Canadá, para lo que había de saber tanto francés como inglés.
Se enfrentó a mucho sufrimiento en su vida, incluyendo una debilitante enfermedad al final, pero en cada padecimiento se encomendó a Dios y confió en Su amor.
En una ocasión, escribió el secreto de su vida religiosa: “No hago nada para mí misma y, por tanto, veo lo positivo en lo que es necesario hacer y no me contengo en absoluto”.
Sor Caritas fue un ejemplo para sus hermanas, sobre todo en la forma en que asumió muy en serio su nombre religioso de Caritas, caridad. Intentó, con la gracia de Dios, ser caritas para quienes le rodeaban.

Cortesía de las Hermanas de San Pablo – El rosario y otras posesiones de la Hermana Caritas

Solía escribir pequeñas notas de ánimo para sí misma en su diario: “Caritas, no te canses; reza, reza, reza”. La determinación con que intentó vivir a la altura de su nombre fue un hermoso homenaje al Dios a quien tanto amó y que es Amor en sí.
Después de la muerte de sor Caritas, las hermanas encontraron esta lista en su diario. Captura el espíritu de la forma sencilla y hermosa con que intentó encarnar caritas en su vida y ofrece un plan de vida y amor para todos nosotros.

Cortesía de las Hermanas de San Pablo

10 cosas que nunca lamentaré haber hecho antes de morir:
  • Hacer el bien a todo el mundo. 
  • No hablar mal de nadie. 
  • Reflexionar antes de hablar. 
  • No hablar estando abatida. 
  • Ayudar a los menos afortunados.
  • Admitir mis errores. 
  • Ser paciente con todos. 
  • Escuchar, pero no chismorrear. 
  • No creer cosas desagradables sobre otras personas.
  • Prepararme para la muerte. (Este estaba subrayado)
Theresa Noble, aleteia




domingo, 11 de marzo de 2018

FRANCISCO SE CONFESÓ Y CONFESÓ

En el inicio de las 24 horas para el Señor, que la Santa Sede impulsa en todas las parroquias del mundo con confesiones y adoraciones eucarísticas, Francisco presidió una ceremonia penitencial en la basílica de San Pedro, durante la cual se confesó (al inicio del vídeo) y se sentó para escuchar la confesión de algunos de los fieles presentes en el templo (al final del vídeo).



viernes, 9 de marzo de 2018

Cantalamessa: la humildad «la tiene quien cree que no la tiene, no la tiene quien cree tenerla»

Cantalamessa: la humildad «la tiene quien cree que no la tiene, no la tiene quien cree tenerla»




CUARESMA 2018

Tercera predicación cuaresmal
Raniero Cantalamessa, ofm cap.
«No os hagáis una idea demasiado alta de vosotros mismos»
La humildad cristiana 
 
La exhortación a la caridad que hemos recogido de boca del Apóstol, en la meditación anterior, está encerrada entre dos breves exhortaciones a la humildad que se reclaman entre sí con evidencia, para formar una especie de marco para el discurso sobre la caridad. Leídas las dos exhortaciones seguidamente, omitiendo lo que hay en medio, suenan así: «No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada cual. […] Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios» (Rom 12, 3.16).

No se trata de recomendaciones de poca monta a la moderación y a la modestia; a través de estas pocas palabras la parénesis apostólica nos abre por delante todo el vasto horizonte de la humildad. Junto a la caridad, san Pablo concreta en la humildad el segundo valor fundamental, la segunda dirección en que se debe trabajar para renovar, en el Espíritu, la propia vida y edificar la comunidad. 

Nunca como en este campo las virtudes cristianas nos aparecen como un hacer propios «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús». Él, recuerda en otro lugar el Apóstol, aun siendo de naturaleza divina, «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 5-8) y a sus discípulos les dijo él mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). De la humildad se puede hablar desde distintos puntos de vista, como veremos que hará el Apóstol, pero, en su significado más profundo, la humildad es sólo la de Cristo. Humilde realmente es quien se esfuerza por tener el corazón de Cristo.

1. La humildad como sobriedad
En la parénesis de la Carta a los Romanos, san Pablo aplica a la vida de la comunidad cristiana la enseñanza bíblica tradicional sobre la humildad que se expresa constantemente a través de la metáfora espacial del «alzarse» y el «abajarse», del tender a lo alto y tender a lo bajo. Se puede «aspirar a cosas demasiado altas» o con la propia inteligencia, con una indagación desmedida que no tiene en cuenta el propio límite frente al misterio, o con la voluntad, ambicionando posiciones y funciones de prestigio. El Apóstol tiene en el horizante estas dos posibilidades y, en cualquier caso, sus palabras afectan a una y otra cosa juntamente: tanto la presunción de la mente como la ambición de la voluntad. 

Sin embargo, al transmitir la enseñanza bíblica tradicional sobre la humildad, san Pablo da una motivación para esta virtud en parte nueva y original. En el Antiguo Testamento, el motivo o la razón que justifica la humildad es que Dios «rechaza a los soberbios y da su gracia a los humildes» (cf. Prov 3,34; Jb 22,29), que Él «mira hacia el humilde, pero al soberbio le retira la mirada desde lejos» (Sal 137,6). Pero no se decía, —al menos explícitamente— porqué Dios hace esto, es decir, porqué «eleva a los humildes y abaja a los soberbios». A este hecho se pueden dar diferentes explicaciones: por ejemplo, la envidia o «envidia de Dios» (sphonos Theou), como pensaban algunos escritores griegos, o simplemente la voluntad divina de castigar la arrogancia humana, la hybris. 

El concepto decisivo que san Pablo introduce en el discurso en torno a la humildad es el concepto de verdad. Dios ama al humilde porque el humilde está en la verdad; es un hombre verdadero, auténtico. Él castiga la soberbia, porque la soberbia, antes aún que arrogancia, es mentira. Todo lo que en el hombre no es humildad es mentira. 

Esto explica porqué los filósofos griegos, que también conocieron y exaltaron casi todas las demás virtudes, no conocieron la humildad. La palabra humildad (tapeinosis) conservó siempre, para ellos, un significado prevalentemente negativo de bajeza, estrechez de miras, mezquindad y pusilanimidad. Es el significado que se ha conservado en nuestro «miserable» que se deriva precisamente, de modo directo, de ese término griego. Los filósofos griegos ignoraban los dos polos que permiten asociar entre sí humildad y verdad: la idea de creación y la idea bíblica de pecado. La idea de creación fundamenta la certeza de que todo lo que hay de bueno y hermoso en el hombre viene de Dios, sin excluir nada; la idea bíblica de pecado funda la certeza de que todo lo que hay de mal, en sentido moral, viene de su libertad, de él mismo. El hombre en el hombre bíblico es empujado a la humildad tanto por el bien como por el mal que descubre en sí.

Pero vayamos al pensamiento del Apóstol. La palabra usada por él en nuestro texto para indicar la humildad-verdad es la palabra sobriedad o sabiduría. Exhorta a los cristianos a no hacerse una idea errónea y exagerada de sí mismos, sino a tener de sí, más bien, una valoración justa, sobria, podríamos casi decir objetiva. Al retomar la exhortación, en el versículo 16, el «hacerse una idea sobria de sí», encuentra su equivalente en la expresión «tender a las cosas humildes». Con ello viene a decir que el hombre es sabio cuando es humilde y que es humilde cuando es sabio. 

Al abajarse, el hombre se acerca a la verdad. «Dios es luz», dice san Juan (1 Jn 1,5), es verdad, y no puede encontrar al hombre si no en la verdad. Él da su gracia al humilde porque sólo el humilde es capaz de reconocer la gracia; no dice: «¡Mi brazo, o mi mente, ha hecho esto!» (cf Dt 8,17; Is 10,13). Santa Teresa de Jesús escribió: «Me preguntaba un día por qué motivo el Señor ama tanto la humildad y me vino a la mente de repente, sin ninguna reflexión mía, que esto debe ser porque él es la suma verdad y la humildad es la verdad»[1].

2. ¿Qué tienes que no hayas recibido?
El Apóstol no nos deja ahora en la vaguedad o en la superficie, a propósito de esta verdad sobre nosotros mismos. Algunas de sus frases lapidarias, contenidas en otras Cartas pero pertenecientes a este mismo orden de ideas, tienen el poder de escapar a toda «excusa» y hacernos ir realmente a fondo en el descubrimiento de la verdad. 

Una de tales frases dice: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7). Hay una sola cosa que no he recibido, que es toda y sóla mía, y es el pecado. Esto sé y siento que viene de mí, que encuentra su fuente en mí, o, de todas maneras, en el hombre y en el mundo, no en Dios, mientras que todo el resto —incluido el hecho de reconocer que el pecado viene de mí— es de Dios. Otra frase dice: «Si alguien piensa que es algo, mientras que es nada, ¡se engaña a sí mismo!» (Gál 6,3).

La «justa valoración» de sí mismo es, pues, esta: ¡reconocer nuestra nada! ¡Este es ese terreno sólido, al que tiende la humildad! La perla preciosa es precisamente la sincera y pacífica persuasión de que, para nosotros mismos, no somos nada, no podemos pensar en nada, no podemos hacer nada. «Sin mí no podéis “hacer” nada», dice Jesús (Jn 15,5) y el Apóstol añade: «No es que por nosotros mismos seamos capaces de pensar algo...» (2 Cor 3,5). Nosotros podemos, ocasionalmente, usar una u otra de estas palabras para truncar una tentación, un pensamiento, una complacencia, como una verdadera «espada del Espíritu»: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». La eficacia de la palabra de Dios se experimenta sobre todo en este caso: cuando se usa en uno mismo, más que cuando se usa en los demás.

De este modo, nos encaminamos a descubrir la verdadera naturaleza de nuestra nada, que no es un nada pura y simple, una «inocente pequeñez». Vislumbramos el objetivo último al que la palabra de Dios nos quiere conducir que es que reconozcamos lo que realmente somos: ¡una nada soberbia! Yo soy ese alguien que «cree que es algo», mientras que soy nada; yo soy el que no tiene nada que no ha recibido, pero que siempre se jacta —o está tentado de gloriarse— de algo, ¡como si no hubiese recibido! 

Esta no es una situación de algunos, sino una miseria de todos. Es la definición misma del hombre viejo: una nada que cree ser algo, una nada soberbia. El Apóstol mismo nos confiesa lo que descubría cuando él también bajaba al fondo de su corazón: «Descubro en mí —decía— otra ley..., descubro que el pecado habita en mí... ¡Son un desgraciado! ¿Quién me librará?» (cf. Rom 7,14-25). Esa «otra ley», el «pecado que habita en nosotros» es, para san Pablo, como se sabe, ante todo la autoglorificación, el orgullo, el jactarse de uno mismo.

Al término de nuestro camino de descenso, no descubrimos, pues, en nosotros la humildad, sino la soberbia. Pero precisamente este descubrimiento de que somos radicalmente soberbios y que lo somos por culpa nuestra, no de Dios, porque lo hemos llegado a ser haciendo mal uso de la nuestra libertad, esto es precisamente la humildad, porque esto es la verdad. Haber descubierto este objetivo, o incluso haberlo vislumbrado sólo como desde lejos, a través de la palabra de Dios, es una gracia grande. Da una paz nueva. Como quien, en tiempo de guerra, ha descubierto que posee bajo su propia casa, sin siquiera tener que salir fuera, un refugio seguro contra los bombardeos, absolutamente inalcanzable. 

Una gran maestra de espíritu —santa Angela de Foligno—, a punto de morir, exclamó: «¡Oh, nada desconocida, oh, nada desconocida! El alma no puede tener mejor visión en este mundo que contemplar su propia nada y habitar en ella como en la celda de una cárcel». La misma santa exhortaba a sus hijos espirituales a hacer lo posible para volver a entrar enseguida en esa celda, apenas hubieran salido fuera por cualquier motivo. Hay que hacer como algunas crías muy acobardadas que no se alejan nunca del agujero de su guarida hasta el punto de que no pueden volver allí enseguida, al primer aviso de peligro.

Hay un gran secreto oculto en este consejo, una verdad misteriosa que se experimenta probando. Se descubre entonces que existe realmente esta celda y que se puede entrar realmente en ella cada vez que se quiera. Consiste en el silencioso y tranquilo sentimiento de ser una nada, y una nada soberbia. Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel, ya no se ven los defectos del prójimo, o se ven bajo otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo, es decir, «considerar a todos los demás superiores a uno mismo» (cf. Flp 2,3), o al menos se comprende cómo puede haber sido posible a los santos. 

Encerrarse en esa cárcel es, pues, algo muy distinto a encerrarse en uno mismo; por el contrario, es abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. Al contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al egoísmo, no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que la moderna psicología considera letal para la persona humana: el narcisismo.

En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un instante, todos los infinitos lazos del enemigo desplegados por tierra y dijo gimendo: «¿Quien podrá, pues, evitar todos estos lazos?» y entendió que una voz le respondía: «¡La humildad!»[2].

El Evangelio nos presenta un modelo insuperable de esta humildad-verdad, y es María. Dios —canta María en el Magnificat— «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). Pero, ¿qué entiende aquí la Virgen por «humildad»? No la virtud de la humildad, sino su condición humilde o, a lo sumo, su pertenencia a la categoría de los humildes y los pobres de los que se habla a continuación en el cántico. Lo confirma la referencia explícita al cántico de Ana, la madre de Samuel, donde la misma palabra usada por María (tapeinosis) significa claramente miseria, esterilidad, condición humilde, no sentimiento de humildad. 

Pero la cosa está clara en sí misma. ¿Cómo se puede pensar que María exalte su humildad, sin destruir, con ello mismo, la humildad de María? ¿Cómo se puede pensar que María atribuya a su humildad la elección de Dios, sin destruir, con esto, la gratuidad de tal elección y hacer incomprensible toda la vida de María a partir de su Inmaculada Concepción? Para subrayar la importancia de la humildad, alguien escribió imprudentemente que María «no se jacta de ninguna otra virtud más que de su humildad», como si, de este modo, se hiciera un gran honor, y no un gran error, a dicha virtud. La virtud de la humildad tiene un estatuto muy especial: la tiene quien cree que no la tiene, no la tiene quien cree tenerla. Sólo Jesús puede declararse «humilde de corazón» y serlo verdaderamente; esta es la característica única e irrepetible de la humildad del hombre-Dios.

¿No tenía María, pues, la virtud de la humildad? Cierto que la tenía y en grado sumo, pero eso lo sabía sólo Dios, ella no. Precisamente esto, en efecto, constituye el mérito inigualable de la verdadera humildad: que su perfume es captado solamente por Dios, no por quien lo emana. El alma de María, libre de toda concupiscencia verdadera y pecadora, ante la nueva situación creada por su maternidad divina, se ha colocado, con toda rapidez y naturalidad, en su sitio de verdad —su nada— y de allí nada ni nadie la ha podido mover. 

En esto la humildad de la Madre de Dios parece un prodigio único de la gracia. Ella arrancó a Lutero este elogio: «Aunque María hubiera acogido en sí esa gran obra de Dios, tuvo y mantuvo tal sentimiento de sí que no se elevó por encima del menor hombre de la tierra [...]. Aquí se debe celebrar el espíritu de María maravillosamente puro, porque mientras se le hace un honor tan grande, no se deja inducir en la tentación, sino que, como si no viese, permanece en el camino correcto»[3].

La sobriedad de María está por encima de cualquier comparación incluso entre los santos. Ella aguantó la tensión tremenda de este pensamiento: «¡Tú eres la madre del Mesías, la Madre de Dios! ¡Tú eres lo que toda mujer de tu pueblo hubiera deseado ser!». «¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mí?», había exclamado Isabel, y ella responde: «¡Ha mirado la pequeñez de su esclava!». Ella se abismó en su nada y «elevó» sólo a Dios, diciendo: «Mi alma glorifica al Señor». Al Señor, no a la esclava. María es verdaderamente la obra maestra de la gracia divina.

3. Humildad y humillaciones
No nos debemos engañar de haber alcanzado la humildad sólo porque la palabra de Dios y el ejemplo de María nos hayan llevado a descubrir nuestra nada. Se ve hasta qué punto hemos llegado en materia de humildad cuando la iniciativa pasa de nosotros a los demás, es decir, cuando ya no somos nosotros los que reconocemos nuestros defectos y errores, sino que son los demás los que lo hacen; cuando no sólo somos capaces de decirnos la verdad, sino también de dejárnosla decir, con gusto, por otros. En otras palabras, se ve en los reproches, en las correcciones, en las críticas y en las humillaciones. «A menudo sirve mucho para conservarnos en la humildad —dice el autor de la Imitación de Cristo— que los demás conozcan y recobren nuestros defectos»[4].

Pretender matar el propio orgullo golpeándolo a solas, sin que nadie intervenga desde fuera, es como usar el propio brazo para castigarse a sí mismo: uno no se hará nunca realmente mal. Es como querer arrastrar a solas un tumor. Hay personas (y yo estoy ciertamente entre estas) que son capaces de decir de sí —e incluso sinceramente— todo el mal posible e imaginable; personas que, durante una liturgia penitencial, hacen autoacusaciones de una franqueza y de un coraje admirables, pero en cuanto alguien alrededor de ellos alude a tomar en serio sus confesiones, o se atreve a decir en ellas una pequeña parte de lo que se ha dicho a solas, son chispas. Evidentemente, todavía queda mucho camino por recorrer para llegar a la verdadera humildad y a la verdad humilde.

Cuando trato de recibir gloria de un hombre por algo que digo o hago, es casi seguro que ese mismo hombre busca recibir en respuesta gloria de mí por lo que dice o hace. Y así sucede que cada uno busca su propia gloria y nadie la obtiene y si, por casualidad, la obtiene no es más que «vanagloria», es decir gloria vacía, destinada a disolverse en humo con la muerte. Pero el efecto es igualmente terrible; Jesús atribuía a la búsqueda de la propia gloria incluso la imposibilidad de creer. Decía a los fariseos: «¿Como podéis creer cuando recibís gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?» (Jn 5,44).

Cuando nos encontramos envueltos en pensamientos y aspiraciones de gloria humana, echamos en la mezcla de estos pensamientos, como una antorcha ardiente, la palabra que Jesús mismo utilizó y que nos dejó: «¡Yo no busco mi gloria!» (Jn 8,50). Ella tiene el poder casi sacramental de realizar lo que significa, de disipar dichos pensamientos.

La humildad es una lucha que dura toda la vida y se extiende a cada aspecto de la vida. El orgullo es capaz de alimentarse tanto del mal como del bien y sobrevivir, por lo tanto, en cualquier situación y en cualquier «clima». Más aún, a diferencia de lo que sucede con cualquier otro vicio, el bien, no el mal, es el caldo de cultivo preferido de este terrible «virus».

 «La vanidad tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que un soldado, un siervo de milicias, un cocinero, un mozo de carga, se jacta y pretende tener sus admiradores y los mismos filósofos la quieren. Y aquellos que escriben en contra de la vanagloria aspiran al orgullo de haber escrito bien, y quienes los leen, al orgullo de haberlos leído; yo, que escribo esto, tengo quizá el mismo deseo y quizá también aquellos que me leen»[5].
  
La vanagloria es capaz de transformar en acto de orgullo nuestro mismo tender a la humildad. Pero con la gracia, podemos salir vencedores también de esta terrible batalla. En efecto, si tu hombre viejo logra transformar en actos de orgullo tus mismos actos de humildad, tú, con la gracia, transforma en actos de humildad también tus actos de orgullo, al reconocerlos. Reconociendo, humildemente, que eres una nada soberbia. Así, Dios es glorificado también por nuestro propio orgullo.

En esta batalla Dios suele acudir en auxilio de los suyos con un remedio muy eficaz y singular. Escribe san Pablo: «Para que no me enorgulleciera por la grandeza de las revelaciones un enviado de Satanás me clavó una espina en la carne encargado de abofetearme: para que no caiga en soberbia» (2 Cor 12,7).

Para que el hombre «no se enorgullezca», Dios lo fija al suelo con una especie de ancla; le pone «pesos en los lomos» (cf. Sal 66,11). No sabemos qué era exactamente esta «espina en la carne» y este «enviado de Satanás» para Pablo, ¡pero sabemos bien qué es para nosotros! Todo el que quiere seguir al Señor y servir a la Iglesia la tiene. Son situaciones humillantes por las que uno es llamado constantemente, a veces de noche y de día, a la dura realidad de lo que somos. Puede ser un defecto, una enfermedad, una debilidad, una impotencia, que el Señor nos deja, a pesar de todas las súplicas. Una tentación persistente y humillante, ¡quizás justo una tentación de soberbia! Una persona con la que uno se ve obligado a vivir y que, a pesar de la rectitud de ambas partes, tiene el poder de poner al desnudo nuestra fragilidad, de destruir nuestra presunción. 

A veces se trata de algo más pesado aún: son situaciones en las que el siervo de Dios está obligado a asistir impotente al fracaso de todos sus esfuerzos y a cosas demasiado más grandes que él, que le hacen palpar su impotencia frente al poder del mal y de las tinieblas. Sobre todo aquí aprende qué quiere decir «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (cf 1 Pe 5,6).

La humildad no es sólo importante para el progreso personal en la vía de la santidad; es esencial también para el buen funcionamiento de la vida de comunidad, para la edificación de la Iglesia. Yo digo que la humildad es el aislante en la vida de la Iglesia. El aislante es muy importante y vital para el progreso en el campo de la electricidad. En efecto, cuanto más alta y potente es la alta tensión y la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida que la corriente se descargue a tierra o provoque cortocircuitos. Al progreso en el ámbito de la electricidad debe corresponder un progreso análogo de la técnica del aislante. La humildad es, en la vida espiritual, el gran aislante que permite a la corriente divina de la gracia que pase a través de una persona sin disiparse o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad. 

4. Humildad y nihilismo 
Hemos intentado, en esta meditación, encerrarnos en la cárcel de nuestra nada. Sin embargo, antes de concluir nuestra reflexión, debemos señalar una cosa: que también el pensamiento filosófico contemporáneo ha intentado encerrar al hombre en la cárcel de su nada. Este es el sentido del nihilismo, común a tantas corrientes del pensamiento moderno. Una rápida comparación con él constituye una confirmación insospechada del hecho de que la humildad es verdad y que no se es «auténtico» si no se es humilde.

¿Cuál es —se preguntó un conocido pensador del siglo pasado— ese «núcleo sólido, seguro y infranqueable», al cual la conciencia llama al hombre y sobre el cual debe basarse su existencia, si quiere ser «auténtica»? Y la respuesta fue: ¡su nada! Todas las posibilidades humanas son, en realidad, imposibilidades. Cualquier intento de proyectarse y de elevarse es un salto que parte de la nada y termina en la nada. «La nulidad existencial no tiene en absoluto el carácter de la privación y la deficiencia respecto a un ideal proclamado y no alcanzado. Es el ser de este ente el que es nulo antecedentemente a todo lo que puede proyectar, y normalmente alcanzar, nulo ya como proyecto»[6].

Existencia auténtica es, así, la que comprende la radical nulidad de la existencia y que sabe que «vive para la muerte». La única posibilidad que queda en el hombre es aceptar esta nada suya, resignándose y haciendo, como suele decirse dice, de la necesidad virtud. El pensamiento secular, que en una época solía reaccionar contra la predicación cristiana de la humildad, ha llegado pues, él mismo, a proponer una forma de humildad y de sobriedad no menos radical que la cristiana, aunque, a diferencia de ésta, sin camino de salida. No «virtudes», sino precisamente «necesidades». 

También para la Escritura nosotros somos una nada, pero una nada amada por Dios, ¡y aquí está toda la diferencia! Más aún, cuanto más somos nada, vacíos de nosotros mismos, tanto más el amor de Dios encuentra espacio para llenarnos de su todo. También por el Evangelio, se ha visto que no tenemos, por nosotros mismos, ninguna «posibilidad», ni de pensar, ni de querer, ni de hacer: «Sin mí no podéis hacer nada», dice Jesús. Pero sabemos y experimentamos concretamente que, en la fe, Dios nos ofrece toda posibilidad, puesto que «todo es posible para quien cree» (Mc 9,23). 

Terminamos con las palabras de un salmo que nos permite transformar en oración la exhortación que el Apóstol nos ha dirigido con su enseñanza sobre la humildad:

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí.
(Sal 130).

©Traducción del original italiano Pablo Cervera Barranco

[1] Santa Teresa de Jesús, Castillo interior, 6ª morada., cap. 10.
[2] El libro della B. Angela da Foligno, 737 [trad. esp. Santa Angela de Foligno, Libro de la vida: vivencia de Cristo (Sígueme, Salamanca 1991)].
[3] Martín Lutero, Comentario al Magníficat, ed. Weimar VII, 555s [trad. esp. El Magnificat seguido de «Método sencillo de oración» (Sígueme, Salamanca 2017)].
[4] Imitación de Cristo, II,2.
[5] Blaise Pascal, Pensamientos, n. 150 Br.
[6] Martin Heidegger, Essere e tempo, II, c. 2, par 58 (Longanesi, Milán 1976) 346 [trad. esp. Ser y tiempo (Trotta, Madrid 2009)].


Vea la primera predicación del P. Cantalamessa: "No os amoldéis a este mundo"

Vea la segunda predicación del P. Cantalamessa: "Que vuestro amor no sea fingido".