viernes, 15 de marzo de 2019

El papa Francisco propone una Cuaresma ecológica

Convirtamos el desierto de la creación en un jardín de comunión con Dios



Para los 40 días anteriores a la Pascua, el Papa propone  “entrar en el desierto de la creación” para que vuelva a ser “aquel jardín de la comunión con Dios” para llevar la “esperanza de Cristo a la creación y liberarla de la esclavitud de la corrupción.
¿Y cómo se puede lograr esto? Francisco vuelve a proponer, en su mensaje para la próxima Cuaresma publicado hoy martes, las 3 herramientas de los tiempos de crecimiento espiritual: el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.
Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.
Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece.
El mensaje para la Cuaresma 2019 usa el lenguaje de la ecología y muestra una gran esperanza: “volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”.
“La “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3)”, escribe.
Y añade: “Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.
Francisco une ser humano y creación destacando que “si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo, y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención”.
“La creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano”, añade.
Todo queda unido, entonces cuando el amor cambia la vida de las personas -espíritu, alma y cuerpo- y “con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís.
En cambio, advierte, “cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca”.
“Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse”, constata el Papa.
“El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto”, añade.
Francisco escribe que el pecado “lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás” y que “cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil”.
Pero “el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual”.
“Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”, insiste.
Y recuerda que “la Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna”.

Este es el mensaje completo del Papa para la Cuaresma de 2019, titulado “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19):
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma).
De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).
Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación.
San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.
Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano.
Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87).
Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.
Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11).
Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.
El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18).
Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17).
En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).
Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión.
Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21).
La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.
Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.
Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece.
Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).
Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).
No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.
Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales.
Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.
(Sugerencia del Papa Francisco del año pasado, pero vale también hoy)

























jueves, 14 de marzo de 2019

Un exorcista da 4 «armas espirituales» para enfrentarse a Satanás: casco, armadura, espada y escudo



El capuchino Paolo Carlin atiende cada año a más de 900 personas


Las armas de la fe sirven como coraza al cristiano en su lucha contra Satanás / Imagen de la película de El Señor de los Anillos
Las armas de la fe sirven como coraza al cristiano en su lucha contra Satanás / Imagen de la película de El Señor de los Anillo
El fraile capuchino Paolo Carlin es desde hace años el exorcista
de 
las diócesis de Faenza-Modigliana y de Ravenna-Cervia así
como el portavoz de la Asociación Internacional de Exorcistas.
Pero además es discípulo e hijo espiritual del padre Amorth,
posiblemente el exorcista  más conocido del último siglo.
Este religioso explica tras su gran experiencia cómo reconocer los
casos de posesión diabólica
 y cómo se debe intervenir y acompañar
a personas con problemas espirituales.
Cada año escucha a unas 900 personas que acuden a él pensando
que están poseídas por el demonio.
 Muchas no lo están, pero sufren
mucho por distintos problemas y también es su labor ayudarlos en sus
problemas espirituales.
Colocar a Dios en el centro de la vida
En una entrevista explicaba que todas estas personas que le llaman
 “encuentran a Dios de nuevo, si de verdad lo escogen a Él. Es sólo
cuestión de tiempo. Un tiempo que establece el Señor. Todos vuelven
a trabajar con serenidad, ven a los amigos de nuevo, redescubren la
paz y la concentración familiar en el estudio. Jesús, con su luz de
resurrección, atraviesa la oscuridad del maligno. Simplemente hay
que volver a colocar a Dios en el centro de sus vidas,
 en sus
pensamientos, sentimientos, comportamientos y retornará la paz
y la salud”.
paolo-carlin
El capuchino Paolo Carlin es el exorcista de dos diócesis italianas y cada año atiende cientos de peticiones de personas que creen ser atacadas por el demonio
Este exorcista recuerda que el demonio existe de verdad. “Luchamos contra un quién y no una cosa. El verdadero engaño de Satanás es hacernos creer que él y el mal no existen. En cambio, es el origen del mal. El mal, el sufrimiento y la muerte no fueron dados por Dios, que es el Dios de la vida. Jesús lucha contra un ser espiritual e incorpóreo, un ángel rebelde, malvado, pervertido y perversor, que afirma oponerse a Dios porque ha escogido el pecado del orgullo: creerse uno mismo como Dios”, explica.
De este modo, el demonio toma la apariencia de “nuestros deseos, necesidades, proyectos, aspiraciones, sentimientos. Los pervierte. Y ahí empieza el mal. El hombre seducido por él se convierte en la causa del mal”.
¿Cómo detectar estos síntomas?
El padre Carlin afirma que “todo lo que no pertenece a la voluntad de Dios es malo. El criterio de referencia siempre es Dios. Me doy cuenta de que la acción de Satanás cuando hay arrebatos repentinos e irrazonables, sueños recurrentes y premonitorios, problemas de salud, trabajo o de afecto, y no hay explicaciones plausibles. Son realidades sospechosas. Satanás no ataca a quienes tienen el ego en el centro de sus pensamientos, sentimientos y comportamiento. Esos son ya suyos por el orgullo”.
El exorcista italiano agrega que “el diablo insinúa y corrompe, influye en el indeciso. La lucha es desigual porque él es un ángel. Si uno está solo, sin Jesús, ciertamente pierde y sufrirá en esta tierra y se arriesga a la condenación eterna. Desafortunadamente, muchos no se dan cuenta de lo que sucede porque son víctimas de una pseudocultura que dice: ‘el mal y Satanás no existen’”.
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El Rosario es una oración que el demonio teme
Por ello, el padre Carlin aconseja “poner en orden la vida, humana y espiritualmente, con la ayuda de un sacerdote. A la luz de Dios es como hay que tomar las decisiones, pensamientos y acciones. A nivel espiritual, hay que utilizar los instrumentos que Dios me ha dado para evitar el engaño y la tentación”.
Las "armas espirituales"
El exorcista ofrece estas “armas espirituales” que el mismo Jesús dio al hombre, y que explica en una entrevista en Catholic Digest. Sirven como una protección para el cristiano y que está conformado por una armadura, un casco, un escudo y una espada:
- El casco: Esta protección está realizada por el Evangelio, la Palabra de Dios, que protege la mente de los pensamientos obsesivos, la depresión, la confusión y el miedo. Si Jesús con sus enseñanzas y gestos está presente en nuestra mente no hay lugar para el enemigo allí. “Esto se logra mediante la repetida y constante escucha de la Palabra de Dios”, recuerda este sacerdote.
- La espada: La oración, sobre todo en momentos de tentación, bloquea el trabajo del enemigo.  La oración es el diálogo con Dios, María y los santos, y el enemigo diabólico teme particularmente el Rosario. Las oraciones de acción de gracias manifiestan un corazón humilde, que rechaza el orgullo que el enemigo busca instigar en la persona.
- La armadura: Los sacramentos son la protección del alma y el cuerpo. La Eucaristía pone en comunión íntima con Jesús y es la fuerza de los cristianos. La confesión acerca a Dios y según este sacerdote puede ser incluso más poderosa que el exorcismo en la medida en que es, como todos los sacramentos, una acción directa de Dios en la vida de la persona. Además, se caracteriza por la humildad, que contrasta con el orgullo de Satanás.
- El escudo: La fe supone el mejor escudo para el cristiano a la hora de rechazar las tentaciones y acciones extraordinarias del maligno. Se nutre al escuchar repetidamente la Palabra de Dios, a la oración constante y a la recepción frecuente de los sacramentos.
J. Lozano-Re




















castidad




































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miércoles, 13 de marzo de 2019

¿Quieres llevar la cruz esta Cuaresma? Sigue el consejo de este sacerdote


El sacerdote Bill Peckman, párroco de la iglesia Pedro y Pablo de Boonville, y de la iglesia San José de Fayette, ambas de Missouri, Estados Unidos, compartió en su cuenta de Facebook una reflexión sobre lo que significa que cada uno debe llevar su cruz y seguir al Señor.
Según el sacerdote, muchos toman estas palabras como símbolo de que debemos aceptar nuestras cargas, imperfecciones, combatirlas y seguir al Señor. Pero, según indica él, la cruz era más que una mera carga.
“La cruz era un medio de ejecución. Ejecución dolorosa”, indicó el Padre Peckman ¿Uno caminaría junto al pelotón que eventualmente nos fusilaría? Cristo caminó con el madero donde lo matarían, era más que una carga.
Es vivir recordando que en algún día moriremos, pero más aún, seremos presentados antes Dios ¿Estaremos preparados para ese momento? No es solo aceptar las cosas malas que tenemos, es intentar vivir como si mañana Dios nos someterá a juicio.
Sí, es aceptarse a uno mismo, pero eso es tan solo un paso más. Uno debe tener como objetivo el cielo, y vivir para alcanzarlo, teniendo en cuenta cómo es uno.
El Padre concluye: “Tal vez esta es la razón por la que Jesús nos pide, después de decirnos que tomemos nuestra cruz: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mateo 16, 26).
ChurchPOP














lunes, 11 de marzo de 2019

Lo que los santos enseñan sobre la voluntad de Dios esta Cuaresma


La autora y profesora de filosofía, Carrie Gress, escribió una nota en el National Catholic Register sobre lo que los santos pueden enseñarnos sobre la voluntad de Dios, especialmente en Cuaresma.
Según Gress, actualmente estamos viviendo una idolatría a la propia voluntad. Por lo que no es atractiva la propuesta cristiana de rendirse ante una voluntad ajena, como la de Dios.
Sin embargo, la vida de los santos nos enseña lo contrario. Entre más te rindes frente a Dios y su voluntad, más feliz eres.

“Abraza la voluntad de Dios y estarás lleno de gozo y paz”Santa Rosa Filipina Duchesne

“La santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría. La fidelidad hace santos”
Santa Teresa de Calcuta

Dios ordena la vida de uno, como indica la autora, “es simplemente la receta para la santidad y el crecimiento de la civilización”.
Muchos indican que esto es una forma mediocre de vivir la vida, pues sería fácil vivir sabiendo que hay una voluntad externa a la que podemos culpar de nuestros errores.
Sin embargo, según Gress, este tipo de vida no es tan sencilla como parece, pues se suele tener muchos momentos sin saber cómo comunicarse con ese Dios para conocer su voluntad.
Ante esto, los santos nos enseñan una herramienta esencial para conocer la voluntad de Dios: la oración.

“La oración es la acción deliberada y perseverante del alma. Es verdadera y perdurable, y llena de gracia. La oración une el alma a Dios, y la hace una con la voluntad de Dios” 
Julián de Norwich

Es gracias a la oración que podemos unir nuestra voluntad, nuestro “Sí, hágase”, con la voluntad de Dios, que es el llamado a nuestra plenitud y felicidad.
Fueron los santos los que han otorgado reflexiones, oraciones, recordatorios de la importancia de los sacramentos, ejercicios espirituales, y demás formas de orar para así conectarnos con Dios y su voluntad; tanto en Cuaresma como en otros tiempos litúrgicos.    
ChurchPOP