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martes, 25 de febrero de 2025

La justicia de Dios y del hombre: lección de misericordia

 

Ojciec i córka robią z dłoni serce

La justicia nos invita a reflexionar sobre cómo juzgamos a los demás y cómo podemos aplicar en nuestra vida una justicia más sabia, compasiva y redentora

El mundo del Internet actual facilita el acceso a contenidos que, sin una adecuada formación y guía, pueden llevar a los más pequeños por caminos equivocados, ya que aún no han desarrollado una conciencia plena, por lo que al entrar en dichos contenidos, lo hacen sin ser plenamente conscientes del peligro espiritual. Ahí entra la justicia de Dios en el hombre.

Hay quienes quedan profundamente preocupados, incluso después de la confesión. Pues, algunos se preguntan ¿he perdido la "entrada al cielo" por haber participado en algo que desconocía que era malo? Sin embargo, es necesario explicarle al niño cómo actúa la justicia de Dios, ya que no se castiga a quien actúa sin conocimiento ni consentimiento pleno.

La justicia divina y la justicia humana

Episodios así nos invitan a reflexionar sobre la diferencia fundamental entre la justicia divina y la justicia humana. En España, por ejemplo, el derecho se rige por el principio ignorantia juris non excusat; es decir, "la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento". 

Esto significa que, aunque una persona no conozca una norma legal, sigue siendo responsable de su incumplimiento. La sociedad necesita este principio para garantizar el orden y la convivencia, evitando que la ignorancia sea utilizada como excusa para eludir responsabilidades.

Sin embargo, la justicia de Dios es distinta. La teología moral católica enseña que para que un pecado sea considerado mortal deben cumplirse tres condiciones esenciales: 

  • Materia grave
  • Que se cometa con pleno conocimiento 
  • Que haya un consentimiento deliberado

Esto nos habla de una justicia mucho más personalizada y compasiva, que no solo se fija en el acto en sí mismo, sino también en las circunstancias y en la intención de quien lo comete.

Esta diferencia debería hacernos meditar en catequesis, en los colegios y en nuestros hogares. ¿No deberíamos aspirar a imitar la justicia divina, mucho más perfecta, sabia y más justa? Una justicia personalizada, que valore cada situación en su contexto.

Pensemos en cuántas veces juzgamos con dureza a los demás sin detenernos a considerar sus circunstancias. ¿Acaso no nos gustaría que, cuando cometemos errores, se nos juzgue con la misma misericordia y comprensión que Dios nos ofrece?

Ser justos como el Padre

Acompañar a Jesús en sus penas

En un mundo donde a menudo se exige castigo inmediato y se impone el juicio sin considerar los matices, la justicia de Dios nos ofrece un modelo mucho más elevado, basado en el amor y en el conocimiento profundo del corazón humano.

No se trata de relativizar el pecado ni de justificar el mal, sino de aplicar el discernimiento necesario para comprender a cada persona en su contexto, ayudándola a crecer y a rectificar su camino.

Esta reflexión no solo es importante en el ámbito religioso, sino que también tiene aplicaciones en nuestra vida cotidiana. Como padres, educadores y miembros de la sociedad, deberíamos preguntarnos: ¿cómo aplicamos la justicia en nuestros hogares, en nuestras relaciones personales, en nuestro entorno laboral? ¿Somos rápidos en condenar, o intentamos comprender antes de juzgar?

Imitar a Cristo

Imitar la justicia de Dios no significa renunciar a la corrección ni al deber de enseñar lo que es correcto, sino hacerlo con amor, paciencia y sabiduría. Si logramos aplicar este principio en nuestra vida diaria, contribuiremos a construir familias y comunidades más comprensivas y fraternas, reflejando así la verdadera esencia del Evangelio.

Sigamos el ejemplo de Dios: una justicia que no solo castiga, sino que comprende, educa y redime. Porque en el juicio divino no hay simple castigo, sino una búsqueda incansable de la salvación del alma.

Mar Dorrio, Aleteia  

Vea también    ¿Ser instrumentos de misericordia para el bien de la Iglesia?
















lunes, 4 de marzo de 2024

¡Confesión, confesión!

Un hombre de pie en una iglesia, en contraluz.

Solo aprendiendo a pedir perdón a Dios en el confesionario podemos librarnos de la esclavitud de juzgar duramente a los demás. Foto: Vitautas Markunas, SDB / Cahopic.com

Los juicios duros sobre los demás están intrínsicamente relacionados con la falta de confesión del que juzga. Ahí queda eso. 

Cuanto más duras (y frecuentes) son las palabras que salen de mi boca significa que menos veces me arrodillo en un confesionario para declararme pecador necesitado de Misericordia.

Si señalo, juzgo y condeno alegremente, lo hago porque considero -aun sin ser consciente- que estoy por encima de todos aquellos a los que enjuicio y, por supuesto, no me considero necesitado de misericordia y perdón. Yo soy bueno, los demás malos. Yo soy listo, los demás tontos.

Y me voy transformando en una máquina de juzgar y criticar y acabo -misteriosamente para mí- muy solo.

Y me convierto en un verdadero experto en decirle a los demás lo que deben hacer con su vida sin que me hayan pedido consejo, al igual que en un gran solucionador de cualquier problema sin importar su complejidad, cuya solución comienzo siempre con mi frase más repetida, “Lo que habría que hacer es...”, esperando que sean los demás quienes recojan el guante y se pongan manos a la obra siguiendo mi sabia opinión que, si cae en saco rato, me provoca una venenosa frustración interior.

No he conocido la Revolución con mayúscula: la de Jesucristo, que consistió en amar sin límites y para ello perdonar sin límites. Y el perdón, como el amor, debe de ser bidireccional (salvo en el caso del Señor, que ama infinito e incondicionalmente y nos perdona siempre, que para eso instauró el sacramento de la confesión). Si no perdono, no seré perdonado. Si no amo, no seré amado. Si no sé pedir perdón, siempre echaré la culpa de mis fracasos y frustraciones a los demás. Y me envenenaré en mi propia bilis. Es impepinable.

Cuantas más veces me arrodillo y me reconozco pecador necesitado de Misericordia, más comprensivo me vuelvo con los demás y menos duros son mis juicios. Si yo, que he recibido tanto, fallo más que una escopeta de feria, ¿cómo puedo atreverme a juzgar a los demás? De manera que en esa confesión no sólo recibo el regalo del perdón, sino también sabiduría y amor.

¿Y si me atreviera a ir mucho más allá y pedirle al Señor mirar como Él nos mira y sus entrañas de misericordia?

Por todo esto agradezco infinito a todos esos sacerdotes que, superando el hastío que -seguro- les produce escuchar tantos pecados repetitivos y poco originales, se pasan horas al día sentados en confesionarios, perdonando en nombre del Señor de la Misericordia y algunos hasta dando consejos que iluminan y ayudan a vivir una vida más santa y por lo tanto más feliz.

Gonzalo de Alvear, ReL

Vea  también     Porqué la confesión

sábado, 1 de julio de 2023

3 pasos para juzgar cada vez menos a los demás

CONCERNED WOMAN

Criticar y juzgar menos a nuestro prójimo exige mucho trabajo por nuestra parte

«¿Quién eres tú para condenar al prójimo?«, pregunta el apóstol Santiago (Sant 4,12). En efecto, ¿quiénes nos creemos que somos, tan prestos a detectar los defectos del otro y a darles tanta importancia, «linces para atisbar los flacos de nuestros semejantes; topos para los nuestros»?

¿Cuántos de nuestros monólogos interiores son, de hecho, juicios? Nos sentimos tentados fácilmente de repartir buenas y malas valoraciones, encerrando a nuestros prójimos en las rejas implacables de nuestras apreciaciones.

Pero Jesús nos pide no juzgar a unos u otros. ¿Cómo responder a esta exigencia del amor sin con ello relativizar el bien y el mal?

¿Y la corrección fraterna?

Nos erigimos en jueces porque, en el fondo, eso nos tranquiliza. Señalar los pasos falsos de nuestros hermanos es una manera de convencernos de que somos mejores que ellos.

También es un poder que ejercemos sobre el otro, a veces incluso una venganza: «¡Si los que hablan mal de mí supieran exactamente lo que yo pienso de ellos, hablarían peor!».

CRITICS
Shutterstock | Giulio_Fornasar

Sin embargo, Jesús es claro:

«No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes. ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Deja que te saque la paja de tu ojo’, si hay una viga en el tuyo?».

Mt 7,1-4

No se trata solamente de abstenernos de palabras duras, sino sobre todo de tener una actitud interior llena de bondad, «porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Lc 6,45).

Si juzgamos, nos negamos a ser misericordiosos con nuestros hermanos, nos excluimos nosotros mismos de la misericordia, nos hacemos incapaces de recibir el perdón de Dios.

«El que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia» (Sant 2,13).

La ausencia de juicio no es falsa tolerancia, que mete el bien y el mal en el mismo saco. Jesús, además, mientras nos pide que no juzguemos, nos recomienda cierta corrección fraternal:

«Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado».

Mt 18,15

Sin embargo, Él advierte de que solo podemos guiar a nuestros hermanos y hermanas si estamos en la luz de Dios, y ello implica que empecemos por reconocernos como pecadores:

«Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Mt 7,5

No podemos quitarnos esa viga nosotros solos, únicamente el Señor puede librarnos de ella

Manual de instrucciones para dejar de juzgar a los demás

El Señor nos pide salir del juicio para entrar en la misericordia. Ante la mirada de nuestros hermanos, pero primero ante nuestra propia mirada.

¿Por qué conservamos tantas vigas que nos obstruyen la vista y nos cierran el corazón?

¿Por qué preferimos olvidar nuestra mediocridad al juzgar al otro en vez de mirar nuestro pecado cara a cara? Porque nos juzgamos, nos condenamos, y eso nos resulta insoportable.

Es cierto que la constatación de nuestros defectos y pecados es francamente desesperante… salvo si los miramos desde el punto de vista de Dios, “más grande que nuestro corazón”. Dicho de otra forma, si nos atrevemos a ponernos totalmente bajo su misericordia.

Si gritamos hacia Dios –»¡Ten piedad de mí, que soy un pecador!»–, estemos seguros de que eliminará la viga de nuestro ojo.

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No-Te Eksarunchai | Shutterstock

¿Cómo dejar de juzgar a nuestros hermanos para vivir en la misericordia?

  • Para empezar, teniendo el deseo de cambiar sobre este punto preciso y confiando incansablemente ese deseo al Señor.
  • Pero también discerniendo aquello que nos conduce más a menudo a juzgar a una u otra persona: la cólera, el rencor, la envidia, etc.
  • Por último y sobre todo, ofreciendo concretamente actos de misericordia –un favor prestado, una palabra amable, pedir perdón, una oración, etc.–, en especial con respecto a quienes, sin saberlo, son las víctimas más frecuentes de nuestro tribunal interior.

Demos gracias por los hermanos y hermanas a quienes estamos tentados de juzgar. En la Fe, alabemos al Señor por quienes son, incluso si todavía no lo vemos con claridad.

Entonces, poco a poco, el Espíritu Santo purificará nuestro corazón, iluminará nuestra mirada, nos hará capaces de ejercer nuestro juicio sobre los hechos –discerniendo la mentira de la verdad y el bien del mal– sin juzgar a las personas.

Por Christine Ponsard, Edifa

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