“Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda”

“Tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente” (Marcos 6,41).
Este Evangelio contiene un detalle que pasa desapercibido pero es importante. Jesús parte los panes pero no se los da a la gente, se los da a los apóstoles para que ellos lo hagan. Fíjate que ellos no multiplican el pan.
No lo inventan. No lo mejoran. No lo adaptan. Lo reciben partido de las manos de Cristo y lo entregan. Ya está. Esto es una imagen de lo que es el sacerdocio. el sacerdocio. Nosotros no hemos de alimentar a la Iglesia con lo que nos parece sino con lo que Cristo nos entrega ya partido: su Palabra, sus sacramentos, su doctrina.
No podemos enseñar lo que se nos ocurre en cada momento, o lo que creemos aunque sea contrario a las enseñanzas de Jesús. La palabra no es nuestra, se nos presta, somos su altavoz. Un sacerdote está para repartir lo que ha recibido, no para inventar cosas nuevas ni para proyectar sobre sus fieles teorías basadas en sus heridas y conflictos no resueltos.
Todos conocemos ejemplos. Se da muy a menudo. Cuando un cura predica una “pastoral” que contradice lo que la Iglesia enseña no está repartiendo el pan de Cristo sino el suyo propio. Sin embargo al hacerlo está utilizando un púlpito que la Iglesia le ha dado, se está aprovechando de ella. Si no fuera porque es sacerdote nadie le haría caso.
Es una de las tentaciones que tenemos los sacerdotes: creernos los dueños del pan. El día que enseñamos “nuestra” verdad en vez de la de Cristo, nos desacreditamos, dejamos de ser apóstoles fieles al depósito recibido. Y como siempre tendremos alguien que nos alabe y felicite nos creeremos soberbiamente que tenemos razón mientras toda la Iglesia está equivocada y lo ha estado durante siglos.
“El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) repara mis fuerzas” (Salmo 23). No somos nosotros quienes reparamos a nadie. Es Él quien nos conduce, nos alimenta y nos repara. Es a este Buen Pastor a quien tenemos que presentar a los fieles, no a nosotros y nuestras “bondades” de creernos mejores y más modernos que otros pastores por predicar cosas contrarias y de fácil aplauso.
El sacerdote más fiel no es el más original. Es el que tiene coraje y se atreve a repartir un pan que no es suyo sino de Jesús. Y tiene claro que no estamos para predicarnos a nosotros mismos sino solo a Él. Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda.
Francisco Javier Bronchalo, ReL
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