Detrás de muchas discusiones de pareja no hay falta de amor, sino distinto volumen emocional. Descubre cómo encontrar una frecuencia propia
Hay conversaciones que no aparecen en los cursos de
preparación al matrimonio, sin embargo, acaban teniendo más peso en la
convivencia entre la pareja que muchas de las grandes cuestiones que sí se
tratan. Una de ellas es el volumen emocional con el que hablamos.
No hablamos del tono de voz, sino del tono vital. A ese
código invisible que cada uno trae de casa y que da por supuesto que "así
se habla", "así se protesta", "así se pide" o
"así se discute". Lo curioso es que casi nadie es consciente de que
ese código existe hasta que convive con alguien que utiliza otro completamente
distinto.
Diferentes familias, distintos termómetros
Zivica Kerkez | Shutterstock
Hay familias donde una reclamación se
formula con energía, varias voces a la vez y una cierta vehemencia que nadie
interpreta como una agresión. Al cabo de cinco minutos todos están riéndose y
el asunto ha quedado olvidado. En otras casas, una frase dicha con esa misma
intensidad bastaría para que alguien se sintiera profundamente herido. No
porque sea más sensible, sino porque su termómetro interno está calibrado de
otra manera.
El comienzo de muchos malentendidos
No hablamos de violencia, ni de malos tratos, ni de
relaciones tóxicas. Hablamos de personas buenas que se quieren y que, sin
embargo, llegan agotadas al final del día porque hablan idiomas emocionales
diferentes.
A veces sucede, incluso, que quien procede de una familia
numerosa ha aprendido desde pequeño a hacerse oír entre muchas voces. Allí
levantar el tono, interrumpir o defender el propio espacio forma parte del
paisaje cotidiano. Nadie lo vive como una falta de respeto.
Es simplemente la manera que esa familia ha encontrado para organizar el caos. En cambio, quien ha crecido en un ambiente mucho más pausado recibe esa misma intensidad como una invasión. Se siente intimidado, aunque el otro no tenga la menor intención de intimidar.
Los dos creen estar actuando con absoluta normalidad.
Quizá el error está precisamente ahí: en pensar que existe
una única normalidad.Aquí podemos compararlo con la tensión arterial. Hay
personas cuya tensión habitual es diez-doce. Otras viven normalmente con cifras
distintas. Si a alguien le cambias de repente esos valores, probablemente se
encontrará mal. No porque la cifra sea objetivamente insoportable, sino porque
no es la suya.
Con la convivencia ocurre algo parecido. Cada uno llega al
matrimonio con unos valores de referencia que ni siquiera sabían que llevaban
incorporados. Hasta que el otro los cuestiona sin querer.
La situación suele hacerse especialmente evidente cuando
aparecen los suegros, los cuñados o los abuelos. Entonces no entra solo una
persona en casa; entra un estilo completo de relacionarse. Unos hablan a la
vez. Otros esperan turno. Algunos consideran normal discutir durante la comida.
Otros no conciben elevar la voz delante de los niños. Ninguno pretende
molestar. Simplemente reproducen el ecosistema del que proceden.
Hacia una frecuencia propia
BrightGridVisuals | Shutterstock
Quizá haríamos un gran favor a muchos matrimonios si, además
de enseñarles a resolver conflictos, les ayudáramos a descubrir cuál es su
punto de partida. A reconocer que muchas veces el problema no es la falta de
amor, sino la diferencia de calibración.
Porque convivir no consiste en decidir quién tiene la razón,
sino en construir un código nuevo que no pertenezca del todo a ninguno de los
dos. Hay quien tendrá que bajar algunos decibelios emocionales. Hay quien
aprenderá a no interpretar cada frase enérgica como una amenaza. Unos quitarán
hierro. Otros medirán mejor el impacto de sus palabras.
Con el tiempo, casi siempre ocurre algo hermoso
La pareja encuentra una frecuencia propia. Una forma de
hablarse que ya no es exactamente la de la familia de él ni la de la familia de
ella, sino la de ese hogar nuevo que han decidido construir juntos. Y quizá ese
sea uno de los signos más discretos del amor maduro: descubrir que lo que para
mí siempre fue normal no tiene por qué ser la medida del mundo.
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Mar Dorrio, Aleteia
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