Incluso donde parece que todo gira en torno al cuerpo, el Evangelio invita a cuidar el corazón.

El juego sencillo en la orilla se vuelve reflejo de algo más profundo: un modo de estar juntos donde el cuerpo se disfruta sin dejar de honrar la dignidad de cada uno.
En el 8 de agosto, Jesús se encuentra con un padre que le suplica por su hijo epiléptico, que “muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua” (Mt 17, 15). Los discípulos no han logrado ayudar, y el Señor les reprocha su poca fe antes de curar al muchacho. Después les dice: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza… nada os sería imposible” (Mt 17, 20). En pleno verano, esa escena parece hablar también de hijos que “caen” en ambientes que queman o arrastran, y de padres que miran la playa con mezcla de alegría y preocupación. La fe pequeña pero real puede transformar también ese lugar.
Un padre que sufre y una fe que falta
El padre de Mateo 17 no niega la realidad: su hijo está en peligro, se expone sin control al fuego y al agua. Se acerca a Jesús, se arrodilla, pide piedad. La respuesta del Señor no es una técnica, sino una llamada a la fe que actúa. No se trata de miedo, sino de confianza que busca la salvación concreta de una persona.
En la playa, muchas familias perciben riesgos distintos, pero reales: exposición excesiva del cuerpo, modos de vestir que banalizan la intimidad, grupos que normalizan miradas y comentarios que hieren. También ahí la fe se ve probada; no basta con lamentarse, hace falta una confianza en Cristo que inspire modos nuevos de estar, educar y acompañar.
San Domingo: pasión por la verdad y respeto por las personas
La memoria de santo Domingo de Guzmán presenta a un sacerdote que no se conformó con ver errores desde lejos. Entró en ambientes difíciles, dialogó, predicó, fundó una orden al servicio de la verdad. Su radicalidad evangelizadora no se traducía en condenas superficiales, sino en dedicación paciente para que las personas conocieran el rostro auténtico de Cristo.
Su ejemplo sugiere un estilo para la presencia cristiana en la playa: no huir de todo, no escandalizarse por sistema, pero tampoco dejarse arrastrar. Estar allí con una fe que ama la verdad sobre el cuerpo y la sexualidad, y que respeta profundamente a las personas. El criterio no es la moda cambiante, sino la dignidad que Dios ha dado a cada uno.
Pudor: dignidad que se protege, no vergüenza que encoge
El pudor cristiano mira al cuerpo como algo bueno y llamado a la gloria, no como algo sucio. Precisamente por eso lo protege de convertirse en objeto. En la playa, el pudor se traduce en decisiones sobre cómo me muestro y cómo miro.
Vivir el pudor en clave positiva significa cuidar el propio cuerpo para que no quede reducido a escaparate, evitar actitudes que busquen provocar o llamar la atención como si el valor personal dependiera sólo de la piel visible. También implica enseñar a los más jóvenes que hay una belleza que no se mide únicamente por centímetros de tela, sino por el respeto con que se trata a sí mismos y a los demás.
Todo esto puede vivirse con normalidad: familias que disfrutan del agua y del sol, que se visten de manera sencilla y adecuada, que evitan exageraciones y que explican, con calma, por qué ciertos límites tienen sentido. No hace falta discursos largos; la coherencia cotidiana habla por sí sola.
Mirada limpia: ver personas donde otros ven objetos
Jesús enseña en otro momento que lo que mancha al hombre procede del corazón (Mt 15, 11). En la playa, eso se manifiesta en la mirada. No es lo que entra por los ojos lo que decide todo, sino lo que hacemos con eso dentro de nosotros. Se puede mirar con respeto o con ánimo de poseer.
La mirada limpia reconoce en cada cuerpo una historia, un rostro, una familia. Renuncia a utilizar al otro como objeto de deseo, de comparación o de burla. Orienta los ojos con sencillez: evitar fijarse donde sabe que va a alimentar fantasías o juicios, no participar en chistes que rebajan, no comentar el físico de otros como si fueran cosas.
La fe “como un grano de mostaza” (Mt 17, 20) puede concretarse en pequeños movimientos interiores: desviar la mirada, elevar un breve pensamiento a Dios por esa persona, recordar que Cristo dio la vida también por ella y que merece ser vista con ojos limpios. Son gestos discretos, pero van modelando el corazón.
Respeto al cuerpo propio y al de los demás
El cuerpo es lugar de presencia de Dios, templo del Espíritu (cf. 1 Co 6, 19, aunque no esté en las lecturas del día). Cuidarlo en la playa forma parte de la fe: evitar excesos de sol, de alcohol, de riesgos innecesarios es una manera de honrar el don recibido.
El respeto al cuerpo ajeno incluye aspectos muy concretos: no invadir espacios con ruido desmedido, no dejar basura, no sacar fotos que puedan humillar o exponer a otros sin su consentimiento, no organizar juegos o bromas que pongan en situación incómoda a quien no desea estar ahí. La caridad se mide también en estos detalles.
Una presencia cristiana puede traducirse en cosas tan sencillas como recoger lo que otros dejan, ayudar a alguien que lo necesita, ofrecer un gesto amable a quien está solo, o intervenir con serenidad si se ve una humillación evidente. No hace falta identificación visible para que el Evangelio se note.
Fe en la playa: ni esconderse ni juzgar
Con santo Domingo delante, la fe en la playa no se vive escondiendo todo signo cristiano, ni levantando dedo acusador. Se puede hacer el signo de la cruz antes de entrar en el agua, rezar un misterio del rosario paseando por la orilla, proponer en familia una breve acción de gracias al final del día, hablar naturalmente de Dios en una conversación. Y se puede hacer sin convertir la arena en púlpito, sin despreciar a quienes viven de otro modo.
La clave está en llevar al Señor también allí: dejar que inspire cómo se habla, qué se calla, qué se evita, qué se propone. El Evangelio recuerda que la falta de fe tiene consecuencias concretas —los discípulos no pudieron ayudar al muchacho (Mt 17, 16)—, y que la fe, aunque pequeña, abre posibilidades. Llevar la fe a la playa es confiar en que Cristo quiere entrar en este fragmento de verano, no sólo en la iglesia.
Si al terminar agosto descubrimos que nuestra forma de estar en la playa se ha hecho un poco más respetuosa, más limpia, más consciente de la dignidad propia y ajena, probablemente haya habido ahí un pequeño milagro de ese “grano de mostaza” del que habla Jesús. Y, sin grandes gestos, habremos dejado que el Señor nos enseñe a ver y a vivir mejor incluso donde parecía que todo se reducía al cuerpo.
Luis Javier Moxó Soto, ReL
Vea también Castidad, Dignidad y Pudor
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