viernes, 28 de agosto de 2026

El divorcio: una derrota

El rechazo generalizado del divorcio fue la valla que defendió, por siglos, la santidad del matrimonio.

Una mujer abandona el hogar familiar.

Una mujer abandona el hogar familiar. 


    En cuestión de décadas, el divorcio se ha vuelto un procedimiento, tan ampliamente aceptado, que pone fin a casi la mitad de los matrimonios. Ya que el divorcio, que fue introducido en la sociedad con la excusa de asegurar la separación física de los esposos —cuando uno de ellos se ve amenazado por la violencia, el abuso o los graves vicios del cónyuge— en la práctica ha servido para que los esposos se divorcien, por cualquier razón o sin razón alguna

    Sin embargo, el divorcio no soluciona los problemas, los aumenta. Pues —al volver temporal, transitoria e inestable una unión que, por su naturaleza es vitalicia— introduce el temor, el recelo y la sospecha en el matrimonio. Esto trae como consecuencia: cónyuges abandonados, reemplazados y humillados; innumerables familias rotas y “recompuestas” a través de los artificiales remiendos llamados nuevas familias; hogares marcados por peleas, tensiones y resentimientos; hijos traumatizados por la separación de sus padres y a menudo divididos entre ellos y, abuelos que cargan con los conflictos de sus hijos y nietos. Amén de su efecto contagioso, que lo convierte —como estamos viendo— en una verdadera plaga para la sociedad. 

    Chesterton advirtió que no se debía derribar una cerca sin conocer antes lo que protege. El rechazo generalizado del divorcio fue la valla que defendió, por siglos, la santidad del matrimonio, manteniendo a la mayoría de las familias intactas. Mas, actualmente, ante un problema matrimonial, varios se apresuran a aconsejar el divorcio como vía para “ser feliz”. Olvidamos que, la aprobación general del divorcio: debilita la fidelidad y la perseverancia de los matrimonios que atraviesan por una crisis, refuerza la decisión de quienes piensan separarse y, a los divorciados les abre la puerta a “rehacer su vida” en un “nuevo matrimonio”. Además, como señaló Chesterton: “El divorcio es, en el mejor de los casos, un fracaso, y nos interesa mucho más buscar curar su causa que completar sus defectos.” 

    Desafortunadamente, en nuestra sociedad —que, privilegia la satisfacción inmediata y la autorrealización por encima del compromiso y la fidelidad— el divorcio ya no es considerado un grave mal que debe evitarse, a toda costa, sino una nueva y prometedora etapa de renovación personal. A tal grado se ha enaltecido el divorcio que, actualmente, es tendencia el convertir, por obra de la mercadotecnia, el anillo de compromiso, símbolo de amor eterno y fidelidad; en el anillo de divorcio, símbolo de identidad, autonomía, y autorrealización (1). A esto se suma, el llamado divorcio gris o de plata, como se denomina a la separación de parejas maduras que, para sorpresa de hijos y nietos deciden divorciarse, tras varias décadas de matrimonio. 

    Desafortunadamente, son pocos los que se atreven a defender las enseñanzas perennes de la iglesia respecto al matrimonio cristiano. Pues, ante la mayoritaria aceptación del divorcio, casi todos los púlpitos guardan un “prudente” silencio. ¿Para qué enemistarse con los “fieles” y remover sus conciencias adormecidas por décadas de silencio y fraternización con el mundo? Asimismo, el divorcio y otros pecados comunes en nuestra sociedad son evadidos y, no pocas veces hasta atenuados en nombre del acompañamiento y de una falsa misericordia. De ahí que, si antes la sociedad veía con horror el divorcio, hoy, aun la gran mayoría de los católicos ve natural y, moralmente aceptable el que los divorciados “rehagan” su vida con una nueva pareja. 

    No obstante, la iglesia enseña que el divorcio es una grave ofensa contra la ley natural, pues rompe, libremente, la alianza de por vida consentida por los esposos vulnerando el signo de la unión de Cristo con su Iglesia. Pues, el matrimonio no es un contrato revocable sino un sacramento que se disuelve solo con la muerte: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). Además, contraer una nueva unión por la ley civil, agrava la ruptura pues el cónyuge vuelto a casar se encuentra en una situación de adulterio público y permanente: “Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra ella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro hombre, comete adulterio” (Mc 10, 12). 

    El divorcio no es un triunfo de la libertad, sino una derrota de nuestra capacidad de amar y una muestra de que nuestros corazones se han endurecido. Es cierto que, no pocas veces, los matrimonios enfrentan tan grandes dificultades que hacen parecer al matrimonio cristiano un bello, pero difícil ideal que pocos alcanzan. Mas, no podemos olvidar que Cristo nos aseguró: “Las cosas imposibles para hombres, posibles para Dios son.” (Lc 18,27) Por ello, no debemos dudar de la gracia del sacramento del matrimonio el cual, asiste siempre a los esposos que viven en gracia y desean ser fieles a Dios y a sus promesas matrimoniales. Ya que solo con la gracia de Dios, los esposos pueden practicar la caridad, el amor sobrenatural que “…no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Cor 13,5-7). 

    La institución del matrimonio está en crisis debido, en gran parte, a que los católicos hemos dejado de ser luz del mundo y sal de la tierra pues cohabitamos y nos divorciamos, prácticamente, en igual porcentaje que los no católicos. Hemos olvidado que, como señaló Fulton Sheen: “Una civilización regida por el divorcio está ya juzgada, y condenada a desintegrarse. Podrán pasar algunas décadas antes de que los quebrantos en la familia se vuelvan terremotos en el orden político, pero nada impide que digamos que la civilización está muerta, aunque todavía no esté erigido el sepulcro. «Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto» (Ap 3, 1)”. 

    Ante la enorme presión, de un mundo que rechaza las perennes enseñanzas de la iglesia, sobre la institución del matrimonio, debemos recordar que la indisolubilidad del matrimonio no es un asunto baladí. Por el contrario, es de tan gran importancia que muchos hombres —San Juan Bautista, San Vistano, San John Fisher, Santo Tomás Moro, beatos: Ricardo Bere, Eduardo Powell, Tomás Abel y Margarita Pole, los frailes franciscanos conocidos como Mártires de Georgia, San David Galván, beato Otón Neururer, beata Laura Vicuña, etc.— han ofrecido su vida por defender la santidad del matrimonio. La verdad del matrimonio que Jesús reveló a sus apóstoles y que nosotros, como parte de la Iglesia, tenemos el honor y el deber de transmitir, de mantener y de defender. (1) 

    https://www.glamour.mx/articulos/anillos-de-divorcio-que-son-ideas-de- disenos

     Angélica Barragán, ReL

    Vea también     El divorcio no es solución





    No hay comentarios:

    Publicar un comentario