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domingo, 22 de marzo de 2026

¿Qué debe cumplir una pareja para casarse por la Iglesia?

El matrimonio cristiano es un sacramento cuyas pautas están muy bien establecidas.

El matrimonio se contrae ante Dios y el vínculo permanece hasta la muerte.

El matrimonio se contrae ante Dios y el vínculo permanece hasta la muerte.Amor santo / Cathop



    El matrimonio cristiano no es solo una ceremonia, sino un sacramento y toda una vocación. Es un proyecto de vida que se construye día a día, con paciencia, perdón, ternura y compromiso. Por eso, todos los pasos a dar son muy importantes, desde la preparación a la celebración misma del matrimonio. 

    Lo primero es tener claro qué es el matrimonio; según el canon 1055 del Código de Derecho Canónico, es "una alianza irrevocable entre un hombre y una mujer ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos".

    Todos los pasos que dar

    Y, para que un matrimonio sea válido y lícito, la Iglesia exige antes una serie de condiciones que pueden agruparse en cuatro grandes bloques:

    •  Tener capacidad para casarse (aptitud jurídica)

    La Iglesia establece impedimentos que, si existen, hacen inválido el matrimonio. Entre los más importantes está la edad mínima: 16 años cumplidos en varones y 14 años cumplidos en mujeres. Las conferencias episcopales pueden elevar esta edad (en España, se exige mayoría de edad civil). 

    También es fundamental tener libertad para casarse, que ninguno de los dos conyuges esté unido por un vínculo matrimonial previo. No deben existir impedimentos graves, como sufrir impotencia, tener un parentesco directo, tener un orden sagrado, haber hecho un voto público de castidad, cometer rapto o un crimen (causar la muerte del cónyuge del otro para casarse).

    Si existe un impedimento, puede pedirse dispensa, salvo en los impedimentos que la Iglesia considera absolutos.

    • Consentimiento matrimonial válido

    El consentimiento es el elemento esencial del matrimonio. Debe ser libre, consciente, indisoluble y acogido a la apertura a la vida y al bien mutuo de los esposos. Se debe expresar personalmente y no puede sustituirse por un representante salvo casos excepcionales.

    • Forma canónica

    Para que el matrimonio sea válido, debe celebrarse según la forma establecida por la Iglesia (canon 1108).

    Debe hacerse ante el ordinario del lugar, el párroco o un sacerdote/diácono delegado. Y dos testigos (existen excepciones, por ejemplo, peligro de muerte sin posibilidad de sacerdote).

    También es necesaria la preparación y el expediente matrimonial, aunque no afecta directamente a la validez, sí es obligatorio para la licitud. 

    El expediente matrimonial incluye certificados de bautismo, fe de vida y estado, investigación sobre libertad para casarse, entrevistas personales, curso prematrimonial (la Iglesia exige una preparación adecuada para comprender el sacramento).

    También podrían ser necesarios permisos especiales en matrimonios mixtos (católico + bautizado no católico) o con disparidad de cultos (católico + no bautizado). 

    En los dos casos, el cónyuge católico debe comprometerse a mantener su fe y hacer todo lo posible por bautizar y educar a sus hijos en la Iglesia Católica, siendo el otro contrayente informado de esta promesa.

    ReL

    Vea también     Espiritualidad del Matrimonio




    sábado, 13 de enero de 2024

    ¿Casarse por la Iglesia o por lo civil? Seis razones por las que el matrimonio religioso «marca la diferencia»

    Del sacerdote Ignacio Amorós: no se puede romper;
    previene de los celos, invita a dar la vida…


    Cada vez menos se casan, en general, pero particularmente "por la Iglesia". Quizá una de las razones haya que buscarlas en que la sociedad no encuentra motivos para acudir al sacramento en lugar de a una unión civil. El sacerdote Ignacio Amorós ofrece seis poderosos argumentos en "Tocar a Dios. Los sacramentos de la Iglesia hoy".

     

    Cada vez son menos las parejas que se casan "por la Iglesia". La última memoria de actividades de la Conferencia Episcopal Española correspondiente a 2022 cifra en algo más de 35.000 los matrimonios católicos celebrados en todo el año en España.

    Diez años antes, en 2012, los matrimonios celebrados fueron casi 63.000 y hace 15 años, las 113.000 bodas celebradas triplicaban las de 2022.

    No son pocos quienes hablan de una "caída en picado" a la que cuesta encontrar una explicación clara.

    La Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española explicaba el descenso en 2017 en base a "la falta cada vez mayor de capacidad de comprometerse las personas", lo que a su vez puede deberse a "la falta de fe", ya sea religiosa o de mera "confianza en el otro".

    También aludía a una tendencia generalizada "que no cree en el amor",  lo que también se explica con cifras: de los 84.512 divorcios y separaciones que tuvieron lugar solo en 2022, más de la mitad tenían hijos, por lo que al menos 42.000 jóvenes -solo en un año- han visto destruido el concepto de amor y seguridad familiar de su hogar.

    Por su parte, el director de la Cátedra Amoris Laetitia de la Universidad de Comillas, Fernando Vidal, argumenta que esta disminución podría deberse al "desenganche de los católicos no practicantes respecto a la Iglesia", así como el hecho de "abandonar los formalismos": según él, "una proporción alta de los matrimonios por la Iglesia no tenía motivaciones realmente religiosas", sino más bien sociales o de tradición.

    Una reflexión útil para abordar el descenso de matrimonios podría ser, en lugar de por qué la gente no se casa por la Iglesia, plantearse las razones por las que la gente debería hacerlo.

    Quizá ser consciente de que no muchas parejas y novios cristianos puedan dar estas razones, y que incluso jóvenes de formación cristiana renuncian a dar el "sí quiero" ante el altar, es lo que ha llevado al sacerdote Ignacio Amorós a responder concretamente a esta pregunta en su libro Tocar a Dios. Los sacramentos de la Iglesia hoy (Nueva Eva).

    Licenciado en ADE, doctor en Teología y colaborador de las Misioneras de la Caridad, Rodríguez-Fraile desarrolla en Tocar a Dios una suerte de catequesis sobre los sacramentos, salpicada de arte e imágenes ilustrativas y combinando las explicaciones sencillas y directas con argumentos sesudos fundamentados que ante todo tienen una misión: dar al lector razones para creer, pues como él mismo explica, "a Dios no siempre lo vas a poder sentir, pero siempre lo vas a poder tocar".

    ¿Por qué casarse por la Iglesia cuando cada vez menos lo hacen? Ofrece seis razones:

    1º Marca una diferencia

    Una de las primeras preguntas que se plantea el sacerdote es la diferencia entre un matrimonio cristiano y uno no cristiano.

    "Casarse por la Iglesia es un sacramento y todo lo que sucede es diferente, porque cuentas con Dios en tu matrimonio. Los esposos reciben una gracia de Dios para poder vivir esa realidad natural de manera sobrenatural y santificarse. Es de ley natural que dos personas se enamoren. Jesucristo eleva el matrimonio natural a la categoría de sacramento para que los enamorados puedan recibir su ayuda y su gracia específica para amarse cada día mejor y para que el matrimonio sea para siempre".

    2º Mucho más que un acuerdo que se puede romper

    Entre otras razones, el sacerdote valora el matrimonio -"unión de un hombre y una mujer abiertos a la vida y con un reconocimiento público"- como "mucho más que un acuerdo que se puede romper por cualquiera de las partes".

    "Es una alianza libre con Dios, indisoluble" y que tiene como fines la transmisión de la vida y el bien de los esposos, lo que no tiene por qué darse en las uniones civiles. En el matrimonio, en resumen, los contrayentes juran hacerse el bien mutuo y procurar los hijos.  "Es el amor de dos amigos que se ha vuelto exclusivo y en el que se entrega la intimidad sexual. Un amor total y fiel".

    3º La "ayuda especial": "Hace que el amor no dependa del sentimiento"

    El sacerdote comprende los miedos que pueden surgir antes de "dar el paso", preguntas como "¿Seré capaz?" o "¿Y si pasa esto o lo otro?". Pero menciona que, en el matrimonio, "Dios otorga gracias especiales que permite a los esposos perfeccionar y santificar su amor". Entre ellas, menciona "el vínculo conyugal" que, por encima de lo familiar, lo religioso o de la amistad "es exclusivo y perpetuo". "Un candado de amor" para que este "no dependa de los sentimientos ni nada circunstancial". Se refiere al segundo efecto del matrimonio, la gracia, que permite "saber amar más perfectamente al otro para ser fuel, perdonar, tener paciencia… perfecciona el amor".

    Tocar_a_Dios

    4º Antídoto contra los celos, el egoísmo y los juegos de intereses

    Comenta que por su propia naturaleza, el matrimonio "sana el desorden de buscarse a sí mismo y del egoísmo". Al ser "para entregarse por amor", es más fácil de evitar los "juegos de intereses de yo te doy esto y tú me das lo otro" o "yo no te molesto en esto si tu no me molestas con lo otro". También previene de los celos, ya que surgen de una "inseguridad y desconfianza" en el cónyuge que la gracia del matrimonio y Dios "ayuda a sanar".

    5º Amar hasta dar la vida

    Bastan 5 minutos preguntando a Google para que arroje cientos de respuestas sobre lo que más valoran los contrayentes en las parejas de hecho: "El apoyo incondicional o de corazón a ideas locas de uno", "respetar el espacio de cada uno"…

    Valorando un estudio de la red social Badoo sobre las relaciones de pareja, la psicóloga y sexóloga María Esclapez afirma que "si una relación sale mal, puedes encontrar a más personas con las que construir una relación sana". Esta y otras profesionales valoran "las diez cualidades de la pareja perfecta", que son "la honestidad, la lealtad, el sentido del humor, la personalidad divertida, estabilidad, confianza, cuidado, el apoyo, la apariencia física o el dinero".

    Todos esos parámetros pueden ser buenos e incluso necesarios, pero entre ellos no se menciona una condición que para el sacerdote Rodríguez-Fraile también es crucial y diferencial del matrimonio: el objetivo de "amar hasta dar la vida". "La imagen que mejor refleja el amor en el matrimonio es Cristo crucificado. Ahí vemos a Cristo, el Esposo, entregando su vida por su Esposa, la Iglesia. Eso es lo que vemos en el matrimonio cristiano. Por eso dicen que el amor en el matrimonio tiene forma de cruz, porque se entrega totalmente".

    6º Misión de hacer feliz y santo al otro

    Otro rasgo que marca la diferencia entre las parejas de hecho y el matrimonio es que este es "un camino para llegar al Cielo". Así, un matrimonio cristiano no se basará en el "respeto al espacio de cada uno" o a "las ideas locas", sino en la "misión de hacer feliz y santo al otro, de ir juntos al Cielo". En ninguna fórmula como en "el matrimonio por la Iglesia" se encuentra tan arraigado el llamado a los contrayentes de "entregarse, ser generoso, cuidar las formas, sacrificarse y buscar en todo hacer feliz" al otro.

    José María Carrera, ReL

























    martes, 15 de agosto de 2023

    Las más bellas homilías del anglicano converso Ronald Knox sobre el amor conyugal: «Dar y dar»

    Fue uno de los predicadores más solicitados
    en la primera mitad del siglo XX


    Ronald Knox era clérigo anglicano. Después de su conversión al catolicismo fue ordenado sacerdote. Fue un predicador muy celebrado. 

    Ronald Knox (1888-1957), sacerdote converso al catolicismo desde el clero anglicano y autor de una sublime traducción de la Biblia al inglés, fue un orador muy notable. Algunas de sus homilías sobre el noviazgo y el matrimonio se acaban de recoger en un volumen que comenta Julian Kwasniewski en Catholic Exchange:

    Una cuestión de dar y dar

    Sacerdote católico y converso del anglicanismo, Ronald Knox fue uno de los predicadores más famosos de Inglaterra en las décadas próximas a la Segunda Guerra Mundial. Bastante excéntrico, la brillantez lingüística de Knox se manifestó desde su más tierna infancia cuando, en la secundaria, escribía relatos por entregas para un periódico en latín que creó con sus hermanos.

    Educado en Eton y Balliol, Knox se convirtió al catolicismo desde las filas del clero anglicano en 1917 y rápidamente fue ordenado sacerdote católico: acabó creando la "Biblia de Knox", una traducción totalmente nueva con el toque distintivo de una redacción semiarcaica e inusual. 

    A lo largo de su vida, Knox fue un predicador muy solicitado. Cuando se cansaba de reutilizar un sermón para la misma ocasión (graduaciones, bodas, etc.), lo publicaba y lo sacaba de circulación.

    Una de esas recopilaciones es Bridegroom and Bride, un pequeño volumen de homilías para bodas reeditado recientemente por Cluny Media, que ha reeditado varios de sus libros. Las amonestaciones homiléticas de Knox a los recién casados constituyen un pequeño tesoro del que pueden extraerse ideas "nuevas y antiguas".

    'Bridegroom and bride' de Ronald Knox.

    Al igual que su íntimo amigo Hubert van Zeller (otro de mis autores favoritos), Knox escribe que el verdadero amor romántico es una cuestión de "dar y dar", no de "dar y recibir": "El cínico te dirá que la felicidad conyugal es una cuestión de dar y recibir. No le creas; es cuestión de dar y dar". Los esposos "se administran el sacramento el uno al otro, no tanto aceptando" el regalo del otro como "permaneciendo allí en silencio y haciendo, cada uno a su vez, el regalo que está siendo aceptado".

    Knox se explaya sobre el simbolismo del anillo en varios pasajes encantadores: "Los dos habéis aceptado ese deber cristiano, dentro del estrecho círculo del que el anillo de boda es el símbolo".

    La imagen de Dios

    He aquí otra hermosa afirmación de cómo el matrimonio refleja la naturaleza de Dios en el hombre: Dios es una comunión de personas, y ser "a imagen de Dios" es ordenarse también a una comunión de personas. Porque llevamos la imagen de Dios, no es natural que el hombre esté solo; es natural que el hombre diga a la mujer: "Yo te desposo, yo te adoro, yo te doto, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén".

    Aunque existe una vocación al celibato dentro del cristianismo, no obstante "es natural que el hombre o la mujer contemplen una imagen del mundo enmarcada en una compañía humana; ¿acaso no vemos mejor con dos ojos que con uno solo?".

    Esta atracción natural se siente en varios niveles: "Así como no se puede decir con seguridad: 'Aquí termina el cuerpo y comienza el alma', tampoco se puede decir con seguridad, hablando de dos amantes: 'Aquí hubo una atracción física y aquí una espiritual. Las dos están entrelazadas".

    Esta base en la naturaleza es elevada, no suplantada por la gracia del sacramento. "La gracia", escribe Knox, "no es algo que viene de fuera y dice: 'No, lo estás haciendo mal, déjame enseñarte cómo hacerlo'". Más bien "perfecciona la naturaleza, transmuta algo que pertenece a la tierra y lo hace brillar con el resplandor del cielo." El amor que se siente "es ya algo sacramental", "materia prima" que está "esperando que la acción divina la pula".

    Qué tranquilizador que Knox nos diga que "el amor divino y el humano no son extraños el uno al otro, no son fuerzas que tiran en direcciones diferentes". Como dice el confesor y amigo íntimo de Knox, Dom Hubert, en Vivimos con los ojos abiertos: "¿Traer a Dios al amor? Pero si Él ya está ahí... Dios es amor; el amor humano es simplemente un lado del mismo que se extiende hacia el otro. El amor humano está destinado a decirnos algo del amor divino. Para eso sirve en primer lugar. Para entender bien el amor de Dios, solo tenemos que aprender la lección del amor humano".

    Bridegroom and Bride no es un tratado teológico sobre el matrimonio. No es un libro de autoayuda. Es un conjunto de meditaciones sencillas, breves viñetas sobre distintos aspectos del romance cristiano y de las ceremonias que lo ratifican y lo convierten en sacramento. Provocador sin ser un tour-de-force intelectual, Knox nos recuerda "verdades comunes", que "a causa de nuestra fragilidad humana" a menudo quedan oscurecidas.

    Ante todo, es un recordatorio de que el amor romántico forma parte del plan de Dios para la humanidad, y que Él pretende sostenerlo, aumentarlo y embellecerlo mediante el sacramento del matrimonio. "¿Tu amor crece menos?", pregunta Knox: "No mientras sea alimentado por el poder que multiplicó los panes y convirtió el agua en vino. Cristo encarnado no deja de tomar todo lo que hay de más humano en nosotros y divinizarlo".

    ReL, Traducido por Helena Faccia Serrano.

    Vea también     El Amor Humano en el Plan Divino -
    San Juan Pablo II























    martes, 7 de febrero de 2017

    Del divorcio al cielo: Así reconstruimos nuestro matrimonio desde las cenizas

    Mi marido murió a todo rencor que pudiera tener contra mí para volverme a dar vida




    Lejos de pretender ser ejemplo para nadie, mi único fin al compartir mi alegría es llevar esperanza… Quien no crea en los milagros ¡Este es uno! Tuve que pisar el infierno, conocer y convivir con sus habitantes para valorar el cielo y el ángel que tú eras en mi vida.

    Pasaban los días, luego semanas y esas semanas se convirtieron en años y tú, esposo mío, seguías esperándome, fiel al amor que hoy hace 19 años juraste ante Dios tenerme. Y yo seguía con mi corazón ciego y negado a recibirte por miedo a fracasar.

    Sin embargo, con toda mi fe puesta en descubrir la voluntad de Dios para nosotros, nunca dejé de rogar por un milagro, el de rescatar mi matrimonio y por ende mi familia.

    Con perseverancia, día con día le rogaba a Dios me abriera el corazón y la razón. En mi oración diaria siempre pedía: “Señor, quítame eso que no te he sabido entregar y dame aquello que no te he sabido pedir. Aparta de mí lo que me aparte de Ti y nunca permitas que ningún amor humano me separe de tu corazón“.

    El reencuentro de nuestros corazones, la fusión de nuestras almas fue fruto de un inmenso dolor mas hoy tiene su recompensa: tú y yo juntos nuevamente escribiendo una nueva historia de amor, la de 2 adolescentes que un día se conocieron, se amaron, se casaron, tuvieron hijos, fueron muy felices y luego se odiaron; se divorciaron, tocaron el infierno al estar separados y hoy Dios les permite reencontrase más maduros, sólidos y fuertes que nunca para ahora sí terminar la vida juntos y reconstruir un matrimonio desde los escombros y con nuevos cimientos.

    Hoy puedo gritar a los cuatro vientos con enorme júbilo y hasta al llanto de la emoción que las páginas del libro de nuestra relación están en blanco y comenzamos de cero, sin rencores, sin nada que perdonarnos pues ya todo fue sanado por Obra y Gracia de Dios y por tu voluntad y la mía.
    Yo te prometo que cada lágrima, cada dolor y cada sufrimiento que te pude haber causado, los haré desaparecer de tu memoria con mi amor incondicional, mis cuidados, mi cariño, mi respeto, mi lealtad y fidelidad. Elegí amarte a ti y solo a ti de una manera sana y libre: quiero quererte.

    Hoy sé que puedo vivir sin ti, no te necesito para ser feliz (ni tú a mí), mas elijo no hacerlo y regresar a ti. No siento mariposas volando ni un amor desenfrenado, esta vez te quiero conmigo de manera consciente y racional pues tu ejemplo de vida me hace ser mejor persona. Voy con todo para lograrlo, en especial con la Gracia de Dios para cumplirlo.

    No deseo otra cosa más que permanecer en tus brazos y en tu corazón latente, no pienso buscar la felicidad fuera de ti. Nunca más me dejes salir de ahí. No te voy a decir que daría mi vida por ti pues a esta, días le faltarían para poderte amar de la manera que deseo y que tú mereces.
    Gracias por nunca dejar de creer en este amor, fruto de un sacramento bendito. Tú, yo y este matrimonio rescatado de entre las cenizas y donde el asco se transformó en deseo y las lágrimas en bendiciones, son un MILAGRO fehaciente de lo que una vida de oración y fe, junto con una vida de sacramentos puede lograr.
    Gracias, Dios, por quitarme la venda de los ojos y de mi corazón; por permitir que volviera a creer y por sembrar en mí esa pequeñísima semilla de voluntad, que fue la que me dio el último empujón para decir: sí quiero intentarlo y hacer que funcione. 

    Gracias, vida; gracias y PERDÓN a nuestros hijos. Gracias a todos los que nos acompañaron en este proceso y en la toma de decisiones. En especial a ti, MI JESÚS SACRAMENTADO, y a mi Santísima Madre, la Virgen María, pues por su Gracia y Milagro hoy estoy de regreso.


    23 de septiembre de 1995 – 23 de septiembre de 2014 / 19 años.


    Un año después…
    Hoy 23 de septiembre 2015, 20 años de matrimonio y primer año de la segunda vuelta y ¿Qué creen? ¡Sí se pudo! ¡Si se puede! ¡Sí se podrá! 

    Cuando mi esposo y yo volvimos, no lo hicimos para “intentarlo”, volvimos con la certeza de que lo haríamos funcionar y cada día mejor. Dios y la intercesión de su Santísima Madre, nos hizo “el milagro” de volver y salvar esta familia, Sabemos que Él lleva el timón y que con su Gracia no le podemos fallar.

    La pregunta que más escucho: “¿Te arrepientes de haberte divorciado?” La respuesta aquí…

    Hace poco mi esposo y yo tuvimos una cenita con mis 2 hijos. Ahí expresamos cómo nos sentimos con ese “infierno” vivido cuando el divorcio y del cual sus padres fuimos responsables. Todos con llanto y muchísima pena escuchábamos a mis hijos cómo expresaban aquel dolor que vivieron.

    Nos decían cómo nosotros éramos su paz, su estabilidad y su seguridad y de repente nada de eso existía y su mundo se volvió inseguridad, inestable y triste.

    Yo no me cansaba de pedirles perdón y ellos, con ese amor puro y sincero que solo los hijos pueden dar, me decían: “Mamá, no guardamos ningún rencor. Aunque seguimos en el proceso de sanación, hoy estamos bien porque vemos que ustedes están bien. Dios nos ha mostrado su existencia real a cada instante. Ya pasó todo…“.

    Solo puedo decir que el mejor regalo de amor que pude haber hecho a mis hijos después de darles vida es haber vuelto con su padre y devolverles esa familia unida desde el amor que un día fuimos. No somos un matrimonio perfecto, mas sí hemos decidido hacer de nuestro matrimonio imperfecto, un matrimonio feliz. Dios hace la diferencia…

    23 de septiembre 2015


    2 años después…
    Hoy 23 de septiembre del 2016
    21 años de casados; 2 años de la segunda vuelta; 1 año de una profunda renovación de votos matrimoniales y cada día más dispuesta y agradecida con Dios por ese hombre que creó para mí para que juntos llegáramos a Él.

    Cuanto más amo a Dios, más siento amar y admirar a mi esposo. Verle y sentirle junto a mí… Reconocer en lo que he logrado transformarme gracias a él y a todo lo que me inspira. Toda una vida no me basta para agradecerle a Dios por tanto.

    Casi imposible compartir por aquí a detalle lo que ha sido nuestra historia como matrimonio, su comienzo, todo lo que provocó su caída hasta el momento de su absoluta restauración.

    Sin embargo, por justicia a Dios y a mi esposo, me gustaría compartir algunos detalles los cuales deseo que sean útiles para aquellos que lo necesiten, sobre todo, porque hoy en día es mucho más alto el número de mujeres abandonando el hogar como yo lo hice, engañada creyendo que esa era la solución y dejando hijos huérfanos de padres vivos.
    Hace unos días en Guadalajara pudimos compartir “por primera vez nuestro testimonio matrimonial completo”. Tres maravillosas horas donde yo comencé hablando así: “Si comparan mi currículum profesional con el de mi marido se darán cuenta de que el mío es mucho más amplio. Sin embargo, siendo el de él más corto, es de mayor peso porque yo le agregaría lo siguiente: hombre de Dios que rescató a su mujer del infierno y su trabajo profesional es hacerla feliz”. Estas fueron mis palabras y son reales, eso fue lo que hizo y sigue haciendo.

    Un poco de historia y de aprendizaje vivido en nuestro divorcio…

    Como Pablo de Tarso yo fui saqueada y despojada de todo lo que a una persona se le puede privar, hasta de una vocación cristiana -a la que aún hoy amo- y que con mucho dolor también tuve que entregar. Se me arrebató todo (y cuando digo todo es todo) para darme cuenta que Dios era el único a quien verdaderamente pertenecía y lo único de valor en mí.
    Pasaban los años y perdía todos los soportes y apoyos que le daban algún sentido a mi vida, que me daban sentido de pertenecia, seguridad y algo de fuerza para no morir de dolor y desesperación.
    ¿Y qué le queda al que todo ha perdido? Aferrarse a la cruz y el poder del Espíritu, ese que hoy me hace hablar. Así regresé con mi esposo, desnuda de todo, mas abrazada a la Cruz de mi Señor. En mi corazón claramente entendí sus palabras: “Tú no eres de nadie ni necesitas pertenecerle a nadie más que a mí, eres solo mía. Tú no necesitas de nada solo de mí y para llegar a mí es por él, tu esposo”.

    ¿Pero, fue Dios quien me quitó todo? No, no fue Él y no voy a entrar en esos detalles porque hasta escalofrío me da (sabemos qué sucede cuando alguien no está en obediencia a Dios). Digamos que lo permitió porque había un plan de salvación perfecto para mí detrás de todos esos eventos porque vaya que yo estaba ciega y necia.

    Ahora me doy cuenta de que Dios permitió que yo fuera despojada de absolutamente todo, ni siquiera tuve la ayuda de un grupo que me apoyara para salvar mi matrimonio, para únicamente voltear mis ojos a Él y que, a través del sacramento de la Eucaristía diaria, yo me diera cuenta que no hay más sanación que a través de Él y de su Madre.
    Dicen las Sagradas Escrituras en la Carta a los Efesios 5, 25: “Esposos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Y justo eso hizo mi esposo por mí. Creyó en mí cuando ni yo misma creía en mí y me recibió cuando todas las puertas posibles se me habían cerrado.

    Regresé a él hecha un guiñapo, enferma, herida, ultrajada, sucia y lejos de burlarse o de tener palabras de desprecio hacia mí, hizo vida estas palabras del Evangelio, murió a él, murió a su ego, a todo rencor que pudiera tener contra mí para volverme a dar vida.

    El fracaso en un matrimonio no sucede de la noche a la mañana; sin embargo, el perdón y la restauración sí se puede experimentar así de rápido. Solo se necesita desatarle las manos a Dios y con plena confianza y obediencia permitirle actuar. Así es, la obediencia es clave.

    Yo no volví con Tomás porque “sentía” amor por él, es más, sentía todo lo contrario. Sin embargo, volví por OBEDIENCIA a Dios, a una promesa hecha a Él. Dejé el “sentir” por el “querer ser obediente” y fue entonces que los milagros comenzaron a suceder.

    Hoy puedo asegurar que después de Dios él es lo más importante en mi vida y el amor más grande de mi corazón, por encima del amor a mis hijos. Aún hay mucho por contar.
    Solo deseo terminar con esta afirmación, a la cual doy mi vida por sostenerla: un matrimonio en crisis bajo el vínculo sacramental siempre tiene solución porque es Cristo quien sana mientras ambos cónyuges se lo permitan.

    Hay cosas que para la razón humana no tienen sentido ni solución mas para Dios nada es imposible. E insisto, el divorcio es la mismísima puerta al infierno y nunca será la solución para los problemas matrimoniales.

    Y esta historia se seguirá escribiendo con la Gracia de Dios.


    viernes, 7 de octubre de 2016

    BELLO Y NOSTÁLGICO VÍDEO MATRIMONIAL

    Una sucesión de sonidos (musicales, televisivos, políticos) que han marcado medio siglo de vida española sirve al Centro de Orientación Familiar de la archidiócesis de Madrid para recordarnos que el amor que sella el sacramento del matrimonio es para siempre.


    martes, 14 de junio de 2016

    No nos casamos porque nos amamos, sino que nos casamos para amar: el éxito de una pastoral de novios

    Los matrimonios no fracasan por incapacidad humana, sino por poca conciencia del sacramento, según el sacerdote Giuseppe Nevi
    No nos casamos porque nos amamos, sino que nos casamos para amar: el éxito de una pastoral de novios



    «Es desde la comunidad en familia como nace la Iglesia». No es una proclama la que hace don Giuseppe Nevi, sacerdote de 55 años y que desde hace 14 es el responsable de la pastoral familiar de la diócesis de Cremona, sino una realidad cuyos frutos están ante los ojos de todos: esposos que, educados para descubrir el «poderoso don del sacramento nupcial», hacen de su unidad «una comunión de familias vivida como una misión». Y no hay proyecto humano, ni estrategia humana, que haya producido frutos tan abundantes también para las parroquias de la diócesis; sólo la fe en Dios. Así se lo cuenta Don Giuseppe a Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana.

    Giuseppe Nevi, de la pastoral familiar de la diócesis de Cremona

    - Don Giuseppe, ¿qué significa para usted la expresión "pastoral familiar", hoy tan de moda y a veces nombrada sólo cuando se hace referencia a los matrimonios con dificultades?
    - No hay que partir de las dificultades; hay que acompañar a los esposos desde el primer momento para que entiendan la profundidad del don del sacramento que, si es consciente, tiene potencialidades enormes. Por eso, en cuanto se han casado les ofrecemos una larga formación catequética que dura cinco años, gracias a la cual descubren qué significa que el sacramento es el don de amor de Cristo a los esposos, el único que les permite amarse como Él nos ama.

    »Cuando se empieza a vivir experimentando esto, entonces se entiende inmediatamente la exigencia de hacer de la propia vida una misión y se entiende que la tarea y el sentido del matrimonio es precisamente la edificación de la Iglesia.

    - ¿Nos puede poner algún ejemplo concreto?
    - De la catequesis ha nacido una asociación de fraternidad de familias que viven en comunión en un caserío, mientras que otras viven solas, pero manteniendo un vínculo muy fuerte entre ellas. Han sido los propios matrimonios los que, a la luz del descubrimiento del sacramento vivido, han decidido iniciar esta experiencia. Además,ponen su amistad al servicio de las parroquias en las que difunden la experiencia que hacen.

    - ¿Cómo se desarrolla la vida de las familias?
    - Algunas familias están divididas en cenáculos de oración, cada uno de ellos formado por un máximo de cinco núcleos. Y como una familia no se sostiene sin oración, cada día, con los hijos, se reza el Rosario. Además, cada núcleo reza por los otros.


    »Cada día se medita el Evangelio, retomando la lectio divina que preparo cada mes. Una vez al mes tenemos adoración eucarística comunitaria. También hay encuentros semanales de formación cristiana y una vez al año se organiza un seminario en el que se debate determinados temas como el de la ideología de género, peligrosa para las familias y los hijos, o el de los principios no negociables, que desgraciadamente no se entiende cuán necesario es para el camino de fe.

    »Por último, cada cenáculo tiene una misión: hay quien imparte la catequesis infantil implicando a las familias; hay quien a su vez imparte la catequesis a otras familias y quien orienta hacia el ministerio de la oración. Esta vida fundada sobre Cristo y no sobre nuestros esfuerzos es la única que puede generar una amistad operativa entre las familias, que además comparten todos los aspectos de la vida diaria.

    - ¿Por qué son tan escasas estas experiencias en una Iglesia que las necesita hoy más que nunca?
    - La Iglesia se está olvidando, o tal vez ya no cree en ello, que el sacramento es verdaderamente la acción gratuita de Dios. A menudo se hacen recorridos formativos y cursos prematrimoniales que plantean una manera moralista de amarse y que al final se reducen a una serie de compromisos y a la idea de soportarse mutuamente, vista la incapacidad del hombre de amar verdaderamente.


    »Además, los cursos para novios no son suficientes, porque, si bien es cierto que el sacramento es real, uno lo puede entender verdaderamente sólo después de recibirlo. Es necesaria, por lo tanto, una formación humana, de oración, de fe y de comunión sobre la que sostener el vínculo, que se convierte así en un punto firme y, por consiguiente, de libertad real.

    - Y, sin embargo, se habla continuamente de la familia como un modelo ideal: quienes lo alcanzan son afortunados y quienes no deben ser objeto de compasión. ¿Cómo mirar, en cambio, a la Sagrada Familia?
    - La Sagrada Familia no es un modelo, sino un lugar donde se encuentran las vocaciones de las personas que la forman. El hijo se realiza en la sumisión al padre, el padre en la misión que Dios le ha confiado, mientras que la madre se realiza en la participación, desde la eternidad, en el destino del hijo. Sólo en la fe, en la vocación, en la oración y en los sacramentos Dios nos da las energías para vivir la vocación dentro de la familia. Que, repito, no es un esfuerzo, sino un don.

    - ¿Por qué teme el mundo moderno a uniones tan fuertes?
    - Los matrimonios no fracasan por incapacidad humana, sino por poca conciencia del sacramento. La gente tiene miedo porque piensa que es una cuestión de esfuerzo y sabe que no puede contar sobre sus propias fuerzas. Y no conociendo el camino para coger la fuerza de Dios, se rinde. Por esto el mundo se ha convertido en esclavo de la soledad. 

    »Pero en el corazón de cada persona yace la necesidad profunda de uniones verdaderas y eternas. Se puede decir que el hombre contemporáneo se siente aún más fascinado por esto pero, al mismo tiempo, teme perder una falsa libertad. Frente a la comunión vivida se siente fascinación, pero también es causa de problemas. Por eso hay que tener paciencia, insistiendo en la formación, la oración y la comunión.

    »No hay que olvidarse tampoco de enseñar a los jóvenes el alfabeto de la relación, porque ya no lo conocen. No entienden las diferencias fundamentales entre el hombre y la mujery por eso no consiguen dialogar, acogerse, sostenerse y esperarse. Por eso nacen muchos equívocos y distancias.


    - ¿Cuáles son las otras emergencias?
    - Creo que la Iglesia debe dejar de usar el lenguaje ambiguo del amor. No nos casamos porque nos amamos, sino que nos casamos para amar, es decir, para sacrificarse. Y, por consiguiente, para realizarnos. Además, es necesaria una fe encarnada. De hecho, el matrimonio está inscrito en la carne de los esposos. Y por esto para cumplirse necesita de la diferencia sexual. Sin ésta no son posibles ni la comunión ni el amor. 

    »Como dice el filósofo francés Fabrice Hadjadj en La profundidad de los sexos, el sacramento es objetivo y pasa a través de la diferencia física de los cuerpos. Sólo esta objetividad nos libera de la esclavitud y de la confusión de sentimientos, que confunden y zarandean, lanzándonos a una misión más grande. Esta es la verdadera libertad. 


    (Traducción de Helena Faccia Serrano, diócesis de Alcalá de Henares)

    jueves, 7 de agosto de 2014

    ¿Analfabetas en religión?

    Ayer me encontré con un hermano taxistas quien - como muchos - sólo se había casado por civil. Estos hermanos no se dan cuenta que cuando se unen dos bautizados sin el sacramento del matrimonio en el fondo le dicen a Dios: "¡No te queremos en nuestro matrimonio ni en nuestro hogar!"



    El hermano estaba escandalizado. Es verdad, no lo han pensado pero los hechos lo dicen.

    Lo que más me impresionó que parecía tener la idea que los que han hecho primera comunión pueden comulgar cuando quieran. Se escandalizó más aún cuando se le explicó que los convivientes no pueden confesarse ni comulgar porque

    - están en pecado grave
    - los que quieren confesarse deben tener el firme propósito de ya no pecar más; pero mientras siguen conviviendo sin que el sacramente santifique su unión, siguen en pecado grave a no ser, que proponíéndose de no tener relaciones hasta hasta contraer matrimonio por Iglesia; en este caso tienen verdadero propósito de enmienda y pueden recibir la absolución de sus pecados.
    -  los que están en pecado mortal están en des-comunión con Dios porque lo han hecho salir de su vida y corazón,  no pueden comulgar (= recibir la comunión, la hostia). Es como cuando uno de los esposos tiene relación con otra persona y pretende tener relaciones con el(la) cónyuge sin haber cortado la relación adúltera. La comunión tiene que ser total en todas las dimensiones.




    viernes, 25 de julio de 2014

    ¿Hay más hermanos taxistas que viven así?



    Ayer me encontré con un hermano taxista muy piadoso. Su vehículo ostentaba varias imágenes de la Virgen María Madre de Dios*. Me comentaba que todos los días al comienzo de su trabajo y al final del día rezaba, dando gracias a Dios y a la Virgen María y pidiendo su protección.

    Durante la conversación resultó que estaba casado 30 años  sólo por civil.

    ¡Imaginarse 30 años sin Confesión y sin recibir la Santa Comunión! ¡30 años en pecado! Y los hay que se confiesan pero no dicen que no están casados por Iglesia y reciben la comunión. Cuando dos bautizados conviven sin administrarse el sacramento del matrimonio, es como si dijeran a Dios: "No te queremos en nuestra Familia".

    De acuerdo, no piensan ni hablan así. Pero los hechos lo expresan. Menos mal que muchos actúan así por ignorancia y no por mala voluntad.

    Juntos contemplamos las palabras de Jesús:

     "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
     Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
     Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
     El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
    Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
     El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él".
    (Evangelio de San Juan 6, 51-56)


    Quiere decir que el que no recibe la Santa Comunión no tiene vida eterna porque no permanece en Jesús ni  Jesús en él.

    El hermano taxistas comprendió que le urgía  lograr un matrimonio santo.

    Recemos por él para que pronto pueda confesarse y comulgar.