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miércoles, 21 de enero de 2026

Un obstáculo poco conocido para el amor a Dios

 

Agradecimiento a Jesús
Amar a Dios con todas nuestras fuerzas puede enfrentar un obstáculo cuando no creemos que Él tiene corazón. Pero el corazón de Dios se conmueve con nuestro amor

Dios nos pide, incluso nos ordena, que lo amemos. ¿No es contradictorio? ¿No debería ser el amor algo espontáneo y sin ningún obstáculo? ¿Podemos imaginar a un novio ordenando a su futura esposa que lo ame? ¿Por qué Dios nos ordena entonces sentir tal sentimiento hacia Él?

¿Acaso ese afecto no es algo natural, ya que Él es nuestro Creador y Salvador? ¿No deberíamos sentir gratitud y adoración por todo lo que ha hecho por nosotros y por todo lo que representa para nosotros? Si nuestro afecto por Él es tan evidente, ¿por qué nos ordena que lo amemos?

Una distancia que se convierte en obstáculo

De hecho, el mandamiento de Dios no es infundado, porque existen en nosotros varios obstáculos para amarlo. Algunos no aman a Dios debido a los escándalos que han marcado sus vidas: la muerte de un ser querido, la injusticia sufrida. Otros llegan incluso a odiarlo, víctimas de la imagen que se hacen de Él, la de un amo duro y sin corazón.

Por último, la mayoría simplemente no lo ama por indiferencia. Y la acelerada secularización de nuestras sociedades occidentales ha acelerado considerablemente este fenómeno.

Sin embargo, existe otra razón, menos conocida, para nuestro desamor hacia Dios. El Altísimo nos parece tan inmenso, tan grande, que nos cuesta sentir afecto por un ser tan considerable. La distancia entre Él y nosotros es tan grande que nos resulta difícil apegarnos a Él con un sentimiento de tierno afecto.

Somos tan frágiles, tan pequeños, tan insignificantes junto a su infinitud, que a algunos les parece irrazonable sentir algún tipo de apego afectivo por un ser de otra naturaleza que la nuestra. Esta es, por cierto, una de las razones por las que Dios se encarnó en Jesucristo: se trataba de reducir la distancia entre Él y nosotros. 

Creer que Dios tiene corazón

Sin embargo, Dios sigue siendo Dios incluso después de la Encarnación. Entonces, ¿cómo motivar nuestro amor por Él? Para ello, es necesario, fundamental diría yo, creer que Dios tiene un corazón, y cuando hablo así de Dios, me refiero a la Trinidad en su totalidad, a las tres personas divinas del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Y este Corazón de Dios desea establecer una relación de verdadera amistad con los hombres, una relación basada en la reciprocidad y la confianza mutua.

A partir de ese momento, Dios deja de ser el Inconmensurable, el Incomprensible, y se revela tal y como es en realidad: el Amigo que puede ser conmovido por nuestras muestras de afecto. Esta es la verdadera razón por la que Dios nos pide que lo amemos. Desea establecer con nosotros una relación de amistad en la que se eliminen las distancias entre Él y nosotros.

Con este fin, envió a su Hijo a nosotros para que tomáramos conciencia de que es Alguien capaz de ser conmovido por nuestras muestras de amor, ¡porque tiene un corazón como nosotros!   

Este es el milagro de la espiritualidad cristiana: reducir la distancia entre Dios y su criatura humana para establecer una comunión de corazones entre Él y nosotros.

Este es el milagro de la espiritualidad cristiana: reducir la distancia entre Dios y su criatura humana para establecer una comunión de corazones entre Él y nosotros. Dios nos ha mandado que lo amemos para convencernos de que Él es alguien infinitamente amable, más allá de lo que podamos imaginar. Dios nos pide que lo amemos, no por temor, sino porque su divino Corazón lo pide.

¡Y ese Corazón es el Amor en perfección! Este es un argumento que no es superfluo que los cristianos destaquen, en un momento en que el primer mandamiento de amar a Dios se vuelve cada vez más ajeno a la mentalidad del individuo «posmoderno».  

Entonces, el terrible obstáculo a este amor que se basaba en una verdad (la diferencia abismal entre el Ser divino y el nuestro), ese obstáculo será eliminado. De este modo, podremos saborear la felicidad de amar al Amor en personas (Padre, Hijo y Espíritu) y la alegría indescriptible de saber que somos amados por Él.

Jean-Michel Castaing, Aleteia

Vea también   Dios es amor: el primer un fundamental anuncio de la Iglesia Católica




sábado, 25 de octubre de 2025

«La Ordenatriz», Begoña Pérez: creyente, 7 hijos... «y los que Dios hubiera querido»

 La influencer confiesa que el amor más grande es el de Dios, al que entiende «como un padre»

"A mí siempre me han gustado las familias numerosas", confiesa Begoña Pérez.

Con dos millones de seguidores en Instagram, Begoña Pérez es la famosa "La Ordenatriz", la influencer dedicada al orden y a la limpieza más famosa de toda España

Pérez ha visitado el programa Madres: desde el corazón, presentado por Cruz Sánchez de Lara, donde ha hablado de su fe y de su numerosa familia (tiene siete hijos).

Sus inicios en las redes

Todo comenzó poco antes de la pandemia, tras la muerte de su padre. Atravesaba un momento anímico complicado, cuando fue consciente de que encontraba paz mental ordenando su casa. Por eso, se especializó en organización y limpieza y comenzó a desarrollarlo profesionalmente.

"Pensé que todo lo que había aprendido lo podía enseñar. Iba haciéndolo en las casas de mis amigas o de conocidas; fue una etapa muy divertida. Pero llegó la pandemia y nos encerraron. Ahí comencé a dar un truquito por Instagram para la gente que se estaba tiñendo el pelo en casa", recuerda sobre sus comienzos. Poco a poco su comunidad fue creciendo hasta convertirse en un referente absoluto en el sector.

Con siete hijos, Begoña reconoce que los dos primeros embarazos fueron muy complicados. "Yo sé que soy rara y que la gente cree que estoy loca. De hecho, mi propio marido dijo que él ya no quería tener más niños y que se plantaba. Y, al final, mira. A mí siempre me han gustado las familias numerosas y si te lo puedes permitir, porque sé que implica un grado de lujo, es algo maravilloso".

"El peor embarazo fue el de la niña, Bea, que nació a las 32 semanas. Fue muy duro porque estuvo en la UVI, en la UCI, y tuvimos varios sustos, porque nos llamaron diciendo que fuéramos al hospital corriendo. De hecho, hubo un momento en el que nos dijeron que no sabían lo que iba a pasar con ella y la bautizamos de tapadillo con un poco de agua. Después ya, cuando salió adelante, la bautizamos bien y estoy muy agradecida de que esté vivita y coleando", explicó.

"No suelo decirlo, pero yo soy muy creyente y me dejé llevar por la idea que debía tener los hijos que Dios me diera", confiesa.

Ahora que sus hijos se hacen mayores, Begoña tiene sentimientos encontrados con respecto al síndrome del nido vacío que sabe que le llegará más tarde o más temprano. "Hay veces que les digo que vayan saliendo ya de casa, pero, en el fondo, me gusta que estén allí. Que sigan en casa un poquito más", reconoce.

Pérez contestó también a un pequeño cuestionario que le hicieron. Sobre los peores momentos de la vida, dijo: "Las guerras y el sufrimiento de las personas. En especial los niños enfermos y sus familias. Pero cualquiera que esté pasando por una etapa de dolor —físico o moral— me desarma. Ojalá tuviera una fórmula mágica para quitarlo".

Y, sobre el 'mejor de los mundos posibles': "Unos días sin prisas y sin (excesivas) obligaciones… No sé si tendré la suerte de poder vivirlo y si no, ya me espero al cielo".

Sobre el 'amor más grande': "El de un padre/madre por su hijo. Pienso que no hay en la tierra uno igual. Te diría también que lo llevaría a lo espiritual, a Dios, ya que lo entiendo así, como un padre", concluyó.

ReL

Vea tambièn    Guam: Familia española en misiòn



domingo, 18 de febrero de 2024

Las 4 etapas por las que pasa el Alma cuando se enamora de Dios

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El alma pasa por cuatro etapas de enamoramiento al conocer a Dios. Un alma dispuesta a buscar al Amado por lo que significa en nuestras vidas su amor

“El amor es la pasión fundamental del hombre. Toda emoción del ser humano se resume en él”. Fulton J. Sheen nos comparte una reflexión sobre el amor en su libro Son tres los que se casan. En el cual, el autor describe la importancia del amor en la vida del ser humano, porque permite perfeccionarse, buscar ser mejor para el otro. Es en este sentido, el encuentro con la donación al prójimo. 

Para poder ser donadores de amor se necesita primero un encuentro íntimo con Cristo, en donde el alma debe pasar por distintas etapas que reafirman esa búsqueda del Amado. Las cuales, a través de los distintos niveles, van creando una mayor cercanía con el Amado y con sus hijos.

“Nadie puede amarse como es debido a sí mismo, si no sabe por qué vive”. El mundo nos quiere hacer creer que es suficiente con tener un amor propio, un amor humano. Sin embargo, jamás el corazón se sentirá satisfecho de lo que la propia persona es, sino de algo superior que comparte el amor.

Este sentimiento demuestra la naturaleza humana de ser criaturas, porque por sí mismas no pueden entregar ese amor si no proviene del mismo que lo creó. Si las personas fueran creadoras del amor, no necesitarían estar con el prójimo porque ya hubiesen alcanzado la perfección misma. 

Es por eso que Aleteia te presenta las distintas etapas que Fulton J. Sheen describe en su libro, sobre aquellos niveles que necesita pasar el alma al descubrir el amor de Cristo:

  1. “El alma empieza por amarse a sí misma, pero pronto ve su propia insuficiencia, al comprender que esta auto adoración sin Dios es como amar un rayo de sol sin el sol”.

En esta etapa la persona empieza a indagar en su corazón cómo amarse a su manera. Sin embargo, a pesar de buscar soluciones, no las encuentra, porque no es capaz de satisfacerse a sí misma. Es cuando comprende que el Amor viene de algo mayor que uno mismo. Su vida empieza a ser Cristo-céntrica.

  1. “Dios es amado, no por sí mismo, sino por el bien que proporciona. En esta etapa se hacen peticiones, por cuanto Dios es amado a cambio de los favores que da”.

El ser humano tiende a buscar su propia conveniencia y dentro de ella es el “bien”, porque es lo que le beneficia el Alma. En esta segunda etapa, la persona reconoce que no es capaz de valerse por sí misma ante las pruebas de la vida, pero encuentra en Dios una fuente de deseos a  la cual puede estar constantemente pidiendo, buscando encontrar los beneficios otorgados.

  1. “Dios es amado por sí mismo y no por nosotros. El alma se interesa más por el ser Amado que por lo que da el Amado”.

Al conocer más a Dios, el alma deja de solo buscarlo cuando necesita algo, porque se sabe necesitado en todo momento de su creador. Deja de pensar en el -querer, poseer-, para ser ella misma poseída del Amor de Cristo. Así como un joven enamorado de una mujer busca saber los detalles de ella, el ser humano es atraído por la belleza de Cristo y quiere conocer más para amarlo con mayor intensidad.

  1. “La etapa final es esa rara circunstancia de que el amor de sí mismo es completamente abandonado, descargado y rendido por el amor de Dios”.

Esta es la etapa más difícil para el alma, pero es la etapa ideal. Una en donde hemos visto ejemplos de santos como San Francisco de Asís, Santa Teresita de Jesús y otros grandes, los cuales dejan toda su vida para ser reconocidos como hijos e instrumentos de Dios.  

La persona deja de ser una sola para ser transformada en la Voluntad de Dios. Viven en la unidad de Cristo asimilando las bodas del Cordero. “Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí ”(Gál 2, 20). 

Estas etapas por las cuales pasa la persona por amor a Dios son indispensables para llegar a la Santidad. No todas las personas pasan por este proceso al mismo tiempo ni en las mismas circunstancias, sino que es algo personal para cada uno. Es el viaje que toma el alma para conocer al Amado.

Sin importar en qué etapa del alma se pueda encontrar la persona, siempre tiene la capacidad de elevarla.

Yohana Rodríguez, Aleteia