viernes, 9 de marzo de 2018

¿Dónde está Dios cuando la vida me golpea una y otra vez?


Confía siempre de nuevo: aunque no siempre lo veas, tu vida descansa en Dios

A veces sucede algo en mi vida y en ese momento no lo comprendo. Es como caminar en el bosque, en medio del claroscuro, entre árboles. Es difícil ver muchas cosas.
Cuando salgo al claro y me elevo en la altura, veo con más claridad. Y encajan las cosas que antes no encajaban. Se me abren los ojos. Y comprendo lo que sucedió, lo que no comprendí en su momento.
Veo entonces mi vida como una historia de luz. Y los momentos de oscuridad, o los que no comprendo, forman parte de esa historia de luz que descansa en Dios.
¡Cuántas veces me gustaría verlo todo claro! En el cielo acabaré de entender lo que aquí no entiendo. Pero a veces, en medio del camino, ¡qué paz me da ver ciertas cosas cuando rezo y miro hacia atrás con ojos limpios!
Miro mi camino agradecido. Veo a Aquel que caminaba a mi lado aunque no lo veía. Veo a Jesús animando en mi alma, mientras no me daba cuenta. Así es en mi vida. Recibo una luz sobre algo que me sucedió. Una palabra que había guardado y de repente se llena de vida. Veo el camino recorrido.
Me gustaría confiar más en medio de la noche, cuando no veo y me confundo. Confiar aunque no entienda todo. Sé que aunque no lo vea, mi historia descansa en Dios. Aunque no lo toque Él va conmigo.
Mi historia es una historia de amor, una alianza con Dios. Siempre es así. Un camino de luz. Una historia sagrada.
A veces me duele el alma cuando algo se rompe. Pierdo algo que pensaba que estaría siempre allí. Un trabajo. Una creencia muy arraigada. O pierdo a una persona a quien amo. Y no lo comprendo. Quiero que todo siga igual. Que nada cambie.
Busco a menudo pruebas para creer en Jesús. Pero el signo verdadero es Jesús. Su amor imposible. Su ternura. Sus palabras de consuelo. Es el signo de Dios.
Muchos no creen. Pero otros sí. Necesito signos para creer. Señales, pruebas evidentes. Necesito que Jesús me muestre que está a mi lado.
Es verdad que al sentir el vacío y el miedo, la soledad y la angustia, su voz me calma: “No tengas miedo”. Pero me asaltan las dudas. Me falta fe.
Quiero signos que le den autoridad. Quiero que me muestre dónde está en mi dolor. Quiero que me haga ver su poder. Su gracia. Su misericordia infinita. No lo veo.
Es verdad lo que me dice el padre José Kentenich: “Nuestra salvación no está en confiar en medios mundanos, en la frágil caña del favor popular, en la protección tan caramente pagada de los poderes terrenales; ni tampoco está en el servilismo para con la opinión pública, ni en los coqueteos con los manejos del mundo”[1].
El mundo teme la fe que no se puede doblegar. La fe encarnada en mi entrega. Teme el corazón del hombre al que no puede someter, ni controlar.
Si mi seguridad no la pongo en las cosas del mundo sino en Dios, seré insobornable. No estaré dispuesto a dejarme comprar por nadie. Seré libre.
No quiero pedir más signos. Un corazón que pide signos no se fía y no es de fiar. Porque alguna vez no veré signos. Y mi fe decaerá.
Es como el amor al que se le piden siempre pruebas de su fidelidad. Alguna vez caerá. Y no podrá probar su amor.
Cuando continuamente le exijo pruebas de su amor a quien me ama, puede que me quede solo. Porque el camino es largo. Y la debilidad es grande.
Por eso Jesús me anima a creer sin ver signos. A confiar sin que me demuestren que me aman. A amar sin esperar ser amado en la misma medida.
Temo perder el camino buscando explicaciones. Del mal, de mis desgracias. O pidiendo pruebas de la fidelidad a un Dios que ha venido a dar su vida por mí.
Tal vez es que soy desconfiado. No me fío de los que dicen amarme y ser fieles. Puede que conozca el corazón humano. Pero eso no basta.
Jesús me invita a confiar siempre de nuevo. Una y otra vez, setenta veces siete, hasta el infinito. Quiero fiarme del amor de Dios. Buscarle en todo lo que me pasa.
Comenta el Padre Kentenich: “Cuando la fe en la divina Providencia cala en nosotros hasta la médula, convirtiéndose en una segunda naturaleza, en todas partes nos veremos rodeados por pequeños mensajeros y mensajes de Dios. San Buenaventura habla de señas de Dios; san Agustín, de manos que Dios nos tiende. La Santísima Virgen pensaba qué saludo era aquél; luego pregunta: ¿Cómo sucederá esto? Y finalmente da un ‘sí’ de corazón: – Aquí está la esclava del Señor”[2].
Es la actitud que quiero vivir. Hay tantos signos de su amor en mi camino… Pero yo busco grandes señales, grandes milagros.
Me olvido de su lenguaje cotidiano. De su amor concreto. De sus gestos insignificantes. De sus detalles que si no me detengo en el silencio apenas los percibo.
Quiero tener más fe. Una fe concreta, hecha vida. Una fe que no necesita grandes pruebas para seguir esperando. Una fe que se alimenta de la vida de cada día. Cuando camino de la mano de Dios y confío.
Esa fe de los niños que se fían. De los hombres que llevan a Sancho en el alma y a Quijote en el corazón. Tocan la vida y no dejan de soñar. Acarician lo concreto y siguen esperando las altas cumbres.
Quiero vivir así, descifrando los signos del tiempo en el que Dios me habla. No necesito pruebas. Las tengo todas.
En mi vida, cuando miro sus huellas en las mías, no puedo dejar de creer. Jesús viene a mi camino para sujetar mis pasos. Y abrazarme por la espalda y darme ánimos. Y decirme que soy lo más valioso. Que me quiere con locura.
Es la fe confiada. Medito todo en el corazón como María. Y allí encuentro la respuesta a sus preguntas. Dios me dice que confíe. Porque ha vaciado mi alma de mercaderes. Y en el silencio puedo escuchar su voz.

[1] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
[2] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
Carlos Padilla Esteban, aleteia



jueves, 8 de marzo de 2018

El viernes, penitencia, perdón y 24 horas abiertos para Dios: el Papa Francisco invita y da ejemplo

El viernes, penitencia, perdón y 24 horas abiertos para Dios: el Papa Francisco invita y da ejemplo



El viernes, 9 de marzo, a las 17:00, en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco presidirá la celebración penitencial con la que dará inicio la jornada de “24 Horas para el Señor”, organizada por el Pontificio Consejo para la promoción de la nueva evangelización.

Según declaró el Presidente del Dicasterio promotor, el arzobispo Rino Fisichella, “el objetivo es ofrecer a todos, especialmente a aquellos que todavía sienten cierta incomodidad ante la idea de ingresar a una iglesia,  el abrazo misericordioso de Dios ; una ocasión para regresar al Padre, que va más allá de los tiempos y modos habitualmente conocidos”.

En la Basílica de San Pedro, pero también en muchos otros templos y espacios del mundo católico, se invita a los fieles a acudir a rezar y confesarse, con una mayor disposición de acogida a los alejados y a las personas que se acercan menos a la iglesia.

En este contexto, e inspirándose en las palabras del Salmo 130, 4: "De ti procede el perdón", en cada diócesis al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas consecutivas, ofreciendo la posibilidad de adoración nocturna del Santísimo, así como la confesión sacramental.

Cada diócesis lo organiza en las fechas cuaresmales y en los templos que considera adecuado, no necesariamente en el viernes 9 de marzo.

El Santo Padre, en su Mensaje de Cuaresma 2018 titulado “Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría”, invita a todos los fieles a vivir como una "ocasión propicia  la iniciativa que invita a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un ambiente de adoración eucarística".

Será el mismo Papa Francisco quien ponga en marcha esta gran iniciativa con la Celebración Penitencial en la Basílica de San Pedro, que surgió en Roma hace cinco años, pero que pronto se extendió a nivel mundial, uniendo espiritualmente al Sucesor de Pedro con las Iglesias repartidas en los cinco continentes, con el fin de ofrecer a todos la oportunidad de vivir la experiencia personal de la infinita misericordia de Dios.

«He recibido una carta del Inspector general de las Prisiones [de Italia] que proponía vivir “24 horas para el Señor” también en las cárceles», explica el arzobispo Fisichella, como ejemplo de que la iniciativa se extiende.

El mismo Consejo Pontificio ha editado una guía de ayuda pastoral especial para acompañar las “24 horas para el Señor”, que se publicará en italiano, inglés, francés, alemán, español, portugués y polaco. Algunas ediciones están ya disponibles en www.pcpne.va.

martes, 6 de marzo de 2018

Dar una limosna te hace más rico

La generosidad nos convierte en mejores personas, que "miran" a los de su alrededor y captan su situación.

¿Cuando oyes la palabra limosna piensas en un par de monedas de céntimo? Mmm…
La pobreza de los demás es algo que nos incumbe a todos. No queremos cerrar los ojos ante las personas que carecen de lo más mínimo, como si fuera su problema y a nosotros no nos afectara.

Una mala distribución mundial de riqueza

Ser rico o pobre en muchos casos es algo que no se ha escogido. Es cierto que hay algunos pobres que lo son porque arriesgaron demasiado, porque malbarataron sus ahorros o porque son imprudentes y gastan más de lo que ganan. Pero en la inmensa mayoría de los casos, el pobre aparece en un sistema injusto de distribución de la riqueza. En América Latina, un grupo de 100 personas acumula actualmente la misma riqueza que los 3.500 millones restantes.
Pero la mayoría de familias y personas en situación de  pobreza están en ese agujero no por voluntad propia. Y aunque fueran culpables de ello, merecerían nuestro apoyo para salir del problema. Proporcionarles una ayuda económica les puede aliviar el tiempo de una comida, una jornada, una semana, un mes… Depende de cada uno.
Nos hemos formado en una sociedad individualista, que tiende a basar todo en los logros personales: nuestras metas, nuestro crecimiento, nuestras ganancias…
La limosna produce, en cambio,  uno de los más maravillosos beneficios para a salud del espíritu: consigue que salgamos de nosotros mismos. 

Cambiar el futuro de las personas

Al dar limosna, además, no solo se plantea una cuestión de presente sino de futuro: doy con la idea de cambiar la línea de progreso de tal persona y hacerla más rápida, más alta y más fuerte. Son las tres bases del lema olímpico: altius, citius, fortius. 
Y al pensar en que algo estamos cambiando en el futuro de una persona, manifestamos la esperanza de que a nosotros no nos faltará el pan para el día de mañana. 
Con la limosna aprendemos cada día a ser más generosos. La generosidad se aprende: cuando rebuscas en tu cartera y tientas unas monedas, cuéntalas y pregúntate: ¿no pueden ser un poco más de dinero?
Mrmohock - Shutterstock
Porque, seamos honestos: ¿damos solo de lo que nos sobra? La calderilla, ¿de verdad es lo más que puedo dar? ¿Pienso en lo que cuesta un café o una barra de pan? ¿Puedo compararlo con lo que desembolsaré en concepto de gastos de teléfono este mes, por ejemplo?

La actitud de “ir mirando” a los demás

La limosna nos activa las neuronas, nos ayuda a ir por el mundo con otra actitud. La actitud de “ir mirando”, o sea, de estar alerta para darme cuenta de lo que le ocurre a la gente con la que me encuentro a diario. Es llevar una vida de predisposición activa hacia los demás.
Al mirar a los otros, aprenderemos a leer en su rostro y a escucharlos. ¿Nunca te ha pasado que un pobre te da las gracias más por haberle saludado que por el dinero que le has dado? Por ahí es por donde la generosidad hace más humanas las relaciones. 
El dinero es la gran tentación: la avaricia, el afán de posesión desmedida, de control… Y con la generosidad desactivamos al monstruo. Con cada limosna, reducimos las ansias de nuestro dragón interior.
Y ser generoso nos hace crecer en solidaridad. Somos más solidarios y nos damos cuenta de que “el otro es mi hermano”, dice el Papa Francisco. Cuando doy limosna, compruebo que “nunca lo que tengo es solo mío”.

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Porque quien dispone de algunos, pocos o muchos bienes materiales, ha de pensar cómo llegaron hasta él. Seguro que lo ha de agradecer también a otras personas: quienes le educaron, sus padres, los clientes, quienes confiaron en él, quienes le facilitaron un negocio, la administración pública… A todos ellos nos debemos.
Quien diga que la limosna no sirve de nada, es demasiado pesimista. Incluso cuando hablamos de moneditas, ¿has pensado qué ocurriría si todo el mundo diera algo?
Pero no te conformes con poco. Escucha tu interior: cuánto te dice la conciencia que debes dar. Dar en agradecimiento, dar para pedir, dar para reparar… Dar, como dijo la Madre Teresa de Calcuta, “hasta que duele”, cuando un día le preguntaron qué era la generosidad.

Nos ayuda a crecer en solidaridad

Por último, resulta muy positivo buscar formas de dar limosna en las que uno se une a otras personas. Busca tu motivo (un país, una escuela, una misión…) e involucra a tus amigos, a tu familia. Llámalo crowdfounding, si quieres, qué mas da. Es el modo de estrechar lazos con tantas personas del mundo a partir de una pequeña ayuda. Pero no olvides que lo esencial es que te des a ti mismo.
Dolors Massot, aleteia




Sin miedo, ni justificaciones... el Papa Francisco explica la mejor forma de acudir al confesionario


 Papa Francisco Confesión

El Papa quiso destacar que Azarías acusa a su propio pueblo de los males 
que padece: “Acusarnos a nosotros mismos es el primer paso 
hacia el perdón”.

El primer paso, reconocer el mal realizado
Por ello, en su homilía explicaba que “acusarse a sí mismos es parte

 de la sabiduría cristiana; no acusar a los demás, no… A uno mismo. 
Yo he pecado. Y cuando nosotros nos acercamos al sacramento de la penitencia debemos tener esto en mente: Dios es grande y nos ha dado muchas cosas, pero lamentablemente he pecado, he ofendido al Señor y pido la salvación”.

También Francisco relató la anécdota de una mujer que en el confesionario 

contaba los pecados de la suegra, tratando de justificarse, hasta que el sacerdote 
le dijo: ‘Muy bien, y ahora confiesa tus pecados’.

Confesar los pecados “agrada al Señor, porque el Señor recibe el corazón contrito, porque, como Azarías, ‘no hay confusión para los que en ti confían’, el corazón contrito que dice la verdad al Señor: ‘He hecho esto, Señor. He pecado contra ti’. El Señor les tapa la boca, como el padre al hijo pródigo, no lo deja hablar. Su amor lo cubre. Lo perdona todo”.

No tener miedo a acudir al confesionario
Ane situaciones como las que contó, el Papa invitó a no avergonzarse en el confesionario a la hora de decir los pecados, porque el Señor nos perdona siempre, aunque hay una condición: “El perdón de Dios es fuerte en nosotros siempre que nosotros perdonemos a los demás”.

“Esto no es fácil porque el rencor anida en nuestro corazón, y siempre queda esa amargura. En muchas ocasiones llevamos en nosotros un elenco de cosas que me han hecho: ‘Y este me ha hecho aquello, me ha hecho aquello y me ha hecho esto…”, agregó

Para concluir agregó que “estas son las dos cosas que nos ayudarán a comprender el camino del perdón: ‘Tú eres grande Señor, pero por desgracia, he pecado’, y ‘sí, te perdono setenta veces siete, a condición de que tú perdones a los demás’”.

El Papa Francisco te ofrece unas preguntas para hacer un buen examen de conciencia



lunes, 5 de marzo de 2018

Ojo, ¿eres neopelagiano o neognóstico? Doctrina de la Fe publica «Placuit Deo» contra esos errores

Jesús nos transforma incorporándonos a Él con los sacramentos, dice el texto
Ojo, ¿eres neopelagiano o neognóstico? Doctrina de la Fe publica «Placuit Deo» contra esos errores
El pelagiano cree que se salva con esfuerzo y técnica y músculo, 
y el gnóstico  con conocimientos o sentimientos... ambos se equivocan

La Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida desde julio de 2017 por el jesuita español Luis Ladaria, acaba de publicar un documento, dirigido a los obispos, sobre "la salvación cristiana", la carta "Placuit Deo", aprobada por el Papa Francisco el 16 de febrero.

El texto explica cómo salva Jesús a los hombres y previene contra dos errores muy difundidos: el neopelagianismo y el neognosticismo.



El neopelagiano cree que no necesita ser salvado por Jesús, porque se salva él solo, con su esfuerzo, haciendo cosas buenas, o participando en organizaciones humanas muy eficaces. Es la herejía de una época de individualistas que se creen fuertes y buenos.

El neognóstico, por su parte, cree que no necesita ser transformado completamente por Jesús, porque le basta con saber algunas cosas intelectualmente o sentirlas emocionalmente para salvar "su alma": el neognóstico no entiende que Jesús salva no solo el alma, sino también el cuerpo, y no solo por decisiones intelectuales, sino por las relaciones completas con Dios y los demás.

Quien salva es Jesús, con los sacramentos
El documento insiste en que quien salva es Jesús, y quien se salva lo hace uniéndose a Jesús, lo cual sucede a través de los sacramentos (palabra mencionada 8 veces en el texto).

Así, por ejemplo, explica: "Con la gracia de los siete sacramentos, los creyentes crecen y se regeneran continuamente, especialmente cuando el camino se vuelve más difícil y no faltan las caídas. Cuando, pecando, abandonan su amor a Cristo, pueden ser reintroducidos, a través del sacramento de la Penitencia".

Pero, ¿qué es "salvarse"? En lenguaje sencillo sería vivir con Dios más allá del mal y de la muerte.

Salvarnos del mal, la enfermedad y la muerte
El ser humano se hace preguntas: "¿Quién soy yo que existo, pero no tengo en mí el principio de mi existir? [...] La lucha para conquistar el bien, se une a la lucha para defenderse del mal: de la ignorancia y el error, de la fragilidad y la debilidad, de la enfermedad y la muerte", detalla el texto.



Mediante el bautizo y los sacramentos nos unimos a Cristo, el Espíritu Santo nos diviniza y Dios nos salva

"Placuit Deo" explica que "la fe en Cristo nos enseña, rechazando cualquier pretensión de autorrealización, que solo se pueden realizar plenamente [estos deseos de escapar de la muerte, el mal, etc...] si Dios mismo lo hace posible, atrayéndonos hacia Él mismo. [...] Nada creado puede satisfacer al hombre por completo, porque Dios nos ha destinado a la comunión con Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él", continúa el texto citando a San Agustín.

"Pecando, el hombre ha abandonado la fuente del amor y se ha perdido en formas espurias de amor, que lo encierran cada vez más en sí mismo. Esta separación de Dios – de Aquel que es fuente de comunión y de vida – conduce a la pérdida de la armonía entre los hombres y de los hombres con el mundo, introduciendo el dominio de la disgregación y de la muerte", continúa el texto.

Rescatarnos del pecado, unirnos a Dios
Cristo nos salva "sin nunca separar el aspecto curativo de la salvación, por el que Cristo nos rescata del pecado, del aspecto edificante, por el cual Él nos hace hijos de Dios, partícipes de su naturaleza divina", añade la Carta.

"Jesús es iluminador y revelador, redentor y liberador, el que diviniza al hombre y lo justifica", "ofrece al Padre, en el nombre de los hombres, el culto perfecto: se sacrifica, expía los pecados y permanece siempre vivo para interceder a nuestro favor", añade.

Esta es la única frase del texto que habla de "sacrificio". También la única que habla de que la salvación es "divinizar" al hombre (como explica el Catecismo en su punto 460 con citas de San Ireneo, San Atanasio y Santo Tomás).

El texto de "Placuit Deo" no usa nunca la palabra "cruz" y en cambio habla en 16 ocasiones de "relación" o "relaciones" entre Dios y los hombres o entre el hombre y su prójimo.

"Cristo es Salvador porque ha asumido nuestra humanidad integral y vivió una vida humana plena, en comunión con el Padre y con los hermanos. La salvación consiste en incorporarnos a nosotros mismos en su vida, recibiendo su Espíritu", insiste el texto.

Conquistar a la muerte y tener cuerpos gloriosos
"La salvación del hombre se realizará solamente cuando, después de haber conquistado al último enemigo, la muerte, participaremos plenamente en la gloria de Jesús resucitado,que llevará a plenitud nuestra relación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. La salvación integral del alma y del cuerpo es el destino final al que Dios llama a todos los hombres. [...] Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio", finaliza el texto, citando Filipenses 3.



Luis F. Ladaria, prefecto de doctrina de la fe desde verano de 2017

Luis Francisco Ladaria, el prefecto de Doctrina de la Fe, explicó durante la presentación del documento que "la salvación no puede reducirse simplemente a un mensaje, a una praxis, o a una gnosis ni siquiera a un sentimiento interior”.

Detalló además que el documento nace de la petición de diversos teólogos que querían profundizar en la Declaración Dominus Iesu del año 2000 redactada por su predecesor en el cargo, Joseph Ratzinger (luego Benedicto XVI) un texto que trataba de Jesús como única fuente de salvación. 

Texto completo de "Placuit Deo" en Vatican.va en español aquí

Pablo J. Ginés/ReL




sábado, 3 de marzo de 2018

P. Raniero Cantalamessa: “¡Que vuestro amor no sea fingido!”



Segunda predicación de Cuaresma
2ª predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa © Vatican Media


«La caridad no tenga ficciones»
El amor cristiano
  1. En las fuentes de la santidad cristiana 
Junto con la llamada universal a la santidad, el Concilio Vaticano II ha dado también indicaciones precisas sobre qué se entiende por santidad, en qué consiste. En la Lumen gentium se lee:
«El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (LG 40).
Todo esto se resume en la fórmula: «La santidad es la perfecta unión con Cristo» (LG 50). Esta visión refleja la preocupación general del Concilio de volver a las fuentes bíblicas y patrísticas, superando, también en este campo, el planteamiento escolástico dominante durante siglos. Ahora se trata de tomar conciencia de esta visión renovada de la santidad y hacerla pasar a la práctica de la Iglesia, es decir, a la predicación, a la catequesis, a la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa y —¿por qué no?— también a la visión teológica en la que se inspira la praxis de la Congregación de los Santos[1].
Una de las diferencias mayores entre la visión bíblica de la santidad y la de la escolástica está en el hecho de que las virtudes no se basan tanto en la «recta razón» (la recta ratio aristotélica), cuanto en el kerigma; ser santo no significa seguir la razón (¡a menudo implica al contrario!), sino seguir a Cristo. La santidad cristiana es esencialmente cristológica: consiste en la imitación de Cristo y, en su cumbre —como dice el Concilio— en la «perfecta unión con Cristo».
La síntesis bíblica más completa y más compacta de una santidad basada en el kerigma es la trazada por san Pablo en la parte parenética de la Carta a los Romanos (cap. 12-15). Al comienzo de ella, el Apóstol da una visión recopilatoria del camino de santificación del creyente, de su contenido esencial y de su objetivo:
«Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,1-2).
Hemos meditado la vez pasada en estos versículos. En las próximas meditaciones, partiendo de lo que sigue en el texto paulino y completándolo con lo que el Apóstol dice en otros lugares sobre el mismo tema, intentaremos poner de relieve los rasgos más destacados de la santidad, lo que hoy se llaman las «virtudes cristianas» y que el Nuevo Testamento define como los «frutos del Espíritu», las «obras de la luz», o también «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús» (Flp 2,5).
A partir del capítulo 12 de la Carta a los Romanos se enumeran todas las principales virtudes cristianas, o frutos del Espíritu: el servicio, la caridad, la humildad, la obediencia, la pureza. No como virtudes que hay que cultivar por sí mismas, sino como necesarias consecuencias de la obra de Cristo y del bautismo. La sección comienza con una conjunción que, por sí sola, es un tratado: «Os exhorto, pues…». Ese «pues» significa que todo lo que el Apóstol diga desde este momento en adelante no es más que la consecuencia de lo que ha escrito en capítulos anteriores sobre la fe en Cristo y sobre la obra del Espíritu. Reflexionaremos sobre cuatro de estas virtudes: caridad, humildad, obediencia y pureza.
  1. Un amor sincero
El ágape, o caridad cristiana, no es una de las virtudes, aunque fuera la primera; es la forma de todas las virtudes, aquella de la que «dependen toda la ley y los profetas» (Mt 22,34; Rom 13,10). Entre los frutos del Espíritu que el Apóstol enumera en Gál 5,22, encontramos en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…». Y con él, coherentemente, comienza también la parénesis sobre las virtudes en la Carta a los Romanos. Todo el capítulo duodécimo es una sucesión de exhortaciones a la caridad:
«Que vuestro amor no sea fingido […];
amaos cordialmente unos a otros,
cada cual estime a los otros más que a sí mismo…» (Rm 12,9ss).
Para captar el alma que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o, mejor dicho, el «sentimiento» que Pablo tiene de la caridad hay que partir de esa palabra inicial: «¡Que vuestro amor no sea fingido!». No es una de tantas exhortaciones, sino la matriz de la que derivan todas las demás. Contiene el secreto de la caridad.
El término original usado por san Pablo y que se traduce «sin fingimiento», es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este vocablo es una especie de luz-espía; es, efectivamente, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión «amor sincero» (anhypòkritos) vuelve de nuevo en 2 Cor 6, 6 y en 1 Pe 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero —dice— consiste en amarse intensamente «de corazón».
San Pablo, pues, con esa simple afirmación: «¡Que vuestro amor no sea fingido!», lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se requiere del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. También en esto el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; en efecto, él había indicado, repetidamente y con fuerza, el corazón, como el «lugar» donde se decide el valor de lo que el hombre hace (Mt 15,19).
Podemos hablar de una intuición paulina, respecto a la caridad; ésta consiste en revelar, detrás del universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo interior, que es, respecto del primero, lo que es el alma para el cuerpo. Encontramos esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad, que es 1 Cor 13. Lo que san Pablo dice allí, mirándolo bien, se refiere todo a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera… Nada que se refiera, en sí y directamente, al hacer el bien, o las obras de caridad, pero todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes de la beneficencia.
Es el Apóstol mismo quien explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior (el distribuir a los pobres todas las propias riquezas) no valdría para nada, sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13,3). Sería lo opuesto de la caridad «sincera». La caridad hipócrita, en efecto, es precisamente la que hace el bien, sin quererlo, que muestra al exterior algo que no se corresponde con el corazón. En este caso, se tiene una apariencia de caridad, que puede, en última instancia, ocultar egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.
Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad activa. Sabemos con cuanto vigor la palabra de Jesús (Mt 25), de Santiago (2,16 s) y de san Juan (1 Jn 3,18) impulsan a la caridad de los hechos. Sabemos de la importancia que san Pablo mismo daba a las colectas en favor de los pobres de Jerusalén.
Por lo demás, decir que, sin la caridad, «de nada me sirve» incluso el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no sirve a nadie y que es inútil; significa, más bien, decir que no me sirve «a mí», mientras que puede beneficiar al pobre que lo recibe. No se trata, pues, de atenuar la importancia de las obras de caridad, sino de asegurarlas un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén «arraigados y fundados en la caridad» (Ef 3,17), es decir, que la caridad sea la raíz y el fundamento de todo.
Cuando amamos «desde el corazón», es el amor mismo de Dios «derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo» (Rom 5,5) el que pasa a través de nosotros. El actuar humano es verdaderamente deificado. Llegar a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4) significa, en efecto, ser partícipes de la acción divina, la acción divina de amar, ¡desde el momento en que Dios es amor!
Nosotros amamos a los hombres no sólo porque Dios les ama, o porque él quiere que nosotros les amemos, sino porque, al darnos su Espíritu, él ha puesto en nuestros corazones su mismo amor hacia ellos. Así se explica por qué el Apóstol afirma inmediatamente después: «No tengáis ninguna deuda con nadie, si no la de un amor recíproco, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).
¿Por qué, nos preguntamos, una «deuda»? Porque hemos recibido una medida infinita de amor a distribuir a su tiempo entre los consiervos (cf. Lc 12,42; Mt 24,45 ss.). Si no lo hacemos defraudamos al hermano de algo que le es debido. El hermano que se presenta a tu puerta quizás te pide algo que no eres capaz de darle; pero si no puedes darle lo que te pide ten cuidado de no despedirlo sin lo que le debes, es decir, el amor.
  1. Caridad con los de fuera
Después de habernos explicado en qué consiste la verdadera caridad cristiana, el Apóstol, a continuación de su parénesis, muestra cómo este «amor sincero» debe traducirse en acto en las situaciones de vida de la comunidad. Dos son las situaciones en las que el Apóstol se detiene: la primera, se refiere a las relaciones ad extra de la comunidad, es decir, con los de fuera; la segunda, las relaciones ad intra, entre los miembros de la misma comunidad. Escuchemos algunas recomendaciones que se refieren a la primera relación, con el mundo externo:
«Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis […].Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia […]. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber […]. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rom 12,14- 21).
Nunca, como en este punto, la moral del Evangelio parece original y diferente de cualquier otro modelo ético, y nunca la parénesis apostólica parece más fiel y en continuidad con la del Evangelio.  Lo que hace todo esto particularmente actual para nosotros es la situación y el contexto en el que esta exhortación se dirige a los creyentes. La comunidad cristiana de Roma es un cuerpo extraño en un organismo que —en la medida en que se da cuenta de su presencia— lo rechaza. Es una isla minúscula en el mar hostil de la sociedad pagana. En circunstancias como ésta sabemos lo fuerte que es la tentación de encerrarse en sí mismos, desarrollando el sentimiento elitista e irritable de una minoría de salvados en un mundo de perdidos. Con este sentimiento vivía, en aquel mismo momento histórico, la comunidad esenia de Qumrán.
La situación de la comunidad de Roma descrita por Pablo representa, en miniatura, la situación actual de toda la Iglesia. No hablo de las persecuciones y del martirio al que están expuestos nuestros hermanos de fe en tantas partes del mundo; hablo de la hostilidad, del rechazo y a menudo del profundo desprecio con que no sólo los cristianos, sino todos los creyentes en Dios son vistos en amplias capas de la sociedad, en general los más influyentes y que determinan el sentir común. Ellos son considerados, precisamente, cuerpos extraños en una sociedad evolucionada y emancipada.
La exhortación de Pablo no nos permite perdernos un solo instante en recriminaciones amargas y polémicas estériles. No se excluye naturalmente el dar razón de la esperanza que hay en nosotros «con dulzura y respeto», como recomendaba san Pedro (1 Pe 3,15-16). Se trata de entender cuál es la actitud del corazón que hay que cultivar en relación a una humanidad que, en su conjunto, rechaza a Cristo y vive en las tinieblas en lugar de la luz (cf. Jn 3,19). Dicha actitud es la de una profunda compasión y tristeza espiritual, la de amarlos y sufrir por ellos; hacerse cargo de ellos delante de Dios, como Jesús se hizo cargo de todos nosotros ante el Padre, y no dejar de llorar y rezar por el mundo.
Este es uno de los rasgos más bellos de la santidad de algunos monjes ortodoxos. Pienso en san Silvano del Monte Athos. Él decía:
«Hay hombres que auguran a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia la ruina y los tormentos del fuego de la condenación. Piensan de este modo, porque no fueron instruidos por el Espíritu Santo en el amor de Dios. En cambio, quien verdaderamente lo ha aprendido derrama lágrimas por el mundo entero. Tú dices: “Es malvado y que se queme en el fuego del infierno”. Pero yo te pregunto: “Si Dios te diera un buen lugar en el Paraíso y vieras arrojado en las llamas a quien tú se lo augurabas, quizás ni siquiera entonces te dolerías por él, quienquiera que fuera, aunque fuera enemigo de la Iglesia»[2].
En la época de este santo monje, los enemigos eran sobre todo los bolcheviques que perseguían a la Iglesia de su amada patria, Rusia. Hoy el frente se ha ampliado y no existe «telón de acero» al respecto. En la medida en que un cristiano descubre la belleza infinita, el amor y la humildad de Cristo, no puede prescindir de sentir una profunda compasión y sufrimiento por quien voluntariamente se priva del bien más grande de la vida. El amor se hace en él más fuerte que cualquier resentimiento. En una situación similar, Pablo llega a decir que está dispuesto a ser él mismo «anatema, separado de Cristo», si esto podía servir para que le aceptaran por los de su pueblo que permanecieron fuera (cf. Rom 9,3).
  1. La caridad ad intra
El segundo gran campo de ejercicio de la caridad se refiere, se decía, a las relaciones dentro de la comunidad, en concreto, cómo gestionar los conflictos de opiniones que surgen entre sus diversos componentes. A este tema el Apóstol dedica todo el capítulo 14 de la Carta.
El conflicto entonces en curso en la comunidad romana estaba entre los que el Apóstol llama «los débiles» y los que llama «los fuertes», entre los cuales se pone a sí mismo («Nosotros que somos los fuertes…») (Rom 15,1). Los primeros eran aquellos que se sentían moralmente obligados a observar algunas prescripciones heredadas de la ley o por anteriores creencias paganas, como el no comer carne (en cuanto que existía la sospecha de que hubiera sido sacrificado a los ídolos) y el distinguir los días en prósperos y perniciosos. Los segundos, los fuertes, eran los que, en nombre de la libertad cristiana, habían superado esos tabúes y no distinguían un alimento de otro, o un día de otro. La conclusión del discurso (cf. Rom 15,7-12) nos hace comprender que en el trasfondo está el habitual problema de la relación entre creyentes provenientes del judaísmo y creyentes procedentes de los gentiles.
Las exigencias de la caridad que el Apóstol inculca en este caso nos interesan en grado sumo, porque son las mismas que se imponen en cualquier tipo de conflicto intraeclesial, incluidos los que vivimos hoy, tanto a nivel de la Iglesia universal como de la comunidad en que cada uno vive.
Los criterios que el Apóstol sugiere son tres. El primero es seguir la propia conciencia. Si uno está convencido en conciencia de cometer un pecado haciendo una cierta cosa, no debe hacerla. «De hecho, todo lo que no viene de la conciencia —escribe el Apóstol— es pecado» (Rom 14,23). El segundo criterio es respetar la conciencia ajena y abstenerse de juzgar al hermano:
«Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? […] Dejemos, pues, de juzgarnos unos a otros; cuidad más bien de no poner tropiezo o escándalo al hermano» (Rom 14,10.13).
El tercer criterio afecta principalmente a los «fuertes» y es evitar dar escándalo:
«Sé, y estoy convencido en el Señor Jesús —continúa el Apóstol—, que nada es impuro por sí mismo; lo es para aquel que considera que es impuro. Pero si un hermano sufre por causa de un alimento, tú no actúas ya conforme al amor: no destruyas con tu alimento a alguien por quien murió Cristo […] procuremos lo que favorece la paz y lo que contribuye a la edificación mutua» (Rom 14,14-19).
Sin embargo, todos estos criterios son particulares y relativos, respecto a otro que, en cambio, es universal y absoluto, el del señorío de Cristo. Escuchemos cómo lo formula el Apóstol:
«El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios; y el que no come, no come por el Señor y da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 6-9).
Cada uno es invitado a examinarse a sí mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el señorío de Cristo, su gloria, su interés, o en cambio no, más o menos larvadamente, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de la propia inclinación psicológica, o, peor aún, de la propia opción política. Esto vale en uno y otro sentido, es decir, tanto para los llamados fuertes como para los llamados débiles; hoy diríamos que tanto para quien está de parte de la libertad y la novedad del Espíritu, como para quien está de parte de la continuidad y la tradición.
Hay una cosa que se debe tener en cuenta para no ver, en la actitud de Pablo sobre este tema, una cierta incoherencia respecto a su enseñanza anterior. En la Carta a los Gálatas él parece bastante menos disponible al compromiso y en ocasiones incluso enfadado. (Si hubiera tenido que pasar por el proceso de canonización hoy, Pablo difícilmente habría llegado a ser santo: ¡habría sido difícil demostrar la «heroicidad» de su paciencia! Él, a veces «estalla», pero podía decir: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» [Gal 2,20], y ésta, se ha visto, es la esencia de la santidad cristiana).
En la Carta a los Gálatas Pablo reprocha a Pedro lo que aquí parece recomendar a todos, es decir, que se abstengan de mostrar la propia convicción para no dar escándalo a los simples. Pedro en efecto, en Antioquía, estaba convencido de que comer con los gentiles no contaminaba a un judío (¡ya había estado en casa de Cornelio!), pero se abstiene de hacerlo para no dar escándalo a los judíos presentes (cf. Gál 2,11-14). Pablo mismo, en otras circunstancias, actuará del mismo modo (cf. Hch 16,3; 1 Cor 8,13).
La explicación no está, por supuesto, sólo en el temperamento de Pablo. Sobre todo, el juicio en Antioquía esta mucho más claramente vinculado a lo esencial de la fe y la libertad del Evangelio de lo que parece que se tratara en Roma. En segundo lugar —y es el principal motivo—Pablo habla a los gálatas como fundador de la Iglesia, con la autoridad y la responsabilidad del pastor; a los romanos les habla  a título de maestro y hermano en la fe: para contribuir, dice, a la común edificación (cf. Rom 1,11-12). Hay diferencia entre el papel del pastor al que se debe obediencia y el del maestro al que sólo se le deben respeto y escucha.
Esto nos hace comprender que a los criterios de discernimiento mencionados se debe añadir otro, es decir, el criterio de la autoridad y de la obediencia. De obediencia, el Apóstol nos hablará, oportunamente, en una de las sucesivas meditaciones con las conocidas palabras: «Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí» (Rom 13,1-2).
Entretanto escuchemos como dirigida a la Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7).
[1] Cf. Le cause dei santi. Sussidio per lo Studium, (Ed. Congregación de las Causas de los Santos) (Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 32014) 13-81.
[2] Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos. La vita, la dottrina, gli scritti (Turín 1978) 255s.

jueves, 1 de marzo de 2018

Peligros y riesgos para los jóvenes por el abuso de los medios digitales

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Lima (Agencia Fides) - “Cuando los medios del mundo digital se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad y de amar con generosidad” declara a la Agencia Fides el prof. Edy Rodríguez Morel de la Prada, docente de teología y filosofía en la Facultad de Teología Redemptoris Mater del Perú, añadiendo que “el mundo digitalizado es un riesgo latente que lleva a vivir de la imagen proyectada y por tanto, perder la realidad del encuentro”.

Según el último estudio de “Niños en el mundo digital. Estado mundial de la infancia 2017” realizado por UNICEF y recibido en la Agencia Fides, 1 de cada 3 usuarios de Internet a nivel mundial es un niño, y los jóvenes entre 15 y 24 años representan el grupo de edad más conectado. El estudio pone en guardia sobre peligros como el aislamiento, la adicción, la ansiedad y la ruptura de los vínculos familiares y avisa de los riesgos relacionados con la intimidación, el abuso, la explotación y la pornografía.

Ante este contexto el Seguro Social de Salud del Perú, advierte que el abuso de las redes sociales, vídeo-juegos, celulares y tv puede convertirse en un problema de adicción, aislamiento y enfermedades mentales. De hecho entre los jóvenes peruanos de 16 años, según la Universidad Católica de San Pablo, el 0.5 de cada 10 estudiantes presenta niveles preocupantes de adicción. “Sería una pena que nuestro deseo de establecer y desarrollar las amistades online fuera en deterioro de nuestra disponibilidad para la familia, los vecinos y quienes encontramos en nuestra realidad cotidiana” concluye el profesor Rodríguez.

Entre las conclusiones del estudio se pide acelerar las medidas, realizar inversiones específicas y reforzar la cooperación para proteger a los niños y jóvenes contra los peligros de un mundo cada vez más conectado, al mismo tiempo que se aprovechen las posibilidades que ofrece la era digital a través de un uso responsable, en beneficio de la vida de cada menor. (DB/LG) (Agencia Fides 28/02/2018)


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