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lunes, 30 de marzo de 2026

El scroll infinito frente a la libertad de los menores

El scroll infinito nos puede aislar hasta dejarnos cautivos

El scroll infinito nos puede aislar hasta dejarnos cautivos


    Una condena significativa en marzo de 2026

    En marzo de 2026 en Estados Unidos ha tenido lugar una decisión judicial especialmente significativa para comprender la naturaleza del problema que hoy plantean las grandes plataformas digitales para el usuario en general y en concreto para los usuarios más indefensos que son los menores: niños y adolescentes (0-18) menores. Un jurado de Los Ángeles ha declarado responsables a Meta, por Instagram, y a Google, por YouTube, en un caso relativo al daño sufrido por una menor: son daños en la salud mental de una joven, identificada en el proceso como Kaley (o KGM), derivados de su adicción a las plataformas. Consecuentemente les ha impuesto el pago de una indemnización total de seis millones de dólares: 4,2 millones a Meta y 1,8 millones a Google. La importancia de este caso no reside solo en la suma económica, relativamente modesta si se la compara con el tamaño de ambas compañías, sino en el tipo de reproche formulado: no se trata simplemente de contenidos aislados o de errores accidentales, sino del diseño mismo de la experiencia digital, es decir, de una arquitectura pensada para:  

    • maximizar la permanencia (para enganchar a las plataformas en lenguaje más directo),

    • la compulsión (para generar un impulso irresistible y repetitivo que lleva a una persona -en este caso Kaley- a actuar de una forma determinada, incluso si no desea hacerlo),

    • y la dificultad de salir (de zanjar la sesión con una interrupción voluntaria de tal forma que abandonar el consumo se hace extremadamente difícil).

    El problema no es solo el contenido, sino el diseño. No se juzga únicamente un efecto secundario, sino una arquitectura deliberada. Es decir querida conscientemente por la plataforma. Entre los elementos discutidos en el juicio figuraba precisamente el infinite scroll, convertido ya en símbolo técnico y moral de una lógica de captación continua de la atención. Captación, o quizá secuestro, de la atención. El scroll infinito aparece, así, como emblema de una tecnología hecha para que el usuario no pueda terminar con sus consumo y siga así adherido a la pantalla.

    No solo una cuestión jurídica, sino cultural

    Conviene formular con precisión jurídica lo ocurrido. No ha sido, en sentido estricto, una multa administrativa clásica impuesta por un regulador, sino una condena civil por daños. Sin embargo, desde el punto de vista cultural y político, el significado es muy parecido al de una sanción pública: un tribunal reconoció que la forma en que estas plataformas están estructuradas puede producir perjuicios previsibles, especialmente en menores, y que esos perjuicios no son un mero efecto secundario inevitable del progreso técnico, sino el resultado de decisiones de diseño explícitas, es decir, voluntarias y no precisamente fortuitas. Los daños no son accidentales. El perjuicio está vinculado a decisiones estructurales queridas por la propia plataforma. Precisar estos matices importa porque desplaza el centro del debate. Durante años se ha querido presentar el problema de las redes como si radicara solo en el mal uso por parte de algunos usuarios, en la falta de autocontrol individual o en el atractivo irresistible de ciertos contenidos extremos. Sin embargo estos procesos judiciales apuntan a algo más profundo: el problema está inscrito en la propia forma del producto. No es justo culpar al usuario cuando el sistema ha sido diseñado para capturarlo deliberadamente.

    En esos mismos días, además, Meta recibió en Nuevo México una condena mucho mayor, de 375 millones de dólares, en un asunto ligado a protección de menores, seguridad infantil y declaraciones engañosas sobre la seguridad de sus plataformas. Aunque ese caso no se reduce exclusivamente al diseño adictivo, muestra el mismo trasfondo: la sospecha, cada vez más corroborada judicialmente, de que el modelo de negocio de estas compañías ha subordinado el bien del usuario —y de modo singular el del menor— a la maximización del engagement (entendido este concepto como la capacidad de una plataforma para mantenerte conectado, interesado y activo dentro de su interfaz dificultando al usuario la salida) . El crecimiento se ha impuesto al bien del usuario. La lógica del engagement ha pesado más que la protección del menor. Pesa más la maximización del beneficio. Cuando distintas causas convergen en una misma intuición moral cada vez más certera, deja de ser convincente la defensa según la cual todo sería una suma de incidentes aislados. Empieza a aparecer un patrón. Lo que parecía disperso comienza a revelar una misma lógica: la responsabilidad no es del usuario sino de la plataforma.

    El scroll infinito como núcleo del problema

    Pero hay que ir al centro y nombrar el núcleo técnico de este patrón: el scroll infinito consecuentemente merece una atención especial. No es un rasgo accesorio ni una simple mejora pare el usuario. No es una facilidad de uso inocente para el usuario . Es una decisión de diseño con consecuencias antropológicas. Es una decisión de diseño que elimina deliberadamente los límites naturales de la experiencia humana. En otras actividades de la vida ordinaria existen señales de cierre: un capítulo termina, una página se acaba, una conversación concluye, una emisión tiene su fin, una tienda cierra en su horario. Y de ese modo se debe facilitar al usuario/lector que se detenga libremente ante el consumo de un producto determinado sea el que sea. La vida humana necesita pausas y umbrales. La experiencia humana madura gracias a ritmos, capítulos y finales. El scroll infinito actúa precisamente contra esa estructura elemental de la atención. Suprime el final visible, borra el momento en que el sujeto podría detenerse conscientemente, y sustituye la experiencia de una elección libre por una continuidad casi automática. El usuario ya no decide con la misma claridad seguir o no seguir: sencillamente es arrastrado a la siguiente pieza de contenido antes de que la reflexión pueda reaparecer. Se debilita el acto de detenerse. La pausa deja de ser natural y pasa a exigir un esfuerzo heroico acabar con la sesión y abandonar el interfaz. La libertad ya no se ejerce reflexiva y moralmente: queda empujada por un flujo que la dificulta y la pospone indefinidamente.

    Por eso el scroll infinito no debe entenderse solo como una función de interfaz, sino como una antropología implícita. Supone que la atención humana es un recurso explotable y que el objetivo del diseño consiste en reducir al mínimo todo acto de la voluntad que permita al sujeto recuperar distancia, juicio o libertad. Allí donde una cultura humanista pondría cuidado en proteger la capacidad de detenerse, mirar, ponderar y elegir, esta lógica procura exactamente lo contrario: mantener un flujo constante que impida la interrupción reflexiva. La atención se convierte en materia prima que debe ser capturada sin interrupción. El usuario deja de ser fin y pasa a ser recurso. En términos morales, el problema no es solo que el usuario pase mucho tiempo en la plataforma; el problema es que se debilita la forma interior del acto libre. El scroll infinito no solo acapara tiempo: erosiona la libertad. No solo entretiene: reorganiza impulsivamente la vida interior.

    Una técnica de captura del deseo

    Aquí aparece una cuestión más honda que la mera discusión sobre regulación tecnológica. El scroll infinito explota una vulnerabilidad constitutiva de la psicología humana: nuestra inclinación a seguir buscando una novedad más, una recompensa más, una imagen más, una confirmación más. Consecuentemente ahora deberíamos adentrarnos en el papel de la dopamina. Pero seremos muy breves: la relación entre la dopamina y el consumo digital es que esta es el motor invisible detrás de la economía de la atención. Estamos ante la explotación de la vulnerabilidad del deseo humano. Es una técnica de captura apoyada en mecanismos muy elementales del deseo. No necesita convencer; le basta con mantener abierta la expectativa. No necesita ofrecer bienes verdaderos; le basta con administrar estímulos sucesivos. No alimenta el deseo: lo excita sin colmarlo. No ofrece plenitud: ofrece continuidad inagotable. Su fuerza reside en que no entrega satisfacción, sino promesa de satisfacción diferida. Cada nuevo contenido parece insinuar que el siguiente quizá sí será el definitivo, el más interesante, el más divertido, el que por fin satisfaga. Y precisamente porque esa satisfacción no llega, el ciclo continúa. La promesa sustituye al cumplimiento. La expectativa ocupa el lugar del bien verdadero.

    Educativamente en este diseño digital, sobre todo en las redes sociales, no se enseña a habitar el mundo sosegadamente con mayor profundidad, sino a pasar sin cesar de un estímulo a otro. La dispersión se vuelve hábito. La superficialidad se normaliza. El sujeto aprende a vivir saltando, no permaneciendo. No nos ocuparemos aquí: pero el papel de la sociedad civil, de las familias y la escuela es fundamental como se está viendo en los pasos dados por Australia y Francia donde el Estado legisla teniendo en cuenta estos aspectos.

    El daño particular en niños y adolescentes

    En el caso de los menores, esta lógica resulta aún más grave. La infancia y la adolescencia son etapas de formación de hábitos, de plasticidad afectiva y de aprendizaje del juicio. Este diseño digital no está formando las virtudes y el carácter tan necesario en esta época de formación y fragilidad. En ellas se está configurando no solo qué se desea, sino cómo se desea. En la infancia se forma la estructura del deseo. Cuando una plataforma introduce al menor en un entorno diseñado para abolir la pausa, intensificar la respuesta impulsiva y recompensar la permanencia acrítica, no solo se ocupa su tiempo libre: se modela un estilo de relación con la realidad. La conexión digital no solo entretiene: forma el alma. No solo llena horas: configura hábitos interiores. Enseña, sin decirlo, que el mundo está ahí para ser consumido en secuencia rápida, que la atención no necesita profundidad, que siempre debe haber algo más y que el silencio, la espera o el aburrimiento son fracasos que conviene suprimir de inmediato. Este diseño digital, el scroll infinito, educa el deseo en la dispersión. Deshabitúa para la espera, el silencio y la demora fecunda. Aleja de la lenta realidad que exige habilidades mucho más sutiles como el aprendizaje del lenguaje más afinado capaz de verdaderas decisiones morales.

    Por eso el daño no puede medirse únicamente en horas de pantalla o en indicadores clínicos. Hay un efecto más profundo, pero quizá más decisivo: la dificultad creciente para sostener la atención, aceptar el límite, demorarse ante lo real y soportar el vacío sin buscar inmediatamente un nuevo estímulo. Sin pausa, no madura el juicio. Sin silencio, no crece la interioridad que es la casa de la libertad. Sin límite, el deseo no aprende a ordenarse.

    Una cuestión educativa y moral

    Sería, por tanto, un error reducir el debate a la seguridad digital entendida en sentido estrecho. La cuestión es también educativa, cultural y espiritual. Una sociedad que acepta sin resistencia tecnologías construidas para impedir la detención/deliberación reflexiva termina debilitando las condiciones mismas de la libertad interior. Y sin interioridad no hay juicio sólido, ni libertad madura, ni verdadera apertura a la realidad. Sin interioridad, no hay libertad plena. La crisis de atención es también una crisis moral. La crítica antropológica que denuncia el scroll infinito no responde a una nostalgia tecnófoba, sino a una defensa de la ecología humana de la atención. El hombre, el menor, necesita límites, pausas, ritmos, fines visibles. Necesita que su trato con el mundo no esté enteramente colonizado por sistemas que compiten por secuestrar su mirada. La atención humana necesita ser protegida. La pausa no es un lujo: es una condición de humanidad. Y podríamos seguir con el valor de la atención en Simone Weil, pero este no es el lugar.

    Sobre todo el menor necesita también espacios en los que el deseo pueda ser educado, no solo estimulado. Porque educar no consiste en multiplicar impactos, sino en enseñar a discernir, a amar lo valioso y a rechazar lo que degrada. Desde esta perspectiva, el scroll infinito no es solo una herramienta fatalmente eficaz: es la expresión de una cultura que ha dejado de reconocer el valor formativo del límite. Donde desaparece el límite, se debilita la formación del carácter.

    Ignasi de Bofarull, ReL

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    jueves, 22 de enero de 2026

    ¿Qué quieren decir los jóvenes? Un glosario esencial

     

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    Estos son algunos de los términos más comunes entre los jóvenes en el espacio digital. Conócelos para comprender mejor lo que expresan y sienten

    Seguramente has escuchado que tus hijos, sobrinos o nietos dicen algunas de estas frases: “qué cringe”, “tiene una red flag” o “me ghosteó”. Y aunque suenan extrañas la primera vez que las oímos, estas palabras son términos que nombran dinámicas que se repiten con frecuencia en la actualidad, especialmente en las relaciones y en el mundo digital.

    Hemos hecho un glosario con las palabras más populares entre los jóvenes, no para usarlas como etiquetas, sino para entender mejor lo que viven y abrir espacios de acompañamiento.

    1Dinámicas de influencia emocional

    Estos conceptos describen interacciones poco saludables en las relaciones. Se les ha dado nombre debido a su uso cada vez más frecuente.

    • Gaslighting: Manipulación psicológica que hace que una persona se cuestione su propia percepción, memoria o juicio.
    • Love bombing: Conocido en español como “muestras excesivas de afecto”. Suele presentarse al inicio de una relación y busca generar dependencia emocional.
    • Hoovering: Después de una ruptura, una de las personas intenta retomar el contacto para reenganchar emocionalmente, usando culpa, nostalgia o manipulación.

    2Comportamientos frecuentes en la red

    Son formas de actuar propias del entorno digital y de las redes sociales.

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    • Ghosting: Una de las conductas más comunes hoy en día. Implica desaparecer de una relación de manera abrupta, sin explicaciones ni aviso previo.
    • Orbiting: Ocurre cuando, tras una relación, una persona sigue presente en el “radar digital” de otra (likes, vistas, reacciones), sin retomar un contacto directo.
    • FOMO: Siglas de Fear Of Missing Out. Es el miedo a quedarse fuera o perderse experiencias que otros parecen estar viviendo, muy alimentado por las redes sociales.

    3Indicadores de posible riesgo

    Conceptos que ayudan a identificar situaciones que requieren atención y acompañamiento.

    • Red flag: “Bandera roja”. Señal de alerta ante actitudes o comportamientos que pueden ser tóxicos o riesgosos.
    • Grooming: Proceso de manipulación mediante el cual un adulto gana la confianza de un menor con fines de abuso o explotación. Ocurre principalmente a través de internet y redes sociales.

    4Formas de desvalorización

    Maneras indirectas de minimizar, desacreditar comentarios o afectar la dignidad de otra persona.

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    • Mansplaining: Explicar algo a una mujer de forma condescendiente, invalidando su opinión y asumiendo ignorancia.
    • Negging: Forma de comunicación en la que se hacen críticas o comentarios despectivos disfrazados de broma o halago, con el fin de disminuir la seguridad emocional de la otra persona.

    5Reacciones emocionales que informan

    Términos que ayudan a nombrar sensaciones internas ante situaciones externas.

    • Cringe: Sensación de vergüenza ajena o incomodidad intensa frente a una situación o comportamiento.
    • Ick: Rechazo o incomodidad repentina hacia alguien, provocada por una actitud o acción que genera desconfianza o desagrado.
    • Trigger: Estímulo o situación que actúa como “disparador” de una reacción emocional intensa, generalmente relacionada con una experiencia previa.

    Conocer estas definiciones nos ayuda a fortalecer el vínculo con los jóvenes y a comprender mejor sus dinámicas relacionales, en una etapa en la que gran parte de su mundo interior se desarrolla también a través de una pantalla.

    Yohana Rodríguez, Aleteia 

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