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lunes, 16 de noviembre de 2020

Las 4 preguntas que debe hacerse un buscador espiritual, para no quedarse instalado en la duda

 Está bien pararse a pensar y hacer preguntas, pero no quedarse cómodamente instalado en la duda


Hacerse preguntas sobre la fe, Dios o el sentido de la vida es bueno y necesario, y ahogarlas en silencio es malo. Como ya explicamos en ReL, "lo que es tóxico para la fe no son las dudas, sino el silencio", como señalaban Kara Powell y Steven Argue, autores del libro Growing With. El silencio transmite al joven, y no tan joven, -sea de familia creyente o de un entorno sin fe- la idea de que las cosas de Dios son irrelevantes en la vida real, o vergonzantes, o falsas (e hipócritas) o complicadísimas y ajenas.

En la película Conan el Bárbaro de 1982, de John Milius, unos bárbaros orientales se plantean una pregunta filosófica: ¿Qué es lo mejor de la vida? Conan, que es un guerrero esclavo, dice que "aplastar enemigos, verles destrozados, oír el lamento de sus mujeres". Todos le aplauden. Otro dice que "la extensa estepa, un caballo rápido, halcones en tu puño, el viento en tu cabello", pero no convence a su auditorio. (Aquí la escena en YouTube)

¿Es posible demostrar que Conan está equivocado? Hay que añadir que en la película Conan aprenderá a disfrutar de la estepa, el caballo y el viento, en parte gracias a amigos libres.

La pregunta "¿qué es lo mejor?" debe formularse a las personas en búsqueda espiritual, ateos o agnósticos o creyentes "a su manera". Así lo recomienda John G. Stackhouse Jr. en su nuevo libro Can I Believe?: An Invitation to the Hesitant ("¿Puedo creer? Invitación a los titubeantes").

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Él anima a cualquiera que quiera explorar y juzgar una religión cualquiera a plantear estas 4 preguntas:

- ¿Qué es real, según esta religión?
¿Qué es lo mejor? (sería la pregunta de Conan)
- ¿Qué cosas están mal, según esta religión?
- ¿Qué puedo hacer yo al respecto?

Stackhouse, un buen divulgador que escribe sobre historia y sociología del cristianismo, explica que ha planteado estas 4 preguntas en conferencias y cursos en China, para presentar el cristianismo a personas que no sabían nada de él, con resultados "positivos".

El cristianismo respondería más o menos así:

¿Qué es real? Es real Dios y son reales el Cielo y la Tierra creados por Dios, que no son una mera ilusión ni una fantasía virtual

¿Qué es lo mejor? Lo mejor es lo que vendrá después, el Cielo nuevo y la Tierra nueva, la vida venidera, lo que Dios nos tiene preparado, la vida eterna con Él y su amor, que en parte ha empezado ya

¿Qué está mal? Está mal el pecado

¿Qué puedo hacer? Puedo nacer de nuevo, empezar de nuevo, ser transformado por Dios con su perdón, vivir con virtud y alegría ya su Gracia

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El mundo es muy grande, las personas se hacen preguntas espirituales sobre el sentido de la vida y la oferta de "respuestas" es cada vez más variada, y a menudo confusa

El libro de Stackhouse, dirigido a buscadores, plantea las preguntas y defiende las respuestas cristianas. Después se dirige a los titubeantes que honradamente pueden plantear: "en realidad, ¿cuánto podemos saber con certeza de estas cosas profundas o religiosas?"

Stackhouse reconoce que hay límites a lo que el hombre puede conocer, pero el titubeante no debe quedarse paralizado para siempre en la duda. Debe admitir, con realismo, que sus intereses, esperanzas y miedo influyen en su pensamiento.

Un pagano polígamo en África que está dudando entre hacerse musulmán o hacerse cristiano, en vez de preguntarse "¿cuál es la verdad?" puede preguntarse sólo "quién me deja disfrutar de mis tres esposas". Pero no estaría entonces en una búsqueda sincera de la verdad. (Lo mismo pasa con un promiscuo occidental cualquiera, o con un perezoso, vanidoso, etc... porque la moral cristiana es exigente).

Por eso, para el buscador que se hace preguntas, Stackhouse propone 3 sugerencias:

1) elige bien tus compañías (otros buscadores, personas virtuosas y sabias, compañeros de inquietudes, buenos ejemplos)

2) ten trato y conversación con personas de opiniones y perspectiva diversa, no te quedes en una burbuja uniforme

3) reconoce que tu voluntad tiene influencia en lo que crees; puedes -hasta cierto punto- decidir creer o no en unos postulados

Los que no creen, en realidad, creen bastantes cosas

La gente tiene creencias, a menudo, poco definidas... incluyendo los que se consideran no creyentes. El estudio Understanding Unbelief de la Fundación Templeton sobre la religiosidad de los no religiosos, realizado antes de la pandemia del coronavirus, detectó, por ejemplo, que creen en "fuerzas subyacentes de bien y mal" un 30% de agnósticos brasileños, 36% de agnósticos norteamericanos y daneses, 43% de agnósticos británicos..¡y 51% de agnósticos chinos! Incluso entre los ateos creían en "fuerzas subyacentes de bien y mal" uno de cada 5 ateos norteamericanos y unos de 3 cada 10 ateos británicos, chinos, daneses o brasileños.

El mismo estudio encontró que uno de cada 3 no creyentes estaría de acuerdo con la afirmación "el universo, al final, no tiene sentido". En ningún país son mayoría entre los no creyentes los que apoyan esta frase.

Entonces, ¿dónde encuentran sentido los no creyentes? El estudio dio a elegir entre 43 palabras como fuente de sentido para su vida. Los ateos y agnósticos chinos elegían la libertad, la igualdad, la familia, la justicia y la ciencia. Los agnósticos y ateos norteamericanos coincidían con los chinos en la familia y la libertad, pero en vez "igualdad y justicia" elegían "verdad y compasión".

Todos ellos pueden crecer mucho planteándose las 4 preguntas de John G. Stackhouse en "Can I Believe?

Pablo J. Ginés/ReL

Vea también    Laicos Creyentes: poner en duda la duda



miércoles, 28 de agosto de 2019

4 pasos para conversar sobre la fe con tus adolescentes: si no lo haces, ésta se debilita y muere

Tener dudas y hacerse preguntas es sano; guardarlas en secreto, no

Es mejor que los hijos planteen sus dudas de fe que mantenerlas en silencio... hay que generar momentos para hablar -los hijos- de Dios y la fe
Es mejor que los hijos planteen sus dudas de fe que mantenerlas en silencio...
hay que generar momentos para hablar -los hijos- de Dios y la fe

No poder hablar de sus dudas acerca de Dios o la religión daña la fe de los jóvenes.
El Fuller Youth Institute, una institución cristiana de EEUU, hizo un análisis siguiendo durante 3 años a 500 jóvenes cristianos practicantes, de 18 a 21 años, sus tres primeros años en la universidad. 
Uno de sus hallazgos fue descubrir que 7 de cada 10 jóvenes practicantes (que aún iban a la iglesia) tenía dudas y dificultades serias respecto a la fe, pero que menos de la mitad de esos jóvenes con dudas hablaba de ellas con un adulto o un amigo.
El estudio mostraba también que los que jóvenes que hablaban de temas de fe, incluyendo dudas, con sus padres y amigos, tenían una fe más madura y firme. 
"Lo tóxico no son las dudas, sino el silencio"
"No hay duda de que lo que es tóxico para la fe no son las dudas, sino el silencio", señalan Kara Powell y Steven Argue, del Fuller Youth Institute, en su libro Growing With.
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Powell y Argue constatan lo que otros estudios han señalado: incluso entre jóvenes que han ido a la iglesia toda su vida, se ha perdido la capacidad de hablar de la fe con sus padres y con sus iguales. Lo comparan a un niño, quizá adoptado, que pasó la infancia en un país, pero ahora, en otra cultura ha olvidado el idioma de su país natal. Y eso es grave, porque la fe entra en la vida de forma natural cuando se internaliza con el lenguaje y los comportamientos. 
Los padres dicen en las encuestas que les cuesta hablar de fe con sus hijos porque tienen miedo a decir algo técnica o teológicamente erróneo. O temen parecer ignorantes sobre muchas materias, y así debilitar la fe de sus hijos. 
Powell y Argue responden que "no necesitamos ser teólogos ni supercristianos para hablar con nuestros hijos sobre nuestra fe o la suya".
Dan ideas para intentarlo, porque no hacerlo, el silencio, es mucho más nocivo que una inexactitud o un error teológico: el silencio transmite al joven la idea de que las cosas de Dios son irrelevantes en la vida real, o vergonzantes, o falsas (e hipócritas) o complicadísimas y ajenas.
Empezar a hablar de fe con adolescentes y jóvenes es tan raro como empezar a hablar un idioma nuevo y el inicio puede ser torpe. Pero rápidamente se dan grandes pasos. 
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1. Crea espacios para hablar de la fe
Los padres han de crear espacios para conversar con sus hijos adolescentes de cosas importantes, sin regañarles ni pasarles listas de "cosas que has de hacer y no has hecho". Por lo general son charlas de tú a tú, sin otros hermanos alrededor, quizá sólo un padre con un hijo. 
En esas charlas distendidas se habla de los amigos, de política, del amor, de las cosas que pasan. Y de Dios. Un padre puede invitar a un hijo a un helado o a un chocolate, o más adelante a un café, y hablar de estas cosas. O tener la costumbre de dar un paseo, o hablar al ir en coche.
Steven Argue en estos espacios pregunta a sus hijas: "Dime algo que piensas que yo creo y que tú no crees". Nos puede asustar pensar que nuestro hijo piense distinto en temas importantes, pero Argue señala que para crecer en la fe se necesitan "conversaciones honestas con regularidad".
Kara Powell pregunta a sus hijos sobre "sentir", lo que se "siente". No es un examen de teología. "¿Cuándo te sientes más cerca de Dios?", pregunta. Una responde que en la soledad y la naturaleza. Otro que cuando va a la iglesia con sus amigos. La relación entre un alma joven y Dios es muy íntima, distinta en cada persona: los chicos han de sentir que pueden hablar de ello sin ser regañados o castigados. Pero hay que invitarles a hablar con preguntas.
2. Déjalo claro: hacerse preguntas sobre la fe está bien
Hacerse preguntas sobre la fe está bien, tan bien como hacerlas sobre la vida, la muerte, el amor, el bien, qué hacer con tu vida, cómo ser feliz...¡los grandes temas! 
Un chaval puede tener miedo de hacer preguntas en voz altas. El padre puede decir que "la fe a los 16 o 19 años no puede ser igual que a los 8 años; si se ha quedado igual, es como seguir llevando un traje infantil, de marinerito".
Hay que repetirlo: hacer preguntas está bien. En entornos católicos, muchas preguntas se pueden responder acudiendo al Catecismo. Puede ser útil acudir también al YouCat, el Catecismo para jóvenes. 
A veces, las dudas tienen que ver con concepciones muy erróneas sobre Dios o la fe. Si un joven dice "creo que ya no creo en Dios", lo mejor es preguntar "cuéntame más sobre ese Dios en el que no crees". Probablemente era una parodia lejana del Dios cristiano, no el Dios de Abraham, Isaac, Jacob, Jesús y la Iglesia.
Pero probablemente en muchos casos las respuestas simplistas no basten. "Lo dice el Catecismo y punto" no ayuda cuando hay dudas existenciales, vivenciales. Es bueno invitar a seguir hablando del tema con otros adultos, con catequistas, misioneros, personas que aprecian o admiran, otros jóvenes... 
En ReligionEnLibertad es posible contactar, por ejemplo, a sacerdotes blogueros o consultar aquí al padre José Juan Hernández en su Consultorio moral y espiritual.
Tampoco es bueno al tratar con jóvenes hacerles elegir entre dos paquetes cerrados: "o crees todo este paquete, o estás fuera y eres ateo e impío". ¡A corto plazo siempre es más cómodo ser ateo e impío!
Es mejor animar a buscar formas creativas de explorar la fe. Quizá se niega a ir a misa, pero puede aceptar ir a retiros de jóvenes, peregrinaciones, grupos juveniles... Quizá se niega a ir a la misa de tu parroquia, no a otras misas. Hay que evitar el "todo a nada" a esta edad.
3. Los padres han de contar su historia de fe
Decía el antropólogo Mircea Elíade que el primer rito debe ser la recitación del mito, es decir, contar "la gran historia" de nuestra tribu y los dioses. O la de tu familia y Dios. Quizá la contaste a tus hijos cuando eran niños, pero hay que contarla otra vez ahora, pensando en adolescentes y jóvenes adultos.
¿Cómo optaste por Dios? ¿Cómo lo encontraste? ¿Cómo tratabas a Dios en tu juventud y adolescencia? ¿Cómo guió a tu familia, tu historia?
También has de contar en familia lo que Dios hace en tu día a día. Y eso formará parte de la vida espiritual de tus hijos: será su punto de partida, explica Steven Argue.
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4. Atento a las distintas edades y fases espirituales: hay 3
Entre los 13 y los 18 años muchos adolescentes están dispuestos a estudiar temas, a leerlos o escucharlos en tutoriales de YouTube o podcasts. Los padres deben animarles a hablar con expertos, leer artículos, escuchar vídeos adecuados... Los padres pueden hacer un seguimiento, preguntarles "qué has aprendido sobre ese tema" y "¿esas respuestas plantean nuevas preguntas?"
Hay que ser pacientes, porque los chicos a estas edades pueden ser muy exigentes y acusar a todos de hipócritas, o de blandos, o de exagerados... De hecho, lo pueden ser hasta los 22 años (o más), y son más tratables cuando ya salen al mundo a empezar a trabajar, hacen decisiones importantes y toman las riendas de la vida adulta.
Cuando jóvenes o adolescentes critican a su familia por temas de fe, puede ser útil animarles a que enumeren también algunas cosas buenas y valiosas de la fe que han visto o aprendido en casa, la parroquia o la escuela: que no se instalen en la queja. ¿Qué cosas aprecian de esa fe?
El joven puede establecerse en la duda. El padre debe reconocer que la duda es algo válido y necesario, pero no para construir la vida sobre ella. Debe animar al joven a explorar más allá de la duda, a buscar nuevas respuestas... y nuevas preguntas.
A partir de los 23 o 24 años los jóvenes ya han logrado algunos éxitos: han aprendido un oficio, ganan algún dinero... y ahora se preguntan qué huella va a dejar su vida en el mundo. Tienen aspiraciones y temores a fallar. Se preguntan: "¿qué va mal en el mundo y  qué puedo hacer yo al respecto?"
Este es el momento de hablar con ellos de la vocación y de las relaciones, en serio, y eso incluye a Dios. ¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Qué dones nos ha dado? ¿A qué nos invita? Los padres, una vez más, buscan conversar, no dar lecciones (aunque pueden contar su testimonio). 
Es también momento de conectar con más adultos con vocaciones y pasiones similares... y hablar con ellos de lo espiritual. 
"Necesitamos la paz y la fuerza que vienen de saber que Dios nos ama a cada uno de nosotros y nos desea una vida plena. Podemos descansar al saber que, así como queremos que nuestros hijos crean en Dios, Dios siempre creerá en ellos. Y en nosotros", escriben Powell y Argue.
                                                                                                                P.J.Ginés/ReL



Vea también     Convivir con un adolescente y no morir en el intento    (es el primer artículo de muchos más)