
Comienza un nuevo año, y, a estas alturas, echamos a andar los propósitos para cambiar aspectos importantes de nuestras vidas. Ojalá que en nuestra lista se encuentre algún aspecto de nuestra espiritualidad y no solo conformarnos con ir a Misa el domingo.
Sobre todo, porque nuestra formación como cristianos implica estrechar nuestra relación con Dios y es obvio que para conseguirlo no basta con ir a Misa. Desde luego, no hay nada más grande que la Eucaristía, pero si vamos aprisa y con ganas de que termine pronto porque solo estamos ahí para cumplir con el precepto, poco fruto dará en nosotros.
¿Acaso las amistades se forjan con ver a las personas de vez en cuando? Para que surja una relación fuerte hay que cultivarla.
Dios nos espera con los brazos abiertos
El libro de los Proverbios tiene una bella sentencia:
"El amigo ama en cualquier ocasión, y un hermano nace para compartir la adversidad"
(Prov 17, 17).
¿Será posible que una persona a la que frecuentamos poco esté con nosotros en esas circunstancias? Un conocido puede mostrarse atento y quizá interesado en alguna desgracia, pero solo el amigo enfrentará con nosotros las dificultades.
Con Dios siempre tendremos la certeza de que estará en todo momento. Pero no le corresponde acercarse, porque siempre está ahí, dispuesto a abrazarnos y darnos lo que nuestro corazón requiera. Somos nosotros los que debemos aceptarlo.
Pero si no lo conocemos, no podremos amarlo ni desear su presencia en nuestra vida. Eso es lo que ocurre con quienes lo rechazan o lo niegan. ¿Cómo amar lo desconocido?
La formación es fundamental
Por lo anterior, es fundamental que busquemos formarnos en la fe cristiana que profesamos. La Iglesia que fundó Cristo tiene más de dos mil años de historia y es necesario que la conozcamos. ¿Acaso puede perderse la fe bien instruida? Por supuesto que no. Quien tiene cuidado de estudiar la doctrina cristiana y de conocer sus raíces tendrá lo necesario para avanzar en su vida espiritual.
Nuestra relación con Dios y el prójimo
Pero, por encima de todo, debemos estrechar nuestra relación con Dios. Orar a toda hora sin pretextos - hasta en el tráfico podemos rezar - , visitar al Santísimo en el tabernáculo, aprender a rezar el santo Rosario, orar antes de las comidas, en fin... cada uno puede hacer su lista.
Y luego, aprender a ser mejores personas con quienes conviven con nosotros. La caridad comienza en casa y debemos esforzarnos por tratarnos con amor y delicadeza.
Son solo algunas ideas, pero para comenzar es suficiente. Con la práctica iremos afinando detalles, pero lo que es más que seguro es que dejaremos de vivir con una espiritualidad de domingo y caminaremos con paso firme a la santidad.
Mónica Muñoz, Aleteia
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