La santidad parece, para muchos, una realidad lejana,
reservada a místicos que vivieron en tiempos antiguos. Sin embargo, al mirar de
cerca la vida de los santos, una verdad se vuelve evidente: no nacieron
santos. Fueron moldeados, día tras día, por decisiones conscientes,
hábitos constantes y una respuesta generosa a la gracia de Dios.
¿Y lo más impresionante? A pesar de las diferencias de
cultura, de época, de personalidad y de vocación, todos ellos comparten
rasgos en común.
Estas características, vistas en conjunto, trazan una
especie de mapa silencioso para quien desea vivir con verdadero propósito: no
sólo admirando a los santos, sino imitando aquello que los hizo llegar
al cielo.
A continuación, te presentamos 7 rasgos visibles en todos
los que alcanzaron la santidad:
1. Amor profundo por María
Todo santo cultivó una devoción auténtica a la Madre de
Jesús. No como un simple complemento espiritual, sino como un camino seguro
para unirse más íntimamente a Cristo. Cuanto más amaban a María, más se
configuraban con el Corazón de Jesús.
2. Desapego del dinero
Los santos comprendieron que el dinero no es un fin, sino un
medio — y muchas veces, prescindible. Vivieron con sencillez y libertad porque
su corazón ya pertenecía por completo a Dios. La providencia siempre los
sostuvo, pero nunca fue condición para obedecer.
3. Deseo ardiente de conocer a Dios
Incluso quienes no sabían leer aprendieron profundamente.
Estudiaron con el silencio, con la contemplación y con la vida misma. Buscaron
la verdad como quien busca a un amigo… y la encontraron. Porque se dejaron
enseñar por el Espíritu Santo, a través de la oración, la lectura y la
experiencia cotidiana.
4. Vida de oración constante
La oración era el aliento del alma de los santos. Sin ella,
nada florecía; con ella, todo encontraba su lugar. No era un formalismo, sino
una relación viva: una conversación con el Amado. En la oración tomaban
decisiones, vencían tentaciones y hallaban consuelo y claridad.
5. Fidelidad a los sacramentos
Bautismo, Confesión, Eucaristía, Confirmación… los santos se
dejaron formar por los sacramentos como quien se sumerge en una fuente viva. No
eran simples ritos: eran alimento y gracia real, capaces de sostener,
transformar y fortalecer a quienes desean vivir en el Espíritu.
6. Virtud en el sufrimiento
Ningún santo vivió sin cruz. Persecución, pobreza,
enfermedad o martirio marcaron sus vidas. Pero todos encontraron sentido en el
dolor porque unieron sus sufrimientos a los de Cristo. No huyeron de la cruz:
la transformaron en fuente de fecundidad espiritual.
7. Valentía para ser diferente
Los santos siempre nadaron contra la corriente. A menudo
parecían “fuera de lugar” en su tiempo — y precisamente por eso se convirtieron
en faros. Como afirmaba G. K. Chesterton:
“Cada generación es convertida por el santo que más la
contradice”.
Eran distintos porque vivían como quienes ya pertenecían al
Cielo.
Estos rasgos no son una fórmula mágica, sino un llamado.
Ser santo es difícil, pero no imposible — y justamente por
eso, la santidad es la misión más digna de toda nuestra vida.
Si quieres comenzar este camino, empieza aquí:
- Ama
a María.
- Reza
todos los días.
- Vive
con sencillez.
- Busca
conocer a Dios.
- Frecuenta
los sacramentos.
- Abraza
la cruz.
- Atrévete
a ser diferente.
Y sigue adelante. Porque la santidad no es una excepción: es una invitación para todos.
Cleiton Ramos, Churchpop
Vea también Vocación de Todos a la Santidad

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