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Celso Arango, jefe de Psiquiatría Juvenil en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid (España), ha puesto en alerta sobre una nueva realidad: aumenta la cifra de adolescentes que acuden a la medicina pública española diciendo que se sienten trans y quieren un cambio de sexo, pero en realidad no lo son. Es una peligrosa moda
El psiquiatra español Celso Arango sostiene que la cifra de adolescentes que dicen ser trans sin serlo se ha multiplicado a causa de la ideologización del asunto. Cree que la Ley Trans que está en trámite de aprobación en España «puede causar un daño enorme», según publica El Mundo en su edición del pasado sábado día 8:
«Esto es una locura, va a hacer daño a mucha gente, muchos jóvenes que tienen trastornos creen que los van a arreglar convirtiéndose en trans cuando no lo son. La Ley Trans no puede salir adelante así».
Celso Arango es jefe del departamento pediátrico y juvenil del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, catedrático por las universidades Complutense y de Maryland, y ex presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría.
Arango está, según El Mundo, muy alarmado porque el texto de la ley que se plantea no tiene en cuenta el parecer y la supervisión de los profesionales de la salud mental de los adolescentes. Desde su experiencia clínica, afirma que «no son trans, sino que tienen otros trastornos y creen que siendo trans los van a superar. Como la OMS ha despatologizado la transexualidad, ni nos han pedido opinión. Pero es una barbaridad lo que quieren hacer, y los vulnerables, los de siempre, podrían sufrir mucho».
Contra la imposición de la ideología de género
Para batallar contra la imposición de esta medida de la ideología de género, el ex presidente de la Asociación Española de Psiquiatría ha creado la Asociación Amanda, que se encuentran con hijos afectados por esta problemática. Por el momento, son unas 300 familias.
Arango asegura que desde que se comenzó a hablar de la posible Ley Trans como proyecto del gobierno español, “desde el día a día en el Hospital Gregorio Marañón estamos asistiendo a una explosión, un boom, un incremento exponencial de adolescentes que dicen ser trans, muchos por moda, y no lo son. En nuestra unidad de hospitalización, si habitualmente teníamos uno o dos adolescentes que decían ser trans al año, ahora lo manifiesta el 15%, o 20% de los ingresados. Obviamente no es una cifra normal, no responde a la realidad.”
Una clave: esperar antes de actuar
“Me preocupa mucho -dice este médico- conociendo la psicopatología de los adolescentes, esa búsqueda inmediata de respuesta, gratificación, variabilidad, cambio... Una de las cosas que primero aprendemos en psiquiatría infantil es a esperar antes de actuar. Cuando llega un niño y dice que su vida no vale nada, antes de poner tratamiento farmacológico, lo que haces es citarle una semana después. Y a lo mejor ha desaparecido el problema.«
El peligro de lo irreversible
César Arango no niega que exista la llamada disforia de género: “Esos cambios en la población pediátrica, en menores de edad, son muy frecuentes. Lo que antes se llamaba disforia de género, que ahora se llama incongruencia, por supuesto que existe, y estoy completamente de acuerdo con que se despatologice y se ‘despsiquiatrice’, en los casos en los que es real. Pero a mí lo que me preocupa es que la mayor parte de los adolescentes que estoy viendo, al estudiarlos longitudinalmente, dicen ser trans y no lo son. Y el problema es que si esto les abocara a una situación de esperar y ver, o de empezar con una psicoterapia, bueno». Pero…
«Pero si hablamos de que alguien que dice ser trans desde hace tres semanas va a un centro privado y le dan hormonas… Pues es una barbaridad. Hacemos algo que tiene complicada marcha atrás, cuando no es irreversible. Y a nosotros como profesionales sanitarios nos han enseñado que nuestra primera obligación es cuidar de la salud de nuestros pacientes. En dos visitas no conoces a un paciente, imagínese a los que se reclaman trans.”
Jamie Shupe relata su historia y la oscuridad que esconde la ideología de género
Jamie Shupe, durante su etapa trans y ahora donde aparece
mostrando de nuevo su carnet con su sexo biológico
Hace tres años Jamie Shupe aparecía en medios de comunicación de todo el mundo al convertirse gracias a los tribunales en la primera persona reconocida legalmente en EEUU como de “género no binario”. “No soy un hombre. No soy una mujer (…) Soy una mezcla de los dos. Me considero como un tercer sexo”, afirmaba.
Su caso fue ampliamente seguido en los grandes medios y fue utilizado como reclamo por los grupos LGTB, que lograron que en varios estados se reconociera este “género no binario” como legal para determinados documentos oficiales.
"Todo fue una farsa"
Ahora Shupe ha pedido oficialmente ser considerado de nuevo varón, su sexo biológico, considerando que “todo fue una farsa”. Ni su etapa transgénero ni la posterior “no binaria” pudieron ocultar la verdad de su realidad biológica. Y así lo reconoce ahora en un testimonio en primera persona publicado en The Daily Signaly que arroja hechos preocupantes sobre qué hay detrás de la ideología de género.
En primer lugar relata el temor que los médicos tienen a esta ideología y a ser acusados de transfóbico. Eso provocó que pese a los problemas mentales diagnosticados que presentaba ningún especialista le impidiera el tratamiento hormonal que quería. Y el que puso pegas fue pronto denunciado y no volvió a poner más problemas.
Igualmente, cuenta cómo fue instrumentalizado por los grupos de presión LGTBI en connivencia con los grandes medios. En cuanto empezó a salirse de su discurso fue silenciado y dejó mediáticamente de existir. Y otro dato llamativo de su testimonio está directamente relacionado con la histórica sentencia del juez de Oregón que le reconoció su género “no binario” y cuyas consecuencias fueron más allá de su propio caso. Su abogado le dijo justo antes del juicio que todo saldría bien porque el magistrado tenía un hijo trans. Durante el proceso, el juez no hizo preguntas ni puso pegas, simplemente dio la razón a Jamie.
Problemas mentales diagnosticados
Este hombre confiesa que todo empezó en 2013 durante una grave crisis de salud mental.Fue a ver a una enfermera y le pidió una receta para hormonarse. Aunque no le conocía, la facultativa se las recetó ese mismo día sin hacer preguntas.
“La enfermera ignoró que tengo un trastorno crónico de estrés postraumático tras haber servido previamente en el ejército durante 18 años. Todos mis médicos están de acuerdo en eso. Otros creen que tengo un trastorno bipolar y posiblemente un trastorno límite de la personalidad”, explica.
Durante 18 años Jamie sirvió en el Ejército de EEUU
Pese a sus evidentes problemas empezó el tratamiento hormonal para más adelante poder realizarse una cirugía. Asegura ahora que en todo ese tiempo tan sólo una terapeuta intentó hacerle ver la realidad, pero Jamie presentó una queja formal. El estigmatismo profesional y el miedo a ser catalogado de intolerante hicieron el resto. Nadie más le cuestionó el tratamiento.
Como exmilitar, Jamie asegura que su “historia traumática” se asemejaba a un viaje por la carretera de la muerte durante la primera Guerra del Golfo. “Cuando era niño fui abusado sexualmente por un pariente masculino. Además mis padres me pegaban severamente.He estado expuesto a tanta violencia que no sé cómo explicar por qué sigo vivo. Tampoco sé cómo procesar mentalmente algunas de las cosas que he visto y he experimentado”, confiesa este hombre.
La realidad de que no era una mujer y el género "no binario"
Además de las hormonas empezó a vestirse como una mujer. Iba con peluca, faldas, zapatos de tacón... Sin embargo, tres años después de su ‘paso’ de hombre a mujer se miró un día en el espejo y su fachada de supuesta feminidad se había derrumbado. A pesar de los años de tratamientos no se parecía en nada a una mujer. “El sexo biológico es inmutable”, afirma.
Una vez caído ese mito de ser mujer dio un paso más y pidió a dos de sus médicos ser “no binario” en vez de transgénero. “Para escapar de la ilusión de haberme convertido en mujer hice algo sin precedentes en la historia de Estados Unidos. En 2016 convencí a un juez de Oregón para que declarase que mi sexo era no binario, es decir, ni masculino ni femenino”, recuerda.
Utilizado como propaganda LGTB
De este modo, Jamie relata que “la histórica decisión judicial me catapultó a la fama instantánea dentro de la comunidad LGTBI. Durante 10 días seguidos los medios de comunicación no me dejaron ni dormir”.
A partir de ese momento se convirtió en un filón para el lobby LGTBI. Rápidamente, uno de estos grupos le ofreció ayuda legal y en unos meses se convirtió de nuevo en la primera persona a la que le revisaron su certificado de nacimiento cambiando su sexo de nacimiento de varón por el de “desconocido”.
Era una estrella mediática que había abierto camino a otros hasta que osó cuestionar el cambio de sexo en niños y la aceptación de transgéneros en las Fuerzas Armadas. Desde ese mismo instante todas las organizaciones LGTB que le apoyaban y le ponían de ejemplo le abandonaron, y con ellos todos los grandes medios de comunicación que le llamaban constantemente.
“La verdad que mi cambio de sexo a ‘no binario’ fue un fraude médico y científico. Hay que considerar el hecho de que antes de que se llevara a cabo la histórica audiencia general, mi abogado me informó que el juez tenía un hijo transgénero. Efectivamente, la mañana de mi breve audiencia en el juzgado, el juez no me hizo ninguna pregunta. Tampoco exigió ver ninguna prueba médica. En cuestión de minutos, el juez firmaba la orden judicial”, reconoce.
La verdad de "mi realidad biológica"
Esta decisión judicial acabaría costando a los contribuyentes millones de dólares puesto que se tuvo que colocar una casilla con el género no binario en las licencias de conducir de hasta la fecha once estados. En su opinión, el juez se debería haber recusado y cree que esto le podría haber evitado a él más confusión.
Finalmente en enero de este 2019 sin poder aguantar más esta situación Jamie ha vuelto a reclamar su sexo masculino de nacimiento. “El peso de la mentira sobre mi conciencia era más pesado que el valor de la fama que había ganado al participar en esta elaborada estafa”, considera ahora.
Por ello, este estadounidense admite que “dos identidades de género falsas no podían ocultar la verdad de mi realidad biológica. No hay tercer género o tercer sexo. Como yo, las personas intersexuales son hombres o mujeres”.
Rachele Sagramoso comprende que muchas sientan «terror» ante la idea
Toda la información que le llega a las jóvenes sobre la maternidad incide en los aspectos negativos para ella como mujer, lamenta Rachele Sagramoso.
Rachele Sagramoso es consejera de la asociación Abbracciami [Abrázame], que ayuda a las familias a madurar en todas las etapas del crecimiento y educación de sus miembros. En un reciente artículo en La Croce Quotidiano aborda la forma equivocada en la que la cultura dominante transmite a las jóvenes la idea de maternidad, una de las causas fundamentales del hundimiento de la natalidad (los ladillos son de ReL):
Vivir como madres para ser mujeres
Una mujer que mata a su propio hijo es un drama. Es una drama para la madre, para el padre del niño, para toda su familia y, evidentemente, para el niño. Y es un drama para una sociedad en la que cuesta aceptar al más débil (un bebé, un enfermo, un anciano, todos ellos seres humanos delicados) porque es una sociedad que se muere.
No es fácil llevar a cabo un análisis con la mente fría, ni pensar que esa mujer, de ahora en adelante, se maldecirá hasta el día de su muerte. Hasta el día en que, encontrándose con su propio hijo, reciba de él el perdón. Lo que podemos hacer, además de orar por la redención de esa alma perdida, es plantearnos algunas preguntas.
Cuando me convertí en madre, aún no había cumplido los 22 años. No era una recién nacida "programada", aunque la aceptamos enseguida felices, y su nacimiento ocasionó muchos sufrimientos a causa de una cesárea de emergencia que, además de dolorosa, tuvo una recuperación muy lenta a causa, también, de una falta de preparación en el momento de la llegada del bebé. Además, yo no había visto nunca a un bebé.
La lactancia no fue mucho mejor: grietas dolorosas y sanguinolentas (muchísimas madres sabrán seguramente de qué hablo), cólicos (es decir "llantos inconsolables sin ningún motivo aparente") y poca preparación con respecto a "qué" es, realmente, un recién nacido. Su llantolo vivía como un juicio continuo por mi falta de preparación. Y me parecía que lloraba durante horas. Y que no dormía, también durante horas.
El aislamiento de la joven madre
A partir de un cierto periodo cultural, las mujeres "decidieron" que era mejor dedicarse a la carrera y después a tener hijos. En aquella misma época nacieron corrientes de pensamiento pediátrico y pedagógico que pusieron en duda el hecho de que la mujer supiera producir la propia leche y que esta fuera biológicamente fisiológica para el propio hijo y que, al mismo tiempo, defendían que los niños crecían mejor lejos de la madre (como se decía en esa época, el riesgo era tener niños "malcriados"): la solución era delegar el cuidado de los hijos a cunas, cochecitos, biberones y guarderías o niñeras.
Más o menos en el mismo momento histórico, las familias se desmembraron y se convirtieron en pequeños núcleos reducidos sólo a las figuras paternas y a un solo hijo, máximo dos (1,5 hijos por mujer en 1970).
Estos hechos tuvieron varias consecuencias sobre la mujer: en el momento en el que se convierte en madre, está efectivamente sola -lejos quedan los tiempos en los que formaba parte de una familia en la cual la soledad era difícil de encontrar, porque los hogares estaban "superpoblados"- y, al no poder ocuparse de su hijo de manera espontánea por miedo a "malcriarlo", hace que se modifique su propensión espontánea al cuidado o, por lo menos, a la sensibilidad intrínseca hacia un ser indefenso y necesitado de atención, característica de la feminidad.
Ser una madre reciente y sola, teniendo que cuidar de un bebé, era ya difícil en los años 70 -cuando la mayoría de las mujeres tenía, por lo menos, primas o tías-, pero a partir de los años 90 -cuando la gran mayoría de las mujeres se encontró siendo hija única y alejada de la familia de procedencia-, fue casi imposible.
Una presión insoportable
Que un pediatra dictamine que un niño amamantado durante más de veinte minutos corre el riesgo de morir de indigestión, que un recién nacido tiene que dormir obligatoriamente en su cama y tener pausas de sueño de ocho horas por la noche y dos durante el día, que tiene que dormir solo porque de lo contrario cuando sea adulto será incapaz de autonomía (nunca una palabra fue utilizada más impropiamente), que cuando tiene cuatro meses tiene que comer cinco comidas semisólidas de un alimento semidulce e insípido (y pasar cuando tiene doce meses a la pasta con tomate) o de lo contrario tendrá trastornos alimentarios, es lo más estresante que le puede suceder a una mujer.
Que, además, tal vez ha tenido un embarazo un poco turbulento debido incluso al hecho que ha tenido que trabajar hasta el día antes del parto, que ha tenido un parto poco delicado y traumático (si una mujer no ha visto nunca a un recién nacido, tampoco ha vivido como normal el nacimiento de un hijo) y que tal vez vive a cientos de kilómetros de distancia de su madre, a la que necesita en esos momentos (una madre que acaba de dar a luz necesita muchos mimos); todo esto ha destruido en ella la idea que exista la belleza en la maternidad.
No me cuesta creer que muchísimas mujeres sientan terror ante la idea de perder la estabilidad laboral (conquistada a veces después de años de estudio), la independencia económica, una cierta serenidad familiar (si una mujer procede de una familia con padres separados puede tener miedo de formar una, o de no ser capaz de "mantenerla unida" a pesar de los esfuerzos que haga) y que cuando se relacionan con otras mujeres tal vez difundan el mensaje que el matrimonio y la maternidad son terribles.
La familia numerosa prepara para ser madre
Recuerdo claramente la última noche antes de derrumbarme emotivamente, tras lo cual (Dios lo bendiga), mi marido ejerció su viril masculinidad y me dijo claramente que a partir de ese momento él decidiría qué hacer con nuestra hija. Eran las cinco de la mañana y mi niña (a la que adoro, que quede claro), se había despertado por vigésimo segunda vez. El rito era: pecho (máximo veinte minutos), dormirla acunándola, dejarla en la cuna, volver a mi cama. La vigésimo tercera vez que me levanté la emprendí a puños con un mueble.
Fue entonces cuando el padre de mi hija la cogió y la puso en la cama con nosotros. Ahora tiene diecisiete años y hace por lo menos doce que no duerme conmigo (lo digo sólo para tranquilizar a su pediatra). Gracias a ese gesto y al hecho que el siguiente regalo fue una mochila portabebés con la que, de repente, tenía las manos libres, renací.
Mi hija es la primera de una larga serie de hijos (la mayoría no "buscados" y amados precisamente por esto) y ha tenido la suerte de poder ver a su madre engordar por el embarazo (desarrollando su sensibilidad hacia quienes necesitan ayuda), sufrir los dolores del parto (madurando su serenidad ante un momento fisiológico en la vida de una mujer que se parece al ciclo menstrual), dormir en horarios inusuales (mejorando su capacidad culinaria), tener que hacer frente a los "cólicos" de un recién nacido (adquiriendo sangre fría). No es una hija especial, sino que es la típica hija de una familia numerosa a la que le será seguramente más fácil acostumbrarse a las transformaciones fisiológicas de una mujer.
Es la única de sus amigas.
Ideas impuestas
La cultura que nos ha llevado hacia un progresivo deterioro del instinto materno y del cuidado nos está poniendo ante situaciones enfermizas en las que cada uno de nosotros tendrá que enfrentarse, por fuerza, con la sociedad que le rodea: la autodeterminación ciega y hedonista ha convertido a las mujeres en venusianas insensibles convencidas de que un hijo es un ser que anida en su cuerpo y pretende sobrevivir a su costa, que su hombre puede transformarse diariamente en un monstruo de egoísmo que hay que feminizar y destronar so pena de estar sometidas a sus instintos testosterónicos, y que crear una familia es sólo una manera patriarcal de encerrar a las mujeres en la cocina.
En cambio, los datos y los hechos nos dicen lo contrario: nos informan de que las mujeres tienen hijos tarde (treinta años para el primer hijo es inexorablemente tarde), que se dividen entre las que temen tener hijos y las que hacen todo lo posible por tenerlos, que los recién nacidos son amamantados poquísimo respecto a sus necesidades, que el mercado de los objetos para niños es floreciente pero que no corresponde a la realidad de lo que de verdad necesitan, que la política se afana en prometer guarderías (lugares donde las madres delegan a otras mujeres la crianza de sus hijos) pensando que esto pueda ayudar al deseo de procrear, que el deseo de crear una familia está en caída libre, que hay problemas dramáticos de relación entre padres e hijos.
No es necesario buscar un responsable para todo esto; lo fundamental es proporcionar un punto de partida para volver a empezar.
La maternidad es un viaje, una aventura, pero no debe ser un trauma
No temer atarnos a aquellos a quienes amamos y nos aman
Volver a empezar es necesario porque la vida se nos está escapando de las manos. Porque la mayoría de las adolescentes que conozco está realmente aterrorizada o es del todo insensible respecto a los recién nacidos y los ancianos. Porque ninguna joven podrá sentir interés por la ecología del futuro mundial dado que no tendrá hijos (los abortará o evitará cuidadosamente tenerlos).
Tener hijos es decidir racionalmente que no hay que tener miedo de estar unidos a personas que nos aman y nos necesitan, por esto los jóvenes no tienen hijos: no han sido amados (la pedagogía que defiende el poco contacto ha creado personas insensibles) y temen tener lazos. Es necesario, ahora, volver a empezar a amar. A amar a los otros como a nosotros mismos.
Patricia Navas, aleteia Interpretó papeles masculinos y femeninos ante las cámaras –quizás viste su actuación en la película Pulp Fiction o en la serie Friends– y también en su vida real. Robert Alexis Arquette nació en una famosa familia de actores de Hollywood.
En el año 2006 anunció públicamente que se sometería a cirugías. Durante décadas fue un icono LGTB. Pero a medida que su salud se deterioraba a causa del virus del sida, le resultaba cada vez más difícil presentarse como mujer. “Ser capaz de levantarse y ponerse el vestido y la peluca era demasiado para ella”, explicaba su amigo Sham Ibraim a la revista People.
Robert Alexis le confesó entonces a Sham: “El género es mentira… Ponerse un vestido biológicamente no cambia nada, no hace un cambio de sexo… La reasignación de sexo es físicamente imposible, lo único que puedes hacer es adoptar esas características superficiales, pero la biología nunca cambiará”.
Cuando falleció a los 47 años, su hermano Richmond escribió en Facebook: “Nuestro hermano Robert, que se convirtió en nuestro hermano Alexis, que se convirtió en nuestra hermana Alexis, que se convirtió en nuestro hermano Alexis, murió en la madrugada del 11 de septiembre a las 12:32 am”.
y
Una nota firmada por sus cuatro hermanos decía: “En los días antes de su muerte, nos contó que ya estaba visitando el otro lado, y que donde ella iba a ir solo había un género. Que en el otro lado somos libre de todas las cosas que nos separan en vida y que todos somos uno”.
Probablemente tenga razón y en la vida eterna no haya ningún género para clasificar personas, sino sólo los sexos de cuerpos resucitados, la identificación con ellos y el reconocimiento de la sabiduría y bondad de Dios al asignarlo a cada uno.