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lunes, 30 de noviembre de 2020

¿Qué es la ascesis o la ascética?

  

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Lo bueno cuesta, también en la vida espiritual, pero vale la pena...

Etimológicamente la palabra ascesis viene de la palabra griega Askesis que significa entrenamiento, entrenamiento del cuerpo.

En consecuencia, y en un primer momento, esta palabra hacía referencia al entrenamiento de los atletas griegos y posteriormente a los ejercicios que tenían que hacer los militares del imperio romano.

Luego se usó en el ámbito espiritual para referirse al trabajo interior, al trabajo espiritual del cristiano.

La ascesis, teológicamente hablando, dará su nombre a la parte de la doctrina espiritual llamada ascética, que busca la perfección cristiana mediante el esfuerzo personal y el uso de ciertas prácticas para luchar contra lo que nos aleja del ideal del cristiano.

Purificación

La ascesis es un regalo de Dios. Un fruto o consecuencia de la gracia que, por fe, el cristiano tiene que hacer realidad con el fin de purificar la vida cristiana para que en ella se lleve a cabo, en plenitud, la vida divina.

Este esfuerzo tiene como protagonista, más que a la persona, al mismo Espíritu Santo.

CONFORMATION
TATJANA SPLICHAL | DRUŽINA

Es cuando el cristiano se deja ayudar por Dios para esculpirse, para quitar todo lo que estorba o sobra con el objetivo de sacar a flote o hacer visible la santidad ya obtenida por la gracia de bautismo y acrecentada por el resto de sacramentos.

Un camino a la libertad

La ascesis nos ayuda a perfeccionarnos, ser menos terrenales y más celestiales; el apóstol San Pablo hace una clara distinción entre el hombre terrenal y el hombre celestial (1 Cor 15, 40-50).

Para ser personas celestiales o ‘para volar a las alturas del cielo’ se necesita la libertad, se necesita romper con las cadenas que nos atan a este mundo.

Y aquí cuando se habla de cadenas no se está hablando necesariamente del pecado, sino también de lo que no lo es pero que nos amarra a este mundo.

Mediante la ascesis, el cristiano imita a Jesús, que se despojó de sí mismo por nosotros (Flp 2, 6-8).

Lucha y conquista

La ascesis es pues la lucha del cristiano, es una batalla espiritual (1 Cor 9, 24-27).

Es que si dejamos sueltas nuestras pasiones e instintos, o desbocados nuestros deseos y apetitos, destruimos nuestra vida, y nuestra vida cristiana; y la ascesis nos ayuda porque es como una fuerza reguladora.

La ascesis tiene dos vertientes: una ascesis positiva (conquistar lo que conviene) y una negativa (eliminar lo que no conviene). En ambos sentidos la ascesis supone renuncias.

Las renuncias son expresión de la lucha del cristiano que principalmente se lleva a cabo a través de las mortificaciones, privaciones, penitencias, abstinencias y ayunos.

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Shutterstock | Jesus Cervantes

La meta es que el contacto con este mundo, a través de nuestras aspiraciones, inclinaciones, tendencias, pasiones y deseos, no sea una esclavitud, un freno para avanzar hacia Dios, sino que nuestra vida cristiana alcance su plenitud desde la realidad terrenal.

Sacrificios… por amor

Hay que hacer sacrificios y renuncias, por ejemplo, para tener salud, para obtener un diploma académico, para tener una medalla olímpica, para tener o mantener un trabajo, para crecer como personas, para tener un bienestar personal y/o familiar, para poder tener una vida razonablemente estable y alegre,…

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hxdbzxy|Shutterstock

Pues también, y con mayor razón, hay que hacerlos con fines espirituales, para configurar nuestra vida a la vida de Jesucristo.

La ascesis, en su justa dimensión, equilibrio y prudencia, es una ayuda para adquirir libertad, y siendo libres poder seguir a Jesús; Él ha dicho: “El que quiera seguirme…” (Mt 16, 24).

Debemos ser conscientes de que la falta de una ascesis correcta o bien entendida o una ascesis mal ejecutada puede ser perjudicial, puede ocasionar graves daños para el cuerpo, el alma o el espíritu.

La ascesis debe ser siempre un acto de templanza. Por esto hay que saber entender y llevar a cabo las mortificaciones, privaciones y penitencias.

Todas estas prácticas espirituales no tienen que ver con la violencia o el maltrato contra el propio cuerpo.

Son todo aquello que facilita que el Evangelio pase de la mente al corazón y que luego el evangelio pase del corazón a la vida. En este sentido la primera y la más importante de estas prácticas ascéticas es la oración, es orar.

Difícil pero valioso

La ascesis es lo que pide Jesús cuando habla de entrar por la puerta estrecha (Mt 7, 13-14), pues es angosto el camino que lleva a la vida.

Si es estrecha la puerta es de esperar y/o desear ver una multitud que empuja o pelea para entrar.

El símbolo de la puerta estrecha nos permite imaginar lo difícil que es, el dolor y el sacrificio que se necesita para participar de la salvación de Dios.

La puerta estrecha significa que tenemos que ser pequeños, pobres y sencillos para entrar.

LITTLE GIRL
Di Happy Max - Shutterstock

Y Jesús mismo, con sus exigencias para seguirlo, es la puerta (Jn 10,9), es la puerta estrecha.

Para desprendernos de lo que no sirve y para entrar al reino de los cielos desde hoy por la puerta estrecha es necesario negarse a uno mismo y tomar la cruz (Lc 9, 23).

«Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia» (Catecismo, 1435).

La cruz de Cristo, que debemos cargar también nosotros los cristianos, es una bendición que nos ayuda a entender qué es lo único que debe cargar o hacer el cristiano, y para esto se debe renunciar, incluso, a uno mismo.

KRZYŻ NA GIEWONCIE
Michal Ostaszewski/Reporter

Nuestra cruz facilita, en medio de sus exigencias, el camino para que Dios implante en nosotros su vida divina, la vida según el Espíritu.


Henry Vargas Holguín, Edifa Aleteia 

Vea también    Directorio Ascético de Juan Bautista Scaramelli



lunes, 24 de diciembre de 2018

El vestuario de las cuatro estaciones, o cómo poner orden en tu vida interior

Primavera, verano, otoño, invierno ... Nuestra existencia espiritual también conoce estaciones. Como un armario con una sucesión de cajones, cajas y estantes que deben encontrar un equilibrio particular. Para lograr una armonía interior que otros llamarán serenidad o paz interior, uno debe poner orden en su vida mientras se esfuerza por poner orden en sus asuntos personales
CLOSET
Cada mañana, podemos tomar conciencia del regalo de la vida que Dios nos ha dado. Cada día estamos llamados a ser “capaces de Dios”, según la hermosa expresión de Ireneo de Lyon, uno de los Padres de la Iglesia.
Esto exige poner en orden nuestra vida interior como lo haríamos con nuestros artículos personales, subraya Michael Davide, hermano benedictino y autor de Nos saisons intérieures, una meditación magnífica que nos ayuda a recentrarnos sobre nuestra vocación humana.
La obra esboza la imagen alegórica del armario de las cuatro estaciones, que busca reflejar este ordenamiento de nuestra existencia espiritual y humana.
Así, nos permite lograr una “creatividad armoniosa” que unos llaman paz interior y otros sabiduría o incluso serenidad. 

Cada cosa en su lugar

Para el hermano Michael, la vida de cualquier persona es comparable a un armario. Cada cosa corresponde a un lugar propio.
Hay un tiempo para llevar ropa y otro tiempo para ordenarla. Hay cosas que utilizamos todos los días y otras que reservamos para las grandes ocasiones. Las puertas de las estaciones, las estanterías de las ocasiones, los cajones de las situaciones, (…) los cofrecillos de las circunstancias excepcionales…”.
Por tanto, es esencial abrir el armario de nuestro corazón para cada vez seleccionar aquello que necesitemos y también devolver cada cosa a su lugar llegado el momento.
Así, podemos mantener el orden interior que permite vivir en armonía con uno mismo y en consonancia con los demás.
Según el hermano benedictino, la existencia espiritual y humana experimenta también sus propias estaciones: primavera, verano, otoño, invierno.
Con estas estaciones atravesamos por las dimensiones más concretas de la vida: el cuidado necesario de nosotros mismos, el tiempo para nuestras relaciones amistosas o amorosas, el trabajo, las derrotas, los éxitos, los sueños…

La primavera: cuidar de uno mismo 

Al abrir las puertas del armario se descubren los diferentes compartimentos. Algunas cosas están al alcance de la mano, para llegar a otras es necesario ayudarse de una escalera.
Al igual que todas estas cajas, cajones y estantes, todos debemos asumir en qué situación nos encontramos.
Esta atención a uno mismo comienza siempre con un primer paso necesario: reconocer y aceptar la propia complejidad. Pero no como un peso, sino como una verdadera oportunidad.
Sabemos hasta qué punto suele ser difícil aceptarse y amarse a uno mismo, sencilla y sinceramente. Hay sufrimientos con los que cargamos que se convierten en tormentos.
De modo que hay que tener el valor de aprender a apreciarse recibiendo en uno mismo el misterio de la vida.
Se trata de familiarizarse con cada elemento de nuestra existencia para convertirlo en un lugar de autenticidad.
Tal y como destaca el hermano Michael, “la lealtad al proyecto de Dios sobre nuestra humanidad implica inevitablemente esta atención a uno mismo”.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,8).
Si cuidamos de verdad de nuestra persona, con realismo y sin fabulaciones, entonces podremos poner en orden nuestras relaciones con los demás, instaurar un equilibrio justo entre el tiempo libre necesario y el trabajo deseable.
Estos cuatro elementos de nuestra vida, una vez bien ordenados, permiten pasar a la estación del verano.

El verano: vivir con elegancia el día a día

Desde nuestra concepción, ocupamos un espacio vital sin el cual no hay perspectiva real de vida. Nos levantamos cada mañana para afrontar la jornada ocupando diferentes lugares de vida, por ejemplo, nuestro lugar de trabajo.
Sin embargo, no basta con estar presente físicamente para estar de verdad. La clave está en prestar atención a cada lugar en el que vivimos, sea grande o pequeño, ordinario o excepcional.
Poner orden en nuestro armario del alma es cultivar la elegancia. Pero no un esteticismo como un fin en sí mismo, sino como una cierta actitud interior.
La simple manera de sentarse a la mesa, de abrir la puerta, de ordenar nuestro escritorio, demuestra nuestra atención al mundo que estamos llamados a habitar ¡con un respeto lleno de amor!
Es lo que dice el poeta Rainer Maria Rilke cuando recomienda ser “amable con las cosas para luego (…) ser benévolo con uno mismo y los demás”.
Si aprendemos a desplazarnos por los lugares cotidianos con sabiduría, seremos más aptos para cuidar las relaciones con los demás, que son el tesoro más valioso de nuestra vida.

El otoño: saber gestionar los fracasos

En la vida y especialmente en nuestras relaciones con los demás, nos enfrentamos a fracasos.
En un mundo dominado por la ley del optimismo forzado, donde todo debe ir siempre bien, nos arriesgamos a no ser capaces de valorar nuestros fracasos, que son parte de la vida misma.
Para aprender de nuestros errores y avanzar, no debemos borrarlos. Todo lo contrario. Según el hermano Michael, los fracasos y errores incluso deberían celebrarse como pasos indispensables en nuestro aprendizaje.
En vez de querer cerrar este cajón de nuestras vidas, es esencial llevar la cruz de nuestros fracasos de una manera libre y lúcida. Por lo tanto, ¡es necesario abrirlo y ordenarlo bien!
La vida no se desarrolla nunca de forma aséptica. No es un camino perfecto, sino que se compone de victorias y derrotas, de intuiciones acertadas y decepciones flagrantes.
Tarde o temprano, cada persona atraviesa dificultades, ya sea en la vida escolar, profesional o sentimental. Nadie escapa a esta lección de sufrimiento que se revela en el descubrimiento de la propia vulnerabilidad.
Pero nos volvemos todavía más vulnerables si no abrimos de vez en cuando el cajón de nuestros fracasos afectivos, profesionales o relacionales. Corremos el riesgo de dejarnos arrinconar por los remordimientos.
Sin embargo, cada vez que estamos listos para reconocer e incluso reafirmar nuestras derrotas con dignidad y perspicacia, nos abrimos a la resurrección y a la alegría, como auténtico síntoma de libertad interior.

El invierno: vivir en la espera alegre de la eternidad 

En el armario de nuestra vida interior hay una estantería donde se encuentra una caja de clasificación particular y delicada. Se trata de la de la preparación para la muerte.
La cultura actual pone el acento en la búsqueda de la buena calidad de vida. El hermano Michael subraya en su obra que la muerte, precisamente, forma parte de la calidad de vida.
Todo el mundo debería poder decir: “Aprecio mi muerte más que nada y no querría, bajo ningún precio, que me la arrebataran”.
Antiguamente, la muerte era “una ceremonia pública y organizada” que los niños no se perdían. Hoy en día, la percibimos como una amenaza.
Paradójicamente, en lugar de ayudarnos a vivir, esta actitud es un obstáculo para comprender el misterio de la vida en su totalidad.
Prepararnos para nuestra propia muerte nos da la oportunidad de vivir plenamente con serenidad y verdadera fuerza.
San Francisco de Asís dio a la muerte física el dulce nombre de “hermana”. Para él, la muerte era como una persona cercana. Esta “hermana, la muerte”, nos ofrece vivir hasta morir con la actitud de “auténticos mendigos dichosos”.
Según se cita en la obra, el escritor ortodoxo Anthony Bloom explica cómo vivir a la espera de la vida eterna: “Solo hay una cosa importante: ¿por qué razón vivimos y por qué causa estamos dispuestos a morir?
Estas palabras (que pronunció su padre, NdlR), me enseñaron lo que debe vincularse a la muerte: una última llamada a aprender a vivir, vivir en la espera de nuestra muerte como un joven espera a su amada (…), vivir a la espera de que la puerta se cierre. Si Cristo es la puerta que se abre a la eternidad, él es nuestra muerte”.

Marzena Wilkanowicz-Devoud, Aleteia