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domingo, 24 de abril de 2022

Superar nuestro orgullo, un reto importante en la vida

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Decía el santo Cura de Ars: "El orgulloso no rebaja a los demás sin elevarse a sí mismo". ¿Cómo remediar este defecto?

Decía en una de sus homilías el Santo Cura de Ars (Juan Maria Bautista Vianney,  1786-1859): “Una persona orgullosa corre a mendigar las alabanzas de los hombres;  ¡y veréis que apenas si es conocido en su parroquia!”.

Muchos padecemos de un ego inflado, lleno de sensaciones de vanidad, engreimiento y necesidad de llamar la atención.

Estamos atentos al reconocimiento social, al «qué dirán», a recoger alabanzas y admiración. Buscar los honores transitorios de las personas mortales que nos acompañan en este mundo, en vez de procurar la estima de Dios, es uno de los más grandes errores que cometemos.       

El Cura de Ars supo muy bien identificar esta afección mental, que nos aleja de la salud y del crecimiento espiritual. La descripción que hace es tan certera y actual, que vale la pena reflexionar sobre ella, también en estos tiempos. Nos damos cuenta así de la oportunidad de identificar qué tan orgullosos estamos siendo en nuestra vida diaria.

El orgullo nos conduce a estar en constante polémica con los demás, a incitar discusiones, controversias y acalorados debates.

El orgullo nos conduce a estar en constante polémica con los demás, a incitar discusiones, controversias y acalorados debates. Le gusta demostrar que es muy capaz e inteligente, a veces elevándose por encima de los demás y en otras siendo un igualado, con los que considera que están por arriba de él.

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La persona orgullosa siempre está en conflicto.

Si eres propenso a estar buscando reconocimiento y aplausos, contando tus hazañas, logros y triunfos, con tal de arrancar la admiración, estás atrapado en esa sensación de orgullo inflamado.

¿Eres de los que relatan sus aventuras y las narran una y otra vez a los amigos y familiares? ¿A veces exageras y hasta mientes con fantasías sobre tus hazañas, sin darte cuenta de que cansas y hasta llegan a aburres con tus historias? De seguro también estás afectado por el orgullo.

El problema, como bien lo señala Vianney, es que «el orgulloso no rebaja a los demás sin elevarse a sí mismo». Hará énfasis en las obras que ha realizado y lo difícil que ha sido. Lo hará con tal de obtener el reconocimiento de que es una persona muy importante e inteligente por salir airoso de las complejas dificultades que ha enfrentado.

El asunto principal es que cree que sus logros son fruto de su talento y esfuerzo. Ya no deja espacio alguno para la presencia de la gracia y la Providencia divina.

«Quien se enorgullece de su hogar y de sus mascotas, de asistir a misa, de orar bien, de ser buena persona, de tener unos magníficos hijos, de ser un labrador con las mejores tierras cultivadas» y ya no es capaz de reconocer que son gracias a Dios, cae en una falta de humildad que finalmente es el mejor y más importante remedio para sanar el orgullo inflado.

Y el Cura de Ars agrega: «Nada más ridículo, nada más tonto que estar siempre dispuesto a hablar de lo que se ha hecho, de lo que se ha dicho… para que le oigan los demás y se enteren que tiene dinero, lujos, viajes, conocimientos y amistades importantes».

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Como si fuera Napoléon. Ridículo, ¿verdad? Pues así es el orgulloso.

Son personas que disfrutan de que los demás se enteren de sus obras y buenas acciones. Simplemente no pueden dar sin que se entere la mano izquierda lo que han dado con la derecha.

El ser orgulloso no es una afección sólo de ricos, de famosos y gente encumbrada. Afecta por igual a los pobres. «Se desliza hasta entre los que ejercen las más bajas funciones», señala Vianney.

El santo llegó a entender tan bien este problema psicológico que vio muy claro que los deseos de más y mejores bienes están acompañados por la envidia. A tal punto que si alguien cercano alaba y reconoce a otros y no a él, es capaz de devaluar los triunfos ajenos y buscar dejar claro que él también los tiene por igual. Así, piensa recibir el ansiado reconocimiento que tanto busca.

Llegó al detalle de decir, en su homilía, que «el orgullo se mete hasta en nuestras buenas obras. Son muchos los que no darían limosna ni favorecerían al prójimo si no fuese porque, mediante ello, son tenidos por personas caritativas y de buenos sentimientos. Si ocurre tener que dar limosna delante de los demás, dan mayor cantidad que cuando están a solas. Si desean hacer público el bien que han practicado o los servicios que han prestado a los demás, comenzarán hablando de esta manera: <<Fulano es muy desgraciado, apenas puede vivir; tal día vino a manifestarme su miseria y le di tal cosa>>.”       

«El orgulloso nunca quiere ser reprendido, en todo lo asiste el derecho; todo cuanto dice está bien dicho; todo cuanto hace está bien hecho». Siente que está en lo correcto y posee mucho de la verdad.

Solo practicando la humildad y la sencillez nos libramos de tan perjudicial error que nos aleja tanto del bien y de Dios.

Guillermo Dellamary,Aleteia

Vea también      Los grados de la humildad y del orgullo - San Bernardo de Claraval












































viernes, 21 de febrero de 2020

De la curiosidad al hábito de pecar: monseñor Pope adapta los 12 pasos del orgullo de San Bernardo

La escalera concluye con la esclavitud a Satanás

Michael Douglas en «Wall Street» (1987), de Oliver Stone. Su personaje, Gordon Gekko, ya un clásico, es una muestra de conciencia moralmente cegada en la cual la avaricia está al servicio del orgullo.
Michael Douglas en «Wall Street» (1987), de Oliver Stone. Su personaje, Gordon Gekko,
  ya un clásico, es una muestra de conciencia moralmente cegada en la cual la avaricia
está al servicio del orgullo.

Los sermones de San Bernardo de Claraval (1090-1153) sobre los doce grados de la humildad de San Benito de Nursia (480-547) gustaron tanto a Geofredo de la Roche, entonces abad de Fontenay, que le pidió que los pusiera por escrito. El resultado fue su primera obra publicada, el Tratado sobre los grados de humildad y orgullo, compuesta en torno al año 1121. Los grados del orgullo debían resaltar los grados de su virtud contraria, lo que el santo hizo introduciendo en el texto algunas dosis de mordacidad y humor.   
San Benito y San Bernardo, los dos grandes padres del monacato occidental.
Recientemente, monseñor Charles Pope, párroco en Washington, D.C. y conferenciante en todo Estados Unidos, donde es un influyente creador de opinión en el ámbito católico, ha consagrado a esta obra de San Bernardo un post de su blog, resumiendo los doce pasos que pueden llevarnos sin darnos cuenta desde rasgos casi triviales de orgullo a las peores muestras de soberbia satánica.
"Observa cómo los doce pasos se van haciendo progresivamente más serios y conducen al final a la esclavitud del pecado", anticipa Pope: "Cada paso tiende a poner los cimientos del siguiente, empezando por una idea, moviéndose luego al comportamiento, para acabar hundiéndose en actitudes de presunción y por último a la rebelión y la esclavitud. Porque, cuando uno no sirve a Dios, sirve a Satanás".
A los comentarios de monseñor Pope añadimos en cursiva y entre corchetes algunas de las definiciones del cisterciense irlandés Ailbe John Luddy, autor de San Bernardo. El siglo XII de la Europa cristiana, una de las más completas y clásicas biografías del santo.
1. Curiosidad
[La curiosidad se revela en miradas errantes y en una sed por conocer noticias inútiles.]
Hay una curiosidad sana, dice monseñor Pope, pero a menudo profundiza “donde no debería”: los asuntos de los demás, temas privados, situaciones pecaminosas, etc. ¿Cuál es el vínculo entre la curiosidad y el orgullo? “Que pensamos que tenemos derecho a saber cosas que no tenemos derecho a saber”. Y esa mirada orgullosa e indiscreta cae entonces sobre asuntos “que no nos convienen o nos distraen, o que superan nuestra capacidad de abordarlos bien”.
2. Ligereza de pensamiento
[El hombre de pensamiento ligero es el que, descuidándose a sí mismo, vigila estrechamente a los demás, envidiándoles por sus virtudes y despreciándolos por sus faltas.]
Hay un “sentido del humor que es razonable” y “alguna diversión recreativa” a la que debemos hacer un hueco. Son necesarios momentos de relajación para hablar de deportes o de cine o de música. “Pero, con demasiada frecuencia, eso es lo único que hacemos, y dejamos de lado asuntos que deberíamos abordar seriamente. Al ignorar o trivializar las cosas serias que hacen referencia a la eternidad y dedicarnos solo al entretenimiento y las cosas pasajeras”, lamenta, “estamos abandonando asuntos que tendríamos que atender”. No se puede dedicar horas a ver una serie de televisión tras otra, mientras no dedicamos ni un minuto a la oración, a la atención a los pobres o a nuestra formación cristiana y la de nuestros hijos. ¿Por qué esto es orgullo? Porque “dejamos de lado lo que es importante para Dios y lo sustituimos por nuestras fútiles prioridades”.
3. Vana alegría
[En el tercer grado del orgullo se encuentra el hombre entregado a una alegría no provechosa.]
Es el paso siguiente que transforma la ligereza de pensamiento en “comportamientos frívolos” que enfatizan las experiencias banales en detrimento de las más profundas. Hay que ser rico en las experiencias “que le importan a Dios”, y no dar facilidades a que nuestro orgullo “maximice lo inferior  y minimice lo superior”.
4. Jactancia
[El jactancioso es aquel que tiene que decir tanto en su favor que tiene que hablar o reventar.]
“Cada vez más encerrados en nuestro pequeño mundo de una inteligencia oscurecida y un comportamiento atolondrado, empezamos a disfrutar con las actividades más viles y carnales y a considerarlas un signo de grandeza: empezamos a presumir de tonterías”, describe Pope. La jactancia consiste en “hablar y pensar de uno mismo mejor de lo que es verdadero y razonable”. Hay que apreciar los dones recibidos, pero sin olvidar que son dones recibidos, esto es, “Dios nos los da y los demás nos ayudan a desarrollarlos”.
En su célebre Mesa de los pecados capitales, que se exhibe en el Museo del Prado de Madrid, El Bosco representó el orgullo o soberbia con una mujer que se mira a un espejo sostenido por un demonio.
5. Singularidad
[El amante de la singularidad adopta este lema: "Yo no soy como los demás hombres" (Lc 18, 2); su ambición es no ser, sino parecer mejor que los demás.]
Llegados a ese punto “nuestro mundo es cada vez más pequeño y sin embargo lo que pensamos de nosotros mismos es cada vez más grande… Olvidamos nuestra dependencia de Dios y de los demás, y quiénes y qué somos”. El prelado norteamericano ubica aquí esa idea falsa del self-made man u hombre hecho a sí mismo. Empezamos a creer que las cosas son como creemos que son: “Aferrados solo a nuestra propia opinión, descartamos las evidencias de la realidad dejamos de buscar la información y el consejo de los demás… Nuestro mundo se hace cada vez más singular, centrado cada vez más solo en nuestro propio yo”.
6. Arrogancia
Se define como “la opinión injustamente favorable e indebidamente elevada  que uno tiene sobre su capacidad y su valor”. Y a medida que nuestro mundo es cada vez más pequeño y nuestro orgullo cada vez mayor, nos hacemos más auto-referenciales: “Somos ciegos a lo difícil que resulta vivir con nosotros. Vemos fácilmente las faltas de los demás y ninguna en nosotros mismos. Empezamos a compararnos favorablemente con los demás: 'Yo no soy como esas prostitutas o como esos traficantes de droga'. Pero nuestro modelo no son las prostitutas y los traficantes, sino Jesús", recuerda Pope. En vez de compararnos con Él y pedir misericordia, nos comparamos con otros a quienes miramos por encima del hombro, abriendo camino al orgullo.
7. Presunción
“En este nivel, incluso el juicio de Dios debe ceder al nuestro”, lamenta Pope. Nos damos por salvados, lo cual es un pecado contra la virtud de la esperanza: “Es esperanza confiar en la ayuda de Dios para alcanzar la vida eterna. Es orgullo pensar que ya tenemos lo que no tenemos todavía. Dejamos de lado la Palabra de Dios, que nos pide vernos como mendigos de la ayuda de Dios, y no como ya poseedores del título de la gloria celestial”.
8. Justificación del mal
Ya no necesito el juicio de Dios porque me basta el mío. No solo eso: “Él debe dejar la Cruz porque en realidad no necesito Su sacrificio. Puedo salvarse por mí mismo, pero, la verdad, tampoco necesito demasiada salvación”. Puedo auto-justificarme, es decir, en sentido literal, salvarme a mí mismo, lo que significa que “haré lo que yo quiera y yo decidiré si está bien o mal”.
9. Hipocresía
[Sus ardides son muchos y variados.]
En griego, hipócrita significa “actor”. Reconocer las propias faltas y considerarse pecador es propio de la humildad, pero cuando el hombre orgulloso lo hace “solo está actuando”, dice Pope, más para lograr el reconocimiento social que por que tenga una contrición o arrepentimiento reales.
10. Rebelión
“El orgullo empieza a salirse realmente de control cuando uno se rebela directamente contra Dios y sus respresentantes legítimos”, explica Pope: “Rebelarse significa renunciar a la lealtad o a cualquier sentido de la rendición de cuentas ante Dios o de la obediencia a Él, a su Palabra o a su Iglesia. Rebelarse es intentar derrocar la autoridad de otros, en este caso de Dios y de su Iglesia. Es orgulloso rechazar cualquier autoridad y actuar de forma directamente contraria a lo que ordenan rectamente las autoridades legítimas”.
11. Libertad en la viciosa complacencia
En este punto, el orgullo se acerca a su punto máximo, porque “afirma con arrogancia que se siente totalmente libre para hacer lo que le plazca. El hombre orgulloso rechaza cada vez más toda restricción o límite”. “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo" (Jn 8, 34), dijo Jesús: el orgulloso se hunde tanto más profundamente “en la adicción y la esclavitud” cuanto más alto proclama su absoluta libertad para obrar a su capricho.
12. Hábitos de pecado arraigados
[El santo abad nos enseña que la impenitencia final es el único pecado realmente irremisible.]
Es “la flor más plena y más fea del orgullo”, dice Pope: “El pecado habitual y la esclavitud a él”. Como lamentaba San Agustín en las Confesiones (VIII, 5): “Mi voluntad perversa se hizo pasión, la cual, servida, se hizo costumbre, y la costumbre no contrariada se hizo necesidad”.
* * *
Y es así como, resume Pope, hemos escalado los doce pasos del orgullo: la curiosidad malsana y las inquietudes frívolas conducen al comportamiento frívolo y exculpatorio, que luego se hace presuntuoso y despectivo antes de aceptar la rebelión contra Dios y la esclavitud del pecado: “La esclavitud proviene de que si uno rechaza servir a Dios por orgullo, acaba sirviendo a Satanás”.
Como dice el viejo consejo: “Siembra un pensamiento y cosecharás una acción; siembra una acción y cosecharás una costumbre; siembra una costumbre y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino”.
C.L. / ReL



sábado, 15 de febrero de 2020

11 pistas para ser humilde

La primera, considerar que la humildad es algo positivo.

WOMAN IN DOUBT

Ser humilde no siempre tiene buena prensa. Pero si has escogido leer este texto es porque la cuestión de la humildad te ha tocado por dentro.

¿Probamos a ser más humildes?

Para comenzar, nos ayudará saber qué significa esta palabra. O, por lo menos, saber de dónde viene. Humildad viene del latín humus, que significa “tierra”. ¿Hemos oído alguna vez eso de que hay que estar con los pies en el suelo? Pues eso: la humildad, no la vida, pone a cada uno en su sitio.
La humildad es un baño de realismo, de saber realmente lo que valemos y no lo que creemos que valemos o nos dicen que valemos.

Ordenar la ambición de los grandes retos

En la vida aspiramos a cosas grandes. Son ambiciones lógicas: en la profesión, en la familia, en la ciudad o el pueblo donde vivimos queremos ser alguien relevante. Pero a veces esa ambición podría ser insana y desordenada. Podría hacer que desatendiéramos los aspectos de nuestra vida que son más importantes. Con la humildad, se corrigen las ambiciones exageradas y nos tomamos cada cosa en su justa medida.
Aviso: no es fácil. Cuando uno se encuentra sumergido en algo que le apasiona, aquello se expande como un gas y va ocupando otros espacios de la vida. Por ejemplo, el trabajo que nos encanta comienza a ser obstáculo para atender a la familia. O pasarlo bien con los amigos hace que no estudiemos lo necesario. En esos casos, ser humilde implica reconocer que nos hemos pasado.

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Andrea Fistetto-(CC BY-SA 2.0)

Tirar para arriba cuando uno podría desesperar

Pero podría ocurrir que cuando uno se pone a investigar en su interior, encuentra “el lado oscuro”. O sin investigar mucho, en ciertos momentos de nuestra vida se nos pone enfrente el “monstruo” que podemos llegar a ser: hemos atravesado una frontera que siempre dijimos que no cruzaríamos. La droga, el alcohol, las relaciones, la corrupción, la mentira, la infidelidad…
Cuando uno cae muy bajo, descubre de qué está hecho su humus y a veces eso puede conducir a la desesperanza. La tentación que asalta entonces es: “ya no tengo camino de vuelta, mejor seguir en el fango”. O nos asalta un ataque de soberbia: “¿cómo he podido caer tan bajo?” y comenzamos a odiarnos a nosotros mismos porque no queremos ver nuestro retrato real.

PORTRAIT
owenconti-(CC BY 2.0)

Ser humilde ayuda a mantener la esperanza cuando uno ha descendido a los infiernos. Propósito: solo decir “soy un desastre” el tiempo justo, a continuación reactivarse y buscar solución. Luego no revolcarse en ese argumento como si no hubiera salida. Y es que la humildad es algo activo, no agachar la cabeza y no mirar a los ojos de nadie.
Hay que decir que la humildad adquiere todo su sentido cuando uno tiene una visión trascendente de la vida. Las personas nos movemos por las metas que buscamos. ¿Cuál es la tuya?

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By Milos Nakovic/Shutterstock

En el día a día, ese ordenar las grandes ambiciones y frenar la desesperanza se puede vivir en múltiples formas. Por ejemplo, para comenzar:
  1. Actuar sin querer llamar la atención.
  2. Dar lo mejor de ti mismo por una causa trascendente, no por tu ego.
  3. Pedir ayuda si la necesitas.
  4. Despreocuparte de la impresión que causas en los demás cuando haces cosas buenas.
  5. Comprender que cada uno tiene su camino y no todos han de seguir el tuyo.
  6. Ser agradecido (a Dios y a los demás) por todo lo que has recibido y cuando las cosas te salen bien.
  7. Reconocer que no lo sabes todo y que tienes mucho que aprender, de los de arriba, de los de al lado y de los de abajo.
  8. Antes de quejarte, considerar el bien que supone lo que te acaba de suceder, sea bueno o malo.
  9. Pedir perdón a quien corresponda por lo que has hecho mal.
  10. Tener actitud de escucha.
  11. No esconderte cuando eres consciente de que tienes capacidades que podrían hacer mejor el mundo en que vives.
Dolors Massot, Aleteia




jueves, 13 de febrero de 2020

Esas humildes personas… ¡qué grandes!

No presumen de lo que hacen, de lo que soportan, no cuentan su entrega ni sus méritos, parece que todo es tan sencillo, aman y no se nota el esfuerzo,
se entregan y no parece que les duela




Sé que el único camino para ser realmente feliz en la vida pasa por vivir con humildad. El orgullo, la vanidad y la soberbia me acaban dejando solo y amargado. San Pablo me muestra la actitud que da luz:
“Cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante. Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.
No hablo desde mi elocuencia humana. No es mi palabra la que convence a nadie. No son mis dones naturales de persuasión. Es Jesús en mí quien hace milagros. Es su forma de mirar la que me cambia mi mirada para que yo pueda cambiar a otros mirándolos.
Ser humilde pasa por reconocer los talentos que pone Dios en mí y darle gracias por ellos. Él sabrá cómo quiere que los use. A veces incluso querrá que por amor no me sirva de ellos y renuncie a su poder.
Lo que valora Dios en mí es la humildad. Cuando me siento pequeño y necesito su cariño y misericordia. Pequeño, pero hijo de rey. Dice el padre José Kentenich que la “pedagogía de ideales es educación a la humildad, y, en modo alguno, educación al sentimiento de inferioridad”[1].
Cuando me educo y educo en la humildad no pretendo sentirme inferior a nadie. No lo busco. Me quiero como soy en mi verdad y eso no me lleva a la vanidad. Cometo errores. No lo hago todo bien y sé reconocer cuándo no tengo razón.
Pero los ideales me muestran hasta dónde puedo llegar si me dejo hacer por Dios. Él sabe lo que valgo. Ninguna crítica disminuye mi valor. Ningún halago me hace mejor persona.
La humildad es aceptación de mi vida como es. Sin pretender que sea una vida distinta. No quiero acabar con mi pasado. Ni cambiar nada de él. Porque soy quien soy como fruto de todo lo vivido.
Y me alegra ver mi belleza y mis debilidades como parte de una misma composición. Llevo a Jesús en una vasija de barro. No soy yo el que brilla, es Él. No soy yo la luz ni la sal. Es Jesús en mí el que hace fecunda mi vida.
No quiero el éxito en el camino, sino simplemente mantener la alegría en todo lo que hago. Es lo que me salva y da firmeza a mis pasos.
Quiero mirar a María para aprender a vivir con humildad. Me gustan su sonrisa, su templanza, su firmeza. No se rebela contra el mundo cuando sufre contratiempos y no resultan sus planes. No se altera, no pierde la paz.
Aguarda con humildad en el lugar que le corresponde, o que le dan los hombres. Vive atada a Dios de quien recibe todo el amor del mundo.

David McTavish - Shutterstock

Me gustan las personas que se parecen a María. Brillan con luz propia. Y su sonrisa parece traída del cielo. Sufren, como todos sufrimos. Pero no se asombran ni se amargan. Cogen sus cruces con naturalidad y las abrazan en silencio. Tiemblan por el dolor, pero permanecen seguras de que Jesús es el que sostiene su confianza.
Me gustan esas personas que no presumen de lo que hacen, de lo que soportan. No cuentan su entrega ni sus méritos. Parece que todo es tan sencillo. Aman y no se nota el esfuerzo. Se entregan y no parece que les duela. Viven entregadas en silencio y no se ve esa entrega que florece.
Me gustan las personas humildes que aceptan la humillación, la difamación, la mentira sin rebelarse. Me gusta su forma de enfrentar la muerte, con los ojos muy abiertos y con una paz profunda.
Me gustan las personas humildes. Me gusta cómo miran a los demás y cómo se miran. Ven a los demás mejores que ellas mismas, sin serlo. Me gusta cómo sonríen incluso cuando son agredidas. No se desesperan cuando parecen cerrarse los caminos.
Lloran, y entre las lágrimas, esbozan una sonrisa. Aguantan el dolor. Se quejan cuando es excesivo. Pero no se amargan ni amargan. No exigen. No pretenden ser más fuertes que nadie. No quieren molestar, sólo eso.
No entiendo a las personas humildes. No logro saber cómo lo hacen todo. Sólo quiero ser yo así. Pero no lo consigo.
[1] Herbert King, King Nº 5 Textos Pedagógicos
Carlos Padilla Esteban, Aleteia



jueves, 18 de julio de 2019

7 consejos del Papa Francisco para buscar ser humildes

Si no hay humillación, no hay verdadera humildad, advierte el Papa a los cristianos que deben tener cuidado de no caer en esa humildad falsa y como la comida chatarra, es decir “confeccionada en serie”.

POPE AUDIENCE JUNE 26; 2019

La humildad hace parte de las enseñanzas más revolucionarias del evangelio.  “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (Filipenses 2:3-8). 
El papa Francisco en sus homilías en Santa Marta ofrece el modelo de Jesús, que “en los momentos difíciles, en los momentos en que se desata el diablo”, donde es acusado, “por el Gran Acusador a través de tanta gente, tantos poderosos; sufre, ofrece su vida y reza” (18.09.2018). 
Jesús encarnó la compasión y dos rasgos que acompañan su humildad: la mansedumbre y la ternura. Si no hay humillación, no hay verdadera humildad, advierte el Papa a los cristianos que deben tener cuidado de no caer en esa humildad falsa y como la comida chatarra, es decir “confeccionada en serie”. (29.01.2018).

1. Cercanos a los otros, huir de grupitos de poder. 

Francisco pide que el cristiano esté cerca a la gente, y no a los poderosos o a los ideólogos de turno. En especial, se refiere a los pastores de la Iglesia para que no sean cómplices de los “grupitos de los poderosos, de los ideólogos. Estos nos envenenan el almas, no nos hacen bien” (18.09.2018). Así, se pierde humildad y se entra en el juego de los intereses personales.

2. El humilde entiende el poder como servicio, al estilo de Jesús.

El Obispo de Roma subraya que la autoridad y el poder de Jesús radican en “la humildad”, “la mansedumbre, la cercanía, la capacidad de compasión y la ternura” (18.09.2018).  El humilde acepta la humillación y es capaz de tolerar, de llevar sobre tus espaldas una humillación. 

3. El humilde sabe comunicar con Dios.

El Papa recuerda que “en el Evangelio, cuando Jesús no estaba con la gente, estaba con el Padre, orando. Y la mayor parte del tiempo en la vida de Jesús, en la vida pública de Jesús, Él la pasó en la calle, con la gente” y por demás rezando y entregando su espíritu a un bien superior.

4. El humilde gana autoridad, la autoridad del ejemplo.  

“La humildad de Jesús, es lo que le da autoridad a Jesús, lo acerca a las personas. Él tocaba a la gente, abrazaba a la gente, miraba a la gente a los ojos, escuchaba a la gente. Cercano. Y esto le daba autoridad” (18.09.2018). 
El Papa invita a no ir por el mundo “creyéndose superior a los demás o buscando algún interés humano” pues, jamás se logrará “abrir el corazón de nadie”, porque “su palabra no tendrá autoridad”. Una autoridad que proviene del “propio ejemplo, no con la autoridad de uno que habla desde arriba, pero al que la gente no le interesa”. Y explicó que “ésta no es autoridad: es autoritarismo”. “Ante la humildad, ante el poder del nombre de Cristo con el que el apóstol realiza su oficio si es humilde, los demonios escapan”, porque no soportan, que curen los pecados (07.02.2019).

5. El humilde es amable, manso, no regaña, educa. 

En sus homilías, destaca como Jesús es modelo de humildad. “Jesús dice: ‘Aprended de mí que soy humilde y amable de corazón’: amable de corazón. Esa mansedumbre. Él era amable, no regañaba. No castigaba a la gente. Era amable. Siempre con mansedumbre” (18.09.2018).

6. El humilde se enfada ante la injusticia. 

El papa Francisco indica que Jesús, que era humilde, también se molestaba por las injusticias contra Dios. “¿Se enfadaba Jesús? ¡Sí! Pensemos a cuando vio la casa de su padre convertida en un negocio, para vender cosas, cambiar monedas. Allí se enfadó, tomó la fusta y mandó fuera a todos. Pero porque amaba al Padre, porque era humilde ante el Padre, tenía esta fortaleza”.

7. La humildad es aceptar las tribulaciones, no a la falsa humildad. 

Sin embargo, destacó, que Jesús “cuando la gente lo insultaba, aquel Viernes Santo, y gritaba ‘crucifíquenlo’, él permanecía en silencio porque tenía compasión de aquellas personas engañadas por los poderosos del dinero, del poder. Él estaba en silencio. Rezaba”.
El Pontífice enseña que la oración es la clave de la humildad para los cristianos. En el momento de la tribulación rezar al Padre. “La oración también le llevó a la Cruz, con fortaleza”. Jesús no se vence ante su dolor, su cruz, su martirio y tiene la humilde actitud de pensar en ese momento en los demás, aún cuando lo están maltratando,  e “incluso allí tenía la capacidad de acercarse y curar el alma del ladrón arrepentido” (18.09.2018).
La humildad es considerarse a sí mismo un hombre o mujer con defectos, pero deseosos de dejarse transformar por el amor y dejarse perdonar. Esto es, vivir “un verdadero y profundo arrepentimiento” y no es justificarse inmediatamente frente a la ofensa, tratando de parecer bueno: “Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde”, y añadió que “ésta es la regla de oro” de la humildad (29.01.2018). 
Ary Waldir Ramos Díaz, Aleteia




lunes, 10 de septiembre de 2018

¿No eres humilde? Estas 20 señales te ayudarán a descubrirlo

Un autor católico decidió crear un listado para ayudar a los fieles en su camino hacia la santidad, identificando aquellas señales de falta de humildad que alejan al hombre de Dios.

Imagen referencial / Crédito: Flickr Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016 - Paulina Krzyżak

Inspirado en las reflexiones de los santos, Angelo Stagnaro presenta su lista en un artículo publicado en el National Catholic Register, y recuerda que “nada destruye el crecimiento espiritual como un odioso caso de narcisismo” y que “Jesús es el mejor ejemplo para los cristianos que buscan seguir humildemente el plan de Dios para su vida”.

“La humildad es la virtud de dejar de lado nuestro orgullo, vanidad, narcisismo y arrogancia. Así como algunos dicen que el orgullo es la principal raíz de los siete pecados capitales, la humildad es su cura”, aseguró.

Aquí la lista con las 20 señales para detectar la falta de humildad. Las 12 primeras han sido tomadas del libro “Surco” de San Josemaría Escrivá.

1. Pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás.

2. Querer salirte siempre con la tuya.

3. Disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera.


4. Dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad.

5. Despreciar el punto de vista de los demás.

6. No mirar todos tus dones y cualidades como prestados.

7. Excusarte cuando se te reprende.

8. Oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti.

9. Dolerte de que otros sean más estimados que tú.

10. Negarte a desempeñar oficios inferiores.

11. Insinuar palabras de alabanza hacia uno mismo o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional.

12. Avergonzarte porque careces de ciertos bienes.

13. No estar dispuesto a admitir el error o la derrota.


14. Creer que no es necesario arrepentirse de los pecados del pasado y del presente.

15. Olvidar, a veces intencionalmente, que Dios ama a todos los seres humanos por igual.

16. Insistir en tener la última palabra.

17 .Estar más preocupado por tus propios sentimientos que por los de los demás.

18. Negarse a perdonar a los demás.

19. Mentir para obtener un beneficio.

20. Presumir de la “gran fortuna” obtenida en la vida.





sábado, 22 de octubre de 2016

¿Te elogian? ¿Te critican? Aprovecha la oportunidad

Dios puede estar diciéndote algo importante

¿Te elogian? ¿Te critican? A provecha la oportunidad

Carlos Padilla Esteban, aleteia
La libertad interior frente a las críticas y los elogios es ese don que tantas veces pido. Es una gracia que tengo que pedir cuando me turbo con las críticas, o me creo especial con los halagos.

Lo sé con la cabeza, porque lo he oído, porque me parece evidente. Sé que ningún elogio me hace mejor de lo que soy y ninguna crítica me quita un ápice de mi valor. Pero luego mi corazón no obedece y se turba; sufre y se incomoda; se alegra en exceso o cae en la soberbia.
En ocasiones me veo descalificando a quien me critica. Como si así esa opinión dejara de tener valor por venir de quien viene. Pero creo que no es el camino descalificar a quien me critica. En sus palabras, en su crítica, Dios puede estar diciéndome algo importante.

Y si descalifico a su autor, las palabras pierden fuerza. Y yo no quiero que pierdan fuerza. Quiero que sean lo que son, ni más ni menos. Una llamada de atención. Una caricia de Dios que me conmueve.

Un elogio, una crítica, son dos caras de una misma moneda. Las dos me hablan del eco que tiene mi vida en el mundo.
A veces también me duele la omisión, cuando nadie me critica, ni me ensalza por lo que hago. El silencio es ausencia de eco. Ese silencio incómodo de la indiferencia. Esa callada respuesta del mundo que me lleva a juzgar mis actos como indiferentes para los demás.

Sé que ante las críticas no puedo defenderme. Pero muchas veces lo hago. Busco justificaciones. Ataco otras formas diferentes de hacer las cosas. Descalifico. Echo la culpa a otros. Me siento tan mal que ataco al que me critica.

Para ser humilde el camino más rápido son las humillaciones. Aunque es el camino más difícil. Leía el otro día: Resistirse a la humillación es algo natural. Retrocedemos ante las experiencias humillantes. Entonces nos vendrá bien recordar quiénes somos nosotros realmente y quién es Dios. Si detrás de esa experiencia sólo vemos el daño y lo desagradable del hecho, únicamente puede ser porque hemos perdido de vista la voluntad de Dios y su providencia”[1].

Miro a Jesús acusado injustamente y me siento tan pobre, tan débil… Lo miro a Él que no se defiende. Que no ataca con sus palabras. Simplemente calla. Yo no soy capaz de callarme. Me gustaría aprender. Callarme y no buscar salir yo bien de una ofensa. Quedar bien. Resultar ileso.

Pienso que las críticas me ayudan a cuestionar mi forma de hacer las cosas. No todo lo que hago está bien hecho. No todo recibe la aprobación de los hombres. ¿Por qué me obsesiono por ser aprobado siempre, en todo y por todos?

Tal vez es la misma herida de siempre. La herida de amor que llevo grabada en el alma. Esa herida con la que nacemos todos. Lo sé. Y busco llenar el vacío de amor que tiene el corazón herido. Lo busco. Pretendo llenarme de elogios, de halagos, de piropos. Como si al ser admirado por muchos la pena desapareciera para siempre. Y no es así. Nunca está satisfecho el corazón herido.

Es verdad que me hacen bien los halagos. Son como un bálsamo. Pero puedo caer con ellos en la vanidad. Quiero aceptarlos con humildad y luego darle gracias a Dios por ellos.

Creo que el elogio y la crítica tienen que ver con la verdad de mi vida. Soy digno de críticas y de elogios. Soy susceptible de ser criticado. No debo rechazar las críticas. Pero tampoco tengo que eludir los elogios. Ambos me construyen. Son el eco de mis obras.
El que no actúa es menos criticado que el que se expone. El que entrega su vida puede ser más cuestionado que el que la guarda. El que habla se muestra en su verdad. El que ama se arriesga. Al que se le ve se le pueden sacar más fácilmente los defectos que al que se protege mucho.

A veces por perfeccionismo guardamos lo que hacemos. Para que no nos juzguen, para que no nos critiquen. Dejamos de entregar los bocetos de nuestra vida esperando a tener lista la obra de arte. Y tal vez el tiempo se nos escurre entre los dedos y nunca damos lo que tenemos, porque no es perfecto.

Y es que nada de lo que hacemos es perfecto. Y por miedo al rechazo, por miedo a la crítica, nos guardamos.

Lo tengo claro. No puedo esperar ser gusto de todos. No quiero buscar el halago y la alabanza cuando hago algo, cuando me expongo, cuando sirvo. Esa búsqueda enfermiza y obsesiva me hace daño.

Sólo puedo acoger lo que me llega. Y ser siempre agradecido. Tanto en el elogio como en la crítica. Y esperar que las cosas me vengan de frente. Cuando alguien se atreve a decirme algo a la cara es un regalo de Dios.

Decía el padre José Kentenich: “Si soy superior debo agradecer cuando alguien me critique cara a cara. Dicho familiarmente, yo no tolero que se me ataque por la espalda”[2]. Que me digan las cosas a la cara. Y que yo sepa ayudar a otros diciéndoles cómo veo yo sus vidas.

La sinceridad es importante. El amor a la verdad. De frente, de cara. Una verdad dicha siempre con amor, con caridad. Sin herir. Con sensibilidad. Poniéndome en el lugar del otro. No de cualquier manera.

Todo ello me ayuda a crecer. Me ayuda a abrazar mi verdad aunque a veces me duela en lo más hondo. Es la honestidad con mi vida tal y como es.

Acojo con alegría los ecos que despiertan mis obras. Las huellas que voy dejando en el camino. Acepto el elogio y la crítica. Dios me habla en ellos. Dios me invita a crecer cada día.

[1] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros


[2] J. Kentenich, Niños ante Dios