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sábado, 29 de enero de 2022

7 consejos para debatir con un ateo que te desafía a muerte


 

Hace unos días casualmente me topé con este video que ya tiene un tiempo. Es del sacerdote marianista Daniel Pajuelo, más conocido como «SMDANI»un sacerdote Youtuber que hace ya algunos años está haciendo bastante lío en las redes sociales llevando la Buena Nueva y tendiendo puentes para el diálogo. Esto último, fundamental sobre todo en nuestros días.

En esa línea va la reflexión del recurso que les presentamos hoy. Nunca ha sido tarea fácil hablar cuando se tienen posiciones distintas y antagónicas. Creo que hoy constituye un arte poder expresar el punto de vista de cada uno sin ser llamado intolerante o irrespetuoso. A cristianos y no cristianos nos falta un camino largo por recorrer en cuanto al arte del diálogo y el correcto entendimiento.

Este video me ha parecido ideal para aprender a dialogar, sobre todo cuando tenemos que explicar la fe a alguien a un ateo. Uno no puede controlar la reacción de quién tiene al frente, pero sí puede controlar la propia reacción y «tender puentes» como lo dice el mismo Padre Daniel, para fomentar un diálogo fructífero.

El video de SMDANI es una respuesta a un video llamado «Dios no existe» propuesto por otra youtuber mexicana bastante conocida llamada Dama G. A. A muchos este video les resultó tremendamente ofensivo, puedo entender el por qué sin mucho esfuerzo, pero lo que quisiera que miráramos de esto es la forma en que el padre Daniel responde. Hay mucho que podemos aprender de él.

1. Trata de no escandalizarte y escucha a tu interlocutor

Somos tan sensibles e incluso a veces acomplejados (yo sé que esta afirmación es dura y puede herir, pero créanme que tiene un sentido el colocarla explícitamente) que nos quedamos en el dolor del primer impacto. Si hacemos primero el intento de mirar con los ojos de Jesús, veremos que la impresión primera se va diluyendo y podemos mirar con mejor perspectiva lo que está pasando.

Muchas veces hemos escuchado que nos es conveniente responder en momentos de ira o de dolor porque podemos decir cosas que salen muy mal. Este es un buen ejemplo, antes de responderle a ese amigo ateo tomémonos un tiempo para diluir ese momento incómodo, escandaloso, que nos destempla, para poder responder con un poco más de objetividad y un poquito menos de sentimiento. 

2. Mira en primer lugar lo bueno

Lo primero que hace SMDani es reconocer lo bueno. Antes de dar cualquier juicio, primero reconoce lo bueno. Admira su trabajo, reconoce que lo hace con mucha calidad, que sabe utilizar el recurso, que ha llegado a muchísima gente. Me atrevo a decir que seguramente ha valorado esto en su respuesta. Es decir, sabe que no es una respuesta solo para una persona sino para muchísimas más.

Tal vez si nosotros tomáramos en cuenta esto responderíamos con un poquito de mayor responsabilidad. Ya sé que en lo cotidiano no somos ni Youtubers, ni bloggers, pero siempre nuestros actos repercuten en más de uno. Vivimos en comunidad, el ejemplo vale muchísimo y nuestras palabras alcanzan a muchos más que a solo nuestro interlocutor ateo. 

3. Trata de entender el contexto

Antes de responder o criticar la forma en que esta chica ha expuesto su posición como agnóstica frente a la existencia de Dios. Escucha y busca (no solo trata) entender el porqué de este video. Qué hay de fondo, quién lo hizo, qué está diciendo, de dónde vienen estas creencias. Qué es lo que sabe o ha entendido de la religión católica, en qué puntos puede coincidir, qué otros puntos puede entender, etc.

No se trata de quedarse en el sentimiento, tal vez herido, más aún si alguno tiene un fervoroso celo católico. Sino de mirar más allá. Es alguien que desconoce mucho de nuestra religión, que ha sido criada de una manera distinta, que dice varias cosas que pueden hacer sentido y nuestra tarea como cristianos es llevar luz y verdad. Pero no una luz que deje ciego al otro, ni una verdad que atormente.

4. Infórmate sobre quién es tu interlocutor y su historia

A veces por el calor de la conversación no es tan fácil entender quién es la persona que tenemos al frente. Obviamente es más sencillo tomarse un tiempo para averiguar de quién se trata cuando la conversación no es cara a cara.

Pero vamos, en este tiempo de las redes sociales más abundan las conversaciones «virtuales» que las conversaciones cara a cara. Con esto quiero decir que sí se puede averiguar algo de la otra persona para entender por qué responde o expresa su sentir de una u otra forma.

Entender un poco mejor a quién tenemos enfrente nos hace poder responder de una manera no solo más adecuada sino también misericordiosa, caritativa y sobre todo fraternal.

Cuando se trata de una conversación cara a cara se puede averiguar sobre el interlocutor haciendo preguntas abiertas como estas: ¿qué te hace decir esto?, ¿dónde escuchaste lo que estás afirmando?, etc. Y así ir entendiendo de dónde viene la información que nos está haciendo llegar.

5. Expresar el sentir con calma

En un momento del video, el Padre Daniel dice: «poneros en nuestra piel los que no sois creyentes…». Y lo dice con mucha calma. Explica que estas imágenes (las del video de Dama G) son muy fuertes para nosotros (los creyentes) porque la cruz para nosotros es un símbolo de amor. 

Y es que si reaccionamos, como muchas veces lo hacemos, desde la ira y el dolor, alguien que no cree no entiende esta reacción. Exactamente de la misma manera en que nosotros no entendemos a los no creyentes cuando nos atacan y hablan sin respeto ni reverencia.

Como explicaba, el único control que tenemos es el que ejercemos sobre nosotros mismos. Y en esto el Padre Daniel nos está dejando un muy buen ejemplo. Dice lo que siente y lo explica calmadamente porque entiende que sus palabras van dirigidas a otro ser humano, sin importar si es ateo o no, creado por el amor de Dios al igual que él.

6. Fórmate e infórmate constantemente

A veces nuestras respuestas explosivas y poco abiertas al diálogo nacen del miedo. Del miedo a no poder tener los argumentos necesarios para responder con calma. O incluso miedo a perder la fe por estar sostenida solo en la razón.

Aquí el formarse en la fe, no solo para saber, sino para amar mejor, es una herramienta valiosísima. Si el padre no manejara con tanta claridad sus conocimientos y su experiencia propia de fe, no podría haber dado una respuesta tan minuciosa y positiva.

Que más allá de rebatir el video, estoy segura que ha ganado una seguidora en esta chica, y ser un punto de referencia. Esto lo podemos inferir por el comentario que dejó Dama G en la explicación de su video: «Mucha gente y muchos creyentes han podido captar una propuesta respetuosa y han generado un diálogo muy bello. Gracias».

A esto último estamos llamados, a generar diálogos que nos lleven a Dios. Somos sus instrumentos, Él es el que realiza el trabajo con las almas.

7. Ora

No está en el video, pero sabemos que la oración y pedir por la iluminación del Espíritu Santo es una práctica que debemos hacer siempre, sobre todo cuando vayamos a hablar en Su nombre. Te recomiendo el curso «Crecer en la vida de oración».

Para reflexionar: ¿Cómo estamos respondiendo en este tiempo a los que creen distinto, a los no creyentes, a los que nos atacan y desprecian, a los que nos confunden?


































lunes, 5 de octubre de 2020

¿Cómo se logran buenos frutos espirituales?

 SOLIDARITY


Los frutos que da la viña son de Dios

Cristo me ha invitado a estar con Él, a su lado. Me ha pedido que camine junto a Él, que trabaje con Él. Me lo explica con una parábola:

«Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje».

El reino de Dios es esa viña, es su Iglesia, allí donde Él vive, donde yo estoy llamado a vivir con Él. Allí donde me pongo a trabajar codo con codo con Jesús, a su lado.

Soy su apóstol y Él me envía para entregar la vida. No hay cristiano que no sea apóstol. Es imposible haber encontrado el amor de Dios y no tener necesidad de contarlo, de trabajar a su lado para que la viña dé fruto.

Ser de Cristo es ser enviado como apóstol.

Después de encontrarme con Jesús, con María en el Santuario, cambia mi vida y necesito salir a contarlo a los que nunca han visto su rostro.

Arar la tierra, trabajar el campo, sembrar esperanza que pueda dar fruto. Sólo tengo que ser fiel a la promesa grabada en mi pecho.

Los discípulos en Pentecostés se volvieron apóstoles por obra del Espíritu Santo que cambió sus corazones. Con ese fuego, con ese viento, acabaron con el miedo y el pudor dentro de su alma.

Los discípulos antes eran temerosos y ahora son capaces de ponerse en camino. Es lo que hace Jesús conmigo. Me invita a su viña para que trabaje la tierra a su lado y en su nombre.

Mi única misión consiste en hablar en un lenguaje que todos entiendan. Actuar de tal manera que todos vean algo diferente, algo nuevo, un motivo para seguir esperando.

La conversión me lleva a ser apóstol. Me pongo manos a la obra en mi viña y hago todo lo que hoy escucho:

«Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar».

Me convierto en instrumento. Y eso sólo sucede cuando he tocado un amor más grande. Alguien me ha amado más de lo que nunca nadie antes me amó y más de lo que yo nunca he amado a nadie.

Necesito saberme amado por Dios en lo más profundo para convertirme en su apóstol, en viñador, en trabajador por su Reino.

Necesito vencer los miedos que tengo muy dentro, ese miedo al fracaso y al rechazo. Y ponerme a caminar por los caminos llevando vida y esperanza allí donde el Espíritu me lleve.

Tengo claro que no me anuncio a mí mismo. No hablo de mí, de mi poder, de mis capacidades. No hago ostentación de nada de lo que tengo.

Simplemente me vacío de mí mismo para llenarme de Dios. Me vacío de mi orgullo, de mis derechos, de mi vanidad, de mi búsqueda enfermiza de éxito. Y así, vacío, inútil, doy paso a Dios en mi vida.

No busco el éxito en lo que hago. No lo pretendo. Los frutos que da la viña son de Dios, no son míos, no me pertenecen. Los frutos son siempre de Dios, no del que siembra.

Yo sólo deposito la semilla en la tierra, la riego con constancia, la cuido para que no muera, ya que la viña no es mía, no me pertenece.

No soy el dueño de la viña, sólo soy uno de los trabajadores. No me he inventado yo la vida, no he fabricado la planta, no he tejido yo el fruto, no he compuesto yo los logros.

Comprendo cada vez más con el paso de los años que todo lo que hago es obra de Dios en mí. Pero también veo que en ocasiones el orgullo y la vanidad, el amor propio y mi propia pasión son siempre un peligro en mi vida.

¿Cuál es la intención que me guía cuando soy apóstol de Cristo? ¿A quién anuncio, de quién hablo?

Si no muero a mí mismo para dejar espacio a Dios en mi vida, si no logro vaciarme de mí mismo, de mis intereses, no podré nunca llenarme del Espíritu Santo.

Tengo claro que no voy a cambiar el mundo con mi propia fuerza, con mis capacidades y talentos. No puedo. La tarea es inmensa. Y yo tan pequeño…

No tengo su poder. Sólo podré hacerlo con sus fuerzas, con su gracia. No son míos esos milagros que con tanta frecuencia veo a mi alrededor. Frutos visibles, conversiones reales. Obras que son dignas de Dios, no del hombre.

Veo que ese milagro es obra de Dios en mi corazón. La primera gran obra es la transformación interior que yo mismo he vivido. Mi anhelo de santidad ya es obra suya. El deseo de querer trabajar en su viña es suyo.

Todo lo demás, los frutos que no controlo, la lluvia que no programo, la vida que yo no creo. Todo eso es de Dios y me viene dado por añadidura, no me pertenece.

De mí no depende que un campo sembrado acabe dando fruto. No depende de la intensidad que pongo para trabajar y vivir mi vida con pasión. No depende del tiempo invertido, ni de mis talentos.

Dios puede hacer que la vida surja en el desierto y debajo de las piedras. Dios puede con su luz, con su agua hacer fecunda mi vida cuando yo veo que no lo es. Yo solo no puedo hacerlo.

Lo único que pide Dios es que sea fiel, que vaya a la viña, que trabaje a su lado, que invierta mi tiempo en su presencia. Que me vacíe y me deje llenar. Que me ponga manos a la obra sin buscar excusas para no actuar.

Lo que Dios necesita es mi Fiat alegre y confiado, con eso le basta.

Carlos Padilla Esteban, Aleteia

Vea también  La necesidad y los beneficios de los ejercicios espirituales




sábado, 16 de mayo de 2020

Manual de instrucciones para abandonarse en Dios

No es pereza ni cobardía, sino reconocer que Él tiene el secreto de tu felicidad y dejarle actuar en todos los ámbitos de tu vida

Todos los nadadores socorristas lo saben: cuando prestan auxilio a alguien que está ahogándose, el principal peligro viene de los nerviosos esfuerzos del auxiliado.
El miedo, la voluntad de mantenerse a flote cueste lo que cueste, le conducen a menudo a realizar gestos descoordinados. Forcejea o se aferra desesperadamente a su salvador, lo cual es el medio más seguro de impedirle que nade.
Así nos comportamos a menudo con respecto al Señor. En vez de dejarle que nos salve, intentamos dirigir las cosas a nuestra manera.
Por miedo o por orgullo –a menudo ambos a la vez– nos negamos a permitirle actuar en nosotros, a abandonarnos con confianza.
Como un ahogado que intenta respirar, todas las personas buscan la felicidad. Es un deseo grabado profundamente en nosotros.
Este deseo es bueno porque viene de Dios, pero ¿creemos realmente que Él sabe mejor que ningún otro lo que es necesario para nuestra felicidad y la de nuestros hijos?

El abandono no es ni cobardía ni pereza

Cuando nos negamos a abandonarnos al amor de Dios es como si Le dijéramos: “Yo sé mejor que tú lo que necesito, lo que mi familia necesita”.
Somos como el ahogado que niega la ayuda que se le ofrece porque tiene miedo e intenta mantenerse en la superficie a cualquier precio sin ver que su salvador sabe mejor lo que hay que hacer para volver a tierra firme.
Sin embargo, tampoco podemos esperar la salvación con el pijama puesto. Dios nos respeta demasiado como para darnos una felicidad precocinada.
Quiere incluirnos en su obra de amor y nos da una voluntad, una libertad y múltiples talentos para construir el Reino.
No obstante, todos esos talentos no deben hacernos olvidar que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Lo recibimos todo del Señor: sin Él, no somos nada y no podemos nada.
Cada vez que olvidamos esto, nos negamos a abandonarnos. Confundimos con frecuencia independencia y libertad al afirmar: “No necesito a nadie, me desenvuelvo muy bien solo”.
Nos tomamos por personas muy fuertes y muy capaces cuando somos –fundamental y radicalmente– unos pobres necesitados.
Pero hay otro peligro: el Maligno. Como es muy hábil, intenta siempre tentarnos disfrazando el mal bajo la apariencia del bien.
Así, el perezoso estará tentado de justificar su indolencia con un pretendido abandono a la Providencia: “No merece la pena que me fatigue, porque Dios cuidará de nosotros”.
El cobarde razonará de la misma forma al refugiarse en la oración para evitar afrontar el riesgo de los compromisos concretos, con lo que implican de oposiciones inevitables: “Señor, cuento contigo sobre todo porque no quiero que me pidas que intervenga”. Pero el abandono no es ni pereza ni cobardía.

En la realidad

La Encarnación nos pone los pies en la tierra y no hay otra manera de encontrar y servir al Señor que viviendo el día a día hasta en los aspectos más concretos.
No basta con repetir: “¡Señor, Señor, gracias por cuidar de nosotros!”. Por supuesto, la alabanza es la oración también de quien se abandona al amor de Dios, pero el único medio de verificar la autenticidad de esta alabanza es confrontarla con la realidad.
Hay que plantearse las preguntas apropiadas: “¿Alabo a Dios solamente durante los momentos de oración o esta alabanza cambia la manera en que voy a tratar mis asuntos profesionales, abordar las dificultades familiares, recibir las preocupaciones económicas, realizar mis proyectos de futuro, etc.?”.
“Y [Jesús] dijo: ‘Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos’” (Mt 18,3).
Si no aceptamos abandonarnos con la confianza absoluta de un niño pequeño, si no consentimos dejarlo todo en manos del Padre –todos nuestros deseos, nuestros proyectos, nuestras preocupaciones, aquello que amamos e incluso nuestros pecados– no podremos entrar en el Reino de Dios. No podremos disfrutar la felicidad del Reino, prometida aquí abajo a los que tienen el corazón de los pobres.
Por Christine Ponsard, Edifa-Aleteia
Vea también La Respuesta, la Vocación, la Fidelidad y el Abandono