Mostrando entradas con la etiqueta Hipocresía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hipocresía. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de septiembre de 2023

Presunción de ser bueno y sin pecado

 


Viñeta francesa representando la parábola (Lc 18, 9-14) del fariseo ('¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres') y del publicano ('¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador').

Hoy se habla mucho de que lo más importante es el “ser buenos” y no se explica con profundidad lo que esto significa, puesto que la bondad no es una pose ante los demás con las apariencias de aires bondadosos cuando tal vez por dentro, en la interioridad del alma, se vive en podredumbre vital y espiritual (en pecado). Pero ocurre que para justificarnos nos fijamos en las debilidades y fallos de los demás. Decía San Agustín: “No presumamos en absoluto que somos buenos y que vivimos sin pecado. Encomiemos de tal forma la vida, que sigamos pidiendo perdón. En cambio, los hombres sin esperanza, cuanto menos piensan en sus pecados, tanto más curiosos son respecto a los ajenos. No buscan algo que corregir, sino algo para poder hablar mal de los demás. Y, como no son capaces de excusarse, están siempre dispuestos a acusar a otros” (Sermón 19, 2). Cuando uno se considera limitado y pecador es más comprensible y misericordioso ante los demás pues, de lo contrario, uno se dedica a husmear en los pecados y debilidades ajenas.

Nada merece tanto elogio y respeto como una persona que reconoce sus debilidades, faltas y pecados mostrando siempre un sincero propósito de enmienda y de cambiar de vida, es decir, de convertirse. Y es así como nos lo recuerda Jesucristo: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 15). La bondad no nace de un puro sentimentalismo ideologizado, que marca las pautas de cómo se debe actuar para ser aplaudido y reconocido por los demás. Esto, y si así se vive, conlleva una mentira existencial que produce insatisfacción y descontento.

El “buenismo” que hoy tanto se ensalza no tiene reglas ni normas, puesto que todo vale y se doblega con sensibilidad egoísta. Esta presunción lleva a creer que todos somos buenos y el pecado ya no existe puesto que éste, para la mentalidad progresista, es represivo y de épocas anteriores promovidas por el autoritarismo. Para el “buenismo” no importan las leyes de la naturaleza y menos aún las leyes de Dios: los mandamientos.

Desde el punto de vista psicológico y espiritual, cuando impera el puritanismo de creer en una falsa bondad y se afirma que el pecado es fruto de mentes anticuadas, lo que posteriormente sobreviene -y es común constatar- es que van creciendo personas sin sentimiento de culpa y se dedican a fiscalizar neuróticamente las faltas o culpas de los demás. Las consecuencias no sólo conllevan deficiencias psicológicas, sino lastres de inmadurez humana y espiritual. De ahí que se llegue a la mediocridad y la tibieza.

Así lo expresaba Santa Teresa de Ávila: “De pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades… Dábanme gran contento todas las cosas de Dios, pero teniánme atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios –tan enemigo uno de otro- como es la vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales”. El resultado de este estado es una profunda infelicidad.

Por eso el evangelio nos insiste en la conversión: “En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 1-4).

Y la humildad nos hace ver lo que somos, es decir, que no somos perfectos. De los presuntuosos no es el Reino de Cielos, sino de los sencillos que se consideran débiles y pecadores. Tal vez uno de los grandes males que pueden hacer tanto daño en nosotros y entre nosotros es el orgullo de creer que somos ya buenos y no necesitamos nada ni a nadie. Sin embargo, lo más saludable nos lo dicta el Señor: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Aquí no vale el “buenismo” y no cabe el presuntuoso que piensa que no comete pecado.

por Monseñor Francisco Pérez González
Publicado en Iglesia Navarra.

Vea también       Sermón sobre la Virtud verdadera y falsa - Santo Cura de Ars


















lunes, 17 de mayo de 2021

No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. 3 Juan 1:4

 

"Una antigua leyenda china cuenta que un día un emperador convocó a jóvenes de todo el reino a la capital. Cuando se reunieron en el patio del palacio real, se dirigió a ellos diciendo: "Cuando yo muera, uno de vosotros se convertirá en el próximo emperador. Al salir hoy de aquí, mis servidores os darán a cada uno una semilla mágica. Debéis plantarla, nutrirla y cuidarla. Dentro de un año, volveréis aquí con vuestras plantas y, al mirarlas, sabré quién es digno de ser el próximo emperador". Cada joven tomó su semilla y se apresuró a volver a casa, lleno de emoción y determinación, incluido un joven llamado Ling. Plantó su semilla y la regó fielmente cada día, pero no brotó. Todos sus amigos, ayudados por sus padres, se jactaban de que sus semillas habían dado lugar a grandes y hermosas plantas, pero Ling no tenía nada que mostrar por sus esfuerzos, y se sentía avergonzado y abochornado.

Cuando terminó el año, Ling tenía miedo de volver al palacio del emperador, pero su madre insistió en que era su deber ir, así que partió. El patio real estaba lleno de jóvenes que llevaban hermosas flores, arbustos e incluso pequeños árboles, y Ling, avergonzada, trató de esconderse en un rincón. Cuando el emperador salió, no pareció impresionado por la gran cantidad de plantas florecientes. Sin embargo, al ver a Ling, ordenó a los guardias que lo hicieran pasar. Todo el mundo se rió ante el espectáculo de aquel joven sosteniendo una simple vasija de arcilla carente de vida, y el propio Ling temió que estuviera a punto de ser condenado a muerte por su fracaso. Sin embargo, para sorpresa de todos los presentes, el emperador anunció: "Hoy he elegido a vuestro nuevo emperador. Contempladlo. Es este muchacho". Ling tartamudeó: "Pero, pero, su majestad, no lo entiendo; no he conseguido que crezca nada de mi semilla". El emperador explicó: "Esa es la cuestión. Hace un año les di a todos los presentes no una semilla mágica, sino una piedra ordinaria; nadie pudo cultivar nada con ella. Todos los que están aquí son un fraude. Sólo tú has tenido el valor y la honestidad de volver aquí y decirme la verdad, ¡y por eso sólo tú tienes madera de emperador!"

Christian Art

Vea también     Felices de puro corazón, porque ellos verán al Padre