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miércoles, 12 de febrero de 2025

Trey, de 10 años, el pequeño héroe que conmovió a América

 

Andre Howard


Andre Howard, apodado Trey, tenía solo 10 años cuando se arrojó encima de su hermana de 4 años para protegerla de los escombros de un accidente ocurrido en Filadelfia el 31 de enero. Y al hacerlo, le salvó la vida

Un trágico accidente sacudió Filadelfia el 31 de enero de 2025, cuando el avión medicalizado que transportaba a seis personas, entre ellas un niño, se estrelló cerca de un centro comercial de la ciudad, matando a siete personas e hiriendo a más de veinte. En medio de este caos devastador, Andre Howard, apodado Trey, demostró un heroísmo notable, arriesgando su vida para proteger la de su hermana. Mientras los medios de comunicación le consideran el nuevo pequeño héroe de Estados Unidos, Andre cree que simplemente ha cumplido con su deber de hermano mayor.

Amor fraternal hasta el sacrificio

Ese día, como todas las semanas, Andre y sus hermanos estaban con su padre, Andre Howard Sr. La familia solía ir a Dunkin' Donuts a merendar después del colegio. Pero este día, normalmente lleno de risas y diversión, dio un giro trágico cuando se produjo una explosión repentina mientras caminaban hacia el restaurante. Un avión sanitario se estrelló delante de ellos, arrojando escombros y llamas a la calle y a los coches de alrededor, incluido el de la familia Howard. "Oímos un estruendo, un estruendo muy fuerte, y vimos una bola de fuego que cubrió todo el cielo", declaró a la CNN el padre de la familia.

En un momento de pánico absoluto, mientras llovían escombros sobre su vehículo, el pequeño Andre se arrojó encima de su hermana de 4 años para protegerla con su cuerpo. Cuando el padre de familia se volvió hacia sus hijos para asegurarse de que estaban bien, descubrió que André yacía encima de su hermana con algo clavado en la cabeza, mientras que su otro hijo, de 7 años, estaba sentado junto a ellos, ileso. "Vi a mi hijo inconsciente con un trozo de metal en la cabeza. Mientras lo ponía a salvo, el trozo de metal se cayó y Andre empezó a sangrar", recuerda Howard, luchando contra las lágrimas.

Andre fue atendido rápidamente por los servicios de urgencias antes de ser trasladado al Hospital Infantil de Filadelfia. Los médicos advirtieron a la familia de los graves riesgos, incluida la posibilidad de que no volviera a caminar. Pero, contra todo pronóstico, el pequeño se recuperó poco a poco.

Una vez despierto, no pensó en su propio sufrimiento, sino en el de su hermana pequeña: "¿La habré salvado? En Facebook, su padre, Andre Howard Sr., publica regularmente noticias de su hijo, al que considera un auténtico "superhéroe".

Los médicos son tranquilizadores sobre el estado de salud del niño: debería poder volver a andar. Es una buena noticia por la que los padres de Andre no dejan de dar gracias al Señor. El hermoso gesto del pequeño, que encarna el verdadero amor fraternal, quedará grabado para siempre en la memoria de toda su familia.

Anna Ashkova, Aleteia 

Vea también     Catequesis del Papa Francisco sobre la Familia

























viernes, 11 de septiembre de 2020

¿Cómo cuido a mi hermano?

SIBLINGS;

Hoy Jesús quiere que ayude a mi hermano a ser mejor

Hoy Jesús me pide que ablande mi corazón para que sepa amar a mi prójimo. Quiere que él esté en el centro de mi corazón caritativo: «A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: – Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera».
Y tiene razón Jesús. Si lo amo a Él en el prójimo tendré vida para siempre.
Leía el otro día algo muy verdadero: «La única forma de reconocer con seguridad nuestra relación con Dios es reunir y revisar todas nuestras relaciones humanas. Lo que existe en estas relaciones, también existe en nuestra relación con Dios. Esta identificación de las relaciones entre los hombres y Dios es la única forma de saber cómo la fe está o no plenamente arraigada en la vida».
La forma que tengo para relacionarme con mi prójimo tiene mucho que ver con la forma que tengo para estar cerca de Dios. Pienso en todos los aspectos que marcan mis relaciones. Peco de egocéntrico y dejo de mirar a los demás.
Se me olvida que soy familia, que tengo hermanos, que amo de forma concreta al que vive a mi lado. Sus problemas son mis problemas. Sus preocupaciones son las mías. Sus miedos los comparto.
¿Cómo cuido a mi hermano? A ese que está a mi lado y me cuesta por detalles pequeños. Lo ignoro y no me pregunto qué siente, qué le pasa, qué le preocupa, qué le alegra. No sé cuáles son sus sueños en estos momentos. Desconozco dónde residen sus miedos más profundos. No quiero deber nada más que amor. No quiero dar nada más que mi vida.
Pero mis relaciones humanas se centran a veces en la utilidad. Las ventajas que me da la amistad de una persona, o su amor conyugal. El beneficio que saco, el bien que me hace. Alejo de mí a los que no son tan válidos, a los que no me aportan tanto, a los que no me benefician. Y busco al que todos buscan, al exitoso, al que produce y hace las cosas bien, al eficiente.
Hoy Jesús va más allá y quiere que en mis relaciones aprenda a ser sincero y a ayudar a crecer a los que Dios me confía. Me lo dice con palabras duras que me resultan difíciles de entender. Hoy Jesús quiere que ayude a mi hermano a ser mejor.
No se trata de que pretenda que sea como a mí me gustaría que fuera. No se trata de eso. Sólo quiere que le diga lo que sería bueno mejorar. A veces hay personas empeñadas en que yo sea como ellos desean.
Leía el otro día: «Deberías ser como yo, me dicen. Cuando muestro mi verdad todos quieren controlar mi comportamiento. Investigan cómo convencerme para hacer lo que ellos quieren. Son capaces de llegar a donde sea para controlarme». Eso no lo quiero. No deseo controlar a los demás ni decirles lo que tienen que hacer. Ellos harán su camino.
Pero sí lo que Jesús quiere es que no me calle, que hable, que le diga, que rece por él, que le acompañe, cuando siento que tengo que hacerlo. Tendré que verlo en mi corazón. Miro a mi hermano y si veo que peca, que sigue un mal camino y se va a perder.
En ese caso puedo hacer lo que hoy escucho: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano».
Jesús quiere que no me calle lo que veo que mi hermano puede mejorar. El profeta me decía que yo era como una atalaya: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel». Me ha colocado en lo alto para que vea cómo educar a los que pone en mis manos. Es verdad que mi religión me une con mi hermano, no me aísla.
Por eso entiendo cómo es mi amor a Dios: «¿Qué religión es la nuestra?, ¿hace crecer nuestra compasión por los que sufren o nos permite vivir tranquilos en nuestro bienestar?, ¿alimenta nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano?».
Puedo callar para caer bien. Puedo ser cobarde y no decir lo que pienso para que no me hieran, para que no me ataquen. Puedo no exponerme ni arriesgarme callando lo que muchos piensan. Es cobardía quizás.
Otras veces puede ser prudencia cuando sé que mi hermano no va a aceptar mi comentario. No va a ver en mis palabras una buena intención. Pero tengo claro que soy parte de un todo. Y lo que le afecta a mi hermano me afecta a mí. Sus caídas son las mías. Y sus errores se adentran también en mi piel.
Jesús lo expresa con claridad: «Os aseguro, además, que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
¡Qué importante es aceptar que soy parte de una comunidad de cristianos que aspiran a la santidad! Nuestras vidas están unidas en solidaridad. Todo lo de mi prójimo tiene que ver conmigo. Vivir en comunidad es el camino para vivir en Dios. No estoy solo. El amor me une al que está a mi lado y formo entonces parte de una gran familia. Esta conciencia me gusta.
Donde dos o más se reúnen en el nombre de Jesús, Él está en medio. Allí donde dos o tres lloran y claman al cielo. El dolor de mi hermano es mío y también su alegría. Por eso no me es indiferente su pecado ni su mal. Tampoco su mentira, su orgullo o vanidad. Todo tiene que ver conmigo. Mi lucha por la santidad afecta a todos.
Rezaba el P. Kentenich en una oración del Hacia el Padre: «Así el amor de la Familia nos da alas para refrenar con ahínco las malas pasiones y esforzarnos por la más alta santidad, con vigoroso espíritu de sacrificio y sencilla alegría».
El amor de la familia me da fuerzas para luchar. Igualmente, el pecado y la debilidad de los míos, de los que amo, tira de mí hacia abajo, abandonándome si rumbo. Mi vida está tan unida a la vida de los que forman parte de mi camino. 
Carlos Padilla Esteban, Aleteia 

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