lunes, 22 de julio de 2019

Ancianos y una muerte lenta: La realidad supera la ficción de FaceApp en Venezuela


Más de cuatro millones y medio de “adultos mayores” exigen pensiones dignas para poder tener una vejez decente y no vivir de las ficciones virtuales o las promesas incumplidas de los líderes políticos

VENEZUELA
En tiempos en que las redes sociales acrecientan el deseo de conocer cómo serán en el futuro los rostros de las personas jóvenes y de mediana edad de esta época, tal como lo permite la aplicación FaceApp, en Venezuela, la realidad de los “verdaderos viejitos” supera con creces, la ficción de los arrugados pero sonrientes semblantes de quienes buscan el futuro en el mundo virtual. Basta recorrer Caracas y otras ciudades para comprobar a los verdaderos ancianos con gestos de tristeza, enfermedades y abandono.
Nada que ver con el mundo digital que muchas veces genera falsas ilusiones. La realidad es esta: a pesar de que de Nicolás Maduro ha decretado varios aumentos en el salario mínimo, igualando las pensiones y jubilaciones de los hombres y mujeres de la tercera edad con los trabajadores activos, su poder adquisitivo ha disminuido, tanto, “que ya no se lo puede considerar como un salario de subsistencia”, reconoce la Alta Comisionada para los derechos humanos de la ONU, Michelle Bachelet.

“El gobierno nos mata de mengua”

“Sencillamente no alcanza para nada, y se convierte en una declaración de muerte lenta, en una eutanasia progresiva y pasiva a los pensionados que reciben el monto correspondiente al salario mínimo”, consideró Edgar Silva, un incansable luchador por los derechos de los ancianos en Venezuela. “Las pensiones no sirven para absolutamente nada, sino comprar dos o tres productos. Si compras las medicinas que cuestan más de 40.000 bolívares, no puedes comprar los productos alimenticios”.
Es una “declaración de muerte lenta para los ancianos”, reiteró el luchador social, con quien coincidió la profesora jubilada Amelia Zambrano, de 74 años de edad, al salir de una misa a la que concurrió junto a otros ancianos. “Nuestra realidad no es virtual; es verdadera. No es un juego de computadoras lo que vivimos los ancianos en Venezuela”.
“La comida y los medicamentos; y hasta los productos de aseo personal son inalcanzables para los adultos mayores”. “Por más que la Iglesia y algunas organizaciones no gubernamentales intentan aplacar el hambre con ollas solidarias, farmacias parroquiales, y operativos sanitarios, eso no es suficiente”, dijo Amelia.
Expresó que a pesar de estar jubilada y pensionada lo que recibe “se va en poca comida y medicamentos”. “La verdadera respuesta debe estar en el Estado y en las acciones del gobierno”, explicaba como si una cátedra de formación estuviera impartiendo.


VENEZUELA
José Cohén

La reserva moral de los pueblos

En Caracas, los ancianos asisten con frecuencia a las convocatorias de las organizaciones que los agrupan. Primero participan en las misas y luego se concentran frente a la sede del Ministerio Público y de otras instituciones del Estado. “El gobierno mata de mengua al adulto mayor”; “Los jubilados y pensionados también comemos”; “Nos matan con pensiones miserables”, repiten en su consignas.
Emilio Lozada, presidente de la Federación de Jubilados y Pensionados de Venezuela, recordó que el 29 de mayo pasado, justo el Día Nacional del Adulto Mayor, entregaron al Ministerio Público un documento denominado: “La Reserva Moral le habla al país”, en el que denunciaron los atropellos y violaciones a los derechos humanos que sufren los adultos mayores por parte del régimen que gobierna el país bolivariano.
“Estamos padeciendo las inclemencias impuestas por este régimen dictatorial, como son: el hambre, la mala alimentación, la carencia de medicina, la mala atención médica; transporte y servicios públicos destruidos. Estamos soportando una diaria e inimaginable situación, que no nos permite vivir una vejez digna y con júbilo, cual era nuestro sueño; razón por la cual insistimos que, por la Patria que construimos con nuestra juventud hoy, mañana y siempre,  estamos dispuestos a enfrentar -desde la calle- esta política genocida”, reza el documento conocido por Aleteia.
Explica que los adultos mayores están dentro del 94 por ciento de la población venezolana que no cuenta con los ingresos mínimos necesarios para cancelar los precios de la canasta alimentaria. Están dentro de los 18,7 millones de personas con condiciones de salud de mayor prevalencia, incidencia y mortalidad sin garantías de acceso, diagnóstico, tratamiento médico de ninguna especialidad, con un alto riesgo de fallecer en un hospital público por las condiciones de atención precarias.
“Esto es una demostración de la flagrante violación de los derechos humanos en la que están sometidos unos 4 millones 560 mil ciudadanos en condición de pensionados”, dijo Lozada para Aleteia, que los acompañó en esta ocasión.

Galería fotográfica 

El pueblo debe escuchar a sus abuelos

El padre Gerardo Salas, subsecretario de episcopado los acompañó ese día y resaltó las virtudes de los abuelos. Aprovechó de mencionar las consideraciones que hace el Papa Francisco con este grupo humano, a quien califica como uno de los “tesoros” de la familia por su vasta sabiduría de lo que es el transitar de la vida.
“Un pueblo que no escucha a sus ancianos, es un pueblo que muere, ya que ellos tienen la experiencia de cómo salir adelante ante las dificultades que se nos presentan en nuestra existencia”, dijo el padre Salas en su mensaje. “Desde esta casa de Dios, sientan el apoyo de la Iglesia Católica para que sigan sembrando la esperanza a nuestro país en estos tiempos difíciles en el cual atravesamos”, concluyó.

Ramón Antonio Pérez/Aleteia Venezuela 

«Tu amor será mi mejor medicina». No me abandones cuando sea viejo, quiero estar contigo

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Este fue un fin de semana distinto. De viernes a domingo tuve la oportunidad de asistir a un curso internacional de demencia y simplemente me abrió los ojos. No había caído en cuenta de la enorme importancia que tiene el acompañamiento y el cariño de la familia en la calidad de vida del adulto mayor o de un enfermo terminal. Y sí, todos intuimos que un enfermo que pasa tiempo con su familia tiene un mejor performance que alguien que pasa su día en soledad o frente a un televisor prendido.

No hay que ser psicólogo o especialista para darse cuenta de eso. Sin embargo, ha sido para mí la primera vez que he visto evidencia científica que muestra claramente efectos significativos en la calidad de vida de los pacientes. Como decían algunos investigadores y geriatras durante el curso, el 30% lo hace la medicina y el 70%, el cuidado de la familia.
En este sentido, el video que les traemos hoy es creado por «Nejste Sami», un proyecto sin fines de lucro, fundado en República Checa. Su objetivo principal es facilitar y proveer cuidados paliativos en las casas de los pacientes. Se enfocan en ayuda humanitaria y social para que el adulto mayor o enfermo terminal no sea internado en una institución externa sino que pueda recibir los cuidados médicos que correspondan a su condición en la comodidad de su casa. Hacia el final del video, se escucha el dato de que al menos el 80% de adultos mayores prefiere pasar sus últimos días en su casa y no en una institución médica o casa de reposo.



Los abuelos de la familia y nuestra oportunidad de ayudarlos

Cuando vi esta historia no pude más que conectarlo con lo que acababa de aprender este fin de semana. Y es que hablar con los abuelos de la familia, integrarlos a nuestras vidas, a nuestros días, dejarnos iluminar por su experiencia es inyectarles vida: ¡Calidad de vida! Es incluso un factor de protección contra la demencia. Según algunos investigadores, la demencia debe entenderse como una desconexión de la realidad. Dicha desconexión puede ser catalizada por la soledad, por falta de vida social activa. No solo me refiero a que no frecuenten a sus amigos, puede ser algo tan simple como que los hijos no conversen con sus padres…
Cosas tan pequeñas como tratar de que no duerman mucho durante el día, mantenerlos activos y/o interesados en cosas que les guste. Que no estén en pijama todo el día, que salgan a caminar un rato y tratar de mantener un buen tono muscular es esencial para alcanzar un envejecimiento exitoso. Ponerles música para que canten, bailen y, si es posible, que aprendan a tocar un instrumento pues todo esto tiene un efecto protector en contra de distintos tipos de demencia. Entre ellos, enfermedad de Alzheimer. Incluso para aquellos que ya presenten la enfermedad, tomar estas acciones puede desacelerar su progreso de forma significativa. 

La enfermedad y la esperanza

Como explica la organización Marie Curie, hay muchos mitos en el tema de cuidados paliativos. Se piensa que solo tratan el dolor o síntomas físicos. La realidad, sin embargo, es que estos cuidados deben abarcar aspectos físicos, emocionales, psicológicos, sociales, entre otros. Se debe tener, por lo tanto, un enfoque holístico pues tratamos a una persona completa, no solamente su biología.

Nuestro Papa emérito Benedicto XVI hace una brillante y sentida reflexión

«La enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe estar preparado.
Aunque es verdad que la vida humana en cada una de sus fases es digna del máximo respeto, en ciertos aspectos lo es más aún cuando está marcada por la ancianidad y la enfermedad. La ancianidad constituye la última etapa de nuestra peregrinación terrena, que tiene distintas fases, cada una con sus luces y sombras. Podríamos preguntarnos: ¿tiene aún sentido la existencia de un ser humano que se encuentra en condiciones muy precarias, por ser anciano y estar enfermo? ¿Por qué seguir defendiendo la vida cuando el desafío de la enfermedad se vuelve dramático, sin aceptar más bien la eutanasia como una liberación? ¿Es posible vivir la enfermedad como una experiencia humana que se ha de asumir con paciencia y valentía?
Con estas preguntas debe confrontarse quien está llamado a acompañar a los ancianos enfermos, especialmente cuando parece que no tienen ninguna posibilidad de curación. La actual mentalidad eficientista a menudo tiende a marginar a estos hermanos y hermanas nuestros que sufren, como si solo fueran una “carga” y un “problema” para la sociedad. Al contrario, quien tiene el sentido de la dignidad humana sabe que se les ha de respetar y sostener mientras afrontan serias dificultades relacionadas con su estado. Más aún, es justo que se recurra también, cuando sea necesario, a la utilización de cuidados paliativos que, aunque no pueden curar, permiten aliviar los dolores que derivan de la enfermedad.
Sin embargo, junto a los cuidados clínicos indispensables, es preciso mostrar siempre una capacidad concreta de amar, porque los enfermos necesitan comprensión, consuelo, aliento y acompañamiento constante. En particular, hay que ayudar a los ancianos a recorrer de modo consciente y humano el último tramo de la existencia terrena, para prepararse serenamente a la muerte, que —como sabemos los cristianos— es tránsito hacia el abrazo del Padre celestial, lleno de ternura y de misericordia.
Quisiera añadir que esta necesaria solicitud pastoral hacia los ancianos enfermos no puede menos de implicar a las familias. En general, conviene hacer todo lo posible para que las familias mismas los acojan y se hagan cargo de ellos con afecto y gratitud, de modo que los ancianos enfermos puedan pasar el último período de su vida en su casa y prepararse para la muerte en un clima de calor familiar.
Aunque fuera necesario internarlos en centros sanitarios, es importante que no se pierda el vínculo del paciente con sus seres queridos y con su propio ambiente. Conviene que en los momentos más difíciles el enfermo, sostenido por el cuidado pastoral, se sienta animado a encontrar la fuerza de afrontar su dura prueba en la oración y en el consuelo de los sacramentos. Que se sienta rodeado por sus hermanos en la fe, dispuestos a escucharlo y compartir sus sentimientos. En verdad, este es el verdadero objetivo del cuidado “pastoral” de las personas ancianas, especialmente cuando están enfermas, y más aún si están gravemente enfermas.
En diversas ocasiones mi venerado predecesor Juan Pablo II, que especialmente durante su enfermedad dio un testimonio ejemplar de fe y de valentía, exhortó a los científicos y a los médicos a comprometerse en la investigación para prevenir y curar las enfermedades vinculadas al envejecimiento, sin caer jamás en la tentación de recurrir a prácticas de abreviación de la vida anciana y enferma, prácticas que de hecho serían formas de eutanasia.
Los científicos, los investigadores, los médicos y los enfermeros, así como los políticos, los administradores y los agentes pastorales no deberían olvidar nunca que “la tentación de la eutanasia (…) es uno de los síntomas más alarmantes de la cultura de la muerte, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar” (“Evangelium vitae”, 64). La vida del hombre es don de Dios, que todos están llamados a custodiar siempre.Este deber también corresponde a los agentes sanitarios, que tienen la misión específica de ser “ministros de la vida” en todas sus fases, particularmente en las marcadas por la fragilidad propia de la enfermedad. Hace falta un compromiso general para que se respete la vida humana no solo en los hospitales católicos, sino también en todos los centros sanitarios.
Para los cristianos es la fe en Cristo la que ilumina la enfermedad y la condición de la persona anciana, al igual que cualquier otro acontecimiento y fase de la existencia. Jesús, al morir en la cruz, dio al sufrimiento humano un valor y un significado trascendentes. Ante el sufrimiento y la enfermedad los creyentes están invitados a no perder la serenidad, porque nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor de Cristo. En Él y con Él es posible afrontar y superar cualquier prueba física y espiritual y, precisamente en el momento de mayor debilidad, experimentar los frutos de la Redención. El Señor resucitado se manifiesta, en quienes creen en él, como el viviente que transforma la existencia, dando sentido salvífico también a la enfermedad y a la muerte.
Queridos hermanos y hermanas, a la vez que invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestro trabajo diario la protección materna de María, “Salus infirmorum”, y de los santos que han dedicado su vida al servicio de los enfermos, os exhorto a esforzaros siempre por difundir el “evangelio de la vida”».

La sabiduría de la fe y el poder del amor

Como investigadora, me impresiona particularmente la lucidez y claridad de Benedicto XVI y me hace apreciar más nuestra fe. Actualmente hay evidencia sólida de que los tratamientos NO farmacológicos tienen un efecto tangible y significativo en la mejora de la calidad de vida de adultos mayores y/o enfermos terminales.
Dichos tratamientos son de bajo costo, no tienen efectos secundarios y pueden ser dados por cualquiera de nosotros.Lo que más me impresiona es que, antes de que la humanidad tenga este conocimiento, la sabiduría de nuestra fe ya nos decía lo importante que son estos cuidados. Es importante recordar que ultimadamente es el alma la que sustenta al cuerpo y nosotros como familiares/cuidadores podemos ayudar a cuidar, fortalecer y alegrar esa alma con y por el amor.
Demás está decir que es bueno y necesario proveer a los pacientes de su medicación, pero es nuestro amor el que tiene la capacidad de repotenciar sus efectos. Qué Dios nos dé la gracia de alimentarnos primero de Su amor para que así podamos comunicarlo a nuestros enfermos (¡de otra forma, es imposible!). Y que cuando nos toque, tengamos la gracia también de recibir esta cortesía. Así sea.

Solange Paredes






5 formas de vivir como un monje, pero adaptables a todo cristiano: una ayuda frente a tanto «ruido»


Hay elementos de la vida monástica que pueden ser adaptados para todos los cristianos y repercutir en su relación con Dios
Hay elementos de la vida monástica que pueden ser adaptados
para todos los cristianos y repercutir en su relación con Dios

En un mundo lleno de ruido y que va a un ritmo vertiginoso se corre habitualmente el peligroso riesgo de no escuchar bien a Dios o al menos de no tener un encuentro con Él sosegado y profundo. Frente a esta velocidad, la vida monástica ha ofrecido desde sus orígenes el ritmo pausado necesario para poder vivir la fe de una manera que alimente realmente el alma.
Sin embargo, no todo el mundo está llamado a una vocación monástica. De hecho, la gran mayoría de los católicos han sido llamados a la vida matrimonial y a realizar su vocación en familia.
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Paul Sheller es actualmente director de vocaciones de una importante comunidad benedictina en EEUU
A pesar de ello, hay elementos de la vida de los monjes que se pueden adaptar y aplicar a todos los creyentes, sea su condición la que sea, y que pueden ser un aliciente importante para su relación con Dios. El benedictino Paul Sheller, director de vocaciones de la Abadía de la Concepción, en Estados Unidos, ofrece en Catholic Gentleman “cinco formas de vivir como un monje sin ser uno de ellos”:
1. Cultivar el silencio
Explica este benedictino que el silencio es el ambiente que permite escuchar de manera adecuada la voz de Dios y de las personas cercanas. Pero son muchos los que se sienten incómodos con el silencio y necesitan llenar sus días con ruidos o distracciones. Apagar un poco la música o moderar el consumo de televisión e internet pueden ser un desafío para escuchar esta voz que está en el fondo del corazón. Al evitar ruidos innecesarios en la vida se aprende a cultivar el silencio interior, lo que es ideal para la oración.
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2. Sé fiel a la oración diaria
Dice la Regla de San Benito: “La oración debe ser breve y pura, a  no ser que se prolongue por un afecto inspirado por la gracia divina”. Por tanto, esta instrucción es bastante reconfortante para aquellas personas que tienen una jornada laboral muy exigente, un horario complicado o muchas obligaciones en el hogar, algo que les impide tener largos ratos de oración.
Sin embargo, se debe encontrar tiempo para alabar a Dios por la mañana antes de iniciar el día y dar gracias a Dios por la noche antes de dormir. Además, durante el día siempre surgirán oportunidades para realizar pequeñas oraciones. El objetivo de los monjes (y de todos los cristianos) es orar sin cesar, y se puede hacer manteniendo la memoria de Dios viva en el corazón y en la mente en todo momento.
3. Formar una comunidad auténtica
En una comunidad monástica los monjes se apoyan y animan entre ellos cuando hay dificultades y lo celebran cuando hay momentos difíciles.  De este modo, en un mundo donde prima el individualismo, las redes sociales y las relaciones superficiales, las personas anhelan un profundo sentido de pertenencia y comunión entre ellas.
La vida espiritual es un viaje que es mejor hacer en comunidad y con otros hermanos. Por ello, se debe estar dispuesto a invertir tiempo y energías en acercarse a otras personas, mostrar interés por sus vidas permitiendo que las conversaciones pasen de temas superficiales a áreas importantes de la vida. Compartir la experiencia de Dios y escuchar a otros sobre la suya propia es un bien para toda la comunidad.
biblia
4. Buscar tiempo para la Lectio Divina
La antigua práctica monástica de la Lectio Divina o “lectura sagrada” pone énfasis en una lectura lenta y orante de las Sagradas Escrituras. Por ello, la reflexión sobre la Palabra de Dios, si se hace con intensidad y en oración, tiene el poder de llamar a una continua conversión. Este benedictino recomienda a los creyentes familiarizarse con el método y tomarse entre 15 y 30 minutos al día para, en un ambiente tranquilo, leer las Escrituras, los escritos de los santos u otras grandes obras espirituales. La lectura espiritual nutre mente y alma y, a menudo, proporciona palabras inspiradas que la persona necesitaba escuchar.
5. Practicar la humildad
En la Regla de San Benito hay numerosas referencias a la importancia de la humildad. En el capítulo siete la describe como una escalera de doce peldaños que el monje debe subir. El primero de ellos es mantener el “temor de Dios”, pues cuando se teme a Dios se mantiene una relación verdadera con Él pues la persona sabe que es una criatura y no es Dios.
La humildad es una virtud que necesita ser desarrollada, y que conlleva ser sensato, honesto y sincero, tanto en la oración  como en el trabajo y las acciones cotidianas. Además, ser humilde significa ser agradecido por las bendiciones y oportunidades que Dios da a cada uno,  así como reconocer que los dones y talentos provienen de Dios.
Javier Lozano / ReL

domingo, 21 de julio de 2019

Saltando obstáculos hacia el sacerdocio: familia separada y presiones, pero la fe su abuela pudo más


Ngcebo Gift Mzobe, de la diócesis de Eshowe en Sudáfrica, se forma en Roma gracias a una beca de CARF

Ngcebo Gift Mzobe es un joven sudafricano de 26 años. Creció en una familia en la que sus padres no estaban casados, y vivían separados por lo que fue su abuela, una católica muy devota, la que le crió y le transmitió la fe.
Mientras se despertaba en él una vocación al sacerdocio gracias a su etapa como monaguillo y el contacto con algunos buenos sacerdotes tuvo que enfrentarse a serias dificultades familiares y culturales. Al ser el primogénito de sus hermanos tenía que ser él el que sacara a su familia adelante, perpetuara el apellido y formara una familia. Pero esto era incompatible con lo que ansiaba su corazón.
Finalmente, pudo resistir todo esto y gracias a la perseverancia de su abuela ha podido cumplir su sueño e ingresar en el seminario. De hecho, su obispo le envió a Roma a seguir formándose gracias a una beca de CARF (Centro Académico Romano Fundación), un regalo que nunca hubiera imaginado. Esta es su historia completa contada en primera persona:
Mi historia de vocación
Mi nombre es Ngcebo Gift Mzobe, de la diócesis de Eshowe en Sudáfrica. Nací el 26 de enero de 1993. Vengo de una familia de siete hijos, 3 niñas y 4 niños, siendo yo el mayor de ellos. Mis padres nunca se casaron, así que decidieron dejarme crecer con mi familia paterna, que, por mi suerte, es católica y de ahí es de donde obtuve la fe. Mis padres son los dos cristianos, pero solo mi padre era católico, ya que mi madre pertenece a la Iglesia evangélica. Como crecí en la casa de mi padre, mi abuela fue la que me enseñó todo lo que sé sobre la fe, ella fue quien introdujo el amor a la Iglesia en mi corazón, al "forzarnos" a nosotros (los niños de la casa) a ir a misa todos los domingos. Mi padre nunca estuvo cerca de mí, así que fue mi abuela la que siempre estuvo allí para ayudarnos.
Mzobe
En el año 2001, le pedí permiso a mi abuela para ser monaguillo, al ver al sacerdote celebrando la misa y a todos los otros chicos con él, así que yo también quise ser uno de ellos. Entonces, cuando se lo pedí a mi abuela, ella estuvo de acuerdo y serví durante nueve hermosos años. Fue durante este período que descubrí la vocación al sacerdocio. Esta vocación fue encendida por Dios a través del Padre Mthanti, quien fue mi párroco hasta 2005, y al Padre Mkhize, quien le sucedió. Ambos me mostraron lo que realmente es el sacerdocio, una vida de servicio, caridad y Providencia. Gracias a ellos pude concretar mi vocación.
Siendo el primer hijo nacido de mi familia, tradicionalmente tenía ciertas responsabilidades: por ejemplo, era mi responsabilidad seguir con el nombre de la familia, lo que significa que tenía que crecer, casarme y tener una familia. Esto fue preocupante cuando descubrí mi amor al sacerdocio. Fue en 2008 cuando comencé a asistir a los talleres vocacionales. Como tenía mucho miedo de contarle a mi padre sobre el asunto, tuve que asistir a los talleres en secreto porque estaba claro que mi padre no apoyaba la idea.
En abril de 2009, después de una breve enfermedad, mi padre murió. Su muerte me presionó mucho porque, como era el mayor, tenía que asumir la responsabilidad de ser el "hombre" de la casa (en nuestra tradición, el hombre vivo más viejo se convierte en el jefe) y con esta responsabilidad tuve que poner mi planes vocacionales en espera. Continué con los talleres vocacionales, pero decidí que terminaría la escuela y trabajaría un poco. Poco sabía que el fuego era tan inmenso que no podría apagarlo.
Después de terminar el College, donde estudié Química, trabajé durante un año tratando de ayudar a la familia, pero durante ese año me di cuenta de que no era feliz y que nunca iba a ser feliz a menos que siguiera mi corazón. En 2012, pues, tomé la decisión de seguir mi corazón y de escribir una carta al obispo para que me aceptaran en el seminario. Cuando el obispo respondió con un sí, vino el verdadero desafío, que era decírselo a mi familia. La primera persona a la que se lo conté fue a mi abuela, que había estado allí conmigo todo el tiempo. Estaba sorprendida, pero como esperaba, ella me apoyó mucho. Ella fue quien realmente convenció a mi madre sobre el tema, ya que ella no entendía todo ese asunto del "sacerdocio". Gracias a ella pude ir al seminario con un corazón libre ya que ella me dio su bendición abiertamente.
En 2013 entré al seminario en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, estuve allí durante un año y en 2015 mi obispo me envió a Roma para comenzar mis estudios filosóficos. Me alegró mucho recibir la noticia de que me enviaran a Roma, ya que ahí es donde realmente podemos sentir la catolicidad de la Iglesia y es el sueño de todo católico visitar Roma. Yo, además, iba a vivir allí, así que me dije a mi mismo: ¡Wow, qué bendición!
Comencé mis estudios de Filosofía, lo cual fue un gran desafío principalmente por el idioma, ya que en casa hablamos zulú, en la escuela estudié en inglés y ahora tenía que estudiar en italiano… No fue fácil, pero Dios estaba conmigo. ¡Y lo logré! Después de la Filosofía comencé la Teología. En mi primer año de teología, en 2018, recibí la triste noticia del fallecimiento de mi abuela. Esto me rompió el corazón, porque cada vez que pensaba en la ordenación, ella era la que creía que iba a estar a mi lado, animándome y manteniéndome fuerte. Y había llegado el tiempo de despedirme de aquel sueño, como también de mi niñez. Pero la esperanza de que ella esté cerca de Dios, me hace seguir porque sé que ella está orando por mí.

Hasta ahora, sigo estando muy contento en el seminario, y todo gracias a nuestros ángeles guardianes, mis benefactores del CARF, que nos permiten estudiar para servir a Dios como sacerdotes. Espero y oro para que con la ayuda de Dios, me convierta en un santo sacerdote. Entiendo los sacrificios que a veces los bienhechores tienen que hacer para que podamos obtener la oportunidad que nos brindan. Estamos muy agradecidos y ninguna palabra puede expresar nuestra gratitud. Lo único que podemos hacer es prometerles todas nuestras oraciones y nuestro amor. Siempre rezo para que Dios los bendiga y, sobre todo, que les pague con felicidad eterna.


¿Te autocosificas? Descubre 4 modos de saberlo

En su raíz hay una actitud de fondo

WOMAN YOUNG EXPRESSIONS

Una de las cosas más importantes es entender la valía propia que tienes. No por lo que puedas hacer, sino por quién eres. Cada persona es irremplazable y no hay nada más irrespetuoso o injusto que reducir a una persona a la condición de objeto. 
Por tanto, naturalmente, nos aseguramos de enseñar a nuestros hijos a entender su propia valía. “No os cosifiquéis”, decimos a nuestros adolescentes (en especial a las chicas). “¡Eres más que un mero pedazo de carne!”. Nadie existe simplemente para alimentar las fantasías sexuales de otra persona e, independientemente de lo halagador que pueda resultar ser el centro de atención, nunca está bien tratarse a uno mismo como si su valía dependiera de la reacción que genere en otra persona. Cosificarte siempre socava tu sentido de valía personal auténtica.

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Dean Drobot - Shutterstock

Como nuestra sexualidad es una parte muy importante de quienes somos y como resulta muy hiriente que nos vean —o que nos veamos nosotros mismos— como meros objetos sexuales, la conversación sobre la autocosificación tiende a ir en torno a las elecciones de vestimenta y el pudor. Y es justo. La forma en que vestimos es, sin duda, intencionadamente o no, una manera en que puede mostrarse si nos tratamos como objetos para ser usados.

Ahondar en la actitud

Pero no dejemos que la conversación sobre la cosificación se limite a la esfera de la sexualidad. Después de todo, cosificarse uno mismo no se reduce tanto a la ropa en concreto que llevemos, sino que se extiende más bien a la actitud, que puede transmitir el mensaje de: “No soy más que un medio para un fin”. Lo cierto es que hay muchas formas en que uno o una puede tratarse como un medio para un objetivo y todas esas formas son igual de dañinas, porque todas hacen lo mismo: establecen que el valor de una persona depende de algo fuera de la persona en sí.

Detecta estas formas perjudiciales de autocosificación

¿Qué otras formas hay de autocosificarse? Veamos algunas:
Ser un adicto al trabajo: Si actúas como si tu valía dependiera del sueldo que ganas o de las horas que echas en tu trabajo, te estás tratando como a una máquina que tiene que producir, producir, producir para poder mantener su valor.
Ser codependiente: Decirle a tu pareja “No soy nada sin ti” quizás parezca amor verdadero, pero lo que en realidad haces es identificarte como un mecanismo de apoyo y un accesorio de autoestima para tu pareja, no como una persona íntegra. Tu valía no tiene nada que ver con tus relaciones.

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By Volodymyr Tverdokhlib /Shutterstock

Basar tu identidad en tu área de especialidad: ¿Te defines por aquello que se te da bien? Quizás seas el mejor o la mejor jugando al fútbol, cocinando, como médico o investigadora, pero eso no es lo que te hace importante. Eres más de lo eres capaz de hacer.
Definir tu valor según tu potencia física o mental: Tener buena aptitud física es fantástico, pero tu valía no es mayor si estás fuerte y sano que si estuvieras débil y enfermo. La educación también es maravillosa, pero no vales más por ser brillante y elocuente que si fueras analfabeto e incoherente. Es más, ni siquiera vales más estando en la plenitud de la vida que si estuvieras en coma.
El común denominador entre estas actitudes y tantas otras es que cogemos algo que es legítimamente bueno e importante —nuestra sexualidad, nuestras destrezas, nuestra inteligencia, etc.— y cometemos el error de asumir que somos valiosos debido a esa dimensión de nuestra identidad.

WOMAN
Lenetstan - Shutterstock

Las personas que entienden su valor como dependiente de su atractivo sexual sienten, como es comprensible, terror al envejecimiento. Yo también me sentiría así si pensara que con cada nueva arruga mi importancia iría disminuyendo. Pero sentiría el mismo miedo si anclara mi autoestima en cualquier cosa que pudiera perderse. Mi fortaleza física, mi salud, mi mente, mis relaciones… He visto bastante de la vida para saber que estas cosas también son transitorias. Por eso es tan crucial abordar la vida sin caer accidentalmente en la autocosificación. Si pensaras que tienes valía solamente por lo que puedes ofrecer y, de repente, lo perdieras, ¿qué sentido de valía personal te queda?
La conclusión es la siguiente. Tú sigues siendo tú, una persona digna y valiosa de forma inmensurable e incalculable, incluso en coma, incluso paralizada, incluso cuando la ancianidad te haya arrebatado lo que antaño definía tu identidad. Has sido esta persona desde antes incluso de nacer. De modo que, si has basado tu identidad en cualquier cosa que no tuvieras como embrión o en cualquier elemento que no te lleves a la tumba, entonces quizás te estés cosificando.
Las cosas tienen un valor basado en lo bien que funcionan. El valor de una persona se basa en quien es. No te minusvalores.
 Anna O'Neil/Aleteia Inglés

jueves, 18 de julio de 2019

El desafío más grande (y a menudo mal entendido) en el matrimonio

Si entendéis este problema, podréis evitar muchos conflictos desde el principio



Si os pidieran que nombrarais un problema que con toda probabilidad podría hacer fracasar un matrimonio, podríais aventurar una suposición de entre múltiples asuntos: mala comunicación, dinero, sexo o distanciamiento de la pareja. Los estudios muestran que, si mencionasteis alguna de estas razones, no vais mal encaminados. Al menos, tendríais razón en parte.
Sin embargo, esos problemas no son exactamente la causa de la ruptura. Son síntomas de un problema más profundo.
Lo sé porque,aconsejo regularmente a parejas que se están preparando para el matrimonio, así como a parejas que están pasando por un bache. En las sesiones prematrimoniales, pasamos mucho tiempo hablando de potenciales áreas problemáticas. Hablamos de dinero, sexo y una comunicación sana. Hablamos de la importancia de rezar juntos, de aprender a negociar quién hace una u otra tarea del hogar, y de la preparación para la posible llegada de un hijo a la familia algún día. Hablamos de todo.
Lo que dejo muy claro durante nuestras charlas es que, independientemente de cuánto hablemos y anticipemos las habilidades necesarias para construir un matrimonio exitoso, ninguna pareja puede estar totalmente preparada. Es una ayuda enorme saber anticiparse y solventar un potencial desacuerdo antes de que suceda, pero no siempre podemos predecir qué iniciará una discusión.
No obstante, las cuestiones profundas no surgen de si los regalos deberían abrirse en la noche de Reyes o por la mañana ni en cómo va a gestionarse el dinero, tampoco siquiera en cómo se solucionan los conflictos. Las preguntas realmente importantes son: ¿Por qué tenéis discusiones? ¿Cuándo y por qué os sentís insatisfechos con vuestro matrimonio? ¿Qué hace que dos personas pierdan el compromiso mutuo? La respuesta a estas preguntas suele ser la misma: expectativas incumplidas. Es el mayor motivo de dificultades en un matrimonio, a menudo pasado por alto.

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By Rawpixel.com/Shutterstock

Pongamos que, como mi mujer es una criatura celestial que me quiere y me prepara comidas deliciosas, yo llego a esperar que todas las noches cuando llegue a casa de trabajar ella me recibirá con una cena de postín. Supongamos luego que después tenemos hijos que han cambiado del todo nuestro horario diario o que mi esposa ha tenido que hacer una gestión inesperada o que ha perdido la noción del tiempo o que sencillamente se ha ido a visitar a un amigo a la hora de cenar. No tengo cena preparada y tengo que rebuscar entre sobras de otro día. Y aquí está el meollo de la cuestión… Yo nunca fui merecedor de esa comida y no tengo derecho a esperar que esté servida. Ella lo prepara porque me quiere, pero, si no lo hace, no es motivo para que me moleste, porque siempre fue un regalo, un acto de amor. Mi esposa no es mi chef personal contratada.

Falsas expectativas

Sin embargo, es muy común que en el matrimonio conjuremos falsas expectativas y luego caigamos en una insatisfacción ilusoria cuando no se cumplen. Hay innumerables ejemplos. Pensé que el matrimonio iba a ser esto pero resultó siendo aquello. Pensé que mi cónyuge colmaría todas mis necesidades, pero resulta que él o ella no puede.
Tampoco se trata de no tener ninguna expectativa del matrimonio, pero deberían ser esperanzas realistas y sanas. El matrimonio aporta felicidad y satisfacción y deberíamos esperar que sea una unión hermosa que madure y crezca cada vez con más amor a lo largo del tiempo, pero si esperamos que sea como Romeo y Julieta, bueno, ya sabemos cómo acabó aquello. Habrá problemas de dinero. Los hijos causarán estrés. Surgirán discusiones. Y tendremos que recordar: Mi cónyuge no es perfecto/a. Mi cónyuge me decepcionará en algún momento. Mi cónyuge no siempre me entenderá. Quizás mi cónyuge nunca cambie ese hábito tan molesto.

No esperamos que el otro sea perfecto

Sinceramente, no pienso mucho en los raros casos en los que mi propia esposa no cumple con mis expectativas. [En caso de que os lo estéis preguntando, soy converso y ahora un sacerdote católico casado]. Me preocupo mucho más por el escenario opuesto. En nuestros 18 años juntos, no sabría por dónde comenzar a explicar la de veces que la he decepcionado. Claro que puedo mirar atrás, hacer una lista de los errores que he cometido y publicarlos en Internet para que los vea el mundo entero. Para empezar, he sido egoísta, irritable y poco razonable. Sin embargo, no puedo detallar las incontables veces en que ni siquiera me he percatado de mi error.

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Quizás no logré decir lo apropiado cuando ella lo necesitaba o no me percaté de que había tenido un mal día y no le ofrecí consuelo. Sospecho que la he hecho feliz, pero sin duda no perfectamente feliz, y que he sido un buen marido y padre, lo mejor que puedo ser, aunque, por alguna misteriosa razón en mi hondo ser, no he sido lo bastante bueno. La cuestión es que mis defectos no hacen de nuestro matrimonio un fracaso. No esperamos que el otro sea perfecto.

La oportunidad de mejorar juntos

La asunción más peligrosa que podemos hacer al entrar en el matrimonio es que el cónyuge lo solucionará todo, colmará todas las necesidades emocionales y nunca jamás será otra cosa de lo que se le necesita exactamente en cada momento. Somos seres humanos y nos decepcionamos mutuamente. En el matrimonio, nos comprometemos a una relación real y viva en todo su glorioso desbarajuste. Por eso es algo fantástico. Dos personas tienen la oportunidad de cambiar y crecer juntas, de caer en la gravedad del amor y girar alrededor del otro como la Tierra y la Luna. Un marido y una esposa son dos satélites en órbita y cada momento es un baile cósmico.
Así que, ¿qué expectativa razonable deberíamos tener del matrimonio? Que sea una gloriosa aventura juntos hasta que la muerte nos separe.
Michael Rennier/Aleteia Francés


7 consejos del Papa Francisco para buscar ser humildes

Si no hay humillación, no hay verdadera humildad, advierte el Papa a los cristianos que deben tener cuidado de no caer en esa humildad falsa y como la comida chatarra, es decir “confeccionada en serie”.

POPE AUDIENCE JUNE 26; 2019

La humildad hace parte de las enseñanzas más revolucionarias del evangelio.  “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (Filipenses 2:3-8). 
El papa Francisco en sus homilías en Santa Marta ofrece el modelo de Jesús, que “en los momentos difíciles, en los momentos en que se desata el diablo”, donde es acusado, “por el Gran Acusador a través de tanta gente, tantos poderosos; sufre, ofrece su vida y reza” (18.09.2018). 
Jesús encarnó la compasión y dos rasgos que acompañan su humildad: la mansedumbre y la ternura. Si no hay humillación, no hay verdadera humildad, advierte el Papa a los cristianos que deben tener cuidado de no caer en esa humildad falsa y como la comida chatarra, es decir “confeccionada en serie”. (29.01.2018).

1. Cercanos a los otros, huir de grupitos de poder. 

Francisco pide que el cristiano esté cerca a la gente, y no a los poderosos o a los ideólogos de turno. En especial, se refiere a los pastores de la Iglesia para que no sean cómplices de los “grupitos de los poderosos, de los ideólogos. Estos nos envenenan el almas, no nos hacen bien” (18.09.2018). Así, se pierde humildad y se entra en el juego de los intereses personales.

2. El humilde entiende el poder como servicio, al estilo de Jesús.

El Obispo de Roma subraya que la autoridad y el poder de Jesús radican en “la humildad”, “la mansedumbre, la cercanía, la capacidad de compasión y la ternura” (18.09.2018).  El humilde acepta la humillación y es capaz de tolerar, de llevar sobre tus espaldas una humillación. 

3. El humilde sabe comunicar con Dios.

El Papa recuerda que “en el Evangelio, cuando Jesús no estaba con la gente, estaba con el Padre, orando. Y la mayor parte del tiempo en la vida de Jesús, en la vida pública de Jesús, Él la pasó en la calle, con la gente” y por demás rezando y entregando su espíritu a un bien superior.

4. El humilde gana autoridad, la autoridad del ejemplo.  

“La humildad de Jesús, es lo que le da autoridad a Jesús, lo acerca a las personas. Él tocaba a la gente, abrazaba a la gente, miraba a la gente a los ojos, escuchaba a la gente. Cercano. Y esto le daba autoridad” (18.09.2018). 
El Papa invita a no ir por el mundo “creyéndose superior a los demás o buscando algún interés humano” pues, jamás se logrará “abrir el corazón de nadie”, porque “su palabra no tendrá autoridad”. Una autoridad que proviene del “propio ejemplo, no con la autoridad de uno que habla desde arriba, pero al que la gente no le interesa”. Y explicó que “ésta no es autoridad: es autoritarismo”. “Ante la humildad, ante el poder del nombre de Cristo con el que el apóstol realiza su oficio si es humilde, los demonios escapan”, porque no soportan, que curen los pecados (07.02.2019).

5. El humilde es amable, manso, no regaña, educa. 

En sus homilías, destaca como Jesús es modelo de humildad. “Jesús dice: ‘Aprended de mí que soy humilde y amable de corazón’: amable de corazón. Esa mansedumbre. Él era amable, no regañaba. No castigaba a la gente. Era amable. Siempre con mansedumbre” (18.09.2018).

6. El humilde se enfada ante la injusticia. 

El papa Francisco indica que Jesús, que era humilde, también se molestaba por las injusticias contra Dios. “¿Se enfadaba Jesús? ¡Sí! Pensemos a cuando vio la casa de su padre convertida en un negocio, para vender cosas, cambiar monedas. Allí se enfadó, tomó la fusta y mandó fuera a todos. Pero porque amaba al Padre, porque era humilde ante el Padre, tenía esta fortaleza”.

7. La humildad es aceptar las tribulaciones, no a la falsa humildad. 

Sin embargo, destacó, que Jesús “cuando la gente lo insultaba, aquel Viernes Santo, y gritaba ‘crucifíquenlo’, él permanecía en silencio porque tenía compasión de aquellas personas engañadas por los poderosos del dinero, del poder. Él estaba en silencio. Rezaba”.
El Pontífice enseña que la oración es la clave de la humildad para los cristianos. En el momento de la tribulación rezar al Padre. “La oración también le llevó a la Cruz, con fortaleza”. Jesús no se vence ante su dolor, su cruz, su martirio y tiene la humilde actitud de pensar en ese momento en los demás, aún cuando lo están maltratando,  e “incluso allí tenía la capacidad de acercarse y curar el alma del ladrón arrepentido” (18.09.2018).
La humildad es considerarse a sí mismo un hombre o mujer con defectos, pero deseosos de dejarse transformar por el amor y dejarse perdonar. Esto es, vivir “un verdadero y profundo arrepentimiento” y no es justificarse inmediatamente frente a la ofensa, tratando de parecer bueno: “Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde”, y añadió que “ésta es la regla de oro” de la humildad (29.01.2018). 
Ary Waldir Ramos Díaz, Aleteia