sábado, 7 de noviembre de 2026

Así transforma este sacerdote madrileño una parroquia japonesa: adoración, catequesis y paella

José Ramón Rubio Moldenhauer es un sacerdote de la diócesis de Madrid y misionero en Japón desde 2023.

Durante dos años estudió japonés de manera intensiva antes de asumir la parroquia de Sakaide, en la isla de Shikoku.

Durante dos años estudió japonés de manera intensiva antes de asumir la parroquia de Sakaide, en la isla de Shikoku.


    En un país donde apenas el 0,3 % de la población es católica, un sacerdote español está descubriendo una forma de evangelizar marcada por la paciencia, los pequeños gestos y el encuentro personal. 

    Se trata de José Ramón Rubio Moldenhauer, sacerdote de la diócesis de Madrid y misionero en Japón desde 2023, que ha relatado algunas de las sorprendentes particularidades de la vida de fe en el país asiático de cara a la próxima celebración del Domund. Alfa y Omega cuenta su historia.

    El sagrario iluminado

    Su experiencia revela una Iglesia muy distinta a la española. Tanto, que una de las primeras situaciones que le llamó la atención al llegar a una de sus parroquias fue encontrar el sagrario en una capilla lateral cerrada, sin iluminación y prácticamente invisible para los fieles.

    Lejos de tratarse de una decisión motivada por falta de fe, José Ramón explica que responde a una mentalidad profundamente pragmática muy arraigada en la sociedad japonesa. Si no hay personas utilizando un espacio, se considera lógico reducir gastos y apagar las luces.

    Sin embargo, el sacerdote decidió aprovechar la ocasión para profundizar en el significado de la Eucaristía. Explicó al consejo pastoral que el corazón de una iglesia es precisamente la presencia real de Cristo en el sagrario y defendió la importancia de que ocupe un lugar visible y accesible para la oración personal.

    Este episodio refleja uno de los principales desafíos de la evangelización en Japón: no basta con aprender el idioma, sino que es necesario comprender una cultura radicalmente diferente para anunciar el Evangelio de forma eficaz.

    José Ramón lo sabe bien. Durante dos años estudió japonés de manera intensiva antes de asumir la parroquia de Sakaide, en la isla de Shikoku. Y aun así, reconoce que el idioma sigue siendo un reto formidable.

    La próxima reunión sacerdotal tendrá un ingrediente inesperado: una paella preparada por él mismo.

    La próxima reunión sacerdotal tendrá un ingrediente inesperado: una paella preparada por él mismo.ALFA Y OMEGA

    "El japonés es el idioma más difícil sobre la faz de la tierra", comenta con humor. De hecho, descubrió que para evangelizar no bastaba con dominar el vocabulario, sino que necesitaba comprender la historia, las costumbres y la forma de pensar de los japoneses.

    Su nueva parroquia se encuentra además en una región que refleja algunos de los grandes problemas demográficos del país. Japón vive un acusado envejecimiento de la población y muchas comunidades cristianas no escapan a esta realidad.

    Precisamente una de las notas más llamativas de la Iglesia japonesa actual es la procedencia de sus jóvenes fieles. Según explica el sacerdote, prácticamente todos los jóvenes que participan en las celebraciones son inmigrantes. Entre ellos destacan especialmente los vietnamitas, que constituyen la inmensa mayoría y tienen una edad media cercana a los 23 años.

    Ante esta situación, José Ramón ha comenzado a impulsar nuevas iniciativas pastorales. Entre ellas destacan la introducción de la adoración al Santísimo, el aumento de las celebraciones litúrgicas y la creación de espacios de formación para adultos que se acercan al cristianismo.

    Son propuestas sencillas, pero que buscan responder a una realidad particular: una sociedad donde el cristianismo sigue siendo muy minoritario y donde muchas personas apenas tienen contacto con la fe católica.

    Otro aspecto que ha sorprendido al sacerdote es el fuerte individualismo presente en la sociedad japonesa, algo que también afecta a la vida del clero. Mientras que en España las reuniones de sacerdotes forman parte habitual de la vida pastoral, en Japón esta dimensión fraterna está menos desarrollada.

    Por eso ha decidido promover encuentros entre curas de la zona. Y lo hará de una forma muy española.

    La próxima reunión sacerdotal tendrá un ingrediente inesperado: una paella preparada por él mismo. Gran aficionado a la cocina, considera que compartir una comida puede ayudar a fortalecer vínculos personales y generar espacios de confianza entre los sacerdotes.

    A pesar de las dificultades, José Ramón asegura que la misión le está regalando grandes alegrías. Destaca especialmente la cercanía de los fieles japoneses y el cariño con el que cuidan a sus sacerdotes.

    También reconoce que Japón le ha ayudado a redescubrir otro ritmo de vida. Acostumbrado a una intensa actividad pastoral en Madrid, asegura que su llegada al país asiático le ha permitido dejar atrás cierto "activismo insano" para centrarse más en las relaciones personales y en el acompañamiento espiritual.

    Curiosamente, hasta algunos detalles cotidianos parecen haber facilitado su integración. El sacerdote bromea con que quizá el Señor le envió a Japón porque le apasiona el sushi y confiesa que podría comer pescado crudo todos los días.

    Pero detrás de la anécdota gastronómica emerge una realidad mucho más profunda: la de una Iglesia diminuta en número, pero llena de desafíos y oportunidades. 

    ReL

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