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La Iglesia alerta de los abusos éticos en determinadas investigaciones médicas
Hace unas semanas, la revista Science titulaba: “Ni vivos ni muertos: cerebros humanos sin cuerpo utilizados para pruebas médicas”. Y explicaba que “al restaurar algunas funciones en cerebros intactos de donantes fallecidos, la empresa emergente Bexorg espera crear un mejor banco de pruebas para el desarrollo de fármacos para enfermedades neurodegenerativas”.
Ante estas investigaciones, el doctor en Bioética Joseph Meaney alerta en un artículo en FIAMC, la Federación Internacional de Asociaciones de Médicos Católicos, que “desafortunadamente, es muy real y extremadamente preocupante”.
De este modo, explica que una empresa situada junto a la Universidad de Yale y llamada Bexorg obtiene cerebros humanos para experimentos de organizaciones que se dedican a la donación de órganos para trasplantes. Esto, por sí solo, explica este experto, “plantea serias dudas éticas”. Después, esta empresa utiliza una máquina llamada BrainEx para mantener el órgano con fluidos artificiales que proporcionan oxígeno y filtran los desechos a través de cuatro puertos de plástico suturados donde antes estaban conectados los vasos sanguíneos al cuerpo de la persona. A su vez, los técnicos de laboratorio inyectan el anestésico propofol para prevenir cualquier actividad eléctrica en el cerebro. Durante 24 horas, administran fármacos experimentales y utilizan sensores para registrar las reacciones cerebrales a medida que metabolizan las sustancias químicas. Finalmente, cortan los cerebros en cientos de fragmentos para su posterior estudio. Más de 700 cerebros humanos han sido sometidos a este proceso, y pronto ampliarán la capacidad para procesar 1600 cerebros al año.
Joseph Meaney explica que “la Iglesia Católica ha aceptado desde hace tiempo que las personas pueden donar sus órganos para trasplante o investigación médica con fines éticamente legítimos, siempre que los órganos vitales se extraigan únicamente después de que se haya determinado la muerte utilizando criterios médicos bien fundamentados que establezcan con certeza moral que la persona ha fallecido realmente”.
El trasplante de cerebro humano se descarta como una posibilidad ética ya que están conectado a la identidad y singularidad de la persona, que debe salvaguardarse mediante una práctica médica sólida. Por lo tanto, si bien puede ser ético diseccionar cerebros para investigación científica si la persona dio su consentimiento informado para el uso de su cuerpo para investigación médica después de su muerte, “mantener artificialmente funcionando cerebros sin cuerpo después de que la persona haya sido declarada muerta plantea enormes preocupaciones”.
Sin embargo, Bexorg lo hace aún siendo consciente de ello y por eso ha mantenido siempre un gran secretismo sobre sus actividades. “Su argumento se basa esencialmente en que el donante falleció y que solo se están reactivando ciertas funciones metabólicas del cerebro, sin revivir a la persona. Esto resulta inaceptable desde una perspectiva católica. La muerte cerebral parcial nunca ha recibido el respaldo de las autoridades magisteriales. De hecho, todo lo contrario: el cerebro ha sido específicamente excluido de la lista de órganos que pueden trasplantarse o, por extensión, mantenerse con vida separados del cuerpo”, agrega el experto en bioética.
“El cerebro puede no tener conciencia cuando una persona está en coma profundo, pero sigue viva y debe ser tratada con respeto y recibir todos los cuidados habituales. Los únicos experimentos con un cerebro humano vivo que podrían justificarse éticamente serían aquellos con un propósito terapéutico para el paciente, y solo si existiera una posibilidad de éxito y se hubiera obtenido el consentimiento informado adecuado. No existe ningún escenario en el que una persona pueda aceptar éticamente que se le extraiga el cerebro y se le reanime parcialmente, agrega.
En este sentido, Meaney denuncia que “Bexorg parece guiarse únicamente por una ética utilitarista. Esta tecnología permite realizar investigaciones médicas más eficientes con el fin de crear nuevas terapias farmacológicas. Aun si esto fuera cierto, no justifica los experimentos con cerebros humanos vivos y sin cuerpo. C.S. Lewis planteó un escenario similar de una cabeza humana cercenada que se mantenía con vida mediante técnicas ingeniosas en su novela de ciencia ficción, Esa horrible fuerza. En el libro, la cabeza viviente formaba parte de un ataque demoníaco contra la humanidad. No veo ninguna manera de que los experimentos actuales, tan crueles y reales, puedan ser éticos o deban permitirse”.
ReL
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