
El zumbido de una abeja, un ascensor abarrotado, un avión que despega o incluso una simple mariposa que cruza el jardín: para algunas personas, estas situaciones cotidianas pueden desencadenar un miedo incontrolable. Según estadísticas mundiales, alrededor de 800 millones de personas sufren de fobias que convierten su vida cotidiana en una verdadera carrera de obstáculos. Pero, ¿de dónde vienen estos miedos? Y, sobre todo, ¿cómo deshacerse de ellos?
Un miedo desproporcionado, pero muy real

A diferencia de una simple aprensión, la fobia es un miedo intenso, persistente y centrado en un objeto, un animal o una situación muy específica. Las arañas, las serpientes, los pájaros, los payasos o el agua se encuentran entre las fobias más comunes.
"Una fobia es una forma de miedo extremadamente poderosa relacionada con un estímulo muy específico", explica a Aleteia el neurocientífico Sébastien Bohler, autor del libro ¿Por qué tenemos miedo? (ed. Plon).

¿Qué pasa cuando nos sentimos amenazados por una fobia?
Cuando una persona fóbica se enfrenta al objeto de su miedo, su cerebro reacciona como si su supervivencia estuviera amenazada. El corazón se acelera, la respiración se vuelve entrecortada, las manos se humedecen y surge un deseo irrefrenable de huir. Lejos de ser imaginaria, esta reacción corresponde a la activación de los mecanismos biológicos de supervivencia.
"En el centro del cerebro se encuentra una pequeña estructura llamada amígdala cerebral. Como un verdadero sistema de alarma, detecta las amenazas potenciales y desencadena automáticamente una respuesta de protección.
Cuando una persona fóbica ve el objeto de su miedo, la amígdala se activa de manera excesiva. Esto provoca la liberación de adrenalina, noradrenalina y cortisol, las principales hormonas del estrés. El cuerpo se prepara al instante para luchar o huir", explica Sébastien Bohler.
La respuesta a la fobia

No todos somos iguales ante el miedo. En la mayoría de las personas, cuando un peligro resulta finalmente inofensivo, interviene otra región del cerebro: la corteza prefrontal. Es ella la que analiza la situación y tranquiliza: "Todo está bien, no hay una amenaza real".
"En las personas con fobias, este mecanismo parece menos eficaz. La amígdala sigue enviando señales de alerta, mientras que la corteza prefrontal tiene dificultades para calmarla. El resultado es que la persona queda atrapada en una reacción emocional que, a menudo, sabe que es irracional, pero que no logra controlar", explica el especialista, quien señala que ciertas fobias están directamente relacionadas con miedos ancestrales.
El miedo a las serpientes o a las arañas podría estar relacionado con mecanismos de supervivencia heredados de nuestros antepasados. Otras fobias, como la claustrofobia, activan circuitos cerebrales asociados con el miedo a quedarse sin aire o a quedar atrapado.
Si bien la genética juega un papel importante —algunas personas tienen de forma natural una amígdala más reactiva que otras, lo que las hace más vulnerables a la ansiedad y a las reacciones de miedo—, las experiencias vividas también influyen.
"Un evento traumático puede dejar una huella duradera en el cerebro", advierte Sébastien Bohler. En el caso de Zoé, fue una picadura dolorosa de una abeja lo que desencadenó su miedo a este insecto. "Es el recuerdo de ese dolor lo que me impulsa a huir de ellas; no quiero volver a vivirlo nunca más", recuerda la joven de 28 años. Para otros, como Paul, de 30 años, las fobias pueden aprenderse por imitación.
"Cuando estaba en 3.º de secundaria, tomé un avión para ir a Los Ángeles, en Estados Unidos. Recuerdo haber visto a mi tía, que le tenía mucho miedo a volar, muy alterada. Lloraba y estaba muy angustiada", cuenta el joven, quien ahora sufre ese mismo miedo.
Al día de hoy, muchas personas están recuperando una sensación de libertad que creían haber perdido: viajar, salir, usar el transporte público o disfrutar de la naturaleza sin estar constantemente en alerta.
Anna Ashkova, Aleteia
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