La moral es mucho más que una lista de cosas que pueden o
no pueden hacerse. Aquí tres aspectos que proporciona la Iglesia para el
discernimiento
“Esto es moralmente aceptable…” “Eso no se justifica
moralmente…” “Él no tiene calidad moral para decirnos eso…” Todos hemos
escuchado estas frases, pero no siempre comprendemos a cabalidad lo que es la
moral. Pareciera que esta se reduce a un catálogo o lista de lo que se vale o
no se vale hacer. Sin embargo, reducir la moral a un menú, priva de la
valoración de los actos humanos a la luz de su dignidad infinita, en su
relación con el bien y con el mal.
La libertad y la moral
Aunque distintas, la libertad y la moral están
íntimamente vinculadas. La primera hace al ser humano responsable de sus actos
y, por ello, de la bondad o maldad que estos conllevan.
“La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando
actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus
actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de
conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.” (Catecismo
de la Iglesia Católica, CIC, n. 1749).
Las tres fuentes de la moralidad
La Iglesia nos instruye acerca de las fuentes de la
moralidad de los actos humanos:
A) El objeto
Es la materia del acto que la libre voluntad elige. Su
valoración es perfectamente objetiva (del objeto) y, por lo mismo, racional y
conforme con la conciencia que de manera innata tenemos todas las personas (Cf.
CIC, n. 1751). Por ejemplo, cuidar un enfermo, pagar un salario justo, estudiar
a conciencia, siempre serán actos buenos; mientras que el pagar un soborno,
robar o asesinar, siempre serán actos malos.
B) La intención
Esta se sitúa en la parte subjetiva (del sujeto). Es lo
que “mueve” a la persona a elegir un acto determinado (Cf. CIC, n.
1752-1753). Por ejemplo, la generosidad y laboriosidad siempre serán motivos
buenos; mientras que la vanidad y la envidia siempre serán motivos malos.
Pueden existir objetos buenos con intenciones malas; por ejemplo: dar una limosna para que la gente lo vea y
admire.
C) Las circunstancias
Son los elementos periféricos y circunstanciales del acto
humano. Estos pueden aumentar o disminuir la bondad o malicia del acto
deliberado. Lo dignifican o lo agravan (Cf. CIC, n. 1754). Por ejemplo:
Robar es un acto malo, pero si la víctima es una persona pobre a la que se le
arrebata el sustento propio y de su familia, el acto malo se agrava.
Por el contrario, ayudar a rescatar a damnificados de un
desastre natural es bueno, pero si este acto se realiza con tal sacrificio
(cuando el rescatista se priva de alimento, descanso y atención a lesiones no
incapacitantes), el acto bueno crece a heróico, aunque nadie se de cuenta de
ello. Aquí entran tantísimas mujeres que, abandonadas por su esposo, sacan
adelante a la familia con esfuerzos magníficos.
Finalmente: ¿el acto es bueno o malo?... ¿moral o
inmoral?
La valoración final del acto humano supone la
concurrencia de las tres fuentes de la moralidad. Es gravemente erróneo
apreciar una fuente y desdeñar las otras dos. Por ejemplo: El adulterio es una
materia grave (el objeto); y por más que la persona adúltera lo intente
justificar aduciendo que no era su fin (la intención), y que lo hizo por
presión social dado que estaba en un fiesta con amigos ebrios (las
circunstancias), el acto es intrínsecamente malo y así se queda.
Otro ejemplo: Orar es bueno (el objeto), pero hacerlo para ser visto y apreciado (la intención), máxime estando en un retiro espiritual donde los líderes esperan esto (las circunstancias), acaba corrompiendo el acto aunque nadie se de cuenta de la intención y las circunstancias.
La moral social de la Iglesia
La Iglesia no solo custodia y enseña con verdad el dogma
-fruto de la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición en
el desarrollo histórico de su comprensión magisterial- sino también la verdad
moral de los actos humanos, a la luz de la conciencia humana, presente en su
naturaleza, y del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Es así que el Evangelio
no se reduce a un código, sino a un encuentro de vida con Jesús que transforma
la vida en misión permanente.
“El anuncio del Evangelio, en efecto, no es sólo para
escucharlo, sino también para ponerlo en práctica (cf. Mt 7,24; Lc 6,46-47; Jn
14,21.23-24; St 1,22): la coherencia del comportamiento manifiesta la adhesión
del creyente y no se circunscribe al ámbito estrictamente eclesial y
espiritual, puesto que abarca al hombre en toda su vida y según todas sus
responsabilidades. Aunque sean seculares, éstas tienen como sujeto al hombre,
es decir, a aquel que Dios llama, mediante la Iglesia, a participar de su don
salvífico. (...) por otro lado no se puede orientar el mensaje cristiano hacia
una salvación puramente ultraterrena, incapaz de iluminar su presencia en la
tierra”.
(Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia -CDSI-, n. 70-71).
Luis Carlos Frías
Vea también La Doctrina Social de la Iglesia (resumen)
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