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sábado, 12 de febrero de 2022

La «brecha digital» es al revés: en Silicon Valley mandan a sus hijos a escuelas «cero TIC»


 

Se acaba de publicar en Estados Unidos La generación más lerda se hace mayor. De jóvenes atontados a adultos peligrosos (Regnery), donde Mark Bauerlein, quien hace quince años clamaba casi en solitario contra el error de digitalizar al máximo la educación y el ocio de los niños y jóvenes, expone cómo se han visto confirmados sus temores. De hecho, buena parte de los creadores de tecnología digital envían a sus hijos a escuelas con "cero TIC [Tecnologías de la Información y la Comunicación]".

El mismo Bauerlein ha sintetizado sus conclusiones en First Things (los ladillos son de ReL):

Cómo los jóvenes digitales se convirtieron en adultos infelices... y peligrosos

Hace una docena de años, quienes observábamos con ojo escéptico no podíamos decidir qué nos preocupaba más: si los quinceañeros que pasaban una media de ocho horas diarias con los medios audiovisuales o los adultos que se maravillaban ante ellos. ¿Cómo podían los mayores y más sabios ignorar los peligros que implicaba el que los adolescentes leyeran menos libros y pasaran más horas frente a la pantalla?

Debería haber habido muchas, muchas más críticas. Las pruebas eran voluminosas. Incluso cuando sus defensores aclamaban el advenimiento de la juventud digital, los signos de daño intelectual se multiplicaban.

El fiasco

En lugar de prestar atención a las señales de alarma, las personas en posiciones de autoridad las racionalizaron. Bill GatesMargaret Spellings [secretaria de Educación con George Bush hijo] y Barack Obama les dijeron a los millennials que tenían que ir a la universidad para adquirir las habilidades del siglo XXI que les permitirían desenvolverse en la economía de la información, y las escuelas les subieron la matrícula, les concedieron préstamos y les dejaron cinco años después de la graduación en el estado de los aparceros de principios del siglo XX: las competencias que habían desarrollado en la universidad y las técnicas digitales que habían aprendido por su cuenta demostraban a menudo no ser de ayuda en el mercado de trabajo. ¿La solución? Ser más flexibles, móviles y adaptables.

Los estudiantes de secundaria han fracasado en los exámenes NAEP (National Assessment of Educational Progress, consideradas "las notas de la nación") en historia de Estados Unicos y educación cívica, pero muchos se han encogido de hombros: ¿por qué preocuparse, ahora que existe Google? ¡Los niños siempre pueden buscarlo ahí! En una columna de agosto de 2013 en el Scientific American, un autor recordaba que su padre le pagaba cinco dólares para que memorizara los presidentes de Estados Unidos en orden y reflexionaba: "Quizá pronto concluyamos que memorizar datos ya no forma parte de la tarea del estudiante moderno. Tal vez debamos dejar que el smartphone procure esa información cuando sea necesario".

Teniendo en cuenta lo pedestres que parecen hoy Facebook, Twitter y Wikipedia, por no hablar del aura de excéntricos de sus fundadores y directores ejecutivos, es difícil recordar el caché de Maestros del Universo y del ir-con-los-tiempos del que gozaban en la fase Web 2.0 de la revolución (la primera década del siglo XXI).

El cambio se produce tan rápido que olvidamos la espectacularidad de la novedad, aquellos días en que los amantes del mundo digital tenían todo el ímpetu y eran lo cool. Como me dijo hace poco un amigo que se dedicó a la escritura técnica en los años 90, "entonces era taaan divertido". Nadie quería escuchar las desventajas, especialmente cuando se ganaba tanto dinero. Las puntuaciones de la selectividad en lectura y escritura seguían bajando, pero en todos los mensajes de texto, chats, blogs y tweets era fácil encontrar a los estudiantes de secundaria expresándose de muchas otras maneras, escribiendo más palabras que cualquier generación de la historia.

Una encuesta muy comentada realizada en 2004 por la National Endowment for the Arts (NEA), La lectura, en peligro. Estudio sobre la lectura de literatura en Estados Unidos, descubrió un sorprendente descenso en el consumo de literatura de ficción, poesía y teatro por parte de los adultos jóvenes, ya que solo el 43% de ellos leía algún tipo de literatura en sus horas de ocio, 17 puntos porcentuales menos que en 1982. Sin embargo, cuando presenté estos resultados en docenas de reuniones académicas y en campus universitarios (yo había trabajado en el proyecto de la NEA), los profesionales los tacharon de alarmistas y reaccionarios, producto de un "pánico moral" que no se diferenciaba de la acartonada alarma que causaron Elvis y los cómics cincuenta años antes.

La "brecha digital", al revés

El 26 de octubre de 2018 apareció un artículo en el New York Times sobre una tendencia sorprendente en Silicon Valley. Llevaba el título La brecha digital entre los niños ricos y los pobres no es lo que esperábamos, y citaba la preocupación común durante finales de la década de 1990 y la década de 2000 de que los niños acomodados tendrían mucho acceso a las herramientas digitales y a internet, mientras que los niños pobres, al carecer de un ordenador, se quedarían más rezagados en el rendimiento académico y la preparación para el trabajo. La revolución digital no sería un gran igualador. Se temía que exacerbara las desigualdades, ya que los estudiantes privilegiados "adquirirían conocimientos tecnológicos y crearían una brecha digital", decía el artículo. 

Sin embargo, en 2018, once años después de la venta del primer iPhone y catorce años después de la fundación de Facebook, algo diferente e inesperado estaba sucediendo: "Ahora, a medida que a los padres de Silicon Valley les entra cada vez más pánico por el impacto que tienen las pantallas en sus hijos y se dirigen hacia estilos de vida sin pantallas, aumenta la preocupación por una nueva brecha digital".

Mientras las escuelas públicas que atienden a niños pobres y de minorías impulsan programas de ordenadores portátiles individuales, observaba el periodista, los ejecutivos de Palo Alto y Los Altos envían a sus hijos a campus privados de baja tecnología como las escuelas Waldorf. Un psicólogo [Richard Freed], que había escrito recientemente un libro sobre los peligros de las pantallas [Wired Child], dijo al reportero que cuando instó a las familias pobres de East Bay a alejar a sus hijos de internet, estas se sorprendieron, mientras que los padres de Silicon Valley abarrotaban sus seminarios, pues ya habían leído y apreciaban su obra.

Niños en clase.

La gran paradoja: mientras los estados invierten millones en tecnificar las aulas de las escuelas públicas, muchos millonarios envían a sus hijos a aulas sin tecnología, donde se fomenta el aprendizaje clásico. Foto (contextual): Redeemer Classical School, con un currículo basado en el trivium y el quadrivium y formación cristiana (protestante).

Los padres preocupados que citaba el artículo eran todo lo contrario a los luditas. Tampoco eran conservadores sociales, ni cristianos fundamentalistas, ni tipos de grandes lecturas. Venían directamente del vientre de la bestia digital, incluido el ex ejecutivo de Microsoft que señalaba la habitual campaña ("Circula por ahí un mensaje que dice que tu hijo va a quedarse inútil y en una dimensión diferente si no está [sic] en la pantalla") y añadía un hecho subestimado que expresa muy bien su desdén: "Ese mensaje no suena tan bien en esta parte del mundo".

Las TIC se nos escapan de las manos

El artículo no lo menciona, pero el propio Steve Jobs era famoso por mantener su propia casa y a sus hijos bastante libres de tecnología, y un artículo paralelo del Times publicado al mismo tiempo y por la misma periodista, Nellie Bowles, encontró más celebridades de la tecnología haciendo lo mismo. ¿Por qué? Porque, según explicaba Chris Anderson, ex editor de Wired y director de una empresa de robótica, "pensamos que podíamos controlarlo. Y esto está más allá de nuestro poder de control. Esto va directamente a los centros de placer del cerebro en desarrollo. Esto va más allá de nuestra capacidad de comprensión como padres normales". De hecho, lo comparó con la adicción a la cocaína.

Estos desertores no tienen ninguna objeción ideológica o de principios contra las redes sociales, solo el deseo de que sus hijos no pasen mucho tiempo frente a la pantalla. Quieren que sus hijos vayan a las universidades de Stanford y Cal Tech, y saben que las horas on line no ayudan. Han visto cuánto dinero ganan las empresas tecnológicas vendiendo herramientas a los distritos escolares ("Apple y Google compiten furiosamente para introducir productos en las escuelas y dirigirse a los estudiantes a una edad temprana"), porque una vez que un joven adopta una marca, tiende a quedarse con ella. También saben que numerosos psicólogos ayudan a las empresas con el "diseño persuasivo", la ciencia de hacer que la gente entre en un sitio y lo mantenga.

No les hacía falta ver el programa del informativo de la CBS 60 Minutes del año anterior sobre el "hackeo del cerebro" para darse cuenta de las manipulaciones que se producen o para escuchar a Bill Maher comentarlo así: "Los magnates de las redes sociales tienen que dejar de fingir que son amables dioses nerds que construyen un mundo mejor, y deben admitir que solo son cultivadores de tabaco con camisetas que venden un producto adictivo a los niños". Nadie podría afirmar que estos padres eran unos alarmistas desinformados. Sabían demasiado.

Un error pedagógico

Las personas entrevistadas en el reportaje no eran tampoco un caso atípico, ni miembros de su grupo de élite. Son el ejemplo de una tendencia nacional, una brecha digital contraria: los adolescentes de los hogares con menos ingresos de Estados Unidos acumulan un 42% más de minutos al día ante la pantalla que los adolescentes de los hogares con más ingresos (8:07 horas frente a 5:42 horas, según un estudio de Common Sense Media, 2015 [pág. 67]). Gráficos de uso de pantallas en función de ingresos familiares.

En los niños de hasta 8 años las diferencias en uso de pantallas según los ingresos familiares son también significativas: en 2020, 3:48 horas (ingresos inferiores a 30.000 dólares anuales) frente a 1:52 horas (ingresos superiores a 75.000 dólares anuales). Fuente: Common Sense Media, 2020, pág. 11.

Mientras los académicos insistieron durante años, en términos apremiantes y radicales, que los jóvenes debían adquirir las últimas herramientas para salir adelante y unirse a esa élite ("Para seguir el ritmo de una cultura tecnológica globalizada debemos replantearnos cómo educamos a la próxima generación[,] o Estados Unidos se quedará 'atrás'"), los individuos con más éxito y  más conscientes de esta tecno-cultura supercompetitiva actuaban de forma contraria. Cuando vieron a sus propios hijos ante la pantalla, estos magos de la alta tecnología lamentaron lo que habían creado

Que estos escépticos habiten en la misma industria que produce las herramientas y, sin embargo, adviertan del daño que causan con más fuerza que los guardianes profesionales de la educación y la tradición; que las personas que trabajan en Google muestren más circunspección que los profesores de humanidades, los consultores escolares y los periodistas culturales; que los líderes de las escuelas públicas sigan adelante con el cableado de los dispositivos en las aulas de una manera que lleva a los inventores de esos mismos dispositivos a retirar a sus hijos... no era simplemente un giro irónico. Era una condena a los profesionales. Desde el principio, deberían haber dicho a todo el mundo que fuera más despacio, sobre todo a los niños.

Traducido por Verbum Caro. ReL

Vea  también    Hay que sacar la TV del cuarto de los niños (y la computadora)




























lunes, 20 de mayo de 2019

CONSEJOS SOBRE LAS PANTALLAS EN FAMILIA

Marian Rojas, psiquiatra, ofrece a Empantallados algunas ideas y consejos muy útiles para gestionar el impacto sobre la vida familiar y sobre la educación de los hijos de la omnipresencia de las pantallas: televisión, ordenador y dispositivos móviles.

























martes, 27 de febrero de 2018

Un ayuno cuaresmal de reenvíos negativos y debates que dividen: la propuesta del cardenal Omella


Recientemente, el cardenal Juan José Omella se encontró con
 un fiel desmotivado y triste antes los acontecimientos de Cataluña, 
hasta perder la "alegría interior". El arzobispo de Barcelona le felicitó: 
"Sí, felicidades porque has tomado conciencia de cómo un hecho exterior
 está afectando tu vida interior".

De eso va la Cuaresma, explica el purpurado en su carta semanal de este

 domingo: "Tomar conciencia es el primer paso para poder reorientar 
nuestra vida, para nuestra conversión personal", y eso exige también 
hechos exteriores, como tomar la ceniza o "un retiro espiritual más o 
menos largo". "Un día o unos días de retiro, lejos del ajetreo de la jornada, 
de la vida centrada en el trabajo profesional o en las tareas pastorales, nos 
abren al silencio, a escuchar nuestro interior y a escuchar la voz de Dios
que nos habla mediante inspiraciones profundas", afirma Omella.

Y el ayuno, claro. El prelado recuerda que "lo esencial del ayuno es ser capaz 

de no ser esclavo de aquello que nos aparta de Dios. El ayuno nos hace 
caer en la cuenta de cómo las imágenes, los objetos y las sensaciones que nos 
rodean reclaman nuestra atención constantemente y nos distraen".

En ese sentido, propone una forma particular de ayuno para este año en 

que tan importante resulta "ser forjadores de concordia". Son tres 
propuestas:

"1. Ayuna del reenvío de mensajes controvertidos en las redes sociales. Necesitamos una distancia y un cierto humor. Sólo reenviémonos mensajes 

que regalen alegría y paz. Las noticias dejémoslas para los medios de 
comunicación.

»2. Ayuna de aquellas conversaciones que ya sabemos previamente que no 

llevan a nada positivo y que pueden perjudicar nuestra relación. Ayudémonos a cambiar de tema cuando alguno de nosotros comience.

»3. Ayuna de todo aquello que pueda crear división. Este es un tiempo ideal

 para redescubrir todo lo que nos une y tenemos en común".

Carta dominical
El mejor ayuno para esta Cuaresma
Carta dominical del cardena arzobispo de Barcelona, Juan José 

Omella, 18 de febrero de 2018
Hace unos días, hablé con una persona que me decía: «Soy cristiano de toda l

a vida, pero todo lo que hemos vivido estos últimos meses en nuestro país me 
ha desorientado hasta el punto de perder la vitalidad y la alegría interior con 
que vivía antes». «Felicidades», le respondí. «Sí, felicidades porque has 
tomado conciencia de cómo un hecho exterior está afectando tu vida interior». Tomar conciencia es el primer paso para poder reorientar nuestra vida,
 para nuestra conversión personal.

«Convertíos y creed en el Evangelio». Esta es la invitación de Jesús al inicio 

de su actividad misionera, que la reforma litúrgica ha recuperado para el rito 
de la imposición de la ceniza al principio de la Cuaresma.
La Cuaresma es un buen tiempo para revisar nuestra vida interior. Hay 

muchos cristianos, especialmente agentes de pastoral, que en este tiempo
 cuaresmal participan en un retiro espiritual más o menos largo. Un día o 
unos días de retiro, lejos del ajetreo de la jornada, de la vida centrada en 
el trabajo profesional o en las tareas pastorales, nos abren al silencio, a 
escuchar nuestro interior y a escuchar la voz de Dios, que nos habla 
mediante inspiraciones profundas.

Volver a dejar que Dios ocupe el centro de nuestra vida y poder experimentar 

cómo esto nos ayuda a recuperar el tono vital, es nuestra gran conversión, 
el gran cambio de orientación en nuestra vida. El retiro espiritual provoca 
este cambio de lugar y de ritmo, este dejar tiempo para escuchar nuestro 
interior, este ponernos en contacto con la Palabra de Dios, este abrirnos al acompañamiento espiritual que posibilita que nos demos cuenta de cómo 
estamos realmente, de lo que nos ayuda y de qué deberíamos ayunar para 
recuperar el tono vital interior.

Lo esencial del ayuno es ser capaz de no ser esclavo de aquello que nos aparta de Dios. El ayuno nos hace caer en la cuenta de cómo las imágenes, los objetos y las sensaciones que nos rodean reclaman nuestra atención constantemente y nos distraen.

Teniendo en cuenta el objetivo de ser forjadores de concordia que nos hemos marcado para este nuevo año, y enlazando con las palabras que me dijo la 

persona de la que hablaba al principio, dejadme ofreceros un posible ayuno 
para el tiempo de Cuaresma de este año. En este sentido, os invito y me invito 
a mí mismo a vivir estas propuestas:

1. Ayuna del reenvío de mensajes controvertidos en las redes sociales. 

Necesitamos una distancia y un cierto humor. Sólo reenviémonos mensajes 
que regalen alegría y paz. Las noticias dejémoslas para los medios de 
comunicación.

2. Ayuna de aquellas conversaciones que ya sabemos previamente que no 

llevan a nada positivo y que pueden perjudicar nuestra relación. Ayudémonos 
a cambiar de tema cuando alguno de nosotros comience.

3. Ayuna de todo aquello que pueda crear división. Este es un tiempo ideal

para redescubrir todo lo que nos une y tenemos en común.

Sólo son siete semanas. ¿Creéis que es posible? Pidamos, sin miedo, ayuda a

Dios. A Dios le encanta regalarnos su fuerza para alcanzar la concordia y la 
comunión en la diferencia. ¡Muy buena Cuaresma a todos!

Resultado de imagen para Cuaresma


jueves, 6 de abril de 2017

Ayunar de celular, de móvil, de computadora, tablet

La crítica desairada siempre será inútil, así que no nos queda otra que hacer un ejercicio de mesura: ya que el móvil se ha vuelto imprescindible, pongámosle límites para que no se convierta en un monstruo.




ayunar del movil, del celular


Carmen Castiella, aleteia
Del whatsapp al correo electrónico, de la página del banco al periódico, de facebook a instagram…Todo sin levantar la mirada ni apenas parpadear para humedecer los ojos. Las pantallas secan los ojos y de paso el alma. No dramatizo. Es dramático.

Gula de “likes” buscando la aprobación continua del grupo. Gula de conocimiento porque, en cuanto nos falta un dato, ahí está Google y su inmediatez en la respuesta. La biblioteca más grande de la historia, pero también la más desordenada. Un gigante sin cabeza. Pura dispersión. Gula de mensajes y respuestas. La red es un océano de náufragos pidiendo atención.
No quiero ser un erizo, actitud estéril que tiene todas las de perder frente al avance imparable de la era digital. La crítica desairada siempre será inútil, así que no nos queda otra que hacer un ejercicio de mesura: ya que el móvil se ha vuelto imprescindible, pongámosle límites para que no se convierta en un monstruo.

 movil exagerado

Propongo 24 horas de desconexión digital. 24 horas de liberación y descanso. 24 horas ganadas al tiempo. 24 horas de levantar la mirada al cielo y caer en la cuenta de hasta qué punto el dichoso y omnipresente aparato nos hace mirar hacia abajo…
No basta con silenciarlo. Hay que mantenerlo desconectado.
Menos móvil es más intimidad con las personas con las que estás.
Menos móvil es más atención y menos distracción.
Menos móvil es más puntualidad porque no puedes avisar de que llegas tarde.
Menos móvil es más conciliación porque estás para ellos. Hand-free-papás.
Menos móvil es más tiempo y menos prisa.
Menos móvil es más conocimiento y menos información.
Menos móvil es más serenidad y menos inmediatez.
Menos móvil es más ejemplo para nuestros hijos.
Menos móvil es más concentración y menos interrupción.
Menos móvil es más recogimiento.
Menos móvil es más realidad.

movil exagerado

Menos móvil para custodiar nuestra cabeza y nuestro corazón, para educar nuestros sentidos y no vivir permanentemente volcados hacia el exterior.
Veréis que el ayuno tecnológico sabe a gloria. En mi caso, ni rastro de síndrome de abstinencia. Comprobadlo y repetiréis. Parece que el uso compulsivo del móvil puede ser más un mal hábito que una adicción y eso es esperanzador.
Después de probar el ayuno, viene la dieta de mantenimiento. Hay mil variables que se adaptan a mil circunstancias. Yo sigo una que consiste en apagar el móvil cada día a las 19.00 horas y volverlo a encender a las 9.00 de la mañana del día siguiente. La vida familiar fluye cuando no hay permanentes interrupciones.

 ayunar del móvil y del celular