jueves, 11 de junio de 2026

La lección del abad Serapión para acompañar una conversión

Tratar con grandes pecadores no está exento de riesgos, pero cuando quieren cambiar de vida, es prudente ser moderado en los consejos, enseña el abad Serapión

He aquí una aventura bastante escabrosa, que conviene no imitar, pues no todo el mundo es Serapión y es recomendable no jugar con fuego. El abad Serapión el Sindonita vivió en el desierto de Egipto entre los años 350 y 400 d. C. El relato recogido en los Apoftegmas de los Padres del desierto evoca su encuentro —¡voluntario!— con una prostituta… a la que le reservó una sorpresa de las buenas:

"Un día, el abad Serapión, al pasar por un pueblo de Egipto, vio a una prostituta que se encontraba en su alcoba. Le dijo: 'Espérame esta noche, pues quiero acudir a ti y pasar la noche a tu lado'. Ella le respondió: 'Bien, abad', y se preparó, haciendo la cama. Al caer la noche, el anciano fue a su casa, entró en la habitación y le dijo: '¿Has preparado la cama?'. Ella dijo: 'Sí, abad'.

Él cerró la puerta y le dijo: 'Espera un momento, pues tenemos una regla; espera a que la cumpla'. Entonces el anciano comenzó su oficio. Tomó el principio del salterio; y con cada salmo rezaba una oración por ella, pidiendo a Dios que ella hiciera penitencia y se salvara".

La sorpresa de Serapión

De hecho, hay que ser un padre del desierto muy experimentado para acudir por la noche a casa de una prostituta, comportarse como si fuera un cliente cualquiera que se reserva una noche de placer y, a la hora de pasar a la acción, ponerse a recitar ante ella todos los salmos del salterio, uno por uno, y además algunas otras lecturas bíblicas. Pero Dios escuchó su oración, continúa el relato:

"Dios le concedió su deseo. La mujer permanecía de pie, temblando, y rezaba junto al anciano. Cuando el anciano hubo terminado todo el salterio, la mujer cayó al suelo. A continuación, el anciano comenzó con el Apóstol, leyó gran parte de él y terminó así su oficio.

La mujer, conmovida por el arrepentimiento y comprendiendo que él no había venido a su casa para pecar, sino para salvar su alma, se postró ante él y le dijo: 'Por caridad, abad, llévame adonde pueda complacer a Dios'".

Quería su corazón

Con cada salmo, Serapión recitaba una oración por su anfitriona, hasta tal punto que ella empezó a comprender que lo que él quería era conquistar su corazón para Dios. La prostituta comenzó a rezar, a llorar y sintió un profundo rechazo por la vida que había llevado hasta entonces. ¡Entre lágrimas, quería huir de su pasado!

"Entonces el anciano la llevó a un monasterio de vírgenes y la confió a la amma [la madre superiora], diciéndole: 'Acoge a esta hermana; no le impongas ningún yugo ni mandato como a las demás hermanas, sino dale lo que quiera y déjala que se comporte a su antojo'. Al cabo de unos días, ella dijo: 'Soy una pecadora, quiero comer solo un día de cada dos'.

Pasados unos días, dijo: 'He cometido muchos pecados, quiero comer solo cada cuatro días'. Y al cabo de unos días más, suplicó a la amma, diciéndole: 'Puesto que he entristecido mucho a Dios con mis faltas, por caridad, ponme en una celda y tapa la entrada; a través de una abertura, me darás un poco de pan y trabajo manual'. Así lo hizo la amma, y la hermana agradó a Dios durante el resto de su vida". (Serapión, Apoftegma n.º 1 pág. 140).

No imponer nada

Con sabiduría, Serapión la llevó efectivamente a una comunidad de vírgenes, pero con la indicación de no imponerle nada al principio, para que tuviera tiempo de acostumbrarse a su nueva vida. Fue ella quien, pasando de un extremo a otro, pidió austeridades y penitencias que hacían temblar.

Como dice un proverbio judío: "Para comprender a un pequeño pecador, basta con ser un pequeño justo, pero para comprender a un gran pecador, hay que ser un gran justo". Serapión comprendió que en aquella desdichada dormía un alma de élite. 

Sophie Baron, Aleteia

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