
He aquí una aventura bastante escabrosa, que conviene no imitar, pues no todo el mundo es Serapión y es recomendable no jugar con fuego. El abad Serapión el Sindonita vivió en el desierto de Egipto entre los años 350 y 400 d. C. El relato recogido en los Apoftegmas de los Padres del desierto evoca su encuentro —¡voluntario!— con una prostituta… a la que le reservó una sorpresa de las buenas:
"Un día, el abad Serapión, al pasar por un pueblo de Egipto, vio a una prostituta que se encontraba en su alcoba. Le dijo: 'Espérame esta noche, pues quiero acudir a ti y pasar la noche a tu lado'. Ella le respondió: 'Bien, abad', y se preparó, haciendo la cama. Al caer la noche, el anciano fue a su casa, entró en la habitación y le dijo: '¿Has preparado la cama?'. Ella dijo: 'Sí, abad'.
Él cerró la puerta y le dijo: 'Espera un momento, pues tenemos una regla; espera a que la cumpla'. Entonces el anciano comenzó su oficio. Tomó el principio del salterio; y con cada salmo rezaba una oración por ella, pidiendo a Dios que ella hiciera penitencia y se salvara".
La sorpresa de Serapión
De hecho, hay que ser un padre del desierto muy experimentado para acudir por la noche a casa de una prostituta, comportarse como si fuera un cliente cualquiera que se reserva una noche de placer y, a la hora de pasar a la acción, ponerse a recitar ante ella todos los salmos del salterio, uno por uno, y además algunas otras lecturas bíblicas. Pero Dios escuchó su oración, continúa el relato:
"Dios le concedió su deseo. La mujer permanecía de pie, temblando, y rezaba junto al anciano. Cuando el anciano hubo terminado todo el salterio, la mujer cayó al suelo. A continuación, el anciano comenzó con el Apóstol, leyó gran parte de él y terminó así su oficio.
La mujer, conmovida por el arrepentimiento y comprendiendo que él no había venido a su casa para pecar, sino para salvar su alma, se postró ante él y le dijo: 'Por caridad, abad, llévame adonde pueda complacer a Dios'".
Quería su corazón
Con cada salmo, Serapión recitaba una oración por su anfitriona, hasta tal punto que ella empezó a comprender que lo que él quería era conquistar su corazón para Dios. La prostituta comenzó a rezar, a llorar y sintió un profundo rechazo por la vida que había llevado hasta entonces. ¡Entre lágrimas, quería huir de su pasado!
"Entonces el anciano la llevó a un monasterio de vírgenes y la confió a la amma [la madre superiora], diciéndole: 'Acoge a esta hermana; no le impongas ningún yugo ni mandato como a las demás hermanas, sino dale lo que quiera y déjala que se comporte a su antojo'. Al cabo de unos días, ella dijo: 'Soy una pecadora, quiero comer solo un día de cada dos'.
Pasados unos días, dijo: 'He cometido muchos pecados, quiero comer solo cada cuatro días'. Y al cabo de unos días más, suplicó a la amma, diciéndole: 'Puesto que he entristecido mucho a Dios con mis faltas, por caridad, ponme en una celda y tapa la entrada; a través de una abertura, me darás un poco de pan y trabajo manual'. Así lo hizo la amma, y la hermana agradó a Dios durante el resto de su vida". (Serapión, Apoftegma n.º 1 pág. 140).
No imponer nada
Con sabiduría, Serapión la llevó efectivamente a una comunidad de vírgenes, pero con la indicación de no imponerle nada al principio, para que tuviera tiempo de acostumbrarse a su nueva vida. Fue ella quien, pasando de un extremo a otro, pidió austeridades y penitencias que hacían temblar.
Como dice un proverbio judío: "Para comprender a un pequeño pecador, basta con ser un pequeño justo, pero para comprender a un gran pecador, hay que ser un gran justo". Serapión comprendió que en aquella desdichada dormía un alma de élite.
Sophie Baron, Aleteia
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