
Aveces pensamos que la intervención divina tendría que llegar con señales extraordinarias, como si Dios necesitara romper el cielo para hacerse presente en nuestra vidas con milagros. Sin embargo, más bien parece que muchas veces su modo de operar es más discreto, más íntimo, más parecido a una brisa que a un rayo.
Orar es saber esperar y confiar

La oración nace precisamente de esa confianza. Oramos porque somos frágiles, porque necesitamos consuelo, porque no alcanzamos a ver todo el panorama.
Pedimos, suplicamos, agradecemos, lloramos, esperamos. Y en ese acto tan humano se abre una comunicación espiritual profunda: el alma reconoce que no se está solo, que hay un Padre que escucha, aunque no siempre responda como nosotros queremos.
Dios en todos los detalles
Nuestra fe cristiana nos enseña que Dios cuida desde las cosas grandes hasta las más pequeñas, y que su providencia no elimina nuestra libertad, sino que puede servirse de nuestras decisiones, encuentros, palabras y gestos para realizar sus planes. El amor de Dios permite a sus criaturas cooperar libremente con su providencia, de modo que no somos marionetas, sino colaboradores de su obra. Por eso la intervención divina no debe entenderse como una imposición.
Dios no invade nuestra libertad; la ilumina
Dios no nos obliga a amar; mas bien nos inspira a hacerlo. No nos quita siempre las dificultades; nos da fuerza para superarlas. No responde necesariamente concediendo todo lo que le pedimos; muchas veces responde transformando nuestra manera de ver las cosas: la transformación del corazón de que quien reza es la primera respuesta a nuestra petición.
Ahí aparece una experiencia psicológica maravillosa. La persona que ora con fe plena deja de vivir como si todo dependiera únicamente de sus fuerzas. Descansa interiormente. Aprende a decir: "Señor, pongo esto en tus manos". Esa entrega no es pasividad, sino confianza activa. El creyente sigue trabajando, decidiendo, esforzándose, pero ya no se carga una pesada piedra sobre los hombros. La compartimos con El.
Y cuando el miedo nos deja de afectar, la mente respira mejor. Las preocupaciónes pierden poder. La mente deja de vivir atrapado en fantasmas. No porque desaparezcan todos los problemas, sino porque aparece una mayor certeza, se es más fuerte que el problema que enfrentamos: vivimos con su compañía.
La oración: una conversación íntima con Dios
La ciencia no puede "demostrar" la acción de Dios como si se tratara de medir una sustancia en un laboratorio. Pero si es muy importante: saber que toda vivencia religiosa sana; en especial aquella que se vive desde la confianza, en el amor genuino, con esperanza.
La oración, entonces, no es algo mágico para relacionarse con Dios. Es una conversación íntima. Es abrir una ventana interior para que entre su luz. Es reconocer que la voluntad divina no siempre coincide con la nuestra pero sí con encontrar el bien superior.
Dios nos transforma y nos da lo que necesitamos

A veces pedimos que cambien las circunstancias, y Dios cambia mejor nuestra forma de verlas. Pedimos que se borre el problema, y Dios mejor fortalece nuestras actitudes. Pedimos una señal, y aparece una persona bondadosa. Pedimos una salida, y llega una paz inesperada. Pedimos un milagro visible, y sucede primero uno discreto y de repente dejamos de tener miedo.
Quizá Dios interviene mucho más de lo que creemos, pero de manera tan sutil que sólo la sensibilidad logra reconocerlo. Está en la intuición que nos advierte, en la palabra que consuela, en la fuerza que no creíamos tener, en la puerta que se cerró para protegernos, en la pequeña alegría que llega cuando el alma estaba desesperada.
Orar es vivir acompañados.
Es confiar sin exigir.
Es pedir sin imponer.
Es aceptar que Dios responde a su modo.
Y cuando una persona aprende a ponerse de verdad en las manos de Dios, descubre una nueva libertad: ya no se necesita dominarlo todo, porque sabemos que el Amor sostiene incluso aquello que todavía no comprendemos.
Guillermo Dellamary, Aleteia
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