«El amor de Jesucristo ha sido el pilar de nuestra identidad y forma de vida», asegura el mensaje, sobre EEUU como país.

Donald Trump y su esposa Melania en 2017 ante el Juicio Final en la Capilla Sixtina del Vaticano
Fue una semana curiosa en la historia de las relaciones entre Iglesia y Estado. El 8 de junio el Papa León XIV era aplaudido 7 minutos en el Congreso de los Diputados, donde hay una mayoría de socialistas, comunistas e independentistas de izquierdas.
El 10 de junio, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que siempre se ha declarado ateo y nunca felicita la Navidad ni la Pascua, fue a una misa inolvidable en la Sagrada Familia de Barcelona con la cúpula de su Gobierno (y con el Papa).
Y, saltando el Atlántico, al día siguiente, el 11 de junio, Donald Trump, un protestante poco devoto publicaba en la web de la Casa Blanca un mensaje lleno de erudición con apreciación por la contribución católica a la historia americana, por la consagración del país (que cumple 250 años) al Sagrado Corazón y por la conexión entre esta devoción y la caída del comunismo, a través de su predecesor Ronald Reagan.
El 12 de junio de 1987, Día del Sagrado Corazón, coincidió que Ronald Reagan visitaba Berlín y Juan Pablo II visitaba la Polonia comunista y ambos hablaban de la libertad y el espíritu humano trascendente.
Como Trump no es ningún experto en Historia, es evidente que alguien en la Casa Blanca ha buscado datos y fechas. Pero se trata igualmente de un gran reconocimiento a la importancia del catolicismo en un país considerado tradicionalmente protestante.
Según datos del Pew Research Center (Religious Landscape Study 2023‑24), en EEUU el 19% de los adultos se identifica como católico y el 40% como protestante. Esto equivale aproximadamente a 50 millones de católicos y 105 millones de protestantes, tomando como base una población adulta de unos 258 millones de personas en 2024.
Publicamos a continuación el detallado mensaje de Donald Trump publicado en la web oficial de la Casa Blanca.
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Mensaje presidencial de los obispos católicos estadounidenses en conmemoración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos.
11 de junio de 2026
Hoy, Melania y yo nos unimos en oración a los obispos católicos reunidos en Orlando, Florida, mientras consagran los Estados Unidos de América al Sagrado Corazón de Jesús con motivo de nuestro 250 aniversario de la Independencia de Estados Unidos, un momento trascendental en nuestra historia nacional y un conmovedor recordatorio de que Estados Unidos siempre ha sido guiado por la mano amorosa de Dios.
Incluso siglos antes de la fundación de Estados Unidos como nación, este país era tierra de oración, lugar de milagros y hogar de algunos de los cristianos más fieles y devotos que jamás hayan existido. Desde los heroicos grupos de misioneros, colonos y exploradores cristianos que conquistaron lo desconocido para difundir el Evangelio, hasta los sacerdotes, capellanes y feligreses que forjaron nuestro espíritu en cada generación posterior, el amor de Jesucristo ha sido el pilar de nuestra identidad y forma de vida.
Inspirado por este orgulloso legado de fe, pocos años después del fin de la Guerra de Independencia, el obispo John Carroll —el primer obispo católico de los Estados Unidos y primo del Padre Fundador católico Charles Carroll— consagró nuestra joven República a María, la Madre de Dios.
Hoy, este grandioso legado de fe en Estados Unidos alcanza otro hito histórico cuando los obispos católicos estadounidenses consagran nuestra nación al Sagrado Corazón de Jesús, durante el cual celebrarán con oración los abundantes dones que Dios ha otorgado a esta nación, fundada en las verdades evidentes de que nuestro Creador ha dotado a todas las personas con el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Y tras la consagración de hoy, el 12 de junio, los cristianos de Estados Unidos y de todo el mundo celebrarán la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una gozosa celebración del amor infinito de Dios por toda su creación.
La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de este año también conmemora, apropiadamente, el aniversario de uno de los días más trascendentales en la larga y tensa lucha de la civilización occidental contra el comunismo ateo.
El 12 de junio de 1987, el presidente Ronald Reagan pronunció su histórico discurso en la Puerta de Brandeburgo en Berlín, Alemania, en el que imploró al secretario general soviético Mijaíl Gorbachov que «derribara este muro».
Hacia el final de su discurso, el presidente Reagan identificó lo que llamó "la distinción más fundamental de todas entre Oriente y Occidente: el mundo totalitario produce atraso porque ejerce una violencia tan grande contra el espíritu, frustrando el impulso humano de crear, de disfrutar, de adorar".
El presidente Reagan recordó la construcción, por parte del gobierno comunista de Alemania Oriental, de una imponente torre de televisión en la década de 1960. «Prácticamente desde entonces», dijo Reagan, «las autoridades han estado trabajando para corregir lo que consideran el principal defecto de la torre, tratando la esfera de cristal de la cima con pinturas y productos químicos de todo tipo. Sin embargo, incluso hoy, cuando el sol incide sobre esa esfera, esa esfera que se alza sobre todo Berlín, la luz dibuja la señal de la cruz. Allí, en Berlín, como en la propia ciudad, los símbolos de amor, los símbolos de devoción, no pueden ser reprimidos».
Ese mismo día, a poco más de 320 kilómetros de distancia, el Papa San Juan Pablo II, líder de la Iglesia Católica Romana, pronunciaba un discurso en su Polonia natal.
En la península de Westerplatte, lugar donde, en una extraordinaria muestra de heroísmo, una fuerza aislada de unos 200 soldados polacos resistió durante 7 días contra aproximadamente 4000 soldados alemanes que atacaban por mar, tierra y aire en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, el Papa interpeló a un grupo de jóvenes polacos: «Cada uno de ustedes, jóvenes amigos, también encuentra su propio "Westerplatte" en la vida. Un conjunto de tareas que deben emprender y cumplir. Una causa justa por la que no pueden simplemente dejar de luchar. Un deber, una obligación, de la que no pueden eludir. No pueden desertar. Finalmente, un cierto orden de verdades y valores que deben ser defendidos, como en Westerplatte, en uno mismo y a su alrededor. Sí, defendidos, por uno mismo y por los demás».
El Papa San Juan Pablo II concluyó citando las palabras de un mártir polaco: «Más terrible que la derrota de las armas es la derrota del espíritu humano».
Gracias al liderazgo moral del presidente Reagan y del papa San Juan Pablo II, al trabajo incansable y la determinación de hombres y mujeres libres de todo el mundo, y al testimonio moral de millones de personas que sufrieron prolongados padecimientos en los Estados cautivos, las fuerzas impías del comunismo soviético fueron vencidas, y el espíritu humano triunfó.
Hoy, casi cuatro décadas después, nuestra nación y nuestra cultura se enfrentan a un nuevo conjunto de ideologías amenazantes que buscan, una vez más, expulsar a Dios de nuestra sociedad.
Pero hoy, mientras los obispos católicos consagran los Estados Unidos de América al Sagrado Corazón de Jesús en este 250 aniversario de nuestra Independencia, nos comprometemos nuevamente, al igual que el presidente Reagan y el papa San Juan Pablo II, a defender nuestra identidad espiritual y nuestra gran herencia civilizatoria.
Ante todo, oramos para que Estados Unidos continúe, durante los próximos 250 años y más allá, siendo una tierra de fe, un país de milagros y una luz y gloria para todas las naciones.
Pablo J. Ginés, ReL
Vea también La vida consagrada: secreto de la vida y de la libertad
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