martes, 1 de septiembre de 2026

El Cristo de 500 años que sobrevivió a guerras, terremotos... y llegó a sudar sangre y agua

Se trata del Señor de Santa Teresa, el Cristo más antiguo elaborado en México, cuya creación se sitúa entre 1545 y 1550.

Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara.

Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara.


    En el silencio del Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, en Tlacopac (Ciudad de México), una de las imágenes más antiguas y veneradas del país ha recuperado su esplendor. Desde la Fe cuenta su historia. 

    Se trata del Señor de Santa Teresa, considerado el Cristo más antiguo elaborado en México, cuya creación se sitúa entre 1545 y 1550. Tras dos meses de intervención especializada, la restauradora Claudia Alejandra Garza Villegas ha devuelto a la escultura su dignidad original, respetando su historia material y su profundo valor devocional.

    Un método adaptado

    Según explica Garza, "la creación de esta imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550 y, a partir de ella, comenzaron a elaborarse muchos otros Cristos con esta misma técnica".

    El Señor de Santa Teresa es el primer Cristo realizado en México con la técnica de caña de maíz, un método indígena adaptado por los evangelizadores en los primeros años de la colonización. La técnica combina pasta de caña triturada, papel amate y policromía, dando como resultado una imagen ligera y hueca, ideal para las procesiones del México virreinal.

    La imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550.

    La imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550.Eduardo Galicia / Desde la Fe

    Hoy se conservan más de 300 Cristos de caña, algunos enviados incluso a Europa durante el periodo virreinal.

    La historia de esta imagen está marcada por un episodio extraordinario ocurrido en Ixmiquilpan (Hidalgo) en 1621. Las Carmelitas relatan que el Cristo estaba deteriorado, ennegrecido y sin rostro. El párroco incluso consultó al arzobispo sobre si debía ser enterrado.

    Pero el 19 de mayo de ese año, mientras el sacerdote oraba, las campanas comenzaron a sonar solas. Un vecino, al pasar bajo la imagen, sintió gotas caer sobre él. Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara. Al día siguiente, la imagen continuó exudando agua y, en un momento, "se le abrió el costado derecho, del cual brotó sangre y agua".

    Este hecho quedó recogido en La milagrosa renovación del Cristo de Santa Teresa, del Dr. Alfonso Alberto de Velasco.

    Tras el milagro, el arzobispo ordenó trasladar la imagen a la Ciudad de México. El pueblo se resistió con palos y herramientas para impedir su salida. Cuando finalmente se intentó mover el cofre, este se volvió tan pesado que nadie podía levantarlo. Solo después de prometer que el Cristo sería tratado con dignidad, el cofre recuperó su peso normal.

    En 1626, el arzobispo Juan Pérez de la Serna entregó la imagen al recién fundado Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, donde ha permanecido 400 años bajo su custodia.

    La imagen ha sobrevivido a múltiples acontecimientos, incluido el gran terremoto de 1845 que desplomó la cúpula del Templo de Santa Teresa la Antigua sobre ella. Por ser hueca, la escultura quedó aplastada, pero fue restaurada por artistas de la Academia de San Carlos, quienes estudiaron la técnica ya casi olvidada.

    Para las religiosas, el Señor de Santa Teresa es más que una obra de arte: "Para nosotras significa todo", afirma la hermana Pilar de la Cruz.

    Relatan incluso que, cuando intentaron trasladarlo a una nueva capilla, varios albañiles no pudieron moverlo. Solo dos hermanas lograron levantarlo después de decirle que volvería a su lugar original: "Él se hace pesado cuando no quiere que lo lleven a otra parte".

    La intervención incluyó: eliminación de materiales añadidos en restauraciones previas, limpieza integral, afinamiento de resanes, consolidación estructural, reintegración cromática con técnica de rigattino, recuperación de zonas con pasta de caña original, los tonos azulados y violáceos, lejos de ser deterioro, forman parte del diseño original para representar los golpes de la Pasión.

    El 26 de marzo de 2026, tras concluir la restauración, el obispo Carlos Enrique Samaniego López bendijo la imagen y presidió la ceremonia en la que el Cristo fue colocado nuevamente en su cruz, ante la emoción de las Carmelitas.

    Cada año, especialmente el primer domingo de octubre, peregrinos de Ixmiquilpan viajan al monasterio para venerar al Cristo, manteniendo una tradición de siglos.

    La hermana María de la Paz resume el sentido de esta presencia: "Cristo está aquí esperando a todos los que quieran venir".

    El Señor de Santa Teresa, con casi 500 años de historia, continúa siendo un puente entre arte, fe y memoria, y gracias a esta restauración podrá seguir acompañando a generaciones futuras.

    ReL

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    ¿Motivación o presión? La diferencia en la crianza

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    Querer lo mejor para nuestros hijos es natural, pero a veces, sin darnos cuenta, podemos convertir nuestras expectativas en una presión que afecta su bienestar

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    Todos los padres desean que sus hijos sean felices, tengan éxito y aprovechen sus capacidades. Sin embargo, entre acompañar su crecimiento y exigirles constantemente puede haber una línea muy delgada.  Muchas veces nos planteamos la idea de "quiero que mi hijo sea el mejor", "quiero que gane la competencia", "que no sea tímido” y aunque todos los padres buscan lo mismo, decirle esto al niño podría ejercer sobre él una gran presión.

    Motivación vs. presión en los hijos

    Hablar de Jesús a los niños

    MAYA LAB | Shuttersock

    ¿Cómo saber si estamos motivando a nuestros hijos o si, por el contrario, estamos depositando sobre ellos demasiadas expectativas? Aquí te mostramos algunos ejemplos de errores comunes que puedes estar realizando en la crianza de tus hijos, que podrían presionarlos sin darte cuenta. 

    1Compararlo constantemente

    "Mira cómo tu hermana sí puede". "Tu amigo sacó mejores calificaciones". "A tu edad, yo ya…". Esto solo hará que se sienta juzgado y evidenciado. La comparación puede hacer que tu hijo sienta que siempre está siendo medido según los logros de alguien más, lo que puede causar una herida de rechazo en él.

    2Buscar las mismas victorias que tú

    Puede ocurrir que, durante tu infancia, fuiste el mejor jugador de fútbol y ahora te gustaría que tu hijo también lo fuera, por lo que lo inscribes en clases por la tarde y lo llevas a partidos los fines de semana, expresando que quieres que sea el mejor y el mayor goleador. 

    Sin embargo, en ocasiones los hijos adquieren otros gustos y otros talentos hacia otra disciplina. No lo fuerces a repetir los mismos logros o desarrollar los mismos pasatiempos.

    3Que logre lo que nosotros no

    En el otro extremo tenemos a los padres que buscan que sus hijos alcancen lo que ellos no pudieron lograr en su infancia, esto pone un gran peso sobre sus hombros.

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    4Convertir cada error en una gran decepción

    Cuando el hijo siente que un error provocará gritos, reproches o una profunda decepción en sus padres, puede comenzar a vivir con miedo al fracaso.

    El problema no es corregir, sino cómo corregimos. Puedes contrastar dos preguntas: "¿cómo pudiste hacer algo así?"  a diferencia de "¿qué crees que podrías hacer diferente la próxima vez?" La crianza no debería enseñar solamente a evitar equivocarse, sino también a aprender de los errores.

    5Hacer de sus logros una medida de su valor

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    Cuando el niño recibe mayor atención, reconocimiento o afecto únicamente cuando obtiene buenos resultados, puede interpretar que debe rendir para ser querido. Desde las calificaciones, el deporte a su apariencia física y conducta. 

    Tu hijo debe saber que sus logros pueden alegrarte, pero que tu amor por él no depende de sus resultados. Esto no significa dejar de reconocer el esfuerzo o exigir responsabilidad, sino separar el valor de la persona de su desempeño.

    ¿Cómo acompañar sin presionar?

    1. Valora el esfuerzo de tu hijo
    2. Conoce y reconoce sus capacidades, talentos y límites 
    3. Permite que cometa errores 
    4. Escucha sus necesidades
    5. Recuerdale que es amado 

    Educar no significa eliminar todos los obstáculos del camino ni exigir que los hijos sean extraordinarios. Tal vez una de las tareas más difíciles de los padres sea aprender a acompañarlos sin intentar vivir la vida por ellos. 

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    Karen Hutch, Aleteia

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    Esta era la oración que el Padre Pío rezaba cada vez que alguien le pedía ayuda

    Quienes acudían al Padre Pío le confiaban sus problemas y necesidades. Él recurría a una oración que rezaba con una condición fundamental: la fe.

    El Padre Pío falleció semanas después de    bendecir aquella niña enferma milagrosamente curada.

    El Padre Pío falleció semanas después de bendecir aquella niña enferma milagrosamente curada.

    Miles de personas acudieron durante años al Padre Pío de Pietrelcina para pedirle que rezara por sus necesidades. Lo hacían personalmente o mediante las numerosas cartas que llegaban hasta el convento del fraile capuchino.

    Enfermedades, problemas familiares, dificultades económicas o situaciones aparentemente sin salida formaban parte de las intenciones que los fieles confiaban al religioso italiano. Y el Padre Pío tenía una oración a la que recurría especialmente para interceder por ellos.

    Se trata de la conocida como Novena Eficaz del Sagrado Corazón de Jesús, una oración vinculada a santa Margarita María Alacoque, la religiosa francesa del siglo XVII estrechamente relacionada con la difusión de la devoción al Sagrado Corazón.

    Según recuerda Aleteia, esta era la oración que el Padre Pío rezaba cuando quería interceder ante Dios por las intenciones que le confiaban.

    «Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío en Ti»

    La oración está construida alrededor de tres promesas de Jesucristo recogidas en los Evangelios: «Pedid y se os dará», la permanencia de sus palabras y la promesa de conceder aquello que se pida al Padre en su nombre.

    Después de cada petición se rezan un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria y se repite una breve jaculatoria que resume el sentido de toda la oración:

    «Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío en Ti».

    Finalmente, se pide directamente la compasión del Corazón de Cristo y la gracia deseada por intercesión del Inmaculado Corazón de María y de san José.

    La devoción estaba estrechamente relacionada con la espiritualidad del Padre Pío. El capuchino concebía la oración de intercesión como una parte esencial de su ministerio y dedicaba largos periodos del día a rezar por quienes se encomendaban a él.

    No era una fórmula mágica

    Pero existe un aspecto esencial para comprender esta oración. El Padre Pío no la utilizaba como una especie de fórmula automática para conseguir aquello que se deseaba.

    La clave estaba en rezarla con fe y confianza en Dios, dejando finalmente la petición en sus manos.

    De ahí que la jaculatoria repetida durante la novena resulte especialmente significativa: no afirma que necesariamente se conseguirá aquello que se pide, sino que expresa confianza en Cristo: «espero y confío en Ti».

    La oración parte así de una concepción cristiana muy distinta de entender las peticiones a Dios: pedir con insistencia, pero aceptar al mismo tiempo su voluntad, confiando en que conoce mejor aquello que verdaderamente necesita cada persona.

    Esa fue también una de las grandes enseñanzas que dejó el Padre Pío a las innumerables personas que acudieron a él buscando ayuda: rezar, pedir y confiar.

    Oración

    ¡Oh Jesús mío!, que dijiste:

    "En verdad les digo, pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá".

    He aquí que, confiando en tus santas palabras, yo llamo, busco, y pido la gracia……

    Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

    Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío en Ti.

    ¡Oh Jesús mío!, que dijiste:

    "En verdad les digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán".

    He ahí que yo, confiando en lo infalible de tus santas palabras pido la gracia……

    Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

    Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío Ti.

    ¡Oh Jesús mío!, que dijiste:

    "En verdad les digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se les concederá".

    He ahí que yo, al Padre Eterno y en tu nombre pido la gracia…….

    Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

    Sagrado Corazón de Jesús, espero y confío Ti.

    ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús,

    al que le es imposible no sentir compasión por los infelices,

    ten piedad de nosotros, pobres pecadores,

    y concédenos las gracias que pedimos

    en nombre del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre, san José, padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

    Amén.

    ReL

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    sábado, 29 de agosto de 2026

    Dioses, hombres, monstruos

    El totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas
    George Orwell describió el totalitarismo en dos obras de ficción, «Rebelión en la granja» (1946) y «1984» (1949). Pero también en su estremecedor reportaje «Homenaje a Cataluña» (1938), donde narra, desengañado de su inicial idealismo, el horror comunista y libertario durante la Guerra Civil.

    George Orwell describió el totalitarismo en dos obras de ficción, «Rebelión en la granja» (1946) y «1984» (1949). Pero también en su estremecedor reportaje «Homenaje a Cataluña» (1938), donde narra, desengañado de su inicial idealismo, el horror comunista y libertario durante la Guerra Civil.


      Siempre hallamos en el hombre, desde la noche de los tiempos, la tentación de salirse de la casilla de su naturaleza. Hay en el ser humano una nostalgia de divinidad, propia de quien ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios», que cuando enferma acaba creando monstruos; y por el camino el hombre acaba convirtiéndose a sí mismo en un monstruo maligno, a veces patético, atrapado en sus desvaríos y limitaciones.

      La mitología pagana nos procura visiones de pesadilla en las que la transgresión de las barreras biológicas adquiere perfiles tenebrosos. Visiones horrendas que ilustran la promesa diabólica que, augurando al hombre su metamorfosis en un dios, lo deja más bien convertido en un monstruo. Todas las mitologías paganas burbujean de seres híbridos, a veces desdichados, a veces protervos, animales parcialmente humanos u hombres parcialmente animalescos, fruto de coitos aberrantes o maldiciones decretadas por dioses impíos. Pensemos, por ejemplo, en la Medusa, con su cabellera de serpientes ondulantes; pensemos en las sirenas, ninfas marinas con cabeza de mujer y cuerpo de ave; pensemos en la temible Esfinge, con cabeza y pechos de mujer, cuerpo de león y alas de pájaro; pensemos, en fin, en el Minotauro, descendiente de una estirpe divina por un lado, víctima de los devaneos zoófilos de su madre por otra, a quien Watts dedicaría un cuadro excepcional (que luego inspiraría a Borges su cuento La casa de Asterión) donde se ilustra a la perfección la condición trágica del monstruo.

      La creación de criaturas aberrantes o quiméricas ha alimentado la fantasía de los escritores. En Frankenstein, de Mary Shelley, los miembros de diversos cadáveres son ensamblados y galvanizados para formar un nuevo ser. En La isla del Dr. Moreau, de H. G.Wells, los animales son operados y convertidos en criaturas parcialmente humanas. Ambas son novelas de amargo tono pesimista que nos advierten sobre el peligro de jugar a ser Dios. Moreau y Frankenstein son epítomes del científico demente que, en su afán por 'mejorar' la humanidad (siempre la coartada humanitaria al fondo), termina creando peligrosos monstruos. Y ambas pueden leerse hoy como una temprana crítica hacia la ingeniería biológica, que acabaría mostrando su rostro más protervo en la era de los totalitarismos (a todos nos han amedrentado con los experimentos del doctor Mengele) y que en esta era democrática se nos presenta bajo una máscara risueña y progresista, desde las 'terapias de conversión' para el cambio de sexo (que a la postre exigen mutilaciones o injertos de quirófano) hasta el transhumanismo. Por supuesto, esa máscara risueña y progresista (humanitaria, en fin) siempre se nos presenta como un 'mejoramiento' o divinización de lo humano; pero en su alma se esconde el horror de la deshumanización, la regresión al monstruo.

      El totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas

      Este peligro de la involución humana también lo avizoró Wells en La máquina del tiempo, donde la ciencia acaba a la postre con la civilización, creando una raza de homínidos –los Morlocks– que han 'regresado' a la pura animalidad. Pero sería Aldous Huxley quien nos ofrecería una visión más sobrecogedora y realista de lo 'posthumano'. En Un mundo feliz, los embriones formados en matrices artificiales y diseñados genéticamente por otros humanos se han convertido (como ocurre en nuestras sociedades democráticas con los niños 'producidos' en 'vientres de alquiler') en productos elaborados de forma industrial, diseñados genéticamente para poseer tales o cuales capacidades y condicionados para ocupar un lugar específico en la sociedad, según las necesidades económicas del Estado. La biotecnología, para Huxley, además de conducir a una sociedad deshumanizada, consagra el totalitarismo.

      Pero el totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas, donde se ha terminado imponiendo lo que Habermas llamaba «eugenesia liberal», un modelo de 'mejoramiento' basado en la 'libertad de elección' de los individuos, que pueden escoger su sexo o determinar las características genéticas de sus hijos. 'Mejoramientos' que se justifican con coartadas siempre humanitarias: unas veces el anhelo de felicidad, de hallarse 'a gusto' dentro del propio cuerpo (como si el cuerpo fuese una vivienda que sometemos a sucesivas reformas), otras la 'optimización' de capacidades o del aspecto físico (como coartada del puro consumismo caprichoso). Se trata, una vez más, de hacer realidad aquella promesa que la antigua serpiente deslizó a Eva en el Edén: «Seréis como dioses». Una promesa que siempre se incumple para que, a la postre, sólo seamos monstruos melancólicos, como aquel Minotauro pintado por Watts.

      Juan Manuel de Prada, ReL

      Vea también    Secularismo: El modo de pensar, hablar y actuar sin Dios

      La descristianización de Barcelona y sus calles



       

      11 pensamientos de San Agustín que te ayudarán a encontrar a Dios

      San Agustín, iluminado por la Verdad en el óleo de 1650 de Philippe de Champaigne que se conserva en el Los Angeles County Museum of Art.

      San Agustín, iluminado por la Verdad en el óleo de 1650 de Philippe de Champaigne que se conserva en el Los Angeles County Museum of Art.


        Silvana Ramos recogió en Catholic Link algunas frases de las Confesiones de San Agustín que pueden ayudarnos en la búsqueda de Dios.

        11 frases de las "Confesiones" de San Agustín fundamentales para nuestra vida cristiana

        El nombre de mi segundo hijo es Agustín y no porque mi padre o mi abuelo se llamen así. Tampoco porque llamar a los niños así está de moda. Mi hijo se llama Agustín en honor de San Agustín de Hipona. Y quise ponerle ese nombre, al que mi esposo felizmente accedió, para nunca olvidar lo que la vida de este santo le había dado a la mía y a tantos otros. Hoy [28 de agosto] celebramos su día.

        Confesiones es el libro a través del cual conocí a san Agustín. Es el que más recomiendo cuando de conversión y lucha se trata. Además de ser un hermoso diálogo entre San Agustín y Dios, esta autobiografía demuestra que los santos también fueron pecadores así como tú y como yo. Entre sus líneas muchos hemos encontrado reflejadas nuestras historias y nuestras caídas. Ha servido y sirve de inspiración y aliento para la conversión de tantos.

        Les dejo una reflexión a modo de galería sobre las Confesiones. Que estas palabras nos sigan inspirando hoy como ayer en la búsqueda por la verdad, que no es sino la búsqueda de Dios.

        1. Los tiempos de conversión son los tiempos de Dios.

        Cuántos de nosotros, habiendo nacido en hogares católicos, hemos conocido a Dios ya siendo adultos. Para volver a Él nunca es tarde, Dios está siempre con nosotros. Éramos nosotros los que no estábamos con Él.

        • “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste y con tu tacto me encendiste en tu paz”.

        2. Dios es quien siempre llama, quien siempre busca y quien se encarga personalmente de cada uno de nosotros

        Cuántas veces no entendemos lo que nos sucede en la vida. Cuántas caídas, cuántos dolores. Aunque pareciera que estuviésemos solos en medio de la incertidumbre, Dios estaba siempre ahí. Dios habla, consuela y forma cuidadosamente, incluso en medio del dolor.

        • “Entonces tú, [mi Dios], tratándome con mano suavísima y llena de misericordia, fuiste modelando poco a poco mi corazón”.

        3. Pedir a Dios significa también estar dispuestos a escuchar y recibir lo que Él nos da. Dios nunca se equivoca

        Cuántas veces hemos elevado los ojos al cielo pidiéndole algo a Dios. Le hemos confiado nuestros deseos, nuestros sueños. Le hemos pedido que aligere nuestra carga. A veces parece que no nos escucha. Pero Él siempre lo hace y otorga lo que sabe es mejor para cada uno.

        • “[Dios mío], los hombres te consultan sobre lo que quieren oír, pero no siempre quieren oír lo que tú les respondes. Y el buen siervo tuyo es aquel que no se empeña en oírte decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que tú le digas”.

        4. Dios conoce lo más profundo de nuestro ser, es Él quién lo ha modelado con sus propias manos

        Cuesta creer que verdaderamente somos hijos de Dios, todos y cada uno de nosotros. Incluso los que no creen en Él. Dios conoce cada rincón de nuestro ser, cada pensamiento, cada sueño, cada anhelo, cada caída, cada lucha. Él está ahí porque fueron sus propias manos las que modelaron nuestra existencia.

        • “[Señor Dios mío], tú eres interior a mi más honda interioridad”.
        • “[Tú, oh Dios,] estás presente también en aquellos que huyen de ti”.
        • “¡Oh Señor omnipotente y bueno, que cuidas de cada uno de tus hijos como si fuera el único, y que de todos cuidas como si fueran uno solo!”
        • “Tú eres, [oh Dios mío], inaccesible y próximo, secretísimo y presentísimo”.

        5. Dios nos forma a través de otros. La responsabilidad del amor incondicional

        Las que somos mamás sabemos cuánto cuesta criar un hijo. Es necesaria nuestra confianza en Dios para formarlos en la libertad y la verdad. Santa Mónica, madre de San Agustín, nos enseña que todos los dolores y los miedos en la crianza de nuestros hijos, cuando son entregados a Dios, dan fruto. Todos estamos llamados a ser santos y todas las madres están llamadas a criar hijos santos para Dios.

        • “Ella lloraba por mi muerte espiritual, [Dios mío], con la fe que tú le habías dado, y tú escuchaste su clamor. La oíste cuando ella con sus lágrimas regaba la tierra ante tus ojos; ella oraba por mí en todas partes, y tú oíste su plegaria… Sus preces llegaban a tu presencia, pero tú me dejabas todavía volverme y revolverme en la oscuridad”.
        • “¿Cómo podía ser que tú desoyeras y rechazaras las lágrimas de la que [Mónica, mi madre] no te pedía oro ni plata ni bien alguno pasajero sino la salud espiritual de su hijo, que era suyo porque tú se lo habías dado?”.

        6. Dios es nuestro único consuelo ante la muerte

        Perder a alguien a quien amamos profundamente es tan doloroso que incluso se desea la propia muerte. Sin Dios quedamos perdidos, solos. Pero Él entiende este dolor y nos promete un encuentro futuro y sin separaciones en la vida eterna. Esa promesa es la que nos debe llenar de esperanza y restaurar la alegría perdida por la ausencia física de los que ya han partido.

        • “El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde. ¿Y quién es este sino tú, nuestro Dios, el que hizo el cielo y la tierra y los llena, pues llenándolos los hizo?”.

        7. La misericordia de Dios es infinita. Nunca nos cansemos de pedir perdón

        Existen días en los que queremos darnos por vencidos. Es una lucha que parece vamos perdiendo una y otra vez, cansados de caer y de pedir perdón siempre por lo mismo. Dios no se cansa de perdonarnos, somos nosotros los que pensamos que no somos más dignos de perdón. Su misericordia es infinita.

        • “A ti la alabanza y la gloria, ¡oh Dios, fuente de las misericordias! Yo me hacía cada vez más miserable y tú te me hacías más cercano. Tu mano estaba pronta a sacarme del cieno y lavarme, pero yo no lo sabía”.

        8. La generosidad en la comunidad cristiana es un verdadero camino de conversión

        Sobre todo en este tiempo, qué importante es volver la mirada a nuestros hermanos necesitados de nuestra generosidad y amor. ¡Tanta gente que muere de hambre, mientras que algunos están llenos de riquezas!

        • “Habíamos pensado contribuir con lo que cada uno tuviera para formar con lo de todos un patrimonio común, de modo que por nuestra sincera amistad no hubiera entre nosotros tuyo y mío, sino que todo fuera de todos y de cada uno”.

        9. A Dios solo lo encuentran los humildes, los más pequeños

        En un mundo en el que el valor está puesto en la imagen y en lo que se tiene, san Agustín nos recuerda que es a los humildes a los que Dios mira con agrado.

        • “No te acercas, [oh Dios], sino a los de corazón contrito, ni te dejas encontrar por los soberbios por más que en su curiosidad y pericia sean capaces de contar las estrellas y conocer y medir los caminos de los astros por las regiones siderales”.

        10. La muerte no es el final. La verdadera vida está junto a Dios

        Deseoso de ser inmortal, el ser humano lucha por evitar la muerte, por prolongar la juventud, y desprecia todo lo que le recuerda que la vida es pasajera, que el cuerpo se deteriora y que tendrá un final. San Agustín nos recuerda que nuestro verdadero hogar es el Cielo.

        • “Nuestra casa no se derrumba por nuestra ausencia, pues nuestra casa es tu eternidad”.

        11. El descanso y el sentido de nuestra existencia solo se verá saciado en Dios

        Ese deseo de infinito que tiene el ser humano no es sino una expresión de esa nostalgia de Dios, de ese llamado a ser eterno. Solo lograremos saciar ese anhelo, esa hambre, alimentándonos de Dios.

        • “[Señor Dios], nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.
        ReL