lunes, 10 de agosto de 2026

8 transformaciones para que la Iglesia sea evangelizadora eficaz

 

Julio Segurado, párroco de San Pedro Poveda, en Jaén, es un veterano en la nueva evangelización y en la renovación pastoral parroquial. En el encuentro Transforma 2026 en junio en Santiago de Compostela, impartió una ponencia de 17 minutos.

Durante 11 minutos explicó las distintas épocas de la Iglesia: la Iglesia antigua con su exigente catecumenado de adultos fue sustituida por la Iglesia de Cristiandad, que durante 1.500 sólo se centró en bautizar y formar niños, mientras la cultura cristianizaba "por osmosis, civilizar y cristianizar eran lo mismo; uno era cristiano porque era español".

Pero eso ya no funciona. Y la Iglesia requiere transformar 8 cosas para poder ser eficaz en la evangelización. Las enumeró con celeridad y las comparó con distintos elementos tecnológicos, como un Sistema Operativo, el wifi o la instalación de apps.

  • 1º) Hay que centrarse en el adulto, y no en la catequesis infantil (aunque sin abandonar ésta).
  • 2º) El kerigma funciona, abre la gente a la fe, hay que insistir en el Primer Anuncio.
  • 3º) Fomentar el discipulado: aprender a ser como Jesús, es "como un nuevo sistema operativo".
  • 4º) Usar grupos pequeños, que crean vínculos interpersonales, no depender de la pastoral de masas.
  • 5º) La parroquia como comunidad de comunidades, que envía evangelizadores y apoya a sus grupos pequeños.
  • 6º) Tomar conciencia de la vocación misionera, evangelizadora, emisora, de cada cristiano.
  • 7º) Los laicos maduros serán los técnicos que mantienen la red: invitan , forman, apoyan...
  • 8º) El gobierno debe recaer en un equipo, no depender de una única persona.
ReL



¿Aceptas tus errores? Es señal de inteligencia

Las personas realmente inteligentes son capaces de admitir que no tienen razón. ¿Por qué iba a ser eso un signo de sabiduría?

Empecemos con una observación que a primera vista puede parecer descortés: una persona que tiene una respuesta inmediata para cada pregunta rara vez es la más inteligente del grupo. Por lo general, es la persona más segura de sí misma —y confundimos estas dos cosas con una regularidad sorprendente. ¿Qué hay de aquellos que cometen errores?

Los científicos llevan mucho tiempo buscando indicios que permitan identificar rápidamente a las personas con una gran inteligencia. Uno de esos indicios ya se describió a finales del siglo pasado y, curiosamente, no tiene nada que ver con la rapidez a la hora de sacar conclusiones.

Pensamiento activamente abierto

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PeopleImages | Shutterstock

En un estudio pionero de 1997, publicado en la revista "Journal of Educational Psychology", Keith Stanovich y Richard West demostraron que una inteligencia elevada está relacionada con una disposición que denominaron "pensamiento activamente abierto". Consiste en la búsqueda consciente de información que ponga en tela de juicio las propias creencias, con el fin de revisar las conclusiones propias en caso necesario.

Durante las tres décadas siguientes, esta relación se investigó de diversas maneras, confirmando una y otra vez la conclusión inicial —con tal consistencia que un extenso estudio publicado recientemente en el "Journal of Intelligence", una de las revistas más prestigiosas de esta disciplina, la consideró duradera: sigue siendo una de las relaciones mejor documentadas entre la actitud y la inteligencia medible.

El amor por el conocimiento desarrolla la inteligencia

El pensamiento activamente abierto describe hasta qué punto alguien suele confrontar sus creencias con nueva información. Hasta qué punto es capaz de admitir —no de boca, sino de verdad— que puede estar equivocado. Es sencillo en teoría; en la práctica resulta ser una de las cosas más difíciles que uno puede exigirse a sí mismo.

Normalmente, cuando sabemos algo y nos parece que es cierto, buscamos información que confirme nuestras creencias. Así es más sencillo: tenemos razón y punto. Sin embargo, si en lugar de eso buscamos activamente hechos que lo contradigan, ejercitamos la flexibilidad mental —y, de paso, todo el cerebro—.

Los estudios lo confirman: este hábito da sus frutos —no solo es una muestra de inteligencia, sino que también la desarrolla—. A pesar de ello, no es fácil inculcárselo a uno mismo, porque el esfuerzo intelectual simplemente agota a muchas personas. ¿Para qué complicarse la vida?

Aquí nos ayuda una actitud que Martin Seligman, en su libro "La auténtica felicidad", denomina "amor por el aprendizaje", y que otros investigadores denominan "alta necesidad de conocimiento". Se trata de disfrutar del esfuerzo intelectual. En las personas con una alta necesidad de conocimiento, un contraargumento acertado no provoca una reacción defensiva, sino precisamente interés.

Aquí se revela algo que, a primera vista, parece una paradoja. Los científicos descubren una y otra vez que las personas que se describen a sí mismas como indecisas —que cambian de opinión— suelen ser las mentes más perspicaces del grupo. Su incertidumbre es una señal de que su aparato cognitivo funciona correctamente: analizan constantemente.

Conversaciones abiertas

A este tipo de personas les gusta hablar con gente ajena a su propia burbuja informativa: personas que ejercen otras profesiones, con una visión del mundo y unas experiencias diferentes. Gracias a ello, son capaces de decir: "Me equivocaba; la nueva información demuestra que las cosas son diferentes de lo que pensaba".

Por supuesto, para que ese cambio sea constructivo, debe basarse en la capacidad de distinguir los hechos de las opiniones y de reconocer los sofismas y la manipulación. No se trata de alguien que cambia de opinión con cada cambio de tendencia de la opinión pública, sino de una persona que lo hace tras reflexionar detenidamente sobre los hechos recién descubiertos y los argumentos auténticos.

¿Cómo desarrollar una apertura intelectual activa?

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La conclusión más importante de todo este corpus científico es, al mismo tiempo, la más alentadora: el pensamiento activamente abierto no es una cualidad innata. Se puede desarrollar en uno mismo.

Se construye mediante una búsqueda repetida y consciente de información que cuestione nuestras ideas sobre un tema determinado. Se refuerza cada vez que, en lugar de preguntarnos "¿Cómo puedo defender esto?", nos preguntamos "¿Qué es lo que no estoy viendo aquí?".

Y aunque no se trata de la inestabilidad de una bandera al viento, este hábito ayuda a corregir nuestro juicio allí donde pudiéramos habernos equivocado. En beneficio nuestro —y de la Verdad, que ningún malabarismo intelectual podrá poner en duda—.

Bogna Białecka, Aleteia

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domingo, 9 de agosto de 2026

Recuerdo del P. Enrique Brylka msc

 


Esta foto la consegui de manera “Fantastica” el año 2003 conversando con mi amiga y vecina hasta hoy Cristina Bahamonde.. me dijo…tu eres de Acari!!! El Sacerdote que caso a mis Padres caso a mis Padres (ambos fallecidos) me conto que en La Unidad Vecinal N3 sintieron mucho que se lo llevaran, incluso organizaron un paseo y visitaron al Padre en Acari..,esta vecina y su esposo viven junto a mi casa desde 1972 donde yo llegue a mis 19 y ellos me llevan 10 años con sus tre hijos pequeños, Atesoro esta foto. Tu Juan Esteban puedes contar la histori de la foto. Nadie la sabe.
Esta pareja que caso El Padre Enrrique tuvieton 13 hijos.
Juan Esteban Guzmàn Lòpez
(copiado de facebook)



El otro himno de la JMJ de Seúl, más batería, más santuarios

 


    La Jornada Mundial de la Juventud de Seúl 2027 empieza el 3 de agosto. Un año antes se presentan sus himnos. Hay un primer himno de estilo muy clásico, sinfónico y repetitivo, con algunos fraseados clásicos del Extremo Oriente.

    Y este es el segundo himno. Usa más batería sin llegar a ser pop. El videoclip muestra más santuarios, monumentos y lugares emblemáticos ligados a los mártires católicos de Corea o a los horrores de las guerras.

    "Confiad, yo he vencido al mundo", es su lema, basado en las palabras de Jesús en Juan 16, 33 después de avisar de que habrá persecuciones. Insiste en el tema de la esperanza y la fuerza a pesar de la oscuridad y las pruebas.

    ReL

    Vea también     Los JMJ encuentro de fe





    Sacerdotes: los panes no son nuestros

    “Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda”

    Chat GPT


      “Tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente” (Marcos 6,41).

      Este Evangelio contiene un detalle que pasa desapercibido pero es importante. Jesús parte los panes pero no se los da a la gente, se los da a los apóstoles para que ellos lo hagan. Fíjate que ellos no multiplican el pan.

      No lo inventan. No lo mejoran. No lo adaptan. Lo reciben partido de las manos de Cristo y lo entregan. Ya está. Esto es una imagen de lo que es el sacerdocio. el sacerdocio. Nosotros no hemos de alimentar a la Iglesia con lo que nos parece sino con lo que Cristo nos entrega ya partido: su Palabra, sus sacramentos, su doctrina.

      No podemos enseñar lo que se nos ocurre en cada momento, o lo que creemos aunque sea contrario a las enseñanzas de Jesús. La palabra no es nuestra, se nos presta, somos su altavoz. Un sacerdote está para repartir lo que ha recibido, no para inventar cosas nuevas ni para proyectar sobre sus fieles teorías basadas en sus heridas y conflictos no resueltos.

      Todos conocemos ejemplos. Se da muy a menudo. Cuando un cura predica una “pastoral” que contradice lo que la Iglesia enseña no está repartiendo el pan de Cristo sino el suyo propio. Sin embargo al hacerlo está utilizando un púlpito que la Iglesia le ha dado, se está aprovechando de ella. Si no fuera porque es sacerdote nadie le haría caso.

      Es una de las tentaciones que tenemos los sacerdotes: creernos los dueños del pan. El día que enseñamos “nuestra” verdad en vez de la de Cristo, nos desacreditamos, dejamos de ser apóstoles fieles al depósito recibido. Y como siempre tendremos alguien que nos alabe y felicite nos creeremos soberbiamente que tenemos razón mientras toda la Iglesia está equivocada y lo ha estado durante siglos.

      “El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) repara mis fuerzas” (Salmo 23). No somos nosotros quienes reparamos a nadie. Es Él quien nos conduce, nos alimenta y nos repara. Es a este Buen Pastor a quien tenemos que presentar a los fieles, no a nosotros y nuestras “bondades” de creernos mejores y más modernos que otros pastores por predicar cosas contrarias y de fácil aplauso.

      El sacerdote más fiel no es el más original. Es el que tiene coraje y se atreve a repartir un pan que no es suyo sino de Jesús. Y tiene claro que no estamos para predicarnos a nosotros mismos sino solo a Él. Ese es el sacerdote que la Iglesia necesita. No un genio con micrófono. Un servidor que sea humilde para arrodillarse ante Dios, recibir y el pan con sumo cuidado y entregarlo sin que ni una migaja de alimento se pierda.

      Francisco Javier Bronchalo, ReL

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      La fe en la playa: pudor, respeto y mirada limpia

      Incluso donde parece que todo gira en torno al cuerpo, el Evangelio invita a cuidar el corazón.

      El juego sencillo en la orilla se vuelve reflejo de algo más profundo: un modo de estar juntos donde el cuerpo se disfruta sin dejar de honrar la dignidad de cada uno.

      El juego sencillo en la orilla se vuelve reflejo de algo más profundo: un modo de estar juntos donde el cuerpo se disfruta sin dejar de honrar la dignidad de cada uno.


        En el 8 de agosto, Jesús se encuentra con un padre que le suplica por su hijo epiléptico, que “muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua” (Mt 17, 15). Los discípulos no han logrado ayudar, y el Señor les reprocha su poca fe antes de curar al muchacho. Después les dice: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza… nada os sería imposible” (Mt 17, 20). En pleno verano, esa escena parece hablar también de hijos que “caen” en ambientes que queman o arrastran, y de padres que miran la playa con mezcla de alegría y preocupación. La fe pequeña pero real puede transformar también ese lugar.

        Un padre que sufre y una fe que falta

        El padre de Mateo 17 no niega la realidad: su hijo está en peligro, se expone sin control al fuego y al agua. Se acerca a Jesús, se arrodilla, pide piedad. La respuesta del Señor no es una técnica, sino una llamada a la fe que actúa. No se trata de miedo, sino de confianza que busca la salvación concreta de una persona.

        En la playa, muchas familias perciben riesgos distintos, pero reales: exposición excesiva del cuerpo, modos de vestir que banalizan la intimidad, grupos que normalizan miradas y comentarios que hieren. También ahí la fe se ve probada; no basta con lamentarse, hace falta una confianza en Cristo que inspire modos nuevos de estar, educar y acompañar.

        San Domingo: pasión por la verdad y respeto por las personas

        La memoria de santo Domingo de Guzmán presenta a un sacerdote que no se conformó con ver errores desde lejos. Entró en ambientes difíciles, dialogó, predicó, fundó una orden al servicio de la verdad. Su radicalidad evangelizadora no se traducía en condenas superficiales, sino en dedicación paciente para que las personas conocieran el rostro auténtico de Cristo.

        Su ejemplo sugiere un estilo para la presencia cristiana en la playa: no huir de todo, no escandalizarse por sistema, pero tampoco dejarse arrastrar. Estar allí con una fe que ama la verdad sobre el cuerpo y la sexualidad, y que respeta profundamente a las personas. El criterio no es la moda cambiante, sino la dignidad que Dios ha dado a cada uno.

        Pudor: dignidad que se protege, no vergüenza que encoge

        El pudor cristiano mira al cuerpo como algo bueno y llamado a la gloria, no como algo sucio. Precisamente por eso lo protege de convertirse en objeto. En la playa, el pudor se traduce en decisiones sobre cómo me muestro y cómo miro.

        Vivir el pudor en clave positiva significa cuidar el propio cuerpo para que no quede reducido a escaparate, evitar actitudes que busquen provocar o llamar la atención como si el valor personal dependiera sólo de la piel visible. También implica enseñar a los más jóvenes que hay una belleza que no se mide únicamente por centímetros de tela, sino por el respeto con que se trata a sí mismos y a los demás.

        Todo esto puede vivirse con normalidad: familias que disfrutan del agua y del sol, que se visten de manera sencilla y adecuada, que evitan exageraciones y que explican, con calma, por qué ciertos límites tienen sentido. No hace falta discursos largos; la coherencia cotidiana habla por sí sola.

        Mirada limpia: ver personas donde otros ven objetos

        Jesús enseña en otro momento que lo que mancha al hombre procede del corazón (Mt 15, 11). En la playa, eso se manifiesta en la mirada. No es lo que entra por los ojos lo que decide todo, sino lo que hacemos con eso dentro de nosotros. Se puede mirar con respeto o con ánimo de poseer.

        La mirada limpia reconoce en cada cuerpo una historia, un rostro, una familia. Renuncia a utilizar al otro como objeto de deseo, de comparación o de burla. Orienta los ojos con sencillez: evitar fijarse donde sabe que va a alimentar fantasías o juicios, no participar en chistes que rebajan, no comentar el físico de otros como si fueran cosas.

        La fe “como un grano de mostaza” (Mt 17, 20) puede concretarse en pequeños movimientos interiores: desviar la mirada, elevar un breve pensamiento a Dios por esa persona, recordar que Cristo dio la vida también por ella y que merece ser vista con ojos limpios. Son gestos discretos, pero van modelando el corazón.

        Respeto al cuerpo propio y al de los demás

        El cuerpo es lugar de presencia de Dios, templo del Espíritu (cf. 1 Co 6, 19, aunque no esté en las lecturas del día). Cuidarlo en la playa forma parte de la fe: evitar excesos de sol, de alcohol, de riesgos innecesarios es una manera de honrar el don recibido.

        El respeto al cuerpo ajeno incluye aspectos muy concretos: no invadir espacios con ruido desmedido, no dejar basura, no sacar fotos que puedan humillar o exponer a otros sin su consentimiento, no organizar juegos o bromas que pongan en situación incómoda a quien no desea estar ahí. La caridad se mide también en estos detalles.

        Una presencia cristiana puede traducirse en cosas tan sencillas como recoger lo que otros dejan, ayudar a alguien que lo necesita, ofrecer un gesto amable a quien está solo, o intervenir con serenidad si se ve una humillación evidente. No hace falta identificación visible para que el Evangelio se note.

        Fe en la playa: ni esconderse ni juzgar

        Con santo Domingo delante, la fe en la playa no se vive escondiendo todo signo cristiano, ni levantando dedo acusador. Se puede hacer el signo de la cruz antes de entrar en el agua, rezar un misterio del rosario paseando por la orilla, proponer en familia una breve acción de gracias al final del día, hablar naturalmente de Dios en una conversación. Y se puede hacer sin convertir la arena en púlpito, sin despreciar a quienes viven de otro modo.

        La clave está en llevar al Señor también allí: dejar que inspire cómo se habla, qué se calla, qué se evita, qué se propone. El Evangelio  recuerda que la falta de fe tiene consecuencias concretas —los discípulos no pudieron ayudar al muchacho (Mt 17, 16)—, y que la fe, aunque pequeña, abre posibilidades. Llevar la fe a la playa es confiar en que Cristo quiere entrar en este fragmento de verano, no sólo en la iglesia.

        Si al terminar agosto descubrimos que nuestra forma de estar en la playa se ha hecho un poco más respetuosa, más limpia, más consciente de la dignidad propia y ajena, probablemente haya habido ahí un pequeño milagro de ese “grano de mostaza” del que habla Jesús. Y, sin grandes gestos, habremos dejado que el Señor nos enseñe a ver y a vivir mejor incluso donde parecía que todo se reducía al cuerpo.

        Luis Javier Moxó Soto, ReL

        Vea también    Castidad, Dignidad y Pudor



        sábado, 8 de agosto de 2026

        Pareja: ¿cada quien ama de diferentes formas?

        amor-pareja

        Medir el cariño de la pareja según nuestras reglas causa distanciamiento. De ahí surge la necesidad de aprender a reconocer las mil formas en que el amor se manifiesta 

        Uno de los errores más frecuentes en la vida de pareja consiste en creer que el amor solo es verdadero cuando se expresa de la forma en que nosotros lo esperamos. Sin darnos cuenta, vamos construyendo un pequeño reglamento interior: si me ama, recordará mi cumpleaños; si me ama, me dirá palabras cariñosas; si me ama, me acompañará a donde yo quiera; si me ama, tendrá ciertos detalles, ciertas atenciones, ciertos gestos que, para mí, significan amor.

        La trampa de las expectativas universales

        codependencia emocional

        Roman Samborskyi | Shutterstock

        El problema comienza cuando convertimos esas expectativas en una medida universal. Entonces dejamos de mirar lo que el otro sí hace y comenzamos a contabilizar únicamente lo que no hizo. El amor se vuelve examen, la convivencia se convierte en tribunal y la pareja termina defendiendo su afecto como si tuviera que presentar pruebas ante un juez.

        Ella puede pensar: "Si olvida una fecha importante, si no me regala algo, si no me dice que me ama, entonces no me ama". Él puede sentir: "Si no aprecia mi esfuerzo, si no me prepara algo con cariño, si no agradece lo que aporto o no reconoce lo que hago, entonces tampoco me ama". Ambos pueden estar amándose y, al mismo tiempo, sentirse profundamente decepcionados. No porque falte amor, sino porque cada uno espera recibirlo en el idioma que conoce.

        Los diferentes lenguajes del afecto

        Pero el amor tiene muchos lenguajes. Algunas personas aman con palabras; otras, con el silencio de la fidelidad. Unas demuestran su afecto con regalos; otras, resolviendo dificultades. Hay quien abraza, quien acompaña, quien cuida, quien escucha, quien trabaja, quien permanece. Hay amores que son como campanas y se escuchan a lo lejos; otros son como raíces, casi invisibles, pero sostienen el árbol entero.

        Aprender a amar también significa aprender a descubrir la manera particular en que el otro nos ama. No se trata de renunciar a expresar lo que necesitamos ni de aceptar indiferencias, desprecios o malos tratos. El amor verdadero jamás exige que confundamos abandono con libertad o desconsideración con autenticidad. Pero una cosa es pedir afecto con honestidad y otra muy distinta imponer al otro la obligación de amarnos conforme a nuestro propio criterio.

        La madurez de abrazar la diferencia

        pareja

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        Cuando decimos: "Si no haces esto, no me amas", muchas veces no estamos hablando del amor del otro, sino de nuestra propia expectativa. Estamos diciendo: "No me amas como yo quiero". Y esa diferencia es enorme, porque el amor no es una coreografía en la que el otro debe aprender todos nuestros pasos para no equivocarse. Es más bien un encuentro entre dos libertades, dos historias, dos sensibilidades y dos formas distintas de entregar el corazón.

        La madurez en la pareja comienza cuando dejamos de perseguir una demostración perfecta y aprendemos a reconocer las pequeñas señales que antes ignorábamos. Tal vez no dijo la frase esperada, pero estuvo presente. Tal vez no compró el regalo, pero cuidó de nosotros. Tal vez no respondió como imaginábamos, pero permaneció cerca cuando más lo necesitábamos.

        El amor no es un contrato de equivalencias exactas, sino una disposición para reconocer el bien que el otro nos entrega. Amar es también agradecer esa forma irrepetible con la que alguien elige hacernos el bien. No todo amor se parece al nuestro. No todo cariño toma la forma de nuestras expectativas. Y, sin embargo, puede ser sincero, profundo y constante.

        Quizá una de las mayores pruebas de amor consiste precisamente en dejar al otro ser quien es. Reconocer su estilo, recibir su modo y comprender que el amor no siempre llega vestido como lo soñamos. A veces entra sin ceremonia, se sienta a nuestro lado y, en silencio, nos acompaña durante toda la vida. Porque el verdadero amor es incondicional y no admite expectativas personales y mucho menos juzga el modo de amar.  

        Guillermo Dellamary, Aleteia

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