Queremos llevar el amor del Hijo de Dios a todos los hombres. Ha permitido que le abran el Corazón con una lanza para que esté abierto para todos. Que el Corazón de Jesús nos ayude a ser sus testigos. Para ello invocamos la ayuda de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús.
El totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas
George Orwell describió el totalitarismo en dos obras de ficción, «Rebelión en la granja» (1946) y «1984» (1949). Pero también en su estremecedor reportaje «Homenaje a Cataluña» (1938), donde narra, desengañado de su inicial idealismo, el horror comunista y libertario durante la Guerra Civil.
Siempre hallamos en el hombre, desde la noche de los tiempos, la tentación de salirse de la casilla de su naturaleza. Hay en el ser humano una nostalgia de divinidad, propia de quien ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios», que cuando enferma acaba creando monstruos; y por el camino el hombre acaba convirtiéndose a sí mismo en un monstruo maligno, a veces patético, atrapado en sus desvaríos y limitaciones.
La mitología pagana nos procura visiones de pesadilla en las que la transgresión de las barreras biológicas adquiere perfiles tenebrosos. Visiones horrendas que ilustran la promesa diabólica que, augurando al hombre su metamorfosis en un dios, lo deja más bien convertido en un monstruo. Todas las mitologías paganas burbujean de seres híbridos, a veces desdichados, a veces protervos, animales parcialmente humanos u hombres parcialmente animalescos, fruto de coitos aberrantes o maldiciones decretadas por dioses impíos. Pensemos, por ejemplo, en la Medusa, con su cabellera de serpientes ondulantes; pensemos en las sirenas, ninfas marinas con cabeza de mujer y cuerpo de ave; pensemos en la temible Esfinge, con cabeza y pechos de mujer, cuerpo de león y alas de pájaro; pensemos, en fin, en el Minotauro, descendiente de una estirpe divina por un lado, víctima de los devaneos zoófilos de su madre por otra, a quien Watts dedicaría un cuadro excepcional (que luego inspiraría a Borges su cuento La casa de Asterión) donde se ilustra a la perfección la condición trágica del monstruo.
La creación de criaturas aberrantes o quiméricas ha alimentado la fantasía de los escritores. En Frankenstein, de Mary Shelley, los miembros de diversos cadáveres son ensamblados y galvanizados para formar un nuevo ser. En La isla del Dr. Moreau, de H. G.Wells, los animales son operados y convertidos en criaturas parcialmente humanas. Ambas son novelas de amargo tono pesimista que nos advierten sobre el peligro de jugar a ser Dios. Moreau y Frankenstein son epítomes del científico demente que, en su afán por 'mejorar' la humanidad (siempre la coartada humanitaria al fondo), termina creando peligrosos monstruos. Y ambas pueden leerse hoy como una temprana crítica hacia la ingeniería biológica, que acabaría mostrando su rostro más protervo en la era de los totalitarismos (a todos nos han amedrentado con los experimentos del doctor Mengele) y que en esta era democrática se nos presenta bajo una máscara risueña y progresista, desde las 'terapias de conversión' para el cambio de sexo (que a la postre exigen mutilaciones o injertos de quirófano) hasta el transhumanismo. Por supuesto, esa máscara risueña y progresista (humanitaria, en fin) siempre se nos presenta como un 'mejoramiento' o divinización de lo humano; pero en su alma se esconde el horror de la deshumanización, la regresión al monstruo.
El totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas
Este peligro de la involución humana también lo avizoró Wells en La máquina del tiempo, donde la ciencia acaba a la postre con la civilización, creando una raza de homínidos –los Morlocks– que han 'regresado' a la pura animalidad. Pero sería Aldous Huxley quien nos ofrecería una visión más sobrecogedora y realista de lo 'posthumano'. En Un mundo feliz, los embriones formados en matrices artificiales y diseñados genéticamente por otros humanos se han convertido (como ocurre en nuestras sociedades democráticas con los niños 'producidos' en 'vientres de alquiler') en productos elaborados de forma industrial, diseñados genéticamente para poseer tales o cuales capacidades y condicionados para ocupar un lugar específico en la sociedad, según las necesidades económicas del Estado. La biotecnología, para Huxley, además de conducir a una sociedad deshumanizada, consagra el totalitarismo.
Pero el totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas, donde se ha terminado imponiendo lo que Habermas llamaba «eugenesia liberal», un modelo de 'mejoramiento' basado en la 'libertad de elección' de los individuos, que pueden escoger su sexo o determinar las características genéticas de sus hijos. 'Mejoramientos' que se justifican con coartadas siempre humanitarias: unas veces el anhelo de felicidad, de hallarse 'a gusto' dentro del propio cuerpo (como si el cuerpo fuese una vivienda que sometemos a sucesivas reformas), otras la 'optimización' de capacidades o del aspecto físico (como coartada del puro consumismo caprichoso). Se trata, una vez más, de hacer realidad aquella promesa que la antigua serpiente deslizó a Eva en el Edén: «Seréis como dioses». Una promesa que siempre se incumple para que, a la postre, sólo seamos monstruos melancólicos, como aquel Minotauro pintado por Watts.
San Agustín, iluminado por la Verdad en el óleo de 1650 de Philippe de Champaigne que se conserva en el Los Angeles County Museum of Art.
Silvana Ramos recogió en Catholic Link algunas frases de las Confesiones de San Agustín que pueden ayudarnos en la búsqueda de Dios.
11 frases de las "Confesiones" de San Agustín fundamentales para nuestra vida cristiana
El nombre de mi segundo hijo es Agustín y no porque mi padre o mi abuelo se llamen así. Tampoco porque llamar a los niños así está de moda. Mi hijo se llama Agustín en honor de San Agustín de Hipona. Y quise ponerle ese nombre, al que mi esposo felizmente accedió, para nunca olvidar lo que la vida de este santo le había dado a la mía y a tantos otros. Hoy [28 de agosto] celebramos su día.
Confesiones es el libro a través del cual conocí a san Agustín. Es el que más recomiendo cuando de conversión y lucha se trata. Además de ser un hermoso diálogo entre San Agustín y Dios, esta autobiografía demuestra que los santos también fueron pecadores así como tú y como yo. Entre sus líneas muchos hemos encontrado reflejadas nuestras historias y nuestras caídas. Ha servido y sirve de inspiración y aliento para la conversión de tantos.
Les dejo una reflexión a modo de galería sobre las Confesiones. Que estas palabras nos sigan inspirando hoy como ayer en la búsqueda por la verdad, que no es sino la búsqueda de Dios.
1. Los tiempos de conversión son los tiempos de Dios.
Cuántos de nosotros, habiendo nacido en hogares católicos, hemos conocido a Dios ya siendo adultos. Para volver a Él nunca es tarde, Dios está siempre con nosotros. Éramos nosotros los que no estábamos con Él.
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste y con tu tacto me encendiste en tu paz”.
2. Dios es quien siempre llama, quien siempre busca y quien se encarga personalmente de cada uno de nosotros
Cuántas veces no entendemos lo que nos sucede en la vida. Cuántas caídas, cuántos dolores. Aunque pareciera que estuviésemos solos en medio de la incertidumbre, Dios estaba siempre ahí. Dios habla, consuela y forma cuidadosamente, incluso en medio del dolor.
“Entonces tú, [mi Dios], tratándome con mano suavísima y llena de misericordia, fuiste modelando poco a poco mi corazón”.
3. Pedir a Dios significa también estar dispuestos a escuchar y recibir lo que Él nos da. Dios nunca se equivoca
Cuántas veces hemos elevado los ojos al cielo pidiéndole algo a Dios. Le hemos confiado nuestros deseos, nuestros sueños. Le hemos pedido que aligere nuestra carga. A veces parece que no nos escucha. Pero Él siempre lo hace y otorga lo que sabe es mejor para cada uno.
“[Dios mío], los hombres te consultan sobre lo que quieren oír, pero no siempre quieren oír lo que tú les respondes. Y el buen siervo tuyo es aquel que no se empeña en oírte decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que tú le digas”.
4. Dios conoce lo más profundo de nuestro ser, es Él quién lo ha modelado con sus propias manos
Cuesta creer que verdaderamente somos hijos de Dios, todos y cada uno de nosotros. Incluso los que no creen en Él. Dios conoce cada rincón de nuestro ser, cada pensamiento, cada sueño, cada anhelo, cada caída, cada lucha. Él está ahí porque fueron sus propias manos las que modelaron nuestra existencia.
“[Señor Dios mío], tú eres interior a mi más honda interioridad”.
“[Tú, oh Dios,] estás presente también en aquellos que huyen de ti”.
“¡Oh Señor omnipotente y bueno, que cuidas de cada uno de tus hijos como si fuera el único, y que de todos cuidas como si fueran uno solo!”
“Tú eres, [oh Dios mío], inaccesible y próximo, secretísimo y presentísimo”.
5. Dios nos forma a través de otros. La responsabilidad del amor incondicional
Las que somos mamás sabemos cuánto cuesta criar un hijo. Es necesaria nuestra confianza en Dios para formarlos en la libertad y la verdad. Santa Mónica, madre de San Agustín, nos enseña que todos los dolores y los miedos en la crianza de nuestros hijos, cuando son entregados a Dios, dan fruto. Todos estamos llamados a ser santos y todas las madres están llamadas a criar hijos santos para Dios.
“Ella lloraba por mi muerte espiritual, [Dios mío], con la fe que tú le habías dado, y tú escuchaste su clamor. La oíste cuando ella con sus lágrimas regaba la tierra ante tus ojos; ella oraba por mí en todas partes, y tú oíste su plegaria… Sus preces llegaban a tu presencia, pero tú me dejabas todavía volverme y revolverme en la oscuridad”.
“¿Cómo podía ser que tú desoyeras y rechazaras las lágrimas de la que [Mónica, mi madre] no te pedía oro ni plata ni bien alguno pasajero sino la salud espiritual de su hijo, que era suyo porque tú se lo habías dado?”.
6. Dios es nuestro único consuelo ante la muerte
Perder a alguien a quien amamos profundamente es tan doloroso que incluso se desea la propia muerte. Sin Dios quedamos perdidos, solos. Pero Él entiende este dolor y nos promete un encuentro futuro y sin separaciones en la vida eterna. Esa promesa es la que nos debe llenar de esperanza y restaurar la alegría perdida por la ausencia física de los que ya han partido.
“El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde. ¿Y quién es este sino tú, nuestro Dios, el que hizo el cielo y la tierra y los llena, pues llenándolos los hizo?”.
7. La misericordia de Dios es infinita. Nunca nos cansemos de pedir perdón
Existen días en los que queremos darnos por vencidos. Es una lucha que parece vamos perdiendo una y otra vez, cansados de caer y de pedir perdón siempre por lo mismo. Dios no se cansa de perdonarnos, somos nosotros los que pensamos que no somos más dignos de perdón. Su misericordia es infinita.
“A ti la alabanza y la gloria, ¡oh Dios, fuente de las misericordias! Yo me hacía cada vez más miserable y tú te me hacías más cercano. Tu mano estaba pronta a sacarme del cieno y lavarme, pero yo no lo sabía”.
8. La generosidad en la comunidad cristiana es un verdadero camino de conversión
Sobre todo en este tiempo, qué importante es volver la mirada a nuestros hermanos necesitados de nuestra generosidad y amor. ¡Tanta gente que muere de hambre, mientras que algunos están llenos de riquezas!
“Habíamos pensado contribuir con lo que cada uno tuviera para formar con lo de todos un patrimonio común, de modo que por nuestra sincera amistad no hubiera entre nosotros tuyo y mío, sino que todo fuera de todos y de cada uno”.
9. A Dios solo lo encuentran los humildes, los más pequeños
En un mundo en el que el valor está puesto en la imagen y en lo que se tiene, san Agustín nos recuerda que es a los humildes a los que Dios mira con agrado.
“No te acercas, [oh Dios], sino a los de corazón contrito, ni te dejas encontrar por los soberbios por más que en su curiosidad y pericia sean capaces de contar las estrellas y conocer y medir los caminos de los astros por las regiones siderales”.
10. La muerte no es el final. La verdadera vida está junto a Dios
Deseoso de ser inmortal, el ser humano lucha por evitar la muerte, por prolongar la juventud, y desprecia todo lo que le recuerda que la vida es pasajera, que el cuerpo se deteriora y que tendrá un final. San Agustín nos recuerda que nuestro verdadero hogar es el Cielo.
“Nuestra casa no se derrumba por nuestra ausencia, pues nuestra casa es tu eternidad”.
11. El descanso y el sentido de nuestra existencia solo se verá saciado en Dios
Ese deseo de infinito que tiene el ser humano no es sino una expresión de esa nostalgia de Dios, de ese llamado a ser eterno. Solo lograremos saciar ese anhelo, esa hambre, alimentándonos de Dios.
“[Señor Dios], nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.
Cuando la conciencia, la memoria, el lenguaje o la función bastan para decidir cuándo existe "alguien".
Un ensayo audiovisual que examina si la conciencia, la memoria, el lenguaje o la función bastan para decidir cuándo existe "alguien".
La pieza emplea una narrativa cinematográfica y una producción apoyada en inteligencia artificial para plantear el argumento de forma visual, respetuosa y sin depender de imágenes de impacto.
El rechazo generalizado del divorcio fue la valla que defendió, por siglos, la santidad del matrimonio.
Una mujer abandona el hogar familiar.
En cuestión de décadas, el divorcio se ha vuelto un procedimiento, tan ampliamente aceptado, que pone fin a casi la mitad de los matrimonios. Ya que el divorcio, que fue introducido en la sociedad con la excusa de asegurar la separación física de los esposos —cuando uno de ellos se ve amenazado por la violencia, el abuso o los graves vicios del cónyuge— en la práctica ha servido para que los esposos se divorcien, por cualquier razón o sin razón alguna.
Sin embargo, el divorcio no soluciona los problemas, los aumenta. Pues —al volver temporal, transitoria e inestable una unión que, por su naturaleza es vitalicia— introduce el temor, el recelo y la sospecha en el matrimonio. Esto trae como consecuencia: cónyuges abandonados, reemplazados y humillados; innumerables familias rotas y “recompuestas” a través de los artificiales remiendos llamados nuevas familias; hogares marcados por peleas, tensiones y resentimientos; hijos traumatizados por la separación de sus padres y a menudo divididos entre ellos y, abuelos que cargan con los conflictos de sus hijos y nietos. Amén de su efecto contagioso, que lo convierte —como estamos viendo— en una verdadera plaga para la sociedad.
Chesterton advirtió que no se debía derribar una cerca sin conocer antes lo que protege. El rechazo generalizado del divorcio fue la valla que defendió, por siglos, la santidad del matrimonio, manteniendo a la mayoría de las familias intactas. Mas, actualmente, ante un problema matrimonial, varios se apresuran a aconsejar el divorcio como vía para “ser feliz”. Olvidamos que, la aprobación general del divorcio: debilita la fidelidad y la perseverancia de los matrimonios que atraviesan por una crisis, refuerza la decisión de quienes piensan separarse y, a los divorciados les abre la puerta a “rehacer su vida” en un “nuevo matrimonio”. Además, como señaló Chesterton: “El divorcio es, en el mejor de los casos, un fracaso, y nos interesa mucho más buscar curar su causa que completar sus defectos.”
Desafortunadamente, en nuestra sociedad —que, privilegia la satisfacción inmediata y la autorrealización por encima del compromiso y la fidelidad— el divorcio ya no es considerado un grave mal que debe evitarse, a toda costa, sino una nueva y prometedora etapa de renovación personal. A tal grado se ha enaltecido el divorcio que, actualmente, es tendencia el convertir, por obra de la mercadotecnia, el anillo de compromiso, símbolo de amor eterno y fidelidad; en el anillo de divorcio, símbolo de identidad, autonomía, y autorrealización (1). A esto se suma, el llamado divorcio gris o de plata, como se denomina a la separación de parejas maduras que, para sorpresa de hijos y nietos deciden divorciarse, tras varias décadas de matrimonio.
Desafortunadamente, son pocos los que se atreven a defender las enseñanzas perennes de la iglesia respecto al matrimonio cristiano. Pues, ante la mayoritaria aceptación del divorcio, casi todos los púlpitos guardan un “prudente” silencio. ¿Para qué enemistarse con los “fieles” y remover sus conciencias adormecidas por décadas de silencio y fraternización con el mundo? Asimismo, el divorcio y otros pecados comunes en nuestra sociedad son evadidos y, no pocas veces hasta atenuados en nombre del acompañamiento y de una falsa misericordia. De ahí que, si antes la sociedad veía con horror el divorcio, hoy, aun la gran mayoría de los católicos ve natural y, moralmente aceptable el que los divorciados “rehagan” su vida con una nueva pareja.
No obstante, la iglesia enseña que el divorcio es una grave ofensa contra la ley natural, pues rompe, libremente, la alianza de por vida consentida por los esposos vulnerando el signo de la unión de Cristo con su Iglesia. Pues, el matrimonio no es un contrato revocable sino un sacramento que se disuelve solo con la muerte: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). Además, contraer una nueva unión por la ley civil, agrava la ruptura pues el cónyuge vuelto a casar se encuentra en una situación de adulterio público y permanente: “Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra ella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro hombre, comete adulterio” (Mc 10, 12).
El divorcio no es un triunfo de la libertad, sino una derrota de nuestra capacidad de amar y una muestra de que nuestros corazones se han endurecido. Es cierto que, no pocas veces, los matrimonios enfrentan tan grandes dificultades que hacen parecer al matrimonio cristiano un bello, pero difícil ideal que pocos alcanzan. Mas, no podemos olvidar que Cristo nos aseguró: “Las cosas imposibles para hombres, posibles para Dios son.” (Lc 18,27) Por ello, no debemos dudar de la gracia del sacramento del matrimonio el cual, asiste siempre a los esposos que viven en gracia y desean ser fieles a Dios y a sus promesas matrimoniales. Ya que solo con la gracia de Dios, los esposos pueden practicar la caridad, el amor sobrenatural que “…no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Cor 13,5-7).
La institución del matrimonio está en crisis debido, en gran parte, a que los católicos hemos dejado de ser luz del mundo y sal de la tierra pues cohabitamos y nos divorciamos, prácticamente, en igual porcentaje que los no católicos. Hemos olvidado que, como señaló Fulton Sheen: “Una civilización regida por el divorcio está ya juzgada, y condenada a desintegrarse. Podrán pasar algunas décadas antes de que los quebrantos en la familia se vuelvan terremotos en el orden político, pero nada impide que digamos que la civilización está muerta, aunque todavía no esté erigido el sepulcro. «Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto» (Ap 3, 1)”.
Ante la enorme presión, de un mundo que rechaza las perennes enseñanzas de la iglesia, sobre la institución del matrimonio, debemos recordar que la indisolubilidad del matrimonio no es un asunto baladí. Por el contrario, es de tan gran importancia que muchos hombres —San Juan Bautista, San Vistano, San John Fisher, Santo Tomás Moro, beatos: Ricardo Bere, Eduardo Powell, Tomás Abel y Margarita Pole, los frailes franciscanos conocidos como Mártires de Georgia, San David Galván, beato Otón Neururer, beata Laura Vicuña, etc.— han ofrecido su vida por defender la santidad del matrimonio. La verdad del matrimonio que Jesús reveló a sus apóstoles y que nosotros, como parte de la Iglesia, tenemos el honor y el deber de transmitir, de mantener y de defender. (1)
Es uno de los casos más célebres en la historia de Francia, llegando a implicar al rey, a un Papa santo y a obispos.
'True horror' (2004) fue una serie británica que presentaba Anthony Head. Uno de sus capítulos fue sobre demonios y entre los casos históricos escenificaron el caso de Nicole Aubry (en la imagen).
El exorcismo que liberó a la joven Nicole Aubry [u Obry] en 1566 es uno de los más documentados de la época. La importancia y cualificación de los testigos, las pruebas que atestiguan la posesión diabólica y la eficacia contra ella del sacramental resultan creíbles.
Por qué la polémica
Por eso, quienes las niegan vinculan los hechos a su contexto. A saber, el enfrentamiento en Francia entre católicos y hugonotes (calvinistas) bajo el reinado de Carlos IX (1560-1574). La actitud del monarca evolucionó: primero facilitó la labor a dicho grupo protestante y luego se la recortó.
Se alega que el 'caso Aubry' habría servido como instrumento religioso para dicho cambio político. Lo fue, pero es algo teológicamente irrelevante porque lo relevante a nivel doctrinal es la autenticidad o no de los hechos, fuese cual fuese su utilización interesada.
Recordémoslos. Fue un acontecimiento social en el norte de Francia.
Nicole vs Belcebú, católicos vs hugonotes
Nicole Aubry era una recién casada joven en torno a 16 años. El 3 de noviembre de 1565 acudió a la iglesia de Vervins (Picardía) a rezar ante la tumba de su abuelo paterno. De repente vio venir hacia ella a quien se presentó como el espíritu de tal difunto y se introdujo en su cuerpo. Esa posesión enfermó a Nicole y le encargó que transmitiese a su marido y padres -y lo hizo con voz masculina- la orden de encargar misas y llevar a término buenas obras y peregrinaciones.
Su familia sospechaba de la autenticidad e incluso legitimidad de aquel proceso. Y por lo ilógico de alguna propuesta (peregrinar a la lejanísima Santiago de Compostela) acudió el 20 de noviembre a Claude Lautrichet, uno de los sacerdotes del pueblo, a quien luego se unió un dominico, Pierre de la Motte.
Ambos sospecharon de que estaban ante una actuación diabólica, corroborada por las actitudes violentas de Nicole y la deformación de su rostro cuando recibía agua bendita.
Los primeros exorcismos se hicieron en el templo parroquial ante testigos y lograron vencer algunos de los sufrimientos de la víctima, que incluían ceguera, sordera y mudez. Pero no lograron la expulsión de Belcebú, a quien habían logrado hacer hablar y se proclamaba cabeza de treinta demonios que la poseían.
Alertado por el párroco y el religioso, llegó a Vervins, el 4 de enero de 1566, Jean de Bours, obispo de Laon (diócesis hoy ya inexistente como tal). Quiso conocer el caso y orar por la víctima.
El padre Motte logró el 23 de enero con sus exorcismos la expulsión de veintiséis diablos, quedando cuatro. Luego lo consiguió con otro, Legio. Y el obispo Bours logró el 27 de enero la salida de Astarot.
Todo lo cual sucedía en un contexto de enfrentamiento con los hugonotes, tan virulento que intentaron matar al dominico. Le aborrecían porque ellos luchaban de forma no sacramental por salvar a la joven Nicole. Incluso lograron que las autoridades la encarcelaran para supervisar ellos los remedios médicos.
El conflicto entre los exorcismos católicos y las actuaciones de hugonotes fue controlado por un notario real, Guillaume Gorret, quien hablaba con todos y con la posesa. El 2 de febrero pudo atestiguar la salida del penúltimo diablo, Cerberus.
Y el 8 de febrero la de quien encabezó el asalto, Belcebú. Se fue cuando Nicole recibió la Sagrada Forma de manos del obispo Bours tras el decimoquinto exorcismo guiado por él.
Esto se denominó "milagro de Laon", que sucedió en la catedral de Laon y lo certificó su deán, Christophe de Héricourt, quien escribió su versión por orden del rey Carlos IX.
El monarca había intervenido por una circunstancia. El estado físico de Nicole había ido mejorando en las siguientes semanas bajo una vigilancia decretada por la autoridad civil, que concedía derecho de supervisión tanto a la Iglesia como a los hugonotes. Éstos pretendían que la joven rechazase la fe católica, y como se negó lograron de nuevo su encarcelamiento. Carlos IX la rescató y la recibiría personalmente el 30 de agosto.
¿Cuál fue la actitud de la Iglesia tras la resolución del caso? En meses y años posteriores, incluso obispos católicos como el de Amiens, Geoffroy de Martonie, quisieron ser prudentes ante algunos milagros que se le querían atribuir a Nicole. Pero ninguno negó el hecho de su exorcismo.
¿Quién tenía razón?
¿Y cuáles son los hechos que pueden darse por probados respecto al caso de Nicole Aubry, se interpreten como se interpreten?
Algunos de los relevantes fueron certificados por un sacerdote Jean Boulaese contemporáneo de lo sucedido, entonces profesor de hebreo en el célebre colegio parisiense de Montaigu y quien relató en un libro lo que numerosos testigos podían corroborar:
que Nicole tenía que ser sujetada, con dificultad, por tres hombres fuertes adultos;
que "su cuello y cabeza giraron completamente";
que "sus ojos se pusieron en blanco y comenzaron a girar de manera horrible";
que la lengua hinchada de la joven llegaba a caer "hasta su barbilla y, en ocasiones, incluso más allá".
Boulaese publicó numerosos escritos sobre lo acontecido, y los reunió junto a testimonios relevantes en 1578.
De hecho, un grabado de aquellos años resume lo acontecido, contemplado -se calcula- por doscientas personas, y que en la inscripción central cita a Boulaese como fuente.
A continuación puede verse el grabado completo, y debajo un recorte que muestra los hechos que él mismo relata por escrito.
El grabado completo que relata los exorcismos a Nicole Aubry. En la inscripción central aparece el nombre de Ioannes [Jean] Boulaese.MeisterDrucke
Recorte del grabado anterior, que muestra escenas de los exorcismos sobre la joven posesa. Junto a la letra D vemos la escena de la lengua que el propio Boulaese relata.MeisterDrucke
En realidad, el evidente interés político en estos hechos (interpretados por católicos o hugonotes como prueba de la verdad o falsedad de estos ritos contra el demonio -en el que ambos creían-) no convierte en mentirosos a todos.
Una de las circunstancias más llamativas es que, como en el caso que hemos citado del obispo Martonie, la Iglesia quiso frenar toda campaña de creencia masiva e indiscriminada que atribuyese al demonio de toda clase de acontecimientos. Esto refuerza las razones por las que sí apoyó la autenticidad del exorcismo sobre Nicole.
Datos corroborantes
En ese sentido es muy instructiva la lectura de la obra Triunfo del Santísimo Sacramento o la historia de Nicole Obry, del redentorista Michael Müller (1825-1899).
Este religioso estadounidense es tres siglos posterior a un suceso europeo. Pero llevó a cabo una investigación directa sobre los documentos fundamentales. Entre ellos incluye el testimonio de Florimond de Raemond (1540-1601), un relevante historiador y protestante que se convirtió al catolicismo tras presenciar los últimos exorcismos y su efecto sobre la posesa.
Florimond de Remond o Raemond (1540-1601), un científico hugonote que se convirtió ante el exorcismo de Nicole.
Además, el padre Müller recuerda que Papas de la época de aquel exorcismo como San Pío V (1566-1572) y Gregorio XIII (1572-1585) ordenaron la publicación de los hechos en distintos idiomas.
Hay otro aspecto muy interesante en la obra de Müller, y es que recoge algunos hechos corroborantes de la participación diabólica. Por ejemplo:
El marido y unos tíos de Nicole fingieron una salida hacia Santiago de Compostela para engañarla, a ver qué pasaba. Organizaron la partida y se vistieron de forma coherente y la despidieron. Ella pareció creerles, pero, una hora después, se dirigió a sus padres diciéndoles: "Papá, mamá, ¿no tenéis piedad de mí? Mi abuelo dice que me torturará y retorcerá mis miembros porque la peregrinación no se ha hecho". Y desveló dónde estaban realmente los supuestos peregrinos y haciendo qué... y acertó, algo que ella no podía ver pero sí el demonio.
El párroco Lautrichet, el primer exorcista, no quería serlo y solo aceptó el papel tras consultarlo con todos los sacerdotes del pueblo. Esto no lo convierte en manipulador por mala intención.
Cuando el dominico segundo exorcista, Motte, apareció ante la joven, hicieron falta no tres como en otras ocasiones, sino hasta seis personas sujetándola. Y cuando el religioso le preguntó a Belcebú si la poseía, el demonio quiso negarlo, alegando con tono engañoso que solo estaba cerca de Nicole, no dentro de ella..
Otro hecho relevante es que un sacerdote que auxiliaba a Motte, pero no tenía la función oficial de exorcista (algo que Nicole ignoraba), quiso sustituirle un día que el dominico no estaba. Y el demonio fue quien manejó la situación ante la falta de poder de su rival, hasta el punto de que, a través de Nicole, se dirigió al sacerdote para reírse de él orquestando un ritual como si él (Belcebú) fuese el exorcista y el cura fuese el poseído.
Uno de los diálogos entre el obispo Bours y Nicole poseída es muy interesante (y universal, más allá de este caso) sobre el concepto de verdad para el demonio. "Veo que eres un mentiroso", le acusó el prelado. "Sí, soy un mentiroso, pero a veces digo la verdad", respondió Belcebú. "¿Y cuándo dices la verdad?", interrogó Bours. Y atención a su respuesta: "Cuando soy ordenado y forzado a hacerlo, como lo soy hoy. Cuando digo la verdad, la tomo prestada de otros".
La selección de estos u otros detalles recogidos por Müller podría continuar sin límite, porque son abundantes. Lo que nos transmiten es que en el exorcismo de Nicole Aubry, tal como ha sido transmitido por la Iglesia, no parecen existir elementos que lo hagan poco creíble. La joven no podía fingir de forma tan correcta.
La conclusión
Todo lo cual se corresponde bien:
con las verdades de fe sobre el demonio y su forma de actuar y
con las experiencias abundantes recogidas antes y después de este caso...
el cual es, eso sí, uno de los más documentados y detallados en el primer siglo de la imprenta.
Que había un interés político en difundirlo es cierto. Pero también es cierto:
que los testigos de los hechos eran célebres y acreditados,
que el impacto social católico no fue fanatizado
y que Nicole sufrió un padecimiento similar a los que en siglos posteriores se han conocido y difundido sin posibilidad de engaño.
Hay quienes creen que los exorcismos son "un puro invento medieval", pero... "están equivocados". Así respondió hace pocos años el arzobispo Erio Castellucci antes de añadir lo que podrían haber añadido todos los numerosos sacerdotes que rodearon a Nicole Aubry:
"Basta ver algunos exorcismos para entender que el mal es una entidad precisa, una realidad".