viernes, 4 de septiembre de 2026

No creía en Dios, pero quiso saber si Dios existe al casarse con el hombre de su vida... ¡y lo supo!

Ségolène no vivía un ateísmo hostil, pero sí sincero al que quería poner remedio si recibía buenas razones.

Ségolène no creía en Dios, pero sí quería saber si existía o no y estaba dispuesta a aceptar iniciativas para saberlo.

Ségolène no creía en Dios, pero sí quería saber si existía o no y estaba dispuesta a aceptar iniciativas para saberlo.


    Había sido bautizada, pero ahí debió quedar todo porque Ségolène reconoce que, desde su infancia y hasta alcanzada una joven edad profesional, "no creía en Dios".

    Una inquietud persistente

    Eso sí, reconoce que "quería saber si Dios existe" por una razón: "Es algo que está en mi interior. Deseaba saber qué pasa después de la muerte si Dios existe".

    Y al cabo del tiempo apareció una razón menos metafísica para resolver esa duda: "Encontré al hombre de mi vida y tenía que comprometerme". La experiencia era que en su "entorno más próximo" se estaban "separando numerosas parejas": "Así que me asusté... Me dije que el matrimonio era un compromiso tan enorme que necesitaba prepararme para contraerlo".

    ¿Cómo? Buscó por internet preparaciones al matrimonio y reparó en una que proponía la Iglesia

    La boda

    Su novio y ella la siguieron y la consideró "hiperinteresante y muy completa". Ambos apreciaban cuanto habían aprendido sobre "antropología humana" y "cuestiones de filosofía".

    Pero surgió un problema:

    • "Al final se nos dijo que si queríamos casarnos por la Iglesia debíamos transmitir la fe a nuestros hijos. Y yo no tenía fe".

    Ambos decidieron "buscar a Dios" y tal mentalidad -y que ambos eran católicos bautizados y habían recibido la formación precisa- les permitió casarse por la Iglesia, como contó Ségolène a Découvrir Dieu [Descubrir a Dios].

    El monasterio

    Al cabo de un tiempo se trasladaron a vivir a Lyon (Francia) y se unieron a un pequeño grupo que reflexionaba sobre Dios y sobre las implicaciones en la vida diaria -por ejemplo, el trabajo- de creer en Él y ser cristiano: 

    • "Y el sacerdote que animaba este grupo tuvo la buena idea de que pasásemos un fin de semana en un monasterio. Nos pareció bien porque no podía perjudicarnos esa perspectiva".

    Hubo las dificultades de alguna acompañante que se decía cristiana pero era "detestable". Esto le sentó muy mal a Ségolène en una circunstancia con objetivo trascendental: "Si ser cristiana era eso, no me gustaba en absoluto". Y no era un buen arranque para un fin de semana tan previsto como decisivo para su fe.

    Pero en el monasterio ella comprendió que la respuesta estaba en los monjes, así que asistió a sus oficios y a su canto: "Quedé auténticamente tocada por el canto de los monjes en aquel ambiente de paz".

    ¿Algo ficticio?

    ¡'Tocada' de verdad!...

    • "Auténticamente de forma repentina fui envuelta por un amor embriagador, como si alguien me abrazase muy fuerte. Y me sentí amada con gran intensidad de pies a cabeza. No hay palabras para expresar lo que viví. Aquello me sorprendió muy notablemente".

    Ségolène es una persona de actitud racional y poco inclinada a lo puramente emotivo, así que antes de sacar conclusiones consideró la posibilidad de que lo vivido "quizá podía haber sido un sueño, una experiencia inducida por el entorno".

    Pero... "lo vivido" regresó varias veces: "Y al llegar la sexta ocasión, comprendí". Y la comprensión se tradujo en dirigirse a Dios:

    • "De acuerdo, Dios, tú existes. ¡Y además nos amas! Eres un Dios de amor, un Dios que ama".

    ¡La prueba!

    Lo sucedido en aquel fin de semana en dicho monasterio la había hecho creyente, le había dado la fe de la que antes no presumía. Una auténtica sacudida que llevaba buscando desde antes de casarse: "A partir de aquella experiencia, mi vida cambió. Empecé a rezar".

    Sorprendentemente, su primera oración puede parecernos en exceso desafiante. Así la describe:

    • "Escucha, Señor, puesto que existes. Tengo una amiga que no consigue tener hijos. ¡Si se queda embarazada, te prometo recibir el sacramento de la Confirmación!"

    Un mes después, esa amiga acudió a verla y le dijo que estaba embarazada desde hacía mes y medio: "¡Y hacía mes y medio desde que yo había estado en aquel monasterio!", confiesa con el mismo asombro con el que recibió entonces tal noticia.

    Ségolène cumplió su promesa y recibió el sacramento de la Confirmación. Y, añade, recibió además "muchos regalos del Señor".

    La fe de hoy

    "Mi vida ha cambiado completamente", concluye: "Sé que Dios existe. He respondido a la pregunta '¿Existe Dios?' que me planteaba desde pequeña. Hoy tengo la certeza de que Dios existe y además de que Él me ama y me cuida cada día".

    Añade que a aquella inquietud infantil sobre la existencia de Dios se había sumado, en sus etapas adolescente y juvenil, la inquietud por "la vida posterior a la muerte": "Hoy sé que hay una vida eterna llena de amor. Confío en Dios y se lo entrego todo, y eso me aporta una fuerza inmensa para avanzar y para superar las pruebas del camino".

    ReL

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    ¿Penúltimos o últimos deseos para alcanzar la plenitud?


    hombre feliz

    Quizá la clave para descubrir qué es lo que verdaderamente nos sacia esté en aprender a distinguir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos deseos<br>

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    Parece una cuestión pequeña, casi de matiz. Sin embargo, puede cambiarlo todo. El cardenal Carlo Caffarra insistía mucho en esta idea en sus charlas, escritos y homilías, especialmente cuando hablaba a los jóvenes. Les proponía una pregunta sencilla: eso que deseas, ¿son deseos penúltimos o últimos?

    ¿Todos los deseos que tenemos apuntan al mismo sitio?

    fiesta-deseos-plenitud

    Entre los penúltimos deseos puede estar querer salir de fiesta, ir a una discoteca, divertirse, evadirse, sentir el subidón de una noche, comprar algo que nos apetece o acumular experiencias que nos hagan sentir vivos durante unas horas. No son necesariamente cosas malas. El problema aparece cuando confundimos esos deseos con los últimos, cuando les pedimos que hagan un trabajo para el que no han sido diseñados.

    Un penúltimo deseo nos proporciona placer. Un último deseo nos proporciona felicidad. La diferencia se entiende enseguida cuando nos hacemos una pregunta muy sencilla: ¿querrías que esto durase para siempre?

    A nadie le gustaría pasar toda la vida en una discoteca. Ni siquiera a quien disfruta muchísimo bailando. Nadie querría que una noche de fiesta se prolongase durante años. El placer necesita terminar para poder volver a ser buscado.

    Pero sí queremos que dure para siempre aquello que de verdad amamos. Queremos encontrar una persona a la que amar y por la que ser amados. Queremos una familia. Queremos pertenecer a algún lugar. Queremos que nuestra vida tenga un sentido que no se esfume cuando se apagan las luces. 

    Principio y fundamento: una ruta para vida con sentido

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    Lea el artículo

    Una sociedad guiada por el sentir

    Ahí está la diferencia. Y quizá aquí empieza uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos convertido los penúltimos deseos en últimos.

    Una sociedad entera se empeña en convencernos de que lo importante es sentir. Sentir más, sentir antes, sentirlo todo. Una noche más intensa. Un viaje más espectacular. Una compra que nos haga ilusión. Una relación que nos haga vibrar. Un cuerpo que nos haga sentir deseables. Un móvil que nos haga sentir que no nos estamos quedando atrás.

    Los fuegos artificiales brillan muchísimo, pero duran muy poco. Y mientras perseguimos el siguiente destello, dejamos de preguntarnos qué estamos buscando de verdad.

    Caffarra utilizaba una expresión especialmente gráfica: estamos decapitando nuestros verdaderos deseos para alimentar los penúltimos. Y quizá eso explique buena parte de la insatisfacción que vemos alrededor.

    Porque el corazón humano no se conforma con el placer

    triste

    Podemos darle entretenimiento, consumo, sexo, viajes, fiesta, pantallas y experiencias. Podemos llenar cada minuto del día para que no tenga ocasión de preguntarse nada. Podemos incluso conseguir que nuestros hijos aprendan muy pronto a identificar lo que quieren comprar, pero no necesariamente a preguntarse qué quieren ser. Y, aun así, seguirá faltando algo.

    Porque los penúltimos deseos tienen una trampa: prometen mucho y duran poco. Nos dan placer y después nos dejan otra vez con hambre.

    Alcanzar la verdadera plenitud

    Tal vez por eso necesitamos recuperar una pregunta esencial que resulta tremendamente actual: ¿esto que estoy persiguiendo me hará feliz o simplemente me hará disfrutar un rato?

    No se trata de renunciar a la fiesta, al descanso, a las cosas bonitas o a los pequeños placeres de la vida. Se trata de poner cada cosa en su sitio. De no pedirle a una noche de fiesta lo que solo puede darte una vida compartida. De no pedirle a una compra lo que solo puede darte un sentido. De no pedirle al placer lo que solo puede darte el amor.

    Quizá discernir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos deseos sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.

    Porque cuando confundimos los dos, podemos pasarnos la vida consiguiendo exactamente aquello que creíamos querer y descubriendo, una y otra vez, que no era eso lo que necesitabamos.

    Mar Dorrio, Aleteia

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    miércoles, 2 de septiembre de 2026

    Atravesó el fuego para salvar a un bebé: Pakistán honra a una enfermera cristiana y llora 14 vidas

    Una grabación del hospital muestra a la enfermera rescatando al bebé.

    Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos.

    Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos.


      La tragedia ocurrida en el Pakistan Institute of Medical Sciences (PIMS), donde un incendio en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales acabó con la vida de 14 recién nacidos, ha dejado una huella imborrable en la comunidad cristiana y en todo el país

      En medio del dolor, un gesto de valentía se ha convertido en símbolo de esperanza: el de Razia Noreen, enfermera cristiana que logró rescatar a uno de los bebés enfrentándose a las llamas.

      Premiada por las autoridades

      Las cámaras de seguridad mostraron cómo Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos. Intentó regresar para salvar a los demás, pero el fuego se propagó en cuestión de segundos. 

      "Quiero a los niños y cuidar de ellos es mi pasión", declaró, visiblemente afectada. Su testimonio ha conmovido al país y ha sido reconocido por las autoridades.

      El primer ministro Shehbaz Sharif aprobó para ella la concesión del Sitara-i-Khidmat (Estrella del Servicio), una de las condecoraciones civiles más importantes de Pakistán, junto con un premio económico de 10 millones de rupias. "Su sentido del deber y el valor demostrado al poner en riesgo su vida son ejemplo para todos", afirmó el mandatario.

      La archidiócesis de Islamabad-Rawalpindi, encabezada por monseñor Joseph Arshad, ha acompañado a las familias con vigilias y celebraciones en memoria de los niños fallecidos

      "Las trágicas muertes de estos inocentes han entristecido profundamente a todos", expresó el arzobispo, quien recordó también la oración del Papa León XIV por las víctimas y sus familias. 

      El incendio, originado en un sistema de aire acondicionado, se propagó rápidamente por la presencia de oxígeno en las incubadoras. La investigación gubernamental reveló graves deficiencias en los sistemas de alarma y evacuación. 

      Ocho funcionarios han sido suspendidos y se han abierto procedimientos penales contra los responsables. El Gobierno anunció además una ayuda de 5 millones de rupias para cada familia afectada.

      "Ninguna indemnización puede colmar la pérdida de un hijo recién nacido", señaló el portavoz de la Conferencia Episcopal, Qaisar Feroz, OFM Cap. Sin embargo, el gesto de Razia Noreen se ha convertido en símbolo de esperanza en medio del dolor

      ReL

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      Acompañó durante años a su esposa a Misa sin ser católico: a los 98 años ha dado el gran paso

      Nunca fue bautizado, pero iba a Misa, rezaba el Rosario y creía en la Eucaristía. A los 98 años decidió culminar su largo camino hacia la fe católica.

      Raymond Martin recibió el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación a los 98 años

      Raymond Martin recibió el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación a los 98 años5


        Raymond Martin ha necesitado casi un siglo de vida para dar un paso que, en realidad, llevaba muchos años preparando. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, a los 98 años ha recibido el bautismo, la confirmación y la primera comunión después de un largo acercamiento a la fe católica marcado especialmente por el testimonio de su esposa, Ann Marie.

        Martin sirvió en Japón y Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial. Décadas después, sería precisamente su pasado militar el que facilitaría su encuentro con el diácono Jacinto Treviño, capellán del hospicio en el que falleció su mujer.

        Pero la historia de su conversión había comenzado mucho antes.

        Años de Misa y Rosario junto a su esposa

        Ann Marie era católica y Raymond compartió durante años buena parte de su vida de fe. La acompañaba a Misa y rezaba con ella el Rosario, aunque él nunca había sido bautizado ni había recibido los sacramentos de iniciación cristiana.

        Tras la muerte de su esposa, Treviño y Martin establecieron una estrecha relación. Ambos habían servido en las Fuerzas Armadas y aquella experiencia común abrió la puerta a conversaciones cada vez más personales.

        «Ray es una persona increíble», explicó el diácono a EWTN News. «Nos llevamos bien desde el principio. Hablamos mucho sobre el trabajo y compartimos risas».

        Hasta que un día la conversación dio un giro inesperado.

        Martin confesó al diácono que nunca había sido bautizado ni había recibido ningún sacramento, pero que quería hacerse católico.

        «Iniciamos conversaciones más profundas sobre la fe», recuerda Treviño.

        El diácono comprobó entonces que aquel deseo no era fruto de un impulso repentino. Raymond había desarrollado durante años profundas convicciones cristianas.

        «Expresó una verdadera fe en Cristo y en la enseñanza de la Iglesia Católica. Cree en la Eucaristía y en la importancia del bautismo y la confirmación», explicó Treviño.

        Había incluso una práctica especialmente significativa: aunque no era católico, Raymond acostumbraba a rezar el acto de contrición.

        «Quería ser católico»

        En diciembre de 2025 manifestó expresamente a Treviño que quería recibir el bautismo. Su avanzada edad y su delicada salud hicieron que aquella petición adquiriese todavía mayor importancia.

        El padre Edson Elizarraras, párroco de San Cristóbal, en Marana (Arizona), conoció entonces la historia de Martin.

        El veterano había sobrevivido a un ictus, varias caídas y otros graves problemas de salud. En mayo sufrió un nuevo derrame cerebral que volvió a situarlo cerca de la muerte.

        Pero sobrevivió.

        «Sorprendentemente, Ray salió adelante. Fue después de este derrame cuando expresó claramente su deseo de recibir los sacramentos de iniciación», explicó el sacerdote.

        Finalmente, el 16 de julio llegó el día esperado.

        La ceremonia se celebró en la residencia en la que vive Martin, acompañado por familiares, trabajadores del centro y otros residentes. A sus 98 años recibió el bautismo, la confirmación y por primera vez la Eucaristía.

        El padre Elizarraras recuerda especialmente un pequeño gesto ocurrido al comenzar la celebración.

        Raymond pidió ayuda para acercarse al sencillo altar que habían preparado para la ocasión.

        Tenía un motivo.

        «Quería oír con claridad y ver a Dios actuando».

        Después de haber atravesado una guerra mundial, casi un siglo de historia, la pérdida de su esposa y varios episodios en los que estuvo cerca de morir, Raymond Martin culminaba así un camino de fe que había comenzado silenciosamente muchos años atrás, acompañando a Ann Marie a Misa y rezando junto a ella el Rosario.

        ReL

        Vea también     Conversión al catolicismo practicante - Testimonios




        Defender la fe verdadera

        No parecen ser pocos los que han cedido ante la prédica de un cristianismo "light".

        Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales.

        Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales.

        Tras la celebración del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica entró en una profunda crisis doctrinal y espiritual. Durante los pontificados de San Juan Pablo II y Benedicto XVI, las aguas empezaron a volver a su cauce. Pero bajo el papado de Francisco, rebrotaron ciertos errores condenados por sus predecesores, y se sumó alguno nuevo. 

        ¿Cuáles son los signos más preocupantes de la crisis actual? El afán por adaptar la Iglesia al mundo, desviando la atención de lo espiritual, hacia lo material: de Dios, hacia el hombre. ¿Por qué es tan grave esta "mundanización" de la Iglesia? Chesterton lo explica cuando dice que "la Iglesia Católica es la única cosa que salva al hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su época". Si la Iglesia se vuelve hija de su época, el hombre pierde la tabla de salvación que le permite elevarse por encima de la materia. 

        El sentido sobrenatural, parece estarse perdiendo sin mayor oposición de algunos de los que tienen la responsabilidad de custodiar el Magisterio. Abundan los renovadores de herejías que promueven cambios doctrinales con el objetivo de adaptar la Iglesia al mundo, en lugar de iluminar el mundo con la doctrina de Cristo. Se han colado, primero por una rendija, y luego por las puertas y ventanas que se han abierto desde dentro, toda clase de errores y horrores doctrinales "neomodernistas". La sustitución de la ley natural como fundamento de los institutos pontificias creados para defender la vida, el matrimonio y la familia, por una "moral de situación", es un claro ejemplo de ello. 

        Esta crisis se ha visto agravada por la cobardía, la ambigüedad y el silencio cómplice ante tantos y tan graves atropellos, de algunos obispos y cardenales. Salvo notables excepciones como las del Cardenal Robert Sarah, el Cardenal Raymond Burke, el Cardenal Gerhard Müller y algunos otros, no parecen ser pocos los que han cedido ante la prédica de un cristianismo "light" en lo doctrinal, en lo espiritual, en lo moral y en lo litúrgico. 

        Los efectos de esta crisis están a la vista en la liturgia y en los sacramentos. La desacralización del culto, a veces rayana en la irreverencia, suele ser consecuencia de la poca o nula de fe de algunos clérigos en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía. No es raro que algunos presenten el Santo Sacrificio del Altar como una mera cena o asamblea. En las redes es fácil constatar que los sacrilegios, están a la orden del día. 

        Los más afectados por esta crisis, son los niños y los jóvenes. A los niños, se niega o se les retrasa el bautismo, y cuando se les prepara para la primera comunión, no es infrecuente que sus catecismos contengan serios errores u omisiones. A los jóvenes se les invita a participar en iniciativas sociales –que a veces pueden ser muy buenas-, pero apenas se les habla de Dios: en muchos casos se les presenta la fe como una cuestión sentimental, y la moral se rebaja… "¡para no espantarlos!". 

        ¿Qué ocurre con aquellos católicos –sacerdotes, religiosos y laicos- que procuran permanecer fieles al Magisterio, a la ortodoxia católica? A menudo, son tachados de "extremistas", "fundamentalistas" o "integristas" dentro de la propia Iglesia. Algunos, han sufrido el desprecio y la cancelación por parte de una jerarquía que tiende a alabar o con suerte a cerrar los ojos ante las acciones de los apóstatas y herejes que escandalizan a las almas sencillas. A veces la libertad, parece existir sólo para quienes se apartan del Magisterio, pero no para quienes quieren permanecer fieles a él. 

        ¿Qué hacer ante tanta confusión, ambigüedad, errores doctrinales, herejías y sacrilegios? Ante todo, agradecer al Señor que confió nosotros para dar la batalla por la verdad, con caridad, claridad, parresía y buen humor. En segundo lugar, pedirle que nos ayude transmitir la inmensa alegría de sabernos hijos de Dios, elegidos por él para librar las batallitas diarias de esta guerra que Él ya ganó. La alegría, fundada en la fe, es algo que los enemigos de la Iglesia jamás nos podrán quitar. El Señor nos ordenó ser sal y luz para el mundo. Ello implica nadar contracorriente, rezar mucho, formarnos mejor, y disponernos a defender heroica y virilmente la sana doctrina del Magisterio de siempre. Porque solo si procuramos vivir según las auténticas enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, podremos ayudar a salvar las almas de quienes nos rodean… y la nuestra propia. 

         Álvaro Fernández Texeira Nunes, ReL

        Vea también      Relativismo: Mi verdad, tu verdad. No existe La Verdad




        martes, 1 de septiembre de 2026

        El Cristo de 500 años que sobrevivió a guerras, terremotos... y llegó a sudar sangre y agua

        Se trata del Señor de Santa Teresa, el Cristo más antiguo elaborado en México, cuya creación se sitúa entre 1545 y 1550.

        Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara.

        Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara.


          En el silencio del Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, en Tlacopac (Ciudad de México), una de las imágenes más antiguas y veneradas del país ha recuperado su esplendor. Desde la Fe cuenta su historia. 

          Se trata del Señor de Santa Teresa, considerado el Cristo más antiguo elaborado en México, cuya creación se sitúa entre 1545 y 1550. Tras dos meses de intervención especializada, la restauradora Claudia Alejandra Garza Villegas ha devuelto a la escultura su dignidad original, respetando su historia material y su profundo valor devocional.

          Un método adaptado

          Según explica Garza, "la creación de esta imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550 y, a partir de ella, comenzaron a elaborarse muchos otros Cristos con esta misma técnica".

          El Señor de Santa Teresa es el primer Cristo realizado en México con la técnica de caña de maíz, un método indígena adaptado por los evangelizadores en los primeros años de la colonización. La técnica combina pasta de caña triturada, papel amate y policromía, dando como resultado una imagen ligera y hueca, ideal para las procesiones del México virreinal.

          La imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550.

          La imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550.Eduardo Galicia / Desde la Fe

          Hoy se conservan más de 300 Cristos de caña, algunos enviados incluso a Europa durante el periodo virreinal.

          La historia de esta imagen está marcada por un episodio extraordinario ocurrido en Ixmiquilpan (Hidalgo) en 1621. Las Carmelitas relatan que el Cristo estaba deteriorado, ennegrecido y sin rostro. El párroco incluso consultó al arzobispo sobre si debía ser enterrado.

          Pero el 19 de mayo de ese año, mientras el sacerdote oraba, las campanas comenzaron a sonar solas. Un vecino, al pasar bajo la imagen, sintió gotas caer sobre él. Al mirar hacia arriba, descubrió que el Cristo estaba renovado y cubierto de humedad, como si sudara. Al día siguiente, la imagen continuó exudando agua y, en un momento, "se le abrió el costado derecho, del cual brotó sangre y agua".

          Este hecho quedó recogido en La milagrosa renovación del Cristo de Santa Teresa, del Dr. Alfonso Alberto de Velasco.

          Tras el milagro, el arzobispo ordenó trasladar la imagen a la Ciudad de México. El pueblo se resistió con palos y herramientas para impedir su salida. Cuando finalmente se intentó mover el cofre, este se volvió tan pesado que nadie podía levantarlo. Solo después de prometer que el Cristo sería tratado con dignidad, el cofre recuperó su peso normal.

          En 1626, el arzobispo Juan Pérez de la Serna entregó la imagen al recién fundado Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas, donde ha permanecido 400 años bajo su custodia.

          La imagen ha sobrevivido a múltiples acontecimientos, incluido el gran terremoto de 1845 que desplomó la cúpula del Templo de Santa Teresa la Antigua sobre ella. Por ser hueca, la escultura quedó aplastada, pero fue restaurada por artistas de la Academia de San Carlos, quienes estudiaron la técnica ya casi olvidada.

          Para las religiosas, el Señor de Santa Teresa es más que una obra de arte: "Para nosotras significa todo", afirma la hermana Pilar de la Cruz.

          Relatan incluso que, cuando intentaron trasladarlo a una nueva capilla, varios albañiles no pudieron moverlo. Solo dos hermanas lograron levantarlo después de decirle que volvería a su lugar original: "Él se hace pesado cuando no quiere que lo lleven a otra parte".

          La intervención incluyó: eliminación de materiales añadidos en restauraciones previas, limpieza integral, afinamiento de resanes, consolidación estructural, reintegración cromática con técnica de rigattino, recuperación de zonas con pasta de caña original, los tonos azulados y violáceos, lejos de ser deterioro, forman parte del diseño original para representar los golpes de la Pasión.

          El 26 de marzo de 2026, tras concluir la restauración, el obispo Carlos Enrique Samaniego López bendijo la imagen y presidió la ceremonia en la que el Cristo fue colocado nuevamente en su cruz, ante la emoción de las Carmelitas.

          Cada año, especialmente el primer domingo de octubre, peregrinos de Ixmiquilpan viajan al monasterio para venerar al Cristo, manteniendo una tradición de siglos.

          La hermana María de la Paz resume el sentido de esta presencia: "Cristo está aquí esperando a todos los que quieran venir".

          El Señor de Santa Teresa, con casi 500 años de historia, continúa siendo un puente entre arte, fe y memoria, y gracias a esta restauración podrá seguir acompañando a generaciones futuras.

          ReL

          Vea también  El verdadero cambio