sábado, 5 de septiembre de 2026

Amor a prueba de monzón: la pareja viral que se ha casado bajo las aguas en Filipinas

El paje, un niño pequeño, cruzó con el agua al pecho llevando los anillos.

El párroco los declaró marido y mujer en una ceremonia breve, con los pies literalmente en el agua.

El párroco los declaró marido y mujer en una ceremonia breve, con los pies literalmente en el agua.


    Lo que debía ser una boda perfecta terminó siendo una ceremonia épica. Con la iglesia de San Juan Bautista, en Filipinas, inundada hasta la cintura, Leian Lieza Galang y Gilbert Chico decidieron no posponer su matrimonio

    Entre agua turbia, bancos vacíos y menos de 15 invitados, dieron el "sí" en una escena que ya se ha vuelto viral.

    La alfombra: una laguna

    La novia llegó en un bicitaxi elevado para salvar el vestido antes de tiempo. Una vez dentro, la alfombra roja fue reemplazada por una laguna marrón. "Como querían que la celebración se llevara a cabo, nosotros, los feligreses, hicimos todo lo posible para que fuera un día especial", relató el fotógrafo Mikko Rey Alfonso. 

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    El paje, un niño pequeño, cruzó con el agua al pecho llevando los anillos, mientras Leian avanzaba con el vestido acortado y un ramo de flores blancas.

    La parroquia había recomendado posponer la boda, pues la iglesia llevaba semanas parcialmente sumergida por las lluvias monzónicas. Pero la pareja, ambos de unos 30 años, se negó. 

    "Se aman. Nada podría detener su unión", resumió Alfonso. El párroco los declaró marido y mujer en una ceremonia breve, con los pies literalmente en el agua.

    Las imágenes compartidas en Facebook muestran la mezcla de épica y ternura: bancos decorados con flores de plástico, padres abrazando a la novia antes de entrar y un pueblo que, pese a la inundación, quiso acompañar. 

    Las lluvias monzónicas más intensas de lo habitual golpearon el norte del archipiélago, dejando al menos 34 muertos por deslizamientos e inundaciones. 

    En medio de esa tragedia, la boda de Leian y Gilbert ofreció un respiro: una historia de amor que desafió la estadística y mostró que, incluso en circunstancias adversas, la fe y la voluntad pueden más que el agua.

    ReL

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    El amor conyugal es la base para llegar a buenos recuerdos


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    La educación de los hijos empieza en el amor de pareja. Descubre cómo el diálogo y el respeto mutuo son la base para lograr acuerdos duraderos


    La educación de los hijos no es un episodio aislado, ni un abanico de decisiones tomadas en ciertas circunstancias. Es un largo recorrido que atraviesa varios años: cada etapa del crecimiento trae consigo una nueva pregunta, una nueva crisis, una nueva oportunidad para aprender a poner amor en la relación conyugal. Por eso, educar a los hijos es uno de los ejercicios más exigentes y más sagrados que una pareja puede realizar en equipo.

    El ambiente del hogar: la primera escuela

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    Ground Picture | Shutterstock

    No se trata solamente de elegir una escuela, establecer límites o transmitir ciertos valores. Antes de todo eso existe algo más profundo. Hablamos de la manera en que los padres aprenden a convivir entre ellos. Porque la primera escuela de un hijo no está en las palabras que escucha, sino en el ambiente emocional que se respira; no está únicamente en los consejos que recibe, sino en la forma en que observa a quienes le dieron la vida y le muestran cómo relacionarse, dialogar, perdonarse y hasta buscar juntos el bien de toda la familia.

    La mejor educación comienza con la mejor actitud de los papás. Con una disposición genuina para encontrarse, para comprender que amar no significa imponer la propia visión, sino construir un espacio común donde dos personas diferentes puedan caminar hacia un mismo objetivo.

    El peligro del ego y las luchas de poder

    Cuando una pareja enfrenta la educación de los hijos desde el ego, cada diferencia puede convertirse en una lucha de poder: la necesidad de tener siempre la razón, de imponer la propia manera de ver las cosas y de convertir la autoridad en dominio. Todo esto va transformando poco a poco lo que debería ser una alianza amorosa en una batalla permanente.

    Y entonces cada futura decisión (como la disciplina, los permisos, la formación espiritual, la escuela o la manera de corregir y premiar) se puede convertir en un nuevo campo de contienda. La intolerancia hacia la opinión del otro, la descalificación de sus ideas y la falta de respeto disfrazada de firmeza son formas silenciosas de violencia emocional. Tal vez no dejan heridas visibles, pero sí pueden erosionar profundamente el vínculo familiar.

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    Aprender a través del ejemplo de los padres

    Los hijos aprenden del modo en que sus padres resuelven sus diferencias. Aprenden que el amor no consiste en que alguien gane y alguien pierda, sino en encontrar caminos donde ambos puedan aportar. Aprenden que la firmeza puede convivir con la ternura, que la autoridad no necesita humillar y que la razón puede estar acompañada de humildad.

    Educar requiere de muchos acuerdos, pero los acuerdos verdaderos no nacen de la imposición, sino del diálogo amoroso. Una pareja madura no es aquella que nunca tiene diferencias, sino aquella que sabe transformar sus desacuerdos en una oportunidad para crecer. Dos personas que piensan distinto pueden enriquecerse mutuamente cuando dejan de verse como adversarios y comienzan a reconocerse como compañeros en una misma misión compartida.

    Coherencia personal y testimonio de vida

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    Lomb | Shutterstock

    En la vida familiar, muchas veces olvidamos que antes de corregir a un hijo debemos revisar la manera en que nos corregimos a nosotros mismos. Antes de pedir paciencia, debemos aprender a practicarla. Antes de exigir respeto, debemos ofrecerlo. Antes de enseñar el amor, debemos convertirnos en testimonio de él.

    Los hijos no necesitan padres perfectos; necesitan padres capaces de amar de manera consciente, de reconocer sus errores y de volver al encuentro después de cada diferencia. La educación más profunda no nace de un discurso impecable, sino de una vida coherente.

    El legado de aprender a caminar juntos

    Al final, el mayor legado que podemos dejarles a nuestros hijos no será solamente aquello que les enseñamos, sino aquello que vieron en nosotros. Si contemplan que el amor puede dialogar, que la autoridad puede servir y que las diferencias pueden resolverse con respeto, habrán recibido una de las lecciones más valiosas para toda su existencia: que la verdadera fuerza de una familia no está en pensar siempre igual, sino en aprender a caminar juntos hacia el bien, a base de puntuales acuerdos.

     Guillermo Dellamary, Aleteia

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    viernes, 4 de septiembre de 2026

    No creía en Dios, pero quiso saber si Dios existe al casarse con el hombre de su vida... ¡y lo supo!

    Ségolène no vivía un ateísmo hostil, pero sí sincero al que quería poner remedio si recibía buenas razones.

    Ségolène no creía en Dios, pero sí quería saber si existía o no y estaba dispuesta a aceptar iniciativas para saberlo.

    Ségolène no creía en Dios, pero sí quería saber si existía o no y estaba dispuesta a aceptar iniciativas para saberlo.


      Había sido bautizada, pero ahí debió quedar todo porque Ségolène reconoce que, desde su infancia y hasta alcanzada una joven edad profesional, "no creía en Dios".

      Una inquietud persistente

      Eso sí, reconoce que "quería saber si Dios existe" por una razón: "Es algo que está en mi interior. Deseaba saber qué pasa después de la muerte si Dios existe".

      Y al cabo del tiempo apareció una razón menos metafísica para resolver esa duda: "Encontré al hombre de mi vida y tenía que comprometerme". La experiencia era que en su "entorno más próximo" se estaban "separando numerosas parejas": "Así que me asusté... Me dije que el matrimonio era un compromiso tan enorme que necesitaba prepararme para contraerlo".

      ¿Cómo? Buscó por internet preparaciones al matrimonio y reparó en una que proponía la Iglesia

      La boda

      Su novio y ella la siguieron y la consideró "hiperinteresante y muy completa". Ambos apreciaban cuanto habían aprendido sobre "antropología humana" y "cuestiones de filosofía".

      Pero surgió un problema:

      • "Al final se nos dijo que si queríamos casarnos por la Iglesia debíamos transmitir la fe a nuestros hijos. Y yo no tenía fe".

      Ambos decidieron "buscar a Dios" y tal mentalidad -y que ambos eran católicos bautizados y habían recibido la formación precisa- les permitió casarse por la Iglesia, como contó Ségolène a Découvrir Dieu [Descubrir a Dios].

      El monasterio

      Al cabo de un tiempo se trasladaron a vivir a Lyon (Francia) y se unieron a un pequeño grupo que reflexionaba sobre Dios y sobre las implicaciones en la vida diaria -por ejemplo, el trabajo- de creer en Él y ser cristiano: 

      • "Y el sacerdote que animaba este grupo tuvo la buena idea de que pasásemos un fin de semana en un monasterio. Nos pareció bien porque no podía perjudicarnos esa perspectiva".

      Hubo las dificultades de alguna acompañante que se decía cristiana pero era "detestable". Esto le sentó muy mal a Ségolène en una circunstancia con objetivo trascendental: "Si ser cristiana era eso, no me gustaba en absoluto". Y no era un buen arranque para un fin de semana tan previsto como decisivo para su fe.

      Pero en el monasterio ella comprendió que la respuesta estaba en los monjes, así que asistió a sus oficios y a su canto: "Quedé auténticamente tocada por el canto de los monjes en aquel ambiente de paz".

      ¿Algo ficticio?

      ¡'Tocada' de verdad!...

      • "Auténticamente de forma repentina fui envuelta por un amor embriagador, como si alguien me abrazase muy fuerte. Y me sentí amada con gran intensidad de pies a cabeza. No hay palabras para expresar lo que viví. Aquello me sorprendió muy notablemente".

      Ségolène es una persona de actitud racional y poco inclinada a lo puramente emotivo, así que antes de sacar conclusiones consideró la posibilidad de que lo vivido "quizá podía haber sido un sueño, una experiencia inducida por el entorno".

      Pero... "lo vivido" regresó varias veces: "Y al llegar la sexta ocasión, comprendí". Y la comprensión se tradujo en dirigirse a Dios:

      • "De acuerdo, Dios, tú existes. ¡Y además nos amas! Eres un Dios de amor, un Dios que ama".

      ¡La prueba!

      Lo sucedido en aquel fin de semana en dicho monasterio la había hecho creyente, le había dado la fe de la que antes no presumía. Una auténtica sacudida que llevaba buscando desde antes de casarse: "A partir de aquella experiencia, mi vida cambió. Empecé a rezar".

      Sorprendentemente, su primera oración puede parecernos en exceso desafiante. Así la describe:

      • "Escucha, Señor, puesto que existes. Tengo una amiga que no consigue tener hijos. ¡Si se queda embarazada, te prometo recibir el sacramento de la Confirmación!"

      Un mes después, esa amiga acudió a verla y le dijo que estaba embarazada desde hacía mes y medio: "¡Y hacía mes y medio desde que yo había estado en aquel monasterio!", confiesa con el mismo asombro con el que recibió entonces tal noticia.

      Ségolène cumplió su promesa y recibió el sacramento de la Confirmación. Y, añade, recibió además "muchos regalos del Señor".

      La fe de hoy

      "Mi vida ha cambiado completamente", concluye: "Sé que Dios existe. He respondido a la pregunta '¿Existe Dios?' que me planteaba desde pequeña. Hoy tengo la certeza de que Dios existe y además de que Él me ama y me cuida cada día".

      Añade que a aquella inquietud infantil sobre la existencia de Dios se había sumado, en sus etapas adolescente y juvenil, la inquietud por "la vida posterior a la muerte": "Hoy sé que hay una vida eterna llena de amor. Confío en Dios y se lo entrego todo, y eso me aporta una fuerza inmensa para avanzar y para superar las pruebas del camino".

      ReL

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      ¿Penúltimos o últimos deseos para alcanzar la plenitud?


      hombre feliz

      Quizá la clave para descubrir qué es lo que verdaderamente nos sacia esté en aprender a distinguir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos deseos<br>

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      Parece una cuestión pequeña, casi de matiz. Sin embargo, puede cambiarlo todo. El cardenal Carlo Caffarra insistía mucho en esta idea en sus charlas, escritos y homilías, especialmente cuando hablaba a los jóvenes. Les proponía una pregunta sencilla: eso que deseas, ¿son deseos penúltimos o últimos?

      ¿Todos los deseos que tenemos apuntan al mismo sitio?

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      Entre los penúltimos deseos puede estar querer salir de fiesta, ir a una discoteca, divertirse, evadirse, sentir el subidón de una noche, comprar algo que nos apetece o acumular experiencias que nos hagan sentir vivos durante unas horas. No son necesariamente cosas malas. El problema aparece cuando confundimos esos deseos con los últimos, cuando les pedimos que hagan un trabajo para el que no han sido diseñados.

      Un penúltimo deseo nos proporciona placer. Un último deseo nos proporciona felicidad. La diferencia se entiende enseguida cuando nos hacemos una pregunta muy sencilla: ¿querrías que esto durase para siempre?

      A nadie le gustaría pasar toda la vida en una discoteca. Ni siquiera a quien disfruta muchísimo bailando. Nadie querría que una noche de fiesta se prolongase durante años. El placer necesita terminar para poder volver a ser buscado.

      Pero sí queremos que dure para siempre aquello que de verdad amamos. Queremos encontrar una persona a la que amar y por la que ser amados. Queremos una familia. Queremos pertenecer a algún lugar. Queremos que nuestra vida tenga un sentido que no se esfume cuando se apagan las luces. 

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      Una sociedad guiada por el sentir

      Ahí está la diferencia. Y quizá aquí empieza uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos convertido los penúltimos deseos en últimos.

      Una sociedad entera se empeña en convencernos de que lo importante es sentir. Sentir más, sentir antes, sentirlo todo. Una noche más intensa. Un viaje más espectacular. Una compra que nos haga ilusión. Una relación que nos haga vibrar. Un cuerpo que nos haga sentir deseables. Un móvil que nos haga sentir que no nos estamos quedando atrás.

      Los fuegos artificiales brillan muchísimo, pero duran muy poco. Y mientras perseguimos el siguiente destello, dejamos de preguntarnos qué estamos buscando de verdad.

      Caffarra utilizaba una expresión especialmente gráfica: estamos decapitando nuestros verdaderos deseos para alimentar los penúltimos. Y quizá eso explique buena parte de la insatisfacción que vemos alrededor.

      Porque el corazón humano no se conforma con el placer

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      Podemos darle entretenimiento, consumo, sexo, viajes, fiesta, pantallas y experiencias. Podemos llenar cada minuto del día para que no tenga ocasión de preguntarse nada. Podemos incluso conseguir que nuestros hijos aprendan muy pronto a identificar lo que quieren comprar, pero no necesariamente a preguntarse qué quieren ser. Y, aun así, seguirá faltando algo.

      Porque los penúltimos deseos tienen una trampa: prometen mucho y duran poco. Nos dan placer y después nos dejan otra vez con hambre.

      Alcanzar la verdadera plenitud

      Tal vez por eso necesitamos recuperar una pregunta esencial que resulta tremendamente actual: ¿esto que estoy persiguiendo me hará feliz o simplemente me hará disfrutar un rato?

      No se trata de renunciar a la fiesta, al descanso, a las cosas bonitas o a los pequeños placeres de la vida. Se trata de poner cada cosa en su sitio. De no pedirle a una noche de fiesta lo que solo puede darte una vida compartida. De no pedirle a una compra lo que solo puede darte un sentido. De no pedirle al placer lo que solo puede darte el amor.

      Quizá discernir entre nuestros últimos y nuestros penúltimos deseos sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.

      Porque cuando confundimos los dos, podemos pasarnos la vida consiguiendo exactamente aquello que creíamos querer y descubriendo, una y otra vez, que no era eso lo que necesitabamos.

      Mar Dorrio, Aleteia

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      miércoles, 2 de septiembre de 2026

      Atravesó el fuego para salvar a un bebé: Pakistán honra a una enfermera cristiana y llora 14 vidas

      Una grabación del hospital muestra a la enfermera rescatando al bebé.

      Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos.

      Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos.


        La tragedia ocurrida en el Pakistan Institute of Medical Sciences (PIMS), donde un incendio en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales acabó con la vida de 14 recién nacidos, ha dejado una huella imborrable en la comunidad cristiana y en todo el país

        En medio del dolor, un gesto de valentía se ha convertido en símbolo de esperanza: el de Razia Noreen, enfermera cristiana que logró rescatar a uno de los bebés enfrentándose a las llamas.

        Premiada por las autoridades

        Las cámaras de seguridad mostraron cómo Noreen entró en la unidad envuelta en humo y salió con un recién nacido en brazos. Intentó regresar para salvar a los demás, pero el fuego se propagó en cuestión de segundos. 

        "Quiero a los niños y cuidar de ellos es mi pasión", declaró, visiblemente afectada. Su testimonio ha conmovido al país y ha sido reconocido por las autoridades.

        El primer ministro Shehbaz Sharif aprobó para ella la concesión del Sitara-i-Khidmat (Estrella del Servicio), una de las condecoraciones civiles más importantes de Pakistán, junto con un premio económico de 10 millones de rupias. "Su sentido del deber y el valor demostrado al poner en riesgo su vida son ejemplo para todos", afirmó el mandatario.

        La archidiócesis de Islamabad-Rawalpindi, encabezada por monseñor Joseph Arshad, ha acompañado a las familias con vigilias y celebraciones en memoria de los niños fallecidos

        "Las trágicas muertes de estos inocentes han entristecido profundamente a todos", expresó el arzobispo, quien recordó también la oración del Papa León XIV por las víctimas y sus familias. 

        El incendio, originado en un sistema de aire acondicionado, se propagó rápidamente por la presencia de oxígeno en las incubadoras. La investigación gubernamental reveló graves deficiencias en los sistemas de alarma y evacuación. 

        Ocho funcionarios han sido suspendidos y se han abierto procedimientos penales contra los responsables. El Gobierno anunció además una ayuda de 5 millones de rupias para cada familia afectada.

        "Ninguna indemnización puede colmar la pérdida de un hijo recién nacido", señaló el portavoz de la Conferencia Episcopal, Qaisar Feroz, OFM Cap. Sin embargo, el gesto de Razia Noreen se ha convertido en símbolo de esperanza en medio del dolor

        ReL

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        Acompañó durante años a su esposa a Misa sin ser católico: a los 98 años ha dado el gran paso

        Nunca fue bautizado, pero iba a Misa, rezaba el Rosario y creía en la Eucaristía. A los 98 años decidió culminar su largo camino hacia la fe católica.

        Raymond Martin recibió el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación a los 98 años

        Raymond Martin recibió el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación a los 98 años5


          Raymond Martin ha necesitado casi un siglo de vida para dar un paso que, en realidad, llevaba muchos años preparando. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, a los 98 años ha recibido el bautismo, la confirmación y la primera comunión después de un largo acercamiento a la fe católica marcado especialmente por el testimonio de su esposa, Ann Marie.

          Martin sirvió en Japón y Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial. Décadas después, sería precisamente su pasado militar el que facilitaría su encuentro con el diácono Jacinto Treviño, capellán del hospicio en el que falleció su mujer.

          Pero la historia de su conversión había comenzado mucho antes.

          Años de Misa y Rosario junto a su esposa

          Ann Marie era católica y Raymond compartió durante años buena parte de su vida de fe. La acompañaba a Misa y rezaba con ella el Rosario, aunque él nunca había sido bautizado ni había recibido los sacramentos de iniciación cristiana.

          Tras la muerte de su esposa, Treviño y Martin establecieron una estrecha relación. Ambos habían servido en las Fuerzas Armadas y aquella experiencia común abrió la puerta a conversaciones cada vez más personales.

          «Ray es una persona increíble», explicó el diácono a EWTN News. «Nos llevamos bien desde el principio. Hablamos mucho sobre el trabajo y compartimos risas».

          Hasta que un día la conversación dio un giro inesperado.

          Martin confesó al diácono que nunca había sido bautizado ni había recibido ningún sacramento, pero que quería hacerse católico.

          «Iniciamos conversaciones más profundas sobre la fe», recuerda Treviño.

          El diácono comprobó entonces que aquel deseo no era fruto de un impulso repentino. Raymond había desarrollado durante años profundas convicciones cristianas.

          «Expresó una verdadera fe en Cristo y en la enseñanza de la Iglesia Católica. Cree en la Eucaristía y en la importancia del bautismo y la confirmación», explicó Treviño.

          Había incluso una práctica especialmente significativa: aunque no era católico, Raymond acostumbraba a rezar el acto de contrición.

          «Quería ser católico»

          En diciembre de 2025 manifestó expresamente a Treviño que quería recibir el bautismo. Su avanzada edad y su delicada salud hicieron que aquella petición adquiriese todavía mayor importancia.

          El padre Edson Elizarraras, párroco de San Cristóbal, en Marana (Arizona), conoció entonces la historia de Martin.

          El veterano había sobrevivido a un ictus, varias caídas y otros graves problemas de salud. En mayo sufrió un nuevo derrame cerebral que volvió a situarlo cerca de la muerte.

          Pero sobrevivió.

          «Sorprendentemente, Ray salió adelante. Fue después de este derrame cuando expresó claramente su deseo de recibir los sacramentos de iniciación», explicó el sacerdote.

          Finalmente, el 16 de julio llegó el día esperado.

          La ceremonia se celebró en la residencia en la que vive Martin, acompañado por familiares, trabajadores del centro y otros residentes. A sus 98 años recibió el bautismo, la confirmación y por primera vez la Eucaristía.

          El padre Elizarraras recuerda especialmente un pequeño gesto ocurrido al comenzar la celebración.

          Raymond pidió ayuda para acercarse al sencillo altar que habían preparado para la ocasión.

          Tenía un motivo.

          «Quería oír con claridad y ver a Dios actuando».

          Después de haber atravesado una guerra mundial, casi un siglo de historia, la pérdida de su esposa y varios episodios en los que estuvo cerca de morir, Raymond Martin culminaba así un camino de fe que había comenzado silenciosamente muchos años atrás, acompañando a Ann Marie a Misa y rezando junto a ella el Rosario.

          ReL

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