La Resurrección de Cristo es el centro de la fe cristiana y
la fuente de nuestra esperanza. Sin embargo, muchos creyentes siguen
preguntándose por qué el dolor, el mal y el sufrimiento continúan presentes en
la vida cotidiana. Este artículo quiere acompañar esa pregunta desde la
experiencia real y la esperanza que brota de la Pascua.
La pregunta que nace del corazón y la experiencia del
dolor
"Regocijaos en el Señor siempre; os lo repito,
regocijaos" (Flp
4,4).
El anuncio cristiano es claro: Cristo ha resucitado. El
pecado no tiene la última palabra. La muerte ha sido vencida. La luz ha
triunfado sobre las tinieblas. Pero basta mirar la propia vida —o la de quienes
nos rodean— para notar algo desconcertante: el sufrimiento sigue ahí.
Seguimos atravesando pérdidas, enfermedades, conflictos,
fracasos y miedos. A veces, incluso cuando creemos, el corazón se cansa. Surgen
dudas, cansancio espiritual y una sensación incómoda: ¿dónde está Dios cuando
duele?
La Biblia no oculta esta experiencia. No la maquilla ni la
niega. Al contrario, la nombra con realismo. San Pablo escribe:"Nos
gloriamos incluso en las tribulaciones, porque la tribulación produce
constancia; la constancia, virtud probada; y la virtud probada, esperanza"
(Rom
5,3‑4).
El sufrimiento no es una anomalía de la vida cristiana.
Forma parte del camino.
La Resurrección: una victoria real que no elimina la cruz
La Resurrección de Cristo no es un símbolo bonito ni un
mensaje motivacional. Es el núcleo de la fe cristiana. San Pablo lo dice sin
rodeos:"Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (1
Co 15,14).
Creer en la Resurrección lo cambia todo, pero no de la
manera inmediata que a veces imaginamos. Cristo ha vencido, sí, pero nosotros
seguimos caminando en este mundo, donde el mal existe y la cruz sigue formando
parte de la vida.
Por eso la pregunta es inevitable: si Cristo venció, ¿por
qué sigue doliendo tanto?¿Por qué hay cruces que parecen demasiado pesadas?
¿Por qué, en algunos momentos, Dios parece guardar silencio?
Estas preguntas no son falta de fe. Muchas veces son
oración. Son el grito de un corazón que sigue buscando a Dios incluso cuando no
entiende.
Una esperanza que no promete facilidad, pero sí sentido
La fe cristiana nunca prometió una vida sin sufrimiento. Lo
que promete es algo más profundo: que el dolor no tiene la última palabra. La
victoria de Cristo no elimina la cruz, pero la transforma desde dentro. Nos
asegura que el sufrimiento no es absurdo y que ninguna herida está fuera del
alcance de Dios.
Por eso san Pablo puede afirmar con firmeza:"La
esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones" (Rom
5,5).
Vivimos en tensión: Cristo ha resucitado, pero la plenitud
todavía no se manifiesta del todo. Caminamos entre la promesa y su cumplimiento
definitivo. Por eso sufrimos, pero no sufrimos sin horizonte. Cada cruz llevada
con Cristo queda tocada por la luz de la Pascua, incluso cuando esa luz todavía
no se percibe con claridad.
Cuando el sufrimiento ya no tiene la última palabra
La Resurrección no borra el dolor, pero nos asegura que
ninguna herida es definitiva cuando se vive unida a Cristo. El sepulcro vacío
no niega la cruz: le da un sentido nuevo.
"Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos
con Él" (Rom
6,8).
Tal vez la pregunta decisiva ya no sea solo por qué
seguimos sufriendo, sino con quién estamos sufriendo. Porque el dolor
vivido lejos de Dios aplasta, pero el dolor vivido con Él puede abrir un camino
de esperanza.
La Resurrección no responde todas las preguntas. Pero impide
que el sufrimiento tenga la última palabra. Y eso —aunque no lo quite todo—
cambia todo.
Para rezar y vivir hoy
- ¿Qué
sufrimiento concreto estoy atravesando hoy y aún no he puesto en manos de
Dios?
- ¿Creo
realmente que Cristo Resucitado camina conmigo también en esa herida?
- Esta
semana, toma un momento para nombrar delante del Señor aquello que más te
pesa y entrégaselo, incluso si todavía no ves una respuesta.
Porque la Pascua no nos saca del mundo, pero nos enseña a
vivirlo con una esperanza que no decepciona.
Pablo Perazzo, churchpop
Vea también La Resurrección de Cristo
- S. Juan Pablo II







