domingo, 20 de septiembre de 2026

“Somos un equipo”: cómo un ultimátum salvó su matrimonio

 

Miha Nastja Hliš

Una profunda crisis provocada por la negligencia, que pudo haber terminado en divorcio; una historia de la que tenemos mucho que aprender


Iha y Nastja llevan 14 años casados haciendo equipo, y la familia Hliš está formada, además de ellos, por sus cinco hijos. El hecho de que, como pareja, hoy miren en la misma dirección y que el vínculo entre ellos sea cada vez más valioso —a pesar de que, según dicen, se pelean en promedio dos veces al día— se debe también a la comunidad Familia y Vida.

La entrevista, en la que los cónyuges hablan de manera directa y sincera sobre el crecimiento de su relación, da testimonio del gran papel que Familia y Vida desempeña entre las parejas casadas. Ha mejorado las relaciones de muchas parejas y, para muchas, se ha convertido en una compañera insustituible.

Miha Nastja Hliš

Fotografija je last družine Hliš.

Aleteia: ¿Cómo describirían su relación matrimonial? ¿Cómo se fue desarrollando y cómo es hoy?

Nastja: Todo empezó con el típico enamoramiento; éramos bastante jóvenes. Fue una bendición que nos enamoráramos tan profundamente, que eso nos uniera tanto. Incluso cuando más tarde surgieron pruebas, al recordar aquellos tiempos, la llama volvía a encenderse. Me parecía que alguna bendición nos protegía. Lo cual también se lo debemos a las personas que estuvieron a nuestro lado.

Y luego comenzó la vida real, para la cual, me parece, no estaba preparada. Es cierto que asistimos a un curso prematrimonial, donde se trataban temas muy serios; en teoría nos parecía sencillo, nos llevábamos bien, especialmente en lo que respecta a la crianza de los hijos, teníamos ideas similares.

Pasamos los primeros años en una prolongada etapa de enamoramiento, y luego empezamos a distanciarnos poco a poco. Yo trabajaba, nacieron los hijos, surgieron los primeros retos de la crianza, las noches sin dormir, la depresión posparto. No me di cuenta de cuánto me había cambiado eso, para peor. Y no supimos ayudarnos mutuamente.

Miha: Yo, como hombre, no sentía que algo anduviera mal.

Nastja: Así fue como, cuatro años después de casarnos, nos encontramos en una crisis matrimonial que duró entre tres y cuatro años. Luego quedé embarazada por tercera vez y llegué a un punto de inflexión. Les di un ultimátum: teníamos que hacer algo. Ese matrimonio no era un matrimonio para mí, era un vacío. No quería ser parte de eso. Pero no sabíamos cómo podríamos ayudarnos.

Ya en ese entonces asistíamos a reuniones de pastoral matrimonial. Allí siempre sentía que los demás tenían algo que nosotros no teníamos. Un vínculo que a nosotros nos faltaba. Eso me dolía. ¿Qué nos faltaba? En teoría, todo "encajaba". En ese momento, la pareja que dirigía el grupo nos contó que habían asistido al seminario básico de Familia y Vida. Nos arriesgamos: fuimos a la reunión y, con alivio, descubrimos que no estábamos solos. Otros también tenían problemas.

Allí descubrí una visión: mi papel como esposa. Poco a poco, empezamos a trabajar de manera más consciente en nuestra relación; fuimos a otro taller. Comenzamos a mirar en la misma dirección. Desde entonces, las cosas van cada vez mejor. Siento que somos un equipo, que nos mantenemos unidos. Aunque a veces discutimos.

Miha: En promedio, dos veces al día. (risas)

Esa noche, cuando nos conocimos, todavía no me había enamorado. Hablamos mucho sobre la vida. Ella me intrigó mucho. Sentí que Nastja buscaba algo más en la vida, especialmente en las relaciones. Poco después, yo también me enamoré perdidamente. La química fue muy fuerte. Todavía lo consideramos una bendición.

En el camino surgió una crisis más grave. Mi esposa me dio un ultimátum para que hiciera algo. ¡¿De dónde salió eso ahora?! En ese momento me parecía que todo estaba bien. Desafortunadamente, no me di cuenta del sufrimiento de mi esposa. El ultimátum me hizo bajar de las nubes. Como una vida familiar ordenada significa mucho para mí, mi ego masculino se vio muy afectado: ¿cómo es posible que no me diera cuenta de esos problemas?

En los talleres nadie nos sermoneó, y como los testimonios eran auténticos, eso fue para mí un apoyo, un estímulo que luego escuché con gran alegría. Empecé a trabajar en mí mismo. Descubrí que debía ser más atento y compasivo con mi esposa, llevarle una flor de vez en cuando…

¿Podrían explicar con más detalle cómo fue ese proceso de transformación hacia un mejor matrimonio para cada uno de ustedes?

Miha Nastja Hliš

Fotografija je last družine Hliš.

Nastja: En mi caso, tuve que dejar de lado la actitud de mujer dominante que controlaba todo, incluso a mi esposo. Comencé a aprender a ser servicial. Ahora puedo apoyarme en él y eso me hace sentir aliviada. Puedo expresar otras de mis fortalezas, otros aspectos de mi feminidad. No sé si ese es el papel adecuado de una esposa, pero me di cuenta de que eso era lo que me faltaba. Gracias a eso, soy más cariñosa con los niños, y Miha asumió el papel de quien hace cumplir los límites. Eso me devolvió la vida y me alivié.

Como nos hemos acercado el uno al otro, nos resulta más fácil comunicarnos, resolvemos los malentendidos más rápido y no caemos en el círculo vicioso de demostrar quién tiene la razón ni de lanzarnos acusaciones.

Urška Leskovšek, Aleteia

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algo nuevo


viernes, 18 de septiembre de 2026

Grégoire iba a matarse: «como una voz me dijo: no tienes derecho»; y después salvó a 70.000 enfermos

Gregoire Ahongbonon recorre el mundo enseñando las cadenas con las que los pobres atan a a sus enfermos mentales por falta de conocimiento y medicinas

Gregoire Ahongbonon recorre el mundo enseñando las cadenas con las que los pobres atan a a sus enfermos mentales por falta de conocimiento y medicinas


    "El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres, me ha enviado a sanar a los de corazón quebrantado, a anunciar la libertad a los cautivos, vista a los ciegos, liberar a los oprimidos".Jesús, en su sinagoga de Nazaret, anunció que esas palabras se cumplían en Él. Y también se cumplen en Grégoire Ahongbonon, un hombre sencillo de familia campesina de Benín, que trabajaba en Costa de Marfil como reparador de neumáticos, y se vio movido por Dios a trabajar con los discapacitados mentales.

    En los países pobres de África, muchas familias encierran y encadenan a sus enfermos mentales. Son cautivos, porque están atados. Son ciegos, porque están encerrados en lugares oscuros, ocultos. Están oprimidos y son pobres. Sus familias y vecinos creen a menudo que están poseídos por demonios, y que sólo con tocarlos, o tocar el suelo donde yacen, uno se contagia.

    En realidad tienen las mismas enfermedades mentales que en el resto del mundo: epilepsias, esquizofrenias, bipolaridad, depresión...

    "Cuando les damos los 7 psicofármacos clásicos y genéricos, de bajo precio, los que Europa ya no usa, controlan sus síntomas, mejoran y hacen vida perfectamente normal", explica Grégoire.

    Las escenas en que Grégoire quita cadenas a los enfermos encadenados a árboles por sus familias o por curanderos son un icono de lo que hace: sana y libera, como hacía Jesús

    Como Cristo baja al sheol

    Ver a Grégoire entrar en un chamizo oscuro, romper unas cadenas y sacar a la luz al prisionero, que pestañea cegado por la luz, es como visualizar la parábola de la caverna de Platón, es como ver a Cristo bajar al sheol, a los infiernos, a sacar a sus presos. Es liberación en estado primigenio.

    El periodista Rodolfo Casadei cuenta su historia con detalle en un libro-reportaje emocionante, transformador, que publica ahora en español Ediciones Encuentro: Grégoire, cuando la fe rompe las cadenas. En Grégoire, hombre sencillo y sin estudios, se unen la fe, la oración, el sentido común, la acción, la profecía, el fruto real, la lucha contra la superstición que esclaviza, la ciencia al servicio del hombre...

    De intentar suicidarse a ayudar a multitud de enfermos

    "Yo una vez casi me suicidé", recuerda. "Me encerré en la habitación con agua y pastillas para acabar con todo, pero cuando estaba a punto de tomármelas sentí como una corriente que atravesaba mi brazo y se me cayó todo al suelo. Me pareció escuchar una voz: 'la vida que tienes no te pertenece, no tienes derecho a quitarte la vida'. Y me entregué a Dios. Salía de la ciudad y pasaba el día leyendo la Biblia y rezando. Y decidí volver a la Iglesia".

    Un misionero francés lo escuchó y cuidó. "Él me ayudó a ir a un viaje a Tierra Santa, y allí, en una homilía, entendí que cada cristiano debe construir una piedra en el gran edificio que es la Iglesia", explica Grégoire. Fue en 1982. Volvió de Tierra Santa buscando escuchar a Dios y servirle.

    Rezando por una chica, se curó... ¡y era musulmana!

    Empezó con otras nueve personas creando un grupo de oración llamado Emmanuel. Se reunían en casas y rezaban por sus habitantes. Su barrio en Bouaké -la segunda mayor ciudad de Costa de Marfil- era de mayoría musulmana y un día unos vecinos musulmanes les invitaron a rezar por su hija. Había vuelto del hospital semiinconsciente, muy mal, temían que la chica muriera.

    El grupo acudió y rezó junto a la cama de la muchacha. Al día siguiente, la madre llegó llorando de alegría a casa de Grégoire: la chica despertó, pidió de comer, estaba mucho mejor. Todo empezó con la curación de una chica musulmana.

    Pero Grégoire desde un principio entiende que no todo se reduce a orar por la curación. Empiezan a visitar enfermos en hospitales, los ven sucios, abandonados, solos, muy pobres. Ellos se suman a acompañar, a cuidar, a limpiar, a escuchar, a tratar humanamente antes de rezar. Y buscan dinero para pagar medicinas".

    Su grupo buscó un nombre, el ejemplo de un santo. Pensaron en San Vicente de Paúl, en San Juan de Dios... pero había ya grupos con ese nombre. Grégoire leyó una vida de San Camilo de Lelis, fundador de los camilos. Le asombró su frase: "los enfermos son la pupila y el corazón de Dios, respetadlos". Y fundaron la asociación San Camilo de Lelis.

    Una y otra vez Grégoire explica que la enfermedad mental se cura o mejora muchísimo con fármacos, que es algo natural, que también los blancos en Europa las sufren y las controlan, y no tienen que ver con demonios, brujerías ni maldiciones; enseña a cuidar al enfermo, como Jesús y los santos

    Jesús en el enfermo mental desnudo y abandonado

    Un día de 1990, al salir de misa, después de comulgar, Grégoire vio a un enfermo mental desnudo, buscando comida entre la basura. "Era algo normal, algo que había visto muchas veces antes, pero ahora mi mirada era distinta: yo buscaba a Cristo y lo vi en el enfermo que sufre. Una voz interna me dijo: "Si Cristo se muestra en ellos, ¿por qué les tienes miedo?" Vi que querían ser amados. Con mi mujer, compramos un refrigerador, enfriábamos agua y comida, y luego los visitábamos por la calle y se la dábamos".

    Después empezaron a llevar a los enfermos mentales a una capilla de la parroquia. Y en 1993 "el Ministro de Sanidad, al ver lo que hacíamos, nos dio un terreno junto a un Hospital para construir el primer centro para estos enfermos. Los maristas de allí y los de España nos ayudaron mucho", recuerda.

    Se multiplican los centros San Camilo

    Así empezaron a surgir los centros para enfermos psíquicos de San Camilo... En todo Benín (11 millones de habitantes) sólo hay 1 hospital psiquiátrico. En toda Costa de Marfil (24 millones de habitantes), sólo hay 2. Y son caros, de pago. Pero la asociación San Camilo ya ha abierto 26 centros para acoger enfermos en Benín, 30 en Costa de Marfil, 4 en Togo, 1 en Burkina Faso... Los terrenos suelen cederlos los obispados locales o parroquias o congregaciones.

    Grégoire (con chaleco y gafas negras) impulsa una red en la que colaboran misioneros, enfermos ya curados, enfermos en tratamiento, voluntarios...

    La asociación distribuye cada año medicinas de bajo coste por valor de 600.000 euros. Muchos enfermos que se curan (al medicarse sus síntomas se controlan) se convierten en enfermeros y asistentes en estos centros. Unos enfermos dialogan y acompañan a otros pacientes. Hay compañerismo y amistad, que ayudan a perseverar en el tratamiento, a reconstruir vidas rotas. Muchos colaboran para construir los centros. Cuando el enfermo mejora, se le puede reintegrar en su familia.

    A menudo, gente de una parroquia cercana llega al centro y cuenta el número de internos. Al día siguiente, voluntarios de la parroquia vienen con ollas y comida para todos los internos. Misioneros y párrocos supervisan y apoyan los proyectos. Por sus centros han pasado más de 70.000 pacientes. Gregoire no confía casi nada en los políticos, porque casi nunca han hecho nada por los enfermos. Sí confía en la Iglesia, y le pide hacer más: "es una vergüenza que en nuestra época moderna siga habiendo miles de personas con enfermedades mentales tratables, encerradas con cadenas", insiste.

    Un nuevo reto: los drogadictos

    Los enfermos psíquicos son los más abandonados de África, pero los drogadictos pueden ser aún peores: ellos introducen a otras personas (incluyendo a enfermos psíquicos) en el consumo de drogas, para "engancharlos" y convertirlos a su vez en clientes. El psicótico no crea otros psicóticos, pero el drogadicto, sí. Y la droga es un disparador para muchas enfermedades mentales. Por eso, ahora el gran reto que plantea Grégoire es construir en Dassa (Benín) un centro especializado en tratar a drogadictos, con todas sus fases para desengancharlos de la adicción y transformar su estilo de vida.

    La diócesis ha dado el terreno, que está cerca del santuario mariano de Santa María d'Arigbo. Gregoire cuenta para este proyecto con la ayuda desde España de la ONG Cesal, que colabora con sus obras desde 2016 y busca donantes españoles. Es posible ayudar en español a la obra de Gregoire desde la web de CESAL. La web recoge algunos testimonios de vidas transformadas aquí.

    Grégoire con el libro de Casadei en español, que recoge no sólo los elementos sociales de su obra, sino también los espirituales de su obra; es un testimonio que ensancha el alma

    Rezar y actuar y confiar en los enfermos

    El libro de Casadei recoge la espiritualidad profunda y orante de Grégoire Ahongbonon, que reza en sus viajes, reza con los enfermos, reza con los voluntarios. Una y otra vez escucha al Espíritu Santo, que parece animarle a iniciar proyectos más o menos alocados en lugares remotísimos, que luego la Providencia y la generosidad de donantes y voluntarios consiguen estabilizar.

    Ahora, de la asociación ha surgido la Fraternidad Oasis de Amor con consagrados (14 por el momento): todos ellos son antiguos enfermos, de Benín, Costa de Marfil, Togo, Burkina Faso... Cuando estaban enfermos, hicieron cosas terribles. Ahora, con su enfermedad controlada, ayudan a los demás.

    "Son personas que se aman, que trabajan gustosamente en los centros, que ayudan a los enfermeros y algunos de ellos han llegado a dirigir los centros. Esto significa que hay que tener confianza en ellos y no dejar nunca de confiarles responsabilidades: este es el secreto". Gregoire practica aquello que San Pablo pedía a Timoteo (2 Tim 2,2): "lo que te he enseñado, transmítelo a otros capaces de enseñar". Y así se multiplica el bien. Leer el libro de Casadei ayuda a querer ser mejor y a querer participar en esta obra de liberación auténtica.

    Pablo J. Ginés, ReL

    Vea también     El enfermo, el sufrimiento
    y la fe católica




    jueves, 17 de septiembre de 2026

    REDMADRE cumple 18 años y bate récord: ayudaron a 60.111 mujeres en 2025 a no tener que abortar

    Casi ocho de cada diez eran migrantes, la mayoría en paro, y cuatro de cada diez afrontaron la noticia sin el apoyo del padre del hijo que esperaban.

    Algunas de las madres ayudadas por REDMADRE

    Algunas de las madres ayudadas por REDMADRE


      En 2025, año en que Fundación REDMADRE alcanzó su mayoría de edad, 60.111 mujeres acudieron a la organización buscando ayuda para sacar adelante un embarazo que las había pillado sin red. 

      De ellas, el 85,40% que llegó pensando en abortar acabó decidiendo ser madre en cuanto encontró a alguien dispuesto a sostenerla.

      La cifra no es un dato suelto: es la continuación de una historia que empezó en 2007, cuando un grupo de asociaciones provida decidió coordinarse para que ninguna mujer sintiera el aborto como su única salida. 

      Dieciocho años después, REDMADRE se ha convertido en una red de 37 asociaciones y más de 50 sedes repartidas por España, y ya suma 502.889 mujeres acompañadas desde su nacimiento. Medio millón de historias, cada una con nombre propio, detrás de una estadística que crece cada año.

      Amaya Azcona, directora general de la Fundación, no se conforma con celebrar el aniversario. Lo aprovecha para lanzar un aviso: «La evolución de REDMADRE en estos 18 años, en los que hemos acompañado a 502.889 madres, muestra que los apoyos públicos a la mujer embarazada, y en especial a la que se encuentra en situación de vulnerabilidad, son insuficientes». 

      Y remata con la petición de siempre, la que repite memoria tras memoria sin que nadie parezca tomar nota: que las Administraciones hagan «un análisis profundo de la maternidad» y pongan encima de la mesa «medidas de apoyo realistas, concretas y eficaces».

      Quién llama a REDMADRE en 2025

      El retrato de la mujer que este año ha pedido ayuda dibuja bien el tipo de vulnerabilidad del que habla Azcona. Casi ocho de cada diez (80%) son extranjeras, y la mayoría tiene entre 30 y 39 años (47%) o entre 18 y 29 (44%)

      El 70% está desempleada. Y aunque el 62% cuenta con apoyo de su familia y el 59% con el de su pareja, ahí queda el dato que más duele: cuatro de cada diez mujeres con un embarazo imprevisto afrontan la noticia sin que el padre del hijo que esperan se haga cargo de nada.

      Dentro de esa fragilidad hay una capa más oscura. 437 mujeres reconocieron sufrir maltrato al llegar a REDMADRE —el 63% psicológico, el 21% físico— y un 16% tuvo que ser derivado a recursos especializados en violencia de género. No son mujeres que dudan entre dos opciones cómodas: son mujeres que llegan, muchas veces, huyendo de algo.

      Pañales, empleo y una escucha que no cobra

      Lo que piden estas mujeres tampoco es un misterio, y Religión en Libertad lo ha contado memoria tras memoria: orientación e información, en el 100% de los casos; acompañamiento emocional, para el 56%; ayuda para superar el trauma post aborto, para el 38%; y apoyo para encontrar trabajo, para casi uno de cada cuatro (24%). 

      En lo material, lo más solicitado sigue siendo lo más básico: pañales (51,83%) y alimentación (28,33%). Nada de grandes planes de vida; simplemente, que alguien las ayude a llegar al mes que viene.

      Ese acompañamiento llega sobre todo a pie de barrio: 44.507 mujeres contactaron directamente con la Asociación REDMADRE de su ciudad, mientras que otras 15.604 marcaron primero el teléfono de la Fundación —6.859 llamadas, 6.745 mensajes de WhatsApp y 2.000 correos— antes de ser derivadas a su sede más cercana. 

      Detrás de cada uno de esos contactos hay una de las 1.093 voluntarias que sostienen la red en toda España, sin sueldo ni cámaras, financiadas a base de donaciones privadas y de los convenios que la Fundación va sumando con instituciones para no dejar de crecer.

      Dieciocho años dan para hacerse mayor de edad. REDMADRE los cumple con medio millón de mujeres a sus espaldas y una cifra que no baja: en 2025, ocho de cada diez que llamaron pensando en el aborto colgaron el teléfono pensando en un nombre para su hijo.

      ReL

      Vea también    Cómo ser una familia provida.
      34 pequeños consejos...





      ¿Y si no nos hemos hecho solos?

      Las cosas recibidas se mezclan con nosotros hasta que resulta difícil distinguir qué parte de lo que somos empezó en otra persona.

      Hay cosas que nos enseñaron antes de que supiéramos que las estábamos aprendiendo

      Hay cosas que nos enseñaron antes de que supiéramos que las estábamos aprendiendo


        Hay una frase que decimos con mucha naturalidad cuando alguien nos ofrece ayuda: "No hace falta, ya me arreglo". No solemos pensar demasiado en ella, pero contiene una idea bastante poderosa: que arreglárnoslas solos es una forma de dignidad y que necesitar a otra persona nos coloca, aunque sea durante un momento, en una posición menos libre. Por eso hay quien prefiere pagar de más, devolver un favor inmediatamente o rechazar una ayuda que realmente necesita antes que quedarse con la sensación de deber algo.

        El problema es que, si miramos nuestra vida con un poco de atención, descubrimos que casi nada de lo importante lo hemos conseguido solos. La manera en que hablamos la aprendimos de otras personas. Lo que sabemos hacer nos lo enseñaron. Nuestra forma de entender el bien y el mal está hecha también de conversaciones, ejemplos, correcciones y oportunidades que llegaron antes de que pudiéramos decidir qué hacer con ellas. Incluso aquello que consideramos más nuestro —nuestro criterio, nuestro carácter, nuestra fe— tiene una historia anterior a nosotros.

        Pensemos en una abuela que enseña a su nieta a rezar. Para la niña es una oración que repite sin comprender demasiado. La abuela tampoco sabe qué será de aquellas palabras. No sabe si su nieta seguirá creyendo, si algún día dejará de rezar, si las repetirá cuando sea mayor. Y, sin embargo, puede ocurrir que muchos años después esa mujer se encuentre sola en una iglesia y vuelva a decir exactamente las mismas palabras que aprendió de aquella abuela. Para entonces, quizá la abuela ya no esté.

        Hay algo desconcertante en esas herencias que recibimos sin firmar nada.

        Una profesora dedica horas a una alumna y nunca sabrá qué hizo aquella alumna con lo aprendido. Un amigo permanece al lado de otro durante una enfermedad y quizá, años después, el segundo utilice aquella misma paciencia con alguien cuyo nombre el primero jamás llegará a conocer. Una madre entrega durante décadas cosas tan pequeñas que apenas parecen entregas: tiempo, atención, noches, dinero, renuncias. Casi nunca hay una escena en la que todo eso se reconozca. La vida sigue y las cosas recibidas se mezclan con nosotros hasta que resulta difícil distinguir qué parte de lo que somos empezó en otra persona.

        Tal vez por eso nos cuesta tanto hablar de deuda. Una deuda económica tiene una cifra y una fecha. Una deuda de amor no tiene ninguna de las dos. No podemos devolverle a una madre su infancia, ni a un profesor las tardes que pasó enseñándonos, ni a una amiga aquella noche concreta en la que decidió quedarse. Si intentáramos compensarlo todo, acabaríamos descubriendo que llevamos una vida entera intentando pagar algo que nunca podrá convertirse en una cuenta.

        Y quizá sea precisamente ahí donde el cristianismo tenga algo que decirnos. La gracia no es un premio. Es anterior al mérito. Antes de que hagamos nada, hemos recibido la vida; antes de poder responder a Dios, hemos sido amadas por Él. La Eucaristía, que significa acción de gracias, contiene de algún modo esa mirada: reconocer que no todo empezó con nuestro esfuerzo y que hay cosas esenciales que no podemos atribuirnos.

        Esto también explica por qué la autosuficiencia, llevada hasta el final, tiene algo de triste. Una persona puede llegar a no necesitar nada de nadie y, sin embargo, descubrir que ha construido su independencia sobre innumerables cosas que recibió de otras personas. Somos mucho menos originarias de lo que nos gusta pensar.

        Y quizá lo verdaderamente difícil no sea aceptar que debemos algo, sino aceptar que nunca podremos saber exactamente cuánto. Hay personas a las que creemos deberles una cosa concreta y, con los años, descubrimos que nos dejaron mucho más: una forma de mirar, una confianza, una palabra que apareció en el momento preciso. Otras ni siquiera sabrán que forman parte de nuestra historia. Algunas habrán muerto. Otras habrán olvidado.

        La vida tiene esa injusticia extraña: quienes más han contribuido a hacer posible lo que somos no siempre están presentes cuando llegamos a serlo.

        Y quizá por eso me parece que la gratitud tiene menos que ver con estar continuamente dando las gracias que con aceptar una verdad que a nuestro orgullo le cuesta bastante: no somos del todo nuestros. Hay en nosotros voces que aprendimos, gestos que copiamos, convicciones que alguien despertó, heridas que alguien ayudó a cerrar y una fe que, si la tenemos, llegó también a través de personas concretas. No podemos separar limpiamente lo que hicimos de lo que recibimos.

        Tal vez crecer consista, en parte, en dejar de intentar hacerlo.

        Matilde Latorre de Silva, ReL

        Vea también    Testimonios de Fe y Conversión



        ¿Lo mejor para la salud de los hijos? Que sus padres les eduquen en el Dios de amor: hay 5 formas

        Transmitir la fe es un misterio y es adentrarse en el Misterio... pero Dios sale al encuentro de los que le buscan

        Transmitir la fe es un misterio y es adentrarse en el Misterio... pero Dios sale al encuentro de los que le buscan

        "Si le transmites el don de la fe a tu hija, le habrás hecho el mejor de los regalos, la mejor salvaguarda para su salud y su felicidad futuras". No lo dice un religioso, sino una doctora en medicina, la veterana pediatra norteamericana Meg Meeker, autora de Educar hijas fuertes en una sociedad líquida (Palabra).

        El libro, dirigido a padres de todo tipo, trata de muchos temas educativos y sanitarios (autoridad, afecto, alimentación, amistades, esfuerzo, estudios...) y dedica un capítulo completo a hablar de la fe. Aunque ella se centra en hablar de las chicas, mucho de lo que dice se aplica también a los jóvenes varones.

        "Podría detallarte las excelencias de un estudio tras otro que acreditan las bondades de la religión para la salud de tu hija: le ayudará a vivir más y mejor, reduce el riesgo de tabaquismo o implicación en actividades peligrosas y tiene tantas cualidades beneficiosas que podría considerarse como el mejor de los fármacos", escribe la doctora.

        "Además de cuidar de la salud de tu hija, la hará más feliz, le proporcionará un sentido de felicidad en la vida y hará que su sentido de valor personal mejore enormemente. Nada de esto es desdeñable, de hecho, son cuestiones vitales para el futuro de tu hija".

        "Los agnósticos y ateos rechazan la fe porque la consideran irreal, un cuento de hadas, pero por lo que he podido comprobar, la fe proporcionará tu hija un sentido sustancial de la realidad: la comprensión de que forma parte de algo mayor que ella misma, que no todo gira a su alrededor", añade.

        Lo que llena de verdad a la persona y el corazón

        Buscar llenar la vida con "satisfacción personal" no funciona, porque siempre queda un vacío. La doctora Meeker, después de tratar a muchos niños ricos o exitosos pero vacíos por dentro, cita a San Agustín: "Señor, nos creaste para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". "Tu hija no descansará, estará siempre insatisfecha hasta que encuentre la fe, y el camino a la fe es la búsqueda de la verdad", escribe la doctora.

        Ella está convencida de que los adolescentes de hoy siguen teniendo gran inquietud por conocer las verdades profundas. Asegura que lo ve hablando con ellos. Señala que cuando en una universidad cualquiera acude un ponente cristiano divulgativo, enseguida se llena el auditorio.

        "El ambiente de los campus universitarios es inquietante y preocupante: un ambiente de promiscuidad, pornografía y adicción a la bebida y a los juegos de ordenador. La vida parece vacía porque lo es. Mucho empeño para conseguir un buen trabajo y pagar los préstamos, pero desean tener respuestas a las preguntas más importantes, más allá del expediente académico o una nómina engrosada. ¿Existe una finalidad más allá de uno mismo?

        Seguir la corriente no ayudará a tus hijos

        Muchos padres ven el problema... pero se resisten a dar el paso a una vida orientada en serio según la fe, porque sería contracultural, iría contra la corriente. Pero seguir la corriente no ayudará a los hijos.

        "Los padres no podrán ayudar a sus hijos en la medida en que acepten la cultura popular y vean la vida desde esa perspectiva. Desde ella no podrán explicar a sus hijas por qué está mal acostarse con cualquiera, por qué les hace daño ver porno y por qué es absurdo sentir ansiedad ante la vida", apunta la pediatra.

        Todo eso mejora enseñando a los jóvenes a mirar "con la perspectiva de Dios" que es una perspectiva de "amor perfecto", de un amor de compromiso, que vence los miedos y acompaña siempre.

        "He visto a niñas privilegiadas hundirse en las profundidades de la depresión y a niñas que vienen de situaciones difíciles que han sabido salir al paso. Honestamente, os puedo decir que las niñas que tienen fe en Dios son las que disfrutan de una mejor relación con sus padres, tienen más confianza en sí mismas y más esperanza en el futuro", insiste Meeker.

        5 formas de transmitir la fe a los hijos

        Una vez convencidos los padres de la importancia de educar a sus hijos en la fe, Meeker les propone 5 formas de transmitirla:

        1) "Haz un balance de tu propia fe"

        "Te resultará mucho más fácil dar a conocer a Dios si le conoces tú mismo", explica. A quien haya estado alejado de la fe, o quien no crea pero está dispuesto a explorar la fe cristiana, le dice que "quienes buscan sinceramente a Dios lo encuentran". A quien ya tiene fe, le pregunta: "¿vives tu fe con coherencia, de forma que tu hija pueda verla? La forma en la que tu hija vea a Dios dependerá en gran medida de cómo tú lo veas".

        2) "Modela tu fe"

        Hay que ser sincero y no mentir. "Si eres escéptico, díselo, las hijas saben leer a sus padres de una forma increíble, a los 3 minutos de entrar en tu habitación saben de qué humor estás".

        Al mismo tiempo, si ven a sus padres esforzarse por mejorar, los hijos aprenderán. Y mejorar es posible. "Si conocemos nuestros puntos débiles, podremos cambiarlos y mejorar como personas. Si reconoces que eres irritable y te enfadas a la mínima, pídele ayuda a Dios para ser más paciente y amable. He conocido a padres que así lo han hecho y han cambiado".

        3) "Ayúdales a buscar a Dios"

        Para esto, recomienda libros y leer juntos la Biblia. Los niños pequeños deberían leer Biblias infantiles y los padres pueden prepararse para responder sus preguntas. Niños más mayores, adolescentes y jóvenes pueden aprender mucho con las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis.

        La doctora Meeker recomienda leer juntos el Evangelio, especialmente el de Juan. Libros cristianos como El caso de Cristo, de Lee Strobel, o Una vida con propósito, de Rick Warren, pueden ayudar mucho.

        4) Rezar con los hijos

        "A la mayoría de las niñas, sobre todo de pequeñas, les encanta rezar con sus padres", constata. "La oración une las familias; aunque el día haya ido mal, ese momento de contacto humano y unidad en la oración puede mejorar mucho las cosas".

        Se puede hacer al bendecir la mesa, antes de dormir, en distintos momentos... "Enséñales que Dios siempre escucha su oración, por torpe que sea. Él es bueno y atento, le ama, todo lo suyo le importa y quiere ayudar".

        Al crecer los chavales, quizá no quieren ya rezar con sus padres. Pero un padre puede decir "rezo por ti, ¿hay algún tema que quieres que rece en especial?" Eso hace que los hijos sepan que sus padres les quieren; muchos pueden más adelante sumarse a esas oraciones conjuntas, aunque sea en ocasiones.

        Acostumbrarse a rezar ayudará a chicos y chicas. "las chicas problemáticas, en particular, necesitan saber que siempre pueden acudir a Dios. Él siempre estará ahí. Siempre las amará. Siempre podrán hablar con Él en la oración. No se puede rezar y ocultar cosas a Dios: es una ocasión para abrirse. Como Él ya sabe lo que nos pasa, se sentirá libre de rezar y hablar con Él de todo aquello que nunca comentaría con sus amigas o contigo. Las niñas necesitan verbalizar cómo se sienten, y la incapacidad de hacerlo puede ser un síntoma de depresión; la oración les da la oportunidad de expresar sus sentimientos. La oración une con Dios. Él puede tocar los corazones e infundirles esperanza".

        5) "Enséñale la naturaleza de Dios"

        "El Nuevo Testamento es iluminador: a lo largo de sus páginas descubrimos que Dios se hizo carne y nos enseñó directamente quién es Él. Él es la Paz, el Amor, la Piedad, el Perdón. Él es el Médico. Él es la Alegría. Y Él es Sacrificio de Inmolación. Le seguimos cuando vivimos nuestras vidas con amor, fe, compasión y servicio. Y también le seguimos cuando educamos, cuando nos educamos a nosotros mismos y a nuestras familias en Dios, y somos apóstoles. Dios está al alcance de todos, no sólo de los eruditos o estudiosos". Empezar a leer los Evangelios es el primer paso.

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