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lunes, 11 de marzo de 2024

Munilla: «No estamos ante una cuestión puntual, nuestro problema es la secularización interna»

 






Monseñor José Ignacio Munilla
Monseñor Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, hace un balance de la situación actual de la Iglesia


Monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, no es un obispo que se esconda o que no afronte los peligros en los que se encuentra tanto la sociedad como la propia Iglesia. Así lo ha hecho durante toda su vida como sacerdote y ahora también como obispo, como cuando ha tenido que denunciar la situación de la Iglesia en Alemania o la confusión generada por la publicación de Fiducia Supplicans.

Y así lo ha puesto de manifiesto en una entrevista en profundidad con Javier Lozano en la Revista Misión, publicación de suscripción gratuita y la más leída por las familias católicas en España. En ella habla sin tapujos de los problemas internos que hay en la Iglesia y también de la valentía con la que afrontarlos, pero también habla de su infancia, de sus padres, de los duros años de ETA o de cómo vivió su complicado nombramiento como obispo de San Sebastián.

En todo momento, Monseñor Munilla ha vivido contracorriente y no se ha ahogado en el intento. “A nadie nos gusta ser criticado o difamado, pero estamos bajo el chantaje de la dictadura del relativismo: ‘Si no quieres problemas, no hables y pasa desapercibido’. Pero eso sería a costa de renunciar al mandato de Jesucristo de evangelizar. Yo me quedo con la cita de san Pablo: ‘Ay de mí si no evangelizara’”, cuenta a Misión.

Pero incluso considera “obvio” que esta mentalidad relativista se ha introducido en la Iglesia. Así, el prelado vasco afirma: “impresiona escuchar a cardenales de la Iglesia afirmar que nuestro objetivo no es invitar al mundo a convertirse a Jesucristo, sino generar espacios de encuentros interculturales”.

La secularización interna

En su opinión, Fiducia Supplicans es un ejemplo de la situación comprometida en la que se encuentra la Iglesia. De este modo, considera que esta declaración vaticana “ha generado una herida considerable en la comunión de la Iglesia”.

En su opinión, “no habíamos visto una convulsión tan grande en la historia reciente de la Iglesia”, por lo que Munilla exhorta a “orar intensamente por la unidad, ya que no estamos ante una cuestión puntual, sino que el problema es nuestra secularización interna”.

El obispo de Orihuela-Alicante plantea en su entrevista con Misión un dilema a dilucidar: “O cristianizar el mundo o mundanizar el cristianismo. Hoy vemos con claridad que, por desgracia, la crisis no se circunscribe al sínodo de la Iglesia alemana”.

El influjo de la mundanidad

Y para resolver este problema hace falta hacer una apuesta decidida por la verdad. Recuerda Munilla que “la verdad nos hace libres, pero al mismo tiempo es exigente”. “El gran engaño, la gran impostura, es pretender sustituir la verdad por el practicismo. Pero no nos engañemos: es un atajo que, pretendiendo liberarse de la cruz, no conduce a la meta que nos propone el Evangelio”, agrega.

Por otro lado, este obispo avisa a los católicos de los riesgos que les acechan en la sociedad de hoy. “El peligro principal -asegura- es el de ser fagocitados por el pensamiento único dominante. El influjo de la mundanidad es muy grande, como el propio Evangelio nos advierte: ‘No podéis servir a dos señores’. O somos resistentes, o somos claudicantes”.

Por eso mismo, anima a los fieles a formarse bien y buscando fuentes realmente fiables, y pone como ejemplo el Catecismo de la Iglesia Católica, el que lleva años enseñando a través de Radio María. Munilla señala que “un laicado maduro es el que sabe alimentarse de las fuentes de la Revelación, por encima de las crisis de fe que puedan tener los sacerdotes o catequistas que le hayan tocado en suerte”.

Su valentía y claridad le han granjeado numerosos ataques y calumnias, los que acepta por amor a Jesucristo. “Por la gracia de Dios, no me cuesta perdonar las injurias. Siempre me ha ayudado a ello tener conciencia de que nuestra lucha es contra el demonio y contra nadie más. ¡Es importante no equivocarse de enemigo!”, recuerda.

Y aquí aparece la difícil situación que experimentó cuando fue nombrado por el Papa como obispo de San Sebastián, donde una buena parte del clero se manifestó contra su llegada. Sobre aquel momento recuerda que “Dios me dio la gracia de vivirlo sin perder la paz. La Iglesia sabía que la decisión de mi nombramiento no era sencilla. Si la Santa Sede asumía el reto, pues yo también. Después de los chaparrones viene la vida real. Y lo cierto es que he sido testigo de cómo se puede trabajar codo a codo con quienes aman al Señor y están dispuestos a servir a la Iglesia, por encima de las ideologías”.

Pero a su vez Munilla destaca el gran apoyo que recibe de tantos y tantos fieles: “No hay proporción alguna entre lo que la providencia me ha encomendado y mi fragilidad. Esto sólo se explica por la cantidad de personas que rezan por los pastores. Soy un privilegiado de esa oración y testigo de que Dios la escucha”.

“Esta gran empresa en la que estamos embarcados no es nuestra, es de Jesús. No debemos abordar la ­realidad con la angustia propia de quien piensa que todo depende de él. A mí me gusta repetir aquello de “Dios existe y no eres tú, ¡relájate!”. Es decir, confía en el Corazón de Cristo”, añade.

ReL

Vea también    El Secularismo: El modo de pensar, hablar y actuar sin Dios


miércoles, 23 de junio de 2021

Por qué los jóvenes se alejan de la Iglesia

 


n el alejamiento de los jóvenes respecto a la Iglesia hay causas externas,
 como la secularización de la sociedad, pero también causas intensas
que obligan a una reflexión a los propios católicos.

Se dice que en el siglo XIX la Iglesia perdió la clase obrera. ¿En el XX, la juventud?

Perder la clase obrera fue algo muy serio, tanto por el número, cuanto por tratarse un grupo social que, en esos momentos, padecía duras condiciones en el trabajo y privaciones vitales. El retorno, en lo que hoy se auto-considera clase obrera, sigue siendo difícil.

El caso de los jóvenes no es de menor importancia. Estamos ante el reemplazo generacional de los miembros de de la Iglesia.

Hay que decir, sin embargo, que ni en el siglo XIX se perdió toda la clase obrera, ni en el XX se ha perdido toda la juventud. Pero es cierto que gran parte de la clase obrera dejó la Iglesia, y no menos cierto que gran parte de la juventud está de espaldas a la Iglesia y aun a Dios.

Pero no se trata tanto de probar el hecho, cuanto de intentar conocer sus causas y proponer remedios. Una labor que solo intentarla supone un tanto de osadía. Consciente de ello y puestos a decir algo que suponga una aportación aunque mínima, puede ocurrir que, aun con la mejor voluntad, tanto en las causas como en los remedios no acertemos a presentar las de mayor incidencia. Espero sirvan como pequeña contribución a la solución del grave problema.

Causas externas a la Iglesia

Una sociedad materialista

Cuando se suprimen los símbolos cristianos y se retira la cruz por razones ideológicas; cuando la política busca cualquier argumento para eludir o negar toda referencia religiosa; cuando en la enseñanza se opta por el silencio y aun la negación de todo lo que suponga trascendencia. Cuando ocurre todo esto, el aire que se respira es de tan alta contaminación intelectual que oscurece la visión sobrenatural.

Ahora bien, perdida la visión trascendente se pierden los ideales. En el caso de la juventud, la lucha por alcanzar el puesto de trabajo adecuado, el matrimonio, los hijos, hasta el amor connatural a la juventud que sueña en el matrimonio, pues lo ha convertido en sexo divertimiento y gozo biológico. Sin el humus de la fe, los más nobles ideales se van disipando como nube de verano o cayendo como torre de naipes. Por supuesto, se hace muy difícil el compromiso; pues, sin razones de vida, no hay nada por lo que merezca la pena entregarse.

No obstante, aun en este caso, como “la naturaleza aborrece el vacío”, se pretende llenar con el disfrute inmediato: el coche de más cilindrada, el último modelo de móvil, las noches hasta la madrugada en un clima de ruido que anestesia, el alcohol, la droga, el sexo. Empieza una carrera por la nada, aparece el vacío, porque con todos esos divertimentos “se llena el tiempo, pero no el vacío”. Estamos en el nihilismo.

Los padres

A los padres es «a quienes corresponde el primer derecho y deber inalienable de educar a los hijos» (Vaticano II, Gravissimum Educationis). Y de tal manera es esencial que cumplan con su misión que, si falta, difícilmente, o al menos muy costosamente, se suple después esta carencia.

En este sentido, no podemos olvidar la mentalidad y circunstancias de muchos padres de finales de los setenta y principio de los ochenta del pasado siglo. Si tenemos en cuenta las frases de “ya que nosotros lo pasamos mal, que ellos lo pasen bien” y “los jóvenes tienen que divertirse”; la dificultad de oponerse a una corriente, más bien avalancha, de un modo muy generalizado de proceder; la especial fortaleza que, en esos momentos, suponía desmarcarse de la masa y caminar un tanto en solitario; la siempre difícil tarea que es la educación. Todos estos factores conducirán a la inhibición que expresan las siguientes frases: “No puedo con ellos”, “Todos lo hacen”, “Nos consideran unos anticuados”. El ambiente era ciertamente en extremo contrario a la ineludible obligación de los padres. Requería gran prudencia y fortaleza.

El Estado

Los gobernantes tienen en este asunto una responsabilidad extrema. Tienen la obligación de proporcionar a la juventud la posibilidad de diversión y esparcimiento dignos, pero no es menos importante ni menor la obligación de proporcionar los medios para que sus mentes puedan abrirse al bien y la verdad, se fortalezca su voluntad y modelen sus sentimientos. Solo así se forman personas en el sentido pleno de la palabra y, de este modo, hombres eficientes en la sociedad y con ilusión de vida. ¿Han dado los gobernantes la talla suficiente en este sentido?

El punto de inflexión de la juventud de finales de los setenta y principios de los ochenta del pasado siglo podría ponerse en la llamada “Movida madrileña” y la “Ruta Destroy (o Ruta del Bakalao)” valenciana. Se trata de un movimiento social de juventud nacido en unas circunstancias políticas concretas en las que la juventud madrileña y valenciana especialmente, sintió la posibilidad de romper cauces y abrir campo amplio a la libertad. En realidad no inventaron nada nuevo, copiaron del exterior (especialmente anglosajón) y le dieron cauce en la España democrática.

No es el tema de hoy, pero por la influencia que han podido tener, queremos constatar el final semejante que tuvieron. La Movida Madrileña: «¿Sirvieron para algo los ochenta? Con su reguero de muertos, con su cultura inane, con su política ilusoria de laca y purpurina. Caballo, conciertos, bacanales, hepatitis» (El Español, 5 de abril de 2017). La Ruta del Bakalao: «Yo Destroy. Yo sobreviví a la ruta Destroy: música, drogas, sexo, alcohol y delirios de grandeza» (Ruta Destroy, 3 de enero de 2018). Rebajen lo que crean conveniente, pero su final no puede ser más triste.

Eran como una preciosa nave que no había salido más allá de la escollera. De pronto, se echa a mar abierta, sin piloto ni brújula, al libre juego de las olas y las veleidades del viento. ¿Qué otro final se podía esperar?

Es casi seguro que los jóvenes, no tuvieron ninguna intención, ni pensaron con perspectiva de futuro. Pero, el hecho es que abrieron caminos que han conducido a situaciones no siempre positivas. Véase el botellón, la nocturnidad en la diversión, la emancipación de menores en muchos aspectos, la libertad más allá de los límites aceptables, el modo incontrolado e irresponsable de concebir la sexualidad, la droga. Con todo, pienso que la apertura al mundo exterior, habida cuenta de lo que nos rodeaba, nos habría conducido a situación semejante. Pero las autoridades debieran haber sido pilotos y brújulas de este movimiento. Es más, algunas la aplaudieron.

Causas internas a la Iglesia

Tampoco la Iglesia es ajena a esta situación.

En cuanto a los niños y adolescentes, quizás no supimos catequizarlos ni guiarlos en el desarrollo de la fe. Llegado el momento de la confirmación, bajaba el número de los que la recibían y, aun previa catequesis, para la mayoría no era punto de partida a una vida religiosa. Quizás, atrapados por un mundo consumista, faltó la cooperación de los padres. Lo cierto es, que nuestra formación no fue suficiente para resistir la fuerte llamada del mundo.

Los ya jóvenes cada día se hacían más remisos para acercarse a la Iglesia, pero todavía respondían a ciertas convocatorias no estrictamente religiosas. Se les convocaba a hacer marchas y se recorrían pueblos y pueblos, se coronaban montañas. Bueno, se les decía misa y se hacía hasta revisión de vida, pero faltaba reflexión en silencio sobre el Evangelio. Tenemos que reconocer que no se aprovechó el tiempo como era de esperar. No se formaron grupos de jóvenes cristianos.

Al terminar el Concilio, llevados de un equivocado amor a la liturgia, sin ningún apoyo en la doctrina del Concilio, que “recomienda encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano”, se optó por desestimar estos ejercicios piadosos. Estaban fuertemente arraigados en el pueblo y, la mayor parte, muy en línea con los tiempos litúrgicos, como pide el Concilio.

Puede añadirse la emigración y la escasez de sacerdotes.

Pero había una causa más profunda, algo que tocaba el corazón de la Iglesia. Hacía tiempo que algunos “teólogos” mantenían y difundían ideas contrarias a la concepción tradicional del sacerdocio y la vida consagrada. Eran claramente secularizantes. Y, aunque estas ideas no aparecían por ninguna parte en el Concilio, sus mentores siguieron defendiéndolas tenazmente como “espíritu del Concilio”. Esta reiterada siembra “fructificó” entre los sacerdotes y las almas consagradas.

Pablo VI tuvo enseguida conciencia del problema y manifestó su desacuerdo en repetidas ocasiones. Con toda claridad en el Discurso a los párrocos y cuaresmeros de Roma (17 de febrero de 1969): «Se debe tener cuidado –decía–. La necesidad, incluso el deber, de una misión eficaz insertada en la realidad de la vida social puede producir otros inconvenientes, como el de desvalorizar el ministerio sacramental y litúrgico, como si fuera freno y estorbo al de la evangelización directa del mundo moderno: es una idea hoy bastante extendida, el querer hacer del sacerdote un hombre como cualquier otro, en su hábito, en su profesión profana, en su asistencia a espectáculos, en la experiencia mundana, en el compromiso social y político, en la formación de su propia familia con la abdicación al celibato sagrado. Se habla de querer así integrar al sacerdote en la sociedad. ¿Es así como debe concebirse el sentido de la palabra magistral de Jesús, que nos quiere en el mundo, pero no del mundo…?».

Así mismo, en la V Conferencia General del Celam (1 de marzo de 2009), decía el prefecto de la Congregación correspondiente: «No podemos negar que la secularización invadió también numerosos ambientes de la vida consagrada, y aquí vine a propósito la frase evangélica: “¿Si la sal pierde el sabor, con qué le será restituido el sabor?" (Mt 5,13). Si los consagrados se secularizan, ¿quien mantendrá abiertos los espacios de trascendencia?».

¿Solución?  

Mejor que de solución, deberíamos hablar de una serie de medidas y tomas de posición. Esta es nuestra intención.

1º.- Primero hay que decir que la solución ha de venir, sobre todo y ante todo, desde dentro de la Iglesia, y en ella especialmente de los sacerdotes. Ella es la que tiene que hacer su revisión y marcar los caminos. De su autenticidad depende el cambio que necesitamos, los resultados de Dios.

En este sentido, sin dubitación ni distingo, ha de tener claro que su misión es la que Cristo encomienda a los Apóstoles: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación» (Mt 16,15). Hay que dejar muchas cosas, que, aunque necesarias, nunca son como la predicación. Dejemos a los seglares lo que pueden hacer. Dicen los Hechos referido a los Apóstoles: «No nos parece bien descuidar la palabra por ocuparnos del servicio de las mesas […] nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra» (Hch 6).

Una transmisión del Evangelio, que, por supuesto, ha de ser, sin recortes, en su integridad. Pero ¿cuándo se habla de los novísimos? Pues es determinante. Los mandamientos son diez, ni más “ni menos”. No interpretado según el capricho personal, sino rectamente interpretado. En último término, como lo interpreta la Iglesia. En momentos de crisis, como los del momento, lo peor que puede ocurrir es estar jugando con opiniones que no están plenamente concordes con el magisterio. La unidad en la fe es nuestra fuerza y lo contrario es debilitarla.

Aquí una revisión de gran importancia: ¿Cómo predicamos ese mensaje de salvación? ¿Llega a la conciencia de los oyentes? ¿Les estimula en relación a su vida? Para que sea eficaz, en lo que es de nuestra parte, requiere: estudio continuado, preparación inmediata, conocimiento de las circunstancias de los oyentes y que lo hagamos creíble.

2º.- Se trata de una nueva evangelización. Ya se nos ha olvidado. Y una nueva evangelización necesita unos sacerdotes según los Apóstoles, Este es el modelo que propone Pablo VI, a tenor de las palabras del discurso antes citado: el sacerdote no puede ser un hombre como cualquier otro, ni en su hábito, ni en su profesión profana, ni en su asistencia a espectáculos, ni en la experiencia mundana, ni en el compromiso social y político, ni en la formación de su propia familia: «Separados del modo de vida común, y dejando todo, incluso sus sacrosantos afectos, para seguirlo a Él solo, con entrega completa y compromiso sin retorno». La renovación en profundidad de la vida del sacerdote es la fuerza de cambio de la Iglesia.

3º.- Contra la corriente que tiende a considerar al presbítero como ministro de la palabra únicamente, hay que reafirmar con toda claridad que los presbíteros, además, son ministros de los sacramentos y de la eucaristía. No somos simples predicadores, sino, además, sacerdotes. La tradición es unánime y sin interrupción y el Vaticano II lo vuelve a reafirmar el la constitución Sacrosanctum Concilium n.10 y el decreto Presbyterorum Ordinis n. 5.

A su luz cabe preguntarnos cómo celebramos y vivimos la Santa Misa. Observadas fielmente las normas litúrgicas, perdamos nuestro yo y actuemos in persona Christi. Y, en una mirada a los demás sacramentos nos examinemos de cómo los celebramos y si somos fieles en la atención a la confesión y prestos a la Santa Unción. Ellos han abandonado la confesión, ¡y nosotros quizás hemos abandonado el confesonario! Ellos no llaman ¡y nosotros no vamos! Dios quiera que me equivoque.

4º.- En cuanto al Estado, tengamos claro: el liberalismo, desde su concepción libertad-tolerancia, convierte su laicismo en religión del Estado. La Iglesia tiene dificultad en la transmisión del mensaje y en la expresión de la vida religiosa. La izquierda radical (y no tan radical) intenta imponer su ideología materialista. Hay una marcada y plural actuación para hacer imposible la transmisión del Evangelio y para vivirlo.

Sin embargo, la libertad religiosa es un derecho fundamental que obliga al Estado no solo a tomar una posición permisiva, tanto en su difusión como en su práctica, sino de poner cuantos medios faciliten el ejercicio de este derecho. La Iglesia, desde una posición sincera y comprensiva, debe relacionarse con el Estado desde esta perspectiva. No se puede mendigar un derecho fundamental.

5º.- Andar de creyente a solas por este mundo tan agresivo hacia lo religioso, más hacia el catolicismo, es muy arriesgado. Pienso, pues, que la tendencia pastoral ha de ir hacia la formación de grupos, para que el individuo se sienta apoyado. Esto es casi definitivo para los jóvenes. Pero también se ha de pensar en las familias.

6º.- No se si se ha hecho un estudio serio sobre la religiosidad de los alumnos de colegios y universidades católicas. Sería muy conveniente para una hacer una reflexión y tomar las decisiones pertinentes.

7º.- La renovación ha de partir de la renovación de los sacerdotes. Podría simplificarse en estos puntos. Estudio; hoy se requiere una mayor y más amplia formación. Intensa vida espiritual; sin oración personal y pastoral no es posible un apostolado eficaz. Entrega apostólica sin reservas; al estilo de San Pablo. Vida que nos haga creíbles.

8º.- Todos los días deberíamos hacer un recuerdo de los siguientes textos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte [….] Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5 13-16). «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cr 4 1).

Termino con una importante reflexión. He hablado de la juventud, pero se trata ya de varias generaciones de juventud. Es preciso caer en la cuenta.

por Clementino Martínez Cejudo Opinión


Vea también         Vivir la vida escatológicamente


sábado, 4 de enero de 2020

Müller: «El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al espíritu de la época»

EN ARAS DE LA CONSTRUCCIÓN DE UNA
«NUEVA RELIGIÓN DE LA UNIDAD MUNDIAL»

Müller: «El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al espíritu de la época»


El cardenal Müller ha asegurado que la crisis a la que se enfrenta la Iglesia Católica hoy ha surgido del intento, incluso dentro de la propia Iglesia, de alinearse con la cultura del mundo y abandonar a Cristo, camino, verdad y vida.
(CNA/InfoCatólica) «La crisis en la Iglesia es provocada por el hombre y ha surgido porque nos hemos adaptado cómodamente al espíritu de una vida sin Dios», dijo el cardenal a miles de católicos reunidos en Phoenix para la Cumbre de Liderazgo Estudiantil 2020 organizada por la Comunidad de Católicos Estudiantes universitarios 

«El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al Zeitgeist, el espíritu de la época, y no el espíritu de Dios, que debemos relativizar los mandamientos de Dios y reinterpretar la doctrina de la fe revelada», dijo.

Advirtió que incluso muchas personas en la Iglesia «anhelan» una especie de catolicismo sin dogmas, sin sacramentos y sin un magisterio infalible.
Mueller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, celebró la Misa el 1 de enero por la solemnidad de María, Madre de Dios. En su homilía, reflexionó sobre el deseo humano de aceptar las gratificaciones sustitutivas cuando Dios es apartado.
«Pero el que cree no necesita ideología», dijo. «El que espera no alcanzará las drogas. El que ama no busca la lujuria de este mundo, que pasa junto con el mundo. El que ama a Dios y a su prójimo encuentra la felicidad en el sacrificio de la entrega de sí mismo».
«Seremos felices y libres cuando en el espíritu de amor abracemos la forma de vida a la que Dios nos ha llamado personalmente a cada uno de nosotros: en el sacramento del matrimonio, en el sacerdocio célibe o en la vida religiosa según los tres consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad por el reino de los cielos», continuó.
Muller enfatizó que la acción de gracias es una parte clave de la vida cristiana. Al comienzo del año nuevo, alentó a los católicos a expresar su gratitud por toda la creación, por enviar a Cristo al mundo como nuestro Salvador, por la Santísima Virgen María, la Iglesia Católica, el regalo de la familia y todas las demás bendiciones que puede darse fácilmente por sentadas.
«Como cristianos, tenemos una conciencia musical de la vida: en nuestros corazones resuena la canción de acción de gracias de ser redimidos. Su melodía es amor y su armonía es alegría en Dios», dijo.
En lugar de poner la esperanza en el destino, dijo, el cristiano reconoce que el sufrimiento es inevitable, pero aún así puede encontrar alegría en Cristo, quien también sufrió y nos abrió la puerta a la vida eterna.
Sin embargo, en estos tiempos difíciles, los escándalos en la Iglesia y la crisis entre las sociedades tradicionalmente cristianas en Occidente han llevado a muchos a preguntarse ansiosamente si la roca sobre la cual Cristo construyó su Iglesia se está desmoronando, dijo el cardenal.
«Para algunos, la Iglesia Católica está rezagada en 200 años en comparación con el mundo actual. ¿Hay alguna verdad en esta acusación?»
«Los llamados a la modernización exigen que la Iglesia rechace lo que considera cierto, en aras de la construcción de una "nueva religión de la unidad mundial"», advirtió el purpurado
«Para ser admitida en esta meta-religión, el único precio que la Iglesia tendría que pagar es renunciar a su reclamo de la verdad. Parece que no es gran cosa, ya que el relativismo dominante en nuestro mundo de todos modos rechaza la idea de que realmente podríamos saber la verdad, y se presenta como garante de la paz entre todas las visiones del mundo y las religiones del mundo».
La sociedad poscristiana acoge con beneplácito estos esfuerzos para reconstruir la Iglesia «como una religión civil conveniente», dijo el cardenal.
«El antídoto contra la secularización dentro de la Iglesia es una vida de fe, vivida en la verdad duradera de Cristo», dijo Muller a los presentes.
«Dios, que es eterno, no puede ser cambiado por los caprichos de la sociedad», recalcó.
«En el ser humano concreto Jesús de Nazaret, la verdad universal de Dios está presente concretamente aquí y ahora, en el tiempo y el espacio históricos», dijo el cardenal. «Jesucristo no es la representación de alguna verdad supratemporal: Él es 'el camino, la verdad y la vida' en persona».