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sábado, 28 de marzo de 2020

Vitaminas para prevenir y curar virus espirituales

Durante una pandemia, buscamos alimentarnos bien para mantenernos sanos y no contraer el coronavirus. Estamos pensando en nuestro bienestar físico y el de nuestros seres queridos, y tenemos razón. Pero, ¿será que también estamos
pensando en armarnos espiritualmente?
VITAMINE-NATURAL-PILLS

Vigilamos la propagación del Covid-19 en nuestro territorio y aplicamos escrupulosamente las normas básicas de higiene, como el lavado de manos. ¿Pero también estamos atentos al progreso de nuestra vida espiritual?
Mientras exprimimos naranjas para el desayuno, ¿pensamos en las “vitaminas espirituales” que nuestros corazones necesitan para crecer en el amor de Dios? Consejos para encontrar estas “vitaminas”:

En la oración, Dios “recarga nuestras pilas”



PRAYING
fizkes | Shutterstock

Un aparato eléctrico sólo puede funcionar si está enchufado o si está cargado. Lo mismo se aplica a nosotros. Sólo podemos “trabajar” si estamos conectados a Dios, si no nos olvidamos de recargarnos las pilas.
Cuanto más saturados, apurados, cansados y abrumados estamos, más urgente es detenerse y rezar. No de vez en cuando: todos los días.
Sin prisa: tomando un tiempo para calmarte, para deshacerte de tu peso en las manos de Dios.
La fatiga, como todos hemos experimentado, nos atrapa en un círculo vicioso: porque estamos cansados, tendemos a malgastar nuestra energía y a desperdiciarla, lo que nos agota. La única salida es poner todo en manos de Dios:
Señor, no son mis planes los que importan,
pero lo que quieres hacer a través de mí.
Espero todo de ti.
Sin ti, no puedo hacer nada.

La Palabra de Dios, un alimento indispensable



BIBLE
Lincoln Rogers | Shutterstock

Leer y meditar la Palabra de Dios no es un lujo sino una necesidad. La Sagrada Escritura es como una hogaza de pan de la que la Iglesia, como una madre, nos da un trozo cada día: esta porción diaria de pan son las lecturas de la liturgia, especialmente las de Misa.
Cada uno de nosotros puede leerlas en su misal.
Por supuesto, no lo entendemos todo. A veces estamos tan cansados o distraídos, que tenemos la impresión de que estamos perdiendo el tiempo leyendo estos textos que no están a nuestro alcance.
Pero eso es olvidar que el Espíritu Santo, Él, nunca está cansado o distraído. Y es Él quien hace que la Palabra brote en nosotros, es Él quien nos permite asimilarla para que pueda ser verdaderamente un alimento para nosotros.

Poderosos sacramentos



Capture d'écran Facebook / Virna Flores

¿Acaso pensamos lo suficiente en el poder de los sacramentos, especialmente los “sacramentos del camino” que son la Eucaristía y la Reconciliación?
¿Sabemos cómo aprovechar la fuente inagotable que comenzó a fluir dentro de nosotros en el día de nuestro bautismo?
Y esta fuente nunca se seca, incluso si somos físicamente incapaces de tener acceso a los sacramentos como la Eucaristía o la Penitencia, la gracia de nuestro Bautismo nos da la posibilidad de tener siempre acceso a ellos a través de nuestro deseo espiritual. 
Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Juan 4:14).
Los sacramentos son un tesoro inagotable, donde cada día podemos tomar lo que necesitamos para vivir. A través de ellos, Dios entra en nuestra carne, para nutrirnos, sanarnos, perdonarnos y santificarnos.

Virus más terribles que el Covid-19

Dios nos da lo que necesitamos para crecer en su amor. Nos lo da incansablemente, en abundancia. Pero aun así debemos estar preparados para recibirlo.
Dios siempre está delante de nosotros como un mendigo: nunca fuerza su entrada. Depende de nosotros abrir la puerta. ¿Cómo lo hacemos? A través de la atención a los demás, el compartir, el perdón que abre nuestros corazones, preparándolos así para recibir el regalo de Dios.
La fatiga hace que nos encerremos en nosotros mismos: tensos por nuestras obligaciones o dificultades, puede que no siempre estemos disponibles para los demás.
Cuando nuestros oídos, nuestros ojos, nuestro corazón están cerrados a nuestros hermanos, Dios no puede entrar en nuestra casa.
A medida que el Covid-19 se extiende por el mundo, no debemos olvidar que todos necesitamos “recargarnos de vitaminas” para resistir a los otros “virus” desagradables llamados desánimo, retraimiento o desesperación.
Recordemos armarnos contra estos virus espirituales que son los más terribles ya que atacan lo más valioso que hay en una persona.
Por Christine Ponsard, Edifa, Aleteia

Vea también Acompañamiento espiritual del enfermo


sábado, 31 de agosto de 2019

Cuando la religiosidad y el fanatismo son un mal en la familia

Se manifiesta cuando su forma de entender y vivir la religión,
no se traduce en una buena salud psicológica y espiritual

En mi consultorio, he atendido personas cuya problemática se relaciona claramente con una equivocada noción de religiosidad, por la que su comportamiento se aparta de lo que se considera habitual en el común de las personas, lo mismo en la forma de percibir el mundo que los rodea, como en sus afectos y relaciones interpersonales.
Personas que en el interior del templo y asumiendo ciertos roles, se sienten realmente “alguien”, en un mundo ajeno a ese otro de la vida real que corre en paralelo, y que según ellos no deben de tocarse.
Ese es su problema.
Ello se manifiesta cuando su forma de entender y vivir la religión, no se traduce en una buena salud psicológica y espiritual propia y familiar, cuando, paradójicamente, el término religión significa religarse o unirse más a la fuente de vida que solo puede venir del creador para andar en verdad, como la manera más práctica de crecer como personas y ser felices.
En las primeras sesiones, sin reconocerlo, suelen invocar a la menor oportunidad, sus conocimientos sobre su fe, su asiduidad al culto, a grupos de oración, a la práctica constante de rituales, en un afán de dar a conocer lo que dicen ser sus convicciones religiosas.
Luego ponen en evidencia ciertos rasgos como:
  • Su religiosidad se funda en prácticas externas, más que en la necesidad de amar con obras.
  • No se plantean cambiar desde su corazón para aceptar plenamente a los demás, perdonando, comprendiendo, luchando contra sus defectos… siendo agradecidos.
  • Al no tener el sustento de virtudes humanas, en ellos las virtudes espirituales no dejan de ser, raras virtudes.
  • Algunos en el templo consiguen olvidar cierta forma de soledad, así como sus propias necesidades afectivas sin resolver  pero también olvidan muchas de sus principales responsabilidades en la familia, al descuidar sus necesidades educativas, emocionales, físicas y económicas.
  • Los hay quienes buscan por ese camino una posición de ascendencia sobre los demás, comenzando por su familia, a la que exigen precisamente lo que ellos no están dispuestos a vivir.
  • Otros, tratan de conseguir un prestigio que no tienen el terreno profesional o social, por mediocridad e incompetencia.
  • No faltan los que esperan que Dios les resuelva los problemas, y conceda todo aquello que necesitan a través de una mística milagrera y de autocompasión.
  • Y quienes por un espíritu endeble,  buscan un ambiente de seguridad psicológica donde su papel sea aceptado y reconocido, al margen de su falta de verdadero carácter.
Estos errores inevitablemente terminan  convirtiéndose en un factor de desintegración al interior de la familia, donde las relaciones de una comunidad de vida y amor se desnaturalizan y deforman, ya que la confianza, espontaneidad y alegría que deben marcarlas, resultan encorsetadas por las afectaciones de una falsa religiosidad.
Por lo contrario, cualquiera que sea la forma de credo, la fe une a la familia, y la mejor forma de trasmitirla es hacerlo es desde un testimonio fraguado en la propia vida de quienes educan, y muestre sus valores, creencias y preceptos morales realizados
Y  desde esa perspectiva, es necesario hacerles  comprender que deben  iluminar la razón y fortalecer la voluntad en la adquisición virtudes humanas que les haga ser mejores personas, y, desde esa perspectiva, a amar verdaderamente a Dios, a sí mismos y a los demás.
A no rehuir el encuentro con Dios en la vida ordinaria, además de una asistencia al templo en las prácticas regulares y propias de su piedad.
A comprender que la verdadera fe fortalece, libera y desarrolla las cualidades humanas, pues el bien que busca, aunque resulte costoso en términos de esfuerzo, es siempre una buena inversión. El mal en cambio, se compra muy barato, Incluso es agradable en la superficie del alma. Pero antes o después, termina  en algo aún más costoso que acaba por hipotecar toda la vida.
A estas personas se les clarifica, que con fe, no dejan de ser unas personas normales cuya salud corporal, psicológica y espiritual debe  desarrollar  tres fundamentales rasgos:
  • La cercanía con Dios debe ser la gran causa de fondo de su optimismo, al esforzarse siempre en adquirir virtudes tanto humanas como espirituales.
  • Las alegrías, pruebas y sufrimientos que se encuentran en medio del mundo, poseen a la luz de la fe una elocuencia que no pueden captar quienes no creen.
  • La vida sin fe sería como una broma cruel que puede terminar un día, casi sin avisar. Contra este sentimiento cuentan con que su alma, su verdadera esencia, no morirá jamás y deben cultivar por ello la virtud de la esperanza.
Los desequilibrios que fatigan al mundo y engendran tantos trastornos, están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, cuando se aleja de Dios o lo busca en forma equivocada.
Por ello, la religión pertenece a la misma esencia del hombre, siendo una guía insustituible, puesto que, sin la fe, la sola razón puede extraviarse.
Orfa Astorga, Aleteia
Consúltanos en: consultorio@aleteia.org