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martes, 15 de octubre de 2019

¿Conoces el significado del Ave María?


Papa Francisco nos explica el verdadero sentido de las palabras (que a menudo ignoramos) de esta importantísima oración


VIRGIN

Todos rezamos el Ave María. Pero ¿cuántos conocen su verdadero significado? ¿Qué se quiere expresar con esta oración?
En el libro Maria. Mamma di tutti (ediciones San Pablo, publicado en Italia) es directamente el Papa Francisco quien nos enseña el sentido de las palabras de esta importantísima oración.

Llena de gracia

El ángel Gabriel llama a Maria “llena de gracia” (Lc 1,28): en ella, observa el Papa, “no hay espacio para el pecado, porque Dios la preeligió desde siempre como madre de Jesús y la preservó de la culpa original”.
“Y el Verbo se hizo carne en su seno. También a nosotros se nos pide escuchar a Dios que nos habla y acoger su voluntad. El Señor nos habla siempre”.

El Señor está contigo

Lo que sucedió en la Virgen de manera única, sostiene Francisco, “sucede a nivel espiritual también en nosotros cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón bueno y sincero y la ponemos en práctica. Sucede como si Dios tomase carne en nosotros, Él viene a habitar en nosotros, porque toma morada en los que lo aman y observan su Palabra. No es fácil entender esto, pero, sí, es fácil sentirlo en el corazón”.
“¿Pensamos que la encarnación de Jesús es algo del pasado, que no nos afecta personalmente? Creer en Jesús significa ofrecerle nuestra carne, con la humildad y el valor de María”.

Bendita eres entre las mujeres

¿Cómo vivió María esta fe? “La vivió – responde el Papa – en la sencillez de las miles ocupaciones y preocupaciones diarias de cualquier mamá, como proveer el alimento, el vestido, el cuidado de la casa… Precisamente esta existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se llevó a cabo una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su Hijo”.

Y bendito el fruto de tu seno, Jesús

María es receptiva pero no pasiva, precisa Francisco.
“Como, a nivel físico, recibe el poder del Espíritu Santo pero después da la carne y la sangre al Hijo de Dios que se forma en Ella, así, en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe. Por esto san Agustín afirma que la Virgen “concibió antes en el corazón que en el seno”. Concibió antes la fe y después al Señor”.

Santa María, Madre de Dios

La Madre del Redentor, continua el Papa, “nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios, nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio gozoso y sin fronteras”.

Ruega por nosotros pecadores

Para explicar el sentido de este pasaje de la oración, Francisco evoca una anécdota:
Recuerdo una vez, en el santuario de Luján, estaba en el confesionario, ante el cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con pendientes, tatuajes, todas estas cosas… Y vino para decirme lo que le pasaba. Era un problema grave, difícil. Y me dijo: conté esto a mi mamá y mi mamá me dijo: ve a la Virgen y te dirá lo que tienes que hacer. Esta era una mujer que tenía el don del consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero le indicó el camino justo: ve a la Virgen y ella te dirá. Este es el don del consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio al hijo el mejor consejo. De hecho el muchacho me dijo: miré a la Virgen y sentí que tenía que hacer esto, esto y esto… Yo no tuve que hablar, lo habían dicho ya todo su mamá y el propio joven. Este es el don del consejo. Ustedes mamás que tienen este don, pídanlo para sus hijos. El don de dar consejo a los hijos es un don de Dios.

Ahora y en la hora de nuestra muerte 

Confiémonos a María, añade Papa Francisco, “para que Ella, como Madre como madre de nuestro hermano primogénito, Jesús, nos enseñe a tener su mismo espíritu materno hacia nuestros hermanos, con la capacidad sincera de acoger, perdonar, dar fuerza e infundir confianza y esperanza. Esto es lo que hace una mamá”.
El camino de María hacia el Cielo comenzó con ese SÍ pronunciado en Nazaret, en respuesta al Mensajero celeste que le anunciaba la voluntad De Dios para ella. Y en realidad es justo así: cada SÍ a Dios es un paso hacia el Cielo, hacia la vida eterna”.
Gelsomino del Guercio, Aleteia

viernes, 11 de mayo de 2018

¿Por qué pedimos a María intercesión “en la hora de nuestra muerte”?

Esta frase del Ave María es humilde pero muy poderosa

DEATH
En la oración por excelencia a la Virgen, el Ave María, la frase final dice: “ruega por nosotros, que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Esta frase, si uno reza el rosario a diario, la repite al menos 50 veces.
¿Por qué tanta insistencia? Sólo puede ser una razón: porque la Iglesia reconoce que, en la hora de la muerte, la intercesión de la Virgen es muy necesaria y extremadamente eficaz.
Para comprender esta necesidad, hay que tener presente que la hora de la propia muerte es la más decisiva y difícil de todas. Es la hora del combate supremo. Una buena muerte puede reparar los errores de toda una vida, y alcanzar la misericordia divina.
El ejemplo del buen ladrón del evangelio: Su vida estaba manchada por varios crímenes, que le llevaron a merecer ser ajusticiado. Pero poco antes de morir, se arrepintió, fue perdonado, y recibió la seguridad del mismo Cristo de que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso.
Sin embargo, también puede suceder al contrario: en el último instante de la vida, uno puede dar la espalda a Dios, y aun cuando llevara una vida virtuosa, podría en el momento supremo renegar de todo ello y comprometer su salvación eterna.

El momento de la agonía

Las historias de los santos, san Francisco de Asís, san Andrés Avelino y tantos otros, muestran que el momento de la muerte es también el momento de la lucha espiritual más fuerte. No es casualidad que muchos moribundos llamen a su madre biológica en esos duros momentos, como buscando un consuelo maternal, incluso aunque esta ya haya muerto.
La Iglesia, consciente de la gravedad de ese momento en la vida de un cristiano, dispone ayudas espirituales importantes, como el sacramento de la Unción de los Enfermos. Y propone también acudir al auxilio de la Virgen María: Santa María, ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte.
Para los cristianos, poder invocar a María en esos momentos es un consuelo a la vez humano y espiritual muy profundo. Su intercesión es poderosa en el momento de las tinieblas, y Ella es capaz de enternecer el corazón más duro y de lograr una verdadera conversión. Esta creencia ha sido constante en los grandes santos y padres de la Iglesia
“Cuando llega la última hora de un devoto de Nuestra Señora – dice san Buenaventura -, esta buena Madre le envía los espíritus angélicos que están a sus órdenes, juntamente con san Miguel, su jefe. Y Ella, que es el flagelo del infierno – como dice san Juan Damasceno – Ella que tiene, por misión, el odio a la serpiente infernal, le hace sentir, sobre todo cuando alguno de sus devotos abandona este mundo, todo su victorioso poder. Ella es para el demonio, en esta ocasión, terrible como un ejército en orden de batalla. Se vuelve contra él como esa torre de la que habla el Cantar de los Cantares, donde mil escudos están levantados con las armas de los más valientes”.
“¡No, un servidor de María no puede perecer!” – declara san Bernardo. – “¡No, aquel por quien María se dignó rezar no puede ya tener dudas de su salvación y de su ida a la gloria del Cielo!” – dice san Agustín.
“¡No, aquel por quien María rezó una vez no perecerá! ¡No, quien reza piadosamente todos los días el Ave María no será abandonado en la última hora!” – exclama también san Anselmo. Esta oración posee todas las cualidades capaces de volverse infaliblemente victoriosa.
En primer lugar, ella es santa en su motivación. ¿Qué pedimos por ella? La perseverancia final “en la hora de nuestra muerte”. Además, esta oración es humilde. Por ella confesamos a María Santísima nuestra miseria, revistiéndonos de un título que nos define muy bien: “pobres pecadores”.
Es también una oración confiante, pues nos dirigimos a la más poderosa intercesora que pueda haber, Aquella que es llamada de “Omnipotencia suplicante”, en vista de su santidad preeminente y de su dignidad incomparable de Madre de Dios: “Santa María, Madre de Dios”.
Esta oración es perseverante. ¿Qué oración puede ser más perseverante? Aunque, por suposición, sólo rezásemos un Ave María por día, ¿cuántas veces durante nuestra vida le habremos pedido que interceda por nosotros en la hora de la muerte? ¿Y cómo será si rezamos al menos un misterio del rosario? ¿Más aún si tenemos la costumbre de rezar diariamente un rosario entero? ¿Será posible que María Santísima, tan celosa de nuestra salvación, no nos escuche?
Tomemos, pues, la resolución de rezar todos los días de nuestra vida, con una nueva fe, una nueva confianza y un nuevo cuidado, esta corta pero tan bella y eficaz oración, el Ave María. Así obtendremos cada día aquellas gracias particulares que necesitamos y, sobre todo, la gracia necesaria al final de la vida, la mayor de ellas, la más importante de todas las gracias, la gracia de perseverar hasta el final.
(Adaptado de “L’Ami du Clergé” nº 39, de 23/9/1880)