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miércoles, 26 de octubre de 2022

¿Qué es la providencia divina? 3 claves para descubrirla

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Es en contacto profundo con la realidad y con lo que Dios hace en ella, como podremos entender qué es la providencia divina. Luisa Restrepo nos explica cómo

Dios actúa en nuestra realidad. Es en la realidad donde está Dios y donde se manifiesta su acción.

Contrario a esto, a veces creemos que su acción se puede ver o percibir en nuestra vida solo en ciertos momentos en los que lo extraordinario se hace presente, sea bueno o malo.

1DIOS NO ES UN DIOS ARBITRARIO

A veces creemos que Él diseñó el mundo y luego lo dejó para que todo marche con una autonomía absoluta. Pensamos que solo se manifiesta de vez en cuando para darnos algún mensaje.

También solemos creer que las cosas pasan solo porque “Dios quiere”.

En este pensamiento nuestra libertad no juega ningún papel, pues nuestro destino está ya fijado. Nuestras decisiones son una ficción, no importa qué camino tomemos, al final llegaremos a un mismo lugar ya predestinado por Dios.

Por otro lado, la vida nos lleva a pensar que la voluntad de Dios es caprichosa. Si Dios quiere, interviene. Y si no quiere, no. Sus decisiones no obedecen a otra razón que lo que sienta en el momento.

Todas estas afirmaciones nos llevan a pensar que Dios actúa como un ser humano y nos hacen olvidar que Dios actua con sus propias categorías que a nosotros nos cuesta entender porque no somos Dios.

Una relación con Él nos permite conocerlo como un Dios providente que cuida a sus criaturas.

2LA CREACIÓN NO ESTÁ ACABADA

La vida del mundo no está acabada. La realidad no termina en lo que podemos dimensionar los seres humanos. Somos seres en movimiento, en cambio constante, y Dios está al tanto de ello.

Él guarda la creación desde su providencia y la conduce a su perfección. Tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos de la historia.

Todo lo que sucede, aunque parezca arbitrario y sin sentido, tiene una lógica dentro de esa realidad de perfección en el amor a la que Él nos quiere conducir.

«No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? […] Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura».

Mt 6, 31-33; Mt 10, 29-31

En la escritura nos ha ido mostrado cómo es su providencia. Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha hecho hombre para experimentar todo lo que es humano. Él es el buen pastor que nos cuida y nos demuestra su constante atención por nosotros.

3SOMOS SOCIOS DE SU PROVIDENCIA

Siendo sus amigos comprenderemos cada vez más cómo obra para unirnos a Él en la construcción de este mundo.

Dios busca al ser humano como socio para sus designios. En medio de un mundo que está en vía de perfección, Él nos elige como aliados para construir juntos este mundo y permitir que su amor se manifieste.

En la medida en que nos dispongamos a recibir el amor de Dios y seamos receptores activos de este, la realidad estará más llena de Dios, incluso las circustancias más complejas.

Benedicto XVI nos dice:

Esto es importante también en nuestra oración: debemos aprender a abandonarnos más a la Providencia divina, pedir a Dios la fuerza de salir de nosotros mismos para renovarle nuestro «sí», para repetirle que «se haga tu voluntad», para conformar nuestra voluntad a la suya. Es una oración que debemos hacer cada día, porque no siempre es fácil abandonarse a la voluntad de Dios, repetir el «sí» de Jesús, el «sí» de María.

Démosle nuestro sí a Dios, aun en las situaciones más adversas. Así, su providencia y su amor se manifestarán de formas misteriosas en nuestra vida.

Luisa Restrepo, Aleteia 

Vea también:        Providencia:  poder y sabiduría amorosa































sábado, 18 de septiembre de 2021

Cómo una persona competitiva puede aprender a ser cooperativa

CANOE


Si te encanta competir, aquí tienes una manera de canalizarlo hacia una situación en la que todo el mundo gane

Cuando yo era niño, mi padre tenía una filosofía. Estaba decidido y empeñado en derrotarnos a mí y a mis hermanos en todas y cada una de las competiciones deportivas hasta que pudiéramos vencerle legítimamente por nuestros propios méritos. En baloncesto no tenía piedad; aunque me permitiera anotar algunas canastas, a mí nunca jamás se me permitía ganar.

Todas las derrotas me motivaban a mejorar y pasaba mucho tiempo practicando. Aprendí a lidiar con la pérdida, a fijarme objetivos y a esforzarme para convertir una debilidad en una fortaleza. Entonces, cierto día, siendo ya adolescente, gané un partido. Me sentí bien porque sabía que me lo había ganado. Él no me había dejado ganar. Toda esa irritación, toda esa frustración a lo largo de los años por no ser capaz de derrotarle, todo menguó en un instante y, hasta este día, me aseguro de que mi padre sepa que yo soy el campeón. Algún día, mis propios hijos crecerán lo suficiente como para derrotarme. Es el ciclo de la vida.

Mis dos hermanos y yo éramos –a quién quiero engañar, somos– competitivos por naturaleza, pero de niños no todo era competir. También había trabajo cooperativo. Los hermanos solíamos aliarnos para luchar contra nuestro padre. Formamos una cuadrilla de construcción para edificar una casa club en el patio trasero (no se permitían chicas). Nos picábamos entre nosotros para realizar retos físicos, aprendíamos mutuamente y, por lo general, nos hacíamos mejores los unos a los otros.

Equilibrio

En lo que respecta a competición vs. cooperación, hay un equilibrio. Hay un gran valor en experimentar la competición desde joven, cuando el riesgo a perder es bajo. Tenía que aprender a gestionar la frustración de perder aquellos partidos de baloncesto y era mejor que lo hiciera más pronto que tarde. Tener un berrinche de niño es parte de la infancia y tenemos que atravesar esa fase para poder entenderla y no tener berrinches como adultos. Es importante aprender pronto esas duras lecciones porque, como adulto, ningún empleador va a darte un respiro y a ningún amigo le resultará adorable que no sepamos afrontar los contratiempos con gracia.

Como soy una persona muy competitiva, tardé cierto tiempo en entender que también hay valor en el esfuerzo cooperativo. De joven, quería destruir a la competencia. Quería el primer premio del concurso de arte, la nota media más alta, entrar en la mejor universidad. Quería el mejor futuro posible, la mejor carrera, ser admirado por todos. Si otras personas tenían que perder para que yo pudiera triunfar, pensaba que eso era simplemente el precio de jugar a este juego. Era algo que no podía evitarse. Si alguien va a ganar, entonces alguien tiene que perder. Yo iba a esforzarme cuanto pudiera por ser el que ganara.

Juntos ganamos

Ya no veo las cosas de esa manera. Toda mi visión de la idea de competición y cooperación ha cambiado, sobre todo ahora que soy padre de seis hijos y quiero que a todos les vaya bien. He logrado ver que toda nuestra familia, al cooperar y apoyarse mutuamente, puede ganar junta. También quiero que ganen mi parroquia y mis amigos y mi barrio. No es una competición para destruir a todos los demás para que yo o los míos podamos ganar. Más bien, es una competición para implicarnos todos juntos, de forma cooperativa, en muchos niveles de un escenario en el que todos salen ganando.

El ejemplo de las plantas

Hay un campo de investigación llamado biomimesis que estudia, entre otras cosas, el comportamiento colectivo de las plantas. Una científica pionera en biomimesis es Janine Benyus, quien señala que la naturaleza, en realidad, no queda muy bien explicada según una teoría darwinista de la supervivencia del más apto. Las plantas no intentan competir y destruirse entre sí. Lo que hacen en realidad es cooperar para apoyarse mutuamente, construyendo sistemas ecológicos en los que las plantas dependen unas de otras y se ayudan recíprocamente a prosperar.

De hecho, cuanta más presión recae sobre las plantas para sobrevivir en un clima difícil, más cooperan. Benyus escribe que, “cuanto más estresante es el entorno, más probable es encontrar plantas colaborando para garantizar la supervivencia mutua”. Una planta arrojará sombra sobre otras, lo cual, a su vez, atraerá polinizadores o enriquecerá el suelo. Plantas más grandes bloquean el viento y plantas más pequeñas devuelven el favor cultivando el suelo.

Aquí hay una lección que aprender para el ser humano. Con frecuencia, cuando estamos bajo presión, recurrimos a esos viejos instintos competitivos porque existe la creencia de que hacer que alguien pierda implica que nosotros ganamos. Es una reacción de estrés, pero es la incorrecta. La auténtica forma de ganar es participar de un tipo completamente diferente de esfuerzo competitivo, el de luchar por el bien común.

Los demás seres humanos no son mis competidores. Son mi familia, mis amigos, mis vecinos. Son personas a las que quiero ver prosperar y, cuando lo hacen, implica que yo también prospero. Estos son los tipos de lecciones que quiero enseñar a mis hijos porque no quiero que crezcan pensando que tienen que superar a otras personas para poder ser felices, que tienen que crear perdedores para poder ser vencedores. En vez de eso, quiero que vean que la bondad de este mundo es abundante hasta lo inagotable y que cuanto más la compartamos y luchemos por ella de forma colectiva, más habrá.

Michael Rennier, Aleteia

Vea también     El crecimiento en la caridad