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lunes, 16 de marzo de 2026

78 años de diferencia, y aun así es un amor loco entre Mel y Fernande

 

Mel & Fernande, une ode contemporaine aux liens familiaux

Esta es la historia de una mujer de 23 años que desea contar la historia de su bisabuela de 101 años y compartir la inmensa riqueza de su vida con el mundo. Una de esas historias que conmueven el corazón. A continuación, una entrevista

Setenta y ocho años las separan, y sin embargo, al verlas juntas, parecerían ser las mejores amigas, tan evidente es su conexión. Mélissa y su bisabuela Fernande, conocidas como Mel & Fernande, ya han conquistado a millones de internautas, acumulando casi dos millones de seguidores en redes sociales gracias a sus videos. El libro Mel & Fernande, escrito por Mélissa Anton y publicado el 4 de marzo de 2026, relata su preciado vínculo. Esta es la historia de una joven que descubre con asombro y admiración la inmensa sabiduría de su bisabuela paterna, ahora centenaria.

Mel & Fernande, une ode contemporaine aux liens familiaux

Anteriormente, aunque sentía algo por ella, nunca la había conocido personalmente y se mantenía, por así decirlo, distante. "Antes de forjar nuestra relación, tenía muchos prejuicios sobre ella y la veía como rígida y poco sensible. Pensaba que éramos incompatibles por nuestra diferencia de edad de setenta y ocho años", declaró la autora a Aleteia.

"Venimos de dos mundos diferentes. Ella creció en una familia de nueve hijos y vivió en la pobreza, mientras que yo siempre fui una persona consentida y muy protegida. Por eso, pensé que no compartíamos los mismos valores, pero todas mis ideas preconcebidas finalmente se desvanecieron".

"Mi sentido de prioridades ya no era el mismo"

Retrocedamos en el tiempo. Al llegar a la venerable edad de 97 años, quedó claro que Fernande ya no podía vivir sola. Se habló de buscarle un lugar en una residencia de ancianos. Para el padre de Mélissa, criado tanto por su madre Marlène como por su abuela Fernande, esto era impensable: ella iría a vivir con él. Esta decisión lo cambió todo para Mélissa, quien de repente se encontró viviendo bajo el mismo techo que la nonagenaria.

Para la joven, esta inesperada convivencia fue una oportunidad para conocer finalmente a su bisabuela y forjar un vínculo profundo. "Cuando vino a vivir con nosotros, todo cambió. Comprendí que mi bisabuela era, ante todo, una mujer. Y hoy siento la necesidad de transmitir su historia, y eso es lo que quise plasmar en el corazón del libro", continúa, haciendo hincapié en la importancia de transmitir las tradiciones.

"Yo era ambiciosa y quería un buen sueldo. Estaba obsesionada con mi máster en derecho notarial; solo pensaba en los estudios, el trabajo y salir, e incluso mi pareja pasó a un segundo plano", confiesa. A medida que pasa más tiempo con Fernande, se da cuenta de que tiene "ochenta años de vida por delante".

Le organiza sesiones de manicura, le presenta Los Sims… "Mis prioridades eran completamente diferentes", suspira. Consciente de que Fernande no va a vivir para siempre —aunque espera llegar a los 126—, aspira a ser "una embajadora del envejecimiento saludable en Francia" en el futuro.

Mel & Fernande, une ode contemporaine aux liens familiaux

Fernande la transformó profundamente, escribe, describiendo "un cambio interior, silencioso e irreversible. Una nueva forma de ver a los demás". Hoy, Fernande vive en Aix-en-Provence con su bisnieta y Florent, su pareja. ¿Qué inspira a Mélissa de su nueva pareja? "El hecho de que siempre tuvo esa chispa esperando ser reavivada. No esperaba la muerte; esperaba que alguien le devolviera la vida", dice, conmovida.

La joven elogia la bondad y la capacidad de asombro de su mayor, se divierte con su coquetería, admira su picardía, admira su deseo de seguir siendo bella y se entusiasma con la fe inquebrantable de la mujer que ve la misa por televisión todos los domingos.

"Ya no me encuentro frente a la 'abuela' siendo interrogada al final de una mesa. Me encuentro frente a Fernande: una mujer de ingenio agudo, lucidez casi insolente y una memoria rebosante de anécdotas", escribe en su libro. Y unas líneas más adelante, añade: "Entiendo algo muy simple: no la conocía porque nunca le había dado el espacio que merecía". Así que demos espacio a nuestros mayores: ¡tantas hermosas historias de amor nos esperan!

Domitille Farret d'Astiès, Aleteia

Vea también    La  'misión imposible' de los abuelos y abuelas...



martes, 5 de marzo de 2024

Sin obligación de ayunar, ¿cómo viven los abuelos la Cuaresma? 6 oportunidades únicas de evangelizar


Unos abuelos rezando con su nieto.

Ofrecer ayunos y abstinencias beneficia no solo al propio alma, sino también a la de nuestros hijos y nietos, asegura el abuelo de 16 y articulista Dan Spencer.


De los cánones 1249 al 1253, el Código de Derecho Canónico fija las condiciones que los fieles deben observar los días de penitencia, fundamentalmente los de Cuaresma pero también todos los viernes del año. A menos de un mes para que finalice el periodo cuaresmal, los fieles de la Iglesia universal a partir de los 14 años siguen llamados a guardar la abstinencia de carne cada viernes. Si bien los mayores de 59 están llamados a formar "un auténtico espíritu de penitencia", no están obligados a guardar la ley del ayuno. Tratándose de los ancianos, también gozan en según qué casos de dispensas en lo relativo a la asistencia a la Santa Misa y el culto divino, por lo que mantener la tensión espiritual puede ser para ancianos y abuelos todo un reto.

El articulista, padre y abuelo de 16 nietos Dan Spencer es consciente de sus múltiples dispensas. Sin embargo, admite que prefiere estar "mejor preparado" como abuelo y sabe que "la necesidad de arrepentimiento y de reformar nuestras vidas no conoce límite de edad.

"Sigue existiendo la necesidad de que nos convirtamos en abuelos piadosos. Y ofrecer mis ayunos y abstinencias beneficia no solo a mi alma, sino también a la de nuestros hijos y nietos", expresa en Catholic Exchange.

De sus palabras y otras iniciativas se extraen algunos hábitos que pueden cambiar la Cuaresma de varias generaciones:

1º La fuerza modélica de compartir sacrificios con hijos y nietos

En este sentido, y dirigiéndose a los muchos abuelos cuyas condiciones no les permiten guardar el ayuno y la abstinencia recomendados en Cuaresma, Spencer recuerda que "el ayuno y la abstinencia no tienen por qué referirse solo a la comida".

"Los abuelos pueden ayunar de actividades rutinarias, incluso las que son buenas. Los abuelos pueden unirse a los nietos para abstenerse por ejemplo de ver la televisión o, en el caso de nietos más mayores, de pasar tiempo frente a otras pantallas", propone.

Al hacerlo, la imagen que se traslada es que el simple hecho de comprometerse con los nietos en un propósito común puede tener gran impacto.

"No solo estamos apoyando sus esfuerzos, sino que compartimos su propósito y para ellos se convierte en un acto modélico", agrega.

2º Un regalo a Dios entre semana de abuelos y nietos

A mediados de febrero, Katie Warner se hacía eco de algunas otras posibilidades con que cuentan los abuelos para hacer de la Cuaresma un tiempo fructífero de acuerdo a su situación.

Recoge el caso de una abuela de nueve nietos, Tricia Peterson, que encuentra en los viernes el momento idóneo para ir a misa con sus nietos. "Les recuerdo que estar en misa es un regalo para Nuestro Señor y un regalo para ellos", mencionó.

Abuelos con nietos.

Algo tan sencillo como ir a misa entre semana o a una adoración al Santísimo puede cambiar la vida de los nietos... y de los propios abuelos. 

3º Rezar por hijos y nietos y reforzar su adoración eucarística

Los abuelos también pueden contactar con su organización parroquial de mayores, con una delegación de las asociaciones de abuelos católicos o bien junto a otros que, como parroquianos y feligreses, deseen transmitir la fe y mantener la oración en el centro de la familia. En el caso de la Asociación de Abuelos Católicos, explican que una de sus actividades principales dedicadas a la oración consiste en reunir a sus miembros en jornadas formativas y de oración periódica por sus nietos cada día, comprometiéndose además a ayudar a sus hijos y nietos a acudir con mayor frecuencia a las adoraciones eucarísticas.

4º Compartir la historia vivida y acompañar a los nietos a procesiones

También hablando de la oración y el recuerdo de la pasión del Señor que tendrá lugar durante la Semana Santa, una posibilidad incomparable para los abuelos puede ser acompañar a sus nietos a las procesiones, siendo además una ocasión para los más pequeños de mantener viva esta tradición presente especialmente en la órbita hispanohablante: en 2019, se calcula que el 76% de los abuelos españoles pasó la Semana Santa con sus nietos.

Un abuelo con un nieto.

`Los abuelos pueden unirse a los nietos para abstenerse por ejemplo de ver la televisión o, en el caso de nietos más mayores, de pasar tiempo frente a otras pantallas´, afirma Spencer. 

Por ello, es una ocasión propicia para ver históricos casos como el de Antonio Valdivieso, recogido por El diario de Jerez en la Semana Santa de 2023. Nacido en 1933 y a punto de cumplir los 90 años, destacaba por ser uno de los miembros más longevos de la Hermandad del Nazareno, a cuyo paso acudía con su hijo y su nieto, siendo seis las generaciones familiares que han integrado la hermandad.

5º Llenar las despensas de curas y parroquias

En lo relativo a la limosna, otra costumbre de los abuelos puede ser animar a sus nietos a cubrir, en la medida de sus posibilidades, las necesidades parroquiales de determinados días o momentos a la semana. Así, una vez por semana, el abuelo puede guiar a su nieto en la adquisición de los productos necesarios y su posterior entrega al párroco o  encargado.

6º Quitar las espinas de la corona de Jesús 

Hablando del ayuno y abstinencia, también se propone elaborar una corona de espinas de forma manual, proponiendo a los nietos o los más pequeños que quiten una espina de la corona por cada buena obra o sacrificio que lleven a cabo, motivándoles a lograrlo antes de la llegada de la Pascua.

J.M.C., ReL

Vea también     Cuaresma: Cuarenta días para mejorar

viernes, 29 de noviembre de 2019

¡Solo ámame!

Un testimonio extraído de la experiencia del consultorio de Aleteia.


En unas viejas postales que de novios mi abuela había enviado a mi queridísimo abuelo, encontré una en la que pude leer con hermosa y estilizada letra, la fecha, el lugar y únicamente dos palabras: ¡Solo ámame!
Me habría gustado preguntarle a mi abuela la razón de su lacónica frase hacia mí abuelo, pero ambos ya hace tiempo que partieron al cielo. Sin embargo, pienso que algo puedo deducir gracias a una confesión de mi padre que con nostálgico cariño me dijo que aún no entendía qué fue lo que su madre había visto en el autor de sus días. Además cuento también con mis propios recuerdos pues tuve la gracia de tratarlos y conocerlos en el último tramo de su vida.
Mi abuela, con pocos estudios, tuvo desde muy joven la capacidad natural para juzgar rectamente las cosas, cualidad que suele conocerse como “sentido común”. Por eso, su familia y amigos se extrañaron e incluso se preocuparon cuando se enamoró de un hombre con cabeza dura, pero de gran corazón, según comentó ella después.
Lo cierto, fue que en su matrimonio, la constante fueron los altibajos del temperamento algo depresivo del abuelo, a lo que habría que sumar sus defectos de infundado orgullo, y otras equivocadas actitudes, que fueron matizándose poco a poco, por la fortaleza, el amor y el optimismo de mi abuela.
Sucedió que mi abuelo por ciertos errores, propició la quiebra de lo que había sido su próspero negocio, al que le había dedicado años de esfuerzo, sumiéndose entonces en el alcohol y una maligna melancolía. Mientras, mi abuela, lo acompañó en su sufrimiento desde su intimidad. Nunca dejó de tratarlo con cariño y respeto, confiando en la llegada de mejores tiempos.
Mi padre contaba que mi abuelo se refería a esa etapa, como aquella en que se había graduado como imbécil con altas calificaciones, mientras que, por fortuna, mi abuela cuidaba de que, a pesar de sus pesares, no dejara de amarla y confiar en ella, como la única solución a ese trance en el que la adicción y depresión habían hecho presa de él.
 ¡Cuánta razón tenía! Mi abuelo superó su depresión y volvió a tomar las riendas de su vida. Pero fue genio y figura hasta la sepultura pues mi abuela siempre tuvo que tratarlo “con pinzas”. Pero en un aspecto fue muy firme: Ella lo soportaría todo, sus faltas y errores, a excepción de una cosa: que no la amara y no se lo demostrara intentando ser cada día un poquito mejor.
Era como si le dijera: “Conozco en tus debilidades, tus esfuerzos y tribulaciones, tus errores, defectos y desfallecimientos, y aún así, ahora más que nunca quiero tu corazón y que me ames tal y como eres. ¡Solo te pido que luches!”
Significaba que no estaba dispuesta a no contar con el corazón de mi abuelo pues si se trataba de esperar a que se superara en tantas cosas que le fallaban, quizá no la amaría nunca con ese amor que solo y únicamente podía recibir de él.
Para ella, él era y sería siempre, su príncipe azul, aunque a veces adquiriera otros tonos.

Un amor cada día más maduro

Y su amor fue madurando.
Así fue, porque el amor fue el verdadero y único don que mi abuela esperó, exigió y cultivó en mi abuelo, como único fundamento para luchar siempre juntos, y por el que “todo lo demás” se les fue dando por añadidura.
Con todo, yo que conocí al abuelo, lo recuerdo hasta el final en ocasiones terco y gruñón, sin que por ello dejara de estar pendiente de mi abuela hasta en los más mínimos detalles, pues en su aparente tosquedad, había aprendido de ella a hilar fino en el amor.
Un amor, en cuya cima de la ancianidad, dieron testimonio de una unidad tan intensa, que una vez ante una ausencia de mi abuela y mientras era atendido y mimado por sus hijos, mi abuelo les sorprendió comentando: “¡Qué largos son estos días y yo que no sé estar sin vuestra madre! “
Y Dios lo escuchó pues lo llamó primero.
Pocos años después, también partió mi abuela a ese luminoso lugar, en el que nos los imaginamos nuevamente juntos, frente a ese amor misericordioso ante quien desaparecen las estrecheces del amor humano, para ser eternamente felices.
 Orfa Astorga, Aleteia


domingo, 24 de diciembre de 2017

Leopoldo Abadía, «gurú económico», padre de 12 y abuelo de 48, da 3 útiles consejos a las familias



Este católico practicante
publica su nuevo libro sobre los abuelos
Leopoldo Abadía, «gurú económico», padre de 12 y abuelo de 48, da 3 útiles consejos a las familias
Leopoldo Abadía es un católico convencido y que da gracias a Dios a diario
Leopoldo Abadía se convirtió en la pasada década y ya jubilado en uno 
de los grandes “gurús de la economía” gracias a su teoría de la 
crisis Ninja, que explicaba como ningún otro experto en el mundo las 
causas de la gran crisis económica. Recorrió centros de conferencias, 
platós televisivos y millones de personas le escucharon.

Ahora a sus 84 años, Abadía presume de ser experto en otras cuestiones 
más importantes aún, la familia. Este exprofesor del IESE es padre de 
12 hijos, abuelo de 48 nietos y acaba de publicar
 Abuelos al borde de un ataque de nervios (Espasa).

El papel y la importancia del abuelo
En el libro, Abadía, un ferviente católico, explica con su gran sentido del
 humor y su don de comunicación la importancia de la familia y del 
papel del abuelo, de la que él tiene ya una dilatada experiencia.

En una entrevista con la Revista MisiónLeopoldo Abadía quita 
mérito a su teoría de las crisis Ninja y asegura que “en realidad, de lo 
único que sé es de familia.  De lo otro sé poco. Por eso sé que el abuelo
 en la familia es importantísimo, porque ha vivido épocas que no
 volverán, y en las que había valores que hoy se practican poco”.

"Si no eres practicante, no eres católico"
Este padre y abuelo afirma ser católico practicante, “pero yo siempre digo 
que los católicos no practicantes no existen. Si eres católico, eres
 practicante; si no eres practicante, no eres católico”.

En la entrevista confiesa que “Dios es mi padre, y como es mi Padre, 
actúo con una libertad tremenda. ¡Soy hijo de Dios, así que me da igual 
quedar bien o mal ante la gente!”.

Sobre su relación con Él, Abadía explica que “intento trabajar bien, 
porque me gusta ofrecer a Dios mi trabajo y no quiero darle a 
mi Padre una chapuza. Cada día le ofrezco también mi vida de familia 
y una serie de normas de piedad: voy a misa, rezo el rosario, hago un rato de oración…Las cosas normales de un católico. Es lo que mi mujer y yo hemos intentando transmitir a nuestros 12 hijos”.

La "obligatoriedad" de tener 12 hijos
Para él no hay discusión sobre si compensa el esfuerzo de haber creado 
una familia tan numerosa. Y con su particular sentido del humor afirma 
que “ahora me ha dado por decir a mis amigos de la farándula 
que debería ser obligatorio tener 12 hijos”.

Ya más en serio pone un ejemplo concreto: “En 2012, a mi mujer le diagnosticaron un cáncer en la boca. Fue una operación y un posoperatorio tremendos. En ese momento éramos 70 en la familia…y vinieron los 70. No faltó ninguno. Mis hijas y mis nueras hacían turnos para que siempre hubiese dos personas con mi mujer. Había nietos que venían en el carrito y a los que sus padres traían de Barcelona a Pamplona. ¡Leches! Con tanto cariño, ese verano ya amorticé a los 12”.



"Necesitamos transmitir virtudes"
Por ello, recuerda que cuando le dicen que hoy no se puede tener hijos, “respondo que nunca se ha podido. ¡Ni uno! Porque un hijo no es una inversión, sino un gasto, y en rigor no lo amortizas nunca. Pero el día que vienen los 12 a cuidar a la madre enferma, te importan tres pitos lo que te hayas gastado”.

Sobre por qué las familias numerosas son ya la excepción, Abadía habla de varios motivos porque “al trabajar el hombre y la mujer es más difícil. También puede haber un tema de egoísmo, y de ambiente, porque tener hijos está mal visto. Pero en realidad, si empiezas a pensar si puedes tener hijos la respuesta es no”.

En el libro, Leopoldo Abadía habla de virtudes y valores y asegura que “estamos en un momento en el que, a pesar de lo que se dice, vivimos muy bien, y necesitamos transmitir  virtudes como la lealtad, la reciedumbre, el trabajo bien hecho, el respeto a la palabra dada…Si no fabricamos merenguitos”.

Tres consejos para que una familia funcione
Por último, explica tres cosas que hacen que una familia funcione:

“Lo más importante es que el matrimonio tiene que hacer el amor todos los días, a todas horas, todos los minutos, todos los segundos. Es decir, que el amor se construye. El año que viene hará 60 años que me casé y no todos los días han sido flores y violas. Por eso el amor hay que construirlo a diario. La segunda es que, en la familia, lo único que hay que hacer es quererse mucho. Y la tercera es que ese quererse mucho hay que concretarlo en detalles de cariño. Estas son virtudes antiguas que los abuelos tenemos que vigilar y, sobre todo, vivir”.
ReL