martes, 28 de julio de 2026

El doctor Martino acompaña a cientos de pequeños en su muerte: «El final de la vida de un niño es sagrado»

Ricardo Martino es jefe de la Unidad de Cuidados Paliativos Pediátricos del Hospital Niño Jesús de Madrid,

El doctor Ricardo Martino no esconde su fe católica y cómo le ayuda a realizar un trabajo tan extremadamente duro.

El doctor Ricardo Martino no esconde su fe católica y cómo le ayuda a realizar un trabajo tan extremadamente duro.


    El doctor Martino puso en marcha en el Hospital infantil Niño de Jesús la Unidad de Cuidados Paliativos Pediátricos, un lugar en el que el niño que entra es porque a corto o medio plazo va a morir. En estos años ha acompañado a cientos de niños y ha visto que no es lo mismo morir mal que acompañarlos en este tránsito de una manera llena de amor, con menos dolor y pudiéndose despedir de sus seres queridos. Para esta tarea tan ardua se escuda también su profunda fe, de la que habla en esta entrevista con Javier Lozano en la revista Misión.

    - ¿En qué consiste su trabajo? 

    - Atendemos a niños con enfermedades incurables desde el momento del diagnóstico. Sus dolencias impactan mucho al propio niño, pero también a su familia, pues la vida de la familia se reorganiza para cuidar a su hijo enfermo. Ayudamos tanto al niño como a su familia para que integren esta nueva etapa –con una perspectiva de no curación– del modo más natural posible, pero respetando sus vínculos y valores.

    - ¿Los cuidados paliativos son más que medicina?

    - Trabajamos con tres principios: el niño es una persona, buscamos el mejor interés del niño y la muerte es un hecho natural, por tanto, ni se adelanta ni se retrasa. Para atender al niño como persona necesitamos dar respuesta a sus necesidades. Por eso, en el equipo tenemos a todo aquel que puede aportar valor: psicólogos, trabajadores sociales, un acompañante espiritual, fisioterapeutas, auxiliares de enfermería…

    - ¿Qué necesitan los profesionales para afrontar situaciones tan duras?

    - Somos una pena de médicos porque no curamos a nadie (bromea). Cuando alguien quiere trabajar aquí, le hago dos preguntas: ¿Tienes una vida normal fuera del trabajo? Porque lo que te sostiene no puedes buscarlo aquí. Y segundo, si tiene algún problema de salud mental, porque este trabajo tiene una gran carga de situaciones de tristeza. Hay que tener anclajes para estar en forma física, mental y espiritualmente para poder afrontarlo.

    - ¿Qué hace falta entonces?

    - Hay que implicarse, pero tienes que aprender a cultivar una distancia afectiva suficiente con los pacientes y sus familias porque sufres y podrías no ser objetivo a la hora de tomar decisiones médicas. No te puedes morir con cada paciente.

    - Cuando llega el momento final, ¿cómo lo entienden estos niños?

    - Depende de cada niño. Los pequeños tienen preguntas de un alcance corto, como si morir duele o qué va a pasar con su hermano… Las preguntas existenciales de mayor calado aparecen con la edad. A veces cuando lanzan la pregunta sobre la muerte, no se trata de dar una respuesta rápida, sino de preguntarse por qué la formula. Puede que necesite saber cómo reconciliarse con alguien o resolver algo.

    - ¿Podría profundizar en esto?

    - No es tanto una pregunta sobre qué es la muerte, sino que quieren aprovechar el tiempo que les queda. Atendemos a niños y adolescentes con cáncer. Y cuando vamos a tratarles el dolor, prefieren convivir con un grado de dolor moderado: “No me duermas porque no quiero perderme ni un minuto de esta vida”. Su plenitud está por encima de lo que nosotros consideramos importante: quitarle dolor.

    - ¿Se ha acostumbrado a responder a esas preguntas?

    - No puedes acostumbrarte, pero tampoco asustarte. Cada final de la vida de un niño y cómo se vive en la familia es un evento sagrado en el que hay que adentrarse con mucho respeto. Somos unos privilegiados porque aprendemos mucho de las familias. Si un padre nos dice al morir su hijo: “Me he quedado en paz”, hemos podido aportar algo a esa familia, porque esto es lo más duro que le puede pasar a unos padres.

    - ¿Y qué aprende de los niños?

    - Muchos niños pequeños te muestran magistralmente cómo vivir en el presente. Te enseñan qué es la verdad, porque no te engañan: si están bien, juegan; si están mal, se quedan quietecitos. Se alegran con las cosas que les gustan y se entristecen con lo que no les gusta. También aprendo de su capacidad de adaptación y de su superación. A veces un niño intuye que se va a morir y entonces ves cómo quiere proteger a sus padres.

    - Este es un asunto complejo.

    - Cuando los padres no quieren hablar con su hijo porque creen que le están protegiendo, le están aislando porque no le dan posibilidades de expresarse. Pero el hijo que sabe que sus padres están sufriendo a veces aguanta esa situación para que no estén tristes. Nosotros intentamos romper las barreras de incomunicación. Hay estudios que muestran que muchos niños con cáncer, aunque no se les dijera, sabían que se iban a morir. Intentamos que expresen lo que están viviendo en su interior.

    - ¿Ocurre con frecuencia?

    - Si los médicos le damos tiempo, se producen pequeños milagros: despedidas, reconciliaciones. Por eso no debemos impacientarnos con cuánto tarda la gente en morir. Hay pacientes que están en coma, pero le decimos a la familia que es posible que se despida, que diga algo, y que luego vuelva a entrar en coma. No le puedes robar esos momentos al niño ni a la familia.

    - ¿A veces su trabajo es incomprendido?

    - A los de paliativos nos han colocado una aureola negra de muerte, pero nosotros nos ocupamos de que la gente viva bien esta etapa de la vida.

    - ¿Qué es para usted el sufrimiento?

    - Es una capacidad humana, una experiencia de fragilidad, pero es la vida misma. Nacemos vulnerables porque si al nacer nadie nos cuidara nos moriríamos. Esa fragilidad hace que nos necesitemos y que tengamos que dar saltos de superación y afrontar la adversidad. Esos pequeños saltos son situaciones de sufrimiento. Pero si tienes recursos para afrontarlos, el sufrimiento será menor.

    - ¿Hay que eliminarlo?

    - ¿Se puede eliminar? No. ¿Se debe eliminar? No. ¿Se puede aliviar? Sí. Hay quien propone quitar de en medio a los sufrientes, lo que sería un suicidio colectivo. Se les olvida que hay muchas personas que dan sentido al sufrimiento, pero más allá de eso, si eres realista en tus expectativas, vas a sufrir menos.

    - ¿Por qué tememos a la muerte?

    - Se tiene miedo a lo desconocido, a perder lo que se tiene, a pensar que no lo podemos controlar todo. Si en tu vida te vas entrenando en el desprendimiento, en reconocer la trascendencia y que la providencia te va a dar lo que necesites, tu miedo a la muerte es menor. Además, tu miedo es distinto si crees que todo se acaba. Los que creemos que hay una vida después de la muerte la afrontamos de otra forma.

    - Habla de trascendencia y de fe. ¿En qué forma le ayuda?

    - Hace posible mi trabajo. Saber que no soy el último responsable de todo me da mucha paz. Me ayuda a saber que mis éxitos o mis fracasos no dependen sólo de mí, que soy vulnerable y que la medicina no lo puede todo.

    - ¿Le aporta algo más a su vida?

    - Me da mucha fortaleza saber que existe la vida eterna. Para mí la parte espiritual y mi familia –estoy casado, tengo tres hijos y estoy esperando el décimo nieto– son una parte inseparable de mí mismo y me ayudan a tener una vida fuera de aquí.

    - En estas familias y en los propios niños, ¿qué papel juega la fe?

    - Bien arraigada, ayuda a toda la familia a afrontar la enfermedad, pero como ocurre a veces en situaciones difíciles, si no está arraigada, las situaciones de crisis pueden desestabilizar a un matrimonio, a una familia e incluso la fe.

    Javier Lozano, ReL

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    Un experto alerta de la utilización para experimentos de cerebros humanos mantenidos con vida fuera del cuerpo

    La Iglesia alerta de los abusos éticos en determinadas investigaciones médicas

    La Iglesia alerta de los abusos éticos en determinadas investigaciones médicas


      Hace unas semanas, la revista Science titulaba: “Ni vivos ni muertos: cerebros humanos sin cuerpo utilizados para pruebas médicas”. Y explicaba que “al restaurar algunas funciones en cerebros intactos de donantes fallecidos, la empresa emergente Bexorg espera crear un mejor banco de pruebas para el desarrollo de fármacos para enfermedades neurodegenerativas”.

      Ante estas investigaciones, el doctor en Bioética Joseph Meaney alerta en un artículo en FIAMC, la Federación Internacional de Asociaciones de Médicos Católicos, que “desafortunadamente, es muy real y extremadamente preocupante”.

      De este modo, explica que una empresa situada junto a la Universidad de Yale y llamada Bexorg obtiene cerebros humanos para experimentos de organizaciones que se dedican a la donación de órganos para trasplantes. Esto, por sí solo, explica este experto, “plantea serias dudas éticas”. Después, esta empresa utiliza una máquina llamada BrainEx para mantener el órgano con fluidos artificiales que proporcionan oxígeno y filtran los desechos a través de cuatro puertos de plástico suturados donde antes estaban conectados los vasos sanguíneos al cuerpo de la persona. A su vez, los técnicos de laboratorio inyectan el anestésico propofol para prevenir cualquier actividad eléctrica en el cerebro. Durante 24 horas, administran fármacos experimentales y utilizan sensores para registrar las reacciones cerebrales a medida que metabolizan las sustancias químicas. Finalmente, cortan los cerebros en cientos de fragmentos para su posterior estudio. Más de 700 cerebros humanos han sido sometidos a este proceso, y pronto ampliarán la capacidad para procesar 1600 cerebros al año.

      Joseph Meaney explica que “la Iglesia Católica ha aceptado desde hace tiempo que las personas pueden donar sus órganos para trasplante o investigación médica con fines éticamente legítimos, siempre que los órganos vitales se extraigan únicamente después de que se haya determinado la muerte utilizando criterios médicos bien fundamentados que establezcan con certeza moral que la persona ha fallecido realmente”.

      El trasplante de cerebro humano se descarta como una posibilidad ética ya que están conectado a la identidad y singularidad de la persona, que debe salvaguardarse mediante una práctica médica sólida. Por lo tanto, si bien puede ser ético diseccionar cerebros para investigación científica si la persona dio su consentimiento informado para el uso de su cuerpo para investigación médica después de su muerte, “mantener artificialmente funcionando cerebros sin cuerpo después de que la persona haya sido declarada muerta plantea enormes preocupaciones”.

      Sin embargo, Bexorg lo hace aún siendo consciente de ello y por eso ha mantenido siempre un gran secretismo sobre sus actividades. “Su argumento se basa esencialmente en que el donante falleció y que solo se están reactivando ciertas funciones metabólicas del cerebro, sin revivir a la persona. Esto resulta inaceptable desde una perspectiva católica. La muerte cerebral parcial nunca ha recibido el respaldo de las autoridades magisteriales. De hecho, todo lo contrario: el cerebro ha sido específicamente excluido de la lista de órganos que pueden trasplantarse o, por extensión, mantenerse con vida separados del cuerpo”, agrega el experto en bioética.

      “El cerebro puede no tener conciencia cuando una persona está en coma profundo, pero sigue viva y debe ser tratada con respeto y recibir todos los cuidados habituales. Los únicos experimentos con un cerebro humano vivo que podrían justificarse éticamente serían aquellos con un propósito terapéutico para el paciente, y solo si existiera una posibilidad de éxito y se hubiera obtenido el consentimiento informado adecuado. No existe ningún escenario en el que una persona pueda aceptar éticamente que se le extraiga el cerebro y se le reanime parcialmente, agrega.

      En este sentido, Meaney denuncia que “Bexorg parece guiarse únicamente por una ética utilitarista. Esta tecnología permite realizar investigaciones médicas más eficientes con el fin de crear nuevas terapias farmacológicas. Aun si esto fuera cierto, no justifica los experimentos con cerebros humanos vivos y sin cuerpo. C.S. Lewis planteó un escenario similar de una cabeza humana cercenada que se mantenía con vida mediante técnicas ingeniosas en su novela de ciencia ficción, Esa horrible fuerza. En el libro, la cabeza viviente formaba parte de un ataque demoníaco contra la humanidad. No veo ninguna manera de que los experimentos actuales, tan crueles y reales, puedan ser éticos o deban permitirse”.

      ReL

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      3 pasos para una desintoxicación digital en este tiempo

      Familia

      Este tiempo, adopta una desintoxicación digital y redescubre las alegrías simples y profundas que vienen con una vida menos atada a la tecnología

      En la era hiperconectada en la que vivimos, las pantallas dominan nuestros días, lo queramos o no. Por eso, el concepto de desintoxicación digital es muy relevante, por no decir necesario. Este verano, plantéate alejarte de tus dispositivos en un intento deliberado de reconectarte con tus necesidades y capacidades humanas básicas.

      Aquí hay tres formas de realizar una desintoxicación digital y mejorar su bienestar físico, mental y espiritual.

      1Abraza la naturaleza y la actividad física

      FATHER,SON,PLANT,TREE

      Nadie espera que corras esas carreras de 10 km bajo el ardiente sol del verano. Olvídate de eso. Pero, aun así, una de las formas más fáciles de comenzar tu desintoxicación digital es sumergirte en la naturaleza y realizar algún grado de actividad física. Haz una caminata, ve a nadar o disfruta de un paseo por el parque, a la sombra, con sombrero y usando protector solar.

      La creación de Dios es accesible más allá y antes de la pantalla, sin necesidad de iniciar sesión ni contraseña. La actividad física beneficia al cuerpo y despeja la mente, proporcionando un antídoto natural contra la sobreestimulación de la vida digital.

      Recuerda la apreciación que Francisco de Asís tenía por la naturaleza y encuentra alegría en la sencillez de estar al aire libre, fuera del constante ping-ping-ping de las notificaciones.

      Considera la posibilidad de planificar un retiro de fin de semana o una excursión de un día a una reserva natural cercana y, si es posible, deja el teléfono en otro lugar. Esto no solo te permitirá hacer ejercicio físico, sino que también te dará la oportunidad de maravillarte con la belleza de la creación de Dios, fomentando un sentido de gratitud y paz.

      2Participar en conversaciones significativas

      En un mundo en el que la comunicación suele darse a través de mensajes o publicaciones en las redes sociales, redescubrir el arte de la conversación cara a cara puede resultar reconfortante. Pasa tiempo de calidad con familiares y amigos sin poner el teléfono sobre la mesa. Participa en conversaciones, escucha activamente y comparte historias.

      Esta práctica puede fortalecer tus relaciones y recordarte la importancia de la conexión humana. Siguiendo el ejemplo de Jesús, que pasaba tiempo en conversaciones íntimas con sus discípulos, también podemos desarrollar un mejor sentido de comunidad con quienes nos rodean.

      Organiza cenas familiares o reuniones con amigos en las que todos acuerden dejar de lado sus teléfonos, aunque sea solo por unas horas. Disfruta de la riqueza de la interacción directa y la alegría compartida que surge de estar verdaderamente presentes unos con otros.

      3Redescubre las prácticas contemplativas

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      Utiliza tu desintoxicación digital como una oportunidad para profundizar tu vida espiritual a través de la oración y la contemplación. Reserva un tiempo cada día para la reflexión silenciosa, la lectura de las Escrituras o el aprendizaje de los santos.

      Estos momentos de tranquilidad pueden ayudarte a sintonizar con la presencia de Dios, lejos del ruido y el caos del mundo digital. Inspirado en las tradiciones monásticas de la Iglesia, este tiempo puede ser una fuente de paz interior y rejuvenecimiento espiritual. Considera incorporar prácticas como la Liturgia de las Horas, la meditación diaria o un retiro en silencio a su rutina. Estos momentos de silencio le darán una comprensión más profunda de su viaje espiritual.

      Al alejarnos de las pantallas y reconectarnos con el mundo físico , podemos nutrir nuestra mente, cuerpo y espíritu. Este verano, desintoxica tu cuerpo digital y redescubre las alegrías simples y profundas que trae consigo una vida menos atada a la tecnología.

      Daniel Esparza, Aleteia 

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