viernes, 29 de marzo de 2024

Renunció a la vida gay en pleno Orgullo: «La Iglesia debe estar abierta, pero diciendo la verdad»

Poseído tras una vida de adicción, new age, concupiscencia y brujería,
la fe esperaba para acogerle

`Las iglesias tienen que estar abiertas a todos para recibir a quienes están heridos, pero combatiendo a los perversos ideológicos que quieren pervertir la Iglesia´.

 

Argentina, Marcha del Orgullo Gay de 2015. Para Javier solo era una ocasión más de divertirse. Pero esta vez fue distinta, porque empezó a ser consciente de cómo lo vivía la multitud.

"Como una película, en blanco y negro, a cámara lenta: una mujer desnuda y enloquecida en una carroza, travestis insultando y drogándose, políticos, familias que aplaudían… y mucha podredumbre", relata.

Incapaz de aguantar las "nauseas" que le producía, huyó y entró en la primera iglesia que vio. Comenzaba una misa. En ese preciso instante, tras años de acoso diabólico, posesión y adicción, supo que "no había vuelta atrás": "Ahí comenzó el cambio, renuncie a mi homosexualidad".

Con estas palabras, el argentino relata en sus redes sociales, el momento en que su vida cambió. 

Javier recibió  educación católica en los mejores colegios durante su infancia, pero no se consideraba católico. 

Cuenta en El rosario de las 11 pm que, en la adolescencia, "entré en el mundo de la noche y la promiscuidad, era adicto a todas las drogas que se puedan imaginar y me hice homosexual, prostituyéndome, manteniendo relaciones con cualquiera y drogándome a todas horas".

El primer "cambio radical", una promesa a Jesús

Tras una extraña experiencia durante una noche que trató de paliar con mantras budistas,  recordó una estampa de la Virgen que le regalaron tiempo atrás, le hizo un altar en su casa y, sin ser siquiera católico, comenzó a rezar. Acto seguido, recuerda percibir "una imagen de Jesús misericordioso" que le llevaría a impulsar el primer "cambio radical" de si vida.

"Le prometí a Dios que nunca más iba a fumar marihuana. Fue la primera sensación de amor que sentí, sin conocer a Dios. Y desde ese momento dejé de fumar marihuana, los cigarros y las malas compañías", relata.

Prácticamente de forma inmediata, Javier comenzó a involucrarse con dos médiums en prácticas de relajación con cuencos tibetanos. Nunca olvidará cuando una de ellas le pasó el cuenco por el pecho. "No sé bien qué pasó, pero sentí un gran dolor, como si algo se hubiese salido, seguido de una sensación de éxtasis, miedo y amor a la vez", relata.

Más tarde sabría que aquellas mujeres eran algún tipo de brujas que también le introdujeron al mundo del reiki, la meditación y la nueva era, aprendiéndolo y practicándolo con otros.

"Iba todo perfecto hasta que empecé a sentir ruidos en mi casa, entré en una depresión tremenda y las brujas me decían que era por mi purificación. Seguía haciendo reiki y cada vez estaba peor: mi casa era una ruina, todo se rompía y cada vez había más ruidos", relata.

"Una figura oscura se lanzó sobre mi pecho"

Tras un nuevo contacto con las médiums, los ataques empeoraron. "Fue de película", afirma al recordar como "todos los demonios" parecían atacarle. Recuerda concretamente una noche, cuando ya acostado comenzó a escuchar nuevamente esos ruidos: "Enfrente de mí había una figura, humana pero oscura, que se lanzó sobre mi pecho. Sentí un calor que me quemaba y ardía. No entendía nada y [las mediums] me dejaron solo".

Tras una semana sin apenas dormir, sintiendo un intenso ardor cada vez que trataba de rezar y con nuevas tentaciones sexuales llamando a la puerta, Javier volvió a casa de la señora, en busca de ayuda.

"Me regaló una cruz de plástico y la traje a casa. Cuando escuché nuevos ruidos y pasos, busqué la oración a San Miguel mezclada con símbolos reiki, piedras y cuarzos y cogí la cruz mientras rezaba", relata desde el mismo punto donde tuvo lugar el nuevo episodio.

Lejos de mejorar lo sucedido, cuenta que entonces "comenzó el infierno".

"El demonio me atacó. Sentí como fuego entrando por la espalda, quemándome como si estuviese en una hoguera. Perdí todas mis fuerzas y no podía caminar. Salí a la calle en un estado deplorable y sentí que entraban más demonios mientras me debilitaba más", comenta.

Su cuerpo y mente no fueron las únicas víctimas del ataque. Su casa, impracticable, se había llenado repentinamente de ratas y cucarachas, con las que tenía que convivir mientras trataba de lidiar con "pinchazos e insoportables voces" en la cabeza.

Acudió a un exorcista

Javier, que ya había empezado a rezar aún sin considerarse católico, buscó la ayuda de un exorcista.

Primero encontró a Gustavo Seivane, asesor espiritual de los Grupos de Oración del Padre Pío en Argentina. De él recibió oraciones de liberación, la unción de enfermos, conversación espiritual durante horas e incluso un exorcismo.

También le requisó todos sus artefactos relacionados a la nueva era y la brujería, pirámides energéticas, los budas ante los que Javier se postraba, piedras, cuadros de mandalas… "Si no estás muerto, es porque el Señor no lo ha querido", le decía el sacerdote.

Después, Seivane le derivó a otro exorcista, Gustavo Chamorro, quien pronto supo que las médiums estaban también "dedicadas a la brujería" y sabían todo lo que le había ocurrido. Fue Chamorro quien le dijo que estaba poseído por dos demonios y que también había sido maldecido por su abuela.

Pero había algo que no terminaba de "funcionar". Y es que el mismo Javier reconoce que, además de no confesarse, había continuado practicando reiki consigo mismo mientras recibía las oraciones de liberación de los exorcistas.

Una promesa a la Virgen, y una confesión

"Hasta que un día me postré ante una imagen pequeña de la Virgen y sentí que no le estaba siendo fiel. Le prometí que lo sería, le llevé lo poco que me quedaba de Nueva Era al padre Gustavo y desde entonces empecé mi camino de conversión", relata. Prácticamente al mismo tiempo decidió confesarse.

Javier, converso argentino.

La conversión de Javier comenzó realmente cuando admitió no estar `siendo fiel´ a la Virgen. Entonces `empezó el cambio´.

Renunció a la homosexualidad en la Marcha del Orgullo Gay

Solo entonces, habiendo comenzado su transformación en tales circunstancias, pudo darse el desenlace descrito en la Marcha del Orgullo Gay de 2015. Fue buscando diversión, pero ahora lo que veía le repugnaba.

"No podía creer que hubiese participado durante años en eso. Lo que veía era horroroso. Salí corriendo y me metí a una iglesia. Necesitaba hablar con un sacerdote, que rezase conmigo. Sentía asco y angustia. Ahí comprendí todo. Me quedé en la misa y vino el cambio total. Ahí renuncie a la homosexualidad", rememora.

Poco después de comenzar su nueva vida conoció al sacerdote de la Renovación Carismática Fabián Barrera, también exorcista. "Con él seguí combatiendo contra el demonio, aún sin liberarme. Serví como monaguillo, estuve 5 años creciendo en la fe y empecé a rezar todo el tiempo, día y noche, hasta que un día me quedé dormido  y escuché: `El Señor reconfortará tu alma´".

El sacerdote y exorcista Fabián Barrera.

El sacerdote y exorcista Fabián Barrera, que apoyó a Javier durante su liberación. 

Aunque "no entendía nada", pronto acudió a un retiro en el que tendría su "primer encuentro con Jesús". "Y no me cabe duda de que desde ese momento comencé a vivir mi verdadera conversión", agrega.

Hoy, Javier es un activo evangelizador en sus redes sociales. Desde entonces, admite vivir dedicado a la adoración al Santísimo y la oración, enfrentando las tentaciones propias de la homosexualidad y viviendo en castidad desde hace siete años.

En la batalla, pero contento

En ocasiones es consciente de sufrir fuertes tentaciones e incluso una cierta "persecución diabólica" en este sentido, pero también se ve reconfortado por una intensa devoción a su ángel de la guarda, con el que asegura haber tenido una experiencia en plena adoración al Santísimo que le dio "fuerza para mantenerse en la fe".

Admite "estar contento, librando mil batallas", sabiendo que no es "ningún santo" pero con la convicción de "librar la batalla hasta el final de los brazos de María".

"Tenemos que tener compasión. La Iglesia debe estar abierta para a todos, pero diciendo siempre la verdad. La única bandera que debe haber es la de Jesús, no de ideologías, la bandera gay o de partidos. Las iglesias tienen que estar abiertas a todos para recibir a quienes están heridos, pero combatiendo a los perversos ideológicos que quieren pervertir la Iglesia. Nuestro deber es rezar, orar y ayudar a los hermanos que llegan heridos a nuestras comunidades", concluye.

J.M.C., ReL

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